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Alberto Rodríguez

Historia universal de la destrucción de libros

Historia universal de la destrucción de libros

Desde que existe la escritura hay quema de escritura: rollos, papiros, tabletas, impresos. Desde hace 25 siglos y sin que haya razones plenamente declaradas, se adelanta una constante y sostenida cruzada aniquiladora contra la memoria de los hombres.  

Un fenómeno de destrucción de memoria que parecería inherente a todas las sociedades, de todos los tiempos y todas las latitudes, que conlleva la premisa anticipativa de que “allí donde queman libros terminan quemando hombres” según el poeta Heine, pero también, la de que “cada libro quemado ilumina el mundo”, como se lo parece a Emerson.

Fernando Báez es un venezolano, historiador, bibliófilo, lector y escritor que se dio a la tarea de hacer una reseña de la destrucción de las bibliotecas en el mundo. Se destruyeron tablillas en la misma región donde se inventó la primera forma de código escrito, en las anchas y sepultadas bibliotecas de Asiria, la de Babilonia, y la de Nínive, que era la de Asurbanipal. Y que según excavaciones llegó a tener hasta 22.000 tabletas. Pasando por las tres quemas de la biblioteca de Alejandría, las quemas de la inquisición, las quemas del nacional socialismo, y la más monstruosa en cantidad, la quema de las bibliotecas rusas por la ocupación alemana, en la que se calcula que se quemaron un poco más de cien millones de ejemplares. Hasta la  quema de la biblioteca nacional de Bagdad en el 2003.

Es curioso que la gran quema de la biblioteca en Bagdad durante la intervención norteamericana contra el gobierno Baas de Sadam Hussein, se haya producido en la misma fecha, en que setenta años antes, los guardias negros del nazismo y las juventudes alemanas letradas salieran a cazar libros y libreros en las ciudades alemanas.

Es una reseña refinada, precisa, secuenciada, con fecha y comentario a cada una de las quemas documentadas. Es posible que falten algunas, pero igual, lo que ha hecho Báez, es rescatar la memoria de entre las cenizas. Es un cazador de archivos que ha sido capaz de mostrar encadenadamente un fenómeno cultural apresado en el concepto de biblioclastia.

Lo que Báez muestra aterroriza, porque no solamente es una violencia instalada en todos los regímenes y sociedades de la historia, que pretenden “arrasar de la faz de la tierra” con la memoria escrita, sino que es la “violencia más simbólica”, la violencia ejercida contra la memoria semántica de la especie. Que al contrario de la memoria oral, es más peligrosa, no por lo que dice, sino por la forma como lo dice, con una estabilidad literal que desborda y multiplica el potencial acumulativo de oralidad.

En alguna novela de Kundera, en la primera escena aparece una foto con los dirigentes políticos en un balcón. En las ediciones siguientes y posteriores al cambio de poder en Checoeslovaquia, la foto de uno de los dirigentes ha sido borrada. Ya ese hombre no existirá para nadie que consulte la historia del país, en la prensa, las revistas, o los libros.

El rigor de Báez, en el ejercicio de compendio, hizo que Chomsky dijera que el libro resultaba “impresionante”. Pero más allá de los resultados de un trabajo tan sistemático y exhaustivo, con la utilización de una montaña de material fáctico inverosímil, es notable la capacidad de hilvanar las condiciones y las constantes de necesidad de todas las sociedades, para socavar la fuente de la memoria. Quemando los poemas de Empédocles, los textos de Lutero, o las novelas de D.H. Lawrence, o Salmand Rushdie. Siempre se han maquillado con diferentes argumentos las quemas de libros en cada época. La "inmoralidad" ha sido una manida explicación de censores y pirómanos, que han condenado desde su superioridad moral, respecto a los autores, sus obras al fuego. De la misma manera que se condena al progresivo olvido a un hombre o a un pueblo que se extinguen por la fuerza.

Termina Chomsky: “El mejor libro sobre este tema en mucho tiempo”. A partir de lo cual bien vendría a ser la joya de la corona, para cualquier bibliocásta nostálgico de las lenguas de fuego de los lanzallamas de la Brigada de Fahrenheit 451.   

Maricones eminentes

Maricones eminentes

Jaime Manrique Ardila es un escritor barranquillero nacido en 1949 que se fue a vivir a USA hace muchos años. Es un escritor colombiano que escribe en inglés. En 1979 -Carlos Valencia Editores- publicó un cuaderno grueso titulado, Notas de Cine. Con un subtítulo:”Confesiones de un crítico amateur”. Tenía entonces 30 años. Contiene casi veinte artículos sobre cine y cierra con una “iniciación al cine fantástico”. Y nos inicia, pegado de la interpretación de Danilo Cruz, de la transcripción de Platón, del diálogo entre Sócrates y Glaucón, en el que Sócrates inventa el mito del cine, antes de inventarse el cine. Nada se parece más a una sala de cine, que la caverna platónica.

En 1999 se publica Maricones Eminentes, título que inspirado en el libro de L. Strachey, Victorianos Eminentes, le sirve a Manrique para referirse al “expediente homosexual” de sí mismo, de Manuel Puig, de Reinaldo Arenas y de Federico García Lorca. En seis capítulos Manrique se adentra en la vida, la obra, el dolor, la personalidad de cuatro hombres que aman a los hombres. De la inmensa dificultad para llegar a ser lo que son, en cada una de las cuatro sociedades que los maltratan por ser minoría en el arco de costumbre moral de una sociedad heterosexual hegemónica, que los declara en estado contra natura.

Manuel Puig, dice Manrique, es el hombre más afeminado que conocí. Al referirse a sí mismo, siempre lo hacía en femenino, como “esta mujer”. Era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre que tenía en los ojos el efecto “Bette Davis”. Esa contrariedad que “la” contraponía con el sujeto de deseo, el “oscuro objeto del deseo”. Todas las dificultades de Puig se tranzan en la de los personajes en sus novelas, hasta el éxtasis que consigue con la Mujer Araña.

Reinaldo Arenas no podía ser afeminado, a su condición de homosexual, el régimen cubano respondía judicializándolo y condenándolo. Una homofobia estructural, equiparable a la judeofobia estructural del nazismo. Por su puesto, la virilidad Caribe, las hormonas, el calor de la sangre cubana, no hacían más que delatarlo. Llegó a meterse sin saberlo, con encubiertos de inteligencia que husmeaban en las costumbres sexuales de los cubanos. Cuando llega a USA era un hombre completamente derrotado. Fuera de Cuba ya no podía ser más que un enfermo, en todos los sentidos. Terminó suicidándose con una manotada de Seconal que pasó con Chivas Regal.

Federico García -cuyo primer amor, imposible desde luego, fue Salvador Dali- es un homosexual al que la sociedad falangista proscribe y termina asesinando por su doble condición de socialista y maricón. No va a ser hasta su viaje a Nueva York, donde caminó por donde había caminado Whitman, cuando emerja de él un poeta nuevo, un Lorca más cosmopolita y menos gitano. Y no va a ser, hasta su temporada en La Habana, una répilica americana de las temporadsa de Wilde y Gide, en Marruecos, que emerga su homosexual. Una noche se encontró con Porfirio Barba Jacob.   

Y Jaime Manrique, un maricón colombiano que despierta en una sociedad como la de Barranquilla, donde la única forma de ser homosexual era ser loca. Un hombre que siempre fajó a su homosexual y apenas lo liberó en muy pocas circunstancias estrictamente privadas. Conoce personalmente tanto a Puig como a Arenas, y en cualquier caso figuraría en una biografía de ellos. Y entra en contacto con Lorca, a través de un hombre que en 1928 tuvo una noche de amor con Federico, antes de embarcarse a Nueva York.

Un libro de una honradez biográfica y una transparencia que hieren. Una escritura de la más pura estirpe del periodismo literario. Por entre la sexualidad agredida de los escritores y su obra, el libro refiere el camino difícil de esa naturalidad diversa, que siempre ha querido ser reducida a la homogeneidad de los que dominan. 

Maricones eminentes, o de cómo lidiar con la literatura en el closet.   

Pa que se acabe la vaina

Pa que se acabe la vaina

Tenía el libro, desde el año pasado, en el arrume de los libros a leer. Pero algo no me dejaba tomarlo para darle una oportunidad a que me atrapara. Algo predecible quizás, conociendo los “libros políticos” de William Ospina. Se trata de un manual personal de historia de Colombia que nos entrega bajo el título “Pa que se acabe la vaina”. Donde se mueve entre los dos extremos de la historia: concentración de poder en la “dirigencia” y la diversidad cultural.

A la par de la historia del país, va la historia del papel que la literatura ha jugado. Ospina sostiene que gran parte de la literatura colombiana, se ha hecho afuera: Vargas Vila, Barba Jacob, Álvaro Mutis, García Márquez, Fernando Vallejo.(Juan Gabriel Vásquez, Ricardo Cano).

Es una historia trágica para los campesinos, negros, indios, humildes, trabajadores y sindicalistas, desde el comienzo. Siempre se ha gobernado contra ellos. Una casta dirigente empoderada desde el siglo XVIII, que ha evolucionado históricamente hasta hoy y que sigue en el poder.  Una casta que a pesar de tener filiaciones políticas distintas, liberales y conservadores, es una sola. Propietaria, rentista, dueña de los bancos, hacedora de la ley, con su ejército y su iglesia.

En Colombia jamás prendió el liberalismo, nunca hubo una “democracia liberal” (cada quien tiene su democracia, Putin, Maduro, Macri, Al Asad, Trump, Uribe, Xi Jin Ping, todos). Jamás  en Colombia se hizo una reforma agraria, siempre se ha pasado por encima de las minorías, y hasta de las mayorías, como cuando le robaron a Rojas Pinilla las elecciones que ganó la Anapo. La educación sigue siendo un dispositivo selectivo para la exclusión. No se respetan los derechos humanos. Una sociedad democrática con una concentración de la propiedad de las más altas en América Latina (Colombia es el país de la región con el caso más preocupante: “Las fincas de más de 500 hectáreas –0,4 por ciento del total de explotaciones– concentran el 67,6 por ciento de la tierra productiva”). Donde la iglesia sigue teniendo la superioridad moral suficiente para oponerse a los derechos ciudadanos. ¿Cuál liberalismo? Aquí nunca hubo de eso.

Ospina llama “la dirigencia”, intentando un tono neutro, a la casta de propietarios, a los dueños del país, los responsables históricos de todos  los males que se han enseñoreado en el país desde iniciada la colonia. La peste negra de la historia social colombiana.  

Para Ospina los años sesenta son un respiro en medio de la cadena de violencias indómitas, por primera vez una sensación de no conflicto se respira, aparece el nadaísmo, y la música le canta a los hombres y a las mujeres víctimas de la “violencia” superada. Aparece el Frente Nacional.

Pronto se da cuenta de que no es cierto. Ni siquiera la “década prodigiosa” que vivía el mundo, significó aquí un respiro democrático. La concentración del poder que hizo el FN, obró como un mecanismo, que de un lado silenció los fusiles – lo que a Ospina no le parece gran cosa – y por otro excluyó durante los próximos 16 años a cualquier otra fuerza política en el poder. Ratificó la unidad de poder en la diferencia de partidos. Después de ese largo periodo, los partidos como formaciones históricas desaparecieron. Les tocó convertirse en agencias electorales, mientras el negocio del narcotráfico vivía su acumulación primitiva, en tiempo del finado López Michelsen.

Después de un repaso, uno a uno, desde que Olaya llegó en el 30, durante la crisis mundial del capitalismo, al 34 con el primer gobierno López, que anuncio la “revolución en marcha”, hasta que Santos frenó para hacer una “pausa a la revolución”, que vino a dar a manos de Ospina Pérez, después de quince años de “hegemonía liberal”, que politizó la policía, la armó para que saliera a matar liberales en todo el país, con la anuencia de párrocos que desde los púlpitos bendecían las acciones de limpieza. Lo que después hicieron los capellanes del paramilitraismo.  Hasta Pastrana, que tenía la visión del negocio de la paz, pero que no supo cómo hacerlo. Ospina renuncia a hablar de los gobiernos de Uribe, porque de eso hace muy poco y todos los conocemos.

Desde la guerra de los mil días, pasando por la bisagra histórica definitiva –el nueve de abril– hasta hoy, cuando se ha firmado un segundo acuerdo de paz entre el gobierno Santos y las Farc, todas las fuerzas políticas se aprestan para unas elecciones en el 2018, que equivalen a una redistribución en el poder, que contiene potencialmente el mismo germen de todos los conflictos sociales, jamás resueltos durante la vida republicana del país.

Termina Ospina con una aseveración ligera, una mínima tesis, que no se explica: “Colombia ya no está bajo el control de la vieja élite”. Se ha producido una opción de dirigencia que ha relevado una élite por otra, es lo que se infiera primera vista. La vieja ya no tiene el poder, nos lo hace creer, es una simuladora, pero “nosotros no nos dejaremos vender” (esa primera persona plural, súbita,  al final del libro, que pareciera tomar una causa, incluye no se dice a quienes). Tenemos otra élite, concluye el libro, de la que sabemos, porque Ospina lo advierte, que “no ha sido capaz de articular un discurso con el que puedan construir un país grande…”. ¿La “burguesía santafereña” fue, o será en las próximas elecciones, relevada por el “sindicato antioqueño”?

Refrenda Ospina como objetivo del programa de “nosotros”: “la vida generosa que todo colombiano merece”, y nos recuerda los “deberes” prescritos en la lejana Franja Amarilla. Termina, como un político, en un alarde de esperanzadora y lúcida sencillez, tras 230 páginas de monstruosidades,  profetizando como Martí, Sandino, Fidel, el Che, Chávez.

Y termina como un iluminado, en una especie de trance visionario “Algo está cambiando en Colombia”, “un pueblo desconocido está descubriendo su propia existencia, un territorio está brotando a la luz”. Ospina prende el pebetero de la esperanza, y nos recomienda creer que “el país que intentaron por años contener en el lecho de Procusto habrá crecido demasiado para caber en la caja registradora de la vieja aristocracia, o en la caja de pino de la nueva”.

Al llegar al final comprendí qué era lo que no me había dejado entrarle al libro. Pero cuando la semana pasada, vi a Santos y a Uribe, los dirigentes de las dos élites de Ospina, vestidos de negro y sentados frente al escritorio lacado del Papa, creí llegado el momento de ir al libro.

Editorialistas democráticos

Editorialistas democráticos

Hay dos señores que escriben en la segunda página de la sección editorial – B – del País de Cali, todos los domingos. Desde su trinchera de ideas, los he leído durante el último año, los he visto denigrar, denostar,  enrostrar, acusar, maldecir al proceso de paz. Qué democrático me parece que voces como la de los dos señores – Luis Guillermo Restrepo y Rafael Nieto – tengan el derecho a oponerse con similares vehemencias a un proyecto que desactiva militarmente a las Farc, que nos evita más muertos y que reduce la criminalidad inherente al conflicto.

Las ideas de ambos se vieron ratificadas con una medición en urnas, que le dio el triunfo al NO en el plebiscito. Naturalmente es algo que refuerza una posición política, muy respetable en cada caso, con unos argumentos variopintos que de fondo apuntan a que no se puede sacrificar la democracia a favor de la paz. Pero se refieren, hay que decirlo, a nuestra imperfecta democracia, tramposa, clientelista, propiciadora de la abstención, burocrática, tramitológica, excluyente. Esa misma democracia que le permitió a Monseñor Uribe atornillarse por un cuatrenio más en el poder, gracias a un cohecho. La misma democracia que en 150 años no promovió una reforma agraria. La misma democracia que nunca hizo posible que las ideas liberales tomaran el mando del país. Una democracia conservadora de rentistas, que también, durante 150 años nos ha aplastado con los bloques de constitucionalidad, las reformas espurias, los códigos, las leyes  y los incisos.

Esta noche prendo casi por casualidad la TV nacional para saber qué había pasado durante el día y encuentro que un programa de opinión hablan de la aprobación en segunda vuelta congresional del “referendo de la vergüenza”. Y encuentro al señor Nieto, el editorialista del país, en una enardecida intervención, defendiendo la tesis según la cual las familias que no respondan al modelo de la familia heterosexual completa, no tienen derecho a adoptar niños. Un modelo absolutista y excluyente, que históricamente fue desbordado por la aparición de otros modelos de familia. Tan excluyente, como decir que los niños que no sean blancos y nacidos en el seno del matrimonio católico, no tienen derecho a la educación. O como decir que las familias judías no tienen los mismos derechos de expresión que las familias cristianas. O que solo quien sea propietario tiene el derecho al voto. O que las mujeres, por ser mujeres, no tienen derecho al voto. (Ya en otra columna expliqué por qué la iniciativa de la senadora Vivian Morales es una especie de sociopatía).

En democracia, no se le puede negar un solo derecho a ninguna minoría, ni siquiera con “argumentos constitucionales”. De lo contrario la Constitución pierde todo sentido. ¿Cómo se interpretaría la carta constitucional de una democracia que niega derechos a las minorías? ¿En qué queda el discurso de la inclusión y la equidad? No hay razones de ninguna clase, para negarle derechos a las minorías.

Que coincidencia que la tara política, de un lado, y la homofobia estructural, de otro, se encuentren en las páginas de los periódicos y en los programas de televisión, para recordarnos que la democracia editorial es tan perfecta como imperfecta la democracia colombiana.    

 

Pecado

Pecado

Una no muy extraña analogía entre el Jardín de las delicias, y el pecado, da origen al último libro de Laura Restrepo. Un libro de relatos (novelas breves y cuentos larguísimos) que se tienden en un hilo en diagonal sobre el tríptico en madera del Bosco, pintado muy a comienzos del siglo XVI, donde Laura cuelga siete pecados.

Abre y cierra con una sola invocación:¡Pecata mundi!

Los pecados de los que trata son: los celos, el incesto, la desobediencia, la infidelidad, el sicariato, la soberbia y el asesinato por desmembración.

En el paraíso las alimañas salen del agua, la serpiente permanece enroscada al manzano. Por lo demás todo es paz, paisaje, bondad. Adán y Eva están a lado y lado de Dios, en una versión más crística que cósmica.

En el jardín de las delicias, las delicias son las de la carne desaforada y feliz, un catalogo arracimado de cuerpos en todas las posiciones habidas y por haber. Seres blancos, “asexuados”, ángeles pecadores que iluminan la escena con la luz orgiástica de su mundanal paso por la tierra. El Jardín es un parque erótico de diversiones. En una de las mil escenas, uno de ellos le mete a otro por el culo un ramo de flores.

Y en el infierno, en la tercera sección, el Bosco inventa el surrealismo. En medio de una oscuridad vaporosa y densa, iluminada por saltos de luz de los incendios. 

Formaciones inhóspitas, imposibles, salidas de una fantasía del cinquecento que funda el principio de juntar lo injuntable, desobedecer los órdenes. Guerra, saqueo, asesinato, antropofagia, defecación, asaltos y música.

Felipe segundo tuvo el cuadro en su recámara y todos los días de la vida lo miró. Un cuadro y un libro construidos por escenas. Los pecados en uno y en otro son palpables, no caen en el patetismo. Recrean los comunes pecados que a todos nos aquejan, los pecados del mundo, el dolor y el mal que carga la especie, esa dosis ontogenética de mal, que ha echado por la borda la mayoría de los ideales del bien. El mal que se tragó a la iglesia católica y la convirtió en una vendedora eterna de indulgencias. Una iglesia tan empeñada en el bien, no podía ser más que un monstruo engendrado por los sueños de la razón.

Cada pecado viene en una historia, una buena historia, bien contada. Tensas, atractivas, fulgurantes. Solo hay una de ellas sobre la que cabría desconfiar, arremete contra el gusto. Primero porque es un relato que no se toma en serio a sí mismo, el truco de incisos de pasado y futuro, es solo un truco que trivializa. Comienza con un epígrafe de Agustín: la soberbia es el deseo de alcanzar una altura perversa.  Y exactamente es lo que Laura consigue con su Siríaco. Es un sueño arcaico, lleno de Olibrios y Nemérodes, parodias de crucifixión, pero también de Mamantonias, atiborrado como el Jardín, caprichoso y avieso, capaz de conseguir una altura perversa. Es soberbia y por eso fracasa.    

 

El show debe seguir

El show debe seguir

No se trata de la verdad, ni más faltaba. Se trata del efecto. No se trata de la ideología, se trata de los medios. No se trata de ser políticamente correctos, se trata de capturar la atención. Tal parece el “programa” que Chávez en Venezuela puso en marcha durante más de una década. Y el “programa” que utilizó Trump en USA para hacerse con el poder. Más que animales políticos son animales mediáticos, como Fidel.

Trump debuta en The Apprentice, un reality donde era animador, juez y el premio. Hizo diez temporadas con audiencias millonarias. Fue cuando se le ocurrió vender la idea de que los problemas financieros se pueden resolver con autoridad y en una hora de televisión.

Chávez aparecía los domingos en su show “Aló, Presidente”, cantaba, regañaba, recitaba, tiraba línea,  comentaba,  destituía ministros, daba órdenes para que sus divisiones blindadas marcharan a la frontera con Colombia. No tenía límite de tiempo y controlaba las audiencias encadenadas. Una vez hizo un encadenado de 8 horas y 7 minutos. Con seguridad se divirtió mucho. Al finalizar el 2012 había hecho 2377 cadenas, y 1641 horas en otros medios.

Chávez y Trump son capaces de inventar, utilizan la ficción como recurso, son maestros del sofisma, capaces de magnificar un conflicto, de asustar con la invasión. A ambos les gravita una concepción paranoica del poder, que alimenta el sentido de la exacerbación de recursos. Conocen el poder del lenguaje. En 2011 Chávez dijo: “Obama, eres un fraude, un fraude total. Si yo pudiese ser candidato en Estados Unidos te barrería”. Son disparos de lanzallamas desde el estudio de un show televisivo.

Chávez y Trump, expertos en la provocación, saben cómo conectar audiencia, medios y provocación. Pueden decir cualquier cosa, igual nadie les pide pruebas, o porque no se los toma en serio, o porque sería una osadía. Ambos son maestros de los falsos suspensos, como Fidel y Mussolini. Sus discursos tienen el resorte  principal anclado en la realidad mediática, más que en el debate político. Trump visita a Enrique Peña Nieto. Se muestra comprensivo y diplomático, y hasta es capaz de escuchar. Diez horas después, en Phoenix, dijo que México pagará el cien por ciento del muro, y volvió a arremeter contra los inmigrantes. Su lógica política no supone coherencia, depende de las condiciones del show. 

Trump dijo: “El Estado Islámico honra al presidente Obama. Él es el fundador del Estado Islámico”. Ni siquiera el presidente se tomó el trabajo de pedirle pruebas. No hay pruebas, no tiene documentos, no hay pensamiento, no hay investigación, no hay ninguna moralidad en la publicación de esa “información”, pero se hace el show, se provoca. No hay más que provocación y la provocación siempre le viene bien a la platea. Su recurso es un lanzallamas mediático.

Trump y Chávez comparten una misma vocación y es la de ser capaces de hacerse escuchar de quienes les legan su representación. A ambos, los votos de los representados los llevaron al poder. Ambos hablaron de pobreza, de recuperación, de riqueza, ambos a su manera son nacionalistas. Trump le apuesta a América para los americanos. Chávez a Venezuela para los venezolanos. Sin injerencias, sin intromisión, sin intervención, sin pactos ni tratados que conlleven afectación de la soberanía y de los buenos negocios.

El show de Chávez terminó. Nicolás es el encargado de cerrar la puerta cuando todos salgan. El de Trump apenas empieza. No hará todo lo que dijo que iba a hacer. Ojalá no hiciera nada de lo que prometió. Pero algo hará. Aun así, lo más grave es que va a hacer lo que no nos dijo que iba a hacer.

El mundo está caliente, está en riesgo ecológico, cada vez es más ingobernable, la suma global de las economías en crisis, que no se cerraron, nos aproxima al bing bang del mercado. Y Trump, el gran provocador mediático, condenado a provocar el show más grande que haya visto el siglo XXI.     

 

A la muerte de la Mama Grande

A la muerte de la Mama Grande

A Fidel Castro le debió pasar lo mismo que a Leonard Cohen. No vieron vida más allá de Donald Trump. Difícil decir algo distinto a lo que ya se ha dicho en todos los medios. Difícil salirse del lugar común para decir algo a la muerte de la Mama Grande.

Más bien veamos qué dijeron otros.

Obama dijo que la historia registra y va a juzgar el impacto de la figura de Fidel. No declara, lo que declararía Maduro, que la historia lo absolverá.

Santos dice que agradece que al final de su vida haya reconocido que la lucha armada no es el camino. ¿Desde cuándo Fidel dejó de creer en la vía armada para la liberación de otros países? Santos al invocarlo, hace que Fidel le dé la razón.  

Putin dijo que Fidel es un símbolo de una era. Le faltó decir que de una era que terminó, de una era pasada que trajo más desastre que beneficio, que no encontró la productividad de su modelo, que no se hizo competitiva, que colapsó, como una estrella blanca que se apaga. Una era que la misma Rusia, y la misma China, se encargaron de sepultar. Fue un amigo sincero de Rusia, más que Rusia de los cubanos, digo yo.

Nicolasito dijo con la sabiduría que le es propia, que Fidel es inmortal, o más exactamente, que va a la inmortalidad. Y que los revolucionarios en el mundo deben retomar su legado. ¿Cuáles revoluciones, Nicolás? ¿La de Chávez, la tuya, la de Diosdado? El legado de Fidel se puede resumir en: patria o muerte.

Xi jinping en un acto de magia china adivina que Fidel no morirá. El cuerpo perdió sus funciones, pero el cuerpo se puede embalsamar. El consejo chino lo recomendó con anticipación, Fidel se debería momificar como Lenin y Mao. Igual que Putin, dijo que se perdió un camarada. Tal vez ellos puedan decir: el último de los comunistas.

Trump dijo sin rodeos que el muerto había sido un “dictador brutal”. Mientras en la Pequeña Habana la gente del exilio cubano, cuarta o quinta generación, había armado un carnaval, donde se bailaban la muerte de la Mama Grande. Bien muerto, es lo que quería decir Trump. Ya no causará más daño. Ya veré qué hago para llevarle la libertad al pueblo de Cuba. Algo se me ocurrirá.

Peña Nieto reconoce que Fidel también fue un amigo de México. Debería haber dicho que fue en México donde Fidel armó la expedición del Granma que terminaría dando al traste con Fulgencio Batista. Dijo que fue un hombre solidario y respetuoso.

Timochenko se limitó a responder con una elocuencia muy paisa, fue “uno de los grandes hombres de América”. Como Santos, tendría que aceptar que Fidel contribuyó al proyecto de paz, renegando de la lucha armada. ¿Cuándo Timochenko cayó en cuenta que la lucha armado no es el camino? ¿Cuándo las Farc encontraron el camino?

Hemos llegado al final. Lo que Fidel hizo, lo que deja, para mal o para bien, es parte de la historia. Un hombre que desde una isla en el Caribe se levantó e irradió un gran movimiento de repercusión mundial. Un hombre al que se le contabilizan 564 atentados, a todos los cuales sobrevivió. Un hombre que resistió el bloqueo norteamericano y la quiebra soviética. Un dictador, como dice Trump. Pero un Dictador al que nunca, nadie en casi sesenta años, tumbó, teniendo a medio mundo de enemigo. Nadie negará que es una gracia histórica de muy pocos.

Ahora que hemos finalmente llegado al momento en que Fidel es memoria, y solo memoria, el umbral donde, a pesar de haber estado muerto políticamente los últimos diez años,  comienza el poscastrismo. ¿Quién lo seguiría hoy? Si la misma Cuba ya ha iniciado la desfidelización del régimen, quién y en dónde volvería alguien a embarcarse en un Granma para ir a una Sierra Maestra y terminar gobernando en La Habana. Si no fue el último de los comunistas, dónde diablos está el último. 

Abraham entre bandidos

Abraham entre bandidos

Tomás González, el sobrino de Fernando, se jala una novela de la violencia en Colombia publicada en el 2010, que viene siendo el diario en tercera persona de un secuestro, acercándola, como ninguna otra de las suyas, al habla local, a la habladuría de la región, de la zona, apresada por una narración, mil veces contada, por novelistas y cronistas, que González salva con el delicado y mesurado juicio de un narrador testigo que cede la voz a los personajes, en diálogos precisos, medidos, atildados.

La historia cruza el primer plano del secuestro con un plano alterno de la familia que quedó en el pueblo. Las dos historias bien cruzadas producen un efecto rítmico de presente/pasado/presente. Un juego de tiempos que fortalecen mutuamente la imagen de dos presentes, separados por el secuestro, la novela de los ausentes en la medida de los presentes, la esposa, los hijos, los nietos, los socios y amigos.

Y como en una historia de K, no se sabe para qué los secuestran, los obligan a ir con ellos, no les exigen nada, beben aguardiente, juegan cartas, son humillados con benevolencia, y un día después del asalto a un pueblo los sueltan. “Saúl y Abraham se vieron de pronto libres bajo el cielo azul, como náufragos a quienes el abismo del mar hubiera esculpido en una playa remota”.

Se trató de un secuestro casi tan tranquilo como el que el M19 sometió a Álvaro Gómez. Cuando muchos años después Abraham, en el café del pueblo contaba los pormenores de su secuestro a manos de Enrique Molina, su compañero de escuela en la primaria, los más jóvenes creyeron que era la ficción de un viejo.

Leerlo es gustoso. Una pretérita sordina de la voz antioqueña de Tomás Carrasquilla, se escucha en las voces locales y proyectadas en el tiempo de las víctimas y victimarios, de Abraham entre bandidos. Es el habla el que los une. Antes de despedirse, se echaron el último aguardientico.

La guerra de hace setenta años, cincuenta, veinte, diez, la de ahora, tienen algo en común, el odio indomable. La muerte como modus vivendi, la muerte como una forma de vida.    

 

Los acuarelistas del mar

Los acuarelistas del mar

 Por: Oscar Seidel

Fuimos dos pintores bohemios cuya obsesión era dibujar el mar. Mi compañero de farras y labores, Miguel Ángel, pintaba mejor cuando estaba ebrio. El cuadro más importante que hizo fue “La Bahía Iluminada”, que no alcanzó a terminar porque lo empeñó en la taberna del francés Jean Pierre –de quien decían había llegado prófugo de la prisión de Cayena–, antes de morir en su última borrachera. Me había comprometido con él que si fallecía, yo le daria las últimas pinceladas como muestra de mi admiración por su obra. Fue entonces cuando decidí retirar “La Bahía Iluminada” de la taberna, en donde se había convertido en un espectáculo para los ojos de todos los clientes; sin embargo, la cuenta era tan alta que sólo quedó la opción de retar al francés a ver quién aguantaba más aguardiente. Si yo perdía le entregaría todas mis acuarelas marinas y, si él, yo dispondría del cuadro “La Bahía Iluminada”.La apuesta duró cinco días seguidos, con esporádicos descansos para desayunar y comer. El único testigo fue el hijo del tabernero, autorizado para traer comida y más aguardiente cuando se acabara. Al quinto día, a las tres de la tarde, el tabernero se desmayò de la borrachera. Descolgué el cuadro y regresé tambaleante al taller con la intención de que a los tres días, después de descansar y reponerme del guayabo, iría al sitio desde donde mi amigo Miguel Ángel pintó “La Bahía Iluminada”.

El día del compromiso estaba nublado. Manejé la canoa hasta el sitio desde donde se divisaba la bahía. Tenía en mente y espíritu dicho paisaje, y terminé el cuadro de unas cuantas pinceladas. En realidad, la obra quedó perfecta, pero al regresar a la cabaña me cogió la tormenta, el cuadro se mojó, desapareció el boceto, y solo quedó una mescolanza de colores como una pintura abstracta. Acongojado lo colgué en el taller con la esperanza que volvería a pintar “La Bahía Iluminada”.

Con el correr de los días, me arropó una nostalgia terrible, la pereza y la desazón se apoderaron de mí; hasta que la quietud se vio alterada por la llegada a la isla de un barco con turistas franceses. Tamaña sorpresa me llevé por parte de esos personajes, quienes arrimaron a mi cabaña y observaron lo que quedaba del cuadro de mi amigo. Después de contemplarlo por buen rato, el guía de la excursión me manifestó que ellos estaban decididos a comprarlo. Asombrado por esa locura - puesto que yo solo veía en él un pegote de colores- decidí venderlo, al final, allí no estaba reflejada “La Bahía Iluminada”.

El cuadro abstracto se exhibió en el Salón des Independenst de Paris, con el título de “Acuarela 301” de un tal Kandinsky. Debido a la cotización del cuadro, me enteré que lo estaban subastando por millones de francos, esto me pasó por ser tan idiota y desprendido del dinero, y desde ese momento algo en mi se murió por la injusticia cometida, que me trajo consecuencias muy funestas.

Me estresé, mi vida cambió, y tomé una determinación ante el acoso al que me vi sometido por parte del Museo de París y, del fantasma de Miguel Ángel que se puso furioso, y se me apareció todas las noches con el reclamo de no haberle cumplido: No volverla a pintar acuarelas.Tiré al mar todas mis obras, la paleta de colores, los pinceles, y demás elementos de pintura. En cuanto a los franceses - que me presionaron para que pintara más acuarelas marinas, y les pusiera el sabor del trópico con el fin de impresionar a los críticos de artes - tuve la pésima idea de presentarles al tabernero Jean Pierre, quien estuvo preso en Cayena por falsificar cuadros de pintores famosos. Todavía negocian con el arte abstracto.

Ahora soy pintor de brocha gorda en el Ministerio de Obras Publicas.Pinto la línea amarilla divisoria de la nueva carretera que une esta isla con el continente. Ya veré hasta donde llego. Sí el ánima de mi amigo vuelve a aparecer <> con mi indiferencia.

Cali, octubre 5 del 2016

Bienvenido al pasado Mister Trump

Bienvenido al pasado Mister Trump

 Un “fantasma” está recorriendo el mundo, claro, no el del comunismo, ese viejo fantasma que terminó apareciéndose a la hora del almuerzo durante la que los banqueros se reparten el mundo. Es un fantasma global, un híbrido mutante, que asusta en cualquier lugar y a cualquier hora.

Un fantasma ya completamente encarnado, corporizado y con identidad, que se representa en gente como Putin, Trump, Xi Jinping, Duterte, Maduro, Asad, Kim Jong Un, Ortega y todos los nuevos califas. Unas bestias políticas y militares que sin más recurso que el fascismo en distintas presentaciones, pretenden modelar la sociedad de sus países y del mundo, a un formato que renuncia a todas las conquistas democráticas que la sociedad mundial ha conseguido hasta hoy. Un fantasma retro.

El impacto del gol que Trump le metió al establecimiento  y a la intelligentsia norteamericana, es más fuerte que el impacto desestabilizador del Estado Islámico en el Asia. Quizás sea difícil anticipar las consecuencias globales de la gestión de un mutante como Trump, durante los próximos cuatro u ocho años, si es que antes no provoca una reacción desde adentro que lo tumbe. Ganó contra todos los grandes medios de comunicación, salvo Fox, contra las encuestas, ganó contra la opinión mundial. Demolió el mito de que no se gana sin el voto latino. Puso a los obreros de los estados industriales a votar por el magnate. Obtuvo el 42% de la  votación femenina. Ganó contra la opinión mayoritaria de su propio partido. Le ganó a Washington.

Trump tuvo votos de quienes podrían ser las víctimas de la deportación o la no legalización de residencia; de quienes perderían seguridad si se termina el Obamacare; de las mujeres, a algunas de las cuales hizo víctimas de acoso; y de quienes seguirán siendo víctimas de ese régimen de vindicta tribal que promueve la Asociación Nacional del Rifle, que dio recursos a su campaña.

Se podría esperar que como demagogo no fuera a cumplir con lo que prometió. Pero no es más que una falsa ilusión. Quizás haya cosas que no pueda hacer, desentenderse de la OTAN; reversar el Obamacare;hacer el muro entre México y USA; echar a once millones de migrantes ilegales. Lo cual no quita, que muchas de las cosas que dijo que iba a hacer las haga, y lo más grave, las que no nos dijo que iba a hacer.

Mientras Trump hace el muro, los socios del chapo Guzmán hacen túneles. Bienvenido Mister Trump.  

De burros y elefantes

De burros y elefantes

Que recuerde nunca unas elecciones en USA habían tenido tan en vilo al mundo, por razones que tienen que ver con la seguridad del mundo. Y tampoco, nunca la Casa Blanca había tenido aspirantes tan grises, tan postizos y con tanto pasado sucio. Son los más impopulares entre los candidatos impopulares. Pero ambos, la una entre “burros”, y el otro entre “elefantes”, han conseguido que los mastodontes tercos y fuertes de los partidos, se desnuden y dejen ver  las fisuras, sus debilidades  y sus miserias. El demócrata se fracturó con la opción de un viejo socialista que dice lo que Hillary no puede ni quiere decir. Aunque ninguno de los dos pueda hacer lo que dice que va a hacer. Es hora de que el partido demócrata se divida. El republicano le retiró el apoyo de las mayorías al candidato oficial del partido, un outsider que se les coló y los puso en los aprietos de una división de facto.

El expediente de Donald es como el de un miserable de un cuento de Bukowski. Rudo, maltratador, directo, sin mayores escrúpulos, al que un rifle y un pedazo de culo, hacen feliz. No es una coincidencia histórica, que el hombre que encabeza la cruzada que podría ponerlo en la Casa Blanca, sea el que quiere recuperar América para los americanos, haciendo buenos negocios. El sheriff que ha llegado a poner orden en el pueblo, a levantar muros, echar a los forasteros y enfrentarse a quien tenga que enfrentarse. Donald: el candidato de Putin.

Con relación a las encuestas hay algo interesante. Ellas son capaces de medir todo lo que sea medible. Y eso es lo que revelan los sondeos. Pero han engrandecido su método hasta el punto de que en ocasiones alguien podría creer que lo miden todo.

Hay un insondable de decisión electoral que  cambia a la velocidad en que se mueve la información en las redes. Algunos de los ciudadanos que tenemos acceso a las redes hacemos campañas. Muchos ciudadanos se organizan como grupos de presión civil. Se mueve más información no formal que formal y la opinión y el juicio tienen ahora unos rangos de variabilidad que las encuestas no alcanzan a medir, tanto por su velocidad, como por su contradictoriedad. Las variaciones de intención de los indecisos, por ejemplo. Técnicamente todas las encuestas dan un empate, o una diferencia que no sobrepasa el margen de error. Nos han dicho, cada encuesta es una foto. La foto hoy nos muestra a un burro y a un elefante, afuera, frente a las rejas de la Casa Blanca.

Lo último que quisiera ver, sería a Donald en la oficina oval, viendo un partido de golf en horas de trabajo. O hablando como un sheriff con Ángela Merckel o Teresita May. A pesar de ser un halcón, Hillary tiene una idea más precisa del cargo que quiere ocupar. Ella no quiere América para los americanos, ella quiere el mundo para los americanos. Ambos modelos, para fortuna del mundo, quebrados desde adentro.

Ya quisiera verla a ella en la oficina oval, trabajando en horas que no son de trabajo. Pero dos días antes de las elecciones, sigo teniendo la fastidiosa impresión de que “si los norteamericanos pusieron un hombre en la luna, bien pueden poner un imbécil en la Casa Blanca”.         

Del animal político a la bestia impolítica

Del animal político a la bestia impolítica

El desorden bajo los cielos, en las calles, los aeropuertos, la bolsa, los ministerios, que se ha instalado en Venezuela, desborda la capacidad de contención y el margen de gobernabilidad del engendro bolivariano. Nicolasito parece que quisiera hacerse echar del poder (tal vez no sea para menos). Hace todo para darle combustible a una oposición envalentonada, que se le quedó con el poder legislativo en las últimas elecciones y que tiene a más de medio país de su lado, de manera efectiva, saliendo a tomarse las calles. Para el jueves se han propuesto la “toma de Miraflores”.

El costo político de haber encerrado a Leopoldo López, y los demás dirigentes de la oposición, fue haber desboquetado el bloque bolivariano de poder, que no conoce de separaciones, se perdió la joya de la corona, la Asamblea Nacional. A Nicolasito le quedan la Corte Suprema, la Corte Electoral y las Fuerzas Armadas, ellas completamente fisuradas por razones que van desde el “futuro de la revolución”, hasta el narcotráfico. Y que revelan un potencial contrapoder, que al Ejecutivo no le da paz.

Ahora, valiéndose de leguleyadas bolivarianas, trucos de juzgado municipal, demandas insustanciales, a través de sus Cortes, Nicolasito revoca el proyecto de revocatoria que la oposición tiene como su bandera principal. Lo que parecería un acto defensivo que detiene una acción completamente legal, amparada en la constitución, equivale a darle todo el combustible que le falta a la oposición, para chamuscarle el rabo y sacarlo de Miraflores.

La toma de Miraflores va ser una demostración de fuerza civil que no va a dar al traste con el esperpento ejecutivo de Nicolasito. No va ser un golpe de estado, no va a terminar en que Nicolasito sale con sus maletas por la puerta de atrás de Miraflores. Ningún régimen está dispuesto a dejarse tumbar, para evitarlo hace lo que la constitución le permite, y lo que no le permite. Es, y ha sido la historia del poder. Y no va cambiar en Venezuela.

Venezuela dejó de ser la democracia más frágil de América Latina, para convertirse en hegemonia, en la forma de gobierno cívico-militar, también más frágil, de América Latina. La “revolución bolivariana” no tiene futuro, así se quede un tiempo más en el poder, a punta de torcerle el cuello a su propia constitución, y de la acción efectiva de los colectivos paramilitares.

Pero si bien la toma de Miraflores no equivale a la toma de poder por parte de la oposición, que conllevará la restauración actualizada de lo que había antes de Chávez, va a significar un mayor desgaste político que no hay cómo pagar; menor legitimidad; un duro golpe a la gobernabilidad que se refleja en el imposible que parece el intento de una mesa de negociación, avalada por el Papa; condiciones aun más críticas para la economía, y una fragilidad internacional, que no le compensan los aplausos de Irán, Corea del Norte y Nicaragua.

La revocatoria de la revocatoria fue el mayor error político del régimen. De haber sido un demócrata, o de haber sido inteligente, Nicolasito habría ido a la revocatoria este año. Le habría dado un aire político al gobierno, habría confirmado el pasaporte democrático de la comunidad internacional, y de paso habría hecho la más grande campaña bolivariana a favor de la revolución, que le habría dado aire, imagen, osadía. Pero no, Nicolasito lo que está buscando es que lo echen.      

¿Qué pasa con Bob?

¿Qué pasa con Bob?

-     ­Señor Dylan, le hablo a nombre de la Academia Sueca.

-     ¿La Academia Sueca? La que concede los Nobel.

-     Exactamente. Quiero informarle que usted ha ganado el premio Nobel de literatura 2016.

-     ¿Cómo? ¿Y Philip Roth y Paul Auster?

-     Ellos no cantan.

-     Yo tampoco, nunca aprendí.

-     Premiamos su aportación a la poética popular.

-     ¿Hice algo así?

-     Es la razón por la cual se le concede.

-     ¿Podríamos convenir que esta conversación no tuvo lugar?

-     Perdóneme no lo entiendo.

-     Preferiría pensarlo. ¿Por qué no me dan unos días?

-     Señor Dylan, se trata de la mayor distinción de las letras en el mundo.

-     Justamente. Deme un tiempo, no me presione. Yo le haré saber. ¿Puedo llamarlo a este mismo teléfono?

-     ¡Señor Dylan…!

-     Mi agente se comunica con usted…no se preocupe. En caso de que no lo acepte, puedo sugerirles a Chico Buarque. Nosotros ya tenemos 36 monedas doradas de las que ustedes entregan, Brasil solo tiene una.

Tres líneas rojas

Tres líneas rojas

        Podría ser que el triunfo del NO le hubiera dado un inesperado aire al proceso de paz con las Farc. La renegociación del acuerdo de terminación del conflicto que ha sentado a todos en la mesa, impuso una nueva agenda al país, que podría servir más al proceso de paz, que el triunfo débil del SI.

       Si hubiera ganado el SI, habríamos tenido en simultánea un proceso de agrupación de los guerrilleros en las zonas campamentarias designadas para el desarme y la entrega de armas, y en las ciudades una oposición arrinconada, derrotada (cuando más peligrosa puede ser la burguesía, decía Lenin), alertando todos sus circuitos de seguridad, los señores de la tierra, los parapolíticos, los gremios, los evangélicos, curas, padres de familia  y las hordas homofóbicas.

       Santos se libró de una situación que le habría complicado todo el país, que seguramente habría detenido las acciones de reintegro y desarme de las Farc, que habría colapsado una “hoja de ruta” contenida en el acuerdo y habría hecho entrar en crisis su gobernabilidad.

       Como están las cosas hoy, Santos no la tiene nada fácil. En vez de dos líneas rojas que hubo en La Habana, ahora hay tres. El CD, a través de Holmes Trujillo, ha dicho que no hay líneas rojas. El gobierno mantiene las líneas rojas que le marcan la constitución, las leyes y la propiedad privada. Y las Farc, la línea roja que marca distancias entre guerrillas militarmente derrotadas, los Tigres tamiles en Sri Lanka, y una guerrilla que jamás lo fue.   

     Pero cuando uno ve los que se sientan a la mesa a negociar, se da cuenta que no les interesa la paz, les interesan los negocios que se pueden hacer estando en paz. Y, sin embargo, no podemos desentendernos como sociedad civil, de lo que entre tres arreglen. Muchas de las cosas que ahí se digan y se acuerden, por encima y por debajo de la mesa, no las sabremos.

      Antonio Morales y Alfredo Molano, lo que ven que se cocina es un nuevo frente nacional, una repartija del país, entre tres. Cada uno hace sus negocios, no se pisan las mangueras, cada quien maneja una parte del presupuesto y pastorea sus electorados, con los que consiguen la socorrida legitimidad electoral de las pandillas en el poder.

Tres actores históricos se encuentran: los conservadores del NO, los liberales del SI y los insurgentes del SI. Tenían que venir a encontrarse a finales de la segunda década del siglo XXI, para ofrecernos más guerra, o la paz de los negociantes. Y qué curioso, el único de los tres que representa a la sociedad civil, es el CD.

 

Nada está acordado hasta que todo esté acordado

Nada está acordado hasta que todo esté acordado

El acuerdo de terminación del conflicto firmado en Cartagena con el aval de la comunidad internacional ha quedado sin vigencia. No se refrendó. Santos se jugó la suerte de la refrendación en un acto de consulta que le ganaron en una campaña abiertamente sucia, con asesores en campañas sucias, con mucha homofobia y mucho dinero.

Santos resultó víctima de su propio invento, gajes de la democracia. Hasta ahora lo que tenemos es un acuerdo sin vigencia jurídica, sin ningún efecto. Con una impugnación electoral, que a todos los protagonistas los ha obligado –en un primer momento– a parecer políticamente correctos, dispuestos a defender la paz y a sentarse a hablar. Sin embargo, y en eso se equivocaron los que le creyeron que  Santos no tenía un plan B. Subestimaron a Santos. ¿O creen ustedes que la delegación del gobierno y las Farc no hablaron de lo que harían si ganara el NO? Santos y De la Calle, varias veces, respondiendo a la pregunta de qué pasaría si ganara el NO, no tuvieron reserva para decir que volveríamos a la guerra, a la guerra urbana, adelantó el Presidente. Nos quieren meter miedo, nos amenaza, dijeron desde el CD. El domingo dijo tras reconocer la derrota, que el cese bilateral y definitivo que se había logrado negociar en medio de la guerra se sostenía. El lunes nos tomó por sorpresa diciendo que el cese al fuego no era definitivo y que tenía fecha de vencimiento, el 31 de octubre. El plan B se puso en marcha.

De la lista de ítems sujetos a posible negociación presentados por el CD, Pastrana, Ordoñez y las iglesias, a Santos, hay dos en especial, el de la tierra y el de la justicia transicional, que no darían margen de negociación. Demasiados intereses tienen los dueños de la tierra, para que después de un siglo, en que nadie quiso ni pudo hacer una reforma agraria en Colombia, vengan las Farc  a dictar una reforma agraria contenida en el punto primero del acuerdo, que toca los intereses y propiedades de los dueños de la tierra. Y por otra parte, si la justicia transicional es la forma jurídica de la impunidad, como dicen sus detractores, y al mismo tiempo la arquitectura del acuerdo, qué podría discutirse en una mesa donde se encuentren el CD y las Farc.

Sin mencionar, que para el CD y toda la derecha belicista, sería la justicia transicional la que daría el “alivio judicial” que Uribe mencionó en su primera alocución tras conocerse los resultados del plebiscito y que favorecería a los acusados de paramilitarismo y parapolítica, a los militares incursos en proceso por los falsos positivos, a los financiadores de la guerra y a los empresarios que se enriquecieron con los negocios del conflicto.

No sé si el plan B sea un acuerdo secreto entre Santos y las Farc. De todas maneras, aparece como algo casi chistoso, que a un Presidente que le toca anunciar la guerra, como una forma de reaccionar, sin duda presionado por las circunstancias, frente a la victoria electoral del NO, se le conceda una semana después, el premio Nobel de la paz.   

¿Qué tal santos recibiendo en Oslo el premio, y aquí en Colombia las Farc divididas, dándose plomo otra vez con el ejército, asesinado civiles y volando oleoductos, mientras el avión fantasma guía a los bombarderos para fumigar, como quiere María Fernanda Cabal, otra vez a los chusmeros?

 

El conflicto del posconflicto

El conflicto del posconflicto

Perdió Santos, perdieron las Farc, perdió la mitad de los votantes, perdieron todos los partidos, exceptuando el CD y las iglesias, perdieron las encuestadoras, perdió hasta Gina Parody, se perdieron casi cinco años.

Pero, de otro lado, ganó Uribe y su CD, la mitad de los votantes, un partido que se arrogó el monopolio de la oposición, contra todo un gobierno y contra un movimiento internacional a favor del acuerdo. Pepe Mujica dijo en Cartagena, que desde afuera no se entiende el NO. Y desde adentro tampoco, digo yo.

Pero ni todo son pérdidas, ni todos son ganancias. Santos logró que Uribe trance en dos puntos, la entrega de armas (y en consecuencia todos los compromisos acordados) y los derechos políticos para la elegibilidad. Lo ha declarado Fachito Santos, hoy desde el cuartel general del NO, al norte de Bogotá. El Presidente ha sido notificado otra vez por el CD, de que a pesar de las condiciones desiguales, es capaz de ganarle los pulsos políticos. El de la primera vuelta a la presidencia, y el de hoy.

Uribe nunca se dejó sentar a la mesa con Santos, no aceptó nada, no sirvieron cartas, mensajeros, intermediarios, buenos oficios. No se quería dejar manosear, sin un argumento fuerte que le permitiera intervenir en una renegociación –reorientación– posterior del acuerdo. Esperó a las elecciones, las ganó, y ahora podrá enviar una delegación, que se siente con el Gobierno y las Farc, a rediscutir el acuerdo. Por algo se dijo, que el proceso de paz con las Farc, pasaba por desmovilizar al CD y sus adláteres.

Si el Gobierno y las Farc tienen intereses demostrados en el acuerdo, lo más práctico sería acoger al CD en una mesa posacuerdo. El CD con el as en la mano, el triunfo del NO, empuja al gobierno y a la guerrilla a abrir un nuevo escenario de negociación, muy particular, la primera vez que se sentarán del mismo lado de la mesa, y del otro, un partido de oposición que representa esa parte de la sociedad civil que por la razón que sea, no acepta parcial o totalmente el acuerdo.

Si el sentido político a favor de un acuerdo ampliado primara sobre los intereses de las pandillas –lo cual no es de esperar–, sería viable un acuerdo posacuerdo, a pesar de los enormes escollos que supondría.

A lo que hoy asistimos fue a una especie de primarias de las presidenciales del 18, en las que las pandillas midieron fuerzas, y cuyos resultados envían varias señales. Al gobierno, en lo que se refiere al sucesor de Santos. A las Farc: quedan dos años para seguir con el gobierno del mismo lado de la mesa, lo que venga después no augura las mismas condiciones. A los candidatos de todas las pandillas: hagan los caces precisos para quedar en el círculo de la repartija del poder.

La otra opción es que el gobierno y/o las Farc no acepten reabrir el acuerdo ya firmado, aun después de unas conversaciones exploratorias con el uribismo. En cualquier caso, el ingreso de las Farc a la política se aplazó, también la entrega de armas, la desmovilización, las Naciones Unidas terminarán evacuando personal y la Fiscalía amenazará con hacer efectivas las órdenes de captura, temporalmente suspendidas, contra los miembros negociadores de las Farc.

Si llegan a un acuerdo con el CD, antes de que termine el gobierno Santos, entonces por ese principio ignoto de equidad los postulados al premio Nobel de paz 2018, o 2019, deberían ser Santos, Timochenko y Uribe. Tres sangrientas líneas de historia patria, el rojo, el amarillo y el azul, concurriendo aceleradamente a una mesa que decidirá si Colombia tiene, o no tiene, una segunda oportunidad sobre la tierra. 

El referendo de la vergüenza

El referendo de la vergüenza

La Senadora Viviane Morales y su esposo, el venerable Carlos Alonso Lucio, se han alzado con una victoria en la comisión primera del Senado. Han convencido a una ristra de uribistas, godos y santistas, de aprobar una iniciativa de referendo, para consultarle a la sociedad colombiana, sobre si acepta o no el fallo de la Corte Constitucional que aprobó que cualquiera de las diversas familias en Colombia tiene el mismo derecho a adoptar. Una consulta para desaprobar un ordenamiento legal, para ir contra la constitución. Un bombazo contra los derechos humanos.

Se trata de una iniciativa que no merecía haber tenido ningún trámite, puesto que promueve el desconocimiento de un derecho consagrado. Una iniciativa de populismo moral mediante la cual se quiere reversar la vigencia de un derecho, sin un solo argumento que merezca respetabilidad. Es una iniciativa de retaliación, anticonstitucional, regresiva, discriminatoria, y como forma de consulta, una estrategia con fines electorales.

Doña Viviane está inscrita por el PL en el Congreso. ¿En qué liberalismo cabe la condena de los derechos? Por dignidad política, aunque sea un contrasentido, el PL debería expulsarla. El otro liberal, que votó en contra fue Juan Manuel Galán. La pandilla de los liberales puede tener discrepancias totales respecto a la defensa y promoción de los derechos de las minorías, sin que se les mueva un pelo.

Doña Viviane tergiversó a gusto los datos y los resultados de investigación de un pediatra norteamericano, para presentarlos como “pruebas” a favor de su desaguisado. Se autoerige como la defensora cruzada del derecho de los niños a ser adoptados solo por una clase familia. Está debidamente casada con un personaje viscoso y oblicuo que ahora funge de pastor. Aunque solo sea y lo haya sido siempre, un pobre negociante que ha acampado en todas las toldas del país, buscando prebendas. Y tiene, ella, una hija lesbiana.

Más desagrado biliar causa, que a una señora “cristiana”, “liberal” y “heterosexual” se le ocurra una cruzada contra los derechos de los niños a ser adoptados por cualquier familia que cumpla los requisitos de ley, que haya un cubil cavernario, tétrico y oscuro, capaz de aprobar las bellaquerías que se le ocurren.

La oscura venganza, la luz divina que la inspira, su liberalismo de retaguardia, lo que quiera que mueva a Doña Viviane, no alcanza para explicar la sociopatía enquistada en el alma de una mujer que por delegación representativa, se sienta en la comisión primera del Senado a atentar contra el orden constitucional, imbuida de la justeza de una mera canallada.

El referendo es una iniciativa tan peligrosa, por lo constitucionalmente subversiva, que alienta a que mañana, cualquier señora liberal se le ocurra otro refrendo para revocar el derecho a la libertad de expresión, las causales legales para el aborto, o el derecho al salario mínimo.

Me encomiendo a mis tres santos devocionales, para que la perversa propuesta se hunda en la plenaria del Senado: El Divino niño Jesús de Praga, el Señor llagado y la Virgen del agarradero.       

SI

SI

Una vez firmado el acuerdo en Cartagena se habrá modificado territorial, militar y políticamente, la relación entre las fuerzas en pugna que terminaron poniéndose de acuerdo en algo fundamental: la guerra se perdió.

No la ganó el Estado en 53 años, no pudo reducir un grupo insurgente, que cuando más tuvo en filas, tuvo entre guerrillos y milicianos, cerca de 25.000. Al comienzo como campesinos resistentes, luego politizados y estudiantes universitarios, marxistas urbanos, y más adelante como negociantes de la guerra, metidos con todo en el negocio de la droga, que terminó por lumpenizarlos como organización. La agenda de la coca parecería haber pesado más que la revolución, como le pesó al proyecto antisubversivo original de las AUC.

No la ganaron las Farc. Si no estoy mal desde la séptima conferencia, en mayo de 1982, se rediscutió el asunto de la toma del poder. Pero con declaración expresa, las Farc se constituyeron como “ejercito del pueblo”, ordenaron la "ofensiva bolivariana", aumentar las filas a 28.000 hombres y avanzar en la toma de ciudades intermedias, cuando ya se había hablado dentro de las Farc, acerca de la dudosa viabilidad histórica de la toma del poder en Colombia, por la vía militar.

La octava conferencia se hizo en el Guaviare, el mayor centro de producción de hoja de coca entonces, en abril de 1993, el mismo año en que eliminaron a Pablo Escobar, el año más sucio de la guerra sucia, cuando el narcoterrorismo a punta de bombazos le metió todo el miedo que pudo al país, cobró cientos de víctimas, mostró el poder del negocio y su capacidad de hacer daño. La lucha entre carteles había agitado los mercados internos y externos de la coca, había trepado los picos de violencia, las mafias habían cooptado políticos, jueces y policias. La ofensiva de las Fuerzas Militares contra las Farc dejó un saldo de mil guerrilleros muertos y 1.873 capturados. El negocio del futuro había despegado. Todos habían entrado al neocio sucio:la otra toma del poder.

La guerra no la ganaron las partes beligerantes, la perdió el país. Perdimos en inversión social, en desarrollo, en crecimiento, en oportunidades, en competitividad, en creatividad. Medio siglo de luchas apenas sirvieron para abonar el narcotráfico y quebrar el campo. Una herida abierta durante medio siglo que no podía cerrar, a la que se le echaba plomo y tierra. Y ahora se le pone fin. ¿Con qué argumentos se puede oponer alguien al veredicto histórico sobre una guerra perdida?

El gobierno Santos y las Farc se sentaron a hablar, a partir de una premisa común, a la que cada cual llegó, la guerra estaba perdida. Para las Farc, si es que conservan alguna “vocación de poder”, la única vía posible es la política. Y para el Estado, es preferible tener a las Farc de socios en el Congreso, como aliados contra el paramilitarismo, que dinamitando la infraestructura petrolera y haciendo alianzas con el ELN.

Así que un SI, también significa compartir la premisa común.

La pregunta tiene dos solicitudes. La favorabilidad o no, respecto al acuerdo firmado para la terminación del conflicto, y la construcción de una “paz estable y duradera”. Faltó decir, que una paz con las Farc, porque se trata de una sola paz, de las varias que habría que conseguir, para llegar a la Paz, con mayúscula.       

Ya que las partes beligerantes entendieron que la guerra estaba perdida después de cincuenta años, y se pusieron de acuerdo, pues que la sociedad civil se haga responsable de una constancia histórica de terminación del conflicto, con un SI.

El NO entraña la respuesta de quienes de alguna manera creen que la guerra no se ha perdido. Una forma de decir: si no se ha perdido, debe seguir.

NO

NO

En términos de argumentación el NO carece de piso. El temor político, la retaliación, la impunidad, la elegibilidad, la anticipación del conflicto que sigue, no son argumentos, por sí mismos. Un argumento es una afirmación de carácter probatorio. Por ejemplo, la constitución no contempla la reelección del procurador. Un argumento para demandar la elección. El argumento parte de un referente obligatorio y común a las contrapartes: la constitución. Ahí termina la réplica, el contra argumento ya no es posible. Un argumento contundente.

El NO se montó en dos contra argumentos: la impunidad y la elegibilidad. El primero se estrella contra el espíritu de justicia transicional que guía todo el proceso. Es como si desde la geometría plana, se criticara el hecho de que una linea que se prolonga se toca a sí misma, en la geometría esférica.   El segundo se monta en el supuesto de que a los interlocutores en la mesa de diálogo se los puede tratar como vencidos. El texto del acuerdo prevé una jurisdicción especial de paz, procesos a crímenes de lesa humanidad, justicia ordinaria para quienes no digan la verdad. El acuerdo es el referente obligatorio. Todo lo que el uribismo percibe debajo de la declaración, los acuerdos secretos, el negociado de la paz, que conoce porque negoció y acordó con todo el paramilitarismo, y con los mafiosos, que se le colaron a Ralito, no son argumentos, porque no prueban y por lo tanto no ensanchan la argumentación.

El uribismo “argumenta” desde el temor, y quizás no le falte razón, pero el miedo, la prevención, el odio, la envidia, no son base de argumentación, porque se reproducen y se movilizan sin necesidad de probar nada. Lo particularmente débil en la cadena de hechos, es que moviliza con mayor vigor y energía el miedo que la argumentación.

A un argumento hay que oponer otro argumento más fuerte. El desacuerdo se haría fuerte si opusiera contra argumentos más fuertes que el argumento del acuerdo. Pero qué hacer, si es que la política no se mueve con argumentos.

El “país uribista” pese al acuerdo, el punto de referencia común al orden de argumentación, votará por el NO. Lo hará sin argumentos. Lo hará por que Monseñor así lo dice, así lo enseña.

Así como un argumento se desmonta de dos formas: con los hechos, o con argumentos más fuertes, igual un contra argumento. Un ejemplo. Hoy, en su último discurso en la Procuraduria, tras haber sido destituido por el Consejo de Estado, por reelección viciada, Ordoñez dice que se ha cumplido el primer acuerdo de La Habana. Acusa al Consejo de Estado de un fallo político, cocinado entre el gobierno y las Farc. Sin embargo, la demanda del colectivo de abogados contra la reelección se puso hace más de tres años. Demasiado para no haber fallado antes, en un caso de reelección inconstitucional, en la que el Congreso se equivocó. No votó en derecho, lo hizo políticamente. De 93 votos posibles la noche de la elección, Ordoñez obtuvo 80. Lo que prueba que las bancadas oficiales votaron por él, postulado por la Corte Suprema de Justicia. Lo que vendría a probar también que Ordoñez procedió con Santos, de la misma forma que Santos procedió con Uribe. Hace cuatro años ya se estaba negociando en La Habana. Entonces Ordoñez no era una amenaza para el proyecto de terminación del conflicto de Santos. La afirmación del Procurador, que conlleva la descalificación de su juez, el Consejo de Estado,  pese a aceptar sin apelación ni contrademanda el fallo,  más que un argumento, es el último misil político contra el SI, que hace desde su cargo.

Voy a  pagar de mi bolsillo una misa por Alejandro Ordoñez. Plugiese el cielo que toda la carga de mal que arrastra el quemalibros, se hunda en el infierno del uribismo.      

Lugar común en la prensa

Lugar común en la prensa

  “Fuentes acreditadas” del gobierno no “dieron crédito”, según declaración del Ministro durante el “importante certamen”  donde se congregaron las “fuerzas vivas“ de la región, a la “ola de rumores” originada en el “revés sufrido” por los pequeños accionistas que “invirtieron sus ahorros de toda la vida” en un proyecto manejado por “delincuentes de cuello blanco”.

Fue en un “absurdo accidente” en el que el “distinguido miembro de nuestra sociedad” “perdió la vida”.  Aun así, su “nombre ha quedado enlodado” por los vínculos de su compañía con "polémicos empresarios" de “dudosa conducta”, que “manejaron los hilos” de la operación, para “birlar a incautos” ciudadanos una “astronómica suma”.

Por “fuentes de alta fidelidad” que nos “han pedido la reserva”, “este diario” ha conocido de los “inescrupulosos manejos”, que una “élite financiera” dio a los fondos en cuestión. Off the record nos enteramos de la “investigación exhaustiva” ordenada por la Superintendencia, que “en buena hora” ha “tomado cartas en el asunto”. “Ya era tiempo” de que la “autoridad competente” no fuera tan incompetente.

Lo que “por ahora podemos decir” es que “el alto gobierno” ha asegurado “hacer cumplir” la “normatividad vigente” en materia de control financiero, para que “caiga el peso de la ley”, sin “ninguna vacilación”, sobre quien se “descubra responsable” del “abominable acto” criminal, contra “ciudadanos de a pie”.

En “los mentideros políticos” se murmura que hay “serios indicios” acerca de los “responsables del ilícito”, “que en próximas horas” serían “puestos a órdenes de la autoridad competente”. Las pruebas que “reposan en el juzgado”, conseguidas con “ingentes esfuerzos”, serían  base de un proceso que “revelaría en primera instancia”, los “efectos devastadores” de la “jugada económica” con que “conspicuos miembros” de las “familias bien” de nuestra “alta sociedad”, intervinieron con  “suicida audacia” el mercado de valores.  

De lo acontecido se “extraen lecciones” importantes. En “materia de dineros” “es mejor pecar” de desconfiados, que   de ingenuos. Las pirámides y sus derivados son para “coger con pinzas”. “De eso tan bueno no dan tanto”. “Que nos sirva de lección”. “No se puede confiar en nadie”. A los pequeños inversionistas, “mal aconsejados”, “se les abrió la agalla”, y ahora son víctimas de “su propio invento”.

“Valga insistir” para no tener que “volver a lamentar”, en que el Gobierno y las Cortes “se apersonen del asunto”, “metan basa”, “tomen medidas”, para que no vuelva a repetirse. Se necesita una “acción decidida”, “mano fuerte” para “meter en cintura” a las “fuerzas oscuras” de la economía. Porque “una cosa es libertad y otra libertinaje”; nuestro “amado país” “está en mora” de “alzarse como un solo hombre” a “reclamar sus derechos inalienables”.

Y que no suceda como en los “anales de la historia” colombiana, que los “hombres visionarios” que tuvieron el honor de llevar “la tea de la libertad”, terminaron, “las más de las veces” en las “mazmorras del régimen”. Sin alguien que a la "hora de morir" les hubiera acercado un vaso del "preciado líquido".

 


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