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Alberto Rodríguez

Tomar del pelo a la democracia

Tomar del pelo a la democracia

Una característica de la democracia –como modelo de gobierno- es la supresión del modelo dinástico de poder. Aun así el modelo de democracia electoral se rompe para hacer que el gobierno pase a las mismas manos o gobernar por interpuesta persona. Las dinastías en el mundo de la democracia –la Rusia de Putin, el PRI en México, el chavismo en Venezuela, Ortega en Nicaragua, el castrismo en Cuba, el nazismo en Alemania y Austria – se han atornillado por la vía electoral. En los lugares donde no interesa la apariencia democrática siempre se esgrimen altas y populares causas, para sostener las dinastías, como en la España franquista, o la Corea de la dinastía Kim.  

 El tercero de la dinastía Kim Jong-un es un reyezuelo con armas atómicas, descendiente de la dinastía Kim, que maneja Corea como un campo de concentración desde 1948. Casi 70 años bajo la misma impronta dinástica, amparada en el “marxismo-leninismo” versión “suche”, que le ha dado a Corea la apariencia de un país encapsulado en una vitrina histórica, como una maqueta a escala uno a uno, que muestra la profecía orwelliana llevada al extremo más abominable.

 El rey, que por principio tiene poderes completos, carece de contraparte, es la justicia e imparte las leyes, por él se vive o se muere, tiene poder completo sobre la vida. Y todo ocurre más de 800 años después de que en Inglaterra se hubiera hecho aprobar la ”carta magna” en el primer albor de la democracia moderna, en 1215.

 Kim Jong-un, el hombre del peluqueado más feo sobre la tierra, ha estipulado que los hombres en Corea, ahora tienen el derecho a elegir entre quince cortes de pelo (un alarde de libertad), autorizados por el rey, en el que no se incluye el suyo.

 A las peluquerías de Pyongyang se han hecho llegar guías ilustradas que muestran los cortes de pelo aprobados, que al observarse son variaciones de un mismo estilo de corte militar. Por supuesto el pelo largo y el pelo teñido siguen proscritos. A las mujeres también se les ha otorgado la posibilidad de elegir 15 variaciones de un mismo modelo.

No me quiero imaginar el catálogo de opciones sexuales permitidas a los súbditos coreanos. En cada habitación de cada uno, debe haber un esquema con las posiciones permitidas por el rey. Con toda seguridad en una gama mucho más reducida que la de cortes de pelo.

De creyentes y corruptos

De creyentes y corruptos

Que un ministro de salud – Alejandro Gaviria – en Colombia se declare ateo, puede interpretarse como un acto de sinceridad ética, de honradez valiosa en el campo de las convicciones, o como un acto políticamente incorrecto, y probablemente innecesario, que le crea problemas, más que al ministro, al gobierno de Santos, que bien hubiera podido decirle al ministro en privado, que el palo no está pa´cucharas.

De hecho el gran inquisidor Ordoñez, y seguramente todo el enjambre de ultramontanos derechistas del país, aprovechará para decir, como en efecto lo dijo, que “un país de creyentes no se merece un ministro ateo”, sin que sea evidente ni se remarque cuál sería el efecto para la gestión de un ministro de salud, o cualquier otro ministerio, su condición de ateo o creyente. Si la gestión fuera considerablemente  mejor y efectiva, siendo lo uno o lo otro, la salud pública, pasaría necesariamente por el debate de si las creencias religiosas, o la falta de ellas, tienen peso importante en los resultados de la gestión de la salud pública.

“Un país de creyentes” tampoco se merece a los curas pedófilos (por descontado que son creyentes), a una iglesia neutral frente al proceso de paz, a los corruptos (seguramente todos creyentes), que todos los días se roban el país, o a los políticos tramposos, me perdonan el oxímoron,  (con seguridad todos creyentes) que buscan ganar la aprobación popular a fin de hacerse a un cargo público, en donde puedan robar y mentir con confianza y cobertura legal.

Siendo Colombia un país constitucionalmente laico, que no necesita invocar ni a dios ni al espíritu santo en su constitución,  el asunto de las creencias religiosas de los funcionarios, carece de todo peso, salvo que solo sirvan de blanco para el fervoroso lanzamiento de torpedos políticos. Pero eso es otra cosa, liso y llano oportunismo. El mismo argumento invertido serviría para decir que “un país de creyentes” no se merecía que durante dos periodos se le hubiera enajenado la Procuraduría a un creyente tan ostentoso y peligroso, como Ordoñez.

Creo que las convicciones religiosas, la fe, son un asunto estrictamente privado (como la sexualidad o los vicios), que no tiene ningún peso efectivo, como criterio en la selección de las personas encargadas de las funciones públicas.

Preferiría que muchos funcionarios no fueran tan creyentes, o lo fueran, no importa, si su conducta fuera limpia, atenida a las reglas del juego, respetuosa y transparente. ¿De qué nos sirve ser tan creyentes si el país cayó en manos de los más pervertidos creyentes? Los que mienten, roban, difaman, acusan en falso, a pesar de lo cual todos los domingos van cumplidamente a las iglesias a dejar un billete de cincuenta mil pesos.

Posiblemente un “país de creyentes” no se merezca tantos creyentes.

De la misma saga de “Un sheriff con las botas untadas de mierda de perro”

De la misma saga de “Un sheriff con las botas untadas de mierda de perro”

Ser una potencia, en la jerga gepolítica significa al menos tres cosas: influir en la economía del mundo, tener una máquina de guerra y hablar como potencia. El gobierno de los Estados Unidos, comandado por Donald el megalomaniaco, cumple las tres condiciones. Tiene dinero, fuerza y habla duro.

Del desquiciado, como salido de una mala comedia de televisión, la Sociedad Norteamericana de Psiquiatría, ha dicho que no es apto para gobernar, porque tiene una personalidad megalomaniaca; casi el 70% de las mujeres lo detesta; los jueces estatales le desmontan sus directrices sobre inmigración; el muro mexicano es un proyecto muy costoso, inútil y muy poco ambiental; la comisión de presupuesto de Congreso lo bajó de la idea de desmontar el Obamacare; los altos funcionarios salen corriendo después de la segunda reunión con el sheriff; los republicanos se lo aguantan como a un suegro gruñón y malhumorado que va a heredar; y los apostadores en Londres, dan tres a uno a que Donald no pasa de este año.

Todo lo anterior para hablar solo de las alergias y salpullidos roñosos que causa su forma de gobernar entre los norteamericanos. Por fuera ya tenía cantidad promisoria de enemigos antes de ser presidente, ganó más durante la primera semana de gobierno y ahora suma una legión.

Una personalidad megalomaniaca es una constante de conducta en los grandes depredadores del poder: Hitler, Stalin, Mussolini, Somoza, el Doctor Francia, Gadafi; Franco; Pol Pot; Ceausescu; Sesu Seko, Idi Amin, Papa Doc Duvalier, Castro, Chávez, Duterte y Kim Jong Un. Y todos no pueden menos que darle el sello de su personalidad a “su” gobierno, a sus actos, a las acciones de efecto social. Todos manipulan las constituciones (hacen una a la medida o desconocen la que hay), todos comparten el gusto perverso por perpetuarse. Se trata de una plaga, la plaga del poder, la más peligrosa y letal de la historia. Todos los gobernantes por demás, sin tener el carácter maniático de los paranoicos brutales, son responsables de alguna clase de depredación. La corrupción es apenas una de las más visibles.

Donald juega a ser el sheriff que vino al pueblo a poner orden. Y como en cualquiera de las malas películas donde se recrea el vicio del poder, es un provocador, boquisuelto, retador, rápido y furioso. Así que si USA tiene un arsenal es para usarlo, será la política del Pentágono. La diplomacia boba y cobarde del Negro y de “Vil” Clinton, tiene que ser reemplazada por hechos. Todos tienen que saber quién es el más fuerte. No más acuerdos que no beneficien a los Estados Unidos.  

Ayer fue Siria donde el régimen tiene que disparar en dos sentidos. Contra el Ejército Libre de Siria que lucha contra Bashar Al Assad, y contra ISIS, que lucha contra todos. Desde luego que en ningún caso tener que elegir entre ellos dos es una tarea digna. Sin embargo, no se puede luchar contra los dos al tiempo. Hay que escoger aliados, es lo que le ha dicho Putin a Donald. Pero no, a Bashar hay que castigarlo por utilizar armas químicas contra la población civil. El justiciero sheriff invierte el sentido de la acumulación de fuerzas y objetivamente se pone del lado de ISIS. Ambos son unos hijos de puta, pero Bashar es “nuestro hijueputa”.

Hoy fue Afganistan. La bomba no nuclear más grande (MOAB) fue lanzada contra un reducto al este del país de ISIS K, la filial afgana del califato. Tendrá que bombardear todo el país para destruir el sistema de túneles que han utilizado los guerreros afganos desde que Alejandro Magno los invadió buscando un imperio persa/helénico. Es más una exhibición de poder, un acto propagandístico de guerra, que sujeción a un plan estratégico para ganar la guerra en Afganistán.

Mañana será Corea del Norte, y entonces otro loco le responderá a Donald con bombas, que ya apuntan a Corea del Sur, a Japón y a los mismos Estados Unidos. Y no dudará en hacerlo, se inmolará llevándose consigo todo un pueblo. Megalomanía atómica que dará al mundo un rostro distinto, más convulsionado y hostil en el siglo XXI. Lo de la bomba no nuclear es un claro preaviso para quien se quiera dar por aludido.

Con seguridad a todo el sistema norteamericano de seguridad no se le pasará por alto que algunos de los enemigos de Donald estarán planeando un golpe contra los Estados Unidos. La bravuconería bélica tiene un precio que Donald no podrá pagar, o que ni siquiera sospecha que alguien pueda cobrar.

 

Mediocristán es un país tranquilo

Mediocristán es un país tranquilo

Luis Noriega se me apareció como consecuencia del concurso Hispanoamericano de cuento 2016, al que yo había enviado el libro de cuentos Para cuando sepa que ha muerto. Para mí no existía antes, así que lo primero que la envidia me causó fueron ganas de leerlo. Habría deseado encontrar algo mejor que lo que yo había enviado. Fui a la librería a buscar Razones para desconfiar de sus vecinos. Y para que la envidia fuera mayor, me encuentro con que el libro se ha agotado,  se estaba vendiendo como si de verdad fuera tan bueno, aunque no descarté que la casa editorial, más el premio y el efecto de medios, le estuvieran dando un justo empujón circunstancial. En fin, las odiosas debilidades de los cuentistas. Pregunté si había algo más de Noriega y me sacaron Mediocristán es un país tranquilo.

En Mediocristán todo es mediocre. Mediocristán es a veces Colombia, y a veces no, cuando Colombia es Colombia. El logro innegable de Noriega es haber hecho una novela tan mediocre como el “paisito” que pinta en el que “todo es de segunda división”. La historia es encantadoramente mediocre, los personajes en obra negra son de una mediocridad matizada, atemperada. Las circunstancias mediocres los hacen  ligeros y grises, más de cuento que de novela. Un mediocre libro narrado en primera persona que nos revela la mediocridad en Barcelona y en Colombia. El libro rezuma mediocridad. Tiene pasajes con problemas de redacción, los capítulos brevísimos no encuentran potencia narrativa, la mayoría de cortos fragmentos que intentan salir a correr y no logran vuelo. Nimiedades que sumadas dan al libro una cadencia que me hizo dudar entre desertar y seguir tras la promesa implícita de algo que al menos salvase la experiencia y el precio del libro.

En lo único que la novela no resulta mediocre, y que probablemente sea la mayor fortaleza de Noriega, es en su capacidad de hacer “frases memorables”, actos de afirmación que revelan una condición, poniendo la luz en alguna supuesta verdad que nos comparte. Terminé con la sensación de que el montón de iluminaciones a lo largo del todo el libro, se merecía un libro. Escrito con tranquilidad, con la misma tranquilidad con que suceden las cosas en Mediocristán.

No olvidaré a Noriega, el tranquilo escritor de Mediocristán.          

La opera de tres centavos

La opera de tres centavos

Es una ópera al estilo inglés que Brecht –no Odebrecht– estrenó en Berlín en 1928. Una historia de bandidos, de poder entre sanguijuelas, trata de mendigos, jefes de policía, corrupción extrema, banqueros y ahorcamientos. Dramatiza la pregunta: "¿Quién es más criminal? ¿El que roba un banco o el que lo funda?"

Lo que ha pasado en Venezuela desde que Nicolasito tomó el poder es una ópera bufa, una ópera de tres centavos, una ridiculez histórica a costa de un pueblo, que hoy (18.5%) come de la basura, hasta que en la basura todavía haya restos de comida, y otra parte, come mangos que atrapan en los árboles, mientras los árboles den mangos. Pero lo de la última semana que debería ser el pico que anticipa el fin de la ópera, el punto de giro con que cierra, es apenas el vulgar suicidio de un régimen dividido, carcomido por la lucha de carteles, con una economía en el suelo, en el ojo de las fiscalías y policías del mundo.

–  Oye chico, cerremos esa vagabundería de la Asamblea Nacional.

–  Compañero Nicolás, no es necesario, le tenemos bloqueadas en el Supremo, toditas las disposiciones.

– Oye, pero necesitamos legislar y los escuálidos no dejan. Cerremos y dejemos que la Suprema legisle.

–  No será bien visto, nos dirán que hemos dado un golpe de estado.

–   Mira chico, todos los días nos inventan algo nuevo, en la CIA hay una división completa encargada de fabricar noticias contra nosotros, contra Venezuela.

–    Estamos enterados compañero presidente. La CIA ha dicho que se fragua un golpe interno de poderes en Venezuela, y la justicia norteamericana tiene empapelados a más de cinco compañeros de la dirección, en el ejército, la vicepresidencia y la Asamblea Nacional.

–    Mira, tú dile a los de la Suprema que me colaboren en este asunto de interés nacional, que yo me ocupo de la CIA.

–    ¿Y lo PDVSA?

–  Es lo único que realmente nos queda. Eso no va en la negociación chico. Con los chinos ya la vuelta se está haciendo.  

–    ¿Qué dice el comandante Patrón?

–    ¿Qué puede decir?

–    ¿No ha hablado con usted?

–    Anda calladito, por aquí hoy no ha venido…anda diles que me hagan ese favor, y como sé que van a chillar, luego les devolvemos facultades.

–    ¿No le parece que es poco serio, presidente?

–    Chico aquí todo es poco serio, ese es el problema.

–    ¿Algo más?

–   Dile a Diosdado que venga. Vamos a tener mañana una multitud ante la Suprema y necesitamos que nuestros asambleístas se muevan. ¿Cómo va lo de la frontera?

–    Recogieron la bandera, quitaron las tejas, pasaron el río y ya están de vuelta a casa.

–    Gente así es que necesitamos, con cojones, bravos, apureños que vayan por lo suyo, carajo…

Cerrar el Congreso, Nicolás, es una medida tardía. Insuficiente en cualquier caso, porque es más la llamarada que la ganancia. Ya viste cómo se te vinieron encima los gobiernos latinoamericanos, tus exsocios de Mercosur, el Perú retiró su embajador, el Brasil protestó, Uruguay te dio la espalda, toda la comunidad internacional reclamó, hasta el Santico, que tiene una popularidad tan baja como la tuya y la de Trump, dijo que no descartaba que la OEA tomara medidas. Desde luego, lo de la OEA son payasadas hemisféricas, que en ningún caso deciden nada, pero crean un pésimo clima. Todos a coro te están diciendo: dictador, dictadorzuelo, chafarote, gorila. Y cuando la mierda te llega al cuello, vuelves y llamas a la Suprema y le ordenas que echen para abajo la medida. Tienes razón, aquí nada es serio, ni tú mismo, ni tu gobierno, ni tu condición de revolucionario. Y te dejas para ti, como cualquier mafioso,  toda la negociación del petróleo, sin que la Asamblea Nacional pueda meter las manos. Parece que el remedio es peor que la enfermedad, Nicolás. Ya les habías quitado la capacidad de legislar, utilizando como chantajista de barrio a la Suprema, para invalidar todo lo que haga. Ahora pretendes desaparecerla, y cuando adviertes que la reacción sobrepasó lo que tenías calculado, porque tú siempre calculas mal, echas para atrás la medida.

Nicolás, estás perdido, una inflación que se acerca a mil, el chavismo dividido hasta los huesos, un desabastecimiento del 47%, una corrupción que ya nadie puede ni quiere controlar en las filas del gobierno, y ahora el escándalo mundial porque lo único que se te ocurre frente al maremágnum es cerrar el Congreso. Chico, a ti solo te falta ladrar.

Mira, no es por asustarte. Yo no es que crea todo lo que dice el Departamento de Estado, la OEA, la CIA, el paramilitarismo colombiano. Pero sí creo lo que me dicen las casas de apuestas en Londres, los apostadores son mi guía, y para esta semana las apuestas están tres a uno contra ti. Ya nadie da un peso porque te levantes de esta. Si bien te va, Trump no mandará a sus marines para que te capturen y te lleven a USA como se llevaron a Noriega.

La mujer del animal

La mujer del animal

Salí apachurrado, con asco moral, tras haber asistido a la función de La mujer del animal, una película que se me hizo eterna, como puede serlo cualquier sufrimiento por breve que sea. Al “personaje”, de mi misma especie y de mi propio género, cien mil años de evolución inteligente, no le sirvieron para salir del cretácico.

Víctor Gaviria dijo de La mujer del animal: es un homenaje a la mujer. Creo que la película no es un homenaje a nadie, es una bofetada contra los animales, las mujeres y la comunidad. A todos nos recuerda de manera lacerante que somos responsables por cobardía o complicidad.  

El animal tiene un léxico restringido, quince o veinte palabras a lo más, es repetitivo, circular y olfativo. De una libido con garras y puñal, asesino primitivo, de poca visión, que escucha y huele a cuadras. Hay una cierta somnolencia inhumana en el aura de toda su actuación. Sería completo si ladrara. A su mujer la arrastra como lo hacían los trogloditas con las suyas, del cabello. Ella se lo corta, como el gran acto de rebeldía de la cholita de quince años que cae atrapada por mañas de una bruja en las fauces al animal, que huye con ella a los bosques. Para el animal su mujer es un animal, que crece y se reproduce. A diferencia de otros animales, los pájaros por ejemplo, el animal jamás lleva comida a casa. La hija del animal no habla, qué va a hablar, si cada vez que su mamá habla, el animal la muerde. La “ideología de género” que el animal practica, revela una intuición instintiva respecto a las mujeres. Si nace niña le dice a la madre embarazada, primero me la como yo y luego que se vaya a putear. El día en que el animal en calzoncillos se lleva a la niña de cinco años a la cama, la chola como un animal enfurecido, reacciona y se la quita de las garras, como una hembra a la que le tocan lo que más le duele. Al animal solo le fala ladrar.

Víctor Gaviria ha confirmado con La mujer del animal que a su manera, hoy todavía se puede ser como los documentalistas rusos de la revolución, directores que militan en las filas de quienes van mostrando la realidad, la vida, imbuidos de que si no se muestran, historias como la del animal, podría ser como si nunca hubieran sucedido, o fueran ficción. El cine como memoria ha tenido dos caminos para mostrar la vida: el documental y el argumental. “…insisto porque, además, tengo un compromiso de contar lo que realmente pasa en Medellín y en Colombia”, interrumpe Gaviria. Mostrar a la manera del documental significa trabajar como cronistas, mostrarlo argumentalmente significa, poner en escena. El documentalismo en la película transgrede la información directa sobre los hechos, porque probablemente por rigurosa y extensa que haya sido la inmersión, no lograría los efectos del argumental. La estética, la recreación de los hechos en     condiciones narrativas de escenificación, llevan a que las personas del documental se representen por personajes del argumental.

Gaviria trabajó como un cronista durante varios años, haciendo inmersiones selectivas en las personas y los entornos que son parte de la historia, especialmente con Margarita, la mujer de Libardo, el animal. Rueda en unos tiempos y en unos saltos que son de ficción, con un punto de vista, el de la mujer. Crea la escena, abre la matriz atmosférica para alojar hechos reales, más verdaderamente sucios que los que da cuenta el realismo sucio. Y sus resultados los proyecta a una sociedad enferma, más enferma todavía que la de la época de la historia, finales de los años setenta.

Entre los intersticios y los albañales se esconden muchos Uribes Nogueras, como animales que reptan, se esconden, atacan, muerden, matan y huyen.  

Libardo en el film es un nombre de perro, en todo caso no de homo sapiens. Lo dicho, al animal solo le falta ladrar.

 

Ritmo narrativo

Ritmo narrativo

Al hablar de ritmo narrativo nos referimos a los movimientos, cambios y énfasis de tono. Poesía, prosa y diálogo: los tres recursos que nos da el lenguaje para contar. Jugando con ellos se consigue o no un ritmo. Es decir, cuando la lectura baila acompasada con la escritura del cuento. La velocidad rítmica es gracia de los buenos cuentistas: Arlt, Gabo, Bolaño.

Si se retarda o disuelva la acción haciendo dominante el tono descriptivo, se corre el riesgo de perder ritmo. La explicación es sencilla: la acción aparentemente no avanza.

Si solo los personajes hablan, nos comemos la ambientación, la atmósfera. Pero si nos quedamos con la dominante narrativa, se corre el riesgo de hacer un film escrito. Una yuxtaposición cercana de verbos a una alta velocidad sostenida. La clave para el manejo del ritmo, es saber moverse en el juego sutil o abierto de los dominantes.

 El ritmo narrativo es una combinatoria de modos y recursos que ambienta los cambios necesarios en un cuento, a través de movimientos continuos y elípticos. No solo buscando un equilibrio, también un desequilibrio rítmico, como en el Ulises. O como en Opio en las nubes, de Chaparro Madiedo.

Se me ocurre que el desequilibrio rítmico en la novela es equiparable a la síncopa en el jazz.

El ritmo narrativo es una tentación de la buena escritura -el ritmo clásico que consigue Padura en su saga de Mario Conde, o el ritmo frenético de Pedro Juan Gutierrez en el Rey de La Habana- que se mueve como Pedro por su casa en el universo del tiempo ficticio, sobre el que se asienta toda la literatura.

La aceleración  o ralentización de la acción, del juicio, de la descripción, es algo que concierne a la técnica -manejo de los materiales- y que por tanto se aprende: ¿cómo acelerar o desacelerar un cuento?  La integración de los tiempos (narrativos, culturales, psicológicos y verbales) en la escritura de cuentos es algo que concierne a la estética. Exclusividad de autor.

 El dominio básico de la composición narrativa supone tener el control de la velocidad y la tensión. Porque el ritmo es una danza entre ellas dos.

 Uno de los recursos para la sostenibilidad rítmica de un cuento es el manejo de la elipsis, el recurso exclusivo del tiempo ficticio respecto al tiempo cotidiano del lector. La elipsis parte de un hecho sencillo pero brutal: un cuento no lo puede contar todo. Y si pudiera hacerlo, ya no sería un cuento. Al introducir el tiempo ficticio el recurso de los saltos de tiempo, no solamente hace posible al cuento mismo, sino que abre la línea narrativa del tiempo en otras direcciones. La analepsis: salto al pasado. Y la prolepsis: salto al futuro. Tal manipulación del tiempo crea ritmo narrativo.

 Un buen ejercicio para entender la elipsis en las dos direcciones temporales, es analizar el pp (primer párrafo) de Cien años de soledad.

 

 

 

 

Los Intocables

Los Intocables

Un especialista de los que escriben en prensa explica en su columna que la corrupción tiene como principio el egocentrismo, el etnocentrismo, el egoísmo concentrado de uno sobre los demás, o de un grupo sobre otros grupos. Un retrato deficiente del principio egoísta, motor del capitalismo, con el que Marx inicia su Manifiesto. Se han dado mil explicaciones más: la puerta giratoria entre lo público y lo privado, el costo especulativo de las campañas, la participación de la mafia en elecciones, la sustitución de los partidos por pandillas, la política como negocio, la falta de moral pública, la falta de veeduría ciudadana. Todos los medios se han dado a la tarea de explicarnos la corrupción a propósito del despelote político continental que se armó cuando el escándalo Lava Jata en Brasil hizo estallar públicamente el negocio de Marcelo Odebrecht: comprar gobiernos.

Al descubrirse que a la campaña 2010 del Santico entraron dineros de Odebrecht, no se nos está diciendo algo que no sepamos. Desde las épocas de López Michelsen, siempre han entrado a todas las campañas, dineros que legalmente no deberían haber entrado. Hasta la apoteosis de la corrupción, el escándalo 8000 de Don Honesto Samper, al que la  familia Rodríguez de Cali, puso en el cargo.

Ramiro Bejarano, tituló su columna de hoy domingo en El Espectador: 16000. Quiso mostrar todas las semejanzas históricas que recordaba. Pero, creo más interesante mirar las diferencias: el carácter del inversionista; el momento político; las consecuencias civiles y penales; y desde luego, el origen de la filtración.  

El Presidente, lo mismo que Samper, fueron progresivamente enterados a través de sus agentes (si sabían o no, es una pregunta retórica), porque nadie -ni siquiera un gerente o un tesorero  de campaña- va a querer echarse a la espalda la responsabilidad por el riesgo de una filtración, aun habiendo de por medio comisiones generosas. Informando se evita el riesgo en pellejo propio y no se elimina la opción de la comisión.

En el caso Santos, el inversionista es una empresa legal, entroncada en la más alta estructura de poder financiero en Brasil, con  representación internacional, con entronque con la banca, con una hoja de vida empresarial atractiva, que se somete a las reglas licitatorias de cada país, que seguramente con lo que invirtió (US$1.400.000), no daba para poner presidente, como lo cree Antanas Mockus. En el caso Samper se trataba de la mafia a secas, el “enemigo público” del mundo, pero ante todo de USA y de todos sus “países aliados”, un socio secreto, para el que todo vale, que no paga impuestos y que utiliza la fuerza a discreción para la resolución de conflictos.

A Santos le llega el escándalo con el “sol a las espaldas”. A Samper lo asperjó desde el primer día. Santos está hasta el pescuezo intentando dejar amarrado el proceso de paz, material y jurídicamente. Samper no hizo nada más que defenderse, lo dicen hasta sus amigos.

Samper debería estar en la cárcel, a punto de salir gracias al jubileo proclamado por la visita de Pachito el Che. Si no pagó cárcel fue porque la justicia no operó, porque el Congreso se autoabsolvió, absolviéndolo, porque el Fiscal de la época, Gustavo de Greiff, no quiso actuar y además tenía vínculos non sanctos, porque el espíritu de cuerpo de la corrupción los arropó a todos para salvarlos. A Santos no le va a pasar nada, todos los términos por delito electoral están vencidos y la Corte Electoral está constituida por sus amigos. Desde luego que le dio un oleoducto completo al uribismo,  que no va a poder quemar a gusto, porque también dos de sus candidatos están untados con la mermelada de Odebrecht. (Ya llamaron a María del Rosario Guerra a calentar).

La filtración de los casetes que delataron a Samper se consigieron en una operación encubierta, a cargo de un ex militar mercenario que se las entregó a Pastrana. En el caso Santos,  fue algo menos sofisticado, pillaron a sus lavaperros, al Noño y a Otto, a quien le apretaron las pelotas para que ayudara a soltar la madeja, hasta que el hilo llegó al gerente de Campaña, un señor Prieto Uribe, que fue a tomarse un tinto mañanero a Blu Radio, donde cantó todo. (Tiene más contratos estatales que los Nule). El Presidente por la tarde salió a decir que apenas se estaba enterando, "condenó enérgicamente" el hecho y le pidió al Gerente que respondiera. Y aquí no ha pasado nada: “Odebrecht vino por lana y salió trasquilada”.

Sin desdeñar todas las explicaciones que se han dado para explicar el fenómeno de la corrupción, el auténtico problema es que no hay contraparte a la corrupción. El Estado se corrompió, no tiene reservas de ninguna clase para enfrentarla. No hay quien tome la decisión, con el poder suficiente, la integridad, la protección, las herramientas y la autoridad política y moral, para reducir a los corruptos, hacer que se cumplan los estatutos anticorrupción y extinguir las prácticas clientelistas de la política como negocio. No hay en ninguna parte unos “Intocables”, como los de Chicago en la década de los años veinte, que quieran y puedan enfrentar el crimen, la mafia, la corrupción. La novísima troika contra la corrupción Martínez, Maya, Carrillo, es apenas una comparsa de marimondas que ondea la bandera anticorrupción en medio de un carnaval que se devora el país.     

Máscaras

Máscaras

“Cada generación, cada época, produce su dramaturgo, ese creador que desde la escena nos devuelve enriquecido nuestro propio pensamiento. Para los hombres de mi época, que comenzábamos a escribir en los años cincuenta, ese dramaturgo es Virgilio Piñera”. Rine Leal.

En el tercer acto de Electra Garrigó, la obra de Virgilio Piñera estrenada en 1948, el Pedagogo dice: “Se trata, no lo olvides, de una ciudad en la que todo el mundo quiere ser engañado”. Antes ha hecho una descripción de la ciudad, que coincide con la que hace Durrell de Alejandría y Döblin de Berlín.

Leonardo Padura hace un coctel, como el que hace en El hombre que amaba los perros. Y junta varias cosas: el homosexualismo de la época de Piñera y el de la generación de homosexuales purgados, a la que perteneció Reinaldo Arenas. No el homosexualismo casto de Lezama Lima, sino un homosexualismo militante, activo, digno, como el de Alberto Marqués, un alter ego contemporáneo de Piñera. Y víctima de la exclusión de su actividad teatral por motivos de corrección ideológica. Agrega una teoría filosófica del travestismo basada en el ocultamiento, la máscara, la identidad. Se encoña con la historia de la transfiguración de Cristo, y la mete a discreción, para juntar el cambio de rostro y los trajes iluminados, tal como lo cuento Mateo. Y un filicidio de fondo, con ribetes de negrura ejemplar: una noche al salir de un hotel con un italiano, Arayán ve junto a su carro a una mujer de vestido rojo, descubre que es su hijo Alexis. Él le pide que vayan al parque central de La Habana, quiere decirle algo. Es homosexual aunque solo esa noche se ha trasvestido, el día en que se celebra la transfiguración del Señor, para ir a buscar a su padre y decirle una verdad. El padre que siempre lo ha odiado por homosexual se desborda en ira y con un cordel de cinta roja lo estrangula, sin que Alexis presente ninguna resistencia. Abandona el cadáver, tras haberle depositado dos monedas en el culo.

Y en esa mescolanza tan cubana, hace Padura caber un verano de mierda, un calor que se siente en medio de habitaciones a las que entra el sol en la tarde, a las que no basta un ventilador, que cuando lo hay no sirve porque la energía se va. Y al Condecito, más “atormentado y hambriento” que nunca. Con una soledad de la que lo salva el Flaco, Doña Jose y Candito el Rojo. Y como ñapa, el cuento de Mario, sin título, un “cuento irracional”, al que Alberto Marqués le sugiere un título, pirateado de Sartre, La muerte del alma. Para ser escrito por un policía, es muy bueno.

Como telón de fondo la purga de la inteligencia del estado en la policía. El capitán Rangel termina confesándole a Mario que su tiempo en la policía ha terminado. El mismo Condecito, investigado de manera indirecta por la seguridad interna. Alguien que alguna vez quiso ser escritor, es potencialmente peligroso aunque pertenezca a la policia.

Conde ha puesto a prueba en la estupenda novela toda su heterosexualidad, y aunque Padura no se arriesgó a que se encontrara con un hombre, porque seguramente eso desfiguraría su personaje, si lo lleva a que tenga un encuentro con una chiquita de “culito de gorrión”, de “boca mamífera”, y “pezón negro”, que lo salva una vez más de esos fangales de la castidad, la parte más bochornosa de su dura soledad.

Tras resolver el caso, cada vez que Mario Conde va por la calle y ve a una mujer, se pregunta ¿será un travesti?

 

 

“¡Amo a Wikileaks!”

“¡Amo a Wikileaks!”

  La Agencia Central de Inteligencia (1947) es un leviatán legendario, un monstruo de mil ojos, que como dios es capaz de verlo todo en la tierra. Realiza toda la gama de acciones encubiertas, tumbaba gobiernos, espía corporaciones y da de baja a personas en cualquier lugar del mundo. Pero ni la Casa Blanca, ni el Congreso, ni la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), y mucho menos la opinión pública norteamericana, saben de los límites exactos de su alcance, porque la agencia tiene suficiente poder como para reclamarse y actuar de manera independiente. El poder dentro del poder. De la misma vieja manera en que el “maricón homofóbico” de Edgar Hoover hizo del FBI, un arma contra todos. Y todos, son todos.

La semana pasada Wikileaks (Julián Assange) publicó 9000 documentos de la CIA que revelan que la agencia en el siglo XXI ha intensificado su actividad en la producción de software malicioso. Se calcula que tiene el arsenal más grande de virus informáticos del mundo. Pero la CIA ha perdido su control. Así que llamen a Ian Fleming.

       Se trata de un arsenal de troyanos capaz de afectar todos los operativos que existen, reemplazando ejecutantes en todo el sistema, de la misma manera que después de Hiroshima, el potencial atómico era capaz de afectar el mundo en su conjunto. Es posible que la pérdida de control haya dejado la mercancía en manos del terrorismo, el mercado negro, los servicios de inteligencia de otros países, y en general de los enemigos de USA.

       Como algo de la temporada, Mr Trump, que en campaña había tildado a la CIA de utilizar métodos nazis, se puso del lado del señor Assange cuando le informaron de la filtración, a primera hora. Con toda la razón, quién demonios quisiera  estar en el lugar de la CIA. Cinco días antes había dicho que tenía “más confianza en Assange que en la CIA, el FBI y todos los demás servicios de inteligencia del país”. Ya había desestimado durante la campaña las investigaciones de la agencia sobre la participación rusa en las elecciones norteamericanas para favorecerlo a él. “Incompetentes”, les gritó, “sus informaciones son ridículas”. Y para cerrar se negó en adelante a recibir los informes diarios de inteligencia que llegan todos los días a la Casa Blanca.

Desde Obama la agencia estaba trabajando en espionaje y rastreo electrónico de manera un poco más global, incluyendo a sus amigos, sus aliados, sus socios. Se supo cómo y a qué escala por ese lengüilargo del Edward Snowden, que dio a conocer al mundo el modus operandi de la pandilla del negro, y en sus detalles, a Rusia, donde sigue asilado.

La historia de la CIA desmiente el mito de la todopoderosa agencia capaz del control completo y de manera permanente. Bastarían tres momentos para mostrarlo. Bahía Cochinos en 1961, que terminó en un chorro de babas de la agencia. Entre 1972 y 1974 la agencia, que había estado involucrada en las faenas de espionaje político del Watergate, fue incapaz de tapar y desviar las investigaciones que llevaron a la renuncia del boss, Richard Nixon. Y el más grave de todos sus “actos fallidos”, falló anticipando, ayudando a prevenir y a neutralizar, el más grande, contundente  y fatal golpe contra USA, en toda su historia. 11S.

La mítica suprema fortaleza de la CIA, se multiplicó más, por la paranoia internacionalista del mamertismo soviético y sus satélites, que porque la agencia fuera tan suprema y tan fuerte, como se nos aseguró. Desde que se conocieron –si alguna vez se conocieron– las misiones de la agencia entre 1948 y 1955 en la “cortina de hierro” y en el “patio trasero”, se nos vendió una “central del mal” que apenas si cabría en la galería kitch de malvados de Ian Fleming. Será Norman Mailer el que a finales del siglo XX habrá de encargarse de escribir la novela sobre la agencia. El fantasma de Harlot.

Fue Julian Assange el mismo que publicó los documentos, que los hackers rusos de RasPutin (como asegura la agencia y hasta el FBI) sustrajeron de los computadores de políticos del Partido Demócrata. Las filtraciones que debilitaron a Hillary Clinton y contribuyeron a su derrota.

El último golpe a la CIA se lo ha dado Julian Assange desde la embajada del Ecuador en Londres. Fue tan contundente que cuando Mr. Trump se enteró, salió eufórico y a mediovestir, corriendo por los pasillos de la Casa Blanca, como si tuviera treinta años, gritando como un enamorado: “¡Amo a Wikileaks!”           

Cusco 2

Cusco 2

Cusco viejo es el centro de la historia. Tan viva como en pocas partes del mundo. Una ciudad de callecitas medievales donde se cruzan ciudadanos de todo el mundo entre las tiendas de turismo y artesanías. Caminando por la calle de los Procuradores, oí mientras pasaba, hablar en chino y en argentino de la Plata, en inglés de Dublín, en inglés de New York, o en el hebreo de un soldado israelí en licencia. Y hasta una pareja de “mamushkas”, gordas como todas, con su carga en la bayeta colorida a la espalda, que hablaban un quechua tranquilo y rumoroso.  En esa calle se habla hasta castellano. Una fría Babel a 3600 metros sobre el nivel del mar, en la que recibí la invitación más poética que he recibido en cualquier otra ciudad, ir a ver las estrellas a la una de la tarde.  

Cusco la ciudad de los masajes. La calle del costado noroccidental que da a la plaza de armas, es como la Nana Place en Bangkok. Cada tres puertas hay una sala de masajes atendidas por cholas que con catálogo en mano salen a informar al turista de la variedad de sus servicios, que van desde un masaje relajante localizado por 20 soles, hasta un masaje con piedras calientes, aromas terapéuticas y dos masajistas, por 100 soles. El pub es un lugar para que los ingleses se sientan en casa. Hay muchas casas de familia que han adaptado una o varias habitaciones, para ofrecer hospedaje a los mochileros, los que sin mucho dinero mueven el intercambio, la música, las artesanías, las obras de teatro, las publicaciones alternativas, la droga. En algunos solares encontré almuerzos desde siete soles. En un hotel hecho bajo una estructura de capilla con puertas de cristal, el Inkaterra, consulté la carta en un atril. Una entrada del día, digamos un canapé en cama de berenjena y anchoa, 91 soles, la más barata. Un colombiano debe pagar mil pesos por un sol. Hay restaurantes ingleses donde se puede comprar el deplorable menú nacional de pescado y papas fritas, en papel secante. Un restaurante hebreo donde le sirven amba (una especie de mole) y un jraime; o un restaurante irlandés donde se puede comer un cottage pie.

La ciudad huele a viejo, a especies y a maíz. Existen tres mil variedades de papa en el Cusco y 37 de maíz. Las iglesias huelen a lo que huelen las iglesias, los santos congelados en oleos oscuros enmarcados en preciosuras del barroco limeño, permanecen iguales, el culto apenas cambia, los católicos se reconocen en sus templos y dejan su dinero para la buena causa. Y hay uno en cada esquina, tres en la plaza de armas donde los españoles descuartizaron a Túpac Amaru.

La cocina local se prueba en el mercado de San Pedro. Es una sinfonía de olores y aromas. Más de veinte variedades de queso andino, tubérculos como grandes perlas manchadas, semillas, vegetales del rojo al verde. Maíces blancos, amarillos, rojos, negros, lapislázuli. Y arepas de trigo, a siete por un sol. Comí un arroz aromatizado con hierbas que se sirve frío y con una semilla pequeña parecida al ajonjolí, y una chica morada, que no es chica ni limoná. La llama sabe a carne de ternera. Y si se quiere algo más carnudo, un anticucho (corazón pinchado), choclo en salsa huancaína, ají de gallina o un aguadito de pescado.

El almacén de las telas tradicionales, Illari, a unos cuantos pasos de la puerta de Santa Clara, es un bazar innombrable, huele a fibra nueva, huele a color. Miles de cortes perfectamente ordenados dan un decorado obsesionante de colores cruzados, geometrías de hilos, más pintorescas y originalmente mezcladas que las de las telas escocesas. Hay metro de tela desde diez soles, hasta 150. Texturas, combinaciones, geometrias tradicionales que revelan un intrincado ordenamiento, un diseño salido de los artesanos de una cultura llena de sentimiento estético.

En la plaza de armas circulan extranjeros todo el día, pero también deambulan y se sientan en las bancas, locales, mujeres y hombres que se mueven en su ciudad. Había estado caminando casi tres horas y llegué a la plaza buscando un lugar para sentarme, bajo un sol brillante y seco. En el extremo de una banca había una chola de no más de 25 años. Era evidente que esperaba a alguien, no pareció inquietarle que yo me hiciera en el otro extremo. Estuvimos al menos cinco minutos solos, y mientras yo volvía a ver las fotos que había tomado en la mañana, llegó un cholo joven, que se hizo junto a ella. La conversación desde el comienzo giró sobre un hecho que ocurre y volverá a ocurrir del Cusco y Cafarnaúm. El vive solo con su madre y por apego a ella no ha podido irse a vivir con la chola. Fue ella la que habló casi todo el tiempo, el pobre hombre no tenía respuesta a ninguno de sus reclamos, que parecían tener toda la razón. Es mucho tiempo, decía, y tú nada. Llegó finalmente al ultimátum: o te decides o me pierdes. Se despidió del hombre, se levantó y se fue sin mirar atrás. Él y yo nos miramos por primera vez, y permanecimos en una especie de silencio bobo en medio de una tarde a la que había comenzado a llegarle desprevenidamente el frio andino de la noche. 

Pasado perfecto

Pasado perfecto

Mario Conde “es un comemierda” (Leonardo Padura). La policía cubana. El drama interior y el drama exterior cubano. La criminalidad oficial. La novela sin censura. La soledad de un policía. La comida cubana. La familia adoptiva. El escritor fracasado. En todo eso revuelto hay una novela, terminada en Montilla, en enero de 1991. A comienzos del periodo especial.

Mario Conde:un detective cubano del periodo especial. Nunca sabe si lo que quiere es enamorarse o echarse un buen polvo. Desaliñado, informal, heterodoxo, bebedor de ron, un escritor fracasado metido a policía, amigo de sus amigos. Un Marlow venido a menos. Mucho menos enigmático, pero igual de solitario. Solo que Conde es cubano y está en el periodo especial.    

Rafael Morín Rodríguez es un cuadro alto del partido, trabaja en una dependencia de la dirección de Ministerios, que lo ha puesto en situación de hacer negocios grandes con empresarios extranjeros, para Cuba. Un compañero de Conde en la prepa de la Víbora que se había quedado con la chica más linda de todas, de la que Conde siempre estuvo enamorado. El hombre desaparece y el lío le cae a Conde, de manos del mismo jefe Rangel.

La teniente de la división de delito económico, Patricia Wong, viene para ayudarle a Conde a esclarecer la jugada de un cuadro del partido que aprovechándose del cargo, comenzó a hacer negocios para sí, a embolsillarse las comisiones, a recibir sobornos, y que cuando se vio atrapado pretendió desaparecer. En la lógica de la novela, deberá morir, en una reyerta por el dinero, con uno de sus adláteres del ministerio de comercio.

Resuelto el caso, después de que Conde ha intentado echarse un par de polvos con Tamara Valdemira, la chica más linda de la prepa, ahora viuda de Rafael Morín, termina la novela, como termina Viento de Cuaresma. Conde más solo que nunca.

Leonardo Padura ha encontrado una vía de escritura fluida y cálida con la que cuenta con gusto, lo que ningún otro escritor cubano me había contado, la vida, caso por caso, de un policía cubano que siempre quiso ser escritor. Sin embargo, y como suele suceder con los autores de novela criminal, y no cualquiera, Chandler y Hammett por ejemplo, se deslizan por alguna gravedad oculta hacía un esquematización de las acciones, una fórmula demasiado apretada de los acontecimientos. Un lugar común de la composición que termina por quitarle aire criminal a la novela, lo que un enviciado lector de novela negra siempre quisiera encontrarse. 

Cusco I

Cusco I

El 31 de abril de 1530 hubo un gran terremoto en Cusco. El 21 de mayo de 1950 se repitió. Las bases arquitectónicas de la cultura inca permanecieron como si la furia de la madre tierra no fuera con ellas, y solo quisiera ensañarse con la arquitectura de adobe, viga y balconada del imperio español. Los incas levantaron la más perfecta industria de grandes ladrillos de piedra, simétricos, absolutamente pulidos, sólidos, de aristas talladas, como si hubieran sido cortados con máquina.  Monolitos facturados que ajustan como un solo cuerpo, y sobre los cuales el imperio español sobrepuso una arquitectura que no resistió ninguno de los dos grandes terremotos.

En lo que se conoce como el templo de Santo Domingo y que es en realidad el lugar del Coricancha, concurren dos historias,  dos arquitecturas. Era el más importante templo de los incas. El recinto de oro, como también se conocía, era un lugar sagrado consagrado al máximo dios inca: Inti, el sol. Solamente se podía ingresar a él en ayunas, descalzos y trasegando con una carga en señal de humildad. El frontis era un hermoso muro curvo de tres cincuenta de finísima cantería, decorado con patina de oro. Dos salones de observación y un techo de paja fina. Hoy es el anexo más “productivo” de un convento español restaurado, de corredores de madera que dan por dos costados sobre un patio cuadrangular adoquinado. Y un templo que congrega la devoción de los desocupados. Un negocio de curas, que por dejarnos entrar a ver el templo del sol, reciben diariamente una cascada generosa de “soles”.    

       En el segundo bloque de la segunda hilada hay tres orificios de conducción de aguas. En el lado opuesto el muro se hace curvo, gira 90 grados. El muro del Coricancha coronaba un sistema de andenes que bajaban hasta el río. Y en el primer bloque y afuera sobre el corredor exterior, el observatorio inca. Donde los astrónomos de Cusco oteaban los astros, medían la fluctuación de la luz, capoteaban el misterio de las sombras y el cambio de la posición relativa de los astros. Donde se hicieron grandes en el rito de la humildad cósmica. En Coricancha se ideó un dispositivo para el cálculo calendárico. Desde el templo, como centro,  partían una serie de líneas no paralelas, llamadas ceques, orientadas según puntos celestes: el equinoccio y el solsticio, las posiciones constelares; cuatro de ellas representan los cuatro caminos intercardinales que comunican las cuatro partes del Tawantinsuyu.

Una mentalidad como la mía sujeta a modernos historicismos, está tentada a ver en una obra como el Coricancha, la manifestación imperial de un poder constituido. Con un conocimiento acumulado, con un saber, con territorios controlados que iban desde Ipiales hasta el río Maule en Chile. Con una economía diversificada, con un avance tecnológico como nunca lo hubo antes en América, con un grado sofisticado de centralización y fuerza. Había “legiones” completas de soldados profesionales, disciplinados, que tenían la capacidad de moverse a unas velocidades tales, que los hacía tácticamente superiores. Se conocían como los “orejones”, porque era costumbre entre legionarios deformarse las orejas con adornos rituales.

  Me declaro víctima de mi propio historicismo que me afianza en una visión imperial del fenómeno inca, contemporáneo del renacimiento europeo, y víctima fatal de las luchas intestinas por el poder, la viruela y los españoles. Mi amigo Luis Castro de Cusco intentó explicarme que el tawantinsuyu, no puede ser considerado un imperio. No al menos, como el imperio romano, el imperio chino, azteca  o el imperio inglés.     Aun así, el peso de mis propias ideas, afianzadas durante tantos años, no me deja deslindar esa manifestación centralizada de poder que los historiadores en general han llamado el “incanato”, como expresión de fuerza política y militar concentrada, de otra concepción que se me abrió en el Cusco, en la que el sustento de un poder no proviene, como en los otros imperios, de la territorialidad efectiva controlada por una fuerza unificada, sino y además del poder de la conexión de los incas con el cosmos. La fuerza de su visión y de la comprensión última de su posición en el universo, darían una condición extraordinaria y distinta al “incario”, o al “incato”.   

Lo que los astrónomos incas vieron desde el Templo del Sol y que los llevó a considerarlo el centro, mucho antes de que en Europa se generalizaran las ideas heliocéntricas de Kepler y Galileo, los hizo grandes, más allá de la grandeza ordinaria de los imperios que ha habido en el mundo.    

La eterna parranda

La eterna parranda

       El libro recoge una selección de 27 crónicas publicadas por Alberto Salcedo Ramos, entre 1997 y 2011 (Alfaguara, 2011). Una variedad suficiente para ver mover al cronista en distintos nichos, en distintas condiciones, siempre con los ojos de cronista, de quien en la reportería no discrimina. Los ojos del cronista que quiere verlo todo aunque no sea posible verlo todo. El cronista que aprende a “caminar sobre el agua” para ver el milagro.

        La primera lección de las crónicas, en tres secciones, es la del material. En principio digamos que todo hecho puede ser objeto de crónica, algo que de ser cierto, no haría más que acentuar el problema de escoger la historia (viabilidad, costos, tiempo). Ramos sabe escoger el material. Los boxeadores, los cantantes, el futbol travesti, los enanos toreros, las masacres, el palenque, los perdedores, hasta su propio paseo millonario. Pero son tantos los hechos, las personas, las historias con las que un cronista se encuentra, que es necesario escoger. Para mí, el criterio de selección de la historia, es el de aquella que mejor se deje contar como cuento.

       La segunda lección es la reportería. Gastar más de cinco años, sino más, tras la pista de Diomedes. El saberse meter durante el tiempo necesario, exactamente donde las personas de la historia se mueven, saberlas ver en lo que dicen y no dicen, en lo que hacen y no hacen, poder acercarse a ellas en un diálogo sostenido, o en una observación en la que el cronista debería terminar por ser invisible. La inmersión decide la calidad del material. La inmersión se consagra por el ejercicio de los cinco sentidos al servicio de una tarea informativa descomunal: intentar verlo todo. Pero aun así, la cantidad de información (la secuencia de datos) que deberá reunir el cronista como material de escritura, se ordena bajo el designio de la forma de ver. El ojo de cronista es como el ojo de fotógrafo, el ojo de entrenador, o el de “buen cubero”.

       Y una tercera lección, la escritura. Directa, fluida y conducente. Al servicio de narrar, con todo lo que narrar supone (describir, narrar y juzgar). Al servicio de construir escenas que le permitan al lector participar de los entornos vivos, definitivos. Útil al arte de poner atmósfera, esa mezcla de color y calor, que  da la única y precisa tonalidad que durante la inmersión el cronista capta con sus cinco sentidos. Útil para la metacrónica, el hablar del oficio del cronista y la crónica en la crónica. Y muy eficaz para editorializar, para incluir los juicios, las opiniones del cronista sobre hechos, personas, o las consecuencias irremediables que desencadenan.

       No todas las crónicas tienen la misma calidad. Como toda recopilación es desigual. Pero aun así, para efectos de material para talleres de crónica, es de preciosa utilidad.

       Leídas las crónicas desde el ojo lector de quien quiere meterse en el mundo real del que se le participa por acción del cronista, o de quien apenas quiere que le echen el cuento,  siempre sabrán a bueno, siempre querrán volverse a leer.

Alberto Salcedo: un cronista para releer.

La desglobalización patriótica

La desglobalización patriótica

Si Mr.T quiere sostenerse en la oficina oval, aun cambiando la bandera de los Estados Unidos por la del imperio Trump, va a necesitar cumplir con su gran promesa de campaña: el pleno empleo. No de otra forma cumple a sus electores, los que le dieron el triunfo en los estados desindustrializados del norte. No de otra forma puede hacer grande a América otra vez. No de otra forma prueba que puede negociar persuasivamente a favor de la mayoría blanca a la que pertenece el país. Si el horripilante grito de campaña, “volvamos al pasado” tuviera un referente, ese sería el de esa América que fue grande un día cuando más se acercó a la realidad del pleno empleo, siguiendo las recetas de Keynes. La Big América de los años cincuenta, la feria del empleo, el crédito y el consumo. 

El “pleno empleo” es una idea muy británica, sospechosamente perfecta para no serlo, que consiste en la equiparación teórica de la demanda y la oferta de trabajo traducida en la capacidad de compra de los salarios reales que mueven en un acto de compra continuado la economía. Cuando todos están en capacidad de comprar, porque todos tienen empleo, la industria se maximiza, aumenta el ahorro privado, el ingreso per cápita y la capacidad de inversión pública. El país de Jauja. 

Así que si para concentrar la oferta de trabajo entre las mayorías blancas es necesario un plan de choque anti inmigración, será necesario proceder, con tanta o más decisión que Obama. Hoy mismo, Mr.T ha dado la orden de comenzar a construir lo que falta del muro en la frontera mexicana: un “meridiano de sangre”. Y así mismo, ha dispuesto que 5000 nuevos hombres refuercen la vigilancia de frontera.

Tras el colapso capitalista de la década de los treinta la economía norteamericana prácticamente se sostuvo entre 1930 y 1940 en una tasa oscilante de desempleo alrededor del 25%. Una cifra que vendría a mitigarse con la generación de empleos que ocasionó la entrada a la segunda guerra de USA, en la que se gastaron los norteamericanos, en dólares del 2000, 3.4 billones.

Para 1950 el desempleo se había reducido a 3.6. Durante la década de los cincuenta ascendió a 6.0 (diciembre 1960). Durante la siguiente década tuvo oscilaciones que dejaron la tasa en 5.6 (diciembre 1970). La década de los ochenta trepó al final a  6.9. Y de ahí en adelante fue descendiendo hasta el final del siglo durante el mandato Clinton, que dejó la tasa en 4.2. El record de creación de empleo lo tiene él, 22.4 millones de empleos. No obstante al terminar el siglo se llegó a un pico alto de desempleo alrededor del 10. Con Bush desciende pero solo para cobrar la fuerza de debacle, en condiciones de tormenta perfecta, tan perfecta como el keynesianismo, que reventó en el crack de 2008, que le toca capotear a Obama. Cuando recibe el gobierno de Bush en 2009,  el desempleo había llegado al 9.3 Bush prácticamente no creó empleo, durante sus dos mandatos no pasó de 2,6 millones. No pudo crear empleo a pesar de tener una guerra en Irak y otra en Afganistán.

El reto de Donald es darle empleo al 5% de la población económicamente activa que hoy está desempleada, llegar al punto de equilibrio de oferta y demanda laboral. Obama le deja la tasa de desempleo más baja desde el 2008, 4.9%. Pero además, y es el verdadero reto, crear en su primer mandato diez millones de nuevos empleos que activen el aparato productivo norteamericano, que todavía y a pesar del trabajo de Obama, está lejos de reponerse.

La pregunta es, si con un modelo de economía cerrada, proteccionista, que obstruye los acuerdos multilaterales, que propicia la guerra de precios, en commodities y servicios, que baja los impuestos corporativos, que en vez de abrir el mercado, lo desglobaliza, Mr T podrá crear diez millones de empleos, en épocas en la que la  tecnología está aboliendo puestos de trabajo. Cuando la esperanza de vida está disminuyendo (en 2016 por primera vez en veinte años) entre las mayorías blancas y el índice de suicidio en la misma población aumenta. Es muy probable que con la reversa al Obamacare, Mr.T termine jodiendo a muchos de sus propios electores. Con un antecedente problemático de concentración de la economía, para el cual Mr.T no tiene fórmula: la redistribución de la ganancia social en la reindustrialización pasada y el pleno empleo. Durante la “recuperación financiera” de la crisis del 2008, el 91% de las ganancias fueron a parar a los bolsillos del 1% de los propietarios.

Donald tendrá que cumplir la única promesa de campaña que tal vez no pueda cumplir, la más importante, y que no saca adelante mediante una directiva presidencial. El empleo está en el cruce metropolitano de todas las variantes de la economía. Es un juego social demasiado astuto, aun para el hombre de la corbata roja, cuya astucia supera su inteligencia.

Un Sheriff con las botas untadas de mierda de perro

Un Sheriff con las botas untadas de mierda de perro

 Nadie puede gobernar teniendo en su contra a millones de mujeres en el mundo. En las 32 grandes ciudades donde marcharon el día de la posesión, va a haber focos duros de resistencia civil -en cincuenta estados de la unión y veinte países- que van a echar mano de la violencia simbólica, de las tácticas de red, las estructuras de opinión y los mitines, todo apuntando a la Casa Blanca para que el Sheriff de las botas untadas de mierda de perro, resbale.

Ningún Sheriff ha llegado a la Casa Blanca con menos popularidad que Mr.T. Reagan estuvo por debajo del cincuenta. Obama llegó con el 80%. Bush con el 63%. Clinton con el 70%. Hoy, más de medio país desconfía, más de medio mundo le tiene miedo. El mismo efecto sobre los ciudadanos que tienen los poderes totalitarios, reunidos en la cloaca uniforme que nos mostró Orwell en “1984”.

Dijo que la CIA aplica métodos nazis. En lo cual no difiero de Trump. Al día siguiente de la posesión,  su primera parada fue en Langley. Hizo reunir a sus hombres, más de 700 en el salón principal y les habló. Les dijo que no era cierto lo que había dicho, estaba rabioso y un poco borracho, con todos los medios encima, y el escándalo de la declaración de renta, así que para animarse a sacar un poco la cabeza dijo lo que no debería haber dicho. Los necesito – continuó–  ha llegado la hora de reagruparnos.  Los necesito a todos, van a ser lo primero, el arma principal de la que disponemos. Lucía la misma corbata de seda roja costosa y espantosa de la campaña y el saco negro de los presidentes.

Dijo que de las cosas más deshonestas que hay son los medios, más que Hillary. En lo cual tampoco difiero de Trump. No le resultó reunir a los dueños de los medios para decirles que tampoco era verdad, como lo hizo en Virginia con sus hombres de la CIA. Las disculpas no explican que lo que el Sheriff les cobra no es que sean deshonestos, lo grave es que no lo hayan apoyado. Nunca apostaron por él. Ahora son unos perdedores. Solo le fueron fieles,  su brazo desarmado – Fox News – y su brazo armado, la Asociación Nacional del Rifle.          

En lo económico toda la política de Mr. T apunta a una cosa super: hacer América grande otra vez. Es su mejor chiste populista, que le funcionó muy bien en campaña. Para hacer América grande otra vez – en la idea de Mr. T - habría que retroceder el mundo. La grandeza que alguna vez tuvo América se debió a la miseria de muchos países del mundo.

Para comenzar, y para terminar, lo que Mr.T tiene que hacer es crear millones de puestos de trabajo para que quienes votaron por él, se sientan correspondidos y sean su brazo social, como el de Chávez en Venezuela. Deberá superar en al menos un veinte por ciento el record de creación de empleos de Clinton, en ocho años, 22,9 millones. Y a Reagan con sus 15.9, y hacer palidecer los 11.3 de Obama.

Stiglitz, que es un aguafiestas, dice que con una política macroeconómica como la que ofrece Mr.T, que consiste en cerrar la economía, desglobalizar, desbaratar los bloques de comercio, bajar impuestos corporativos, estimular la guerra de precios, intoxicar el mercado, no cree que pueda cumplir la meta de empleo, que necesita para sostener la economía. Más le valdría no estar completamente persuadido de que América no volverá a ser la grande, soñada por él. Aunque, como medida de choque, Mr T debe saber, que una fuente tradicional de empleos en América, es la guerra.

No creo que teniendo a millones de mujeres en su contra, dentro del país y fuera de él, sus días sean tranquilos. Tendrá demasiada publicidad fastidiosa, mujeres demandándolo, aparecerán nuevas víctimas de acoso, los medios deshonestos les darán tribuna, y la sociedad civil para la cual “is not my presidente”, pondrá a andar el mayor engranaje virtual de guerra simbólica que conozcamos. La meta es echarlo, peor a como echaron a Nixon. Con un sambenito como el de millones de mujeres trinando todos los días, la Casa Blanca va a tener que invertir demasiado tiempo y esfuerzos en defensa mediática y jurídica. Si una sola en una casa, trinando en directo, produce los efectos conocidos, imaginemos a Mr.T sitiado por millones en la “Ciudad de las mujeres”.   

A sus hombres en la CIA les explicó la consigna de guerra. Los Estados Unidos tienen un enemigo fundamental, Isis. Su misión es ayudarme a “exterminarlo de la faz de la tierra”. Y luego salió escoltado calzando las mismas botas untadas de mierda de perro.

Lo mejor que puede hacer Mr T es 

 

Aquello estaba deseando ocurrir

Aquello estaba deseando ocurrir

En la Puerta de Alcalá, el primer cuento del libro, invoca en el epígrafe a Salinger (Franny y Zooey, 1961) y el cuento gira de Angola a Cuba en España, en un vértice preciso, Velásquez. El segundo, Nueve noches con Violeta del Río, es un bolero. Adelaida y el poeta: la relación entre una anciana y su director de taller de escritura creativa. Él se pregunta hasta qué punto tiene el derecho de incitarla a escribir. Sonatina para Rafaela: nostalgia pura, magnífica nostalgia, la de una pianista vieja. El epígrafe es de Casablanca. Según pasan los años, el amor, el amor, de cualquier forma. Los límites del amor, día a día, el diario de la lejanía, de la guerra y el amor. La muerte feliz de Alborada Almanza, exquisito. El destino…la fineza de la trama. La pared: el pelotero nostálgico, el hombre, el chico y el guante. Mirando al sol: la estrella negra del libro. La muerte pendular de Raimundo Manzanero: el concubinato circunstancial entre el cuento y la crónica, la valentía de los hechos y el tono narrativo. Noche buena con nieve: una nostalgia blanquecina, derretida como la nieve sucia. El cazador: una lección de tensión e iluminación.

Tengo la costumbre, al terminar de leer un cuento, de dejar una nota al final, unas pocas palabras, una línea quizá. Intento que el comentario recoja la impresión más fuerte. Creo que es ante todo un ejercicio de memoria. Cuando algún tiempo después regreso al cuento, descubro que lo he olvidado. Sé que lo leí, están los subrayados, los garabatos, y está la nota. A veces la nota me devuelve la memoria. Es su utilidad. Y cuando la nota de nada sirve, es porque el cuento ha pasado a la más pavoroso eternidad, la del olvido.

El primer párrafo de la columna reune los comentarios finales que hice al libro de cuentos de Leonardo Padura: Aquello estaba deseando ocurrir.

Recomendable, diez veces recomendable. Uno de los cuentos se me hizo inolvidable. Los límites del amor. Ernesto es enviado como soldado a la campaña en Angola, donde conoce a Magaly con la que termina seriamente enredado. En Cuba, él tiene mujer, Tania, que lo espera. El ombligo del cuento está en el penúltimo lunes antes de que el vuele a España de regreso a Cuba. El conflicto absolutamente previsible, el desgarramiento sentimental de un hombre entre dos mujeres, no le quita picante al cuento. El truco está en que algo previsible descubra un modo tan particular de contarse, que a pesar de lo previsible parezca original.

¿Es posible que el amor dure el tiempo que dura una campaña en Angola?       

Trilogía sucia de La Habana

Trilogía sucia de La Habana

A Cuba en general y a La Habana en particular se las puede ver, desde fuera, a través del lente de aumento de la propaganda oficial, o de la literatura. La obra de Pedro Juan Gutiérrez es un pequeño fresco literario de la vida difícil de La Habana, en el más aciago periodo que haya vivido el pueblo cubano, los años siniestros del “período especial” en los noventa, durante los que la URSS se disolvió y se perdió el soporte a la economía cubana.

El fresco es la trilogía sucia de Centro Habana: Anclado en tierra de nadie, Nada que hacer y Sabor a mí. Los solos nombres son la clave simbólica que revela el estado de ánimo preciso de un hombre común y corriente frente a una desgracia más grande que si le cayera mierda del cielo. La otra cara de la  moneda, una parte de la semilla envenenada de la contradicción, que fuera anunciada por Marx, desde 1848. De un lado una sociedad democrática, socialista, avanzada, productiva, educada, capaz de resistir con ideología, disciplina y mucho trabajo, el efecto sumatorio del bloqueo norteamericano y la quiebra soviética. Y de otro lado, una sociedad del “sálvese quien pueda”, de balseros suicidas,  de enfermos de hambre, de ciegos por desnutrición, de minorías aplastadas, de putas y chulos, de familias en estado de desastre humanitario, de migraciones del campo a la ciudad, de hacinamiento urbano, de falta de vivienda y de servicios básicos, la Cuba del rebusque, del mercado negro, del robo al Estado, del tráfico de  marihuana y cocaína.

Ambas Cubas resistieron, es cierto, salieron adelante. La primera, la de “patria o muerte”; la segunda, la que quiere que vengan los yumas para que den trabajo.

Pedro Juan Gutierrez: cubano de 1950, tenía nueve años cuando la revolución se tomó el poder. Vendedor de helados, de periódicos, instructor de kayak, cortero de caña, soldador de obra, locutor, periodista y escritor. Es una de las mejores primeras personas de la literatura cubana, desbordante, fértil y de una sinceridad que duele. En todas sus novelas, cuentos  y poesía, está él, la misma voz, la misma persona, el mismo hombre que no termina de contar esa otra Cuba. Se ha dicho que escribe como Bukowski. Pero no, es mejor, más artístico, más narrador. Tal vez los dos sean igualmente honestos al revelar su vida en cada línea, en cada página, enfebrecidos y con un aura deliciosa de descaro. Sin embargo, creo que es mucho más cercano de Henry Miller. La diferencia es que a Pedro Juan no le interesa hacer propaganda de nada, solo quiere narrar lo que ha vivido. Miller me agotó con su propaganda cósmica, con su idealismo maldito, con su verborrea repetitiva y su metafísica barata, que tenía uno que mamarse para encontrar su vida, lo realmente interesante, porque muestra la forma como un hombre vive la única vida que tiene con las fuerzas y las debilidades que lo hacen posible.

Pedro Juan muestra una Cuba donde la revolución socialista solo llegó para fastidiar con trámites burocráticos y para reprimir.

Con Pedro Juan se pasa de la cultura de los solares en la Habana Centro, a la cultura de azoteas. Donde varias familias se hacinan y comparten un solo baño, en donde en el verano no hay agua, a veces ni electricidad y las edificaciones se caen de viejas, donde apenas llega el aire frio o caliente del Caribe. Donde para deshacerse de la mierda, la tiran a la calle o a un tejado vecino.

Pedro Juan no muestra la vida de las azoteas prevalido de algún discurso, habla por él, no habla cooptado por el modelo de hombre socialista. El solo es propagandista de sí mismo. Escribe como si hiciera cine. Tres secuencias de más o menos veinte escenas cada una. Capítulos cerrados que se encadenan en tres series. El mismo escenario, la vida de las azoteas, los colchones de esparto en el suelo, las ratas, los vendavales, el sexo. Pero también la calle, los lugares de comercio, la playa, los sitios de beba, los encuentros de sexo callejero.

En El nido de la serpiente, su vida de juventud antes de vivir en La Habana, Pedro Juan adelanta su única hipótesis ideológica con la que explica cómo sobrevivieron los cubanos el periodo especial: gracias al ron, al sexo y los tambores. Por esos sus relatos en su mayoría son cachondos, ebrios y alegres.

En la escena Sabor a mí, de la tercera serie, hace su declaración de hecho: “En Centro Habana la gente vive del aire. Nadie tiene dólares y la gente ya se acostumbró a vivir con agua de azúcar, ron y tabaco, y mucho tambor. Es así. Mientras estemos vivos hay que echar pa´ delante como sea. Luchar por la vida porque la muerte está segura”. 

Mal de amores

Mal de amores

“Toda la vida me la he pasado 

 queriendo que me quieras”.

      Ángeles Mastretta es del año 49, un año menor que yo. Una escritora poblana que se alimenta de la historia de su México, como si fueran fajas y frijoles, para devolverla a la manera como solo una novela puede hacerlo.

Tenemos en Mal de amores, una versión literaturizada de la lucha de los que no tienen nada y los que lo tienen casi todo, en México de principios del siglo XX, en todos sus matices, desde la lucha armada hasta el reformismo hipócrita de los liberales. Pero el camino sobre el que anda la novela es el camino del amor contrariado, alejado, riesgoso, ardoroso, revolucionario, difícil, apasionado, a pedazos, siempre subordinado a la causa, a las elecciones, a la lucha armada, al sindicalismo. Un amor que termina haciendo que el lector sienta que los personajes después de viejos encontraron la recompensa que de jóvenes les había sido negada.

Mastretta conoce la historia, la ha olido, se ha impregnado de ella, lo que ayuda a que sus personajes tengan esa carga de humanidad que los hace humanamente eficientes, capaces de agitar al lector, de hacerle suspirar, de hacerle sentir uno que otro vacio, unas ganas súbitas de llorar. Personajes tan reales que parecen de una crónica.

Hay un telón de fondo definitivo: la familia. De toda ella se ocupa el narrador, la biografía del padre, la madre, la tía, tal como lo hace con los amigos, los copartidarios, los clientes cercanos, que solían agruparse en clubes contra la reelección, en el horror del porfiriato. La novela nos instala en la casa de una familia liberal.

Por entre un agitación que se tomó todo un país va agitándose el amor de dos progresistas, Daniel desde las ideas políticas, entre el anarquismo y la ingenuidad, y Emilia, desde la gana de servir a otros como enfermera y boticaria. No tiene sentido ese amor sino en tales circunstancias, ahí y en el ahora que los compromete como actores de una época que no están dispuestos a dejar pasar. Pero tampoco parece tener mayor sentido toda la épica revolucionaria sin el amor.

Ángeles Mastretta nos regala una novela de una semana de lectura, en la que podemos movernos por la casa, la botica, la cocina y la cama de la familia Sauri. En 1997 le concedieron el premio Rómulo Gallegos, a la primera mujer que se lo dan. Llevados de la mano por unos personajes, que también nos ponen en la calle, la asamblea, la huelga, en toda la agitación. Una especie de ying y yang que equilibra contradictoriamente el “destino” consciente de los personajes, la vocación de llegar a alguna parte, pero llegar con el amor.

Nadie padece en vano el mal de de amores. 

El amante japonés

El amante japonés

Hacía años no leía a Isabel Allende, tal vez desde la Casa de los espíritus, porque no había tenido tiempo de volver a ella. Fueron sus cuentos mágicos y una novela policiaca –El juego de Ripper– los que me llevaron otra vez a acercarme. Volví con El amante japonés, por lo que muchos lectores vuelven a un autor, porque otro lector los incita.

¿Y qué encuentro después de tanto tiempo? Una novela que versa sobre la vejez y la familia, de una arquitectura de precisión. Con personajes tallados a mano, relatos repletos de humanidad, de luz humana, tanto en el detalle como en el fondo. Una novela que tiene su escenario en San Francisco, en un hogar geriátrico de “viejitos comunistas y marihuaneros”. Un lugar en donde los viejitos alternativos de los sesenta ingresan para ser atendidos en cuatro niveles.

Una historia grande que viene del Japón, otra historia grande que viene de Moldavia. Un viaje a México. Un campo de concentración para japoneses en Utah. Un viaje a París. Una mujer que viene de Varsovia. Sus padres la enviaron a USA, y a él a Inglaterra, ellos fueron recluidos en el gueto.

Una nítida historia de amor entre la dueña de la casa, Alma Belasco, la cabeza de la dinastía en segunda generación, una polaca que pinta sobre seda, y el hijo de un jardinero japonés, norteamericano, Ichimei, que se cría con ella en la casa del viejo Isaac Belasco.   

Un amor completamente desigualado, entre distintos, con asquerosas barreras de clase, pero que aun así se conserva durante cincuenta años, espaciado en largos intervalos, silencios espesos, pero atravesado por las notas de él, cartas breves y sencillas. Ichimei el del espíritu sereno, un apacible hombrecito oriental que cultiva flores, y a la vez, el amante salvaje en la cama. Las cartas van dando la noticia del clima en que esa relación no declarada, adulterina en sentido legal, consentido por su marido, que es homosexual, va variando a lo largo de los años.

Hay dos momentos en la novela. Alma y el amante de su marido, lo asisten mientras muere como consecuencia del sida, a mediados de los años ochenta. Y la llegada del amante japonés, por última vez al cuarto del hospital donde ella está siendo atendida tras un accidente de auto que la tiene  a punto de morir. La chica moldava, que la acompaña, se retira de la habitación para respetar la intimidad de la agonizante y su amante japonés eterno. Cuando regresa a la habitación encuentra que él se ha ido y ella con él.

Después del funeral de Alma, su nieto le revela a la moldava que el jardinero había muerto tres años antes, de un infarto.

Es una novela devoradora con una nítida vocación de relato. Hace parte de esa épica de novelas familiares de la literatura norteamericana, a la que Isabel Allende le debe tanto. Sencillez, economía y sentido, guían su prosa, que se ha ido purificando con los años. Ya no podría pensar, como cuando la leí por primera vez, que es una novelista chilena. En los dos libros últimos que he leído, entre los casi veinte publicados,  hay suficientes pruebas como para no tener que considerarla una autora chilena. Ella está en esa galería transnacional de la novela en la que también están: Rosa Montero, Ángeles Mastreta, Laura Restrepo, Marcela Serrano, y Nélida Piñón.    

Tres sesiones en la hamaca bajo el mango fueron suficientes para que me hiciera un adicto durante tres tardes a los personajes, que se me mostraron, que me tocaron, me transmitieron su aliento. Hasta el gato Neko, que después de 18 años de vida en común con Alma muere, y ella se niega a reemplazarlo por otro, con el argumento de que no puede adoptar un gato que la va a sobrevivir. ¿Qué sería de él?

De una elegante firmeza en la forma de plantar los personajes, de una ternura insondable en la forma de desenlazar las situaciones.

Hay que leerla.