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Alberto Rodríguez

Cuentos del desierto

Cuentos del desierto

Paul Bowles, de origen alemán, nacido en 1910, fue un escritor norteamericano que vivió la mayor parte de su vida en Marruecos, donde murió en 1999.

Los cuentos del desierto, publicados en 1957, son ocho relatos donde Bowles, a la manera de los nómadas, no reconoce fronteras entre el cuento y la crónica. Tan “crónico” se pone, como en el último, El Rif, por la música.

Desde el nombre encierra un misterio como los de las Mil y una noches. Es una consigna para el pueblo Rif, un llamado por su música, sus instrumentos, las agrupaciones únicas y singulares. En las tres primeras páginas informa, editorializa, luego bajo la forma diario, opina y narra, unas veces en primera y otras en primera plural. Pero informa y narra como lo hacen los escritores. Con un ritmo sostenido que deja que el lector se escurra como sobre una sábana de seda. Termina con el tono de un cuento de Hemingway.

Hay dos relatos maestros, donde se revela, más allá de la catadura de escritor que era Bowles, dos cosas. La frontera nómada de los géneros literarios y la tensión argumental. Ellos son: Delicada presa y El tiempo de la amistad. No importa qué sean. Bowles ha conseguido la gran magia de contar una crónica como se cuenta un cuento, y contar un cuento como se cuenta una crónica.

Delicada presa tiene toda la visualidad del relato que necesita el cine. Unos personajes definidos en su acción, en su intención, en un escenario abierto, el desierto. Va creando tensión en espiral, a una velocidad exacta y a un ritmo que atrapa, como el del mejor cuento.

Paul Bowles fue el mentor del cuentista guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Fue un gringo generoso que jamás quiso regresar a Norteamérica. Un alquimista de la literatura que algunas tardes iba a sentarse a un café en Tetuán o Tánger, donde habrían estado sentados a finales del siglo XIX, Oscar Wilde y André Gide. 

Una estatua en Charlottesville

Una estatua en Charlottesville

La batalla de Charlottesville del 12 de agosto, había comenzado al menos un par de semanas antes, cuando se iniciaron los acuartelamientos de los ejércitos de activistas. El punto detonante fue la estatua del General Robert Edward Lee en el parque Lee.

Cuando la guerra de secesión estalló en 1861, Lincoln, le ofreció a Lee la dirección de los ejércitos unionistas, y él rechazó la dignidad, su corazón de esclavista lo hizo mirar al sur y marchar al encuentro de los ejércitos confederados que iniciaron la guerra para defender la esclavitud. Sus declaraciones abolicionistas apenas habían sido declaraciones políticas, para sobrevivir al juego que ya se jugaba en Washington.

Desde febrero el consejo de la municipalidad de Charlottesville había aprobado un acuerdo para desmontar la estatua de Lee, en el parque Lee, levantada en 1924, en los albores del fascismo en el mundo.

¿Qué significa la estatua de Lee?

Los clanes supremacistas blancos salieron con la consigna de “unir a la derecha” para evitar que se desmontara la estatua, el símbolo más respetable del esclavismo en USA, el general de los esclavistas, cuya mujer era dueña de cincuenta esclavos.

Lee, el enorme jinete sobre un pedestal de doce metros, es un símbolo contrario para los clanes, la punta del iceberg de una lucha que culturalmente debería haberse superado desde el siglo XIX. En realidad nunca lo fue, lo nuevo es que ha sido reabierta, desde que Trump subió a la presidencia. Como si el alma esclavista de la secesión no hubiera hecho más que hibernar durante un siglo largo de conquistas democráticas y de derechos civiles en USA.

Se juntaron clanes antinegros, antisionistas, xenófobos de Virginia, antilatinos, neonazis con escudos negros marcados con equis blancas y el KKK. ¿Cuánto hacía que en USA no se veían pancartas de KKK? También marcharon los de las suásticas y los que iban con carteles de “Hagamos grande a América, otra vez”.

Y del otro lado, clanes panracistas, libertarios, antifascistas, anarquistas, comunistas, que salieron resueltos a defender el acuerdo para desmontar el símbolo, siglo y medio después de la muerte de Lee. 

El choque fue como de holigans escrupulosos, no se los veía suficientemente resueltos. Se encontraron en los alrededores de la plaza, chocaron de frente en una  primera línea, cuerpo a cuerpo, con bastones, a patadas y a puños. Una mediocre pelea de pandillas de barrio. No había policía, tuvieron el tiempo de concentrar la riña, hicieron círculos, gritaban alrededor como en una gallera, luchaban en medio de una nube de camarógrafos. En vez de policía estaban los medios.

Los supremacistas tenían una carta, James Fields, seguramente un espontáneo valiente, de apenas veinte años, que salió con su camioneta y arrolló a la gente en la calle, al mejor estilo de Isis. Un lobo solitario capaz de matar a una persona y herir a veinte. Entonces llegó la policía.

El “volvamos al pasado” de Trump en la campaña, encontró en Charlottesville una representación en vivo de algo angustiante y lóbrego que es la “enfermedad norteamericana”.

Trump en su primera declaración en la noche del doce, condenó la violencia de ambas partes, cuando todavía había pequeños disturbios en Charlottesville. En un rapto de cuidado político, condenó el fanatismo, el racismo y la violencia, en general, no condenó a nadie en particular. No hizo comentarios ni en favor ni en contra de echar al suelo la estatua de Lee. Una neutralidad cómplice que sirve de gasolina para que los supremasistas blancos sigan haciendo grande a América. 

El miércoles siguiente a los disturbios a los pies de la estatua de Lee, tabajadores municipales la cubrieron con una enorme tela negra, en señal de luto por Heather Heyer.

La nostalgia del poder divino

La nostalgia del poder divino

Cómo se puede sentir un argentino de ochenta años, con una investidura simbólica tan aplastante, cuando después de cinco días de espectáculo en Colombia, al fin cierra los ojos a 12000 metros sobre el Atlántico.

Y que nadie vaya a decir que no fue un espectáculo,  viene del latin, spectare, que significa contemplar, y de culum, que significa, medios. La más completa contemplación del “representante de Dios en la tierra”, es la que hacen los medios para su servicio.

Una periodista radial dijo que la visita del papa había sido “espectacular”. Y como ella, muchos. A más de los cientos de miles de personas que Francisco congrega en las homilías, hay cientos de millones que solamente acceden a él, a través de los medios, que se montan en la visita pastoral con un paquete promocional de “turismo de la fe”.

Una vez en el aire, todo está en manos de los medios, de las oficinas logísticas de turismo, cadenas de servicios, transporte, venta de pasajes aéreos, cupos hoteleros,  restaurantes. La mitad de los cupos en el avión papal de Alitalia, trayecto de venida, es para los medios, hasta setenta asientos reservados a los comunicadores acreditados, en la cola del avión. A costos cubiertos por los medios, faltaba más, que sobrepasan los costos ordinarios de la primera clase hasta en cincuenta por ciento. De regreso, la gabela se le entrega a una empresa aérea nacional, para que haga lo propio.

¿Cómo no ver espectáculo cuando desde una ventana de la nunciatura el papa le habla a una plaza colmada de chicos, del Nacional y del América? De camiseta blanca, saludables, vigorosos, felices en su presencia, siendo mostrados al mundo, como la imagen de una juventud congregada alrededor de un papa que viene con el mensaje de una fe alegre, festiva que no se culpa de la alegría, con la que él alienta al “rebaño”.

El doctor Gagat, como Jorge, el bibliotecario ciego de la abadía de Melk, condenan el terrible juego que se desprende de la Poética, y que conlleva en la comedia el pecado de la burla, de la risa, contrarias a la fe. Porque el papa en su discurso no se condenó al pasado de la fe terrorífica, por el contrario, en un lindo espectáculo educativo, invitó a los chicos  a volar, a soñar, a ser libres, a no tragar entero.

Es un espectáculo político, deliberadamente político, que el papa venga a Colombia, con Santos presidente, con un punto central en su agenda, la paz y la reconciliación. Vino a reforzar unos hechos, vino a celebrar la suspensión del tronar de fusiles, vino a reconocer un proceso que recibió el aplauso de la comunidad internacional, porque si el acuerdo con las Farc, no merece una bendición, entonces qué. Mientras no firmen, no voy, le había dicho a Escobar, el embajador colombiano en el Vaticano.

El doctor Ordoñez, que también debe haberse echado sus rosarios por la salvación del papa, está de acuerdo en que él vino por la paz, pero no la paz que se firmó en Colombia con las Farc, sino por la “paz de Cristo”.  Un espectáculo anacrónico de macilenta fe, perdida en el curso de la historia.

A Monseñor Uribe, invitado por el papa al Vaticano, a sentarse con él y Santos a buscar términos de reconciliación, se le reconoció como cabeza de la oposición, un reconocimiento político especial, al que respondió con el orgullo macho de un gamonal herido, cuya bilis es tan eterna como el mismo Dios al que reza. No quiso encontrarse con Francisco en Colombia, no quiso asistir a Palacio. De extraño nada tiene, que él tan devoto, también le pida a Dios, por la salvación del papa y su iglesia. No quiso participar, dice él, porque en el único lugar en que tolera un encuentro con el “traidor castrochavista” de Santos, es en el Vaticano. Todo un espectáculo previo el que ya había dado Uribe en Roma. Aun así salió a verlo pasar en una esquina, y el papa adivinando la presencia del maligno, desvió su mirada a la multitud.

Y para que no queden dudas del espectáculo, el papa no encontró una expresión más feliz, que cizaña, para referirse a la maleza agresiva que muerde y envenena cualquier tentativa de reconciliación. Ni siquiera con el argumento sincero, de que es mejor la guerra que la paz, sino con el “argumento” baboso y filisteo, de que no aceptan la “paz de los vencidos”.

Cómo no va  a ser un espectáculo, un argentino de ochenta años en un trote de cinco días seguidos, sin respiro, que consigue que todos los medios lo cubran hasta alcanzar el rango de noticia única. Cómo no va a ser espectáculo, que en un enorme descampado, reúna más gente que la que convocarían juntos todos los presidentes de América Latina.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El fin de las pandillas

El fin de las pandillas

Corrompidos los ‘partidos políticos” hasta el dobladillo, aliados incondicionales de todas las iniciativas para robarse el país, investidos de una representación falsa, perdieron el juego, están boqueando. El último vestigio del partido conservador como “partido histórico” se deshizo con Pastrana y su proyecto de paz. El partido liberal se dinamitó a sí mismo bajo la ordalía samperista con la mafia para administrar el país. Que de pronto el Senador Hernán Andrade, jefe del “partido conservador”, termine en la cárcel, ya no es más que una pálida consecuencia.

Para las elecciones del 2018 ya no quedan más que pandillas debilitadas, huestes inciertas y babosas, sin programa, sin ideas, mosaicos abarrotados de sujetos ricos en prontuarios e investigaciones. Al punto que es un auténtico desprestigio ser nominado por cualquiera de ellas. Son tan carentes de ideas que la Senadora Vivian Morales todavía puede decirse del partido liberal. Yo la tengo como fórmula de género a la vicepresidencia, de la candidatura de Godofredo Cínico Caspa. El partido de la U, el que le confeccinó Santos a Uribe, ni siquiera va con candidato propio. El “jefe natural” de Cambio radical, Vargas Lleras, no se permite ser nominado por su propia pandilla de bandidos contumaces, asesinos, corruptos e infractores. Clarita López, que se quedó sin partido por estar coqueteando con Santos, a favor de los trabajadores y la paz, está recogiendo firmas. Monseñor Uribe a hoy no ha encontrado un sucesor que le garantice ganar las elecciones. Ninguno de sus prospectos le garantiza el milagro. Y también irán por firmas, Sergio Fajardo, Alejandro Ordoñez, Piedad Córdoba, Gustavo Petro y Juan Carlos Pinzón.

Cualquier ciudadano de bien podría complacerse con la noticia del fin de las pandillas. Pero el hecho no da para tanto. Los políticos de siempre encontraron el recurso de “ir por firmas”, igual tienen el dinero, los electorados cautivos, una parte de los votos de los empleados públicos, cacicazgos regionales, filiaciones familiares hereditarias. Las pandillas salen a recoger firmas. La novedad “democrática” de las próximas elecciones.

Una vez ganen las elecciones tendrán Congreso y Presidencia, y participarán en el "juego de bolsa" de las nominaciones, las ternaciones y las cooptaciones, para enganchar al proyecto de "quedarse con el país" a sus "jueces naturales", tal cual hicieron los hermanos Moreno con los miembros del concejo de Bogotá. Que las pandillas boquean como las muestran los medios, no es la noticia, se sabe de mucho antes, la noticia es que se reciclarán como la basura, se harán llamar de otro modo y seguirán haciendo lo mismo que hasta hoy han hecho.

La autodisolución de las viejas pandillas por la corrupción, que ya no pudieron tapar, crecio tanto que se salió del corral, es un incendio que llegó a las cortes, lleva meses ardiendo, ya nadie lo puede ocultar, es algo invasivo, invisible en tanto puede, que cuando aparece lo hace como una enfermedad social que se define por el deseo de "quedarse con el país". Por desgracia la corrupción se ha hecho más orgánica, con más uñas, con enlaces internacionales (Odebrecht) y entonces vuelve a hacerme pensar en una plaga sin vacuna, una parte sin contraparte, una acción sin reacción, que apunta a la quiebra del Estado. A pesar de las resistencias civiles, mediáticas  y judiciales.

Si suman los costos de lo que se roban los carruseles en cada uno de los sectores de la economía (salud, pañales, cuadernos y frutas, para citar pocos), si se tiene en cuenta el impacto de la corrupción en el PIB y en consecuencia en el crecimiento; el impacto institucional desquiciante; y la reproducción geométrica de asalto a los recursos públicos, todo argumentaría en dirección a una quiebra.

A muchos sonará anarquista, quizá lo sea.     

Silencio

Silencio

Silencio, o de la lucha contra el cristianismo. Un proyecto que a Martin Scorsese le costó casi treinta años hacer posible. Probablemente la película que más le ha exigido, la más osada narrativamente. Un film políticamente incorrecto que muestra la forma como se corrompió la fe cristiana en Japón. El film es una muestra histórica de que la vida vale más que la fe, con lo cual Scorsese bien que se gana el título de un realizador de carácter. Alguien capaz de contar la historia de una avanzadilla de jesuitas, puestos por el vaticano en Japón, con la cruz y sin la espada. Es el más complejo de los films que ha hecho (Hugo, El aviador, Buenos muchachos, El rey de la comedia, Taxi Driver y Alicia ya no vive aquí)y el más difícil de producir: la transposición de la novela homónima de Shûsaku Endô sobre dos jesuitas portugueses que llegan al Japón en 1643, buscando a un tercero que aparentemente ha desertado.

En lugar aparte, siempre pienso en Pandillas de Nueva York. La fuerza, el poder, la política, el negocio, el caldero de inmigrantes, la pelea, la moda, todo reunido en cinco esquinas hacia 1846. La Europa inmigrante vomitada en Norteamerica, contaminando el nuevo continente con todas sus apestosas enfermedades. Y luego, Lobos de Wall Street. Lenin no hubiera podido sugerir al gran comisario cultural producir un film más anticapitalista que el de Scorsese.

El primer asunto a ver es la religión: catolicismo y sintoísmo (sincretismo cósmico natural). Una disputa de fe, dos dioses bien distintos. El dios de occidente y de oriente. Poderes constituidos. En La última tentación de Cristo, Scorsese había incursionado en un campo de pensamiento adherido a una fe. Lo que consigue con Silencio, estrenada en noviembre pasado, es escenificar el conflicto de la fe cuando de por medio está la vida. ¿Cómo sostener la fe si de por medio está la vida de otros?

Los padres Rodrigues (Andrew Garfield), Garupe (Adam Driver) y Ferreira (Liam Neeson), llegaron en tiempos distintos al Japón. Ferreira cuando el cristianismo había conseguido tener cien mil creyentes. Los otros dos en medio de la más dura tiranía política contra la infiltración cristiana. Justamente detrás de Ferreira, de quien se tiene noticia que ha abjurado para pasarse del lado japonés.

El personaje más importante, causante de los puntos de giro, y ante todo un actor, es el judas, que terminará cumpliendo la tarea de ayudar a la abdicación de la fe, por un motivo ajeno y superior a la fe, la vida. Con él, Scorsese introduce la pieza maestra de toda la armazón narrativa, un accionante que aparece y desparece, pero está ahí desde el comienzo del viaje hasta la consumación del destino real de quienes con el estandarte de la fe católica llegaron al Japón.

La abjuración era algo sencillo, poner el pie derecho sobre una imagen de “nuestro Señor”, y ya. Pero la fe que no se sabe de dónde resiste tanto, se rehúsa a pisar lo más sagrado. La película escenifica la forma triunfante como se termina con la fe, poniéndola en una situación en la que no valida sino se valida de la vida, evitando la muerte de terceros. Una abdicación humanitaria que terminó siendo en término de vidas humanas más valiosa que la fe.

Tiene mucho de cine de aventuras, tensión consistente, caracterizaciones creíbles y una fortaleza plástica en los antagonismos. Muestra un país, una época, un poder. Creo que se ganó, en mi escalafón, el tercer lugar en el top.

 

Paterson

Paterson

 William Carlos Williams, poeta imaginista de Rutherford en New Jersey, creía que no es la imaginación la que activa la “realidad objetiva”, sino al revés. Gastó años escribiendo un canto al condado de Paterson, donde “funde en concreto” prosa, poesía, collage, prensa, publicidad y citas.

Marvin es el perro de Paterson, un chofer de bus en Paterson, que todos los días conduce el mismo bus, sobre cuyo timón todos los días antes de echar a andar escribe versos. Un hombre bueno, discreto, apocado, casi humilde, complaciente, que además hace poesía. Un personaje de Jim Jarmusch.

Paterson se levanta a la misma hora, conduce el bus todo el día, regresa, saca a Marvin a dar un paseo, entra al bar, se bebe una cerveza con el cantinero, regresa, cena, escribe y se va a la cama con Laura, su mujer, que cose, decora, pinta, dibuja, diseña y quiere aprender a tocar guitarra. Ella reconoce y estima la poesía de Paterson, lo incita a que publique. Él reconoce y estima el trabajo de ella y la apoya con su salario. Un personaje de Jim Jarmusch.

El chofer poeta que trabaja para la artista del diseño, en Paterson, 1963. A partir de ellos y el perro se construye una película de rutina, de repetición, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado…pero que cada día agrega detalles que le dan cuerpo a la trama. Cada día una parte de un poema, unas pocas líneas,  reiteraciones, comienzos, largos silencios. Poemas tan buenos como Paterson. Todo en la escena de Jarmusch lleva a la tragedia que finalmente ocurre el 4 de marzo de 1963. El día que se altera la rutina y Paterson y Laura salen de la casa.

Paterson inexpresivo en la banca del parque. Un japonés se acerca y entablan una conversación que los lleva a William Carlos Williams. El hombre está muy lejos de casa, ha hecho un largo viaje para ver personalmente el condado que Williams dejó en cinco entregas, entre 1946 y 1958. En el trance de la conversación, al borde de los silencios, un tipo de oriente que ha venido a buscar el condado de Williams se encuentra, como si hubiera sido chuleado por el destino, con el poeta Paterson que vive en Paterson y conduce el bus urbano de las ocho.

Tal es el Paterson de Jarmusch, en el que Paterson y el japonés, que busca al Paterson de Williams, se encuentran la misma mañana en que Paterson había pensado ir a comprar un cuaderno. El japonés se anticipa y le dice que tiene un libro para él.

El libro que Paterson recibe está por escribir. Lo que sí ya fue escrito, fue el fragmento de Paterson que Williams incluyó en la parte del “Viento sube”, que Paterson y el japonés conocen:  Dios mío, qué es un poeta, si es que los hay.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De la U a la Z

De la U a la Z

La U: un “partido” reclutado por Santos -para reelegir a Uribe- que vino a ser el mismo que lo eligió y reeligió a él. Una guarida variopinta de clientelistas, trásfugas solemnes, varones electorales, intermediarios eficientes, “ñoños” y “musas”. El partido de dos presidentes, el eje de la unidad nacional, la más alta representación en senado y cámara, línea directa con Santos, favorecimiento oficial completo para todos sus miembros e información privilegiada. Era un poder constituido que le daba todo el margen de gobernabilidad al presidente, la “aplanadora legislativa” que sacó adelante todo lo que se le propuso, que le dio apoyo al proceso de paz, que al final,  quiso apresurar los mecanismos de aprobación para sellar de garantía la causa de la paz.   

Hoy la U es un “partido” con sus Ñoños y Musas en el ojo de un huracán que envuelve las campañas de Santos, a través de una cadena identificada de sobornos internacionales, pago por favorecimiento legislativo y lobby en las agencias del estado. Un antiguo elector de Sahagún, Otto Bula, el jefe de negociaciadores con Odebrecht, al servicio de un puñado de intermediarios y para que Santos y Uribe engrasaran sus campañas. La conexión entre el antiguo y el nuevo elector de Sahagún, Bernardo Elías, muestra las vísceras reales del Gólem que es la U, una gerencia electoral que concibe el poder de un estado como oportunidad de negocio. Otto Bula, quien no lo sepa, fue quien se quedó con la curul de Mario Uribe cuando lo echaron a la cárcel por parapolítica en 1995. Antes había sido investigado por un asunto de tierras, vinculado a una sociedad de los hermanos mafiosos Meyendorff.

El panorama de la U es casi de extinción: despareció la unidad nacional, es el último año del gobierno, hay un paquete legislativo pendiente para implementar el proceso de paz, está bloquedao el recurso del fast track, tenemos una economía que roza la recesión, un hueco fiscal imposible de cubrir, siguen los precios recesivos del petróleo, unas expectativas de crecimiento que cada trimestre se reducen, con la más baja popularidad del presidente, con una desaprobación elocuente, con los alfiles levantando arreos para ir a hacer campaña y con el “hijo político” del presidente, Juan Carlos Pinzón, echado de la casa. Pinzón renuncia oficialmente al partido, Roy Barreras declina su aspiración presidencial, y la U, irá a las elecciones 2018, sin candidato propio.

Dos caminos se abren a la U, el recurso con el que Santos podría seguir jugando en política, una vez deje la presidencia. Acoger la propuesta de De la Calle, una gran coalición nacional promovida por el partido liberal para defender la paz, donde esté la sociedad civil, el país representado (que tratándose del partido liberal, no es cosa de confiar ni que huela bien). O adherir a la candidatura de Vargas Lleras, el antiguo uribista que abandonó las toldas de Monseñor, por temor a untarse y que le sirvió a Santos como alfil político principal durante sus dos periodos.

Si el partido de Santos fue la U, el de Iván Márquez podría ser la Z. En Colombia llegamos al fin de los partidos. Se disolvieron como miasmas ambiguos y babosos a los que la sociedad civil llegó a despreciar y maldecir. Que sigan poniendo votos, es natural, la política en Colombia es un negocio.

¿A quién le importa Amapola?

¿A quién le importa Amapola?

Una niña a la que sus padres, Tomás y Paloma, le pusieron por nombre Amapola, un anagrama imperfecto del de su madre, que con sus 39 añitos la trajo al mundo. Un mamagallista que dijo que cuando grande la niña sería una heroína, como su madre. Y un ex presidente que tres meses después del chiste, cuando al fin lo entendió, acusa repentinamente al mamagallista, en un trino furibundo y penal, de ser “violador de niños”. Una exquisita ópera bufa sin pies ni cabeza.

Lo primero que se pregunta cualquiera, es dónde está el papá de Amapola, al que el ex presidente parece querer reemplazar en cuestiones de manejar las afrentas al honor de la familia. Se trata de Don Tomás Rodríguez, un hijo benemérito de ministro, con cara de santafereño decimonónico, doctorado en economía y matemáticas, en Oxford y Stanford. Pero al doctor Rodríguez no parece importarle que el ex presidente se aproveche de su familia para cazar una pelea pública con un mamagallista con fines políticos.

Uribe lesiona el derecho a la privacidad de la familia Rodríguez, sin ser asunto que le corresponda a él, utiliza el chiste para escupir bilis negra y pretender aterrorizar al mamagallista y a todos los que se le parecen, ese siniestro Vlado, por ejemplo. ¿Por qué el doctor Rodríguez no para al expresidente? Si alguien tendría que estar molesto con Daniel Samper, sería él. A fin de cuentas a Paloma Valencia Laserna, el chiste la enaltece. Ser “heroína del Centro Democrático” es un título que debería reconocer honroso. Otra cosa es que por casualidad a su condición de heroína, su hija lleve el nombre de esa linda matica tan regada en las montañas caucanas por las que alguna vez su abuelo dejó desgajar un soneto.

Una cosa es que se hagan bromas a costa de uno, con un margen proporcional a la capacidad de burlarse de sí mismo, y otra cosa es provocar el ridículo, una caricatura extrema que  revela algo de la condición humana, moral, política del ex. Si el ridículo no revelara nada, si apenas fuera una exageración que se lanza para herir, hasta casi que se podría tolerar. Pero detrás del ridículo hay algo de la condición que se desnuda y que ninguna víctima del ridículo perdona.

A Uribe el chiste de Samper no le molestó, tan no le molestó que dejó pasar tres meses para disparar su dardo. Los esposos Rodríguez Valencia, en su momento, no dijeron mayor cosa. Es mejor que se crea que el chiste no tuvo efecto y además entrabarse en una guerra de trinos con Samper, no es una buena idea. Y asunto terminado. No darle ninguna importancia a ese guache.

Uribe estaba tan molesto, tan picado por la santa ira contra el guache, que se equivocó. La señora Guerra le dijo que escribiera “violador del derecho de los niños”, pero su impaciencia jupiterina lo hizo escribir “violador de niños”. Una mentira que ahora le causa una demanda más, entre cientos que pesan contra él. Tendrá que retractarse, tras lo cual demandará a Samper por haber publicado fotografías de menores en Soho. Porque con esa no se queda. Una asquerosa revista “pornográfica”, según dicen Ordoñez y Uribe, que ofende las buenas costumbres, y en la que el ex publicó un lindo poema pidiendo “ver del fuego la luz y no sus cenizas” y en la misma en la que su nuera se empelotó. Es tan ofensiva, que Ordoñez suspendió la suscripción.

¿Cuál es el presunto derecho que viola un chiste que utiliza el nombre de Amapola? Tal vez el derecho al “buen nombre”. No lo sabremos hasta que la argumentación jurídica del abogado perpetuo de Uribe, nos lo revele.

Lo que preocupa al abogado de Samper, Ramiro Bejarano, no es la acusación de Uribe, una mentira más, lo que le preocupa es que vivimos en un país, donde también por un chiste, Carlos Castaño se llevó a Jaime Garzón.

 

 

 

Fences (Barreras)

Fences (Barreras)

Es un film teatral, amargo y sobrio, al mejor estilo de las historias urbanas de ese corte a lo Arthur Miller, situado en Pitsburg,1953. La década donde un recogedor de basura, Troy Maxson, puede tener una casa como la que tiene, lo único que tiene, y un descanso, y seguridad social, salarios y ajustes, sindicatos.  Viene con el siglo, su carácter de pater familia es un engendro heredado del siglo XIX, aunque lo hace valer con explicaciones, con argumentos, pero si hace falta puede dar golpes directos, patadas, tirar objetos. Su mujer, Rose, es una mujer antigua de la estirpe de las mujeres de resignación resentida del siglo XIX. Sus hijos, el de ella y el de los dos, son chicos del siglo XX, urbanos que entran en necesarios conflicto de época con su padre. Él no puede entender que el mayor quiera ser músico, y se lo enrostra cuando va a pedirle prestados diez dólares. No puede entender que el menor quiera comprar un aparato de televisión que vale 200 dólares, cuando el arreglo del techo vale 270.

 Fences, estrenada en diciembre de 2016, está dirigida por Denzel Washington, protagonizada por él y Viola Davis. ​El guionista Tony Kushner puso la escritura del film a partir de una historia de August Wilson. Un guión teatralizado, que pone a los personajes en una larga conversación donde de hecho, se revelan más por lo que dicen que por lo que hacen. Es una película conversada, bien conversada. Washington es un sello de buena actuación. Y ahora, un director más nominado a más premios de los imaginados.

Construcción de character, elaboración de escenas, sostenimiento dramático del conflicto, desenlaces ajustados, precisos, una obra sin ruido y con una última escena digna de Shakespeare.

El hermano loco de Troy, va por las calles perdido en su demencia mística con una trompeta terciada que utilizará para pedir a San Pedro que abra las puertas del cielo. Así que sopla y no sale nada, vuelve y sopla y sale un chirrido ahogado, no se desanima, toma aire, levanta la trompeta, mira al cielo, cierra los ojos y sale una música absoluta que llega hasta las puertas del cielo, las más altas barreras (fences).     

El club

El club

Es un pueblo de pescadores y de pecadores, lejano, frío, gris, en la costa de Chile, donde se escucha en las noches ladrar a los galgos, los únicos perros mencionados en la Biblia, en medio de vientos polares que husmean los alares. En una casa en las afueras del pueblo, regentada por una monja, viven cuatro curas infractores, criminalizados, que la iglesia ha separado de sus funciones y ha reunido en la casa de retiro, no se sabe si para salvarlos de la justicia ordinaria,  para salvarlos de sus propios demonios, o para poderlos controlar mejor.

Son cuatro bandidos que viven a costa de la iglesia, o sea, de los fieles: el pederasta, con cara de pederasta, que entrena a su galgo para las carreras. El catatónico que va y viene de su infierno de largos olvidos y entrecortadas palabras. El transgresor, izquierdista, rojo, malevo, respondón. Y el que siempre fue el capellán castrense en los regimientos. Unas hombres marchitos, a los que más allá de la fe, la subsistencia los ha enclaustrado a su edad, en la casa del galgo y de la monja, más viva que los curas, sobre la que también pesa un expediente.

Algunos días se acerca al otro lado de la calle un muchacho que hace labores de puerto, lleva y trae cosas, pobrecito, un pobre loco logorreico  que sin más se despacha a hablar duro, muy duro, con un vozarrón terrible y sin poder parar hasta por una hora; adentro en la casa ya no saben qué hacer con el loco, que no dice locuras, sinsentidos, sino que cuenta su historia con los curas; generosos detalles como si estuviera satisfaciendo al curioso confesor de manera explícita pero al mismo tiempo con una sonoridad que resulta poética, con los que se comprende cómo fue que se le cruzaron los cables entre la santidad y el sexo. Una manía entre el culo y la fe.

La película de Pablo Larraín  que “ganó en Berlín”, nominada al Oscar por mejor película extranjera, es el resultado de un guión de exploración, de reconstrucción narrativa, de construcción de character, necesariamente teatral por momentos, con diálogos tonificados y precisos.

 La muestra de mayor virtuosísimo es la realización del personaje del loco, estupor causa el monólogo logorreico de alcance desesperante. Debí interrumpir en dos ocasiones, para respirar. Se logra toda la tensión posible con una voz sostenida que habla del pasado, de lo que sucedió, hasta el punto de obligar a uno de los curas, el recién llegado, a salir y hacer algo con ese loco, persuadido con un arma que el cura rojo le entrega. Sale, avanza por el corredor, se acerca y antes de decir algo se suicida. Lo que desde luego da lugar a una investigación interna de la iglesia, por la que llega el “jesuita investigador”, frío, taciturno, racional, la máquina de la verdad.

Qué lindas las escenas donde el cura pedófilo entrena su galgo en la playa, con la luz marchitándose, en una danza circular de agilidad y cuerpo, que parece un ballet del animal y el hombre.

Larraín nos deja una película que provoca el perfecto estado de suspensión estética, nos atrapa como en un paréntesis de tiempo, nos abre la puerta que lleva a la escena donde al detalle se participa de una cruda historia, llena de detalles, gestos, matices, maravillosamente bien contada.

No, no es una película contra la iglesia católica, como se dijo en algunos medios cuando se estrenó. Es una película que nos muestra lo que pasa en una casa alejada del mundo bajo el efecto uniforme de una fe corporativa y retocada.  A la iglesia católica no hay que descalificarla ni desacreditarla. Eso es algo que ella, mejor que nadie, hace con fervor y humildad, todos los días.  

Un triste adiós a las armas

Un triste adiós a las armas

El resultado de la entrega de armas de las FARC que condujo a la terminación de una guerra de más de cincuenta años, en Colombia, terminó siendo una noticia aguada que cayó en frío, como si nadie se la pudiera creer. Como si la “paz” -siempre entre comillas- no fuera otra cosa que un gran falso positivo nacional.

Las celebraciones fueron demasiado oficiales, muy localizadas, no fue cosa que el país sintiera suyo, ni siquiera al país que le votó SI al plebiscito, fue algo sencillo, color pastel, entre ellos. El mejor símbolo de la celebración: un par de abuelos, Santico y Timo, sosteniendo una bebé vestidita de rosado.  ¿Dónde estaba Jorge Barón?

Cae una llovizna ácida de escepticismo al final de la guerra. Los signos que la estimulan aparecen en las declaraciones diarias de los actores del posconflicto, en las huelgas de hambre en las cárceles, en las providencias de las Cortes, en los establos donde se preparan las campañas, en las zonas campamentarias, en el Congreso, en el proceso de fin de conflicto con el ELN, en la calle.

Pasa por ser uno de los acuerdos de paz más progresistas en el mundo, en el que se han entregado más armas per cápita que en cualquier otro, modelo integral de negociación, espacio de justicia restaurativa, en el que temas como el género, tuvieron espacio y reconocimiento. Pero aun así, con todas las virtudes arquitectónicas de una paz construida, la falta de interés, de mínimo entusiasmo, de reconocimiento social del “país nacional”, le da un aire discreto, pálido, lánguido, como si la noticia del fin del conflicto más viejo en el hemisferio occidental, tuviera la misma altura de la noticia que hoy conocimos por la prensa italiana: la policía allanó el apartamento de lujo en Roma, de un cardenal que participaba de una orgia gay donde había mucha cocaína.

Las FARC mismas son las primeras en tener que darle un valor muy relativo a los acuerdos con el gobierno Santos, que el año entrante se nos va. Afrontan el riesgo de la destorcida y por tanto no pueden confiarse, habida cuenta de la historia. Desde Galán el de los comuneros, Uribe Uribe tras la guerra de los mil días, Guadalupe Salcedo en el llano, Quintín Lame en el Huila, Jorge Eliecer Gaitán, la Unión Patriótica, el M19, el EPL de Caraballo, a los que entregaron las armas, los que pactaron con los gobiernos, los desmovilizados, una parte del país, en nombre del cual también se pactó, siempre les pasó la cuenta de manera radical y definitiva.

A quienes representa el gobierno Santos les interesa, más que la paz, los negocios que se pueden hacer en paz. Con ese argumento se pusieron de acuerdo con las FARC. De la Calle no pudo ocultar su malestar, el escepticismo, frente a la decisión de la Corte Constitucional, por una sentencia que le quitó facultades rápidas al Congreso en materia de aprobación y reglamentación de la JEP. Él, más que nadie sabe que la paz está amenazada. Hay un reagrupamiento táctico de las fuerzas paramilitares. Hay un clima político preelectoral dificil al acuerdo, el gobierno no tuvo fuerzas para sacar la implementación en la legislatura que termina. En todas las encuestas, Santos, el acuerdo y las FARC, puntuan fatal. No se les cree a ninguno, tienen mala imagen, no se ve con optimismo el futuro, no se ve credibilidad. La ONU se va. Las asociaciones de militares retirados sienten que la patria ha sido deshonrada con el acuerdo. Y si finalmente De la Calle, va  a ser el candidato de Santos, saldrá a la pelea, con una bandera que históricamente debería ser ganadora, pero que en las condiciones de hoy, podría ser una bandera perdedora. El que hubiera podido ser el candidato de Santos, el embajador “uribista” en Washington, no dejó pasar 24 horas tras su retiro, para escupir un twitt torpedeando el acuerdo.

Para el CD oponerse al acuerdo es una bandera, casi que la única. Todo en el acuerdo es arreglado en favor de las FARC, no se sienten representados, no es cierto lo de la entrega de armas, la JEP es algo más que una broma legal, la elegibilidad es un premio a los criminales, y lo más grave, el proyecto del presidente y el jefe de las Farc, para instaurar un régimen “castro-chavista” en Colombia. Y todo eso repetido, demandado, amplificado, promueve un mensaje directo a las fuerzas que de verdad pueden salir a “volver trizas el acuerdo”.

Las fuerzas sacrosantas de la cruz y la motosierra harán su campaña para que el próximo gobierno, a falta de poder revertir acuerdos de estado con peso de tratado, promueva una cruzada sarracena contra los miembros de las FARC, como la única manera de conseguir la paz en Colombia.

La “izquierda democrática” y el centro verde, defienden el proyecto de paz, es progresista, hay que sacarlo adelante, pero no tienen la fuerza política, la popularidad suficiente, para detener la corrupción ni blindar el acuerdo de paz. Es su campaña y hay que hacerla, es lo políticamente correcto, pero a no ser que le apuesten y consigan armar un frente amplio por la paz, no necesariamente para las próximas elecciones, no harán más que pelechar y patalear en medio del fangal.

Y la "otra izquierda", la del PC, la Unión Patriótica, Marcha Patriótica, una parte del Polo que sigue a Clara López y algunos sectores sindicales, tiene todos los motivos de desconfianza, fundados, vividos en carne propia, el peso pendiente de la destorcida, en un país muy católico, liberal, con las tasas más altas de concentración de propiedad de la tierra. Eventualmente el único campo donde las Farc, como organización política, tendría cabida.  

Todos por igual han mentido, toda la vida han defendido de manera legal e ilegal, los medios con que han hecho posible sus fines. Tal el perfil que la historia no desmiente. El lado más flaco del acuerdo es que se ha hecho entre partes con rabo de paja, con un sucio pasado, que los deja sin raigambre nacional, sin convocatorias de verdad, sin necesidad de comprar votos. Una historia negra de corrupción compartida y cooptada. En un país en donde comenzamos a recordar, a hacer que la memoria no sea impune. Por eso "la verdad", luego "la justicia" y si algo queda "la reparación".

No conocimos ese mismo júbilo que invadía a los del exilio latinoamericano en París en la época de las dictaduras militares, cuando alguien desde alguna terraza salía una mañana y gritaba: ¡cayó! Ese júbilo desapareció, y lo que tendría que haber sido un "estalló la paz" de primeras planas, 21 cañonazos al mundo, un día oficial, el doblar de todas las campanas y las sirenas de bomberos, terminó siendo como una discreta celebración cerrada de familia, en la que lo más animado era el representante de la ONU. Qué triste “adiós a las armas”.    

El custodio

El custodio

Hoy ya se puede decir que El Custodio, una obra escrita y dirigida por Rodrigo Moreno, es un viejo film. Las películas hoy envejecen más rápido que hace cincuenta años. Hay muchas más que entonces y la memoria, es cierto, es más dada a tapar unas imágenes con otras.

Es una producción estrenada en 2006 en la que se juntaron Uruguay, Argentina, Francia y Alemania, para hacer una película silenciosa, austera, económica. Bajísima en tensión. El día a día del escolta del ministro de planeación del kirchnerismo gobernante. El oficio de un hombre que solo mira, a ambos lados, atrás, adelante, que recibe órdenes y sabe a qué horas entra al trabajo pero nunca a qué horas sale. Un Don Nadie al que se le paga para que cuide a Alguien.

Una película que nos muestra a Don Nadie, sobre el que se ha puesto toda la luz, donde se lo rescata y se lo exhibe en la infamia, la monotonía, el silencio, la alerta, la humillación. Es una película mordaz que recrea la diferencia de clase, la distancia diaria entre unos y otros, los que cuidan y los que son cuidados: la relación con la familia del ministro, las esperas interminables sin descanso y sin algo de comer. Y la humillación suprema, cuando al escolta se le pide que se acerque a la mesa donde el ministro atiende a un invitado internacional, con el que están departiendo en el jardín de la mansión, y se le solicita que haga un retrato del invitado. Con mucho menos rango que un bufón.

Se llevó al menos cinco premios internacionales y otras tantas menciones. Tiene un sello particular en el que se mezcla el estilo sureño agudo y penetrante del cine argentino, con la sosegada lucidez del cine europeo.

95 minutos de una lentitud elaborada, propia de un personaje de largas esperas en las que se  le va la vida. Inescrutable, siempre con el mismo vestido. Se lo pone a prueba, y entonces sabemos que está vivo, que reacciona, en un acto familiar en un restaurante a donde va con su sobrina y su hermana en compañía de amigos.

Una pequeña obra maestra de construcción de personaje en el género de “no acción”.

 

 

 

Mi padre

Mi padre

Mi padre perteneció a la generación de profesionales liberales de un país semifeudal, que adquirió plenamente el derecho a leer.  No diré que fue un “hombre  extraordinario”.  Fue un hombre como otros que me envenenó con la lectura. Siempre supo que el colegio no bastaba, que probablemente lo más importante que yo debía aprender, tenían que enseñármelo él y los libros.

Me condujo al mundo cifrado del texto donde terminé por perderme. Él fue el responsable de mi perdición, por eso lo evoco de una manera un tanto ambigua, lo recuerdo siempre de una misma edad, y lo sueño con una regularidad que impide que lo olvide. Fue él quien me sentó en sus piernas y abrió un libro grande para niños, con ilustraciones coloridas, en el que se contaba la Odisea, me leyó sin que yo supiera hacerlo, señalando con su dedo las palabras que se prolongaban en líneas horizontales a lo largo de la página. Y de la misma manera la Iliada, y si mal no recuerdo la Eneida.

Fue él, quien un día en un pequeño apartamento que compartíamos con mi madre en Bogotá, tuvo la ocurrencia de escribir en hojas de papel amarillo, con tinta muy azul, el nombre de todas las cosas que  nos rodeaban: ventana, puerta, mesa, matera, libro, olla, juguete, plato, radio, reloj, porcelana, asiento, camisa. A mi madre también le pegó una hoja en la que había escrito: mamá. Y fue leyendo con sosegado deleite cada una de las palabras conque había cubierto los objetos que podía tener la pequeña familia de un médico a principios de los años cincuenta. Así creyó que podía enseñarme a leer, y así fue como aprendí antes de ir a la Escuela.

Fue él quien me introdujo, una vez a aprendí a leer, a su biblioteca. Me presentó a los autores, los temas y las ediciones. Me dijo cuáles eran sus libros amados, me contó la historia de los escritores, me enseñó que en cada una de las secciones había un género, un mundo, una aventura, me compartió el orden singularísimo con que un lector ordena su biblioteca y me dio las claves para que entrara a ella por donde más gustara.

Fue él quien algún día llegó con madera y herramientas para hacerme personalmente una pequeña biblioteca donde colocó los libros infantiles, los diccionarios y todos los cuentos que había reunido. Y me instó a que los ordenara y los desordenara como quisiera. Encima del mueblecito colocó un mapamundi.

Fue también él quien una vez a la semana dio en llegar con tres o cuatro revistas policromas de comics de la época, cuentos que yo coleccionaba. Superman, Tarzán, Archi, Roy Rogers, la Pequeña Lulú y Dick Tracy. El día que llegué a tener algo más de quinientos, los saqué a la calle y a manera de protesta contra una medida de mi madre, los quemé públicamente.

Fue él quien a los catorce años me leyó por primera vez. Me había estado acompañando en el ejercicio de copiar literalmente fragmentos de novelas, un poco de Daudet, Hemingway, Steimbeck, Quiroga, Tolstoi, Dumas. Un ejercicio que hice durante un par de años, antes de atreverme a escribir mi propia historia. La hice para darle una satisfacción a él, lo hice porque de tanto haber leído, me había entrado la gana de hacer lo mismo que los autores que admiraba, lo hice porque aún no sabía  que para escribir es necesario tener algo que contar.  Cuando después de varios meses de estar encima de la historia, hice un limpio en una máquina portátil de escribir -Hermes Baby- que me había regalado, fui a entregarle diez cuartillas mecanografiadas con el índice derecho, durante varias jornadas. Se caló las gafas, interrumpió lo que estaba haciendo, y se dejó llevar en el rio de palabras que le había entregado.  

Siendo tan joven, siendo la primera vez que alguien me leía, era natural que estuviera muy nervioso. ¿De dónde sacaste la historia? Preguntó. La inventé, dije. No, no la inventaste, lo que has hecho es reunir hechos de todo lo que has leído. No es algo tuyo y debes saberlo. Y así se dio a mostrarme algo que yo ya sabía, que muchos de los pasajes venían de libros que se tomó el trabajo de enumerarme. Pero no importa, es otra manera de copiar, dijo. Y luego tomó un estilógrafo de tinta negra y me corrigió la ortografía y la puntuación. Cientos de errores encontró y los señaló, para que fuera otra vez a escribir la historia con el cuidado de no repetir uno solo de ellos. Fue su manera de enseñarme la ortografía. Sin reglas, sin normas, en el trabajo mismo de corrección.

Fue a él a quien tantas cartas escribí y quien tantas cartas me escribió. Era un hombre más cercano a los “Manifiestos” de Bretón que a los de Marx. Más cercano a “piedra y cielo” que al liberalismo, a pesar de haber sido liberal y no haber sido poeta.   Él –para entonces–  ya tenía resueltos los problemas con Dios, así que nunca intentó inmiscuirme en la polémica sobre la duda, aunque me legó el más profundo desprecio por los curas y el catolicismo, que a su vez le venía de la historia de su padre, que después de un sermón de un cura en Susacón (Boyacá) en el que había dicho que matar liberales no era pecado, mi abuelo tuvo que huir del pueblo a la media noche.  

En materias de fe, siempre en mi casa bastó con la de mi madre, generosa e ingenua.  A la edad de él se está en paz con Dios, porque ya no se cree  en él, o porque ha sobrevivido la resignación.  

El me dio todo lo que tenía  –incluso su lado más desafortunado–  pero de manera auténtica, con toda la gracia y todo el dolor con que se necesita para formar a un hombre.   Llegó a creer  –en los inicios de su desolación escéptica– que los libros habían hecho de mí, algo que él ya no podía comprender del todo, aun así  un poco antes de morir, me pidió dos cosas: que cuidara de la biblioteca y que al momento de expirar hiciera sonar a todo volumen la Sinfonía del Nuevo Mundo.

El bolsillo de Dios

El bolsillo de Dios

El bolsillo de dios es un pequeño suburbio blanco de Nueva York, donde se juntan todos: los alcohólicos que viven en el bar de la esquina; los trabajadores de la construcción; el sepulturero; los ladrones de carne; los compradores de autos; los carniceros y el apartamento de la señora Scarpato. Todos se conocen.

Mickey Scarpato vino de otro lado, pero hace mucho tiempo vive ahí con su mujer y su hijo, León. León es un ser salido de alguno de los cantos de Maldoror. El instinto de agresión lo tiene tan vivo, tan activo, que parece un perro amarrado de pelea. Bien que vería en él la caricatura siniestra de un exitoso presidente blanco elegido por los fracasados.

Leon Hubbard: es el escritor alcoholizado que toda la vida ha querido escribir la novela de Nueva York y no lo ha hecho. Sobrevive de vender mediocres columnas a un editor, que más por amistad que por profesionalismo, no lo ha echado. Al conocerse la muerte de León Scarpato, el editor le da la última oportunidad para quedarse en el periódico, le pide que vaya y traiga la historia. Pero Hubbard está muerto, arrastra su cadáver de judío newyorkino entre los sopores de alcohol con que le da combustible al acto de respirar. Es un escritor fracasado y se sabe fracasado. Y por un incidente del pasado y un adecuado estímulo de su editor, acepta ir al “bolsillo de dios”. Y se encuentra con la señora Scarpato, que hace que el cadáver reviva, resuelle y pierda el aliento, desde el momento en que la ve entre las sábanas recién lavadas que penden de las cuerdas. Ha ido por la historia, pero ya no le importa la historia. Desde el momento en que renace, solo ella lo moverá, hasta la muerte.

León muerto, y Hubbard es capaz de llevarse a Jeannine a un paraje de verde estival, bajo sombreados robles, bajo los que tiende una cobija en la que se estiran para asistir a una tarde de paraíso en el infierno.

La película es una joya de la escenificación. Cada escena es un cuadro narrativo de imaginación y cuidado, en términos de puesta en acción, diálogo, intención, sentido. Se muestra el alma de los personajes en cada una de las cosas que hacen. Nos entregan lo que son.

Todos los personajes son recreaciones elaboradas, pulidas y precisas de la paleta social, que se encuentran enredadas en una trama viva y muy dolorosa, así sea en el último pliegue del bolsillo de atrás de mi dios.

Desde luego que no es una comedia. Los críticos bobos insinuaron que lo era. Por escenas como las de la madre italiana de “Bird” Capezio, deshaciéndose con la naturalidad de quien barre bajo la alfombra, de dos rufianes que el acreedor irlandés mandó para que le recordaran la deuda a su hijo.

Es el maldito drama del hombre integralmente fracasado: A Scarpato le matan el hijo, pierde el dinero de la colecta pública para enterrarlo, en las carreras, no tiene con qué pagar al sepulturero, se roba una carne y no puede porcionarla, el sepulturero le tira el cadáver maquillado de León a la calle, Mickey no tiene más que meterlo en el camión refrigerado junto con la carne que intenta vender desesperadamente, nadie se la recibe, así que debe ir a vender el camión. El comprador le pide a su asistente que pruebe le vehículo que está negociando, y cuando Mickey se da cuenta el camión se ha ido, así que sale desbocado y corre por cuadras detrás del camión. Y cuando lo alcanza se produce un estrellón y toda la carne y el cadáver de León quedan tirados en la calle.

Hubbard tras publicar una columna apresurada sobre el caso, que no gustó para nada en la comunidad, se atreve a ir a tomarse una cerveza  al bar, donde estuvo la primera vez que fue al barrio; entonces todos lo saludaron con admiración. Los blancos desocupados, radicales, xenófobos y racistas lo sacan a calle, y delante de todo el mundo, hasta Jeannine, lo matan a patadas.

De haber podido, Mickey Scarpato habría votado por Donald Trump como lo hicieron muchos otros fracasados.  

 

Lincoln

Lincoln

La Corte Suprema de los Estados Unidos afirmó todavía en 1857 que los esclavos eran "tan inferiores que no tenían derechos que el hombre blanco debiese respetar". La Declaración de escisión de Texas en 1861, afirmaba que el abolicionismo pretendía "imponer la infundada doctrina de la igualdad de todos los hombres, independientemente de la raza y el color" aunque "la raza africana parece y es inferior y dependiente". Y en los debates para la aprobación de la Enmienda 13, uno de los senadores anti-abolicionistas afirmó:”Si hoy llegáramos a aceptar que los negros son iguales, mañana nos veríamos obligados a aceptar que las mujeres son iguales que los hombres”. Tal era el clima político y social que reinaba en la época que data la película Lincoln, de Steven Spielberg.  

Lo que Spielberg nos ofrece en su película estrenada en Colombia en el 2013, doce veces nominada a los premios Oscar, y que consagró con el de mejor actor, al archiconsagrado Daniel Day Lewis, es la historia desde el punto de vista de Abraham Lincoln, de tres fenómenos que se sucedieron simultáneamente y convulsionaron la vida de los Estados Unidos: la abolición de la esclavitud, la guerra de secesión, y su periodo presidencial.

El abolicionismo desde William Lloyd hasta las épocas de Lincoln se amparaba en la declaración de Jefferson, de que todos los hombres son creados iguales. La llegada de Lincoln al cargo de presidente de la Unión, el 4 de marzo 1861, fue el desencadenante final de la guerra de secesión. El primer acto de guerra fue el asalto confederado (sureño) a la guarnición de Fort Sumter el 12 de abril.

La "enmienda Corwin" que le negaba al gobierno federal el poder de abolir la esclavitud y el "compromiso Critenden" (limitaba al gobierno federal para interferir en la esclavitud y le obligaba a compensar a los dueños de esclavos fugitivos), no fueron suficientes para que los señores del sur durmieran tranquilos. Sabían que Lincoln tenía un solo propósito, llevar la esclavitud a su extinción. Los estados esclavistas ya por entonces eran minoría en la Cámara de Representantes.

En su discurso inaugural Lincoln declaró legalmente nula toda secesión. Afirmó que no tenía ninguna intención de invadir los estados sureños, ni acabar con la esclavitud donde aún era vigente, pero que usaría la fuerza para mantener la Unión. La Decimotercera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos fue propuesta a la legislaturas, el 31 de enero de 1865. Abolió oficialmente la esclavitud y se aprobó por 132 votos a favor y 68 en contra.

Cinco días después de que el comandante general del ejercito de la confederación, Ulysses Grant, rindiera sus tropas al general  unionista, Robert Lee, Lincoln fue asesinado el 14 de abril en el teatro Ford, a manos de un actor shakesperiano, católico y simpatizante de la confedeación, que tras disparar su revolver a la cabeza, en el palco principal, se precipitó al escenario mientras lanzaba el mismo grito de Bruto: “sic semper tyrannis”, se llamaba John Wilkes Booth. (La película, obviamente no entra en la dramatización del asesinato, hace una elipsis de la obra en el escenario, a la cama donde finalmente muere, un día después).

La película no es una película de entretenimiento, ni más faltaba, tanto por el tema como por la puesta en escena, es teatral, de parlamentos macarrónicos y veloces, de diálogo permanente y sostenido, que exige del espectador mucha información previa para no perderse. No recuerdo que haya sido más que un fracaso en los cines del país. Matiza la trama política y de guerra con la historia de Lincoln y su mujer, Mary Tood, una mujer enfermiza, astuta, dominante, inteligente, capaz de sostener una prédica política convincente ante un Senador del que dependía una buen parte de la votación para aprobar la enmienda, y capaz de caer en estados de melancolía o acudir a chantajes afectivos, para impedir que su hijo se enlistara para ir ala guerra. A finales del mismo año en que él murió, ella se también se despidió del mundo.

Una lección de lobistas de vieja data, utilizada por Lincoln y que se sigue utilizando en todos los congresos del mundo: la compra de votos. La película muestra cómo y a qué precio se negociaron 23 votos, de los que hubieran podido depender el fin de la esclavitud en Norteamérica.

La forma de las ruinas

La forma de las ruinas

Con la última novela de Juan Gabriel Vásquez me encuentro a un novelista solvente, que se mueve con sentido narrativo corpulento. Toma un curso de la historia y explora las entrelineas, los suspensos, al punto que hace de su ficción histórica un cuerpo de interpretación, bajo el título de “teoría de la conspiración” en Colombia.

Le interesa llegar a los dobleces de la historia, las intimidades cruciales, los hechos que jamás se pudieron probar, las “pruebas reinas”, las hipótesis de café, lo que se dijo en los meses anteriores, en los últimos días.  “… eso era lo único que me interesaba a mí de la lectura de novelas: la exploración de esa otra realidad, no la realidad de lo que realmente ocurrió, no la reproducción novelada de los hechos verdaderos y comprobables, sino el reino de la posibilidad, de la especulación, o la intromisión que hace el novelista en lugares que le están vedados al periodista o al historiador”. (pag 205)

Vásquez necesita además de su especulación sobre todo el tinglado que rodeó el asesinato del General Uribe Uribe, y el del Jefe, Jorge Eliecer Gaitán, hacer su  propia historia, como escritor, la de sus amigos escritores, y la de dos personajes, Carballo y Benavides, con los que se enreda en una trama de 550 páginas. El novelista se nos metió a la novela. Supongo que es lo que llaman autoficción”. Y no como un personaje, como la persona que es, aunque haga lo que hacen los personajes, relacionarse con los otros, moverse, buscar, ser intermediario, prometer. De la misma manera en que William Ospina se introduce en El año del verano que nunca llegó.

La teoría de la conspiración de Carballo, de los Carballos sobrevivientes, tiene una razón de ser histórica en la novela, su padre murió el mismo día que mataron al Jefe, en el enfrentamiento con la guardia de Palacio, a donde alcanzaron a llevar el cadáver de Roa Sierra. Es la motivación histórica del personaje que incita a Vásquez, durante toda la novela, a que escriba la historia con toda la información que él le proporciona. Pero si Vásquez se metió a la novela, ya no puede evitarse que las conjeturas, las hipótesis acerca de lo que él realmente piensa, le caigan. Al final, solo al final, acepta escribir la historia, aparentemente por haber conseguido la vértebra de Gaitán y la calota de Uribe Uribe, que Carballo tenía secuestradas. Aunque en realidad lo que sucedió sea bien distinto. Vásquez nos entrega su propia teoría de la conspiración. Lo que probablemente sea un rasgo muy valioso porque es el escritor tomando posición explícita ante la historia, en la medida en que hace novela. Toda su ficción es su interpretación, ordenamiento, esclarecimiento, seguimiento documental e imaginativo de los hechos que rodean la muerte de Uribe y Gaitán. Dos asesinatos que se cerraron sin que el país supiera quién fue su determinador. Aunque la teoría compone señalamientos que conducen a puntos precisos.

Se trata de la muerte de los dos políticos liberales más peligrosos del siglo XX. Justamente la peligrosidad que obligó a tener que deshacerse de ellos. Uribe, un reinsertado de la guerra de los mil días, que se incorporó a la legalidad y llegó a ser senador y mostró condiciones para llegar a ser presidente. Y Gaitán que en el discurso del 4 de febrero de 1948, a juicio de alguien en la novela, selló su suerte, al decir: "Pero estas masas que así se reprimen también obedecerán la voz de mando que les dijera: ejerced la legítima defensa”. 

 Vásquez cierra con una linda “nota de autor” en la que nos recuerda que todo es ficción. Después de haber escrito toda una novela para compartirnos su teoría de la conspiración (si él mismo no fuera parte de la novela, se podría decir, es la teoría de la conspiración del personaje Carballo). Y así se ampara, como si supiera que al escribir la novela ha de despertar la reacción de los poderes de ese “terreno de tinieblas”, que como lo declara al comienzo del capítulo IX cuando “se da cuenta de que el pasado de mi país me resultaba incomprensible y oscuro”(pag 481). Además porque a partir de su teoría se pueden hacer señalamientos históricos a Salomón Correal, el jefe de la policía en 1914, a Pedro León Acosta, quien había participado en el atentado contra el Presidente Reyes en 1909. Y en el caso Gaitán, a Laureano Gómez, franquista confeso, que tomó posición contra los aliados durante la segunda guerra, y que como Roa Sierra, no ocultó sus simpatías filofascistas, y que naturalmente seguía creyendo, como en 1914, en el liberalismo socialista y ateo.  

Y cierra la nota Vásquez, con un sesgo de ironía soberbia, responsabilizando al lector de las consecuencias de haberse zampado su teoría de la conspiración. Algo así como: lectores y lectoras, si ustedes quieren leer en la Colombia de la Forma de las ruinas, a la Colombia real, háganlo bajo su propia responsabilidad y sin contar conmigo.

¡Gracioso este Vásquez, hombre!

Los hermanos Cuervo

Los hermanos Cuervo

Una trilogía de acabados perfeccionistas, de una minucia en el cruce de los personajes en las tres historias, que ajusta como un reloj. Apariciones y desapariciones medidas. Va soltando la información a ritmo de cirujano. Una velocidad variable que le da calor al ritmo. Y el lenguaje de un cronista, que no escatima los hechos, el dato, pero tampoco la prosa. Una primera historia de los compañeros de bachillerato. La segunda, la de un ciclista, como Ramón Hoyos. Y la tercera, la azafata y el ciclista. Un cuadro colombiano tan costumbrista como impresionista.

La novela tríptica de Andrés Felipe Solano, un tipo que no representa los cuarenta que ya tiene, que vive en Corea, capaz de irse a vivir a un barrio popular en Medellín, durante seis meses, para ver cómo era vivir con el salario mínimo. Que sorprendió con su primera novela, Sálvame Joe Luis, y que se impuso como ganador en el concurso de narrativa de Eafit. Es un tipo que encarreta con lo que escribe. Nos muestra el país, lo conocido, lo que hemos sido, lo que somos, pero también nos muestra la extrañeza, encarnada en los hermanos Cuervo, unos cabrones adolescentes que se las saben todas, las tienen todas, y las que no, se las imaginan. Lectores, coleccionistas de fósiles, geógrafos, inventores, diseñadores, músicos, putañeros, más conocedores y maduros que sus profesores. Su nombre siempre me resulto un guiño muy particular y evocativo, de Rufino y Ángel, los hermanos Cuervo en París. Tan parecidos, tan curiosos, tan disciplinados, tan santos los unos como putañeros los otros.cuervo

 

Los hermanos Cuervo, de padre desconocido y madre prófuga.

Un ciclista obsesionado con la desaparición de su mujer esquizofrénica y las andanzas paralelas con la hija adolescente de quien fuera su mentor, un periodista y locutor deportivo, que lo descubrió, lo acompañó en todas las vueltas, hasta sellar una larga amistad.   

Hay historias, hay alguien que las sabe contar, hay gracia narrativa, nos reconocemos tanto como nos desconocemos en el retrato iluminado de unos personajes que enredan la vida, sin saber cómo, y hacen unos nudos de puta madre. Es una novela sincera, Solano se entrega a sus personajes. Se nota que son ellos los que salen a escena.

Hay que leerlo. Seis horas de ensueño.  

 

El peso global de la hipocresía

El peso global de la hipocresía

Detrás del estupor ambiental internacional que ha causado la decisión del Sheriff Trump de sacar a USA del Acuerdo de París, por lo que quizás sea la vieja nostalgia capitalista por el carbón, hay una especie de hipocresía global abrumadora.  

En primer lugar, la defensa de un modelo económico basado en combustibles fósiles, en cualquiera de sus variantes: carbón, petróleo, gas natural y gas licuado, es la defensa de un capitalismo que se consumió y consumió al planeta, del que emergió un “capitalismo limpio”, que le apuesta a otras formas de energía. El motor mundial de los cambios sociales se ha establecido en la pugna entre los viejos y ardorosos defensores del capitalismo, como el Sheriff Trump, o de gentes, como Al Gore, que representan el nuevo capitalismo del siglo XXI. El daño que el capitalismo rampante le ha hecho al planeta es irreversible. Hace más de una década pasamos el punto de no retorno, quedó claro en la conferencia de Copenhague. El modelo todavía dominante del viejo capitalismo nos llevó al fin ambiental. Nos arrastró a todos al abismo, con tal de parar la caída de la tasa de ganancia. Así que la alharaca de que el Sheriff retire a USA del Acuerdo, no afecta para nada, ni siquiera tratándose del segundo más grande contaminador mundial,  aunque en todo el mundo se lo califique depolíticamente incorrecto: el 60% del partido republicano, la Exxon y las grandes compañías petroleras, las cien compañías  más grandes de USA, los chinos, la comunidad europea y el 70% de la opinión norteamericana.

Para resumir de manera vulgar, tratándose de Trump: él representa el último intento del viejo capitalismo de llevarnos al suicidio ambiental antes de que se caiga la tasa de ganancia. La segunda de las tres profecías de Marx.

 Y no solamente hipócritas porque su sensibilidad planetaria es apenas parte de un libreto; hipócritas los países signatarios productores de petróleo y carbón; las compañías que los explotan; los ministerios ambientales de muchos países; y los editorialistas de la "prensa blanca", que tras el anuncio del Sheriff, al día siguiente se nos presentaron con caras largas a decir que es un lamentable retroceso. Hipócritas los gobiernos, empezando por el de Colombia, que después de dos años, no ha hecho que el Congreso ratifique el Acuerdo. De 175 países que lo suscribieron como un acto protocolario, expresión políticamente correcta de la preocupación común por el estado del planeta, apenas cien lo han ratificado.

Más eficiente es el capitalismo que el sistema solar. Antes de la muerte térmica del sistema y el planeta, el capitalismo ya lo habrá matado tratando de salvar la tasa de ganancia.   

La imaginación pornográfica

La imaginación pornográfica

La idea de que cuando se habla de pornografía nos referimos a una sola cosa, sugiere una desviación del asunto. La pornografía en términos económicos, por ejemplo,  es un asunto del mercado, de consumo masivo, de producción industrial, que con la virtualidad ha engendrado un nicho obsceno de negocios. En términos psicológicos, es decir mirada en los efectos del consumo, puede ser a la vez, una adicción o una terapia. Vista en términos de una estética, supone detenernos en el cuerpo, sus posibilidades de recreación, su más profunda intimidad, su obscena y animal explicitud.

En una visión del cuerpo, que como narrador es más de mi incumbencia, la estética pornográfica, me remite a lo que Susan Sontag llamó la Imaginación pornográfica (1967). A diferencia del cuento, en donde la gracia consiste en mostrar un explícito sobre una montaña de implícitos, la pornografía (un relato sin estructura) consiste en levantar una montaña de explícitos sobre un implícito. Es una consecuencia de la imaginación pornográfica reducida a una estética de la reproducción, de la reiteración, que consiste en devolvernos en formatos de mala calidad lo que todos hacemos en la cama. El lugar en donde todo es explícito. O para decirlo con desenfado, el lugar donde más nos vale a todos ser “pornográficos”.

La imaginación pornográfica no es solamente la del realizador que se somete al canon de lo explícito dominante en condiciones de mercado. Es también la del consumidor que establece unos patrones de consumo, unas líneas de gusto, una intención de búsqueda, que alimentan un imaginario del deseo corporal que hace deliciosamente inquietante la excitación.

La trasgresión más rotunda de la pornografía está en el hecho de hacer público, objeto de mercado, algo esencialmente privado. El acto más o menos insólito de una mujer copulada por un caballo, no es pornografía hasta que no se hace un acto público. En privado, será bestialismo, no pornografía. Hacer que un incesto, de por sí algo tan secreto, se convierta en objeto de consumo masivo a través de un video dramatizado, es lo que hace pornográfico el acto de rebelión contra el tabú, tan abominable en la mayoría de culturas. La felación de una novia a su novio, es un acto privado, que aunque a cada quien le parezca lo que le parezca, no es un acto pornográfico.

¿Por qué razón la desprivatización origina el mercado porno? Para los consumidores de pornografía hay dos caminos. El camino didáctico: alimentar el imaginario y mejorar el menú. Y el camino contemplativo de la pornografía: la imaginación pornográfica vagabundea entre los intersticios de lo implícito buscando nuevos placeres. El primero conlleva el consumo en grupo, en pareja. El segundo impone el camino de la soledad.

Cada senda de la imaginación pornográfica se identifica o se distancia de la proposición estética con que se ofrecen y distribuyen los productos pornográficos. Una característica de la estética pornográfica es la pobreza verbal, la incapacidad de hacer pornográfica el habla, más allá del reducido número de lugares comunes, y de exclamaciones mecánicas, conque se acompaña. Mostrar lo explícito no demanda hacer buenas historias, conseguir mejores actores, refinar la dirección de arte. Ninguna de las artificialidades de una atmósfera erótica es necesaria a la estética de lo explícito. Es una constante del mercado y por tanto seguirá siendo la estética dominante, que conlleva una imaginación pornográfica empobrecida enajenada, casi ridícula.

Sontag, comparando Los ciento veinte días de Sodoma, del Marqués de Sade, con La historia del ojo, de Bataille, advierte la superioridad pornográfica de la última, porque cree que ningún otro escritor, que haya leído, confirma que, ”el auténtico leitmotiv de la pornografía, no es en última instancia el sexo sino la muerte”.  

¿De qué escribo hoy?

¿De qué escribo hoy?

Desde luego que hay cantidad de temas diarios con los que se puede y se debe hacer columna. El mundo produce cientos de hechos diarios, de todos los colores y matices, como para que los columnistas siempre tengamos tema. Veamos en la última semana:

Macron en Francia tranquiliza al espíritu democrático de la tradición francesa. Parado en el centro, se enfrenta a la peor Europa que Francia haya tenido desde la segunda guerra mundial. Promete devolver “la confianza”.

Donald en USA destituye al director del FBI porque “lo estaba haciendo mal”. Estaba por dar a conocer los resultados de la investigación sobre participación de los hackers rusos de su amigo RasPutin en la campaña.  Comparativamente es más grave que lo que hizo Nixon con el Fiscal especial de Watergate, Archivald Cox.

RasPutin visita a Pekin, va a sentarse a tomar te con Ji Sinping. Emiten un comunicado conjunto respecto al lanzamiento de un misil desde Corea del Norte. Lo desaprueban, pero se recelan mutuamente con relación a sus relaciones particulares con Piongiang.

En Brasil el tinglado estructuralmente corrupto de Lula sigue siendo revisado. Lo están cercando las investigaciones penales. Ahora hay cinco procesos abiertos contra él. Y la respuesta del exPresidente, es anunciar que se presentará como candidato a la presidencia en el 2018.     

Kim Jong-un ha lanzado un misil descargado a una distancia de 700 kilómetros que vino a caer en el mar del Japón. A todos los inquieta. Geográficamente Corea del Norte es un enclave de China y Rusia. La tecnología a los coreanos les ha llegado de su vecinos. 

El Santito visitó al Sheriff en Washington. Los ocupó el negocio, la cantidad de coca sembrada. La paz mereció un cepillazo en el hombro. Y lo de Venezuela fue directo, se le pidió a Colombia que lidere regionalmente la reclamación por el respeto a los derechos humanos en Venezuela.

Hay demasiadas cosas de las cuales escribir, pero hay días que no quiero escribir, porque el mundo me obliga  a escribir de las mismas cosas, de los mismos hechos, las mismas canalladas. Es cuando pienso que podría contar un cuento. Pero no lo hago.