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Alberto Rodríguez

El testigo

El testigo

 

 Hace tiempo no leía un libro con frases más entrañables, de las que dan ganas de aprender. La novela de Juan Villoro es un libro espiral, repleto de todo ese rico y exuberante enredijo cultural que es México. Un libro que muestra con gran angular  los planos superpuestos de la vida rural y urbana en los años noventa, 25 años después de que Julio Valdivieso se hubiera ido a una universidad europea con un pregrado que obtuvo con una tesis plagiada. Julio es un plagiador exitoso, capaz de plagiarse a sí mismo. Apenas merece la condición de “segundo testigo”.

 El testigo es una novela en la que el narrador es el personaje. Lo que bien puede ser un portento del punto de vista o una canallada contra los personajes. En todo caso, entre México y el narrador se encargan de hacer de Julio, un simple hilo del tiempo en el que los hechos se organizan. Un desmirriado hilo, alrededor del cual se agolpa el México agrario; el de la industria de la tele y del entretenimiento; la iglesia católica, los curas; el narcotráfico, los gringos, los productores, intelectuales, críticos, comparativistas, guionistas, autores, traductores. La misma fauna revuelta que excitó a los “detectives salvajes”.

 Una primera lectura es la del ausente, como si “regresar a México” fuera una categoría ontológica. México aplasta a Julio, lo hace más gris de lo que es, deslucido, nimio. Regresa con parte de Europa, su mujer, sus hijas y su trabajo.

 La sustitución protagónica no es algo para dejar pasar a la ligera, significa que el narrador con todo su poder relator ha reservado a su punto de vista algo de lo que están privados el resto de personajes. El punto de vista omnisciente editorial. Todos los personajes opinan en situación de diálogo, el narrador editorializa por encima de todos los diálogos, antes y después. De él no sabemos nada, él mismo no nos informa. Por momentos tanta omnisciencia, tanto protagonismo, tanto saberlo todo, carga la novela de un barroquismo muy mexicano, a lo Fuentes, que a mí me abruma.

 El otro asunto es el de los Ramones, López Velarde y Centollo. Una fina ironización de las dos caras de la “poesía nacional”. El “poeta íntimo de México”, moralista católico y putañero, el que se recita en las escuelas, el poeta oficial, el poeta maldito del amor, cuyo nombre alienta un premio literario. Y en la otra, Centollo, un Gómez Jatin mexicano, bebedor, marihuanero, vagabundo, invasivo, con una poesía rabiosa, que babea, señaladora, iracunda. No es una denigración ni del uno ni del otro, el narrador quiere mostrárnoslos en 360 grados. No es casual que el cura del pueblo y el tío Donasiano, se empeñen en hacer canonizar a López Velarde. Tampoco, que en el taller de Olegario Barbosa (el mismo nombre de un congresista colombiano corrupto en 1978) hayan convocado a Julio, a mansalva, con las gracias de Olga rojas, para pedirle que se sume a la causa de defensa de López Velarde, contra la manipulación mediática que se proponen hacer.

 La hacienda Los Cominos es un emblema, ahora degradada a ser locación para telenovela, una mexicanada, por la que pagan bien. Está en el norte, en el límite de los carteles de Sonora y Chihuahua. (Carlos Salinas de Gortari había sido capaz, como forma de controlar el negocio, de repartir los estados entre los narcos, como si se hubiera tratado de nombrar gobernadores). Ya la lucha no es por la tierra, sino por el agua. La economía local la mueven los carteles. Además los Cominos representan el pasado, las relaciones con Nieves, con los oficios, los amores apresurados en las camas prestadas de las sirvientas, los primeros besos, el erotismo fallido, los secretos, los íconos de la nostalgia.

 Y el otro, es el continente de la familia. El árbol genealógico a cuya cabeza está el tío abuelo de Julio, y que el narrador desgaja con saña, la historia de los sobrinos, el tío y el papá de Julio, sus mujeres, su prima Milagros, ambos hijos únicos. El narrador nos entera que Julio, además de plagiador, es un calumniador, capaz de acusar a la tía Carola, la madre de Milagros, de “entenderse” con el gringo de la nuca roja. Y aquella para evitar el escándalo, siendo inocente, huye de su familia. Es con Milagros que Julio vivirá lo tórrido, lo clandestino del primer amor, arreboles de una juventud lejana de la que emana pura nostalgia. Es sospechoso que el narrador haya omitido la historia de la madre de Julio, un fantasma completo que se resuelve con tres alusiones. ¿Por qué una parte crucial tan importante de la historia, no se contó? Como se contó la del tío Checho y Salvador, el padre. Un abogado especulativo que se gastó la vida perfeccionando la teoría del testigo confiable, el “primer testigo”.  

 El testigo es una novela que merece ser leída. Hay en ella una orfebrería de la palabra, un destilado barroco de efluvios que le llegan de Fuentes y Bolaño. Una condensación narrativa inquietante de México, lograda por un escritor con una potencia de lenguaje, que además de abrirnos un mundo para que entremos a él, lo hace prevalido de la seducción rítmica de los narradores iluminados. 

 

 

 

 

 

 

Al sur de la frontera, al oeste del sol

Al sur de la frontera, al oeste del sol

 Un título que incluye dos referencias geográficas que el libro se ocupa de explicar, un título con coma. Al sur de la frontera, cantada por Nat King Cole, la canción que escuchamos en los cincuenta y que remite a un mítico regreso al sur, el que probablemente hizo que Ambrose Bierce pasara la frontera para perderse en la revolución mexicana. Y la “histeria siberiana”, un invento mítico de Haruki Murakami, autor de la novela, con el que narra el efecto de la monotonía del paisaje en el campesino siberiano. A cualquiera de los puntos cardinales a que mire, siempre encuentra el horizonte, el sol sale de la tierra y se pierde en ella durante las cuatro estaciones. “…de todos modos ese ciclo continúa…y luego un día, algo dentro de ti muere. Tal vez nada o tal vez algo en el oeste del sol. En cualquier caso, es diferente del sur de la frontera”.

Me parece que la novela se refiere a eso que dentro de nosotros muere. Y que para representarlo dramáticamente, Murakami se inventa un personaje moderno, nacido el primer día de la primera semana del primer mes de 1951. El drama es que Hajime no olvida, es hijo único, lo que le daba una connotación muy particular entonces. Shimamoto ha sido víctima de la polio y también es hija única. El jazz los une y los lleva a un acercamiento cargado de erotismo fallido, que ambos luego ven en retrospectiva. Un par de histéricos siberianos sitiados por el horizonte redondo.

Lo que ninguno puede olvidar es el primer amor, son víctimas de la nostalgia de primer amor. 25 años después se encuentran en un jazz bar de Hajime, que ha abierto porque tiene un suegro con dinero. Ella aparece como un fantasma con vestido azul en noche de lluvia, ya no cojea, es bella, y hablan, escuchan la canción que hicieron suya en la sala de su casa con el equipo de sonido del padre, Star crossed lovers, que el músico de turno se complace en interpretar para ellos. Siempre en noche de lluvia, como un fantasma precioso, por el que él estaría dispuesto a abandonar a su mujer y sus hijas.

Ella es un enigma, aun para ella misma, aparece y desaparece, es y no es, está y no está, nada se sabe de su vida desde que se dejó ver con Hajime y a su paso va dejando el vaho de la nostalgia. Él es todo lo contrario, sabemos de su vida, está casado, tiene dos niñas y dos locales de jazz, atiende personalmente sus negocios, y su matrimonio, deliberadamente ha sido puesto en la novela como una cortina gris de fondo, imágenes fugaces y sin importancia, el matrimonio en segundo plano, la esposa desdibujada, privada de significado.

Dos vidas terriblemente distintas, pero encadenadas por una misma nostalgia, la del primer amor, un tibio y distante roce de juventudes en la sala de la casa. Una promesa inconclusa, entre dos personajes unidos por la condición de ser únicos en su familia, los chicos raros de la escuela.

De su escritura se dijo en el club de lectura donde lo leímos: sobra relato, se nota la mano del escritor en el narrador, la tensión es tardía. Digamos que sí, pero también digamos cómo. Murakami se alarga en el relato de la vida juvenil, quizá por ser su especialidad. Y porque el personaje de Hajime es la representación de muchos hombres japoneses de la segunda mitad del siglo XX. Se alargó porque estaba tallando un mito urbano, una representación enjundiosa de todos los hombres, a los que por causa del amor, algo se les muere dentro.

¿Cómo se sabe que el escritor le mete la mano al narrador? No digamos, a la primera persona. Porque el personaje pierde protagonismo, no es completamente él, se suplanta y por tanto se falsea. Más porque Murakami ha prestado tanto de él a Hajime, que por una suplantación innecesaria de protagonismo, podría verse acaso, la manito de Haruki moviéndose como la del titiritero.

La tensión tardía es propia de la novela japonesa. Es una marca reconocida y aceptable para lectores de literatura japonesa. El tiempo y el feeling de la tensión son bien distintos a los de la novela occidental. La de Murakami es una novela de anticlímax. La tensión acumulada por debajo de los hechos, aparece en el último tercio, a partir del último encuentro, el encuentro sexual aplazado. Clímax que se prolonga, casi hasta el final de la novela, cuando el enigma triunfa, triunfa el matrimonio y triunfa la nostalgia.

La acumulación de tensión se hace de manera tan sosegada, a la “japonesa”, con un tempo de sonata, a la par que el lector recorre la sima del relato. Y cuando el clímax se declara, el lector vira, se eleva y sigue a los personajes que regresan a la nostalgia, esa forma aterciopelada de la soledad.

La nostalgia, el mal del hombre del siglo veinte, la soledad retrospectiva, la histeria siberiana, la paranoia urbana, el fin del jazz. Sí, una novela menor de un novelista mayor, aunque todos los novelistas deberían ser menores.

El bestiario electoral

El bestiario electoral

Doctor Coscorrón. No puedo más que sentir miedo, de que un tipo como Vargas Lleras pudiera ser presidente. Un “animal político” de carácter depredador, que ha sabido esperar su turno, y que va a hacer todo, y todo es todo, lo que necesite para echarle zarpa a la presidencia. Despótico, obsesivo, víctima de un instinto posesivo inmoderado, cuya consigna podría ser: si para obtener el fin debo entregarle el alma al diablo, se la entrego (presumiendo que la tenga). Tiene maquinaria estatal, partidista y se ha amangualado en las regiones, en el Caribe en particular, con todos los bandidos de cuello blanco, de cuello negro y sin cuello, capaces de producirle votos. Tiene todo el dinero para una campaña 4G y un empresariado esperando el turno para redimirse.

De la Calle. Un liberal que oscila entre el romanticismo bobo del liberalismo y el pragmatismo de los negociadores. Sin partido, rodeado de gente como Serpa y Cristo (a quienes es mejor jamás tener de aliados). Viene cargado con el prestigio de ser el hombre que desarmó a las Farc. Lo que hoy resulta ser un arma de doble filo. Si bien es algo que le puede dar votos, también se los puede quitar. En principio, se podría pensar que es el candidato de Santos, aunque con Santos nunca se sabe, por el solo hecho de ser el único candidato del SI.

El Duquecito. No sería políticamente nada, sin Monseñor. Es algo inflado, apadrinado, retocado, influido por su presencia oscura, y a quien las encuestas le sirvieron para arrancar la bendición. Ya ha declarado, que Martha Lucía, será su fórmula Sin Monseñor sería apenas un “mozalbete inteligentón”, según lo describe Fernando Londoño. Un técnico de la política, exfuncionario internacional, informado, con discurso estándar neoliberal, afecto a la economía naranja y defensor de la industria de energías sucias. Tiene resistencias notables en su propio partido, a pesar de ser el elegido. Pero como a nadie se le creen los juramentos de obediencia en política, valga para él su nominación.

El Petro. Tiene un yo tan grande que no puede entender qué cosa es la autocrítica. Es una forma de iluminado popular, tribuno de la época del twitter, argumentador, retórico, eficaz, capaz de llevar la palabra a una zona de emergencia para su interlocutor. No tiene partido. Comprende el cosmos político colombiano en el marco mundial, tiene una visión, que es mucho decir, entre los políticos. Tiene el prestigio senatorial que le asegura un electorado fiel, de opinión, que en Bogotá y la Costa Caribe, le deja jugar con su propio capital político en la subasta electoral. Es el candidato que más despierta resistencia en el establecimiento. Un burgués cualquiera, tendría más miedo de Petro que de Timochenko.

El Profesor. Sergio Fajardo es un matemático al que los cálculos políticos, en general, le han salido bien. Hizo en Antioquia un gobierno mejor que el de Monseñor. No tiene sombras siniestras detrás, rabos de paja, procesos desperdigados en los juzgados, incriminaciones éticas, prontuarios públicos, ni las manos untadas. Su política ha sido ensayar el centro. No entrar en polémicas con la izquierda, sus aliados, ni con la derecha, sus competidores. Los verdes y los amarillos pusieron sus máquinas electorales al servicio de su campana. Tiene las cosas claras, se hace entender, no tiene el síndrome de Antanas. Su activo temporal, todas las encuestas, desde el año pasado, lo ponen de primero. 

“ÉL”

“ÉL”

"Llega a su hotel, se baña y se arregla para salir a cenar con una pareja de amigos. Alguien golpea en su habitación. Ella mira por el rabillo de la puerta, es su jefe. Abre, “Él” la empuja…”. Le ordena con ese dedito índice de la mano que haga silencio y la conduce amablemente a la cama. Ella, “que siempre tiene fuerza, la pierde, aprieta los dientes”. Qué si grito, dice ella. No lo harás, dice él, y no lo hizo. Y todo quedó entre ellos, hasta el 19 de enero, en que Claudia Morales en su columna del Espectador, nos lo contó.

La columna de Claudia Morales la ha puesto en la ola de redes y medios, la ha convertido en tendencia me#too, comienza narrando, luego reflexiona y termina en un llamado. Su título: El derecho al silencio. Me causa curiosidad saber por qué lo rompió. No basta que no haya mencionado el año, y el violador sea encubierto por ella misma con el pronombre ÉL, para no presumir una traición al silencio. El nombre según ella misma, lo conocen, su marido, dos amigos periodistas y dos amigos no periodistas.

¿Por qué venir a traicionar su silencio a comienzos del malhadado año electoral de 2018? ¿Por qué dar tantas pistas? Claudia trabajó entre 2003 y 2004 como jefe internacional de prensa, para el gobierno de Monseñor Uribe. Un tipo que era poderoso y muy peligroso entonces, su jefe, que seguimos oyendo y escuchando todos los días en los medios, que ha hecho y puede hacer mucho daño, según escribe. Si no es Uribe, es su doble, o el doble de su doble. Claudia traicionó su silencio con la adivinanza del huevo, blanco es y gallina lo pone. No fue necesario más para que el país y el mundo malpensante, imaginara a Monseñor follándose a Claudia en la habitación de un hotel.

El 24 se abrió en la Fiscalía la investigación. Una que Claudia sabía que iba a provocar su columna. A la Fiscalía tendrá que decirle el nombre, en eso consiste la investigación. Y cuando Claudia cante, es su obligación judicial como forma de evitar convertirse en cómplice, la papa caliente le quedará en las manos a Nestor Humberto, que bien sabrá qué hacer con ella en el año electoral.

Reconozco todas las razones de Claudia para haber sepultado el hecho durante tantos años, su derecho al silencio, la protección de su familia y ante todo evitar el inmenso riesgo que corría y todavía corre. Lo que confirmaría la peligrosidad actual de un poderoso violador que anda suelto y todavía le puede hacer daño. Pero aun así, no entiendo por qué traicionó su derecho.

Con todos los indicios que Claudia dio, los datos aportados, hasta en el Centro Democrático se lo creyeron, así que emitieron un comunicado urgente sobre la honorabilidad y la pulcritud de Monseñor. El guiso que le faltaba a la papa caliente.

Lo que más me gusta del curso que ha tomado la denuncia es el efecto político que desencadenó, que no creo que estuviera completamente ausente de las consecuencias que ella como periodista anticipó. Por ejemplo, que Ivancito Duque, se hace desmadrar por la honorabilidad de Monseñor.  Un profundo acto de lealtad o complicidad, para con ÉL. 

Si pusieron un hombre en la luna, bien pueden poner un imbécil en la casa blanca

Si pusieron un hombre en la luna, bien pueden poner un imbécil en la casa blanca

No sé si el pueblo norteamericano se merece o no, al megalomaniaco rubio y mentiroso, que por torcidas artes de la democracia terminó en la Casa Blanca, como quien termina en el sótano porque lo han precipitado por el shut.

El libro Fuego y furia, de Michael Wolff, es el resultado de meter las narices, con autorización y sin ella, en la “casa blanca” del perro. Completar el imaginario que el mundo ha venido haciendo del Sheriff con mierda de perro en los zapatos. El libro es un poco escatológico, por la desnudez conque muestra los actos privados.

Si quienes eligieron a Trump en el 2016 lo van a sostener y a salvar, del cada vez más abierto esfuerzo de quienes no lo eligieron para conseguir su remoción, quiere decir que los Estados Unidos, después del gobierno de Obama, entraron en la fase madura de su decadencia. Es posible que si los Estados Unidos pusieron por su capacidad científica, el primer hombre en la luna, también puedan poner con su ceguera provinciana, a un imbécil en la casa blanca.  

Trump representa a la gente de los Estados Unidos que les gustaría regresar a los años “sin cuenta”, a la antigua, generosa y productiva América. América para los americanos. A quienes tienen que vérselas, todos los días, con la América real -la del multicultaralismo, las masacres escolares, los chicanos, el narcotráfico, los hackers, el riesgo ambiental, la desindustrialización, las burbujas financieras, el terrorismo y la depresión- Trump jamás podrá representarlos, como no representa a la mayor parte de las sociedades en el mundo. A las que por el contario, o no conoce, o las escupe.

Un largo año ha bastado para que el temor prelectoral por el riesgo que para el mundo significó el ascenso de Trump, ha bastado para saber que en la “casa blanca” hay un sheriff que ve televisión, se harta de hamburguesas y donuts, toma coca cola y junto al teléfono y el control, tiene su gordo botón de hacer estallar bombas atómicas. Y hasta es capaz de publicar todo en twitter.

Trump es una versión híbrida de Rico McPato y Frank Underwood. Finalmente Walt Disney llegó a la Casa Blanca.   

 

 

Juego de tronos

Juego de tronos

La maldición del poder que terminó por destruir a los Incas, vive en las venas profundas de una tradición jamás desterrada, ni por ellos ni por ningún otro pueblo en la tierra. ¿Qué tiene el poder que mueve a los pueblos más que el amor, la democracia y la libertad?

La historieta trágica del Perú por cuenta de los arreglos secretos de PPK con el clan de Kenji Fujimori, y el consecuente indulto a Alberto Fujimori, es la continuación de la misma tradición en su temporada más degenerada, en la que el corrupto es héroe. Es un juego de corruptos en el que cualquier honor ha sido suprimido. Como en las obras de Shakespeare, puede leerse en sus protagonistas el oscuro silencio de sus intenciones y las nervaduras palpitantes de los peores sentimientos de que somos capaces los seres humanos.

La masa congresional fujimorista tenía en su mano el recurso para imponer una moción de retiro del presidente, con las evidencias del escándalo de Odebrecht que salpicó los bufetes de PPK. Pero las viejas rencillas de poder familiar entre Kenji y Keiko, encontraron en el escenario una forma de disputa, en la que de una parte se jugaba la destitución de PPK, abriéndole el campo de juego al fujimorismo, y de otro la oportunidad para que Kenji, lo dividiera, con la ganancia de haber liberado a su padre.

PPK estaba en un callejón sin salida, salir del poder o indultar a Fujimori. Para alguien que quiere quedarse en el poder a toda costa, el indulto del viejo genocida, sería el mal menor. Probablemente subestimó la reacción de sus propias fuerzas al sentirse traicionadas con la libertad el símbolo vivo de la violencia y la corrupción del poder. Quien ahora se recupera de doce largos años de prisión, de los 25 a que fue condenado, en una casa de cinco mil dólares mensuales, desde donde dirigirá el avance de sus huestes, el clan de Keiko y el clan de Kenji.

El mismo miserable juego de poder que ya estaba instalado en el corazón del imperio español y del imperio inca. El mismo juego en el que todo vale, en el que el fin justifica los medios, en el que no hay nada sagrado.

Ragnar Lodbrok, el rey de los vikingos le da una lección a su hijo, antes de zarpar hacia Inglaterra. Le dice que el poder no es lo más importante, es un medio, que sin embargo es capaz de sacar lo peor de nosotros mismos.

Más han evolucionada los algas azules que las sociedades humanas, en lo que se refiere al manejo del poder. El mismo veneno que se regó en la horda primitiva, en la lucha entre el poder del padre acaparador de las mujeres y el poder de sus hijos hombres, sigue corriendo por las venas de quienes aspiran, manipulan y ejercen el poder en el mundo.

La abominación de origen que ha dado vida al anarquismo sigue resonando en la voz disonante de quienes por principio sospechan de todo poder. 

Un artista del mundo flotante

Un artista del mundo flotante

Cuatro fechas después del ataque a Hiroshima y Nakasaki. Octubre del 48, abril del 49, noviembre del 49 y junio del 50. Y lo más curioso es que se leen en el mismo itinerario de una boda que se prepara durante toda la novela. Antes del enamoramiento, el compromiso, el miai, y el matrimonio. Y bajo la secuencia de fechas que marcan para Noriko el curso de su vida, el Japón que sobrevivió, el mundo que llamamos Japón. Y todavía más abajo, en los cimientos narrativos, el relato nostálgico de viejos pintores que florecieron en los años veinte y treinta. Y como ícono sutil de la novela el “mundo flotante“.

La clave de ingreso a la novela de Kazuo Ishiguro está en el valor de uso que el lector quiera darle a la imagen del mundo flotante, una metáfora guía y al mismo tiempo el andamio sobre el que se apoyan los planos narrativos interconectados, un doble presente, el de la familia y el de Japón, y varios pasados, en uno de ellos regresa a 1935.

Después de Hiroshima casi nada es igual. Perder la guerra, ver caer al pequeño emperador con cara de ciruelo triste, recibir el impacto del arma de destrucción masiva más grande de la historia, el efecto de la gobernación militar de McArthur, la configuración de una nueva casta de políticos locales, la economía de la posguerra; cada una de ellas, había contribuido a desquiciar los soportes que daban existencia y forma al país que inventó los kamikazes.

Japón se había desprendido de sí mismo, se había fracturado por las fuerzas que invocó. Todas sus formas de vida cambiaron, se había convertido en un mundo flotante. Un archipiélago al que se golpeó en sus raíces, y que aun así se sostiene, pese a las peores fuerzas humanas hasta ahora conocidas. Un mundo flotante está desprendido, dislocado, desentrañado de lo que era, de manera violenta. Aun así en la novela fluye un tiempo presente cotidiano, tranquilo, lento y sosegado, en donde se ocupan del niño, del cine, la cocina y el matrimonio.

La vida cotidiana es la historia de centro, a un lado el trasunto de los pintores. Ishiguro, como, En lo que queda del día, donde puso al Señor Stevens a trasegar con la dignidad, va  a poner a trasegar a Ono, con la condición de ser discípulo. Ser discípulo es una categoría de la relación entre personas que el mundo contemporáneo de la posguerra desdeñó. Hoy se habla de co-investigadores, pares, asociados.

La novela de fondo, tras los velos sutiles que mueve el viento que viene fe Kioto y llega a la prefectura de Shiga, es la de la condición de ser discípulo. Ono no reflexiona como un maestro, quizá en el fondo nunca se consideró tal, a pesar del reconocimiento de sus discípulos. Ono, desde antes de la guerra ya se movía en un mundo flotante, el de la ciudad que bien conocía como quiera que hacía parte de la bohemia andariega de los pintores agrupados, “el mundo nocturno del placer, el ocio y la embriaguez que constituía de hecho el fondo de todos nuestros cuadros”.

Ishiguro es un maestro en el juego rítmico, calibrado, balanceado de los tiempos. Es tal la armonía que logra que elimina la percepción de la transición. Maneja el cambio de tiempos con la disposición de artesano de la escritura, y con un ajuste de precisión sobre el que arma un dispositivo tan perfecto, como el de una carta bomba. Hace gala de la lentitud de la novela clásica. Deja que sus personajes se muevan en el intento de saber quiénes son. Maneja los planos de relato como el mejor director de cine. El plano macro, completo, que se resume así: “La verdad es que en este momento Japón parece un niño que aprendiera de un adulto extranjero”. El plano de fondo, el mundo de la pintura, que pasó; el último de los discípulos se rebela contra Ono. Y el primer plano cotidiano, en la casa, con las hijas y el nieto de Ono. Allí la única preocupación tras la muerte de la esposa, es el matrimonio de Noriko, como si se tratara de la corte en el siglo XIV.

Ishiguro es un genio del diálogo largo. Sus personajes están sincronizados para que lo que hacen y dicen, coincida en la representación escénica, no se sienten farragosos, discursivos, retóricos. No venden ideas, hablan de lo cotidiano, con acento cotidiano, creíble y ordinario.

Una semana, de a ratos largos, fue necesario para que de la mano de Ishiguro, sintiera que pisaba la inestable superficie de las islas flotantes.

Semama la parodia

Semama la parodia

En la última edición 2017, la revista Semana parodia al comienzo y al final. En página veinte, un artículo central, titulado: “Los papeles (olvidados) del magnicidio”. La revista nos dispara su conclusión editorial sobre el asesinato de Álvaro Gómez, que no es más que una parodia de la conclusión del embajador Frechette, “…la teoría de que Samper y Serpa estuvieron detrás del asesinato no tiene pies ni cabeza”. En consecuencia la teoría del crimen de Estado es un delirio de quienes jamás quisimos a Samper.

El artículo comienza con un refrito de “los papeles de Rommel Hurtado”, un filonazi al que habían capturado por enriquecimiento ilícito y en el 2010 dieron de baja en un ajuste de cuentas en Armenia. Encabezaba un grupúsculo de fanáticos delirantes que se reunió para promover un golpe de estado contra Samper, que debería encabezar Álvaro Gómez. Él ni siquiera los quiso recibir. No era con un grupo de delirantes fascistas con los que se podía remover el régimen en el que el liberalismo y el narcotráfico habían sellado un pacto de colaboración. En su última entrevista dijo, que había que cambiar el régimen, pero no había con quien. 

Todo lo que encontraron en la caja fuerte de Rommel son capítulos manifiestos del delirio ideológico de un puñado de sabandijas, parecidos a los documentos secretos de los Siete Locos, la novela de Arlt. Los documentos de inteligencia firmados por el teniente coronel Gustavo Castro, son copias de papeles del Comando General de las Fuerza Armadas, donde él trabajaba, que evidentemente habían sido filtrados por alguien. En ellos hay una posición crítica contra Samper. Aun así nada del acervo secreto de la caja de Rommel tiene el más mínimo valor probatorio en términos de investigación. Es un embuchado de mala calidad, son referidos tangenciales que para nada contra argumentan la teoría del crimen de estado. Lo único que prueban es que siempre habrá conspiraciones y que suelen ser los conspiradores quienes mejor encarnan las responsabilidades golpistas pero al mismo tiempo los que indirectamente sirven para encubrir propósitos de Estado.

Según la teoría de Frechette, el crimen lo “cometieron derechistas y militares”. El hecho de que a ninguno de los dos, Gómez los hubiera siquiera escuchado, llevó a la secta a virar su objetivo conspirativo, de manera que agraviados y despechados, eliminaron a Gómez por haberse negado a participar en el golpe. Esa sí que es una teoría sólida, probada, según la cual Gómez fue ajusticiado por los Siete Locos. La oscura teoría de la venganza, es la prueba fehaciente de la que Semana se prende para hacer una triste parodia de la teoría de la venganza de un embajador norteamericano, al que los rumores vincularon el proyecto de golpe.  

La Fiscalía, la de Martínez, declaró que todas las investigaciones en más de veinte años no han sido más que “palos de ciego”, una conjura desviacionista que ha hecho todo lo posible para que ninguna investigación apuntase en el sentido correcto del caso, el del poder. El proyecto de Samper fue tan deliberadamente conspirativo como el de Uribe, el primero aliado con los narcos y el segundo aliado con el paramilitarismo. Lo que era necesario defender era la vía política que Samper había abierto exitosamente con la mafia. Una tarea de relevos de poder con nuevos actores, que había comenzado cuatro años antes del crimen de Gómez, con las presiones del cartel de Medellín a la Asamblea Constituyente. 

La no extradición de los narcotraficantes del cartel de Cali había sido una clausula pactada para la transferencia de los donativos para la campaña de Samper. Era más importante la no extradición, para ellos, que la participación efectiva en asuntos del estado. Fue la principal condición del apoyo, según lo contó Fernando Botero. Naturalmente un eventual recambio político en el gobierno no les convenía, en cambio a Samper sí le convenía que sus socios estuvieran dispuestos a resolverle los problemas de un eventual golpe político, en el que él mismo no creía. Toda la información de los servicios de inteligencia del estado, el antiguo DAS, la policía política, indicaba que si bien había una turbulencia política con el destape del negocio, no había evidencias de que Gómez, ni nadie, tuvieran las condiciones efectivas y reales de golpear de facto la institucionalidad. Ni siquiera los movimientos que el General Harold Bedoya, desde el Ministerio de la Defensa, desplegó para agudizar la crisis. La única trinchera, desde donde Gómez disparó fuego graneado y persistente contra Samper, fueron sus columnas editoriales de El Siglo.

Que los narcos del cartel del Norte del Valle creyeran que efectivamente se venía gestando un golpe, del que los servicios de seguridad del Estado habían estado dado cuenta, según se les informaba, era una forma de tenerlos controlados y en disposición cooperativa. El 27 junio de 1995 Samper negó la extradición de los Rodríguez Orejuela, hecha el 24 de junio por los Estados Unidos.

La teoría del crimen de estado, no está basada en el hecho de que Samper temiera y supiera de un presunto golpe; lo que de verdad quería evitar era que cualquier tipo de acción política conllevara recambios de Estado, que afectaran la vía de la sociedad con los narcos para gobernar. Algo que al mismo Frechette, le dio para referirse a Colombia, como una “narcorepública”.

Para la Fiscalía, es claro, que la operación material contra Gómez, fue dirigida por la antigua estrella de la Policía, Danilo Gonzáles, que terminó convertido en jefe de sicarios del cartel del Norte del Valle. De igual manera está establecido que Ignacio Londoño, sirvió de enlace entre el cartel y el gobierno, a través de su contacto con Horacio Serpa, que debió reconocer, haberse conocido y reunido con Londoño en varias ocasiones (con motivos tan baladíes, según él,  que bien hubieran podido no darse). Semana omite cualquier mención al hecho, para no empañar la pureza de su teoría de la venganza.   Londoño fue asesinado hace dos años mientras hacía campaña por la alcaldía de Cartago. Una continuación de la teoría de la venganza.

Hernando Gómez Bustamante, Rasguño, le dijo a la Fiscalía que con la muerte de Gómez, Samper podría terminar su gobierno, lo que efectivamente pasó, que ellos (los narcos) no se iban a preocupar por la extradición, con lo que todos habían quedado tranquilos, porque tampoco sucedió. Lo que según Semana, viene a ser el origen de la teoría del crimen de estado. La teoría de Semana es que la muerte de Gómez, fue una acción independiente de los narcos que nada tuvo que ver con Samper y que ellos llevaron a cabo, una vez Rommel Hurtado le hizo llegar una copia de “El manifiesto de los golpistas”, a Hernando Henao, el jefe del cartel del Norte. Lo que convierte al granuja de Rommel -un muerto- en el auténtico determinador del crimen. Admirable cómo Semana esclareció un crimen de lesa humanidad, más de veinte años de ocurridos los hechos, con la prueba reina, que nadie hasta entonces había encontrado: un manifiesto salido del caletre conspirador de una secta de locos delirantes.

Resulta periodísticamente ofensivo el ejercicio manipulador de los hechos, del proceso, de las declaraciones, que la revista Semana ha hecho del caso Gómez, en el intento de limpiar la imagen de Samper. Nada probó, no dijo nada nuevo, o quizás lo nuevo es que la revista haya resuelto a su manera, esclarecer un crimen por la vía de la ficción, que no le sirve más que a Samper.

Ni siquiera los narcos se tomaron en serio a Rommel Hurtado, no tenían que ser analistas políticos, para encontrar en los documentos golpistas, algo que mereciera su credibilidad. O al menos mucha menos, que la que le deparaban los emisarios y agentes del gobierno y las acciones decididas del gobierno contra la extradición.

Para lo que vino a servir la oscura e insignificnte figura de Rommel Hurtado, en manos de un órgano independiente y respetable de prensa que en todo su esfuerzo investigativo ni siquiera se tomó el trabajo de entender el sentido de la teoría del crimen de Estado.

No se trata de una investigación periodística que prenda la luz sobre el crimen de Gómez, sino "una" que se la quita a los hechos criminales que señalan en una sola dirección, la del Estado. Y que calza a la medida a la demanda de impunidad judicial del antiguo jefe de la pandilla, el que dio forma a la narcoconspiración contra el país, documentada en cada caso del proceso 8000. 

Distancia de rescate

Distancia de rescate

 Distancia de rescate es la novela de una mujer. No tanto porque el leitmotiv sea la relación de las madres y sus hijos pequeños, sino porque hay una sensibilidad particular, que se presiente, un modo de observar y descifrar el inmediato entorno, que no es el de los hombres, por más femeninos que lleguen a ser, sino el de personajes mujeres, que con ánimo de mujeres impregnan el relato con una voz propia que irriga una tensa conversación de 124 páginas.

 El recurso de voz de la novela de Samanta Schweblin está enunciado desde la primera página, en el cuarto renglón: “El chico es el que habla (cursiva), me dice las palabras al oído. Yo soy la que pregunta”. Y la que habla es Amanda, que recién conoce a Carla, la madre de David. A medida que hablan, la novela va ganando respiración moderada en la atmósfera de un juego retorcido y perfecto del punto de vista y focalización, que le concede el carácter y el justo ritmo, a una novela que curiosamente introduce el fenómeno de la transmigración y el del campo, en el siglo XXI.

  Las voces, cada una en un registro  elaborado, con un matiz, desarrollan el hilo de trama que cohesiona la novela con aplomo y certeza. La voz insistente, incisiva, de David, que guía el presente de la narración y los recuerdos de Amanda que se cuentan en el pasado en el que alguna vez sucedieron. Hay un meollo al que deben llegar para “darse cuenta de lo importante”. Amanda repone los acontecimientos, los ordena, a medida que los refiere. “El punto exacto está en un detalle, hay que ser observador”, dice David permanentemente. Todo lo que ella cuente es una pesquisa desapacible, preguntas, algunas sin respuesta, que marcan el ritmo recio y sostenido de la historia. El pasado próximo es el de Amanda, y uno más remoto, evocado por Carla.

 La “distancia de rescate”: “así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería”, dice Amanda. En todos los personajes hay temor, una espera difícil y confusa, y un insistir en los detalles.

 No alcanza la novela, como se ha sugerido que lo hace, a escalar  los riscos del terror, aun con el veneno invisible de apariciones inesperadas, en medio de la noche, o el acto de una curandera que salva a los niños para transmigrarlos.

 Es una novela para leer en dos sesiones. Merece la atención del lector, sin respiro, sin despertar. Deja un agridulce sabor plomizo en el fondo del paladar. Está más del lado de la delgada cara oculta del suspenso metafísico que del terror ordinario. 

Lo que queda del día

Lo que queda del día

 “La democracia es algo de otras épocas. El mundo actual es demasiado complicado para depender de antiguallas como el sufragio universal o esos parlamentos donde los diputados discuten eternamente sin decidir nunca nada. Son cosas que podían estar muy bien hace unos cuantos años, pero no ahora”.

 Es un libro lento, lentísimo, a la mejor manera de las novelas clásicas, contado a saltos en medio de un viaje, con la técnica del flash back, que le da un ritmo sosegado y vivo.

Es una novela en la que se explora la condición humana de la figura del Mayordomo y su contraparte, el Señor, la nobleza británica de la entre guerra. Exhibida de cuerpo entero en la cita del comienzo.

El Mayordomo es el esclavo ideal del siglo XX, de levita y perfectas maneras de trato. Un personaje que se debe al servicio del Señor, y por tanto no delibera sobre su condición de mayordomo. Es algo que da por sentado y que confirma con lealtad, servicio y entrega. Un esclavo de librea, de 24 horas para su Señor, al que interpreta como su autoridad. La autoridad viene del Señor, como en los viejos tiempos, cuando se entregaba la vida al arte del buen servir a los reyes.

El señor Stevens reúne las condiciones ideales para ser el Mayordomo de Darlington Hall, bien sea bajo el antiguo Señor, o un norteamericano que compró la heredad, los únicos capaces de comprar una casa condal de la aristocracia sureña en Inglaterra. Hijo de mayordomo, célibe, más parece un autómata educado y perfecto que se mueve en función de lo único que conoce, la casa de su Señor.    

Hay tres líneas de trama en la novela que se cruzan con gracia desde las evocaciones fragmentadas que hace el señor Stevens, a medida que recorre en un viaje en el Ford del nuevo dueño de la casa, por el camino que conduce a Cornualles.

La línea del Señor, que representa el poder de la casa. El mayordomo probablemente sea la degradación extrema de la figura del consejero de la corte. El Señor es tan importante, como para haber reunido en su salón, al primer ministro, al ministro del exterior y al embajador alemán Ribbentrop, personalmente atendidos por el Señor Stevens.

La segunda línea de la trama, es la preocupación fundamental del Mayordomo, el asunto de la dignidad del oficio. ¿En qué consiste la dignidad de un mayordomo?  ¿Es algo más allá del cumplimiento del deber o se agota en él? Algo que le preocupa todo el tiempo y se lo pregunta de manera insistente. Entre los mayordomos hay rangos sociales, según al señor a que se sirve, lo cual hace que la pregunta por la dignidad revele la trasescena de poderes en la sociedad de los sirvientes, en la que él es el Señor. El asunto interesante, viene a ser que Ishiguro juega narrativamente con la dialéctica del amo y el esclavo y pone a Stevens en medio de las dos dignidades. La pregunta que presagia, que no termina de hacer, es si ha sido digno de su Señor; él no pregunta por la dignidad que no se debe más que a sí mismo. 

Hay un pasaje hacia el final del tercer libro; tercer día por la tarde, que muestra de manera concentrada, en una escena perfecta, la naturaleza de la relación del Señor y el Mayordomo. "Entonces mi señor me dijo:Acérquese un instante, Stevens, se lo ruego. Mister Spencer tiene algo que decirle.

El caballero en cuestión siguió observándome unos minutos sin cambiar siquiera la pose algo lánguida conque estaba instalado en el sillón. Y acto seguido dijo:

-Verá, amigo, tengo una pregunta que hacerle. Hemos estado discutiendo sobre un problema y necesitamos ayuda. Dígame, ¿considera que la situación de la deuda con respecto a América constituye un factor significativo del bajo nivel actual de los intercambios comerciales? ¿O cree que se trata sólo de una teoría errónea y que la auténtica raíz del problema es el abandono del patrón oro?

Como es natural, me quedé bastante sorprendido; sin embargo, comprendí rápidamente cuál era el quid de la cuestión. Estaba claro que esperaban que me sintiese totalmente perplejo ante la pregunta. De hecho, durante el rato que tardé en darme cuenta y en encontrar una respuesta adecuada, es posible que exteriormente diese la impresión de estar en Babia, ya que noté que se sonreían entre ellos con gesto divertido.

-Lo lamento, señor -dije-, pero es un problema en el que no puedo ayudarle.

En aquel instante, había conseguido dominar la situación; sin embargo, los demás caballeros siguieron riéndose disimuladamente. Mister Spencer prosiguió:

-Entonces quizá pueda sernos de ayuda en otro problema. ¿Cree usted que la situación monetaria de Europa mejoraría o empeoraría en caso de llegarse a un acuerdo militar entre franceses y bolcheviques?

-Lo siento mucho, señor, pero es un problema en el que tampoco puedo ayudarle.

-¿Cómo? -exclamó mister Spencer-¿Tampoco puede ayudarnos en esto?

Volvieron a disimular sus risas hasta que mi señor dijo:

-Está bien, Stevens. Puede retirarse".

 Y la tercera línea, la relación entre el Mayordomo y el Ama de llaves, Miss Kenton. Es ella una mujer estoica y menuda, quien cumple funciones en propiedad, la interlocutora principal del Mayordomo, como decir el director de la orquesta con el primer violín. Es ella quien le anuncia que su padre ha muerto en el cuarto piso, en una de las habitaciones pequeñas de la cervidumbre, a lo que Stevens responde: Señorita Kenton, sabrá usted disculpar que no atienda el asunto de inmediato, estoy a cargo de los invitados del Señor.

Kasuo Ishiguro, un maestro de la trama y el character.

El viaje de Stevens en el auto de su Señor, tiene una finalidad, el encuentro con la antigua Miss Kenton, ahora mistress Benn, muchos años después de que ella hubiera abandonado la casa, a pesar de que lo único que quería es que el Señor Stevens, heterosexual hasta donde es de suponer, se hubiera fijado un poco en ella. 

Dialectos de género

Dialectos de género

“Estimados colegas y colegos. Nuestra misión es cuidar del lenguaje. Las lingüistas y los lingüistos nos han explicado el riesgo general y generala, que tiene para nuestros niños y niñas, docentes y docentas,  el uso patriarcal de la lengua y el lenguo.  Un uso como el que ha desplegado el alcalde de Bogotá, cuando declara que solamente gobierna para los hombres”.

En el español, un recurso propio del idioma, es el de los sustantivos epicenos que designan en conjunto el masculino y el femenino. Pantera. A nadie se le ocurre que si alguien habla de “las panteras”, deliberadamente esté dejando por fuera a los machos, los panteros.  Si se habla de los personajes de una obra literaria, no se entiende como si la expresión no incluyera a las mujeres. No sería posible hablar de Ana Karenina, ni de Madam Bovary. La cría, no es una expresión que excluya a los descendientes machos o hembras. Cuando se dice “Bogotá, mejor para todos”, ni al lingüista más rupestre, ni al político más torpe, se le ocurriría pensar que en el siglo XX, un alcalde de una ciudad de ocho millones de habitantes, gobierne solo para los hombres. Ni a John Calzones, se le hubiera ocurrido.

Del juez administrativo que ordenó al alcalde cambiar el slogan para que sea más incluyenta, se podrían decir tres cosos. Que no se ha enterado de la existencia de los epicenos. Que se trata de un feministo radical. O, que es un simpatizante de Petro. (Radical y simpatizante, son epicenos).

Ignoro cuánto cueste cambiar el slogan en toda la papelería y publicidad del distrito.  Mucho más de lo que sería necesario para pagarle al juez un par de clases de español.

Señor juez administrativorevoque su decisión, primero, por los recursos (incluye dineros de todas las denominaciones) del distrito, que son de los bogotanos (dícese de toda persona nacida en la capital de Colombia), y segundo, para que no pase a la historia como un triste epiceno del lingüista Nicolás Maduro. Evite que en adelante los puestos callejeros de comida, tengan que anunciar: “perros calientes a 3000 y perras calientes a 5000”.        

 

Toño Ciruelo

Toño Ciruelo

¿Quién es ese miserable y generoso, maligno y clarividente, que se llama Toño Ciruelo? “Toño Temadruga, Toño el Infaltable, el Ubicuo, asquerosamente Toño”. Hijo del fetichista senador Antonio Ciruelo. Mi imaginación lo relacionó con, Los hermanos Cuervo, de la novela de Andrés Felipe Solano. Son de esa misma estirpe de sujetos superiores, que saben de todo, lo explican todo, lo tienen todo, lo anticipan todo, como si estuvieran condenados a ser exitosos. Después pensé en Maldoror, esa criatura dios y diablo a la vez, con que Lautremont confunde al mundo.

Toño es como nuestros políticos, una mezcla de canalla democrático y manipulador visceral. Es un personaje prototipo de personas en Colombia durante la última parte del siglo XX. Más que en los Ejércitos, más que en Los Almuerzos, Evelio José Rosero va con su literatura a lo más podrido de la sociedad que él conoce. Con su Toño Cerezo, retrata toda una generación de rufianes de cuello blanco, hijos de senadores, mendigos anarquistas, líderes de secta, vividores de la “vida breve”, aventureros, iconoclastas, violadores, viciosos con temporada en París. También pensé en Rafael Uribe Noguera.  

Rosero va ampliando la estatura humana de su personaje poniéndolo a hacer todas las cosas que los hombres libres pueden hacer en un país como Colombia. Líder de una comuna de niños de paz, fotógrafo de mendigos para una exposición. Y como Cristo, se pierde durante veinte años. Reaparece disfrazado de mendigo, como la sombra maligna e inevitable que siempre va a estar sobre el pobre Eri. Todo un guevón.

¿Quién no ha tenido en el bachillerato un compañero como Toño Ciruelo? De ahí parte Rosero para poner a andar a su criatura. Eri es y seguirá siendo la víctima propiciatoria que los Ciruelo necesitan para ser lo que son.

El final dramático: reaparece veinte años después, tras haber matado a la Oscurana, y caga y caga en el baño de Eri, y sale a beber café y duerme y se despierta y se come de la olla un arroz con pollo congelado y luego extrae sus prótesis y se dedica a limpiar los intersticios. Sabe que va a morir, y le pide a Eri que saque su cadáver y lo deje tirado en la calle. Y como fantasma regresa para dejar un cuaderno escolar con sus escritos.

El diario de Toño Ciruelo, el hombre que podía tener un escribano que iba apuntando las frases célebres que iba soltando al desgaire, no es nada más que lo que dice la novela que es: un discurso vil, titulado: ESTO ES AQUI. 

ADN

ADN

Ahora resulta que los institutos politológicos nos cuentan que hay por lo menos 65 candidatos a escaños al congreso, investigados y cuestionados. Qué modo de fracasar la troika que Fiscalía, Procuraduría y Contraloría, habían armado para cazar corruptos. Qué linda forma de fracasar el intento restaurador del partido Verde.  Si tenemos un cartel de la toga, cómo pensar que no tuviéramos un cartel electoral, que se recicla invariablemente. Si los 65 cuestionados llegaran al congreso, como hipótesis, el 35% de él habría quedado en manos de los herederos, de quienes hoy están en la cárcel, están huyendo, están imputados o cuestionados.

La corrupción en Colombia es hereditaria.

Los bandidos de Córdoba, los Gómez de la Guajira, los Aguilar de Santander, toda la gama de musas y ñoños del país, han señalado a sus sucesores en los cargos de elección popular. Hay una dinastía moderna de la corrupción estructural con historia, que se inició con el frente nacional. La corrupción es un mal histórico, como el partido liberal y el conservador.

Cuando en los años setenta la naciente industria del narcotráfico tuvo necesidad de palancas económicas y políticas, se introdujo al sistema un incentivo perverso a la industria de la corrupción, que hasta entonces se limitaban a robar al estado. Cincuenta años después nos encontramos con algo más que un programa cartelizado de robo por sector, desde los pañales hasta el congreso. Se trata de una conspiración que aun sin coordinación busca co-optar el Estado, al servicio de la corrupción. Lo que en términos prácticos significa quebrar al Estado. Basta mirar cuántos puntos del PIB se lleva la corrupción anualmente. Si corrompieron el sistema de alimentación escolar y le quitaron a los niños las proteínas y las calorías que el estado debe proporcionarles, sin ha hecho negocio con las empresas de salud, con los hospitales, las ambulancias, cómo no ir por todo, si es que la corrupción es hereditaria.  

Justicia corrupta, medios corruptos, congreso corrupto, partidos corruptos. ¿No es signo de una conspiración? Pero si todavía no creen, miren el caso del desmantelamiento de Bogotá, que como un plan de desarrollo, los hermanos Moreno, implementaron de manera consistente y metódica. “Robémonos a Bogotá” fue la consigna implícita. Tenían sede en Miami, edificio propio, avión privado para la junta directiva, tenían agentes en cada uno de los sectores del distrito: salud, educación, planeación, obas públicas, plan vial, servicios públicos, consejo municipal. Tenían una red bancaria para blanqueado. Miren cuánto le costó a Bogotá, la arremetida.  Algo más, mirten la estructura internacional de corrupción que Odebrecht alcanzó a desarrollar como una división corporativa. Una conspiración internacional que llevó a la cárcel a expresidentes y que agitó el cotarro en todos los países de América Latina.     

Un señor Vélez que es el director de Cambio Radical, dijo en una entrevista a la W, que si los miembros de las Farc podían incluir en sus listas a criminales…no alcanzó a sacar la conclusión obvia, que muchos oyentes adivinamos: ¿por qué nosotros no? Y agregó, que había consultado con los abogados de los nominados a listas para congreso, y ellos habían dicho que no existían impedimentos legales.

La pelea contra la corrupción está perdida. No hay contraparte, no hay con quién.

El ateo más famoso del mundo

El ateo más famoso del mundo

El pugilato de la fe y la ciencia que tiene como trasfondo exhibir dos creencias completamente distintas, es mucho más un espectáculo, por el que se cobra y se paga mucho dinero, que un debate servicial a favor de la convivencia entre distintos credos, entre distintas ilusiones.

Richar Dawkins, el “Rottweiler de Darwin”, es un anciano de casi ochenta años que representa a la ciencia, la biología evolutiva, la vanguardia genética, un connotado divulgador del pensamiento científico. Gerardo Remolina es un jesuita, doctor en filosofía, teólogo, latinista y ex rector de la universidad javeriana a principio de siglo. Campeón de la fe.

Me parece que la discusión sobre la existencia de dios, se agotó. Dios existe porque existe para millones de seres humanos que creen en él como lo más importante. Creo que el debate fructífero sería, cómo es que existe dios. ¿Cómo es posible que haya personas para las cuales la existencia no tendría sentido sin dios? Tal vez la mayoría. ¿Y cómo es posible que haya personas que no necesiten de él?

Dawkins promovió la campaña en los buses de Londres, para anunciar con grandes letreros puestos en los costados: “Probablemente no hay Dios. Deja de preocuparte y disfruta la vida”. Se cuidó de que se leyera “probablemente”, y de sugerir que la existencia de dios es una fuente de preocupación que afecta el disfrute de la vida.

No podríamos participar en un debate en el que el punto de vista fuese la afirmación según el cual, el único relato verdadero del mundo es la fe, o la ciencia. Ya no tiene mucho sentido un debate que perdió su sustancia, en la medida en que la ciencia no le pide permiso a la fe para hacer su trabajo, ni la fe necesita de la ciencia para moverse por el mundo. Aunque no puedan dejar de tirarse dardos de manera regular.

Imagino que los dos contrincantes retóricos se ladrarán racionalmente al punto de mostrarse amenazantes. El uno dirá que dios no pasa de ser una ilusión necesaria, y el otro dirá que dios es una realidad viviente y activa. Bastaría que no fuera el dogmatismo la norma con la cual se hacen fuertes en sus posiciones, para gozar de la sensación de haber asistido a un torneo de inteligencia y argumentación.

Pero, por mero realismo sucio, no cabrá admitir por anticipado que cada uno de los contrincantes del espectáculo que darán en Bogotá, Medellín y Cartagena, pueda despojarse de sus propios dogmas, para enfrentarse en la arena de un torneo medieval de la ideología.

Tan necesario puede ser tener una ilusión del tamaño de dios, como carecer de cualquiera respecto a él. La necesidad no se adapta a las condiciones de un torneo.

Que salgan el Rottweiler de Darwin y el Rottweiler de Dios, y den espectáculo. Siempre habrá quien page por escucharlos y sea capaz de aplaudirlos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi padre

 

Mi padre perteneció a la generación de profesionales liberales de un país semifeudal, que adquirió plenamente el derecho a leer.  No diré que fue un “hombre  extraordinario”.  Fue un hombre como otros que me envenenó con la lectura. Siempre supo que el colegio no bastaba, que probablemente lo más importante que yo debía aprender, tenían que enseñármelo él y los libros.

Me condujo al mundo cifrado del texto donde terminé por perderme.   Él fue el responsable de mi perdición, por eso lo evoco de una manera un tanto ambigua, lo recuerdo siempre de una misma edad, y lo sueño con una regularidad que impide que lo olvide.   Fue él quien me sentó en sus piernas y abrió un libro grande para niños, con ilustraciones coloridas, en el que se contaba la Odisea,  me leyó sin que yo supiera hacerlo, señalando con su dedo las palabras que se prolongaban en líneas horizontales a lo largo de la página. Y de la misma manera la Iliada, y si no mal recuerdo la Eneida.

Fue él, quien un día en un pequeño apartamento que compartíamos con mi madre en Bogotá, tuvo la ocurrencia de escribir en hojas de papel amarillo, con tinta muy azul, el nombre de todas las cosas que  nos rodeaban: ventana, puerta, mesa, matera, libro, olla,  juguete, plato, radio, mata, porcelana, asiento, camisa. A mi madre también le pegó una hoja en la que había escrito: mamá. Y fue leyendo con sosegado deleite cada una de las palabras conque había cubierto los objetos que podía tener la pequeña familia de un médico a principios de los años cincuenta. Así creyó que podía enseñarme a leer, y así fue como aprendí antes de ir a la Escuela.

Fue él quien me introdujo, una vez a aprendí a leer, a su biblioteca. Me presentó a los autores, los temas y las ediciones. Me dijo cuáles eran sus libros amados, me contó la historia de los escritores, me enseñó que en cada una de las secciones había un género, me compartió el orden singularísimo con que un lector ordena su biblioteca y me dio las claves para que entrara a ella por donde más gustara.

Fue él quien algún día llegó con madera y herramientas para hacerme personalmente una pequeña biblioteca donde colocó los libros infantiles, los diccionarios y todos los cuentos que había reunido. Y me instó a que los ordenara y los desordenaracv como quisiera. Encima del mueblecito colocó un mapamundi.

Fue también él quien una vez a la semana dio en llegar con tres o cuatro revistas policromas de comics de la época, cuentos que yo coleccionaba. Superman, Tarzán, Archi, Roy Rogers, la Pequeña Lulú y Dick Tracy. El día que llegué a tener algo más de quinientos, los saqué a la calle y a manera de protesta contra una medida de mi madre, los quemé públicamente.

Fue él quien a los catorce años me leyó por primera vez. Me había estado acompañando en el ejercicio de copiar literalmente fragmentos de novelas, un poco de Daudet, Hemingway, Steimbeck, Quiroga, Tolstoi, Dumas. Un ejercicio que hice durante un par de años, antes de atreverme a escribir mi propia historia. La hice para darle una satisfacción a él, lo hice porque de tanto haber leído, me había entrado la gana de hacer lo mismo que los autores que admiraba, lo hice porque aún no sabía  que para escribir es necesario tener algo que contar.  Cuando después de varios meses de estar encima de la historia, hice un limpio en una máquina portátil de escribir -Hermes Baby- que me había regalado, fui a entregarle diez cuartillas mecanografiadas con él índice derecho durante varias jornadas. Se caló las gafas, interrumpió lo que estaba haciendo, y se dejó llevar en el rio de palabras que le había entregado. 

Siendo tan joven, siendo la primera vez que alguien me leía, era natural que estuviera muy nervioso. ¿De dónde sacaste la historia? Preguntó. La inventé, dije. No, no la inventaste, lo que has hecho es reunir hechos de todo lo que has leído. No es algo tuyo y debes saberlo. Y así se dio a mostrarme algo que yo ya sabía, que muchos de los pasajes venían de libros que se tomó el trabajo de enumerarme. Pero no importa, es otra manera de copiar, dijo. Y luego tomó un estilógrafo de tinta negra y me corrigió la ortografía y la puntuación. Cientos de errores encontró y los señaló, para que fuera otra vez a escribir la historia con el cuidado de no repetir uno solo de ellos. Fue su manera de enseñarme la ortografía. Sin reglas, sin normas, en el trabajo mismo de corrección.

Fue a él a quien tantas cartas escribí y quien tantas cartas me escribió. Era un hombre más cercano a los “Manifiestos” de Bretón que a los de Marx. Más cercano a “piedra y cielo” que al liberalismo, a pesar de haber sido liberal y no haber sido poeta.   Él –para entonces–  ya tenía resueltos los problemas con Dios, así que nunca intentó inmiscuirme en la polémica sobre la duda, aunque me legó el más profundo desprecio por los curas y el catolicismo, que a su vez le venía de la historia de su padre, que después de un sermón de un cura en Susacón (Boyacá) en el que había dicho que matar liberales no era pecado, mi abuelo tuvo que huir del pueblo a la media noche. 

En materias de fe, siempre en mi casa bastó con la de mi madre, generosa e ingenua.  A la edad de él se está en paz con Dios, porque ya no se cree  en él, o porque ha sobrevivido la resignación.  

El me dio todo lo que tenía  –incluso su lado más desafortunado–  pero de manera auténtica, con toda la gracia y todo el dolor con que se necesita para formar a un hombre.   Llegó a creer  –en los inicios de su desolación escéptica– que los libros habían hecho de mí, algo que él ya no podía comprender del todo, aun así  un poco antes de morir, me pidió dos cosas: que cuidara de la biblioteca y que al momento de expirar hiciera sonar a todo volumen la Sinfonía del Nuevo Mundo.

Cuentos del desierto

Paul Bowles, de origen alemán, nacido en 1910, fue un escritor norteamericano que vivió la mayor parte de su vida en Marruecos, donde murió en 1999.

Los cuentos del desierto, publicado en 1957, es un libro de ocho relatos, en donde Bowles, a la manera de los nómadas, no reconoce fronteras entre el cuento y la crónica. Tan “crónico” se pone, como en el último, El Rif, por la música.

Desde el nombre encierra un misterio como los de las Mil y una noches. Es una consigna para el pueblo Rif, un llamado por su música, sus instrumentos, las agrupaciones únicas y singulares. En las tres primeras páginas informa, editorializa, luego bajo la forma diario, opina y narra, unas veces en primera y otras en primera plural. Pero informa y narra como lo hacen los escritores. Con un ritmo sostenido que deja que el lector se escurra como sobre una sábana de seda. Termina con el tono de un cuento de Hemingway.

Hay dos relatos maestros, donde se revela, más allá de la catadura de escritor que era Bowles, dos cosas. La frontera nómada de los géneros literarios y la tensión argumental. Ellos son: Delicada presa y El tiempo de la amistad. No importa qué sean. Bowles ha logrado la magia inmensa de contar una crónica como se cuenta un cuento, y contar un cuento como se cuenta una crónica.

Delicada presa tiene toda la visualidad del relato que necesita el cine. Unos personajes definidos en su acción, en su intención, en un escenario abierto, el desierto. Va creando tensión en espiral, 

 

 

 

 

 

 

 

 

El hombre más buscado

El hombre más buscado

La contradictoria inteligencia occidental. La guerra entre agencias. El combate entre cualquier versión y la versión. La inteligencia y el poder, que como demuestra el libro y el film, no van necesariamente juntas, a dios gracias.

Había dicho que el testamento de P.S.Hoffman era  El bolsillo de dios. Y ahora agrego, que El hombre más buscado, hace parte del legado final.  La primera se estrenó en enero de 2014 en New York, la segunda en junio del mismo año, en Eslovenia.

El autor: John Le Carre, una firma en la novela. P.S.Hoffman, otra firma de la actuación, le da su sello al film. En la primera escena, Gunter, el jefe de una unidad de inteligencia anti islámica asentada en Hamburgo, parece un alcohólico, un ser decadente y abandonado, pesado, aletargado, manteco. Sostiene una conversación telefónica en la que se delata al “contacto islámico”.

Un chechén de apellido ruso, Karpov, ingresa subrepticiamente a Hamburgo. Una vez detectado, prende todas las alarmas en Alemania. Hay una historia debajo de otra, un buen ejemplo para el “teorema de Piglia”. La historia generacional, el padre de Karpov y el padre del Banquero Brue. La historia que interesa a Gunter.

El hilo que mueve las distintas tramas, es la relación entre Gunter y la Jefe de Inteligencia de la CIA en la embajada en Berlín. Un juego tensionado de inteligencia y sobrentendidos, desde que se conocen, pero que aporta el punto de giro para la resolución.

No hay disparos, no hay torturas físicas, pero la maldita película tiene una dosis de violencia simbólica, psicológica, retórica, tan alta, que el espectador termina siendo su víctima.

Ni siquiera hay trompadas. En la escena del bar, los lugares oscuros que gustan a Gunter, a donde ha llevado a la norteamericana, un hombre grande se levanta y ataca a su mujer que ha estado bailando sola, la abofetea, tres, cuatro veces. Gunter interrumpe la conversación, avanza pausado, se acerca al hombre y con el borde doblado del antebrazo lo impacta una sola vez, se derrumba de inmediato. Regresa, sin haberse agitado siquiera, y continua la conversación tal donde se había interrumpido.

El gran Gatsby (gG)

El gran Gatsby (gG)

En una encantadora tarde de taller con los palabreros estuvimos conversando largamente del libro de Scott Fitzgerald. Habíamos hecho una lectura en común del libro y habíamos visto una de las siete versiones cinematográficas que se han hecho. En la que Robert Redford, es Gatsby, Jay Gatsby.

El gG fue publicado en abril de 1925. Recibió elogios y palo, más palo que elogios. Para abril del 26 había vendió 20,000 copias. Fitzgerald murió en 1940, creyéndolo un fracaso. Terminada la segunda guerra, el libro se leyó con otros ojos. Hasta se convirtió en parte del plan de estudios de la escuela secundaria estadounidense y tuvo numerosas adaptaciones teatrales y cinematográficas en las siguientes décadas. Es mi hipótesis del “fracaso”, que siendo las mujeres las que más leían novela entonces, encontrasen en la de Scott, unas mujeres que les disgustaron, no representaban nada admirable, para muchas lectoras eran afrentosas a su moralidad, es decir, a la costumbre de ser mujeres distintas a las de la novela. gG es tenido como un clásico contemporáneo, la "gran novela americana". En 1998, la junta editorial de Modern Library,  la declaró la mejor novela norteamericana del siglo XX.​ (!!!)

Asaltamos la obra por todos los lados, la trama, sus personajes, por el reflejo del autor en ellos, por la época, la riqueza, el jazz, y el amor. Un ejercicio de punto de vista que mostró la participación de las lecturas distintas y generosas que un grupo homogéneo de lectores, hizo del gG.

Para mí, lo que hace Scott, es un retrato de clase de la época, un fresco realista de la sociedad de su tiempo. Sitúa la gran escena en la próspera Long Island durante el verano de 1922. Cada personaje es una fotografía de su clase, una caracterización representativa. No es extraño que el retrato le hubiera salido tan nítido, menos por un influjo ideológico, que porque era capaz de leer el corazón humano.

Miremos en detalle quienes son los “tipos humanos” de la foto, en el escenario, en la época. Veamos.

Nick: es el narrador de la historia, un narrador demasiado impertinente, que como tal no debería haberse inmiscuido con los personajes, pero terminó haciéndolo, porque Scott estaba innovando. Nick, es el celestino de Jay, un sumiso comodín, el oportunista perfecto, no toma partido y como tal termina siendo cómplice de todos. No interviene, es medio taimado y servicial. La clase media retratada, en su dulce adaptabilidad, usando la figura de un sobrio veterano de la primera guerra, egresado de Yale, que termina vendiendo bonos.

George: para él lo que más importa en el mundo, o lo único, es su mujer y su gasolinera. Es un pequeño propietario, un trabajador independiente, de la clase baja. Un hombre discreto, tímido, respetuoso, temeroso, con unos cuernos olímpicos que le puso el rico del pueblo. De todos los personajes, es el único que trabaja. Lo que ya dice mucho.

Daisy: la linda trepadora, veleidosa y lánguida arribista. Parece una pava de la Inglaterra posvictoriana con dejos aprendidos, ironía falsa, aire postizo, de una belleza banal, y dueña de una frivolidad exitosa que la llevó a convertirse en la esposa del rico del pueblo. Por el dinero haría cualquier cosa. Proviene de esa clase media de Kentucky, en la que para las mujeres la meta era pillar un millonario. No importa que no lo ame, es rico. Jamás se comporta como una madre.  

Tom: el rico del pueblo, un imbécil con dinero, patán, tosco,  y capaz de jugar polo, el deporte de los reyes. Tiene la casa, la fortuna, a Daisy y a una hija, pero también quiere tener a la mujer de George. Con la que seguramente se siente mejor en la cama, que con Daisy. Tiene el aire de un niño grande y bruto. Creo que es el personaje con el que Scott cobró la mayor venganza.

Myrtle: es la versión popular de Daisy. Trepadora de barriada,  daría lo que fuera por librar su vida del matrimonio con George. Es una muchachita ordinaria de la clase baja que ha tenido la fortuna de que el rico del pueblo se fije en ella. No le importa que en medio de una fiesta la abofeteé, casi con orgullo. Ella arrastra el mismo vértigo de la muerte, que arrastraba Madam Bovary. Ambas intentando librarse de sus condenas provincianas para llegar a ser “libres y felices”.

Jay: es el nuevo rico, cuya fortuna proviene de negocios non sanctos: contrabando, apuestas, tráficos ilícitos que lo convirtieron en alguien más rico que el mismo Tom. Durante la guerra conoció a Daisy y se enamoró de ella, a su regreso la encontró casado con Tom. El haber comprado la mansión hace parte de una estrategia para reencontrase con Daisy, utilizando al imbécil de Nick, que es su primo segundo. Ah, y hace unas fiestas de lavandería para que la clase media rica y los ricos del lugar vayan a su casa, solo para observarlos desde la ventana de su estudio en el segundo piso. Un manipulador social que mueve los hilos, pero no quiere involucrarse con gente que es capaz de dejarse invitar a su casa. Gente a la que desprecia, como Tom.

Scott no puede evitar poner distinta luz y oscuridad en la forma como construye a los dos ricos. Jay, es el antípoda de Tom, discreto, sobrio, elegante, con la madurez envidiable que le hubiera servido para seducir a cualquiera de sus invitadas. Dueño de un pasado turbio, que no se le niega a ningún nuevo rico. Y que parecería acrecentar su enigmático encanto.

No sé, o sí sé, por qué terminó el foro del gG con el asunto de la moral y la ética. Debimos haber puesto en la mesa el asunto de las costumbres, tamizadas por los filtros de clase y de época, a la luz de un ejercicio que consistía en poner a jugar juicios estéticos en grupo.

Siempre me ha parecido curioso, que todavía de viejos, nos sigamos haciendo la misma verraca pregunta sobre la diferencia entre ética y moral, como si desde que nos la propusimos por primera vez en la primera juventud, no la hubiéramos podido responder. ¿Será que somos amorales y no nos hemos dado cuenta? 

La crónica

La crónica

El Camaleón

La Crónica, género que exige una mirada puntiaguda, audaz, subjetiva y arrasadora.

La Crónica, categoría fantástica y real del periodismo que dota de condiciones subjetivas e ilusiones vividas a aquellos lectores condenados al olvido.

Señora atrevida que se pasa por encima de todo, con el singular propósito de derramar su glaseado de magia sobre lo denominado verosímil.

Dama capaz de danzar en medio de hábitats desconocidas, con un lente objetivo programado para congelar y evolucionar, hasta armarse en un sinfín de historias, que mas se podrían definir como una artillería a favor de la memoria humana, que como un genero en contra de la realidad.

Niño desprovisto de mentiras que, a cambio de robots, exige juguetes sin caducidad narrativa.

Niña abastecida de delicadeza subjetiva, danzando en puntas con zapatillas de ballet oriundas del desorden, la miseria, lo monótono y lo transparente.

Señor de exuberante bigote que, se oxida al no poder ver los colores de un semáforo que puede detener o acelerar al mundo. Un semáforo conocido como lobo, como luna, como asfalto, o quizá como preferirían llamarlo en este universo: El semáforo de la mentira. De la romántica mentira que se esconde bajo el manto azul y negro circulante que se destapa por encima de todo lo multicolor: Sangre, traición, sonrisas, tristezas, amores furtivos, caparazones, y en medio de todo -humanos-, seres que te escriben y te usan para mostrar su realidad, seres con el poder de nombrarte ‘Crónica’ sin siquiera haberlo preguntado.

Crónica, si de poesía ha de hablarse como el género de la vida, de vos yo alardearé como la dama de los mil cuerpos. Así que también es poesía lo que emerge de tu piel cuando las palabras no conjugan.

No es este un derrotero de adulaciones propias hacia ti. Es mas un respeto y una venia por tan sincera belleza otorgada a la realidad de un periodismo parpadeante y trémulo a cargo de los ciegos. Aquellos carentes de facultades oculares en el alma, aquellos incapaces de distinguir una historia real bien estructurada en su plenitud, de un sinfín de narraciones tediosas que dan cuenta -solo por encima- del día a día que ya se conoce.

¡Y si por esto he de ser castigado!  entonces sembrarme al lado de Tom Wolfe o de Truman Capote.

Pero recuerda, primero debes darte a la tarea de hallarme, ciego. 

Historias de mujeres

Historias de mujeres

Rosa Montero, faltaba más. Quince biografías de mujeres que muestran lo que la autora llama la “vida invisible”. Veamos.

“Sir” Agatha Christie. En los libros que escribió bajo el seudónimo de Mary Westmacott, hay una idea definitiva, que además está instalada en su vida: la realidad es discontinua. La idea de que de pronto y por alguna razón alguna vez nos encontramos con las fisuras del mundo. Se pasó la “vida inventando maneras de asesinar al prójimo”.

Para Mary Wollstonecraft, la pionera de los derechos civiles de las mujeres, solamente hay dos cosas irreversibles: la muerte y el conocimiento.

Zenobia Campubrí, era una de esas mujeres que llaman amor a cualquier cosa. Fue la víctima propiciatoria de ese engendro español de Juan Ramón Jiménez.

Simone de Beauvoir. Nathalie, una de sus amantes, dijo  que era como un reloj en una nevera. Su padre le había enseñado el “patético desdén por la humanidad”.

Lady Ottoline Morrell. Su lado visible es de un patético excentricismo, estrafalaria, feísima, marchita, con el pelo teñido de rojo y el rostro empañetado. Sin embargo, fue una mujer que se convirtió en personaje en las obras de Aldous Huxley, D.H Lawrence y Graham Green.

Alma Mahler, la más vienesa de todas las vienesas. Coqueta, culta, inteligente y original. Pieza decisiva en la vida de Mahler, Kokoschka, Gropius. Detrás de ella también estuvieron Klimt y Hauptmann. Cuando se enamoraba inventaba en el otro la perfección.

María Lejárrga fue la mujer de Gregorio Martínez, uno de los dramaturgos más importantes de la España de principios del siglo XX. Sintió su derecho como un pecado.

Laura Riding. La locura negra. La típica autora maldita. Bruja moralista. La maldad esencial. El alma más oscura.

George Sand. La mujer que para pasar tuvo que disfrazarse de hombre, ser hombre. Y aunque todos sabían que era una mujer la que escribía sus libros firmados con seudónimo, ella tenía que seguir escribiendo en masculino.

Isabelle Eberhardt. Escribo como amo, porque probablemente es mi destino. Lucidez y alucinación se tocan. Anoréxica convertida al Islam. Víctima de otra orden islámica.  Una mujer vacía que podía llenarse alternativamente con occidente, oriente, razón, alucinación, ciencia y magia. Cuanto más se esforzaba por ser, más se destruía.

Frida Kahlo. Debió hacerse artista para reconstruirse. Si hay alguien que sea la prueba de que todos llevamos la muerte consigo, es ella. La víctima de Diego Rivera.

Aurora y Hildegart Rodríguez. Madre e hija. La novela de mi vida. Una historia secreta y asquerosamente sórdida. Aurora llegó a creerse dios y designo a Hildegart como su hija encarnada que vendría a ser la redentora de la humanidad. Y a la que asesinó en 1933.

Margaret Mead. Revolucionó la antropología. Hizo preguntas que nadie antes había hecho. Fue la que puso al descubierto que las diferencias relativas al sexo no son naturales e inmutables sino que son elaboración cultural. Los últimos veinte años los compartió con Rohda Metraux. Terminó sorda y logorréica.  

Las hermanas Brontë. Naturales de Harworth, al norte de Inglaterra. Eran miopes, cultas, poco agraciadas y pobres. Escribieron con mucho más éxito que el que hubiera tenido cualquier autor en un mundo en el que la escritura es de los hombres. Triunfar en el anonimato y morir pronto.

Y naturalmente Rosa Montero, que al escribir las biografías literarias ha dado una lección de comprensión profunda del ser femenino y con un estilo poderoso e iluminador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El idioma materno

El idioma materno

85 fragmentos, entre relato, cuento, ensayo, columna, diario, conforman una unidad sin fronteras, donde el escritor transgrede con armonía los espacios y las técnicas de los géneros, para concederse  la libertad de producir un híbrido de muchas cabezas, en el que la constante es la buena escritura, una prosa hechizante.

El autor se llama, Fabio Morábito, un señor nacido en Alejandría, que terminó viviendo y siendo mexicano. Se trata de un libro que tiene que ver con la lectura, la escritura y la narrativa. Se puede leer en cualquier orden, una invitación al desorden, que siempre se agradece al autor.

Lo que hace Morábito en su libro es compartir un ejercicio de economía y velocidad. La capacidad para decir mucho en poco. La capacidad para ir al grano, para reducir de su prosa los ruidos fatales, para sostener un ritmo –un movimiento acompasado– que no deja escapar al lector, como una especie de fuerza centrífuga. Llega a la curiosidad neurótica de terminar todos los textos en el mismo número de líneas, página y tercio. Técnicamente todos podrían leerse en el mismo tiempo.

Un delicioso libro híbrido, unos textos muy buenos, otros, buenos y otros malos, como en cualquier libro. Aun así, todos escritos con la intención de seducir.

Morábito, un seductor nacido en Alejandría.

 

El nido de la serpiente

El nido de la serpiente

El nombre de Pedro Juan Gutiérrez se asocia con el de un disidente que no puede vivir sin Cuba. Un escritor que no necesita, ni quiere  hablar mal de la sociedad, del régimen, del estado, de la revolución; él va como un cronista callejero caminando por las calles, los parques, el malecón, los edificios, las habitaciones, los baños y las terrazas, que son el ombligo de su Habana. Viéndolo, escuchándolo, oliéndolo todo. Para luego escribir, sin pretender hacer literatura.

Pedro Juan y Leonardo Padura no podrían vivir en otro lugar que no fuera La Habana, la nostalgia los mataría, no son sin esa ciudad, que han contado en miles de páginas. Se deben a ella. Sus obras ganaron el interés internacional de lectores y editores; salieron de la isla y son leídas por miles de personas en el mundo.

En El nido de la serpiente hay un “viejo truco” que consiste en utilizar el material de la vida del autor y de la de quienes en algún momento de la vida se le cruzaron, y hacerlo pasar por ficción, para evitar caer en la vanidad extrema de la autobiografía, o como un recurso para no tener que responder civilmente. Poquísimo importa si es un encubrimiento con la ficción, una crónica o un cuento.

Y el recurso primero de la autoficción de Pedro Juan, la primera persona. La misma fuerza fluida que arrastra al lector, con la primera persona de Bukowski, Miller, El extranjero, La Náusea, Viaje al fin de la noche, El Pozo. La confesión, la cercanía, la falta de escrúpulos al compartir nuestra propia luz y nuestra propia oscuridad, el exhibicionismo íntimo, el regodeo de la privacidad extrema, la confesión desamparada, la falta de intermediario narrativo. El autor y el lector a solas. En un cuerpo a cuerpo en el que todo conduce a que no haya secretos.

En las viejas novelas el autor todavía se camuflaba bajo el nombre de un personaje, Ferdinand Bardamú (que toma de Celine el segundo nombre), Ronquentin y Mersault. Pero en la tradición de cronistas de sí mismos, Miller, Bukowski, Pedro Juan y nuestro Fernando Vallejo, son ellos, solo una primera persona innombrada que saca toda su fuerza, sus cojones, su vigor, de la fuerza de la vida, del dolor y la dicha reales del autor.

El nido de la serpiente, como todas las novelas en la línea de los personajes ausentes, aburridos, ajenos, extrañados, es una novela de lo cotidiano, del día al día (La náusea se narra en formato diario), que bajo la forma de “memorias” cuenta  la vida de un muchacho entre los diez y los veinte años, en la década de los sesenta en Cuba. Una novela de la primera década de la revolución, desordenada, costosa, convulsiva.

Dice Pedro Juan en la novela que “escribir es un oficio diabólico”. “El escritor perfecto es una fantasma invisible. Nadie puede verlo, pero el tipo escucha y ve todo. Lo más íntimo y lo más secreto de cada persona. Atraviesa paredes y se mete en el cerebro y el alma de los demás. Y después escribe sin miedo. Tiene que arriesgarse. El que no se atreve a llegar hasta el límite no tiene derecho a escribir”. La más pura destilación del pensamiento de Miller sobre el oficio.

Se lee como una confesión visceral, que hace doler, que hace reír.