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Alberto Rodríguez

Hermanos de tinta

Hermanos de tinta

Lo que más me gusta de la novela de Nahum Montt es la osadía. El autor no tiene empacho en imaginar un encuentro después de la guerra, no tiene empacho en hacer coincidir en Valladolid, al manco con el maldito inglés, cuando el uno ya ha escrito Hamlet y el otro el Quijote. Pero su osadía argumental lo hacía correr un riesgo rotundo, del cual era consciente, y que lo tuvo casi cinco años escribiendo desde las tres de la madrugada hasta la hora en que las musas naufragan. Fracasar en el encuentro, lo sabía, es lo más fácil, pero también lo más aterrador, para alguien que va para su tercera novela en un mercado tan difícil.

Todo el tinglado de preparación para el encuentro está hecho de  intrigas pueblerinas, maledicencias, estafas, palizas, calabozos, putas, casinos y licor Y no hace falta ser pesimista, para pensar que en uncuentro de los dos duros, muertos el mismo año, la escena pudiera echarse a perder con toda honradez. 

Entré con la maleducada expectativa de asistir al encuentro, pero un maldito anillo, artilugio de hilo, que gusta tanto a los novelistas negros, me aplazó más allá de mi pobre paciencia, el espectáculo. Pero debo decir, que valió la pena.

Nahum Montt - un hombre con nombre de novelista -   descubre en el capítulo XII, el recurso para alejar el encuentro, de los lugares comunes ceremoniales, de los clichés históricos, o de las cultas parodias de actualización. Sin más, lo contó en clave de western.

El capitulo XII comienza con Cervantes montando su caballo para largarse del pueblo tras una paliza que le han dado. Ofrecieron ochenta coronas de recomopensa, por su cabeza y la de Shakespeare. Remonta las colinas de Valladolid y se dirige al Monte de los Susurros. "...un rufían en plena huida". "Pero más que escapar tenía la sensación de estar avanzando hacia una trampa". Vio el sauce de los condenados en la cima. "Lo demás era tierra roja y seca", "tres cuerpos borrascosos colgaban de sus ramas". Sobre la tierra al menos doce cadáveres momificados. "... se encontraban detendios en el corazón mismo de la muerte".

Avazó hasta donde encontró un bosque ralo y "se acostó bajo la sombra de un árbol y apoyó la pistola sobre una de las protuberantes raices. Se cubrío la cabeza con el sombrero y apuntó a la silueta del jinete que se aproximaba a paso lento: un punto negro que poco a poco se agrandó y adquirió la forma de un hombre...".

El exorcista

El exorcista

Una noche de miércoles a la una y media de la mañana, buscando todo y nada, mientras hacía sueño, encontré al azar  en un canal, entre una lista interminable, El Exorcista. Estamos con el padre Merrin en Irak a principios de los años setenta.

The Exorcist  fue el título del libro aparecido en 1972. Su autor, un escritor como muchos, no hizo una gran novela, hizo un best seller. William Peter Blatty intentó hacer un thriller de terror. Y lo que consiguió fue un diablo de pacotilla, que no obstante, aterrorizó a la generación de los sesenta, mostrándoles en él la mala conciencia norteamericana. El diablo vive con nosotros.

Nunca me quedó claro, ni en el libro ni en la película, dirigida por William Friedkin, en 1973: ¿por qué el demonio escoge un típico hogar norteamericano de clase alta, para tragarse a Megan? ¿Qué coños es lo quiere el demonio en Washington? Y una noche, cuarenta años después de que la vi en un teatro asustado y atestado, encuentro en el film a un diablo de opereta, un maligno muñeco de plástico, una máscara verdosa, una plasta de maquillaje hoy apenas creíble, un arquetipo de plástico, un personaje sin construcción, un esperpento aburridor.

 Una maligna deidad atiborrada de poderes: telecinesis, conocimiento del pasado de las personas, exceso de fuerza, el giro de la cabeza 360 grados. Pero aun así, es un pobre diablo, que se deja atar a la cama de Regan, por un médico, o un mayordomo. Y ahí se queda como un perro castigado, mientras el agua bendita de los jesuitas le cae como mierda abrazadora. Se inventaron un diablo con poderes retóricos, al que, para hacerlo manejable en la historia, le cercenaron su auténtica fuerza, la terrorífica credibilidad, el temor mítico.  

De una lado los jesuitas, el padre, el hijo y el espíritu santo, y del otro, un diablo amarrado con lazos de lencería. Y solo cuando el padre Merrin cree haber ganado la batalla, el demonio regurgita a Megan y sale para matar al viejo de un pescozón. Y cuando el jesuita psiquiatra, una mezcla completamente diabólica, entra y encuentra al viejo sin vida, precipita un cuerpo a cuerpo final, en el que le pide al demonio que lo posea a él. Y quién es el demonio para no complacer a un jesuita. Así que lo posé y de inmediato se arroja desde el segundo piso al fondo de unas largas escaleras.

A estas alturas se diría que el demonio fue a Washington a cargarse a un par de jesuitas que se le enfrentaron. No sé si sea suficiente para hacer del libro el éxito que fue, en un año vendió trece millones de ejemplares, o de la película, que se cargó un Oscar.

Es ejemplar el film en la creación de tensión, la dosificación, la acumulación interrumpida, el crescendo de antagonismo, el cuidado de los detalles, los indicios progresivos, la intensificación. Sin embargo, cuando al final la tensión revienta y se produce el sismo de la cama y el desdoblamiento, la tensión se pierde. Todo lo que sigue es un inverosímil, risible y cursi exorcismo contra un pobre diablo, amarrado a una cama como un perro.

Lo más parecido al demonio que se tragó a Megan, es el lobo del cuento de Caperucita que se tragó a la abuela.       

Una gallera bogotana

Una gallera bogotana

La FIL Bogotá 2015 costó 4000 millones de pesos, según fuentes de la Cámara Colombiana del Libro. Y el pabellón de Macondo, se gastó la mitad. Con esos 2000 millones que se invirtieron en una innombrable gallera de madera de mala calidad, improvisada, paródica, esperpéntica,  reducida, incómoda, sin accesos adecuados, sin sonido, se hubiera podido financiar la Biblioteca Gabo, una colección para mil escuelas en Colombia, y haber trabajado la lectura literaria con docentes y estudiantes. Sin embargo, había que conmemorar el año de la muerte. Había que ser más oficiales, que eficientes. A la gallera, más que a la educación. Así es Macondo.

Nadie desde luego, se opone a que las instituciones celebren un año de la muerte del “más famoso de los colombianos”, pero es cuestionable el resultado del pabellón frente a la inversión. El pabellón lo recibe  a uno con un mapa de los lugares imaginarios de la literatura, un túnel con fotos gigantes iluminadas, mientras la voz cansada de Gabo resuena desde bambalinas. Luego la gallera, una réplica burda de una gallera, en la mitad de un gran salón. En la gallera no cabrían más de cien o ciento veinte personas, apretujadas. Afuera había más de quinientas, esperando oír al menos. Pero ni siquiera adentro había sonido.

Una agenda de buena calidad se echó a perder por haber querido darle uso a esa caja de bocadillos beleños, donde los creativos, pretendieron meter a los miles de interesados en asistir. La gallera sobraba, inútil y costosa, no tanto desde luego como debió haber sido cotizada. Los lectores de Gabo nos merecíamos un salón grande, para que la conmemoración hubiera sido masiva. El “folklorismo” de los diseñadores, curadores, pintores, escritores, fotógrafos, montajistas, en el intento fallido de encontrar la atmósfera de Macondo en el pabellón, es tan pobre como la muestra de periódicos, revistas, primeras páginas, fotos, dedicatorias, cartas, de Gabo.

El anticuario de la memoria rodeaba la gallera. Pero los gallos jamás se escucharon. Tal vez el de una rabación que dejó oír a lo lejos un gallo destemplado.

La celebración FIL de Gabo en Bogotá 2015 es una revelación aparatosa y sin alma del espíritu institucional de la cultura oficial, que a su modo, celebra un año de la muerte del escritor. E insiste en la intentona de forjar una especie de culto a la personalidad del autor, más que de reconocimiento a su obra. Lo primero es fácil, basta un presupuesto, unos contratos, y el aval oficial.

Qué pena con Gabo, si se hubiera levantado de su tumba para haber ido un fin de semana a la FIL Bogotá, a ver el esperpento conmemorativo de Macondo. 

Uno más

Uno más

Un paro de maestros más, por lo mismo, dinero. Si el paro se hiciera por calidad, sería permanente e indefinido. Un paro de maestros de la educación pública, es algo tan colombiano, como el pan de la tienda de la esquina, el saqueo al presupuesto público, la arepa y el chorizo, o el fútbol. Los paros de maestro los conocemos desde la primera mitad del siglo pasado. Siempre faltará dinero para cubrir la demanda, es decir, pagar los maestros y costear el proyecto educativo. En esa medida, el costo educativo en Colombia es muy bajo, primero porque paga mal a los maestros, y segundo, porque no invierte en calidad. Las constantes políticas del Ministerio de Educación, sea el ministro un señor homofóbico, de chaleco y gafas de carey, o una linda lesbiana de gafas acorazonadas de gata.

Hasta que el gobierno de Santos no entendió que la condición para que Colombia entrase a ser parte de la OCDE, era subir la calidad, no pensó en serio en buscarle contrapartida al proyecto educativo. Debieron contratar al director General de las pruebas Pisa, pagado por los países miembros de la OCDE, para que viniera a redactarles la agenda programática de calidad. Pero en un país que es el tercero más corrupto del mundo, después de México y Filipinas, y en la lista de Transparencia Internacional 2014, está el puesto 97 entre 175 naciones, las posibilidades de financiar el programa de calidad, son prácticamente nulas.

El Congreso no autorizó, que la solución financiera a la endemia del conflicto docente, se incluyera en el actual Plan de Desarrollo. De entrada les iban a hacer conejo a los docentes. Así que la situación hoy es perfectamente comprensible: nueve millones de niños sin clases, 300.000 maestros parados, suspendidas las conversaciones, diferencias porcentuales irreconciliables para el acuerdo, una negativa rotunda del Ministro Hacienda.

Arreglar a los maestros no es como arreglar a los paperos o a los transportadores. Todos vitales para la economía. Pero sin duda, el paro del sector educativo tiene un mayor impacto, porque hace fracasar la condición reivindicativa de la educación como clave para el proyecto de paz. Un paro le quita razones al prospecto de ingreso a la OCDE. Y muestra que la elevación de calidad, que pasa por la sostenibilidad de la nómina docente, no tiene muelas. Sigue siendo un saludo a la bandera.

Al gobierno y a la linda Ministra de educación, les va a tocar aceptarles todas las colas petitorias a Fecode y dobletiarse en su propuesta financiera, para que una nueva sentada tenga visos de aceptabilidad. Les va a tocar renunciar a lo que consideran una actividad inherente a la elevación de calidad: la evaluación docente.

Y bien que harían en quitar el requerimiento evaluativo, de la manera que lo han propuesto, que en Inglaterra llevó a al paro más largo de la historia del magisterio oficial, la evaluación docente. Porque, si la hicieran bien, y tuviera efectos de contratación, habría que echar a más de la mitad de los maestros. Y porque la forma más inteligente de evaluar a los maestros es evaluando a sus estudiantes. Las pruebas Pisa, Saber, Icfes, Censales, Ekaes, evalúan a los estudiantes, pero lo que en realidad muestran, es que los docentes se rajan.

Si quieren saber qué tan bueno o malos son los maestros, evalúen a los estudiantes a su cargo.

Encerrona informativa a la sociedad civil

Encerrona informativa a la sociedad civil

El objetivo de un cese unilateral del fuego es presionar al enemigo al cese, para un alto al fuego bilateral, mejor como anticipo que como consecuencia, de la firma de un acuerdo para la terminación del conflicto. En principio parece una medida inteligente, dejar de disparar. Salva vidas de los contendores y de la sociedad civil. Pero a la sociedad civil se le propone una pregunta, que el gobierno y las Farc, deberían haber respondido ya. ¿Cómo se verifican los ceses unilaterales al fuego? ¿Quién los verifica? A no ser que agentes neutrales - fuerzas internacionales de monitoreo - se “enrolaran” en las filas de cada uno de los bandos, no hay forma de saberlo. Los primeros partes del frente - mediados por los medios -  que nos llegan sobre las violaciones al cese, son de la contraparte.

El gobierno describe la acción de Buenos Aires en el Cauca, como una “masacre” a sangre fría. Eran más de las once de la noche, llovía, rayos y centellas saltaban en el firmamento, la luz en el pueblo se había ido. Los “soldados de la patria” dormían en un salón prefabricado sobre un montículo a la altura de la línea de fuego enemiga. De repente, un ataque combinado por tres flancos con granadas y fuego abierto, se abatió sobre el salón.

Las Farc, que normalmente se comportan de manera más oblicua que el gobierno, no son claras, tajantes, demostrativas en sus argumentos. O la información no fluye bien  entre ellos, o los hechos no les permiten ser claros y directos. El incidente se dio en una zona donde en los mismos días se habían desarrollado combates. Al extremo oeste del departamento, en línea recta con Santander de Quilichao. El cese unilateral, de hecho se había roto en la zona, las Farc  estaban respondiendo al ejército que hacía patrullaje antinarcóticos de rutina. Informan, de manera destacada que la unidad atacada en el salón no recibió apoyo aéreo. También, y de hecho, los bombardeos habían sido suspendidos por el gobierno.   

¿Cómo nos orientamos en medio de versiones de guerra? ¿Cómo tener una mirada precisa a partir de información imprecisa y fragmentada? Los hechos nos llegan como los hechos de las partes, actores armados o desarmados. Una simple adhesión sin argumentos ni motivos, con alguna de las partes, quizás alivie el conflicto informativo, pero no salve la responsabilidad civil.

Los profetas malignos, han vaticinado, que estaríamos en el punto más crítico de las conversaciones, lo que bien podría llevar a que se rompiera el proceso. Los profetas benignos, dicen, que es uno de los tantos sapos que tendremos que tragarnos, para hacer que las Farc retorne a la legalidad. Un sapo venenoso que se les obliga a tragar a las familias de los muertos en combate.

Las conversaciones están paradas en la discusión sobre las penas, el punto más excitante que tendrá que resolver la justicia transicional, el modelito que el Fiscal escogió para ajustárselo al proceso, lo mismo que el gobierno de Uribe hizo para con los paramilitares que se reinsertaron.

Yo, como sociedad civil, me declaro desinformado, víctima de manipulación informativa. Todo lo que nos llega está mediado por intenciones políticas del gobierno, de las Farc, de los medios. Es información parcial, recortada, editada, intervenida, dictada.

La forma como interpretamos y comprendemos el conflicto depende en una buena medida de la información sucia que nos llega. Carecemos de fuentes directas. Incluso la población civil en áreas de conflicto, siempre que los medios llegan hasta ellos, nos dan una información presionada por las partes. Lo que un campesino diga ante las cámaras de un noticiero, le puede costar la vida. No se me hace extraño que en esta guerra, como en todas, todos tengamos que estar sesgados. Una aceptación de parte de que en toda guerra lo primero que se pierde es la verdad.

 

Relatos salvajes

Relatos salvajes

Relatos o cuentos salvajes es una película argentina rodada en el 2014, producida por los hermanos Almodovar y dirigida y escrita por Damian Szifrón, nominada en la categoría de mejor película extranjera al Oscar. Y naturalmente, con el sello actoral de Ricardo Darín.

Ha tenido todas las críticas que le quepan, de parte de los críticos de Internet, los espectadores, los que ven cine. La crítica tiene un factor común: la violencia. Para quienes la consideran muy violenta, un mal ejemplo, la película pasa por indiscreta, por “mostrona”. ¿Para qué un concierto de violencia desatada? Una mezcla afortunada del espíritu de Sam Peckinpah, Tarantino y Sidney Lumet.

Pero más allá de la inconveniencia de que el cine muestre la violencia, la venganza, de las cuales tenemos suficiente con la vida, me apresuro a reconocer lo que me produjo más emoción fue la forma particular de contar las historias. Las historias, como tal, pueden ser noticia de cualquier diario o noticiero en América Latina. De los relatos salvajes destaco los relatos, las secuencias de acción que dan todo el valor dramático al fresco de seis historias.

Cada historia es una pieza dolorosa, cruda, una herida abierta, una canallada con abogado de por medio, o a cuchillada limpia de vieja anarquista, o de venganza aérea de Pasternak, o de defecada en el panorámico del auto. Todas las porquerías, derivadas del odio, del resentimiento, de un dolor acumulado, o del amor-odio, como en el último episodio, El compromiso, están tan bien contadas, que termina seduciéndonos la porquería. Tan bien contadas que nos pone en condición, de que la víctima o el victimario que somos, se asome a su propio escena durante 120 minutos.

Es una película para que el espectador no despierte o se salga. Envuelve, a pesar del estupor, en un ritmo de violencia perfectamente domesticada, nuestra, completamente nuestra, con estallido, con estrellón, con dinero, sin piedad. Fue el granuja de Rousseau el que dijo “Los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía”.

El primer relato, Pasternak, no pasa de una comedia mediocre de coincidencias con final dramático, que no deja creer el recurso por el cual, el desafortunado Pasternak, logra reunir en un charter  a todos quienes en la vida lo jodieron, para que como en el reciente accidente de un avión alemán en los alpes franceses, decida encerrase en la cabina y estrellarse con todos esos hijos de puta que le arruinaron la vida. Creo que es un capítulo disuasor, que quiere evitarnos todo el fastidio que sigue a continuación.

No es una película para gozar, es una especie de corrida del velo russeauniano, en un guión perfecto, que muestra de una manera como solo el cine puede mostrar, el entramado de la condición humana, donde se agitan, entre dentelladas,  los cocodrilos del hipotálamo. 

Violette Leduc

Violette Leduc

Era una mujer fea de solemnidad, y posiblemente idealizó su propia fealdad, plenamente reconocida por ella, y a la que atribuyó que nadie la quisiera. Tú no me quieres por fea, le dijo a Simone de Beauvoir, de la que enamoró perdidamente.

Hija natural de una sirvienta, fue criada por su abuela Fideline, la única persona que probablemente la quiso. Nació en 1907 de un padre  al que ni siquiera conoció. Su madre fue desde siempre su desgracia, jamás le dio la mano y durante toda la vida le cobró su condición, la de ser mujer, la de ser fea, la de ser inútil. Su malquerencia y abierta hostilidad la marcó y la hizo desafortunada, dependiente, deprivada con una autoestima miserable. Un ser que lo único que pedía era un poco de afecto. Tenía debilidad por los maricas y las lesbianas, y siempre que se enamoró de ellos, todo terminó en un profundo fraude, que la hizo aun más desdichada. Su inmensa conciencia de la desdicha la obligó a ser escritora. Y sin más, sin haber leído, sin haber ido a talleres, se entregó a escribir a mano en grandes cuadernos empastados, lo único que entonces podía escribir, su vida. “Su desgracia – dice Simone de Beauvoir en el prólogo de La Bastarda – está en no conocer una relación de reciprocidad con nadie; o bien el otro es para ella un objeto, o bien ella se convierte en un objeto para él”.

Los títulos de sus primeras obras, lo dicen todo: Asfixia, publicada por Albert Camus en la colección Spoir, obtuvo un elogio de Jean-Paul Sartre , Jean Cocteau y Jean Genet. La Bastarda,  fue editada por Éditions Gallimard.

El director francés Martin Provost ha insistido a lo largo de su carrera en el retrato de personajes femeninos en desgracia. Violette es su quinto largometraje. Una película cuya narración se construye por capítulos, titulados con el nombre de una persona de su vida.

Emmanuelle Devos, que encarna a Violette en el film, tiene la responsabilidad dramática de hacer que su propia fealdad le preste credibilidad a la fealdad del personaje, sin que   la representación se engolosine en la apariencia física. Más bien al contrario resalta la doble desgracia de ser mujer y ser fea, de manera creíble.

La película comienza con Violette  conviviendo en el campo con Maurice Sachs en los albores del fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras el rompimiento, uno más, se va a París en donde se enrola en el mercado negro de alimentos, que no abandonaría hasta mucho después. Provost va desvelando al personaje, mostrando cómo de manera casi fortuita se convierte en escritora.

El contexto cultural en el que se desarrolla la película es el existencialismo francés, logra un retrato atmosférico, lúcido y taciturno de la época. Curioso resulta cómo el director crea un fuerte contraste entre los escritores que rodean a Leduc y ésta: mientras para ellos todo parece un juego, o una manera de alcanzar notoriedad, en algunos casos impostando demasiado su intelectualidad, para ella es algo mucho más serio, más personal, más doloroso y más vital: su literatura es una forma desesperada de que alguien alguna vez la escuche, de que alguien la tome en serio.

Es un film del que nadie puede salir alegre.

 

La bajeza de las altas cortes

La bajeza de las altas cortes

Mirando las fotografías y los videos donde aparece el ciudadano Jorge Pretelt, merecidamente expuesto a la avidez mediática por el escándalo, le descubro rasgos físicos que me recuerdan a Alphonso Capone, cuando tenían la misma edad.  Aunque sin agregar al parecido el hoyuelo del mentón, a lo Kirk Douglas.

Claudia López definió los acontecimientos de la Corte Constitucional como una vendeta entre bandidos. Agrego: de cuello blanco, toga y corbatas verdes con sirena. Solo les falta la peluca, que en las cortes europeas les daba una dignidad monárquica.

El sistema de las Cortes y los Consejos, que maneja la justicia en Colomb ia es tan impune como el 98% de los casos que ventilan, en el tiempo que les conceden sus negocios privados. Y no me pidan que no generalice, porque si bien hay togados que quizás todavía tengan las manos limpias, no han hecho lo que tenían que hacer, al verse rodeados de cuellos blancos y manos sucias, y eso los hace cómplices.

El sistema judicial es tan corrompido, como el Congreso, el Gobierno, las Farc, los Paramilitares y la Mafia, todos con plural, para que no queden dudas de la altura de su bajeza. Cada poder se transformó en carrusel, al que van a hacer negocios, dinero, a costa de todo. La nueva clase: los capos de estado. El Estado, la Nación y el Pueblo, son su botín. Una clase fagocitadora, para la que la ley es solo para sus enemigos.

Ahora, después de la primera temporada de la telenovela corrupta, en la que de repente se ven enredados varios de los miembros de la Corte Institucional, el Doctor Santos revive la reforma política que se había inventado el Doctor Gómez Méndez, para darle transparencia a la justicia (con minúscula). Se trata de una corte de corruptos con experiencia de al menos veinte años, independientes de las otras ramas, que investigará a los corruptos con fuero. Se discute, ahora mismo, si debería tener capacidad de juzgamiento o no.

Una vez más, el Doctor Santos vende el sofá para resolver el problema. Crear otro Consejo es una variación sobre el mismo tema. La corrupción en Colombia está institucionalizada, es parte del ser mismo del Estado. Es el aroma del tufo natural de la nueva clase.

Los corruptos están devorando el Estado. Y como sigan así, lo van a quebrar y entonces, solo entonces se vendrán al suelo.  

La mutación de los géneros

La mutación de los géneros

Una amiga que vive en New York, con la que he estado hablando en las últimas noches, me cuenta, entre todo lo que me cuenta, de un fenómeno entre la población juvenil de USA, la de sus urbes.

Para decirlo de manera figurada, la virilización de las chicas y la feminización de los chicos, en el rango entre doce a 18 años. Una transmutación de género, cultural, biológica, de roles, de poder entre los sexos. Al punto que una buena madre, ya no se ocupa de cuidar, proteger, acompañar a su niña, sino a su niño. Los peligros que antes corrían ellas, ahora los corren ahora ellos.

Para mí que se trata de la generación Z de mujeres, herencia  de la revolución femenina iniciada por Doña Betty Friedman. De todas esas ideas que vivieron de Europa en los libros de Simone de Beauvoir, y las enseñanzas radicales de Ángela Davis.

Las Pussy Rior, rusas, punkeras, son una manifestación radical y virilizante de la toma de poder de roles. Las Femen, ucranianas, que con su cuerpo protestan, que se desnudan para denunciar, que con sus pechos, como coraza de guerrero, enfrentan al poder, como antes lo hacían los hombres.

Algunos estudios genéticos reportan haber encontrado cromosomas masculinos en organismos femeninos y al revés. La dotación genética de los seres humanos están virando hacia la ambigüedad, hacia la pérdida definitiva de la polaridad, a una velocidad que ignoramos. Cuando desde la genética se advierte la mutación, será perfectamente previsible que tengamos que reconocerla en el comportamiento cultural.

Logramos, en algunos sectores, clases, ciudades, que un movimiento callado, que atormenta a padres y maestros, y uno público, que atormenta a la policía y a los gobiernos, nos muestre a las mujeres, a las niñas, convertidas en aquello que fue el objetivo: la lucha contra los hombres, con todos los motivos legítimos que hubiera. Para ser lo que necesitan ser, necesitan ser hombres. Y los hombres, los chicos de las urbes norteamericanas, un poco cansados del rol, participan de la inversión, se feminizan, se androginizan, al punto de tocar la imagen incierta del Emo. El andrógino del siglo XXI.

Si hay algún personaje en la literatura que muestre a los mutantes genéricos, en sus rasgos, la capacidad de actuar, la autonomía, la fuerza vengativa, la lógica, es Lizbeth Salander, la protagonista de Milenio, de Stieg Larsson. Ella que con un bidón de gasolina y una cerilla consumó para siempre el parricidio.

Quizás, y visto desde comienzos del siglo XX, la inversión cultural de los roles, la transmutación de los poderes entre sexos, sea una consecuencia narrativa, que se impone a la historia, del Orlando de Virginia Woolf, para quien la historia tuvo que ser contada, en un capitulo como hombre y en otro como mujer.

Solo cuando las mujeres sientan y actúen como los hombres, y los hombres nos feminicemos hasta el extremo, volveremos a querer ser lo que somos, sin olvidar que todos somos un poco hombres y un poco mujeres, desde el comienzo. Desde que Eros arrojó la manzana a Afrodita, según se cuenta en el Banquete.       

Pensar sin el deseo

Pensar sin el deseo

Lo que ni la guerrilla ni los distintos gobiernos, en cada fase del conflicto, consiguieron por acción militar directa, los llevó  a tener que negociar.

A ambos les interesa un principio de fin del conflicto. Lo que no quiere decir que cada uno evite sacar ventajas políticas en la mesa. La guerrilla, o el “cartel rojo”, le impuso una política de tierras al gobierno. Le dicto la línea del asunto agrario. En materia de narcotráfico, se pusieron de acuerdo con relativa facilidad, se comprometieron a erradicar cultivos y a no producir ni traficar. Casi nadie se lo creyó, pero igual es una declaración oficial de la negociación. La participación política es clara. Una vez entreguen las armas se les reconocen derechos políticos. Las Farc dicen, no entregamos las armas, las dejamos, lo cual equivale a: las encaletamos mientras vemos qué pasa. La reparación no se va a hacer, se formalizarán los compromisos, se seguirán reclutando víctimas para que vayan a La Habana a hablar con los victimarios. O si se hace, nunca se sabrá en qué año. Las buenas intenciones se perderán en los trámites de la burocracia del pos conflicto. Los académicos publicarán libros negros, libros de la verdad, largas listas de asesinados y desaparecidos. Dejarán constancia histórica. Lo más peliagudo, hasta ahora, es el problema de la justicia. Descartada la justicia ordinaria, para atender la masa del delito, entrará en ejercicio una nueva justicia, que concede algún tipo de status a los excombatientes, y cuyas penas no pasan necesariamente por prisión, lo que se ajusta a la situación de reintegro de una población que estaba fuera, a  la civilidad. La justicia de la transición, aplicable al proceso de retorno de un grupo que al desarmarse regresa a la civilidad. “No vamos a pagar un solo día de cárcel” han dicho las Farc. Y Santos ha dicho que no se puede esperar que sin haber sido derrotados, vayan a dar a una cárcel. En eso ya hay un acuerdo.

De ahí en adelante, profetizo la tragada de todos los sapos, si queremos que los comandantes de las Farc, no tengan que salir por la noche de La Habana a dar la orden a todos sus frentes de reiniciar acciones militares. Que el estatuto de Roma, que la CPI, que la Comisión Interamericana, que la Carta de las Naciones. Nada, para parar la gresca, gobierno y Farc se llevarán en las astas todos los protocolos.

El secreto de la paz está en que de un lado aprendamos a tragarnos crudos los sapos, y que del otro lado paguen el cover de ingreso, respetando las reglas de la sociedad civil.

Si los sapos crudos les saben muy feo, tenemos un menú alternativo: sapo en mermelada.

 

Usted no sabe quién soy yo

Usted no sabe quién soy yo

Un país diverso. Nos atraen las noticias que vienen de La Habana o de Madrid, la baja de los precios del petróleo, la escalada del precio del dólar, el debate electoral en torno a la alcaldía de Bogotá, la suerte del pueblo venezolano, pero también nos atrae la estulticia. El ridículo escándalo que causa el que alguien en estado de alicoramiento sea capaz de decir que es miembro de la CIA y sobrino del Ex Gaviria.

Yo propondría que cuando en un caso de policía el incriminado responda “usted no sabe quién soy yo”, o “usted no sabe con quién se está metiendo”, automáticamente quede detenido por disposición legal. Una ley contra el uso indebido de los apellidos.

Si le creo a Gaviria, ningún imbécil como Nicolás, sería de su familia, dicho enfáticamente con un No en mayúscula. Aunque no estoy seguro que no pudiera haber imbéciles semejantes en la familia del Ex.  

La policía se está dejando manosear, por miedo a los duros, a los senadores, los políticos, los magistrados. En un país en el que la policía renuncia a ejercer la autoridad, escándalos  como los del “agente de la CIA” no le sirven más que a los canales comerciales de noticias. La historia de un gomelo borracho que mete miedo diciendo que es pariente de Gaviria. Razón suficiente para que lo detuvieran.

Solo agredir a un policía de palabra debería dar arresto inconmutable de 48 horas. De ahí en adelante cualquier maniobra debe causar arresto inmediato. Pero una policía intimidada por los apellidos, y no sin razón, es la imagen representativa de un país de apellidos, pocos, pero poderosos.

A Nicolás hay que decirle que la próxima vez que quiera escándalo, diga:“usted si sabe quién soy yo”. Colombia entera lo sabe.

 

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia

En un comentario que publicó en FB, Carolina Sanín, destruyó la película, con meticulosidad y sevicia. Sin duda, nunca ha querido ni va a querer a Raúl González Iñárritu. El mexicano no es de sus afectos, su cine le parece una bazofia, y él le parece un arribista, trepador, que se asimiló a Hollywood, para que le dieran un premio.

Habló tan mal de la película, que me dan ganas de hablar bien. Lo primero que salta a la vista es la lenta y consumada transformación de un director mexicano, en un director norteamericano. Así lo vio la academia. Ahora solo es Inárritu, porque el González suena a latino. Del cine independiente que hacía cuando era un director mexicano, su cine se volvió chic, se ha hecho un director demandado en Hollywood. Un producto fríamente calculado, una máquina de hacer dinero.

La historia de Birdman y el viejo actor que no se resigna al retiro, refugiándose en un viejo y laberíntico teatro, no está del todo bien contada. Debería haber sido Birdman, Birdman, no como una alegoría titiritesca, un espantajo emplumado que aparece como un fantasma o una alucinación de efectos especiales. Birdman, el hombre tras el pájaro. La primera parte. Y la segunda, la locura de montar una historia de Raymond Carver, la locura histriónica, la locura de reparto, la locura de la improvisación, la locura financiera, la locura del preestreno. Pero el guión no puso el foco en el dramatismo del montaje de la obra, una historia  desafortunada de amor, como todas las buenas historias de amor, que salió del cuento   ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? En el que una mujer cuenta que antes de vivir con Mel, vivía con un hombre que la amaba tanto que había intentado matarla. Luego cuando ella se le fue, el hombre hizo dos intentos de suicidio. Todo un drama como materia para el drama de la recreación teatral, pero del otro lado, en el laberinto de la película, el drama del actor con su ex mujer, la hija, el abogado, el coprotagonista. Sin duda, le quedó mejor el revés, que el envés.

Lo del pájaro es muy pobre. La última escena no podía ser más que lo que fue, al revés de la primera, que quiso más la originalidad efectista, que la última escena del actor metido en la armadura del pájaro. Ante lo plausible de un suicidio, aunque suene a lugar común, siempre se mira hacia abajo, pero si no hay cuerpo tirado, se mira hacia arriba.

Una película  que termina en levitación es una película de final feliz. Y tal vez, después de haber desaprovechado la historia de Birdaman, que lo más seguro sobraba, de haber vuelto un amasijo de circunstancias conflictivas la representación de la historia de Carver, no quedaba más que un final feliz.

Una extraña película para cuatro Óscares, un extraño director para su propia película. Un actor que resucita: Michael Keaton. Gonzales Inárritu levitando bajo los cielos de Hollywoodland.

 

 

El hombre de los mil nombres

El hombre de los mil nombres

Una vida de película. Sus dos hermanas esquizofrénicas. Su padre le prestó los 700 dólares con que Walt Disney comenzó todo. Su talento como guionista está reconocido por todos los directores norteamericanos. Dirigió una sola película. Participó de la huelga a las industrias Disney. Fue llamado por la comisión de actividades antinorteamericanas, fue procesado por la derecha evangélica en la cruzada paranoica para eliminar a los enemigos de Norteamérica. Fue encarcelado, en la cárcel conoció al Senador Dexter Jordan, el político más corrupto de la época, de quien se hizo amigo, al punto que le dejó su fortuna. Cuando volvió a Hollywood debió cambiarse el nombre. Estuvo de seudónimo en seudónimo haciendo pequeños trabajos, viviendo clandestino con su madre. Debió haber tenido más de quinientos falsos nombres. El cuerpo de su doble apareció en un auto accidentado cerca a la colina donde estuvo el original Hollywoodland. Se lo dio oficialmente por muerto. Abandonó Hollywood y se fue a viajar, estuvo en México, en Argentina, España, Italia, Francia, siempre produciendo, comprando pequeñas productoras, promoviendo proyectos, buscando directores. Se movió en el cine como productor, la forma más secreta de estar en el negocio. Cuando regresó fundo la Bracket Productions – el nombre de un compañero de escuela - con el nombre de Philip Jacobs. Su nombre puede ponerse al lado de los innovadores, Buster Keaton, D.W Griffith y Charles Chaplin. Regresó, hizo montones de dinero, encumbró su productora y creó una red de pequeñas productoras en el mundo. Pero se hizo viejo. En el entretanto fraguo la venganza contra los que siendo jóvenes fingieron ser sus amigos y a cada una de las queridas porquerías les cobró sin compasión. Empezando por la única mujer a la que amó: Angela Walker. Entre todos los que tanto lo querían, fraguaron su asesinato, a la manera de un suicidio. Su nombre original: Lester Brown.

El trabajo de Ricardo Silva es monumental: el rastreo de las fuentes en USA, el conocimiento histórico, el uso de las fuentes de archivo, la reconstrucción, el relato.

Una vida como la de Lester Brown es la inspiración para una crónica, una novela y un film. Y un autor como Ricardo Silva Romero  se le midió a hacer una crónica biográfica de maravilla, tan buena que se deja leer como novela.

Obligatoria para cronistas y novelistas.

Hotel Budapest

Hotel Budapest

Hay algo muy original en Hotel Budapest, el film de Wes Anderson, nominada a ocho Óscares en la noche de hoy (hasta donde escribo ya se ha llevado dos), y es la falta de estilo. Es un film literario. Está basado en una obra de Stephen Zweig, los personajes son de talla Kafka, el guion reproduce lo mejor de la tradición inglesa de guión, los personajes hablan literariamente. Monsieur Gustav habla como un personaje de Bernard Shaw, u Oscar Wilde. Y la dirección parece de Tarantino. Es una sumatoria creativa y encantadora de influencias, que logra juntar lo mejor, para contar una buena historia de la nostalgia. La muerte de un hotel.

Es un film en el que al comienzo y en muchos pasajes hay un narrador que en off hace un contexto estrictamente literario de la acción del fim. Apela a un narrador, para que por la escritura se pueda hablar de algo que el film no es capaz de mostrar. El cine no lo muestra todo. El narrador contextualiza, organiza el diálogo, moviliza la trama, pone al espectador en un contexto, a través de la palabra. De la misma manera, como es cierto, que hay cosas que el cine muestra y la palabra no sería capaz de reproducir. La particular mixtura entre el modo palabra y el modo imagen para narrar, le da su ángel. Palabra y plano comparten el mismo foco.

Cada personaje es una creación cuidadamente particular, acentuada, marcada por un móvil literario. De hecho ya se han ganado – a esta hora – un Oscar de maquillaje y el de vestuario -, llena de humor, seriedad, malicia y atontamiento, maldad y dulzura. La historia la llevan Gustav y Zero Moustafá. Sus alianzas, sus dominios, la jerarquía, pero también la complicidad, la lealtad, el afecto.

Es memorable desde ya, la escena cuando Gustav logra fugarse de la cárcel y al salir se encuentra a Moustafá que le recita un poema, mientras todos los demás huyen. Y Gustav, paciente, espera a que el botones principal termine, le agradece, le elogia el sentimiento poético, y le pide que, por favor,  busquen donde meterse porque la policía no tarda en llegar.

La historia comienza con la llegada al hotel de un escritor que durante una temporada recala en el hotel, mientras trabaja en su libro. Por coincidencia conoce al dueño del hotel, con el que tiene otro memorable encuentro en el salón de las tinas, en donde se entera que el hombre no adquirió el hotel. Así que como en una novela, invita al escritor a cenar con él, para contarle la historia, que merece ser contada y más precisamente a un escritor.

No está nominada a la mejor película. Lo está para mejor director. Un tipo que tomó lo mejor que encontró para contar la historia que alguna vez contase Zweig.    

 

Plegaria por un papa envenenado

Plegaria por un papa envenenado

En la madrugada del 29 de septiembre de 1978, 33 días después de la llegada al papado, apareció en su habitación el cadáver de Albino Luciani, apodado el Sonriente. El Vaticano, sin el beneficio de la necropsia, se apresuró a informarle a la prensa mundial, que la causa del deceso de Juan Pablo I, había sido un infarto de miocardio.

Es el comienzo de una novela. Tiene los ingredientes: un papa, un banco, un encubrimiento, un asesinato. Con un marco excepcional, el corazón del vaticano.

David Yallup, el cronista inglés, se gastó seis años de trabajo para probar que el Sonriente murió envenenado, por una conspiración de banqueros con clerigman, que se arriesgó a matar a un papa, desde adentro, por estrictos y sucios motivos non sanctos. Todo está en su libro, En nombre de dios.   

Yallup, con su primera crónica, Para alentar a los otros, obligó al gobierno inglés a reabrir el caso Craig/Bentley, cerrado veinte años antes. En el animado debate que provocó en la Cámara de los Lores el libro, Lord Arran dijo: “Una de dos: o David Yallup es el peor bribón que ha escapado a la horca en toda la historia británica, o – en relación con el caso – solo ha dicho la verdad y solo la verdad…”.

Evelio José Rosero tenía veinte años cuando todo ocurrió y estaba enamorado, ni se enteró. Reconoce que 34 años después, el tema del papado detonó con el libro de Yallup. Está muy bien que Plegaria por un papa envenenado, una novela que surge de la lectura de una crónica, vaya dedicada a Sonia María Elizabeth y a Fernando Linero. Imperdonable que no se la haya dedicado a Yallup, aunque lo reconoce en un agradecido epilogo.

Rosero introduce dentro del amasijo oscuro de la “trama” en la que se mueven cardenales como sombras, los mafiosos como Pedro por su casa, y los gerentes de diócesis y giros bancarios abultados, tres recursos con los que escribe la novela: el coro de putas veneciano, el descenso al infierno y el laberinto sagrado.

Con las putas ensambla un contrapunto de voces, una alternancia durante toda la novela, corifeos con el que recrea su condición, frente a ellas, que lo conocen y no le mienten, y están dispuestas a la fe.  

En el infierno, el Sonriente habla con los escritores, con quien más. El narrador se pregunta si ¿leyó Luciani a Kafka? “Somos Goethe, Marlow, Dickens, Chesterton, Petrarca, Scott, Twain” le dicen las voces de los escritores en medio de unas tinieblas espesas. ¿Dónde estoy? Pregunta Luciani. Y ellos le responden: “…estamos en el infierno Luciani ¿en dónde más podrían estar los escritores?”.

Y el laberinto le sirve como símbolo, como brújula inhóspita, como perfil siniestro de lo oculto, los pasadizos milenarios que esconden las voces, los secretos, los archivos, y por los cuales termina perdiéndose hasta la muerte. Al comienzo pensó que eran los sueños de un papa recién investido, luego en la más pura vigilia, se incorporó, atravesó la entrada y descendió por los añosos senderos hasta que llegó a lo que yace bajo la gran piedra de Pedro, sobre la que se levantó su iglesia, el infierno, en su más puro y divino estado.

Banco, vaticano, infierno. Las tres moradas bajo las cuales Rosero, con la madurez de una novelista, nos recrea en el efecto que surtió en él la lectura del libro de Yallup. Una experiencia de lectura que desembocó en el mar encrespado de una novela.

Hablar desde Washington

Hablar desde Washington

La visita a los Estados Unidos de la guardia uribista tiene un propósito político inmediato, relacionado con el sitio judicial que se le está tendiendo en Colombia a Monseñor Uribe. Mostrar el accionar de la justicia como persecución política. Eso le queda bien a la izquierda, a la derecha no le luce.

El Fiscal está en condiciones, con lo que tiene, de capturar a Monseñor Uribe. Todos sus antiguos círculos de gobierno están imputados. El grueso de sus lugartenientes, sus candidatos, están detenidos, son prófugos internacionales, están encausados o investigados. Su primo y su hermano con generosos pasados judiciales, no ayudan con la imagen. Sus antiguos socios, los jefes paramilitares, extraditados por él a USA, cuentan desde las cárceles, cómo fue el proyecto de asociación, cómo se hizo el negocio y entre quienes. Un tipo que es el centro de toda la conspiración, no es una buena persona, tampoco puede ser inocente.

Solo Monseñor, tiene cuentas pendientes en más de cien juzgados. El CD tiene un hacker, al que contrataron durante la campaña para que les diera información sobre los miembros del gobierno y las Farc en La Habana, viviendo en un sótano de la Fiscalía. La ex directora del DAS, organismo tan podrido que fue necesario liquidar, está entre rejas, en manos del Fiscal. Ambos tienen suficiente que decir como para poner en las cuerdas al uribismo, a sus procedimientos mafiosos desde el gobierno y desde la oposición. Y Uribe, tiene por cuenta del Tribunal Superior de Antioquia, una indagatoria pendiente para responder por la masacre del Aro.

Uribe está más asediado que nunca desde el flanco judicial. La acumulación de incriminaciones va a rebosar la copa, lo cual puede demorarse mucho más que lo que cualquier persona de bien podría desear.

Los pasos de animal grande los están sintiendo cerca, así que empacaron maletas de invierno, y Uribe se fue con su bestiario a Washington, a donde van todos los que quieren ser escuchados desde allá, aunque allá no los escuchen. Se fue con la Zorra y la Paloma, que más parece gavilán, a contarle al mundo que son perseguidos políticos. Que el Gobierno, las Cortes y la Fiscalía los persiguen, les niegan garantías, los interceptan – lo que hicieron los uribistas cuando estaban en el gobierno – los reducen a una celada judicial.

En USA, por supuesto, se entrevistaron con los halcones, los gavilanes, los republicanos, los anticubanos, los antiinmigrantes, los que recortan la seguridad social; se reunieron con las huestes más oscuras del imperio, para mostrarse como víctimas de un gobierno con complacencias castro-chavistas.

Un círculo de delincuentes comunes - chuzadores, conspiradores, perseguidores, socios de las AUC durante el uribato, contratadores de hackers, que le entregaron el DAS al paramilitarismo, que infiltraron las Cortes – ahora se ponen el abrigo negro de los presidentes y declaran ante el mundo que están siendo perseguidos, porque se oponen a los acuerdos de La Habana y les repugna la paz con impunidad.

Los hasta ahora impunes, claman como víctimas fementidas, de una "persecución" legal contra su prontuario. Ni un senador republicano del Tea Party, se tragaría el cuento. El viaje se perdió.

El sapo del perdón

El sapo del perdón

Uno de los problemas gordos del posconflicto: ¿qué hacer con la población de desmovilizados una vez firmado el acuerdo de fin de la guerra? La agencia de reinserción del Estado tendrá que tener un plan aprobado y financiado para darle solución a una situación de la que depende el futuro del acuerdo y que reposa sobre el acierto con que la sociedad colombiana consiga reintegrar legítimamente al grueso de los efectivos de las Farc.

Los más románticos dicen que el futuro del acuerdo reposa sobre el perdón. No discrepo, pero la experiencia en Colombia no me deja ser un optimista del perdón. No importa que no se perdone, basta que los antiguos adversarios cumplan las reglas de convivencia establecidas por la sociedad civil.

Que en el fondo de los corazones todo se perdone es conmovedor, pero si no se perdona, porque sobre el corazón no mandan leyes, es necesario sostener los acuerdos, respetar las reglas del juego una vez ha cesado el conflicto. Me parece difícil, sino imposible, que una familia campesina, que perdió a dos de sus niños y dejó sin pies a una niña, por las minas de las Farc en espacios de uso civil, la perdone. Tan difícil, como que Monseñor Uribe perdone a los asesinos de su padre. El perdón práctico significa desminar el corazón.

Pero, eso sí, exijo que las Farc desminen completamente al país, y que la sociedad civil de víctimas no apele a la venganza, como forma de darle curso a su falta de perdón.

La prueba de que el perdón no es un bien generoso, es que nunca, desde las primeras guerras civiles del siglo XIX, hemos perdonado, como se debe perdonar. Un hilo interrumpido de venganzas oscuras se tejió entre una aguerra y otra. Para Tirofijo la guerra comenzó en la venganza que debió llevar a cabo cuando las fuerzas militares le mataron los gallinas y los cerdos.

Los pronóstico respecto al futuro de la población desmovilizada de las Farc, es más o menos así: una parte – no sé pronosticar cuánta –permanecerá en la ilegalidad del narcotráfico, de las bacrim y los paramilitares. Otra parte se reintegrará la vida civil, si se le ofrece oportunidades de reintegración mediante el trabajo. Otra – la minoría – se dedicará a hacer política, los “marxistas”, los del secretariado, los jefes de bloque y sus cuadrillas de escoltas, irán con programa, bandera, por salones, espacios de televisión y prensa, haciendo campaña. Tendrán una circunscripción especial - por acuerdo -  y se sentarán con los legisladores a participar del juego de la democracia, que alguna vez dijeron que querían destruir.

Una opción que sugirió el Presidente fue la de incluir a la población desmovilizada en un cuerpo de policía rural de paz. Sin armas, con un bolillo, dice Clara López. Con caballo, como el cuerpo de carabineros que es nuestra gendarmería. No es una idea nueva, se ha hecho en Irlanda, en el Salvador donde se reintegraron en la Policía Nacional Civil, en Guatemala, y en algunos países africanos. La idea del Presidente salió de una idea que Petro dejó salir casi al desgaire, sobre la reinserción de militares ilegales activos en cuerpos militares legales. La derecha, el uribismo hirsuto, el ministro de la defensa, los periodistas lameculos, lanzaron rayos y centellas contra la idea. Nada de perdón hay en ellos, lejos están de aceptar que perdieron la guerra, lejos de aceptar que se tuvo que negociar y que la consecuencia natural de una negociación es que la sociedad civil, le abra campo a los  efectivos de un proyecto que fracasó.

¿Cuáles son las ideas alternativas? Reinsertamos a cinco o seis mil combatientes en la industria, en el comercio, los escolarizamos, les damos crédito para que se inserten a través del comercio y la empresa familiar? ¿Qué debe hacer la sociedad colombiana con ellos? Solamente si se acierta en la solución del problema de la reinserción, Colombia tendría una garantía real de que el conflicto terminó. De nada nos servirá que tras la reinserción, los miembros de las Farc corran la suerte de los guerrilleros liberales del llano que se reinsertaron con Rojas Pinilla, o de los casi tres mil asesinados de la Unión Patriótica.

Mientras la derecha vengadora que no olvida, no perdona y seguirá condenando después de la firma del acuerdo, no tendremos más que la zozobra de la reactivación del conflicto. Más que en el perdón, creo en el acatamiento a los términos del acuerdo y a las reglas de la constitución, aunque en los corazones trepiden aun los ecos del dolor.  

El perdón es algo de la íntima conciencia, del trasfondo del corazón, que cada uno verá cómo resuelve. Para el Procurador y el uribismo, los conservadores y una buen aparte de los liberales, el perdón siempre será un sucio sapo que no se van a tragar. 

¡Que viva la música! en cine: un collage incoherente de sexo, drogas y violencia

¡Que viva la música! en cine: un collage incoherente de sexo, drogas y violencia

                                                  Rosario Caicedo

“Ante la oscuridad de la sala, el espectador
se halla tan indefenso como en la silla del dentista.”
Andrés Caicedo, Ojo al cine.

“El descubrimiento del cine ha sido lo más importante
de esta pobre vida. Eso y el descubrimiento del miedo”.
Andrés Caicedo, Ojo al cine.

“El  crítico es la única fuente independiente
de información. Todo lo demás es propaganda”.
Pauline Kael

 El 26 de Enero de este año asistí al estreno mundial de la película ¡Que viva la música!, dirigida por el director Carlos Moreno e “inspirada”, como los afiches promocionales lo indican, en la clásica novela del escritor Andrés Caicedo.

Como algunos lectores que me conocen se podrán imaginar, Tenía una profunda curiosidad por ver la película. Este interés no se debía solamente al hecho de ser  la hermana del autor del libro. Primordialmente, se debió a mi profunda pasión por la buena literatura y por el buen cine. Y claro está, mi curiosidad se hizo aun mayor al leer y escuchar  las múltiples entrevistas y declaraciones del director Moreno explicando sus puntos de vista con respecto al poder llevar una obra de tal magnitud a la pantalla. Puntos de vista, debo yo afirmar, bastante sorprendentes. Para mencionar unos pocos—son numerosos –, aquí les ofrezco a los lectores los que más hicieron despertar mi curiosidad:

—El director Moreno en una entrevista conducida por el diario El Pais de Cali, el 18 de Junio del 2013, expresó  que su propósito  no era el de adaptar la novela al cine sino el de desadaptarla.  En sus propias palabras: …”más que una adaptación, es una desadaptación de la obra original”. Vaya, me dije yo…claras sus intenciones.

—En otro ejemplo, ahora nos encontramos al director Moreno paseándose por las calles de Nueva York, siendo entrevistado en video por “Cartel Urbano” en Octubre del 2013…allí, hablando también de la adaptación (¿o desadaptación?) de la novela al cine, Moreno informa a la entrevistadora: “nosotros buscamos ser algo irrespetuosos, porque creo que es la mejor forma de honrarla, porque la obra es irrespetuosa en su concepto. “ Vaya, vaya, me dije yo de nuevo, acrecentando mi curiosidad. Interesante  esta manera de honrar: irrespetando… Ya veré con qué nos encontramos, me dije para mis adentros.

Lo que si comprobé después de sentarme por 100 largos minutos a ver la película, fue que el director cumplió sus predicciones al pie de la letra. Porque la película “inspirada” en ¡Que viva la música! es en sí una completa desadaptación de la corta y  brillante novela que Andrés Caicedo escribió. Para muchos lectores apasionados de su obra, me temo, la película será un desencanto, y para los que no han leído la novela o no saben nada de Andrés Caicedo, a lo mejor les guste o a lo mejor no. Como diría mi abuela, entre gustos, no hay disgustos. Pero para mí, amante de su obra y admiradora de su extraordinario conocimiento cinematográfico, fue una gran tristeza ver la combinación de la desadaptación de su novela a la pantalla. AL CINE con letras mayúsculas. EL arte sobre el cual Andrés Caicedo  escribió con una velocidad que rayaba con el delirio. “Lo que su autor más cultivó: la escritura por, para, desde, en y frente al cine.” (Palabras de Sandro Romero Rey y Luis Ospina en el Prólogo del libro Ojo al cine.) Porque no podemos olvidarnos, ni por un instante, que Andrés Caicedo, escribió sobre cine desde los quince años hasta literalmente el día en que se quitó la vida. Bastante frustrante, lo confieso, el ver este malogrado esfuerzo de inspiración.

Debo reconocer que la fotografía de la película está muy bien lograda  y que el actor que protagoniza al Rubén de la novela captó muy bien la naturaleza del personaje. Pero un buen actor y una bella  fotografía no hacen una buena película. Se necesita muchísimo más. Se necesita una narrativa que unifique todos los elementos que constituyen las distintas partes esenciales de un film. Se necesita que la magia visual y la buena actuación nos conquisten completamente hasta el punto de querer adentrarnos en la pantalla.

 

Empecemos pues, por el principio, como en los buenos relatos. Empecemos por la heroína de la novela, la que le concede la voz, la fuerza, la extraordinaria integridad y coherencia desde la primera hasta la última página. ¿Recuerdan ustedes, queridos lectores, a María del Carmen Huerta, esa fuerza de la naturaleza que nos explica su mundo interior con una bella escogencia de palabras y con tal claridad que el lector entiende la razón existencial de su inevitable y escogida destrucción? ¿María del Carmen, la joven que nos da consejos de cómo sobrevivir una cultura conformista y plagada de censura? ¿La heroína que un lector norteamericano me recordaba hace poco cómo, al leer el libro, ella le hacía pensar en los personajes de las tragedias griegas; esos hombres y mujeres que nos capturan totalmente debido a su belleza interior y al total convencimiento de que ellos no pueden hacer otra cosa que ser completamente fieles a su verdad, no importa lo que esta verdad les depare como destino? Sí, esa María del Carmen Huerta, la María del Carmen del libro. Pues siento decirles, que Paulina Dávila, la actriz/modelo que la personifica,  en mi opinión, no pudo en ningún momento captar la energía interna y filosófica de  nuestra heroina. Si, la señorita Dávila es rubia y muy bonita. Ay, pero nada tiene que ver con nuestra “rubia, rubísima.” Y cuando la escogencia del actor central es errada, pues las cosas se ponen bastante difíciles.

Pero ¿por qué la escogencia fue desastrosa? porque Paulina Dávila, en su primer largometraje, simple y llanamente, no sabe actuar. La señorita Dávila, la misma que hace unos pocos años se hizo pasar por la cantante Shakira y vivió para contar su experiencia en la revista Soho, con video incluido, pelos y señales. Sí, la Shakira de mentiras, la actriz de telenovelas y de videos musicales, honestamente no pudo entender a nuestra María del Carmen. Ni poquito. Esta espectadora que ahora escribe, viéndola en la pantalla por casi dos horas, recordó  la famosa frase de la escritora norteamericana Dorothy Parker cuando se refirió a la capacidad de actuación de una popular actriz norteamericana,  “She runs the gamut of human emotions from A to B” (“Ella recorre toda la gama de las emociones humanas de la letra A a la letra B”). Poca distancia a nivel de actuación. Y en la “inspirada” película esto es básicamente lo que le vemos hacer a la señorita Dávila en su papel de María del Carmen Huerta:

  • Paulina, mostrando su hermoso cuerpo y bella cara, se despierta
  • Paulina, mostrando su hermoso cuerpo, se toca continuamente su cabellera, rubia por supuesto
  • -Paulina tiene relaciones sexuales con jóvenes de ambos sexos y distintas razas.
  • Paulina camina y camina y camina.
  • Paulina se sonríe—siempre siempre, no importa cuántos muertos y cuántas drogas y con cuántos se acueste. Siempre la misma calidad de la sonrisa.
  • Paulina usa drogas de todo tipo, sonriéndose.
  • Paulina abre sus hermosos ojos un poquito más, cuando algo intenso va a suceder. Lo intenso puede ser desde asesinatos hasta orgias, pasando por encuentro de cadáveres y otras sorpresitas. (Después de todo, está inspirada en QVLM).
  • Paulina, exhibiendo su bello cuerpo y hermosa cara, trata de bailar.
  • Ah, y la voz de Paulina, la voz con el tono monótono y carente de emoción de niña colegiala declamando párrafos enteros de un libro mandado a memorizar: Nos repiten parte de las palabras escritas por Andrés Caicedo, el  extraordinario manifiesto de vida de María del Carmen Huerta. Poca vida en la lectura de ese manifiesto. Poquísima.

¿Van viendo, estimados lectores, a lo que me refiero cuando hablo del poquísimo rango de emociones? ¿Dónde estás, María del Carmen, cuando más te necesitamos?

Y señores y señoras, jóvenes y jovencitas, esta película que yo vi en Sundance, comandada por la María del Carmen de Mentiras (con la directa responsabilidad creativa de su director) es, en síntesis, un collage fragmentado e incoherente cuya base reúne las fórmulas infalibles: sexo de todo tipo, drogas y violencia. Claro está,  en el sexo deberán aparecer bellísimas mujeres. Y si se le añade un baile frenético, donde los cuerpos semidesnudos saltan, aún mejor. Una fórmula que rara vez falla. Y sobre esos superficiales soportes se sustenta la película. Como si¡Que viva la música! fuese tan solo una historia de erotómanos y bailarines. Así sentí la película: incoherente, con una narrativa sin unidad de ninguna clase. Y ni hablar de los otros personajes. De lo que la película inspirada en QVLM hizo de Ricardito el miserable, de Mariángela, de Leopoldo Brook, sólo por nombrar unos pocos. El lector del libro tendrá dificultades en reconocerlos…ni reconocerá las casas ni de dónde vienen ni para dónde van.  Las secuencias se confunden y la historia se pierde. Pero es que en la ‘inspirada” película la historia no cuenta. ¿Para qué,  cuando todo el mundo está pasando tan sabroso?

 ¿Y en cuanto a la época en la que está “reconstruida” la historia? Queridos lectores: esa es la pregunta del millón. ¿La década del 70? Tal vez ( discos, equipos de sonido de la época, costos monetarios, carros…) Pero ¿qué pasa con la aparición de instrumentos electrónicos del siglo 21, y con la mención del Euro como moneda, y la decoración de las múltiples casas donde la María del Carmen de Mentiras pasa sus días? Todo nos remite, al parecer, al año 2007, por lo menos…¿Y una Cali con la avenida del Rio ya ampliada completamente? ¿Y el vestuario de siglo 21 en su mayoría, o de finales de siglo 20, para confundir más al espectador? ¿La inspirada película nos lleva en una máquina del tiempo veloz! Uno se confunde  UN POCO. Pero el gran problema es que uno SE ABURRE. Eso siempre sucede cuando un libro o una película o una obra de arte no cuentan bien el cuento: EL ESPECTADOR SE ABURRE. Mirada al reloj, deseo de salir a dar una vuelta a la manzana para sentir el aire fresco.

Y ni hablar de la MÚSICA. Las 96 canciones, mencionadas, vividas y bailadas y cantadas de la novela original. La MÚSICA de una novela que por algo se llamó ¡QUE VIVA LA MÚSICA!… Rolling Stones (!) Richie y Bobby (!!) y todos los demás. Las letras incomprensibles por su raíz africana. Las que nuestra heroína se sabía de memoria y que muchos lectores del libro se aprendieron también. Pues poquísima de la música citada en la novela aparece en esta “inspirada” película. (No menciono las canciones originales que la película tiene, para que al menos haya alguna agradable sorpresa entre los curiosos que vayan a verla). Aunque poco fue el deseo de mover aunque fuera los pies en la butaca oyendo las notas celestiales de Bobby y Richie. Porque la música de QVLM, the movie,  no es la música de QVLM la novela. Poco, poquísimo de la película nos muestra el alma de su autor y la perversa energía de  sus personajes. Poquísimo.

¡Ay. Y el final! Sí, queridos lectores, el final. Y estoy hablando aquí de la novela. Que ustedes se sorprendan con el final de QVLM, the movie… Así debe ser con toda película. Pero se recuerdan ustedes, queridos lectores de este texto (los que se han leído la novela) se recuerdan quienes han leído el texto a María del Carmen terminando de escribir su manifiesto filosófico, corriendo hacia su escogida muerte  y diciendo: ”Ahora me voy, dejando un reguero de tinta sobre este manuscrito. Hay fuego en el 23.”  Queridos lectores, una advertencia: No les cuento el final de la inspirada película, pero si se pudieran meter a la pantalla, les digo que ni un fosforito irían ustedes a encontrar. Ni uno. Sólo pregunto: ¿cambiaría usted “En un lugar de La Mancha…” o  “…porque los pueblos condenados a cien años de soledad…”, en aras de una “desadaptación” cinematográfica, de una obra que ya se ha comprobado de sobra que ha sido masivamente aceptada como una obra maestra?

Asi que estando en Sundance, en lo alto de las imponentes montañas rocosas– en un pueblito que antes de convertirse en el centro de reuniones de personas interesadas por el cine, antes de que la gente linda se paseara por la calle principal seguida por fotógrafos y fans– era un simple pueblo minero del lejano oeste, uno de esos pueblitos que salían en los westerns que tanto le gustaban a Andrés. Después de ver QVLM, the movie y hacerle mis preguntas y comentarios al director, salí a la calle y me acordé, claro está, de Andrés, llegando caluroso a la casa después de ver cine. Ésta era siempre mi pregunta: ¿Qué tal la película? ¿Bueno verla? “Rosarito”, contestaba él, “recibí hoy 400 golpes de buen cine” (en homenaje a su amado Truffaut) o, “Rosarito, recibi, 400 golpes de mal cine”…Pues, ese 26 de Enero, en Park City, Utah, en el lejano oeste norteamericano, no solo recibí 400 golpes de mal cine, sino que así, mágicamente, se me apareció la voz sabia de Virginia Woolf repitiendo una de sus hermosas frases sobre los esfuerzos del narrador literario al tratar de crear un personaje:“SON MUY POCOS LOS QUE CAPTURAN AL  FANTASMA”.

Totalmente de acuerdo, bella, trágica Virginia. Entre el libro QVLM y la película inspirada en la novela, me atrevo a decir que yo sé bien dónde vive nuestra María del Carmen, la joven que se dejó capturar sin esfuerzo alguno. Bien sabía que el captor la haría universalmente eterna.

Carta abierta de Oscar Collazos a Rodolfo Llinás

Carta abierta de Oscar Collazos a Rodolfo Llinás

Oscar Collazos

Apreciado Dr. Llinás: disculpe que le dirija esta comprometedora carta abierta, una pequeña trampa que le hago al formato habitual de mi columna. Buscaba un interlocutor y lo encontré a usted: neurólogo, investigador de reconocido prestigio, científico de talante humano. Nos une, además, algo muy sencillo: usted y yo podríamos ser paciente y médico.

Le explico: en agosto pasado me diagnosticaron una esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Uno de los neurólogos consultados prefirió no bautizarla y dejar su diagnóstico en una “enfermedad de las neuronas motoras”. Si no hubiera buscado los orígenes de una disfonía que empecé a padecer un año atrás, no habría pasado por toda clase de exámenes y diagnósticos que buscaban explicar las causas de ambas anomalías.

Descartadas algunas patologías, se llegó a los exámenes neurológicos. Y fue cuando, después de dos electromiografías, se llegó al diagnóstico que está cambiando mi vida y volviendo dolorosa la de seres amados que se resisten a aceptar como definitivo el sello fatal que lleva la enfermedad.

Han pasado apenas seis meses desde el diagnóstico final hecho por el Dr. Miguel Camacho Samper, corroborado en Cartagena por el Dr. Édgar Castillo. Los síntomas posteriores corresponden a la pérdida acelerada de masa muscular y al debilitamiento del aparato respiratorio. Tengo dificultades de deglución y el habla registra retrocesos preocupantes. Me puedo mover por mis propios medios, pero me fatigo pronto y demasiado.

Mi vida intelectual, en cambio, sigue siendo casi la misma: escribo mis columnas de opinión cada semana y trabajo en la escritura de una nueva novela, mientras descubro una dimensión desconocida del amor y me conmuevo con la solidaridad de los amigos. Esto me ha fortalecido. He tratado de instalar mi mente en el presente, desechando la tentación de dejarme llevar hacia el impredecible escenario del futuro.

A veces descubro en mí una forma de espiritualidad que, a lo mejor, permanecía dormida en mi conciencia. La dejo fluir a manera de silenciosa oración por la vida. No sé si hice bien al negarme a buscar información sobre la enfermedad. No deseaba cargarme de prejuicios ni maltratar mi ánimo diario.

Las enfermedades inventan sus mitos, amables o atroces. Y esta es una de las que han dejado crecer toda clase de leyendas trágicas. Y, también, una que otra leyenda heroica: Stephen Hawking en su silla de ruedas, hablando como un robot de asuntos nada robóticos, como el origen del universo.

Dr. Llinás: ¿qué podemos esperar de la ciencia a corto o a mediano plazo? ¿Se está trabajando en esta enfermedad con entusiasmo, como para abrir ventanas esperanzadoras a los pacientes? Si no hay un camino de regreso, ¿se conocen al menos casos en los que la enfermedad haya frenado su ímpetu? ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que la ciencia le devuelva la “paternidad” a esta otra “enfermedad huérfana”?

He visto en seis meses numerosos médicos y enfermeras, y en casi todos he adivinado la discreción de quien no quiere ser el mensajero de un acontecimiento trágico. La enfermedad ha requerido a su alrededor de neumólogos, cardiólogos, gastroenterólogos, otorrinos, nutricionistas, terapistas de respiración, fonoaudiólogos, infectólogos y otros tantos profesionales de la medicina; trabajan, no tanto para curarla, sino para preparar, en el mejor de los casos, la futura calidad de vida del paciente.

Esta reseña, doctor Llinás, no tiene otro propósito que el de conocer su opinión sobre la enfermedad. Espero que acepte esta modalidad de correspondencia: la carta abierta. Miles de colombianos le vamos a agradecer sus respuestas.

 

 

El sapo refrendatorio

El sapo refrendatorio

La pregunta, un poco santanderista, es si hay o no que refrendar los acuerdos, que el gobierno Santos firme con las Farc  en La Habana, que sellan el fin a un conflicto de cincuenta años en Colombia.

No se utilizó ningún mecanismo de consulta para dar inicio - de manera secreta - a las conversaciones con las Farc en la Habana. El gobierno daba por sentado que nadie se opondría a que se buscara una salida negociada. Una vez firmado el acuerdo, la pregunta refrendatoria no tiene que ver con el objetivo inicial, ya conseguido, sino con los contenidos de los acuerdos. Lo que obligaría a que cualquier consulta tuviera que ser kilométrica e enjundiosa. Además una consulta previa habría roto el sistema de reservas que dan carácter confidencial en la negociación.

Una consulta promovida por el gobierno, lo que busca es que un resultado afirmativo le de fuerza electoral suficiente para la gobernabilidad en el posconflicto. Amén de ser un acto de naturaleza democrática, que solicita al constituyente primario, su aprobación a lo ejecutado, a nombre de una paz posible. Para la guerrilla es su segundo triunfo político. Que unos “narcoterroristas” que han violado todos los códigos del país, terminen consiguiendo una aprobación nacional, para lo que pusieron en lo acordado con el gobierno, lo es. En particular la política de tierras, cuya discusión llegó a buen puerto en La Habana.

Las Farc desde el comienzo dijeron que el mecanismo de refrendación es una Asamblea Constituyente. Es decir que lo acordado sea materia de una reforma a la constitución, y quede como principio de estado, para darle legitimidad absoluta a lo acordado en la negociación.

Desde octubre del año pasado el gobierno presentó al Congreso una propuesta de marco legal para la paz, acompañada de una propuesta de “referendo para la paz”, que se haría en las elecciones de octubre del presente año.

Timochenko en un comunicado de entonces le dijo a Santos que había incumplido su palabra. El Presidente se apresuró a presentar una iniciativa que debería haber sido discutida en La Habana, por las partes, antes de someterla a aprobación legislativa. Juanito Lozano no tuvo empacho en coincidir con Timo, a pesar de calificarlo de narcoterrorista, al señalar la inconsecuencia de Santos. Sin embargo, no se levantaron de la mesa. Se dejaron meter un gol del gobierno.

El Fiscal General acaba de decir dos cosas, que no se necesita refrendar el acuerdo en La Habana. Y que si fuera necesario refrendarlo, no sería el referendo el instrumento adecuado. El referendo es uno de los mecanismos de participación ciudadana previstos en el artículo 103 de la Constitución y en la Ley 134 de 1994. Los referendos - aprobatorios y derogatorios – son consultas sobre proyectos de acto legislativo o leyes que no fue adoptadas por corporación pública. Desde el exilio el Doctor Ternura coincide con el Fiscal, en lo que parece ser su alejamiento del uribismo.

¿Y un plebiscito? (según el artículo 7 de la Ley 134 de 1994, el plebiscito es una consulta convocada por el Presidente, mediante la cual busca refrendar una decisión ejecutiva). La discusión en La Habana sobre el mecanismo va a agitar el aire de las conversaciones, a calentar la atmósfera de confrontación de fuerzas que pugnan por el resultado.

El país entero se ha entregado a la discusión sobre el mecanismo refrendatorio, juristas, políticos, diplomáticos, fiscales, medios. Una solución medianera, no es necesario refrendar, porque cualquier consulta, no sería más que la ratificación implícita de un proceso que se echó a andar.

Si a nombre de la paz hemos tenido que tragarnos, yo no sé cuántos sapos, el de la justicia transicional del Fiscal, y el del mecanismo refrendatorio, podrían ser los más grandes. Cierren los ojos y pasen con las mieles del posconflicto.