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Alberto Rodríguez

¡“Es la economía, imbéciles”!

¡“Es la economía, imbéciles”!

La política económica venezolana de la era chavista estaba basada en los 102 dólares que entraban por cada barril de petróleo, y en un proyecto político sostenible de nación, basado en el apoyo popular. Hoy el barril de petróleo cerró a 48.69 y la segunda generación del régimen chavista está minada por dentro y por fuera, en Miraflores y en la OPEP, en Cuba y en China, por la oposición mayoritaria y desorganizada y por una imagen negativa real, a la que los medios de comunicación internacional le dieron brillo y definición. Pero no es lo más grave. Para mí, lo más grave es que se cerró en Venezuela por mucho tiempo, un proyecto social progresivo, democrático, capaz de entender y ejecutar las tareas revolucionarias del siglo XXI.

El bajón de la economía petrolera fue un sucio golpe de la historia que tomó desprevenido al gobierno chavista, y si no lo estaba, no adoptó las medidas necesarias, o ya no era posible corregir el rumbo de la nave económica, desviada de órbita. La economía chavista es como un gran meteoro desorbitado que va aceleradamente a estrellarse a algún planeta. Un sucio golpe de la historia. El esperpento habría tenido una más larga vida, si hubiera flotado sobre una nata negra de petróleo.

Cuando había altos precios, a todos  se les dio petróleo, hasta a los “homeless” en USA. Hoy cuando Nicolasito tiene que salir a poner el sombrero  a los países de la OPEP, encuentra que ninguno desembolsa, China ofrece una inversión importante sin decir para cuando, y Putin, que ya ve a Nicolasito de salida, le da unas palmadas en su ancha espalda y firma algunos inocuos convenios de cooperación. Mientras tanto en Venezuela, por todos lados, se corren los rumores de golpe. Rumores, rumores, aclaro. Las fuerzas de la oposición y las fuerzas chavistas que se dividieron desde el momento de la muerte del caudillo, de su falta de presencia poderosa, casi mítica, han tensado sus fuerzas para una nueva toma del poder que se avecina en el encuentro electoral de octubre, crispado de tensiones. Las malas lenguas en Caracas, me dijeron, que en realidad Nicolasito se había ido de viaje, buscando una oferta de asilo.

Se lo ve disminuido, cansado, su cara de galán latino carga con un peso que a un hombre como él, o como a cualquier otro, se le sobrepone. El talento de Nicolasito apenas le dio para proponerles a los países de la OPEP que visitó, que entre todos controlaran los flujos internacionales de petróleo, para hacer subir el precio. La inteligencia económica del régimen no comprendió la naturaleza de la crisis petrolera del 2014. Regresó con las manos vacias, tituló la prensa mundial. Como tenía que ser.

Una caída del gobierno de Nicolasito, vía electoral o de facto, abrirá en Venezuela un estado de desestabilización institucional muy fuerte, y en medio de la crisis económica más severa de toda la historia del chavismo gobernante, que llevó, según datos del Banco  Central de Venezuela, a que en septiembre del 2014, la inflación acumulada hubiera alcanzado un 63.4%. Hoy es la más alta del mundo, bordea el 90.

En un panorama paralelo al de la lucha legal del poder en Venezuela, hay un contexto que pesa demasiado. De una parte, un índice de escasez (mide la falta de oferta de necesidades básicas y reducción de capacidad adquisitiva) que prendió el bombillo rojo de la economía venezolana. Alarma. Alarma. ¡La nave puede estallar! Y de otro lado, un índice de violencia desmadrado. Cerca de 80 por cien mil, la tasa nacional de homicidios, rango de guerra civil y superior a la de Colombia, en el marco del conflicto guerrillero, paramilitar, mafioso  y oficial, al finalizar el siglo XX.

Los alegres defensores del chavismo fuera de Venezuela, donde resulta muy cómodo serlo, un poco light, deberían obrar con consecuencia al destino del régimen, hundirse con la nave, con su capitán. Es la economía, imbéciles.

 

A nombre de dios

A nombre de dios

Quien al ejecutar una masacre por motivos de ofensa a la fe, lo hace a nombre de un dios, cualquiera, es porque su dios es más valioso que la vida. Como matar por honor, en las viejas gestas.

Un lugar común del periodismo occidental: “partimos aclarando, antes que nada, que consideramos una atrocidad el ataque a las oficinas de la revista satírica Charlie Hebdo en París y en consecuencia bajo ninguna circunstancia puede ser justificable declarar a un periodista objetivo militar”. Hecha la aclaración, como lavándose las manos, se preparan para presentarnos el PERO, que van a introducir a continuación.

Son tres las situaciones éticas y políticas que propone la masacre de Charlie Hebdo. Respeto absoluto por la vida, ni siquiera a nombre de Dios se puede matar. Derecho a la libre expresión: todo se puede decir. Derecho al respeto: no se puede ofender la fe de nadie.  

La pena de muerte para los guerreros del Islam salvaje es una orden divina. Hay que defender el Islam, al Profeta, el Libro y el Califato. Nada hay más sagrado que Dios, ni siquiera la vida humana. Se abrogan el derecho a ejecutar la pena de muerte, por orden de Dios, a quienes resulten señalados de infieles. Charlie Hebdo no reconoce límites. Se caga en el socialismo, en el capitalismo, en el liberalismo, en el Islam, en el papado, en los anglicanos, en los judíos. Su acción simbólica no tiene límite. Los diez miembros del Consejo Editorial acribillados mientras hablaban sobre Houlebecq, no estaban dispuestos a respetar ninguna fe. Para el humor no hay nada sagrado. En eso consiste el humor, en la desacralización satírica.

El Gran Hermano nos vigila.

Charlie Hebdo es intolerante, racista y arrogante, como los colonialistas. Es el PERO.

A la agresión simbólica de Charlie Hebdo, se puede y /o se debe responder. Lo cual no casa en la declaración inicial de condena a la masacre. Se podría y se debería, es la situación efectiva que se propone por encima de la condena. Si “yo no soy Charlie” es porque reconozco dos cosas: el derecho al respeto a la fe, y en consecuencia, límites al derecho de expresión.  Y por lo tanto, frente a una situación que enfrenta los límites del derecho a su acción práctica, el PERO termina siendo una inevitable justificación. Dependiendo del rango de inteligencia operativa, la acción  podría ir desde la más atroz masacre, con fusiles de asalto y muerte a sangre fría, a un ataque mediático, una acción simbólica de asalto.

La carátula de la edición 1099 de Charlie Hebdo tituló, “Matanza en Egipto. El Corán es una mierda: no detiene las balas”. La caricatura era la de un musulmán protegiéndose de las balas infieles con el Corán. Alguien sugería, visto el asunto desde el otro lado, que el titular de una caricatura islámica podría ser “Matanza en París. Charlie Hebdo es una mierda: no detiene las balas”. Desde luego que sería preferible responder  así que con una mascare. Aunque el motivo de la inversión daría lugar a la peor caricatura. El Corán es lo más sagrado, Charlie Hebdo, es lo menos sagrado.

Responder al ataque simbólico, a través de los medios, con otro ataque simbólico, como convención de guerra, podría ser un principio de entendimiento en el conflicto. Si no se respeta la fe, que se respeten las armas simbólicas.

Je suis pas Charlie.

Je ne suis pas Charlie.

 

Elegía para un americano

Elegía para un americano

Debo comenzar por confesar que el libro de Siri Hustvesdt me llegó accidentalmente, como una donación. Yo sabía que era la mujer de Paul Auster, lo cual hizo que a mi interés de lector, se agregara una curiosidad de estilo.

La novela comienza con la muerte del padre, que ha dejado un diario, transcrito por trechos en la novela, y en gran parte, literal, del que dejó el padre noruego de Siri, natal de Minnesota. Un comienzo muy a lo Auster: los papeles del difunto padre. Se delata Siri, al improvisar el hilo maestro del argumento en una pista que termina por disolver la tensión. El gran misterio de la novela es una declaración contenida en una nota de 1937, que termina acicateando la morbosa curiosidad de los hijos de Erik Davidsen.Los registros escritos habían puesto en evidencia una conducta oculta del padre de Erik e Inga, que por una curiosidad parental, por husmear el lado oscuro de la historia de su padre, termina revelándolo, no como el villano de la historia, sino como el santo. Vaya historia. Para quienes queremos historias, lo de Siri es un divertimento de circunstancia.

Pequeñas y locales tensiones: la agresión de un fotógrafo, el accidente de Eggy, la llegada a la casa de Lisa, la exhibición de los muñecos de ocasión, la sexualidad desasosegada de Erik, las sesiones con sus pacientes y el embrollo de las cartas a Edie. Pero no hay una tensión fundamental, que conmueva.

Es una novela para la cual Siri se preparó asistiendo a hospitales, clínicas, grupos, aulas, talleres; se documentó en neuropsicoanálisis y utilizó los diarios de su padre. Agradece en el epílogo, al Departamento de Medicina Narrativa de la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia.

Por supuesto, no es que la novela sea un mosaico de introspecciones dirigidas, o especulaciones de conducta, es una secuencia de hechos bien enlazada, pero que llega a ser tan aburrida, repetitiva, anclada, que deforma la vitalidad de los personajes. Ellos no se resuelven narrativamente en la relación posible entre sí, se resuelven más hacia adentro. Hacia afuera son convencionales, tiesos, hipócritas, taimados, sin ánimo, sin humor. Tienen el trascendentalismo de los de Manhattan y el oscurantismo de los campesinos de Minnesota.

Termina la novela, publicada en inglés en el 2008 – The sorrows of an American - con una reunión donde habrá de tramitarse civilizadamente el asunto de las cartas, al punto que Inga ha alquilado la suite de un hotel. Todos van a sentarse a la mesa, alrededor del marido muerto de Inga, el padre de Sonia, un realizador de varias películas que escribió varios libros, y además dejó unas cartas a la actriz de sus películas, Edie Fly, que durante un tiempo fue su amante.

Es una reunión tonta, sin argumentos, con tensiones vulgares, que termina con la entrada de un detective aficionado, disfrazado de mujer, el enamorado de Inga, un sujeto que siempre suda a chorros y que ha estado espiando a Edie, para conocer el rumbo de las cartas de Max.

Elegía, no tiene tono de comedia, como la hubiera podido escribir Woody Allen, tampoco el tono trágico de Tony Morrison. Es una novela límbica, híbrida, quizás desabrida, sin electricidad. Qué falta de humor y que opaca ironía.

Ser la mujer de Paul Auster no le ha quitado nada a Siri Hustvedt, pero tampoco le ha dado todo.

Primeros presagios

Primeros presagios

No me pregunten cómo hice para predecir la parte de la historia que me concierne, aquella en la que el destino colectivo - el de la especie - es el que me garantiza la subsistencia individual. Es mi historia, la que he vivido, la única que tengo, la mía.

Asia: las Coreas, China y Japón, juegan de punteros de la guerra de sistemas (la guerra 2015). La gran banda de información está sujeta a controles. Los administradores de la banda son removibles mediante una guerra de posiciones, que involucra tecnología, ciencia y conocimiento. Aumenta en el Asía el número de los institutos de la información: centros de guerra lógica, extremadamente limpia y extremadamente sucia.        

Europa: la crisis de la que no ha podido reponerse no encuentra salidas, ni ortodoxas ni heterodoxas, no se ve la luz al otro lado del túnel. Muchos de sus países quebraron. Una ola de desempleo barrió las calles. El estado benefactor desapareció. Europa está vieja y empobrecida. Solamente una comunidad de inteligencias, trabajando con ardor, podrá encontrar una solución para que Europa halle su lugar en el juego de fuerzas global.

América: deshielo en el Caribe. Los grandes enemigos se encuentran. Se inició el fin de la era del bloqueo. Se aproxima la apertura de embajadas. USA económicamente repunta. Venezuela no toca fondo, el chavismo resiste. México seguirá en manos de las mafias, el primer país donde las mafias ganaron una ronda. El gobierno de Colombia y las Farc se tomarán la foto.     

Medio oriente: la franja de Gasa, Líbano, Siria, el país kurdo, Irak, Irán, Paquistán y Afganistán, representan la cadena del conflicto, cuya mayor tensión seguirá siendo el sur de Siria, el norte de Irak y el país kurdo. El proyecto fundamental seguirá avanzando,  exigirá una cuota mayor de intervención. El área será el primer foco de guerra internacional del planeta, con consecuencias no del todo predecibles.

Un feliz 2015 

Deshielo en el Caribe

Deshielo en el Caribe

 Diez años después de que USA arrojó dos bombas atómicas en el territorio japonés, los dos países habían restablecido sus relaciones. Un poco más demoraron USA y Vietnam en restablecer sus relaciones, después de la guerra. En ambos casos se restablecieron plenamente relaciones después de que pasó lo peor. ¿Por qué Cuba y USA no pueden re-establecer su relación, tras 54 años de veto?

Durante el lapso del bloqueo ambos países desarrollaron sus respectivos aparatos de seguridad e inteligencia, los llevaron al límite corrompido en el que se utilizan procedimientos mafiosos, como la tortura física y psicológica, la mutilación (vean la película Cinco dedos)y el trastorno de conciencia provocado. Prisiones extraterritoriales y territoriales, donde no impera ningún derecho, distinto al del victimario. El grado cero de los derechos humanos.

Tanto Cuba como USA utilizaron el mismo argumento a favor de sus procedimientos, cada vez que han sido acusados de violentar los derechos humanos, en las cárceles que se conocen, la defensa nacional. Ambos perciben que sus sistemas de seguridad son vulnerables, frente a enemigos fuertes. Así que corrompieron su inteligencia política para que ninguna traba constitucional impida la libre operación, rompieron los protocolos, se llevaron por delante las enmiendas, y se olvidaron de los derechos humanos, todo por razones de estado. Con el argumento de, “la democracia está en peligro” y “los ataques contra el socialismo”, se han cometido las peores bellaquerías en este continente.

¿Por qué no re-establecer relaciones entre USA y Cuba? Ninguno de los dos tiene autoridad moral para reclamarle al otro, limpieza, transparencia. Mutuamente aprendieron a corromper los mecanismos de su seguridad. Las cárceles cubanas donde algunos presos mueren en prolongadas huelgas de hambre, donde se aplican procedimientos en seco de persuasión, no tienen nada que envidiarle a Guantánamo   y Abu Ghraib, o los centros clandestinos de detención que tiene la CIA en Alemania. Auténticos agujeros negros donde los prisioneros se pierden, sin que nadie nunca haya sabido que estaban ahí.

Detrás de la iniciativa de deshielo hay una gama de intenciones, que desde luego no todas serán oportunamente reveladas. Pero hay una, de dominio público, que será arrasadora para Cuba, el libre comercio. Los republicanos hispanos, el viejo exilio de Miami, protestan por la reactivación de unas relaciones, que se rompieron, para tratar de evitar que pasara lo que efectivamente pasó. Que Cuba a pesar de todo lo que USA intentó, desde bahía Cochinos hasta los diez intentos de asesinato a Fidel, permaneciera como la oveja descarriada en su patio trasero. La Cámara de Comercio de USA, por el contrario, aplaude la medida. Cualquier favorecimiento a la expansión de mercados, será bienvenida.

Lo que Obama calculó, sin mayor riesgo a equivocarse, es que ambos países se necesitan por razones de mercado. Restablecidas las relaciones diplomáticas, abiertas las embajadas, se tramitará el desmonte de la Ley Burton, se abrirá el libre tránsito de viajeros, el movimiento de capitales, y espacios de inversión. El paquete completo de movimientos contenidos en las cláusulas bilaterales, lleva el veneno definitivo de la revancha de USA contra Cuba. A Cuba no se la derrota manteniendo un aislamiento inútil, un bloqueo artificial, un muro de Berlín en el Caribe. Se la derrota rompiendo las barreras, juntándose, revolviéndose, dejando que las puertas se abran y los productos fluyan. Telecomunicaciones, tecnología digital, procesamiento de alimentos, plantas de montaje de tractores y autos, centrales de energía, ropa, teléfonos, video juegos, revistas, comidas rápidas. ¿Si la bandera de McDonalds flamea en Pekín y Moscú, por qué coños no puede flamear en La Habana?

En quince años, si las relaciones bilaterales se reactivan positivamente, Cuba podrá llegar a tener las condiciones de Puerto Rico. 

Palabra mayor

Palabra mayor

En un taller de escritura para viejos – mayores de cincuenta – ocurrió que en un momento mientras estaban leyendo públicamente, dos de ellos lloraron. Él no se pudo contener mientras evocaba, hacía poco le habían dado un diagnóstico de cáncer, nadie en el taller lo sabía. Ella, lloró entrecortada antes de leer la primera página de Alexis, la primera novela de Margarite Yourcenar. Nos anticipó la dedicatoria de quien le regaló el libro, y se deshizo en llanto por el dolor de lo perdido.

Ambos son resultados emocionales, directos, contundentes, que causa la relación con un texto. Los textos se han hecho demasiado fríos, o los lectores han perdido calor. Por las temperaturas quizás, los talleres de Palabra Mayor. Para ningún mayor de cincuenta será difícil percibir que el riesgo más serio de la vejez, es la soledad. Esa que Gabo convirtió en el signo de los tiempos en América Latina.

Los talleres son una coartada contra la soledad. Un taller es un lugar en donde nos podemos expresar, en donde hay otros como nosotros, en donde se comparte el mismo riesgo, y la vida nos comienza a ocurrir entre el olvido y las trampas de la biología. Un taller es un lugar de reconocimiento, en donde nos escuchamos, nos leemos, nos escribimos. Hacemos todo lo contrario de lo que haríamos si estuviéramos solos.

Un taller es un lugar de reconocimiento en donde se mezclan intelectos, afectos, afirmaciones, puntos de vista, voces, maneras. Un lugar para el reconocimiento, un lugar de intercambio donde se ensaya la reciprocidad. Un clan de amenazados que se reagrupa para hacer frente al invierno de la vida.

Palabra  Mayor es una invitación permanente al sentido. Y el recurso para hacer efectiva la invitación es la literatura. Ese mundo envolvente, una especie de mundo paralelo al cotidiano, que nos invita a la inmersión, a dejarnos llevar.

La literatura, la “segunda edición de la vida”.    

 

Arte degenerado

Arte degenerado

 ¿Corrompe su condición la obra de arte cuando sobrepone una intención distinta a la intención estética? La pregunta lleva al debate de los propagandistas del “arte por el arte” y “del arte por encargo”. Los primeros decían que el arte es un fin en sí mismo. La obra por la obra, con lo cual bien puede el artista prescindir de la audiencia. Como si el arte fuera una especie de narcisismo solipsista, que no se complace en el intercambio. Paradoja trivial, que le propone un contrasentido al arte. El arte sin el otro no tiene sentido. Un principio de la teoría del valor que rige en economía y en estética.

Los segundos decían que el arte estaba al servicio de la revolución, de la causa, en general. Y por lo tanto, todas las obras deberían estar destinadas a fortalecerla. Las que se negaran a hacerlo eran destruidas, desterradas, condenadas. Un arte con agenda externa. Un arte para el otro, es cierto, pero con un costo que ningún arte es capaz de pagar, tener que convertirse en propaganda. Así sea en propaganda literaria, la más perversa de todas, o en propaganda cinematográfica, tan corrompida como la inmediatez del poder. Las “grandes obras” por encargo conocieron el descrédito por el olvido.

La obra por encargo termina no hablando por sí misma. Termina siendo la voz de otros.

La obra de arte, no es un fin en sí mismo, ni es un medio para conseguir algo distinto a la experiencia en obra. No es un artefacto. Es intercambio, experiencia sostenida, emoción y conocimiento. Un proceso, va a decir Adorno.

Es el mismo Adorno el que se pregunta si la obra de arte no corrompe su nobleza cuando se convierte en ideología. El mismo que habla de “la degeneración del arte”, una expresión de la censura nacional socialista a las obras que no le hacían propaganda al poder. Una expresión utilizada por el stalinismo y el maoísmo.

La obra de arte es como un orgasmo simultaneo en la plaza principal, como el que causó el perfume de Grenouille entre los pobladores de Grasse. 

Isaacs reload

Isaacs reload

De la feliz infancia lectora de William Ospina no deberán quedar dudas. Él mismo descubrió los libros, no fueron tarea, ningún adulto le regaló una adaptación. Nadie insultó su inteligencia queriendo hacerle las cosas fáciles, nadie lo engatusó con versiones para simples, lo cual dejó ileso su orgullo de lector. Una infancia así sería la que todos los niños deberían tener. Sin embargo, el hecho crudo, es que muchos niños colombianos no han tenido infancia lectora.

El sentido de la familiaridad y la extrañeza, no solo ha sido un punto de diferencia en el trabajo de hacer libros para niños, para jóvenes, libros de texto, manuales. Lo es de manera superlativa en el proyecto educativo. Si se entiende que el principio motor de la educación es poner al que aprende al borde de lo desconocido, de lo extraño, de lo que no conoce. De qué otra cosa si no, proviene la dificultad de aprendizaje, de comprensión, de verbalización. ¿Si solo nos enfrentásemos a lo conocido, cómo avanzaría el conocimiento? Cualquier texto, sea o no una adaptación, le va a proponer dificultades al lector: palabras que no conoce, expresiones irónicas que confunden, metáforas incomprensibles, oraciones muy largas y referentes distintos a los conocidos.

Julio Cesar Londoño, cita al alcalde Guerrero, en su columna de El País, la semana pasada, reproduciendo una lista de adaptaciones de obras literarias. Uno quisiera entender que es una forma documental de señalar, que lo que ha hecho Londoño con María, no tiene mérito original alguno, es un recurso viejo para conseguir nuevos lectores, y a fe, que lo consigue. Y si tiene mérito, es por la osadía de escribir para los simples, es decir, los que no tuvieron infancia lectora, las víctimas de las "pedagogías" escolares, los que jamás tuvieron biblioteca en su casa, los que a pesar de tener el derecho a la lectura, no pudieron ingresar a la literatura.

Es una apuesta todavía más osada, pensar desde la administración, que una adaptación, pueda ser un recurso para la defensa del patrimonio literario. Si María, la original, no la leen los maestros, ni los estudiantes, salvo tarea encomendada, será que una adaptación puede conseguir que María, así sea en la reescritura de Londoño, se vuelva a leer. ¿Qué tantos lectores convocaría la adaptación de María?

Es apenas natural, que Ospina exprese su incertidumbre frente a la bondad de los resultados. Es la misma que podría tener el alcalde, y la misma que tiene Londoño. No va  a pasar nada con la adaptación, sino se la toma como el motor de una campaña de lectura. María debe ser un pretexto para agitar el potencial social de lectura. Suficiente extrañeza propone una novela, a un lector en ciernes hoy, que muestra un mundo de esclavos felices y amos generosos, de rosales idílicos y cacerías primorosas, de un amor sin besos y un cuervo mañoso.         

No hará falta que Ospina amenace con adaptar a Londoño, su adaptación, más allá de ser el legítimo ejercicio de reescritura de un escritor en otro, es el mejor pretexto para incitar a su lectura. La adaptación de María, es un acto amoroso, que no se conforma con dejar a María enterrada bajo los rosales del siglo XIX.

Si todos los niños fueran como William Ospina, la adaptación de María sería completamente inútil. 

La novela del General Alzate

La novela del General Alzate

Primera hipótesis: el generalato uribista y el Ministro de Defensa uribista, convencieron al General Alzate de que se ofreciera para un secuestro, a cambio de prebendas suficientemente atractivas, como para aceptar. El oficial de más alto rango capturado por la guerrilla en cincuenta años, obligaría a Santos a suspender las negociaciones en la Habana, tal como se han echado a perder las anteriores negociaciones. Ganador el CD.

Segunda hipótesis: es un jugada del mismo Santos, que quiere medirle el aceite a la oposición y a la guerrilla, frente al proceso de paz. Una situación artificial, de la que el General también obtendría algunas prebendas, a cambio de un favor político de Estado. Prestarse como víctima de un secuestro.

Tercera hipótesis: la versión oficial de las Farc, en una columna del tres de diciembre firmada por Timochenko. Se trató de una retención, que los negociadores de La Habana no quisieron confirmar en la rueda de presa del día siguiente al secuestro. Dice que el gobierno de Colombia envió "en secreto" un emisario para gestionar la liberación. "Nadie que baje la guardia un segundo, ni siquiera el comandante de una fuerza multidisciplinaria de combate, aun en medio de su área de operaciones, se encuentra a salvo de una acción de la guerrilla en Colombia" termina.

Cuarta hipótesis: los pobladores del caserío de Las Mercedes dicen que el General llegó como un turista, venía a hablar con los mineros, que por cierto grado de prebenda, conseguirían protección para el trabajo de las dragas. De hecho, el secuestro no se produjo en Las Mercedes. El general se embarcó río abajo con los mineros y más adelante lo interceptaron las Farc.

 Quinta hipótesis: el General había salido a dar un paseo con su amiga íntima, una abogada de la mayor confianza,  que estudia con él, y que ha viajado a su lado a Canadá, USA, Costa Rica, ella le maneja el plan estratégico para el Chocó. Era un domingo por la tarde, hacía buen tiempo, así que de civil y sin escolta, fueron río abajo oyendo música, hasta Las Mercedes, en lo que parecería más una pequeña locura romántica con consecuencias tormentosas.

 

Sexta hipótesis: el General tiene negocios de oro y cocaína con el frente de las Farc en la zona. Fue a negociar prebendas mutuas y mientras lo hacía lo retuvieron. Los guerrilleros recibieron una orden de arriba, para que no lo dejaran ir. No es seguro, si el secuestro estaba planeado, o fue una iniciativa del momento.

 

Séptima hipótesis: el General fue a encontrarse con las Farc, para negociar su paso a filas de la guerrilla. Por eso iba sin escolta, sin armas, en disposición de ser “capturado” para sentarse a hablar de prebendas. No hubo secuestro, y de paso las Farc se quedaron con el trofeo de un General, que “devolverían” tras provocar un cese de las negociaciones, en las que ellos también le miden el aceite a Santos.   

 

Octava hipótesis: es un domingo por la tarde, el General y su amiga, que trabajan más que un uribista, se van a Las Mercdes a pasar revista a las obras del plan estratégico, pero como el ejército tiene resistencia en la población civil, para percatarse de primera mano, van de civil y sin escolta. Es la hipótesis del propio General. Reconoce haber roto todos los protocoles de seguridad militar, pero lo justifica diciendo que ya se ha hecho otras veces para “infiltrarse” en las comunidades por las que el Ejército trabaja.

 Santos le twitea al General: le dice que le debe una explicación al país.

Hasta el General, no tiene más que hipótesis. A tal punto que ha solicitado su baja, como lo exige el honor militar. Se declara indigno. Y aun así no tenemos más que hipótesis.     

 

 

 

 

 

Séptima hipótesis:

La madre de casi todos los vicios

La madre de casi todos los vicios

 El ocio representará el problema más acuciante, pues es muy dudoso que el  hombre se aguante a sí mismo. Friedrich Dürrenmatt

 Si como hipótesis ociosa aceptáramos que el ocio es la madre de todos los vicios, habría que interesarse más en el vicio, que en el ocio, porque la madre, sin duda, es Gea. Lo que no sabemos es quiénes son sus hijos declaradamente viciosos.

Gea es madre porque es la primera después del caos, o es la primera porque es madre, como quieran. Ella sola, igual que María madre, da a luz sin intervención ajena, a Urano y a Ponto, los cielos y el mar. En un posterior matrimonio incestuoso con Urano engendra seis hijos, el menor de los cuales es Cronos.  Instigado por su madre contra el hijo/padre con quien lo ha engendrado, Cronos acepta atentar contra él. Así que en la noche, cuando Urano cubre a Gea, Cronos entra a hurtadillas a la habitación de sus padres y le corta las pelotas al viejo. Habrase visto ociosidad.

Se me ocurre, que un origen mitológico del ocio se podría representar en la escena de Cronos, el dios del tiempo - el único que no conoce reposo – que castra a su padre con consecuencias perfectamente inútiles, si se acepta que el interés era evitar la progenie. De nada sirvió, la sangre derramada por Urano terminó fecundando a Gea, por lo que de ella salieron los Gigantes y las Ninfas. Tan inútil hazaña marcó el curso de la historia de los hijos de los hijos  de Gea, capaces de gastar el tiempo en las cosas más disfuncionales, como la poesía, la ensoñación y la borrachera.    

Por las raíces mitológicas del ocio el origen del concepto se sitúa en la Grecia clásica. Y aunque el ocio no es un concepto moderno, hay que reconocer que la modernidad le ha quitado bríos. El ocio griego se denotó con el término skholé, que al latín clásico pasó como otium. Skholé es una palabra que designa las acciones que desatienden la mera subsistencia. Lo cual tiene dos consecuencias notables en el supuesto tácito del ocio: que es posible subsistir sin atender la subsistencia. Y la otra, que alguien deberá encargarse de la subsistencia propia y de la del ocioso. Ambas prefiguran las dos caras de la moneda de una misma perversidad histórica: la sociedad esclavista.

El otium romano se asociaba con la liberalidad, de origen griego, con las actividades libres, independientes, intelectuales, meditativas, contemplativas y poéticas. Era un otium digno. Algo inalcanzable al entendimiento de los esclavos que cubrían el tiempo de trabajo de los patricios, para que ellos ejercieran su ociosa dignidad.

Fue en Roma que se estableció la relación entre otium y negotium. El negotium siempre denotó actividad útil e interesada, la negación del otium, desinteresado e inútil. El negotium se asoció al trabajo, una palabra de tortuoso ancestro que viene del latín tripalium, un sofisticado adminículo de tortura para los esclavos. Lo que hará ver que en la visión greco-romana, tenga mucha más dignidad el ocio que el trabajo. El razonamiento es bien simple, el trabajo está más cerca de la esclavitud que del ocio. Una distancia trágica, cuya conciencia promovió en un ocioso como Nietzsche, un cierto dolor por el progreso.

En la edad media occidental, la iglesia católica, le espichó los cojones, y le apretó el pescuezo al ocio, como hizo con todo lo distinto a ella: el judaísmo, la ciencia y el humanismo. El ocio se vio constreñido a los grilletes de la salvación, un acto compulsivo por lavar las culpas del pecado, rechazando lo inútil y desinteresado; el placer del cuerpo; la ensoñación curiosa y el desinterés mundano, que pasaron a la lista negra de los pecados mortales. Sin embargo, el retiro monástico, la clausura absoluta, la entrega contemplativa total, practicadas por las órdenes, como formas legítimas del ocio divino, jamás fueron condenadas. Cuánto tiempo gastaron los ociosos doctores angélicos buscando el número de ángeles en la punta de un alfiler, o develando racionalmente el misterio alado de la santísima trinidad, sin que una bula prohibiera su ocio. Los campesinos preparaban la tierra, esparcían la semilla, regaban los surcos, recogían los frutos y los llevaban a los conventos, la iglesia era la dueña de las tierras.  Sin siervos y sin ocio, con seguridad, no habría sido posible construir un aparato teológico tan monumental como el de la iglesia de Roma.

El protestantismo fue el más recalcitrante en su condena al ocio, tanto como un medio para la moralización pública, como por la necesidad de condenar cualquier cosa que se opusiera al sentido útil e interesado del modelo de trabajo, que contribuyó a forjar en las sociedades donde ejerció influencia. El negotium no admite el ocio. Conclusión inapelable. En la visión protestante, la ética del trabajo es el bien supremo.

En la modernidad el ocio sigue siendo un bien paradójicamente distribuido. Está en manos de los más interesados, de los más útiles, que a su vez condenan el ocio, porque el “tiempo es oro”, “al que madruga dios le ayuda”, “a juventud ociosa, vejez trabajosa”, “de dios para abajo cada quien vive de su trabajo”, “echar por el atajo no siempre ahorra trabajo”, “quien trabaja con afán pronto ganará su pan”, y cientos de refranes más  que nos martillan como una maldición calvinista, que el ocio es y será la negación del negocio.

Durante la revolución industrial que nos lanzó de lleno a la sociedad capitalista, un obrero inglés trabajaba hasta catorce horas diarias, su mujer trabajaba y sus hijos trabajaban, y apenas obtenían para comer. Todos los excedentes que producía el trabajo de los miles de familias trabajadoras de la naciente industria iban a parar al bolsillo de los dueños de las empresas o a las arcas de los banqueros. Una situación tan dolorosa para los trabajadores en particular, terminó indignando más, a un ocioso radical como Marx, que a las víctimas directas. Así que en un venenoso opúsculo dado a la imprenta en 1848, anunció un método para poner fin a la sociedad dividida entre trabajadores y ociosos, en consecuencia al Estado, para que con conocimiento y productividad, la sociedad entera pudiera dedicar más tiempo al ocio que al trabajo: el “paraíso comunista”.

El Manifiesto Comunista, un ejemplo perfecto de libro de autoayuda para obreros, ha despertado fundadas sospechas, ha inspirado condenas profundas, e instigado toda clase de prohibiciones. Pero percibieron quienes condenaron con tanto ardor el Manifiesto que detrás de la condena cerrada, lo que avanzaba era una rauda cruzada infernal contra el ocio. ¡Horror! La condena tajante al fin último del Manifiesto es una condena al ocio. Condena que aplauden los judíos y los protestantes. 

Un hombre con trabajo es promisorio, responde a lo que de él espera la sociedad productiva y su familia, un ejemplo de adaptación. El desempleado arrastra siempre algún fracaso, no es ni lo que él mismo esperaría ser, seguramente está desempleado porque no puede adaptarse, o por razones que nada tienen que ver con él, porque no hay trabajo. Pero aun así, y para su desgracia no es un ocioso, porque la necesidad que se lo traga no se compadece con el estado de inutilidad y desinterés propio del ocio. Se encuentra en un limbo entre el ocio y el trabajo. Ahora, que un ocioso además de serlo, esté desempleado, es algo comprensible, casi natural. No por nada, Buda le recomendaba a todos sus seguidores que antes de entregarse al interesado trabajo, se dedicaran a la mendicidad, una forma alternativa de hacer que el ocio lo paguen otros. ¡No se empleen! En el desinterés está la dignidad. El sabio ascetismo budista sospechaba algo capital, que trabajar es el tiempo que se le roba al ocio trascendente. Lo entiendo, yo no podría tener la imagen de un monje budista, trabajando como portero de motel, parrillero en un asadero de carnes, o como auxiliar de contabilidad.

Cuando alguien siguiendo el principio budista de la renunciación llega a ser capaz de renunciar a todo lo terrenal, se ha puesto en el grado máximo de obrar con inutilidad y desinterés. Todo devino inútil, ya no tiene sentido el interés. En el extremo de la renunciación, que es renunciar a sí mismo, hay una ociosa luz que se va debilitando a medida que todo se hace inútil, y el interés se difumina. El ocio trascendental.

Es mayo de 1891. Un ex poeta francés, enfermo, que viene de Adén, desembarca en Nápoles y se encuentra en el muelle, en un día cualquiera de trabajo,  a cinco desocupados cómodamente tirados a la sombra y un poco pasados de copas, recordando las canciones de su vieja Italia. Se detiene ante ellos y le ofrece tres liras al más ocioso de todos. Cuatro de ellos se levantan para reclamarlas, así que se la dio al único que no se levantó, porque le pareció el más ocioso, el más desinteresado e inútil.

Quiera Dios que al terminar de leer lo anterior, ninguna asociación del trabajo, congregación espiritual, cívica o de jóvenes, me tomen tan en serio, lo suficiente como para que nadie me demande por incitar al ocio.

Declaro que la educación como incitación es la única en la que creo, a pesar de que el pernicioso y jactancioso Wilde, se le dio una noche al cerrar la velada, por decir una de sus ociosidades, de las tantas que le salían tan naturales, que arruinó mi confianza pedagógica, “nada que valga la pena se puede enseñar”.

 

 

 

 

Con ustedes Howard Pacheco

Con ustedes Howard Pacheco

Ciego por accidente, negro, 47 años. Los últimos doce los ha dedicado a hacer un programa de radio, nocturno, de madrugada, en el que conversa con las personas del común que llamen por teléfono. Hasta los quince fue alquilado por su padre para que acompañara en el tren a un manejador de mendigos.

Es un conversador; sabe oír; pregunta con exactitud; y responde con generosidad y precisión. Ha hecho de su programa un “fenómeno de audiencia”. La gente quiere oír a la gente por la radio. Gente ordinaria, la que se levanta todos los días a trabajar y lava su ropa. El programa se llama “La Voz” y se abre con una cortina de Héctor Lavoe. En cualquier parte donde haya alguien que no duerme, hay un oyente. Es un programa para trabajadores nocturnos, insomnes y hasta sonámbulos.

Howard vive solo, con un gato barsino, en una habitación amplia, bien amoblada, a unas pocas cuadras de donde emite su programa, todos los días al filo de las doce, hasta las cinco de la mañana. Todos los días recorre a pie el trayecto, antes de la media noche y en la madrugada.

Howard no tiene familia. Su único hermano murió en la guerra. Su madre y su padre lo dejaron hace algunos años. De dos de sus antiguos romances no quedaron hijos. Es un hombre solo por excelencia. Aunque es conocido por millones a través de la radio. En cada programa puede hablar con ocho, diez o quince personas.

El accidente, como tal, su origen, hace parte del misterio. Nunca se ha referido a él, y es el único tema que se rehúsa a comentar. Ha permitido que muchos de sus oyentes indaguen por su vida, pero respecto al accidente no ha soltado prenda. Las hipótesis son dos, en ambos casos accidentales. La primera, Howard intentó suicidarse, pero el tiro no alcanzó a matarle, simplemente le cercenó los nervios ópticos. La segunda, es que no fue un intento de suicidio, fue algo peor, en una reyerta durante un  juego de ruleta rusa, alguien le disparó.

 Howard es económico al comer, bebe con moderación, de vez en cuando un poco de marihuana. Llega a las cinco treinta a su habitación, se queda un rato despierto, come algo, alimenta al gato, y luego se echa a dormir hasta las dos. Se levanta, toma un baño, sale a comer a un restaurante cercano, donde suele hacer un poco de tertulia. Regresa a eso de las siete y permanece conectado a un radio. Pasadas las once, se abriga, agarra su bastón y sale a la calle, echa a andar tres cuadras hasta el estudio. A las doce en punto inicia el programa.

En el estudio modesto e improvisado desde donde emite la Voz, en un lugar más o menos indefinido, Howard tiene encuentros con una niña de trece o catorce años, que aparece en el estudio, en algunos momentos, no todos los días. De ella no se sabe el nombre, no se sabe casi nada. Entra en los recesos en los que Howard pasa música, o mientras habla con alguien. Y en ambos casos, pese a ser sigilosa y llegar como un espanto, Howard la siente, sin que ella diga nada. Es curioso que él no se refiera a ella por su nombre; como si no lo supiera. Si no fuera porque ella habla, se diría que es como un fantasma. Howard tiene en ella un contacto humano profundo, un encuentro que lo hace vibrar, que lo intranquiliza, que lo satisface, que necesita.

Howard hace el programa porque no tiene otra cosa que hacer en el mundo, pero también porque hablando con la gente, es como todavía conserva contacto con el mundo. Solo que para él, el mundo son las voces de hombres y mujeres que lo llaman para contarle sus desgracias. Voces que buscan consuelo, aunque no lo digan,  y que nadie puede darles. Howard los escucha y hace que millones lo escuchen. No da soluciones, comparte comentarios.   

 

 Hace 25 años, desde antes del nueve de noviembre, que retumbó con estruendo en el mundo, estaba por casarme por cuarta y última vez, sin que desde luego lo supiera; y mi amigo Burkhart, de Frankfurt, había llegado de improviso con noticias frescas de Alemania, a alojarse conmigo en el apartamento que todavía era de soltero.

La misma noche que llegó nos reunimos con los amigos de él, que había vivido en Cali durante cinco años, y los míos, algunos de los cuales se conocían. Carlos Arango, un psicólogo comunitario de la Universidad del Valle, entre ellos, que había trabajado con Burkhart en el Cauca. Bebimos y fumamos marihuana, no invitamos mujeres y gastamos una buena parte de la noche en el balcón con veraneras, hablando de lo que estaba pasando en Alemania. Desde el 85 la Perestroika había abierto la caja de Pandora del sovietismo, de la que salieron todos los monstruos de la razón y de la fuerza, que terminaron por devorarlo hasta los huesos.

Las noticias que Burkhart rajo eran suficientes para vaticinar que algo duro estaba por pasar. Al inicio de la semana los húngaros abrieron la frontera con Austria, y los alemanes se precipitaron a través de la frontera, con la misma urgencia que si estuvieran escapando de un campo de concentración. El mismo día de que el muro cayó, en una reunión del Partido Comunista de Alemania Democrática, se había recibido un informe de uno de sus departamentos económicos, en el que se anunciaba oficialmente que Alemania estaba en quiebra. Había dejado de ser viable.

La noche que cayó, a través de emisoras de onda corta, estuvimos alerta de las noticias incompletas que llegaban desde Europa. La crispación del éxodo ambientó la caída, aquella madrugada en la que después que se abrieron las compuertas, los alemanes del este entraron a Berlín occidental, como si hubieran llegado de Neptuno.

No tuvimos más que emborracharnos.

Hoy, 25 años después, el mundo no sabe la lección. Tenemos muros de la infamia en Israel, en USA, en Corea, en India y otros tres o cuatro países. Nunca aprendimos que los esfuerzos por contener la infamia, no hacen más que aumentar la infamia.

Las puertas se abrieron, gracias a un oficial del este que antes de producir un baño de sangre oficial, siguiendo órdenes, prefirió abrir las compuertas y que la gente del este pasara la frontera que se había hecho para que no escaparan. Desde la sovietización de Alemania en el 49 hasta el 61, cuando se levantó el muro, en promedio habían estado escapando 200.000 estealemanes por año.

Lo que celebro es el fin de la era de los campos de concentración, el fin de un régimen contra los hombres, el fin de la ideologización del mal, el fin de la cortina de hierro que Khrushchev levantó, tomándose los países aledaños. Celebré y celebro que un muro ha caído, pero lamento una vez más, que a pesar de haber caído uno, se hayan levantado otros, que la solución a los problemas, cualquiera que sean, entre gringos y mexicanos, entre las dos Coreas, entre israelitas y palestinos, crean resolverse como se resuelven los problemas de los animales: poniéndoles una cerca para que unos estén a salvo de otros.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una muerte saludable

Una muerte saludable

Julio Cesar Londoño

Aunque hay matices que las diferencian sutilmente, las posiciones del debate se reducen a dos: los que consideran que la vida es sagrada y que cualquier acto que atente contra ella es sacrílego, sea por mano propia o ajena, y los que pensamos que es crucial defender a toda costa los derechos individuales de las personas.

La eutanasia también se divide en dos: la pasiva, que consiste en suspender los auxilios mecánicos o abstenerse de practicar procedimientos de urgencia a un paciente terminal; y la eutanasia activa, que es la intervención directa de una segunda persona para procurarle una “muerte asistida” a un paciente agobiado por un sufrimiento físico o psíquico insoportable.

La eutanasia pasiva es una práctica corriente en los hospitales del mundo, y ningún médico, agnóstico o creyente, la cuestiona. La activa pisa un terreno tabú. Suministrarle una sustancia letal al paciente sigue siendo un tópico de difícil digestión para el médico y el legislador (y mucho más para el paciente, claro) en casi todos los países del mundo.

Holanda tiene la legislación más laxa. Allá, “cualquier paciente puede pedir la eutanasia activa, así no padezca sufrimientos insoportables. Las peticiones de eutanasia las pueden hacer menores de edad, con el consentimiento de los padres (entre los 12 y 16 años inclusive) y aun sin su consentimiento, aunque participan en la decisión final, para la cohorte comprendida entre los 16 y 17 años” (www.vida-digna.org).

Los opositores a la eutanasia tienen, todos, una fuerte filiación religiosa. Sus argumentos son siempre de orden teológico, con frágiles refuerzos lógicos: “La eutanasia es peligrosa porque puede ser utilizada por parientes inescrupulosos para echarle mano a la herencia del paciente”. Es verdad, pero también es cierto que si nos ponemos a eliminar las leyes sensatas que tienen resquicios para prácticas inmorales, nos quedamos sin ley alguna.

En Occidente, los principales objetores de la eutanasia son los cristianos y los católicos, es decir, los seguidores de Jesús, un hombre que desafió a un imperio y buscó la muerte para redimir a la especie humana. Es un caso particular del suicida heroico, un personaje reverenciado en todos los tiempos, credos y culturas.

Hay una paradoja histórica en esto. El cristianismo es la suma del monoteísmo judío, la filosofía griega (concretamente el idealismo neoplatónico) y el imperialismo romano. Es decir, nace de dos culturas que practicaron los sacrificios humanos para halagar a potencias sobrenaturales, y de Roma, donde el suicidio era una salida honorable reservada exclusivamente a la casta patricia.

A mí me gustan los “eutanistas”. Brindan una salida humana que no es normativa (nadie está obligado a tomarla) y no pretenden imponerle a nadie sus ideas. Los “sagrados”, en cambio, son intolerantes, duros como piedras, y viven convencidos de que su cosmología, una de tantas, es la única verdadera; y que las leyes laicas tienen que estar inscritas en ese marco fabuloso. Mejor dicho, creen que el mito es la Constitución y que los hombres deben limitarse a escribir el Código de Policía.

Yo sólo pido una cosa: cuando esté con la lengua afuera esperando mi dosis personal de cicuta (y el día esté lejano...), que nadie me hable de fábulas mitológicas ni de legislaciones moralistas. Ante un dolor muy intenso, del alma o del cuerpo, la única actitud de verdad humana consiste en suministrar un analgésico temporal... o definitivo. Hablarle en esos momentos al pobre tipo de códigos y fábulas, es un chiste macabro.

 

Réquiem por la novela

Réquiem por la novela

Jorge Volpi

"La literatura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos".Ricardo Piglia

Luego de que cientos de escritores, críticos y académicos profetizaran una y otra vez su inminente extinción, al fin es posible certificar la muerte de la novela. Según todos los cronistas, el último ejemplar de esta especie se produjo hace ya cien años: se trata de un pobre remedo de Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, perpetrado por un tal Pierre Menard* –a la fecha ha sido imposible identificar al autor oculto tras este burdo seudónimo–, y publicado en la ciudad de México en 2605. Basta echar un vistazo a algunas de sus páginas para comprobar la decadencia del género: sus torpes artificios estructurales, su incapacidad para crear personajes redondos, su miseria estilística y su desfachatada inverosimilitud explican por qué el público dejó de leer –y los editores de editar y los escritores de escribir– esta odiosa variedad de la literatura conocida como ficción (una palabra que por fortuna desapareció hace años de nuestras librerías). Ante obras como esta, uno no debería sorprenderse de que la novela haya desaparecido, sino de que no lo hiciera antes.

Pese a sus mil años de historia, la novela siempre tuvo una vida artificial: concebida como un engaño similar a la magia o la hechicería, su poder solo podía prosperar en sociedades con un desarrollo intelectual muy precario (no es casual que Platón expulsase de su República a toda suerte de ‘poetas’, es decir, de mentirosos). De otro modo, ¿cómo podría entenderse que adultos racionales consagrasen tanta pasión a tramar estos pueriles divertimentos? ¿Que hombres maduros e inteligentes disfrutasen sus estratagemas como los niños de párvulos gozan con sus modelos para armar? ¿Qué personas sensatas y honestas no se ruborizasen al exaltar el valor de tantas invenciones?

Durante siglos, las novelas solo sirvieron para confundir a quienes no disponían de otra forma de entender la realidad: su público mayoritario lo conformaban mujeres crédulas, adolescentes infatuados, viejos prematuros, solteros insatisfechos: en resumen, gente ociosa.

Durante muchos años me estremecí al contemplar alguno de esos gruesos tomos plagados de fantasías: cientos y cientos de páginas que representaban cientos y cientos de horas, días o incluso semanas tiradas a la basura. (Pueden imaginar lo que me ocurría frente a supremas muestras de arrogancia como En busca del tiempo perdido o La comedia humana.)

¿Es posible imaginar cuánto hubiese avanzado la humanidad si en vez de malgastar sus energías en estos delirios las hubiese invertido en tareas más nobles y provechosas? ¿Si, en vez de demorarse con peripecias de espías y detectives, enamorados y facinerosos, nuestros antepasados se hubiesen dedicado a agotar libros de filosofía, de historia, de matemáticas? ¿Cuánto hubiese avanzado la humanidad?

¿De qué manera se hubiese acelerado nuestro desarrollo económico, nuestra madurez política, nuestra andadura tecnológica? Por desgracia, nuestros ancestros padecían una predisposición natural –o más bien genética, como se ha demostrado recientemente– hacia la mentira. Tuvieron que pasar mil años antes de que lográsemos extirpar para siempre esta distracción: demasiado tiempo, si se lo compara con el empleado en erradicar enfermedades y virus menos perniciosos.

¿Dónde radicaba, pues, el poder de las novelas? ¿Por qué un género tan nocivo e inútil fascinó a tantos seres humanos? ¿Cómo logró seducir a naciones y épocas enteras?

Si bien desde mi época de estudiante yo siempre me negué a bucear en las pútridas aguas de la ficción –aunque estudié historia literaria, mi tesis doctoral versa sobre el estilo jurídico de las actas del tribunal de cuentas de Rouen en el siglo xix–, la reciente muerte de mi madre sembró en mí el virus de la curiosidad. Si bien mi difunta madre pertenecía a la primera generación que podía jactarse de nunca haber leído una novela, ahora nos confesaba en su testamento que desde hace años se empolvan en el sótano de nuestra casa las incontables novelas que mi abuelo acumuló a lo largo de su vida. Al parecer, la infeliz nunca tuvo corazón para desembarazarse de ellas y, suponiendo que ninguno de sus hijos sería lo suficientemente morboso, se conformó con emparedar su incómoda herencia, convencida de que las termitas se encargarían de convertir aquellos olvidados volúmenes en su alimento cotidiano. La pobre no podía sospechar que su primogénito –es decir, yo mismo– terminaría por abrir las oscuras cajas de Pandora que ella se había empeñado en sepultar.

Unos días después al fin me decidí a bajar a la cava dispuesto a soportar el tedio de aquellas lecturas con tal de explicarme el entusiasmo que mis antepasados sentían por ellas. A pesar de mi alergia al moho, me apresuré a desembalar los maltrechos envoltorios y a conferirle cierto orden a la desvencijada biblioteca de mi abuelo. A primera vista, el gusto del viejo era bastante ecuménico: de las más de ochocientas obras que acumuló a lo largo de su sigilosa existencia –era notario y rico–, identifiqué ejemplos provenientes de casi todos los países y lenguas, si bien una manía indescifrable parecía dirigir sus preferencias hacia la literatura mexicana de principios del siglo xxi.

Solo para contrariar su memoria, preferí iniciar mis pesquisas con los autores ingleses. Y de pronto allí me encontraba yo, semejante a los miles de lectores que me precedieron, disponiéndome a adentrarme en las páginas de la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy de Laurence Sterne. En cuanto abrí el apolillado ejemplar fui presa de un espasmo estomacal: si bien aquella tarea no estaba prohibida –solo a un loco se le hubiese ocurrido censurar libros que habían dejado de leerse hacía décadas– mi conducta revelaba cierto ánimo subversivo muy poco frecuente en mí.

Al terminar, mi decepción no pudo ser mayor: tal como preconizan los grandes críticos literarios contemporáneos, aquel libro era un puro y simple disparate. Para decirlo en pocas palabras: no entendí nada. Y no por mi incapacidad de adentrarme en las sutilezas del inglés antiguo o porque no apreciase el enloquecido mundo descrito por Sterne: simplemente no me interesaba nada de lo que éste narraba o, más bien, no me interesaba cómo lo narraba. Sin duda, la época resultaba fascinante pero, entonces, ¿de qué servían aquellas páginas frente a los estudios de tantos eruditos que se ocupaban de los mismos temas?

¿Qué podían aportar a los conocimientos que yo ya poseía en torno al siglo xviiibritánico? ¿De qué me servía leer esa acumulación de dislates y atropellos cuando podía sumergirme con más provecho en un buen libro de historia? La novela estaba plagada de caricaturas, minucias cotidianas, sensaciones subjetivas, experimentos estilísticos y burdas divagaciones sentimentales que chocaban por completo con cualquier noción de objetividad. En resumen, mi experiencia resultó terriblemente frustrante: al concluir el libro seguía tan convencido como siempre de la inutilidad de la novela, incapaz de explicarme cómo esas piruetas verbales fueron alguna vez tomadas en serio y, para colmo, consideradas provechosas.

Tratando de paliar mi ofuscación, me concedí otra oportunidad y me precipité en las obras de Austen, Dickens, las hermanas Brontë, Hardy, Forster y Henry James: por desgracia, cada uno de ellos me pareció a cuál más insoportable. Intuyendo un secreto prejuicio contra los escritores de la pérfida Albión, me dirigí entonces hacia sus enemigos naturales al otro lado de la Mancha: Hugo (un bodrio), Stendhal (un escándalo), Flaubert (mortalmente aburrido), Céline (un asco), Yourcenar (patética). Sin escarmentar, opté por unir exotismos y alterné autores rusos y estadounidenses: Tolstoi y Melville, Bulgákov y Hawthorne, Dostoievski y Faulkner, Nabokov y Bellow, Pasternak y Philip Roth...

Ocurrió lo mismo. Ni siquiera vale la pena mencionar los nombres de los españoles, italianos, brasileños, japoneses, checos o turcos que revisé a continuación: unos y otros parecían obsesionados con perpetrar el mismo e interminable error. Fatigado, me adentré por fin en la extravagante pasión de mi abuelo: la novela mexicana de principios del siglo xxi. Aunque intenté revisar concienzudamente decenas de piezas de esta época, apenas pude comprender el entusiasmo de mi abuelo por unos escritores tan desiguales: en efecto, unos cuantos se esforzaban en prolongar la tradición instaurada por Rulfo, Fuentes, Del Pazo y Elizondo, arriesgándose a experimentar con formas y contenidos inéditos, pero la mayoría no hacía sino repetir hasta el cansancio los recursos de García Márquez o bien se limitaban a calcar sin pudor los estereotipos de la novela anglosajona del momento.

En medio de tanta confusión, uno de los pocos aspectos que llamó mi atención fue precisamente ese aire de familia que unía a novelistas de naciones y tiempos tan lejanos; pese a provenir de ambientes tan distintos, era posible reconocer una especie de corriente secreta en muchos ellos. Sin darse cuenta, los mejores pertenecían a una misma estirpe, lo cual les permitía mentir de maneras cada vez más refinadas, como si la historia de la novela fuese la historia de una artesanía que se torna más sutil y estilizada con el tiempo. Algo –y ese algo indescriptible y huidizo era lo que más me irritaba e intrigaba– enlazaba a todos esos novelistas. Comprendí entonces que, si bien su empresa era demencial e incluso irrelevante, no dejaba de poseer cierta coherencia. Esos hombres y mujeres se habían equivocado al elegir la ficción como una forma válida de explorar la realidad, pero al menos estaban convencidos de que su labor podía ser única y valiosa. A pesar de su ceguera, se hallaban convencidos de que la novela no era una simple acumulación de falsedades, sino una forma legítima de explorar la realidad. Y, sobre todo, una manera de conservar la memoria que escapaba de los rígidos moldes de la historiografía o las ciencias sociales.

Sería estúpido afirmar, por ejemplo, que la lectura de Thomas Mann a Franz Kafka o a Hermann Broch permita comprender mejor los albores del siglo xx, pero sin duda estos autores plantean dudas e intuiciones sobre su tiempo –y sobre las vidas particulares de sus personajes– que a un manual de historia le sería imposible siquiera insinuar.

Por desgracia para ellos, sus continuadores de los siglos xxii y xxiii parecieron olvidar rápidamente esta lección. Apostando por una novela nacida directamente del folletín decimonónico, la mayor parte de los escritores de estos siglos fueron los verdaderos responsables de la extinción de la novela. Obsesionados con repetir modelos probados y con simular los efectos de los medios audiovisuales –especialmente de la televisión y de la música pop–, sus mentiras ya no tenían como objetivo conservar la memoria, la mirada y las dudas de sus contemporáneos, sino ser simples mentiras. Como ya había ocurrido en otros momentos de decadencia, la ficción dejó de acercarse oblicuamente a la realidad, y se limitó a regodearse en sí misma con el único fin de entretener.

La novela no murió, pues, de muerte natural: fue asesinada por sus peores practicantes. A fuerza de repetir hasta el cansancio las mismas estructuras y los mismos vicios, de exacerbar las artimañas perfeccionadas en los cinco siglos anteriores y de machacar siempre los mismos temas y los mismos géneros –especialmente el sentimental y el policíaco–, los propios novelistas destruyeron su forma de vida.

Dejando de lado algunos esfuerzos para escapar de esta muerte anunciada –vagos esfuerzos por hallar una forma novelística que no fuese heredera del folletín y que, sin abjurar de la ficción, lograse revelar la realidad–, la novela se ahogó en sus propias excrecencias.

Para mediados del siglo xxi, la novela se había convertido ya en un género desfalleciente y marginal: aunque sin duda fue la época en que se escribieron, publicaron, compraron y leyeron más títulos que en ningún otro momento de la historia, en verdad casi no se escribieron, publicaron, compraron y leyeron auténticas novelas, sino meros sucedáneos. Si uno realizara el recuento de los incontables volúmenes aparecidos a lo largo de estos dos siglos, resultaría fácil comprobar que en muy pocos casos se trataba de auténticas novelas, al menos en el sentido que esta palabra había tenido para autores como Proust,

Joyce, Vargas Llosa o Coetzee: en su inmensa mayoría no eran sino folletines disfrazados –telenovelas, culebrones, miniseries, sitcoms–, cuyos autores solo se empeñaban en utilizar el cada vez más obsoleto formato del papel impreso como una especie de atavismo del pasado. Encaprichados con divertir y entretener –o, en el otro extremo, con regodearse en el lenguaje–, los escritores de este triste periodo perdieron toda capacidad de perturbar.

El resto de esta historia resulta más conocido: durante los siglos xxii y xxiii esta tendencia no hizo más que acentuarse: los editores continuaron publicando millones de libros en cuyas solapas o guardas aparecía la palabra “novela”, pero poco a poco los lectores dejaron de frecuentarlas –es decir, de comprarlas–, asqueados ante tanta desfachatez. De pronto resultaba mucho más útil, e incluso más divertido y estimulante, leer ensayos, reportajes, entrevistas que empantanarse con tanta bazofia imaginaria.

Tras la gran crisis del 2466, prácticamente todas las grandes editoriales abandonaron sus colecciones de novela para dedicarse por completo a lo que entonces aún se conocía como no-ficción. Desacreditado el poder evocador de las mentiras, a partir de entonces los lectores ya solo se interesaron por la más pura realidad o al menos por lo que se les vendía como tal. Fue entonces, a mediados del siglo xxvii, cuando un grupo de agitadores –o más bien de guerrilleros– acometió el último intento de resucitar el viejo arte de la novela. En vano. Aunque en principio su idea pareció subversiva y potencialmente exitosa –durante meses se dedicaron a copiar palabra por palabra las grandes obras del pasado–, a la postre los lectores no se dejaron engatusar por este guiño. Los últimos esfuerzos de esos outsiders, encabezados por el escurridizo Pierre Menard –responsable de las reescrituras de Don Quijote, la Biblia, la Odisea, el Ulises y los cuentos completos de Borges– se resolvieron en el más doloroso fracaso. Anulada esta última tentativa, la novela desapareció para siempre. ¿Debemos lamentarnos? Pongámoslo de otro modo: ¿en nuestros días alguien echa de menos las églogas o los versos yámbicos, los cantares de gesta o los poemas sinfónicos? Las formas artísticas no son eternas, responden a épocas y mentalidades concretas: de nada sirve llorar su extinción o intentar conferirles una vida artificial.

Han pasado diez años desde que bajé por primera vez al sótano y leí el Tristam Shandy de mi abuelo. No puedo afirmar que mi juicio sobre la novela se haya modificado drásticamente desde entonces –sigue pareciéndome un género muerto y sin perspectivas–, pero, si bien reconozco que se trata de un vicio horrendo, de una debilidad imperdonable, de una adicción malsana, no puedo dejar de recorrer todas las noches esa misma escalera para releer las páginas de esos pervertidos que durante un milenio se empeñaron en fraguar sus ficciones. E incluso admito que, en mis horas de insomnio, se me ha pasado por la cabeza –horror de horrores– la idea de tramar yo mismo otra de esas viejas, poderosas, auténticas mentiras.

Sevilla, febrero 8 de 2704

[*] «Pierre Menard, autor del Quijote», es un relato del argentino Jorge Luis Borges, incluido en su libro Ficciones (1944). El cuento empieza con una protesta de un crítico a causa de la omisión del nombre del poeta simbolista, Pierre Menard, en un catálogo. Y para testimoniar eso, menciona la opinión de una baronesa y de una condesa, y aún enumera toda su producción en orden cronológico. Pierre Menard es un oscuro escritor francés recientemente fallecido, cuyo mayor logro fue escribir, en el siglo xx, los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote, y un fragmento del capítulo veintidós. Los capítulos son iguales, en cada palabra y cada coma, a los escritos originalmente por Cervantes. Sin embargo no son una copia. Pierre Menard inicialmente quería ser Miguel de Cervantes, en los años 30, “saber el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918”. Pero la descartó. Le dejó una carta al crítico, relatando todo lo que pasó para escribir su obra, y por qué la escribió. En opinión del crítico… “a pesar de los obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil e infinitamente más rico que el de Cervantes”.

 

Reporteros ornitorrincos

Reporteros ornitorrincos

Julio Cesar Londoño dedicó su columna del sábado en El Espectador, titulada El arte de sacar cronistas de un sombrero, a Ciudad Crónica, el proyecto de formación de cronistas de la FCL en Cali. En la conversación que tuvimos, él en su condición de amigo de la FCL, le referí mi impresión gruesa sobre la experiencia.

El problema de la crónica, o más precisamente de la enseñanza de la crónica, es un asunto de competencias: conocimiento e información, como lo es todo en la educación. Debo proponerme el asunto como un problema de pedagogía, si se quiere sostener como experiencia educativa. El primer asunto, saber qué es lo que realmente enseñamos. El segundo, lo que sea que se enseñe, cómo se enseña. Una propuesta de enseñanza debe responder exactamente a las dos preguntas. Un mayor grado de sofisticación, supondría disponer de una teoría del aprendizaje que prediga, cómo un estudiante aprende lo que se pretende enseñar. ¿Cómo se aprende a ser cronista?

La pregunta de cómo se aprende a ser cronista, es el punto de partida. De principio hay dos aprendizajes. Hay que aprender a hacer reportería. Y hay que aprender a escribir. No basta saber una sola, no basta ser escritor, no basta ser reportero. La crónica no se satisface con los roles dispersos. Se trata de un solo rol, el del cronista. El que sale a buscar, y lo captura, e intenta acomodar al ornitorrinco para la foto.

Un cronista es un “reportero ornitorrinco” que sale a cazar historias, que no son buenas ni malas, son cosas de la vida que pasan, y que dejan un rastro que un reportero ornitorrinco sabe husmear, para seguirle el rastro. Pero la foto, finalmente, que se hace con palabras, esa si es buena o es mala. ¿Pero quién pone los estándares? Para que como en cualquier proceso educativo, se pueda evaluar el aprendizaje.

El estándar en escritura lo pone la lectura. La calidad de lo que se lee influye en la forma como se escribe. La calidad de un escritor, más que por el proceso de enseñanza formal que se hace en los talleres de escritura creativa, se mide por la capacidad de aprender leyendo. Leer quinientas buenas crónicas, y releerlas, para averiguar cómo se escribe, es el mejor e insustituible programa de formación de cronistas como escritores. Todo lo que tienen que aprender de la escritura – narra, describir, juzgar – está ahí.

A lo que se pretende como una escuela de formación de ornitorrincos, una experiencia piloto no basta. Seguiremos ensayando hasta encontrar solución a las preguntas con las que damos alguna legitimidad a la preocupación educativa, para que no vaya a sonar a entusiasmo “positivista”.

Quiera dios que en el camino nos encontremos con prospectos de reporteros y prospectos de escritores, a los que podamos acompañar a caminar, hasta que lo hagan como “monstruos perfectos”.       

Los informantes

Los informantes

Durante la segunda guerra mundial el gobierno colombiano atendiendo órdenes de la Secretaria norteamericana de Estado, intervino las propiedades de los alemanes que vivían en Colombia, a muchos de ellos confinó a una cárcel confortable en Fusagasugá, que parecía un hotel. Fue una infamia norteamericana y de sus países acólitos, aunque comprensible. La paranoia antigermana estaba en su más alta cresta. USA había tenido que abrir el frente Pacífico. Cualquiera podía ser un enemigo. Los había en todas partes. Lo mejor era sospechar, y si en el trámite se presentaba una buen oportunidad de negocio, pues adelante mijo.

Juan Gabriel Vásquez publicó hace diez años, Los informantes. Hoy, no solo se deja releer, sino que propicia un cuerpo a cuerpo más lento, como el de quien sin afán recorre un cuerpo conocido. Atisbando lo que la primera vez no se vio. Atinando a ver en detalle las relaciones declaradas, pensadas, intuidas, dictadas, escritas, leídas, que conectan a los personajes entre sí. Construidos con fragmentos de personas de carne y hueso que vivieron el drama que cuenta la novela. Lo cual, si se considera, como algo propio de la novela, revelaría que toda novela es histórica.

Vásquez, en todas sus novelas tiene un mismo soporte, la historia documentada, el “hecho real”. El marco de sus novelas es una crónica, un entramado trenzado con los hechos que a cualquiera que revise la documentación, se le presentarán como registro de memoria. Como novelista necesita el hecho documentado, no le basta el hecho anecdótico, ni el hecho imaginado; necesita material para conseguir una ficción de no ficción.

Para que parezca una “novela de no ficción”, desde luego no basta con la apelación rigurosa y continua a los hechos documentados, se necesita por encima de todo, que el lenguaje sirva para que se produzca una novela. En dar esa impresión histórica se juega el carácter de narrador Vásquez. Ser capaz con un lenguaje de crónica, de periodista profesional, contar la historia y lo inventado, como si fuera un alquimista, habilitado para jugar con las sustancias de las voces y hacer escenas con el tono emocional preciso, sin exagerar, sin simplificar la trama. A una velocidad de novela, lenta y profunda.

El personaje de Gabriel Santoro padre, me resultó el más caracterizado. Los detalles de personalidad, su capacidad oratoria, sus miedos terribles, en especial el de haber sido un informante, sus amores, su corazón enfermo, su memoria futbolística, la falta de su mano – apenas le quedó el pulgar – su miedo al libro del hijo sobre los inmigrantes alemanes a Colombia, todo da una luz concentrada a su condición. Es el desencadenante de todas las acciones trenzadas que dan cuenta de la consecuencia de haber delatado a Konrad Deresser.

Una novela letrada. Todo se desencadena por un libro.

 

 

Occidente decapita a occidente

Occidente decapita a occidente

La diferencia entre el proyecto EI (Estado islámico) y el proyecto Al Qaeda, está en el programa. Al Qaeda quería aplastar al demonio occidental, sacarlo de su territorio y hacerle sentir en carne propia, el dolor infringido a su pueblo. Y para eso está dispuesta a la acción terrorista hasta las últimas circunstancias.

El EI – en sí mismo una crítica a Al Qaeda por la contaminación de la agenda religiosa y nacionalista, y la falta política de un programa de estado– es un programa de Estado, con estatuto de territorialidad, con ejército, regido por la figura ultraimperial del Califato. Una institución de poder que comienza en el 632 y va hasta 1924. Que se guía por la constitución de Medina y tiene en el Corán un libro constitucional, de gobernanza, de legislación. Su última sede estuvo en Estambul. Su centro siempre ha sido móvil, ha estado en Damasco, en Bagdad, en El Cairo, en Córdoba y Estambul. Con la revolución de 1926, que terminó con el imperio otomano, el califato se disolvió en Turquía.

El EI “gestiona” con su guerra un territorio de Siria e Irak, donde viven ocho millones de personas. Se pretende restaurar el califato con el propósito ecuménico de unir a todo el Islam del orbe. Un supercalifato siglo XXI, levantado sobre la insurrección del terror, de la masacre fría, de los ajusticiamientos colectivos frente a las fosas de tierra. El moderno engendro más endemoniadamente fascista y regresivo del mundo presente. Un Estado levantado, siglo XXI, sobre la política de eliminar físicamente a los infieles, el rasgo arquetípico de todo fascismo. Matar a todos los que no son como él ordena que sean. Y a los “apóstatas”, los musulmanes traidores. El Califato se reserva el derecho privilegiado de tener la verdad absoluta, fuera de la cual solo está la muerte. Es su ley.

El EI ha provocado a occidente – USA y su aliados de la Otan – de la manera más abierta, contundente y viral. Han practicado decapitaciones al mejor estilo de las Mil y una noche, solo que ahora las han grabado en video UHD y a los pocos minutos de haber ocurrido han trepado las imágenes a la red, para que el mundo vea lo que hacen con los demonios de los demonios, los periodistas.

Han decapitado a tres periodistas, dos norteamericanos y uno europeo, para decirle  a occidente, que vaya por ellos. Por los ejércitos negros de demonios negros del Islam que amenazan a occidente. USA y sus aliados europeos y regionales han movilizado una fuerza internacional para cazar “califas”. Han calentado el conflicto interno sirio, estimulado la causa kurda y provocado cientos de miles de refugiados. Van por la cabeza del califa, como en cualquier película de acción norteamericana. Como fueron por la cabeza de Hussein y de Osama Bin Laden  Y seguramente la conseguirán, como consiguió Tarantino en su film, matar a Hitler, encerrándolo como una rata en un teatro en París.

El acto simbólico de cortarle la cabeza a un infiel occidental utilizando a un verdugo occidental - un hombre de acento inglés identificado - es una perversión simbólica demasiado cruda, porque muestra lo que el Islam ya le ha hecho a occidente tras las líneas. Como las que descubrió Henry Levy, rastreando durante varios años los hilos del califato mafioso con centro en Karachi, que decapitó al periodista Frank Pearl en 2002.

Un neo nazi alemán, holandés, francés, o los matones irlandeses, o los bárbaros ingleses y los islamistas paneuropeos, tienen en EI el proyecto perfecto. Bien vale la pena echarse el morral al hombro, comprar un pasaje a Turquía, pasarse a Siria, presentarse a filas del ejército del EI y comenzar a cazar infieles. Como los “Malditos bastardos” que fueron a Francia a cazar nazis para arrancarles el cuero cabelludo, a la mejor manera comanche.  

 

La vida está en otra parte

La vida está en otra parte

La novela de Milan Kundera fue publicada en francés a mediados de 1973. En su traducción al español vinimos a conocerla en 1979, con un prólogo de Carlos Fuentes. Comienza fascinante, con el viaje en tren, entre Paris y Praga, de él, Cortázar y García Márquez. Hablan de novela policiaca y beben “cantidades heroicas” de cerveza. Ahí hay una novela. Ocurre en noviembre de 1968. Artemio Cruz, Horacio Oliveira y Aureliano Buendía, en un vagón de primera, con escala en Munich.

El Fuentes clarividente y lúcido que debería habernos contado la conversación, prefirió suplantar el relato con una suerte de aparato ideológico con el que busca demostrar que “la historia sí tiene un sentido”. El barroco, pretensioso, pesado y elucubrante Fuentes.

La clave de la novela está en la siguiente cita de un diario de Jaromil, poeta huérfano de padre, que vive con su madre y su abuela en dos habitaciones y usa calzoncillos socialistas: “El poeta es un joven a quien su madre lleva a exhibirse frente a un mundo en el cual es incapaz de entrar.” En esa frase, de un cuaderno de Jaromil se revela el problema principal: entrar a un mundo. Me refiero el tránsito al mundo adulto, entrar al mundo poético, perder la virginidad, entrar al mundo de  la imagen y de la letra, entrar al mundo de orfandad, entrar a la “nueva Checoeslovaquia”. Aquella donde los policías invitan a los poetas a dar recitales en las inspecciones.

El efecto devastador de la manera como el narrador da cuenta biográfica de Jaromil, en todos sus intentos por entrar a algún mundo, fue en mí, el odio instantáneo por el poeta. Detesté visceralmente la figurita siniestra del poeta prevalido del reconocimiento que otros como él, la policía y su madre, hicieron de su poesía, para terminar siendo, a pesar de la poesía, un delator inocente, desleal, traicionero de amor. Por una causa, desde luego, serle fiel a la patria de los políticos. Detesté al personaje con toda mi puta iracundia. Detesté a todos los jaromiles, que bajo el indulto poético de lo que escriben pueden ser desalmadas basuras.

Jaromil delató a su cuñado, porque acató la obligación ciudadana de dar cuenta a las autoridades. Según la pelirroja pretende escapar de la patria socialista. Es cierto, ella le pone a Jaromil los cuernos con el cuarentón – porque encuentra en él todo lo que no encuentra en Jaromil -, pero él no lo sabe. De haberlo sabido habría sido una venganza, lo cual le habría cambiado el carácter a la novela.  Así que va donde su amigo el policía y le cuenta. Y desde luego, el hermano de la peliroja, que es apenas su tapadera de la relación con el cuarentón, termina detenido. Hasta una pequeña rata poética, como Jaromil, acepta los deberes de su amo socialista. “Era un poeta comprometido”. El más execrable de los lugares comunes de la jerga francesa de los años sesenta.

Jaromil no pudo entrar al mundo, a pesar de su madre, o quizás por ella. Al único que se acercó fue al del sueño, Jaromil/Javier. En el que encierra al marido en una cómoda y huye con la mujer. Uno de sus más afortunado. Pero ni siquiera en sus sueños Jaromil me resulta aceptable. Y esa repulsión que me provoca, mide en mi escala la virtud de la novela. Lenta, sosegada, constructiva, bien nutrida, capaz del arte del detalle y de el tono biográfico justo, completamente creíble.

Al llegar a la estación de Praga, Milan Kundera estaba esperando a Horacio Oliveira, Aureliano Buendía y Artemio Cruz, que venían borrachos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Omertá

Omertá

 La ley del silencio es el código de honor siciliano que prohíbe hablar de los delitos. El honor consiste en permanecer en silencio para proteger a terceros, aún a costa de la vida. En la cultura mafiosa, romper el silencio se castiga con la muerte. El término omertà, es de origen incierto. Se encuentran trazas de uso en lengua siciliana hacia 1800. Una teoría asegura que deriva de humilitas (humildad), adoptada a los dialectos de Italia meridional como umirtà, que se convirtió al siciliano en omertá.

Los estúpidos sostienen, hasta con razones, que el Congreso no es un escenario para debatir el carácter político de las fuerzas que toman asiento. El debate Uribe-Cepeda no debería haberse hecho, según ellos, porque no se debe hablar del pasado político-criminal de sus miembros, por una especie corporativa de fuero mafioso, implícitamente instalado en el Congreso.

A Cepeda le pusieron toda clase de obstáculos para debatir una cosa que hay que debatir: el carácter de las fuerzas políticas que convergen en torno al proyecto de país. Porque es el punto que nos interesa a todos, quizá con excepción de ellas. No es lo mismo un congreso donde se pueden sentar los pablo escobares, los gordos garcías, los albertos santofimios, o a donde pueden ir para ser aplaudidos los mancussos y los isazas, que un congreso en el que no se lesgisle  a favor de los legisladores. Es estúpido decir que no se debe  debatir sobre una fuerza política, que representa todo aquello a lo que en la ultima vuelta electoral nos opusimos quienes no votamos por la Zorra Zuluaga.

Quienes creemos que hay pruebas suficientes para que un tribunal – nacional o internacional – despolitizado, analice el acopio, su legitimidad, y establezca probatoriamente la relación entre Uribe y el paramilitarismo, no nos quedamos contentos con que el asunto no se pueda discutir, aquí en el Congreso y ahora. Entre otras cosas, porque si los hechos no se convierten en objeto de verdad en el Congreso, las Cortes no se ocuparían de él. Nada casual que Uribe rehuyera el debate para ir a la Corte Suprema de Justicia a demandar a Cepeda.

No nos interesa que se legisle sin que sepamos con quién y para quién se legisla. A ellos sí. “Negar las relaciones de Uribe con el paramilitarismo es como negar las relaciones de Timochenko con las Farc” (Claudia López). 

“Lo hago de manera escrita por el suicidio que he cometido…”

“Lo hago de manera escrita por el suicidio que he cometido…”

Se llamaba Sergio Urrego, tenía 16 años, pelo negro, unos ojos grandes cuajados de inocencia que irradiaban una luz tímida sobre el rostro de niño asustado. En la foto que publicó El Espectador parece estar succionándose el dedo gordo de la mano izquierda. Dejó tres notas a su madre. Cuando ella entró a la casa ya no lo encontró. En la mesa de comedor encontró la primera. Le decía “se presentó un problema, no pude ir al colegio”. Cuando estuvo en su cuarto, encontró la segunda, decía “estas cosas solo las puede tocar mi madre o mi padre…”. Y ahí mismo, en el cuarto, halló la tercera:”Espero que lean las palabras de un muerto que siempre estuvo muerto, caminando al lado de hombres y mujeres imbéciles que aparentaban vitalidad…” más adelante “…me lamento de no haber leído tantos libros como hubiera deseado”. Y termina diciendo “…ya puedo observar la infinita nada”. Era gay, estaba enamorado y pertenecía a la anarquista Unión Libertaria de Estudiantes.

En un aparte de la carta final, explica que la decisión es la respuesta a la denuncia por acosos sexual que los padres de su expareja interpusieron. “Lo hago de manera escrita por el suicidio que he cometido…” agrega. Cuando escribe en el presente ya se da por muerto, siempre lo estuvo, aclara. Lo mató la discriminación, desde que se enfrentó al mundo en su condición de gay. Pero también dejó dicho:”Mi sexualidad no es mi pecado, es mi paraíso”. Todavía está en FB.

De un colegio en Tenjo lo trasladaron sus padres al Gimnasio Castillo Campestre. Y en el colegio encontró el infierno que siempre ha sido para muchos, y que a él lo llevó a morir. Un profesor inicia la cacería de brujas cuando decomisa un teléfono, donde hay una foto de Sergio besándose con su novio. De ahí en adelante el colegio lo quemó con guantes y psicología, como si fuera una bruja de la España negra. Ensayaron una política de la crueldad, de la inhumanidad, refinadamente  antieducativa, fascismo institucional. Encontró el colegio la forma de hacerle pagar por ser anarquista y gay, al punto que sus padres, antes del grado, debieron sacarlo del campo de concentración. Exigieron el reembolso de los derechos de grado, y el colegio se los robó, argumentando que ya se habían causado costos.

Los padres del novio, que no podían matar a su propio hijo por lo que consideraron sucio, pecaminoso e inmoral, volcaron toda su ansia castigadora, su ansia fascista, contra Sergio, hasta que lo mataron. Decidieron que el amor de los dos muchachos, no era más que acoso sexual por parte de Sergio.

Así que después de dejar las tres notas en que se reconoce muerto de siempre, salió de la casa sin comer, como a eso de las siete de la noche, caminó hasta el centro comercial Titán Plaza, subió a la terraza, caminó hasta el borde y se lanzó.