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Alberto Rodríguez

A este lado del jardín

A este lado del jardín

Un buen recurso para escribir un relato es barajar distintas opciones en el diseño de la trama, antes de que el texto se case definitivamente con una. La variedad es tan buena como en la cocina, por la aromática razón de que en los cuentos como en las salsas, es el punto el que pone la calidad (en ambos casos, los ingredientes han de ser de primera).

Tenemos una versión de medios - burda e incompleta -, antes de que se conozca la verdad procesal de los hechos. De ella derivará la condena o la exoneración de Fabio Naranjo, el protagónico masculino, por la muerte de Matilde, la protagónica. La versión del relato, está a mitad de camino, entre la versión de los medios y la versión procesal. No será la una ni la otra, así se escriba ahora o después del proceso.  Tenemos, entre manos, una historia que suena demasiado truculenta en la ficción, y demasiado truculenta en la realidad.

Sé que hay varias hipótesis - hablando del tema de relato – acerca de por qué se siente más repugnancia por la depravación matricida, que por el parricidio. Pero no es el asunto ahora.

Un zapatero católico de 46 años, legalmente casado, padre de una niña de cuatro, se va con su madre a vivir a España. Allí conoce a una mujer de la que se prenda, lo que despierta celos y profundas molestias en su madre. Regresan a Colombia. Un día sostienen una discusión agria, estando solos en casa, y él termina asesinándola, o ella suicidándose, o muriendo accidentalmente. Así que como quiera que haya sido – una buena aplicación de la ley de la variedad en el relato -  el zapatero acerca un barril metálico de los más grandes, hace una mezcla de cemento en el patio, la descuartiza y la introduce por partes. Luego forra el barril en cemento prensado. Deja secar el contenido del barril y lo empotra en un carro de perros calientes que guarda en un parqueadero. Catorce meses después, el olor delata el desconocido contenido del barril macizo, así que el zapatero lo saca del parqueadero y lo lleva a su casa, y en la noche va a dejarlo por donde el carro de la basura pasa. Como no era basura usual, algunos vecinos sospecharon – podría ser una bomba – así que dieron aviso a la policía, que llegó cuando el zapatero arrastraba el barril que iba esparciendo un delicado  aroma criminal. “En la caneca está mi mamá”, fue lo que les dijo.

Cuando Matilde desapareció el zapatero encabezó la comisión de búsqueda. Pero pasó más de un año para que viniera a aparecer, la tarde en que la sacaba para que el carro de la basura se la cargara. Cuenta el hermano del zapatero, que pocos días después de la desaparición, recibió una llamada en la que le pedían cien millones de pesos para devolverla. El día en que Matilde Murillo Gómez murió, debía hacer un pago alto, para cubrir una deuda, que no alcanzó a saldar. Del dinero no se sabe nada.

Como no hubo flagrancia, ni había orden de captura, Fabio Naranjo fue dejado en libertad. Cuando le preguntaron por qué lo había dicho, el zapatero se limitó a decir: porque era una mujer suela.    

“El mal nace de la libertad”

“El mal nace de la libertad”

Un ex carmelita descalzo, que permaneció 21 años en celibato y que asegura que es posible “hablar” con los seres queridos que han muerto, concedió unas explosivas declaraciones el domingo tres de julio a El Tiempo – pag 10 – en la que niega la existencia del diablo. No se aclara si es por la falta de fe o de información.

En materias tan delicadas, yo siempre me encomiendo a Don Nicolás Gómez Dávila, quien aconsejaba sabiamente: “Nada más peligroso para la fe  que frecuentar a los creyentes”. Así que decir que la jerarquía católica se ha inventado al diablo, podría llegar a intuirse tanto como que también se hubieran inventado a dios. Hasta donde se sabía, el uno y el otro, eran las caras de una misma moneda: el bien y el mal. Juan Pablo II, alma bendita, ya nos había hecho saber que el diablo es un entidad simbólica del mal, más que un ser. Aun así, no alcanzo a imaginar hasta dónde han avanzado las ciencias teológicas, desde su deceso hasta hoy.

Don Gonzalo Gallo, sin que se le mueva un pelo, dice para la prensa: “El diablo es un invento humano, nunca ha existido”. Con lo que incurre en una falacia de principio, negar su existencia, por el hecho de ser un invento, como si los inventos no existieran. Es justamente eso, ser un invento humano, lo que le da el poder a su existencia. No importa si existe en el sótano, en el camino, en el zarzo, en el corazón, en el infierno, la mente, los cojones, en el estómago, o en todo. Al contrario de lo que él cree, si no se lo hubieran inventado, no existiría. ¿Cómo? Y si no existiera, habría que inventarlo.

Don Gonzalo se ha quedado sin religión, no está en ninguna, le dice al periodista. Al menos en eso es consecuente, si el demonio no existe para qué una religión. Es un hombre libre que ha dejado de creer en el demonio. Aún así está dedicado a la oración, una oración en la que se le dice a Dios: “sé que me cuidas”. Y va uno a ver, y es cierto, necesita que alguien cuide de él.

El periodista no se quedó sin hacer la pregunta elemental, la más dialéctica: ¿Y si no hay diablo existe Dios? Y Don Gonzalo, enfáticamente, con vehemente exclamación responde: ¡Por supuesto! ¿Por supuesto no, o por supuesto  sí? Y aunque no lo explica, de su argumento posterior se infiere que la otra cara del mal no es el bien, sino la libertad, porque Dios no tiene dos caras, es un absoluto último sin dualidad. Lo único que no ha sido creado por él, es el mal, ese se le debe a la libertad, la de los esclavos, la de los siervos, la de la revolución francesa, la de la revolución anticolonial de los pueblos de América, la libertad de hacer, de pensar, de soñar, de creer. He ahí la contrapartida del mal.

Con el demonio seríamos libres, lo cual conduce a una idea bastante servil de la relación de los hombres con Dios. Aunque tal vez, esa sea por la que aboga Don Gonzalo en su oración. ¿Qué tal que hubiera leído a Nietzsche? Ahora estaría citándolo para demostrar su razón: “¿Para qué la libertad sino podemos hacer el mal?”.  

 

El ruido de las cosas al caer

El ruido de las cosas al caer

Las cosas que suben tienden a caer. Las cosas que vuelan están agravadas, y al caer hacen un ruido único, singular. El ruido del tiempo que se siente como un silbido por entre un tubo, el ruido que se siente dentro de un avión mientras se precipita a tierra. Hipopótamos, cuerpos de paz, marihuana, inquilinatos, billares, aviones, estudiantes de derecho, y una dosis sesentera de nostalgia cruda, fue lo que encontré en la novela de Juan Gabriel Vásquez. Su luz es la de un gris urbano, que estuvo inventando durante dos años y medio, entre junio de 2008 y diciembre de 2010.

El accidente de Santa Ana – el Tablazo -, el vuelo de American Air Lines, siniestrado en la navidad de 1995 en el Valle del Cuaca, el avión de Avianca, que Pablo Escobar hizo explotar en pleno vuelo, para matar a  Cesar Gaviria, que se había quedado del avión. La primera avioneta de Escobar, colocada como insignia sobre el portal de su hacienda Nápoles. Y las avionetas de los primeros pilotos, que con los cuerpos de paz, fueron precursores de vuelos hemisféricos de marihuana, en los nostálgicos sesentas. Eso es lo que está en el álbum histórico de vuelos y contravuelos, de la novela, Premio Alfaguara 2011.

Se ingresa a la trama por vía de la primera persona – Antonio Yammara -, una víctima, porque es una novela donde solo hay víctimas. Al fin y al cabo una novela colombiana, como el café, el perico y las esmeraldas. Es una novela sobre la estupidez nacional, sobre la avidez emergente, sobre el triunfo de la crueldad sobre el amor, donde los amores trastabillan, donde a veces no son más que muecas tibias de dolor. Es la historia de la recuperación de un dolor. A un profesor de derecho, que se le ocurre averiguar la verdad.

Vásquez tiene pasta de fajador, sabe contar, es dueño de un tono que ensambla con talento en sus personajes, que les da veracidad y peso. Tiene la rara capacidad de hacer que el lector entre a su escena. Es como dirían antes, un narrador nato, que aun tiene por delante esa tarea inconcebible, de pulir el estilo. Encontró una identidad narrativa, la forma de hacer valer los tonos.

El regreso de Yammara a Ricardo Laverde es la senda de retorno al pasado de la historia. Después de muerto Laverde,  el contertulio del billar, por el que casi muere Yammara, se regresa por el mismo hilo de muerte hacia atrás, para intentar hacer posible la vida después del atentado. Para hacer que su cuerpo encuentre el origen de ese momento fugaz que lo puso más allá de la vida.

El mismo Vásquez, como autor, utilizó la novela como un ejercicio de memoria, un ejercicio de identidad, a través de la escritura. Se devolvió a su primera década, cuando se consumó la acumulación primitiva del narcocapital, cuando se hicieron los primeros vuelos, cuando se creó la DEA y se militarizaron los carteles. Y de paso, mirar el nicho de confianza, el circuito de los profesores de derecho, las familias de la clase media, las esposas y los hijos.

Es una novela recomendada durante un fin de semana nacional, un puente digamos, para quienes prefieren revivir el tiempo, con una novela, a matarlo.

La Habana: música, diversión, rumba

La Habana: música, diversión, rumba

Es agresivamente paradójico que cuando llegaron los barbudos al poder, La Habana fuera el burdel del Caribe, y hoy sea un burdel del mercado negro. De la misma manera que muchas argentinas, que jamás habían ejercido la prostitución, tras el “corralito” fueron lanzadas al negocio, muchas cubanas, forzadas por la miseria, han terminado en redes manejadas por chulos locales y de fuera de Cuba.

La prostitución del malecón se la dejaron a las putas viejas, mayores de cuarenta, que aparecen maquilladas a las cinco de la tarde donde desemboca la avenida que pasa por el Habana Libre. Se han retocado con una cierta nostalgia pasada de moda, huelen a aguas mentoladas, mueven sus tetas generosas bajo tafetanes amarillos, y llevan zapatos rojos. Mientras se fuman un cigarrillo, ofrecen su casa con generosidad como un lugar para que el turista conozca cómo viven los cubanos, como si fuera un museo. Te vienes conmigo y tomamos un cafecito. ¿Cuándo llegaste amol? Yo vivo aquí no más. Tomas mi dilección y mi teléfono y me llamas. O si quieles, vamos ya mismo. Mira, si llamas y no te contesto, hablas con Gregorio y le dices que me pase. En algunas casas han reservados lugares discretos para que por veinte pesos convertibles, uno conozca un poco mejor a las cubanas. Porque “si has venido a La Habana y no has probado cubana, no has estado chico”.

El panteón brillante de las jineteras jóvenes se reúne en los locales del Vedado, antros semisubterráneos, iguales a los que hay en todo el mundo. UN DJ sobreactuado que siempre grita. Una licuadora de luces, un poco de hielo seco y música rítmica, electrónica, balada rock, disco, reguetón, y pantallas, mucho video. Imagen, semioscuridad y una música que nunca para, por entre la que se agitan, flotan, danzan y mueven los culos como si se fueran a venir. Es el lugar de las citas, donde los clientes locales y los turistas, invitan a un trago, hablan un poco, se mueven y luego van a echarse un polvo en un lugar que ella sabe.

Y por contactos en bares y hoteles, llamadas locales, Internet, se encuentra el grupo de las divinas, las nenas de cien dólares y más. Las estrellas titilantes en el cielo nocturno del mercado negro.

La música esta sectorizada. La de La Habana vieja la suenan formaciones clásicas que se presentan en hoteles y bares, con repertorio cubano turístico. Cuando terminan pasan vendiendo sus compacts y luego si no compras, te pasan el sombrero. Cada lugar tiene un pianista, un trío, un cuarteto, de músicos cubanos, con sabor, clase, gusto, que se benefician, de paso, de los pesos convertibles. En Centro Habana, en el sector alrededor del Capitolio, están los bares para cubanos, donde van los extranjeros que viven en La Habana, y algunos pocos turistas que logran sobrevivir al “Habanatour”. Y más al oeste, los bares donde van los cubanos que pueden ir a los bares, pagar en pesos convertibles, o los que atrapan a un turista, para sacarle tres mohitos, mientras hablan del son y la santería.

El hombre nos abordó en el paseo central, cerca al Hotel Inglaterra. Si vienen a La Habana y no se toman un  negrón, es como si no hubieran venido. Yo los voy a llevar al sitio donde sirven el mejor de toda Centro Habana. Y después de tres, entonces nos ofrece una sala de bolero clásico, pero antes nos lleva a un lugar caliente de son. Y antes de llegar, en una esquina como una aparición, aparece su esposa. Y entonces nos vamos de rumba por Centro Habana. Y cuando a alguna hora salimos, dice que nos va a poner en un taxi de un amigo que nos llevará al hotel. Pero antes de llegar, la policía nos detiene. El policía le recuerda la advertencia. “A los turistas déjalos quietos”. Él dice que somos amigos, que hemos venido a visitarlos. El policía no le cree. Mira, los pongo en el taxi, y ya hablamos tú yo, le dice al policía. Entonces nos conduce a donde el tipo del auto y mientras nos acercamos dice que es cardiólogo y que por favor le deje para comprar dos bolsas de leche. Luego me da un beso en la mejilla y se despide.  

“Cuba ocupa un lugar privilegiado en el mapa de las rutas del narcotráfico y pocos saben que la mayor parte de la cocaína procedente de Colombia hace escala en la isla antes de partir hacia Europa y Estados Unidos”. Es lo que dice en la contraportada de “Conexión Habana”, una crónica de Santiago Botello y Mauricio Angulo, que publicaron en Ediciones Temas de Hoy en 2005. Son dos periodistas españoles que entraron a Cuba como turistas, con el propósito de contactar a la mafia habanera, para comprarle droga rumbo a España. Después de un año de trabajo hicieron contacto con el nivel más alto de la mafia local. Dejaron grabados videos secretos, registros de voz, fotos y la crónica que da cuenta de todo.

Cuba ya no es un lugar para divertirse. Al menos no, de la misma manera a como se divertía el turista norteamericano en la década de los cincuenta, ni un revolucionario afiebrado que iba a participar de la zafra en los sesenta, ni los militares soviéticos que buscaban diversión en los setenta, ni los intelectuales latinoamericanos que se han divertido en todos los tiempos. Con el “periodo especial” caballero, “llegó el Comandante y mandó a parar”. La diversión ya no es la misma, ahora los tiempos, son más los de Guillermo Fariñas, Tomás Zapata, las “madres de blanco”, Yoany Sánchez, y hasta de Pánfilo, un miserable habanero que en medio de su borrachera diurna, dijo ante cámaras, y lo repitió diez veces, antes de que lo detuvieran y lo llevaran a un hospital psiquiátrico:   ¡Aquí lo que hay es hambre!   

La industria Hemingway

La industria Hemingway

Ernest Miller Hemingway llegó por primera vez a La Habana en abril de 1928, a bordo del vapor inglés Orita. Iba con Paulina Pfeiffer. Venían de Francia y él tenía 28 años. Hacía tránsito a Cayo Hueso, a donde iba  a terminar su segunda novela, Adiós a las armas. No estuvo en la Habana más de 48 horas.

En 1932 Hemingway regresó a pescar el pez espada, algunos de cuyos ejemplares disecados, están colgados hoy en el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de la Habana. Luego será hasta su regreso de la guerra civil española, cuando tras una temporada en el quinto piso del hotel de Ambos Mundos, alquile y luego compre por 18.000 dólares, la finca Vigía en San Francisco de Paula, “a dos leguas y media de la Habana”, en donde vivirá por 22 años.

Hemingway abandonó Cuba, un año y medio después del triunfo de la revolución. En el antiguo aeropuerto de La Habana le dijo a Rodolfo Walsh, sin que él se lo estuviera preguntando “I´m not a yanky. You know”. Fue un año y medio antes de que se descerrajase un tiro en el fondo del paladar. 

Hoy, un poco más de cincuenta años después, del remoto  día en que Hemingway abandonó La Habana por última vez, sus nueve mil libros se conservan intactos en las limpias estanterías de Finca Vigía, dispersas en toda la casa, sus camisas militares, sus grandes botas de leñador, el registro de peso corporal en una pared del baño, escrito en lápiz. El Miró en el comedor, sus tres máquinas de escribir. Su Smith Corona en la torre junto a la casa, donde tenía el telescopio. Afuera en el patio, alrededor de la piscina, las tumbas de sus cuatro perros, con lápida y nombre, y al fondo, descansando para siempre su yate Pilar, traído de Key West.

El circuito Hemingway fue para mí el circuito de la nostalgia, una nostalgia de autor, que posiblemente no luzca nada bien en la atmósfera turística apresurada y mecánica, con que en Cuba se explota la historia del escritor.

El tour podría comenzar en El Floridita, haciéndose tomar una foto junto a la estatua broncínea de tamaño natural de Hemingway, situada en el rincón izquierdo del lugar, mientras el barman manipula cuatro botellas a la vez, sobre licuadoras donde el frappe, el ron, la azúcar y el limón, se encuentran en el instante de esa proporción mágica que da lugar al mejor daiquirí del mundo. El pequeño templo art decó, de “cortinas episcopales”, aire dorado donde la sutileza del claroscuro decadente, envuelve el aire entonado por un cuarteto habanero.

Luego iría uno, bajando por el Boulevard del Obispo, hasta el hotel de Ambos Mundos, donde se tomará la foto junto a la placa. Adentro ingresará al ascensor de reja que lo deja en el quinto piso. En el extremo, en un cuarto esquinero, sin número, con vista a la antigua catedral, la entrada del puerto y al Palacio de los Capitanes Generales, el cuarto donde Hemingway siempre se hospedó, antes de tener su casa. Para García Márquez, siempre será un enigma, por qué en la descripción que hizo Hemingway de la vista desde la habitación, no mencionó al último. En la habitación de 16 metros cuadrados está la cama, el pequeño escritorio negro, una biblioteca, y cuatro cañas de pescar. En la mitad, en urna de cristal, dentro de la cual está la máquina de escribir, sus gafas de entonces y dos páginas, una manuscrita de Por quién doblan las campanas y otra mecanografiada del Viejo y el mar.

Una vez en la calle y a menos de cuatro cuadras del hotel estaremos en el lugar donde iba a beberse el mohito, La bodeguita del medio, un antro reducido y sofocante donde se va a beber de pie. Un mostrador en ele de madera, junto a la estantería y a un lado las dedicatorias de los famosos, colgadas en la pared.

Y “dos leguas y media más allá” Cuba adentro, su casa, la única que tuvo, el lugar donde más vivió, donde escribió casi toda su obra y donde se le ocurrió que habiendo experimentado mucho tiempo en el cruce, había llegado a inventar una nueva raza cubana de gatos. 

 

 

Cuba: Patria o muerte

Cuba: Patria o muerte

 Para quienes en una época fuimos socialistas, igual a como otros alguna vez fueron liberales, o conservadores, el socialismo siempre, siempre significó algo mejor que el capitalismo. Era lo que le daba algún sentido al proyecto. Patria o muerte. Patria socialista. Muerte capitalista. Así lo entendimos los estúpidos ideológicos, que arrastrábamos desde el siglo XVIII con los laureles marchitos de la revolución francesa, que un día se desgajaron en medio de la revolución china. La última y más profunda impresión que me traigo de la Habana, es la de algo más cercano a la muerte que a la vida. No es algo que ya sea la muerte, pero que tampoco es la vida. Algo que en lo social carece de las riesgosas ventajas del capitalismo, los salarios, el consumo, el ahorro, la circulación, la moneda, la banca, la bolsa, la libertad de medios, el pluralismo político, la separación de poderes. Y, desde luego, algo que en el mejor caso no pasaría por ser más que una triste caricatura tropical del socialismo. Ni fu ni fa. Es un híbrido colectivo y gris detenido en los años cincuenta. El pueblo cubano – ese inapelable lugar común – ha tenido que soportar todos los rigores de un experimento que lleva más de cincuenta años tratando de llegar a alguna parte. Un experimento – digámoslo claro - en el que el guión podría ser bueno, pero que en su puesta en escena es un fracaso. Primero el aislamiento, cuando un año después de la llegada de los barbudos al hotel Habana Hilton, desde donde Fidel despachó en los primeros tiempos, se cerraron los mercados, se bloquearon las ventas y se suspendieron las compras de azúcar en el mercado internacional. Lo que era apenas de esperar, puesto que los enemigos de la revolución no colaboran con ella. Luego pasó a ser, como decían los maoístas, una neo colonia soviética, de la que dependía para el comercio, la economía, la tecnología, con todas las consecuencias de la dependencia nacional. Luego el vacio, la caída del bloque soviético, con lo que Cuba se precipita al “periodo especial de guerra”, la hambruna, la desnutrición, la miseria nacional, la falta de leche, el raquitismo, la ceguera, la huelga de hambre, el desabastecimiento. Ahora se encuentran en un “período especial en tiempos de paz”, con la promesa de una “rectificación” después del Sexto Congreso del Partido Comunista. Cuba es un “período especial” caballero. Ha tenido que abrir la puerta a los inversionistas extranjeros legales, norteamericanos, españoles, europeos a la industria del turismo. Tiene una especie de apartheid monetario. Por un lado el peso cubano, la moneda en que se pagan los salarios, algo completamente simbólico en Cuba, un medio de cambio sin mercado. Por otro lado, el peso convertible (CUC), con el que se compran los dólares y los euros que entran a la isla. Un mercado de divisas que solo favorece a quienes trabajan en el sector de turismo. Y de otro lado, las remesas en dólares que ingresan desde la economía en el exilio. Así como la Habana fue fundada tres veces, hay tres ríos monetarios en Cuba, que hacen que el mercado negro, sea el mercado. “Todos los cubanos roban” es una expresión que escuché varias veces. Y que quiere decir: todos los cubanos con empleo a cargo del Estado, necesitan sustraer una parte de los artículos que manejan, para venderlos en el mercado negro y conseguir un sobresueldo, generalmente mayor que el sueldo, que les permita alguna calidad de vida. No sé, creo que muy pocos lo saben, cuál es el índice de desempleo real en Cuba, de subempleo calificado. La Habana centro-centro es un lugar tan lleno de cubanos, en horas laborales, como lo es el centro de Bogotá, San José, Cali, Caracas o Lima. ¿Qué hacen todos ellos? ¿Qué hacen todos esos hombres jóvenes, que como fantasmas diurnos, se deslizan a las diez de la mañana, como salamandras, por entre los balcones republicanos? El mercado blanco es un quiste económico del experimento socialista, un artificio de la economía del peso-salario, una economía de trinchera, de colas, de tiqueteras, de pan amarillo y perro caliente en las esquinas. Una economía de consumo básico, que cierra toda posibilidad al ahorro. El mercado blanco es una broma económica, un artificio casi romántico del desabastecimiento, de la pobreza institucional, de la subalimentación, de la rigidez del valor y el cambio, que pesa a los cubanos, que deprime su calidad de vida, y que se mueve como un corpúsculo en la superficie babosa del mercado negro. La Habana centro es un endiablado suburbio de mendigos. Está la mendicidad de totuma, que practican los viejos, enfermos, abandonados, desorientados en medio de un calor de cuarenta grados. (Si alguna población ha sufrido los rigores indecibles del “período especial” es la de los adultos mayores, muchos de los más pobres andan por las calles exhibiendo la miseria). La mendicidad turística, en la que el visitante es abordado y a cambio de obligados servicios de acompañamiento, se saca un mohito, una bolsa de leche, tres dólares o una bolsa de pañales. Y la mendicidad organizada, el jineterismo, en el que las mujeres se venden en un circuito turístico de prostitución callejera de diferentes grados. El hombre me abordó en la esquina diagonal del Floridita, me preguntó de dónde venía y luego sin más dijo: te tengo una bailarina, de 22 años, preciosa. Porque te digo una cosa, el hombre que viene a la Habana y no prueba cubana, no ha venido a la Habana. Pidió treinta pesos. Todo lo que traigo a cuento es patético a ojos de cualquier turista, por tonto que sea. Y de lo que se podría inferir que jamás estuve en La Habana. Pero, más patético es lo que en una visita no se alcanza a ver, la segregación de los cubanos en los hoteles, en los medios, la Internet, el turismo, las librerías. El Estado los trata como si no fueran mayores de edad, como a eternos adolescentes. Les dice qué televisión deben ver, qué deben leer, qué deben creer y cómo deben votar. La disidencia está consagrada como un delito. No es la vida social que encontré en La Habana, con la que alguna vez soñé en el socialismo, tampoco es el hórrido grito urbano del tercer mundo. Es un híbrido deforme, atraído por la gravedad capitalista circundante, que tendrá su hora cero, a la misma hora en que se anuncie la muerte de Fidel, uno o dos meses después de ocurrida.

Un fantasma electrónico recorre el mundo

Un fantasma electrónico recorre el mundo

En Egipto vinieron a darse cuenta de que existe algo llamado democracia, gracias a Google. Después salieron a tumbar a Mubarak. Un chiste que circuló por Internet.

El centro de gravedad de las naciones es el Estado: un mediador casi absoluto. En las llamadas democracias, apenas escapa a su regencia la vida privada de las personas, el espacio de sus libertades íntimas. Aunque cada vez que sirva a los designios del Príncipe, el Estado jugará tan sucio como sea necesario. Posiblemente sea un error de diseño, pero aun así, significa que no hay Estado inocente. Su condición siempre lo lleva a violar sus propias “reglas del juego”, las convenidas para sostener las relaciones posibles entre el Estado y la Sociedad. No importa si es el Estado más democrático, o el menos.

Uno de los defectos más lamentables del Estado, es que no nos representa a todos por igual, como se supone que la regla democrática lo demanda. A algunos los representa en su totalidad, a otros los representa parcialmente, y a otros, ni siquiera los representa. Es un defecto del diseño. Y por más ensayos que se han hecho para corregirlo, no hemos pasado de las reformas. Los reformadores hábiles han elaborado discursos argumentales, teorías políticas, programas ideológicos, doctrinas de Estado. Y todo eso lo disparan con el cañón de la propaganda. Disparan con los medios. Pero cuando la retórica fracasa, disparan sus fusiles y sus tanques, encarcelan, fumigan con gases, hacen desaparecer a la gente como si fueran ilusionistas, dan palizas callejeras y hasta echan agua con manguera. No importa si es el Estado más democrático, o el menos.

 

La revuelta islámica contra los gobernantes da una imagen viva de los “Estados” fallidos. Esos clanes dedicados a auto preservarse en el poder, que en nada se parecen al Estado moderno, si es que tal cosa existe. Es decir, uno en el que se da como garantía la distribución constitucional de poderes, para  equilibrar las fuerzas. Y cuando se levantan miles de personas, porque nadie las representa, el Estado, que en efecto no los representa,  lo que hace es sacar sus escuadras de bomberos paranoicos a la calle, para apagar un incendio histórico que jamás termina de apagarse. Estados disfrazados, caricaturas de civilidad, democracias hereditarias, parlamentarismos teocráticos, monarquías tribales, absolutismos espiritualistas, hegemonías militares. Estados que juegan el triste papel de representarse solo a sí mismos, a aquellos que lo cooptan en su propio beneficio.

El anarquismo para muchos es anacrónico, para otros es el limbo de los comunistas, para otros es folklor urbano, para otros no es nada, y para otros, la incapacidad de aceptar la “inocencia del Estado”. El anarquismo moderno, lo que quiera que sea, ha encontrado un aliado tecnológico muy poderoso en lo virtual. Ha llegado en su auxilio “el séptimo de caballería”.

La era de la generación Google ha puesto sobre el escenario a dos personajes históricos: el bloguero y el hacker. Sin un programa político, sin propuestas de reforma, validos de las palabras directas, de los hechos contundentes y de la tecnología, se han convertido en la peor amenaza para cualquier Estado. ¿Cuál de ellos no se ha visto sometido a una envestida? Los WL, los ataques virtuales, las invasiones web, la contaminación en red, la acción de grupos como Anonimus, son asaltos coordinados contra el Estado, de cualquier color, orientación, gobierno, riqueza o latitud. Son como las langostas que asolaron el antiguo Egipto, vienen de todas partes y de ninguna.

Blogueros y hackers, se llamen o no anarquistas, no reconocen la inocencia de nadie, mucho menos la del Estado.

 

El médico asesino

El médico asesino

Una pregunta obligada: ¿Por qué las potencias invaden a Libia y no a Siria? Ambos son estados genocidas. Ambos atentan contra su propio pueblo. Ambos países son gobernados por déspotas absolutos, en un régimen de partido único. Ambos han puesto un agregado religioso a su doctrina de estado y se han enriquecido con recursos públicos. Ambos han sido armados por Occidente. Ambos representan la negación radical del modelo de la democracia occidental. Ambos representan una tribu. Ambos tienen hundidos a sus pueblos en la pobreza, la ignorancia y la servidumbre. Hasta aquí algunas de las cosas que los muestran odiosamente semejantes y que justificarían que la Otan estuviese disparando sobre Damasco y Trípoli, por igual.

La razón por la cual las potencias practican un doble estándar respecto a los dos países, no tiene que ver en absoluto con motivos humanitarios, tiene que ver con los riesgos estratégicos de la intervención. Damasco es un aliado de Irán, es vecino de Irak y de Turquía. Está en una línea del frente islámico que le da al conflicto un carácter geoestratégico distinto. Libia tiene petróleo, pero no representa ninguna línea de fuerza internacional, que implique en el conflicto a terceros países. Sus vecinos: Mubarak fue depuesto de la presidencia este año, Túnez también dio al traste con el reyezuelo que tenía sentado en el trono civil, y en otro, las cosas están relativamente controladas. Damasco tiene las manos metidas en la política y el juego de fuerzas en el Líbano, que tiene fronteras muy sensibles con Israel. Libia es una especie de isla en el desierto, que puede ser bombardeada por la Otán, sin que tal cosa implique una escalada por la participación de otros países. En cambio, tocar a Siria, es como jalar una cuerda de la que penden muchas otras, sobre las que se sostiene el precario equilibrio geopolítico de la región. Al punto que ni USA, ni Rusia, ni China han hecho gestos que insinúen una posible intervención. Aún a pesar de que en las revueltas iniciadas en abril, hayan muerto más de 1.400 personas. Las autoridades de Damasco dicen que durante el mismo periodo han muerto 500 miembros de las fuerzas de seguridad y calcula que se ha practicado la detención de al menos 10.000 personas. Un número que fácilmente se doblaría.

El argumento de motivos humanitarios es una fruslería, una mentira diplomática, que encubre el interés petrolero y el relativo bajo riesgo estratégico de bombardear a Trípoli. Una burla para con los pueblos, una falta de respeto internacional, falta llana de humanidad, que jamás han tenido. En Siria hay demasiados riesgos, que a los demócratas occidentales, les pasma sus “motivos humanitarios”.

El viejo perro del desierto muerde menos que el gigantón de Bashar Al Assad.

Los días del Arcoíris

Los días del Arcoíris

Antonio Skármeta, como muchos de los escritores chilenos de su generación, debieron seguir viviendo sin haber podido apagar el efecto de una dictadura fascista que parecería una alucinación. Pero no solo los escritores, a muchos de las chilenas y chilenos de la época del golpe les ocurre lo mismo, no han terminado de digerir el bolo trágico de la experiencia, y quién sabe si lo logren.

Los días del Arcoíris – Premio Planeta-Casamérica 2011 – es una novela directa, cotidiana, en lenguaje llano, avivada con la riqueza de detalles conque sabe Skármeta iluminar cada escena. Pero es también un ajuste de cuentas con la historia. No es solo un exorcismo de la pesadilla nacional, es algo más, un intento consciente de volver a la escena del crimen, una y otra vez, para revivir en un ejercicio de memoria narrativa, el dolor, como una forma de curarlo. Solo que Skármeta intenta hacerlo con alegría, con vida, con pluralidad, con los valses de Strauss, con Billy Joel, con los chilenos que no vivieron el golpe y con un final feliz.

El Arcoíris representa la coalición de 17 organizaciones políticas que enfrentaron el plebiscito pinochetista de 1988. Todos los colores, todas las vertientes, unidas en un frente electoral contra el régimen, que se vio forzado a tener que preguntar, después de quince años, sobre la conveniencia de citar a elecciones. La novela se mueve entre un SI y un NO constantes, sobre los que se arma la trama. Hacer la campaña por el SI y la campaña por el NO, es el asunto, solo que en los hechos de la narración, semejante hazaña apunta a ser la responsabilidad de un solo hombre, el publicista “estrella” de Chile que lleva muchos años sin poder trabajar, porque está en la lista negra, Adrián Bettini.

La novela es un relato en paralelo contado a dos voces intercaladas. Un narrador en tercera y un narrador en primera. Dos puntos de vista diferentes que alternan el relato. El uno que se deleita en los planos generales, en el desarrollo del conflicto grande, entre el SI y el NO, y el otro, en un conflicto de padre e hijo, más cerrado, de primeros planos, desde un punto de vista muy personal, el de un muchacho de 17 años, Nicómaco Santos. Que para nada es culpable del nombre que su padre le adjudicó, porque era filósofo fanático de la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Para salvarse del designio prefiere que lo llamen Nico.

La novela comienza con un ejemplo de tensión, pone al lector en situación de riesgo compartido desde las primeras líneas. Inicia en voz de Nico y dice así:            

          "El miércoles tomaron preso al profesor Santos. Nada raro en estos tiempos. Solo que el profesor Santos es mi padre”.           

 

 

 

 

 

 

 

 

Se declaró culpable de amor...

Se declaró culpable de amor...

 Uno podría pensar malignamente, que a una mujer como Valery Domínguez, se le podría perdonar todo, aunque la belleza no sea razón para discriminar, y mucho menos, para avalar la impunidad. ¿O sí? Porque además de estar muy bella, está muy buena, en sentido moral.

Algo de la herencia corrompida de Monseñor, algo de las dádivas que repartió su palafrenero en el Ministerio de Agricultura, a través del programa de subsidio a sus cómplices en el agro, salpicó a Valery Domínguez. El hecho es que la niña se enredó en Santa Marta, un día que tenía una gripa terrible, con un bobazo Dávila de buena familia, terrateniente costeño, que de paso nos causaba una envidia verde. El tipo siembra palma, es uribista, le gusta el dinero y además dormía con Valery. Al que habría que condenar es a él, que terminó manipulándola, en lo único que no tenía que manipularla, para convertirla en gancho ciego para acceder a los recursos sucios de Monseñor Uribe, según lo ha declarado entre lágrimas, ella misma.

El manipulador Dávila le mandó con un mensajero un documento al estudio en donde grababa, porque según le dijo, necesitaba la firma de un tercero, para conseguir una platica para al palmar. Y Valery, que estaba enamorada del bobazo, (como se enamoran las inteligentes y las brutas) pues nada, que le dio la firma. Hoy está untada en una causa por peculado por apropiación, por una bobería un poco mayor a tres cientos millones, que ya devolvió. Se declaró culpable de amor. Y nosotros presumimos su inocencia.

María Isabel Rueda se pregunta en su columna dominical, que si bien los hombres las prefieren brutas, no podría ser tanto. El amor lo vuelve a uno bruto María Isabel. Tal vez tú nunca hayas sido víctima de un feliz embrutecimiento, como el que padecía Valery, cuando la platica de monseñor Uribe tocó a su puerta.

 A Valery, yo la perdonaría, así fuera inteligente, y si yo fuera juez, claro está. Ah, y desde aquí le digo, que le ofrezco mi casa por cárcel, si el juez de la causa la encuentra culpable.     

De Polo a tierra

De Polo a tierra

Si bien el Polo se hizo el de la vista gorda, frente al carrusel de los hermanos Moreno, que no han hecho más que prolongar una legendaria tradición familiar, no se podrá decir que fue su cómplice. Porque los Moreno, que son el ala samperista del Polo, no gobernaron con el Polo, cogobernaron con la U. Eso no los hace menos culpables, aunque sí más inútiles políticamente.

El ventilador de los Nule, los rabos de paja, las amistades peligrosas, los indicios dejados, no favorecen el futuro político de los hermanos Moreno. Samuel quizás no regrese nunca a la alcaldía. El Santo no se decide aún a elegir de la terna que le envió el Polo. Parece muy complacido con que su Ministra de Educación siga inaugurando obras públicas. La terna presentada por el Polo reúne a tres ejemplares de la vieja izquierda. A Moreno que viene del Moir, a Clara que está cerca del PC y sus jerarcas y a Tarcisio que viene del movimiento sindical, de Fecode. Dejarle Bogotá a uno de ellos, además de un acto de irresponsabilidad política, raya con el mal gusto.    

En una situación tan crítica es apenas natural que el Polo no tenga candidato. Los que hubieran sido sus dos mejores candidatos, Garzón y Petro, tuvieron que irse de las toldas del Mariscal Robledo. La única carta que tienen para la alcaldía de Bogotá. El realismo político diría que el Polo no va a conservar la alcaldía. Pero necesitan un candidato. ¿Y si no es Robledo, quién? Los demás, salvo Iván Cepeda y Germán Navas,  son una mezcla de corruptos y bobos, con un discurso lleno de lugares comunes, unos chiflamicas sin gracia que apenas hacen bulto.

El Polo a través de la gestión activa de los Dussán y compañía, hicieron la labor de enlace con la extinta Anapo y con el extinto samperismo, para poner a Samuel en la alcaldía. En eso empeñaron al Polo, lo llevaron a su descomposición, malbarataron casi diez años de avance de la “izquierdas democrática”. Utilizaron al Polo en una conspiración de liberales corruptos, que hicieron otro tanto, de lo que han hecho los uribistas.

Es posible que los hermanos Moreno terminen en una casa vecina a los Nule. La izquierda golpeada, con una inversión política despilfarrada, con una imagen enfangada. Será otra vez, la vieja izquierda, el Moir de Robledo, el que juegue la última carta política, tras un experimento de unidad, que terminó en otras manos.

El mundo de la política se ha contaminado más que el río Bogotá, al punto que hasta podríamos terminar añorando a la vieja izquierda.

Girasoles y burundanga

Girasoles y burundanga

He conversado con muchas personas que opinan que la campaña exitosa de los Verdes en las últimas elecciones, en las que Antanas Mockus perdió con el Santo, por la mitad de votos, fue una campaña de FB, promovida por chicos que no tenían edad para votar. La “ola verde” fue un fenómeno mediático armado en la Red. Hay otros, que dicen que Mockus murió como el pez, por la boca. Por no saber hablar claro, porque la dubitación reflexiva pública, la gana de ser original y la falta de información, se le devolvieron como un bumerán y lo sepultaron en los medios. Las declaraciones contradictorias, chapuceras, ambiguas, lo enterraron.

Yo voté por los Verdes. Me pareció que Mockus, Peñalosa, Garzón y Fajardo, eran un equipo que sabía de lo que estaba hablando, lo que estaba promoviendo, con visión de gobierno y además, porque que son hombres limpios. Una rareza inaudita en estos predios, antiguos dominios de Monseñor Uribe Vélez.   Los cuatro tienen capitales electorales probados, una buena mordida en la franja de opinión, y sendas administraciones bien reputadas. Si fue un fenómeno mediático, habrá que abonarle que produjo tres millones y medios de votos, más que el partido liberal, el conservador, y el Polo.

Lo que ahora creo es que no era un equipo, ni de gobierno, ni de elecciones, ni ético. No era más que la reunión de unas vanidades políticas sin mayor cosa en común, salvo el aliento verde por el poder.

Ahora que nos aprestamos a elegir Alcalde de Bogotá, después del bestiario populista de carrusel de los hermanos Moreno, Mockus –el fundamentalista como lo llama Alejandro Gaviria – se paró en la raya y dijo: me sostengo en que no todo vale. No me van a ver en la misma tribuna con Uribe, un ciudadano bajo sospecha. Si Peñalosa quiere ser el candidato de Uribe que se vaya para la U. No le importa a Mockus salir de los Verdes, dejarles ese cascarón usado y arriesgarse – sin confirmación – a ser candidato a nombre de algún movimiento ciudadano. Peñalosa – que según algunas encuestas triunfaría en Bogotá aun sin Uribe – dijo: hay que pensar en Bogotá, la ciudad está por encima de consideraciones partidistas. Con el apoyo de Uribe ganamos las elecciones, debió haber sido su cálculo. Que podría ser acertado y confirmarse, aunque Uribe nunca haya puesto Alcalde en Bogotá.

Por su parte, Liberalucho Garzón, en la mitad, tenía tres opciones: quedarse con el fundamentalista Mockus, con Peñalosa el flexible, o quedarse solo. La primera opción la descartó, porque siendo casi un animal político es impotente frente al instinto, así que optó por un giro conciliador, una versión edulcorada del “todo vale” electoral. Quedarse solo, ni riesgo. Es demasiado viejo para comenzar a abrir trocha, como le está tocando a Petro.

Peñalosa que es un liberal y piensa como un liberal, no ha hecho más que lo que tenía que hacer. Convertirse en el candidato de Monseñor. Aún sin medir los riesgos electorales que entraña la ola de mierda que ha salpicado a toda su pandilla y a él mismo. Garzón está convencido que con la pandilla de la U, le irá mejor que con los muchachos Verdes. Pasó de ser un dirigente de los “girasoles” a ser el candidato de la “burundanga”. Mockus, hace valer su fuero ético, por encima del éxito político, que le está en buena parte negado por su propio carácter. Seguramente ya nunca más sea alcalde de Bogotá, pero sin duda será recordado. De las verdes pasará a las duras y a las maduras. Y Liberalucho tendrá asegurado un buen cargo en la administración Peñalosa. En su madurez ya no necesita de los Verdes. Además “Mockus no es el único ético”

Fantasmas

Fantasmas

El lugar de los acontecimientos: dos apartamentos, calle de por medio, desde uno de los cuales un hombre vigila a otro. “Una calle tranquila, poco transitada, no lejos del puente, la calle Naranja, quizá. Walt Whitman compuso a mano la primera edición de Hojas de hierba en esa calle en 1855…”

Ghosts publicada en 1986 por Paul Auster es una novela del color, de trama simple y compleja. Una novela del color, no solo, porque todos los personajes tengan nombres de color. Así, Blanco "quiere que Azul siga a Negro". Azul se sorprende al descubrir que Negro es el editor del Club de Clásicos, Walter J. Negro, Copyrigth 1942. Y Castaño es el maestro de Azul.

Ghosts es la segunda novela de la trilogía de Nueva York. La primera es Ciudad de cristal y la última, La habitación cerrada. Y no es una novela que abuse de la simbología y la mitología del color. Más que una especulación sobre el color de la novela, Auster hace un ejercicio de iluminación. Le da una luz a fantasma, como la de Kafka, utilizando un filtro-Kafka y un filtro-Orwell, para iluminar sus escenas, para dar color a la novela.

No puedo imaginar una novela sin color. Puedo imaginarla hasta en blanco y negro, pero no sin luz. Toda novela tiene una iluminación que nos deja ver, asistir, adentrarnos y hasta perdernos. Una novela sin luz propia es como una novela sin atmósfera.

Auster dedica su novela al oficio de la iluminación. Nos propone uno de sus pequeños laberintos en Brooklyn, a los que es tan afecto. Selecciona dos colores y los sitúa en la calle Naranja. Negro escribe en su habitación, es todo cuanto hace. Y Azul vigila a Negro mientras escribe, es todo cuanto hace. Azul informa a Blanco de los resultados de su trabajo de seguimiento en reportes escritos que envía semanalmente. Hasta que descubre por las respuestas de Blanco, que Negro habla con él.

Auster es un escritor que se ha hecho valer por su credibilidad escénica. Esa impecable verosimilitud que nos impone, que nos pone como condición para leerlo. Esa maestría convincente en el arte de inducir al lector. Aún con ciertos dejos dramáticos innecesarios con que gusta iluminar sus finales. No voy a revelar quién mata a quien. Si quieren saberlo léanla.   

El diálogo tiene tres virtudes: es cotidiano sin ser local, responde a lo que son los personajes y tiene el don de intensificar. El diálogo reparte color escénico en virtud de las voces. Esas en que se escucha hablar a los personajes. No me canso de escuchar los personajes de Auster, no me canso de releer algunos pasajes de Brooklyn follies,  es tan imaginativamente digno.

Nos deja la frase entrañable: “Hay cosas más importantes en la vida que vivir mucho tiempo”.

Ama el sexo ¿y qué?

Ama el sexo ¿y qué?

Carmen Llera, viuda del escritor italiano Alberto Moravia, dijo hoy en Roma, que Dominique Strauss-Kahn es víctima de "un cierto puritanismo americano, antieuropeo y antifrancés". "No es un hombre cruel, primitivo o sádico, la violencia no forma parte de su cultura, ama el sexo, (¿y qué?). No me parece un delito, a veces los cuerpos expresan más que las palabras... pero no deseo hacer literatura en un momento casi trágico". Su declaración está contenida en una carta abierta publicada este viernes por el diario Il Corriere della Sera.

Lo que ha sucedido con Strauss Kahn es lamentable. Creo que nunca una simple felación había provocado una crisis de dirección en el FMI. Lo que nunca lograron los países no alineados, los más endeudados, lo ha logrado una camarera africana, que declaró, que Strauss Kahn la persiguió por el piso del Hotel Sofitel - donde pagaba tres mil dólares la noche - y cuando le dio alcance, la obligó a una felación, que ella le proporcionó hasta que el Director del FMI se vino.

La viuda del célebre Moravia dice que no está enterada exactamente de lo que pasó en la suite del Sofitel, pero reclama la presunción de inocencia, que ante una corte en New York, bien podría reducirse a ser un chiste cruel. Ella no descarta que haya sido una relación consentida. Su carta busca desmentir los rumores que relacionan al "hombre cruel y apasionado", protagonista de su última novela, que se llama Gaston Strauss-Khan, con el ex director del FMI.

Publicada en el 2005, la obra, alterna versos en italiano y en francés, describe un amor apasionado e imposible, entre un hombre casado y una mujer que le dice a él: "Eres la única causa de mi sufrimiento. Y sólo tú tienes el poder de consolarme". "Es un error usar mi libro, pura ficción literaria, para ilustrar un hecho real. ’Gaston’ no tiene nada que ver con Dominique Strauss Kahn, a quien conozco y frecuento desde hace años. No he sido nunca su víctima como alguno ha escrito", recalcó la viuda. “No quisiera que él deba pagar por la fallida extradición de Roman Polanski y por sucios juegos de poder político y económico. Deseo sólo que pueda demostrar pronto su inocencia y volver a ser el hombre libre y sonriente que he visto hace unos días”.

Y como la vida se empeña en darnos más contrastes que la ficción, Strauss Kahn, un viejo de 62 años, de apariencia cansada, doblegado por el insomnio y las circunstancias, debió consignarle a la Corte un millón de dólares y dejar otros cinco como garantía, para ser liberado, a condición de portar un brazalete electrónico las 24 horas, entregar todos sus documentos y permanecer bajo arresto domiciliario. El brazalete, se lo han debido poner antes de que saliera de Francia. La mujer y/o el FMI

La felación de la linda kenyana, voluntaria o involuntaria, ha tenido la potencia política más insospechada, al punto que sacudió al Partido Socialista francés, que tenía a Strauss Kahn como candidato a las presidenciales francesas del 2012. La keniana, que hoy es guineana, y que ha recibido tan poca portada, declaró ante la Corte que antes de la felación fue sodomizada sin condón. Y para que la novela tenga un poco más de tensión, la linda guineana vive en un conjunto residencial para gente infectada con sida.

Hoy Strauss Kahn se está arriesgando a una condena de hasta 74 años. La devastadora sodomización/felación ya ha tenido un costo muy alto en lo personal - sea o no encontrado culpable -, en lo internacional, al haber desatado una lucha de poder en el seno del FMI en el peor momento y ha terminado en carambola política contra las pretensiones de los socialistas franceses. Algo así como si un tsu nami africano hubiera pasado por Paris, y llegado a Nueva York, hasta la cama de DSK en el hotel Sofitel.

 

Sábato: después del fin

Sábato: después del fin

Confieso estar de acuerdo con los piratas de libros, El Túnel es un estupendo long seller. Coincido con quienes creen que Sobre héroes y tumbas es su mejor novela, aunque también reconozco que es una novela a la que le sobra, tiene mucho lastre. Tal vez su tardía biografía “Antes del fin” y su “Resistencia” sean los textos más terriblemente honestos, pintorescamente atormentados como todo lo suyo, en los que más se entregó, cuando se le había pasado el tiempo de escribir ensayos y novelas. Unas memorias sencillas, escuetas, limpias, que hablan directamente por él. Es su voz, su primera persona, que se despide, con una sombría y tímida esperanza, que a muchos les dejó la impresión de que no se había hundido para siempre en el horror de haber vivido. Cómo sí nos lo hizo creer en su obra Emil Cioran.

No sé por qué tengo la impresión de que Sábato no pudo ser feliz. Tal vez porque un hombre como él no estaba para ser feliz. Ni aun habiendo tenido esa vida, o quizás justamente por haberla tenido. Primero fue la ciencia, de la que desertó cuando descubrió que la ciencia no está al servicio del hombre. Luego fue la literatura, a la que le entregó la vida hasta que la vida le quitó los ojos. Entonces fue el momento para entregarse a su vocación terminal, la pintura. Por la que terminó perdiéndose en un laberinto de ocres densos y rojizos, entre figuras deformes y fantasmales, que daban tono a esa angustia para ciegos, con la que muchos años había esbozado un informe que incluyó en Sobre héroes y tumbas. Si su literatura hubiera sido como su pintura, seguramente no habría podido leerla.

El Sábato ensayista revela a un hombre de su tiempo que hizo el mayor esfuerzo por comprender el mundo que le tocó, aunque no lo hubiera logrado, porque ¿quién entiende el mundo? Un hombre con formación, con sensibilidad un poco enferma, con un conocimiento agudo y agitado de las cosas, que nos habla de sí mismo al final, con un dejo paciente, pero desde luego, no resignado. Nos llama a “resistir”. Quisiera recordarlo por su llamado a la resistencia, que siempre me ha sonado tan bien, quizás porque siempre ha sido necesario resistir, aunque no siempre lo sepamos.

Y para resistir apeló a la memoria. Sábato: un hombre necesario. Sin la burlona fantasía de Cortázar, sin la lejanía soberana  de Borges. Un hombre más de acá, cuya literatura probablemente se olvide antes que la de los otros dos.

¿Cómo desearle paz en su tumba a Sábato? A él que nunca la tuvo. Además porque ya no la necesita, ya no tendrá que ser feliz ni infeliz. Ahora es solo lo que escribió.      

La herencia uribista

La herencia uribista

Irá a hacer un año que Monseñor Uribe abandonó el poder. En un día, por cierto, muy triste. El proyecto no se alcanzó a concluir, para desgracia de Monseñor y los suyos, y para bien del país.

El proyecto de la “seguridad democrática” que gozó de la reflexión de los teóricos Gaviria y Londoño Hoyos, era un proyecto “revolucionario”. Pretendía cambiar de manos las riendas del Estado. Un estado corporativo fuerte, en otras manos. Una reforma agraria paramilitar. Un agro ingreso seguro para los latifundistas. Unos negocios de Estado, en obras públicas, en programas de desarrollo electoral y políticas de bancarización. Unas políticas blandas para los paramilitares y unas políticas duras para los desplazados, unas fuerzas armadas domesticadas. Y una teoría de Estado: todo vale. Una conspiración global para que el Estado cambiase de manos. Y como corolario, una descripción doctrinaria del “estado de cosas”, que se cocinó con ayuda de Sabater: en Colombia no hay conflicto armado.

La acción conspirativa significó entregar en parcelas el Estado a los cómplices. El Ministerio de Agricultura a los latifundistas. El DAS  a los paramilitares. La DNE a los políticos del partido conservador. La salud a los Palacinos. La educación contratada al sector privado. A las familias en acción una limosna apostólica. Los contratos de obras públicas y la DIAN  a los Nule. La seguridad de las chuzadas a José Obdulio. Los falsos positivos al generalato. Y los positivos de la desmovilización al sector de Ternura.

Era apenas natural que la conspiración alertara algunas de las alarmas en el sector de la Justicia, lo que llevó a las escaramuzas que los medios llamaron “choque de trenes”. A las Cortes deberán abonársele dos actuaciones: haberse negado a nombrarle un Fiscal a Monseñor, que habría quedado como una cuota de poder. Y haber echado para atrás la pretensión de un tercer periodo. Las Cortes no olvidan que al segundo periodo se llegó por la vía del cohecho.

¿Qué nos dejó Monseñor? Una lección por vía negativa, un aprendizaje demasiado costoso para un país. Un gobierno como el de Monseñor no deberá repetirse. Ninguno debería repetirse, pero el poder no hace excepciones.

 

 

No es una historieta gráfica pero parece

No es una historieta gráfica pero parece

Primero Obama anuncia sus intenciones de ir por la reelección. Luego un WL informa del régimen ilegal de concentración en Guantánamo. Después Superman anuncia que irá a Naciones Unidas para renunciar a la ciudadanía norteamericana. Sara Palin y Donald Trumph dicen que es un maldito tonto. Y por último, una unidad de fuerzas especiales encuentra a Osama Bin Laden en una casa en el corazón de Paquistán, lo acribilla, le hace fotos, le extrae sangre y tras envolverlo en un sudario blanco lo arrojan al mar desde una cañonera.

Todo será, menos que la historieta no se mueve. Obama tiene un dilema. Necesita dar señales de mejoramiento económico y al mismo tiempo sostener dos guerras. Es la prioridad que debe sostener para obtener el pasaje al segundo gobierno. El dilema es que son propósitos contrarios. Superman les va a devolver la ciudadanía que le dieron, justamente en 1939, cuando comenzó la carnicería. Se mamó de que lo impliquen en todas las acciones de política exterior norteamericana. De hecho Superman no pudo hacer casi nada en Irak, tampoco en Afganistán. En Viet Nam ya lo habían derrotado. Ellos, los políticos y los militares, lo usaron, lo comprometieron con el uso de la fuerza, en actividades que Superman tardó setenta años en reconocer sucias, muy sucias.

Al Qaeda fue víctima de una operación que demoró diez años. Tras la caída de las Torres, un grupo de hombres fue encomendado tiempo completo, con recursos oficiales, a diseñar la inteligencia y su ejecución. Debieron filtrar todos los anillos de seguridad para llegar a Osama. La primera pista salió de Guantánamo, hoy en el ojo del huracán. No, dicen los comentaristas ortodoxos, salió de las prisiones norteamericanas en Europa. Con esa información, de donde haya salido, encontraron formas de hacer contacto con hombres de la organización, pero en especial, de cómo hacerlo. (No basta saber con quién hay que encontrarse, es necesario saberse encontrarse). Un lentísimo juego de inteligencia, tecnología, paciencia y venganza, hizo que las fuerzas especiales dieran el golpe final. Obama, con todo lo que había avanzado el equipo de Bush, cerró la operación.

Al Qaeda probablemente no contragolpee de inmediato. Ha sido víctima de la sorpresa, por eso perdieron el juego. Hamas se apresuró a decir que en la operación paquistaní se había dado de baja a un santo. Una versión que tendría buena acogida en Damasco y Teherán. El eje de la resistencia islamista. El gobierno de Venezuela, a través del Vicepresidente, también declaró su disgusto, respecto a las manifestaciones festivas de las familias de las víctimas de Al Qaeda, en Times Square y frente a la Casa Blanca, la noche en que se supo la noticia.

Supongamos que Superman no ingresa a Al Qaeda. Mientras decide qué hacer, yo le pediría desde aquí, que fuera por el soldado Maning.

Se mamó Superman

Se mamó Superman

Que Superman deje de ser norteamericano, es como si Tin Tin dejara de ser belga, Mafalda argentina o Condorito chileno. Pero, por extraño que suene, después de setenta años de haber recibido la ciudadanía norteamericana, Superman anunció el miércoles pasado su intención de renunciar a ella, luego de que se conocieron los WL sobre Guantánamo.

La declaración está contenida en el número 900 de las Historias de Superman. Anunció que va a ir a Naciones Unidas donde hará pública su dejación ciudadana. “Estoy cansado de que mis acciones se interpreten como instrumentos de la política de EE.UU” dijo el hombre de acero, después de haber asistido a una manifestación en Irán.

Superman ha actuado como un gendarme internacional, ha intervenido en muchos países, se ha prevalido de su enorme fuerza para “defender la democracia”. Es miembro de la “sociedad de la justicia de América” y de la “Liga de la justicia internacional”. No se nos olvide que es un tipo capaz de todo, hasta de detener la traslación de la tierra, o hacerla girar en sentido contrario. Ha sido paladín de la justicia y aliado durante todo el tiempo de las “fuerzas del bien”. Un tipo políticamente correcto hasta el aburrimiento. Un tipo con doble identidad. Un tipo que se viste mal, con los calzoncillos por encima del pantalón. Pero un tipo, al fin y al cabo, al que Norteamérica avergonzó. Se hartó de que los Estados Unidos lo utilizaran como icono oficial de su política exterior. Está en todo su derecho.

Superman renuncia a su ciudadanía en el gobierno de Obama, lo cual deberá costarle la reelección. Ahora, según han dicho algunos abogados consultados, tendrá que adoptar alguna ciudadanía, si es que decide permanecer en la tierra. Bien podría alzar el vuelo y abandonar este desastre. Legalmente no podrá ser un “ciudadano del mundo”, así no más. ¿Qué ciudadanía podría escoger Superman? Si se hiciera ruso sería un peligro para el mundo. Si se hiciera chino, China se convertiría en la potencia económica del mundo, más rápido de lo que lo haría sin él, lo cual sería peor que si se hiciera ruso. Si se hiciera francés correría “peligro” con Carla Bruni. Si se hiciera español, ni siquiera él salvaría a Zapatero. Si se hiciera mexicano, habría que decirle que ni se le ocurriera ir a Ciudad Juárez. ¿Argentino? No, sería un golpe a su estima. ¿Y si Colombia le propusiera ser colombiano? Me temo que saldría volando a Ciudad Juárez, o a la embajada rusa.

En Norteamérica, han calificado de tonto a Superman. Sara Palin y Donald Trump se han apresurado a condenar la decisión del hombre de acero.  The Weekly Standard calificó las declaraciones en la publicación, como “la mayor tontería”. Aún así, estamos con Superman, renunciar a la ciudadanía norteamericana, fue algo que debió haber hecho hace mucho tiempo. Fernando Vallejo hace cinco años hizo lo mismo. Y también estuvimos con él.       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En busca del soldado Manning

En busca del soldado Manning

                                      “Todo lo humano me es ajeno” Boogy 

Detenido en Irak en mayo de 2010 fue remitido a una prisión militar en Kuwait y luego a USA. Prisión de alta seguridad en Quantico Virginia. Recibe tratamiento a lo Abu Ghraib, delicadezas propias de Guantánamo. 23 horas diarias de aislamiento absoluto. Celda central. Sin ropa, en un espacio de tres por tres. Sin sábanas, sin almohada, sin manta. Sin un libro, sin una pantalla, un teléfono, un reloj, un espejo, una revista, un papel, un lápiz. Los cabrones lo han metido a la maldita cámara de muerte ambiental. Lo están matando sin haberlo juzgado. Como se mata a una planta a la que se le quita la tierra, el agua y la luz. Un veredicto condenatorio lo pondrá en la de gas. Morirá gaseado.

Hay que ir por el soldado Manning.

George Bush, que ha de estar vivo todavía, elevó la tortura a estrategia preventiva de Estado, con el argumento de la defensa de los intereses nacionales. Ha sido de todos, el más sincero de los presidentes al revelarnos la filosofía de Estado. Todos los presidentes la han practicado, aunque nunca lo aceptaron. Muy por el contrario, a todos los países donde entran, van a llevar la democracia. Como antes se llevaba el cristianismo. Por eso no quieren entrar en Libia.

Hay que ir por el soldado Manning.

Bradley Manning era analista de información de la base Hammer al este de Bagdad. Se sentía solo, estaba aislado, triste, sin afecto, trabajaba 14 horas diarias y es homosexual. Fue el hombre de Julian Assange. El que le transfirió la información en un CD bajo el título de Lady Gaga. "No disparen contra el mensajero" ha dicho Assange. No sé, ni me importa,  si es un traidor o un maldito héroe, es simplemente un tipo sin oportunidad. No alcanzó a salir, como Rambo de Viet Nam. Manning fue delatado por Adrian Lamo, un puto hacker de origen colombiano.

Obama, en el caso Manning, no solo no se diferencia de Bush, sino que perfecciona el modelo. Mientras en el mundo árabe anda haciendo campaña por la democracia, en casa mata al soldado Manning. Le viola todos los derechos humanos, el debido proceso, cualquier fuero. Como si Manning estuviera en las prisiones políticas de los Castro.

La causa del Estado contra Manning es traición, lo único que no se perdona, igual que los mafiosos. Tratándose de traición todos los malditos son iguales

 Qué coños importa si Manning es un traidor o un héroe. Hizo posible el efecto Assange. Por eso lo quieren matar. Para los que protestan frente a Quantico, ir por el soldado Manning, es defender el derecho a conocer con pelos y señales las porquerías del Estado.  

Hay que ir por el soldado Manning.

 

 

García

García

Una película que se torció, cambió su rumbo, renunció al bajo perfil de una historia anodina, por un perfil de cartelera. Como si una historia anodina, no pudiera ser más intensa y profunda que el cliché de una mala novela negra. Es la opera prima del director José Luis Rugeles.

Hay una elaboración confiada en la construcción de los personajes. Un celador de una empresa y su mujer, aburrida, triste, silenciosa, inexpresiva. Él está completamente definido y realzado con esa austeridad casi simplista con que Damián Alcazar dota a sus personajes, sin quitarles credibilidad. El acento opaco de los personajes ilumina el carácter anodino del relato, la trivialidad, la pobre rutina, el sentido ahorrativo, la belleza de esa fealdad sin diversión que define la lentitud aburrida de unas vidas dedicadas a sobrevivir.

Hacia la mitad, la película parece naufragar en un mar de cotidianidad no tensionada por nada, sin contraparte. Una historia deliberadamente plana, que da cuenta de la vida plana, de tantos García, a los que la vida les ha quitado peso, los ha hecho leves, inmensamente leves. Él en su inocencia podría llegar a ser feliz si ella lo quisiera, a pesar de sí mismo. Ella definitivamente no. Nada de él la entusiasma.

La vida de los dos personajes, a los que la vida les pasa, sin que les pase nada, sin gestos, sin diferencia, sin conflictos que le den aire al film, se está ahogando, sin un giro que debilite o acentúe le tono gris. Para que al final, los grises personajes terminen conmoviendo sin renunciar a su condición, sin empinarse por gracia del efecto, sobre una historia que gana validez siendo fiel al gris original.

Pero el guionista (el argentino Diego Vivanco) posiblemente a instancias del director o del productor, se le ocurrió en la segunda parte, un secuestro increíble de la mujer de García, protagonizada por Margarita Rosa de Francisco. Un secuestro caricaturesco, ficticio desde luego, urdido por ella y el jefe de personal de la empresa donde trabaja García, con quien ella le pone los cuernos. El personaje se desdobla, adquiere sin saberse cómo, otro carácter, se hace gratuitamente afirmativa, ruda, violenta, irascible, mandona. Una especie de Hyde, que ha salido del “cadáver” de la dulce y apagada ama de casa.

Pero darle más melodramatismo al film, que se ha salido de cauce, se agrega al falso secuestro el adulterio, y porque la cosa ocurre en Colombia, entonces lo que se le propone a García, a cambio de que le devuelvan a la mujer, es que mate a una señora que él no conoce. García hace el intento pero no puede, por más amor que le tiene a su  mujer, es más fuerte su respeto por la vida o su cobardía. La víctima, por arte coincidente del guionista, es la mujer del jefe de personal, de la que los amantes se quieren deshacer.

Pasamos de una gris historia de una gris pareja del estrato dos, a una danza criminal de profesionales en el sexo y el crimen. Y no es que en la realidad no pueda ocurrir, podría ocurrir. Pero ese no es el problema de la verosimilitud. Es que en el contexto de la historia que se propuso, no podría ocurrir, sin que los personajes se falsifiquen, salten sus destinos, se salgan de sus vidas, como recurso para conseguir un chapucero efecto de tensión.

Hay que reconocer que en el culebrón hay una dosis de humor que introduce el personaje del celador, compañero de García. Un loco paranoico con la seguridad, que aprovecha el secuestro para jugar a ser el héroe. Un celador con delirio de agente secreto. Sin embargo la ridiculización de la situación con el personaje, no logra remover la artificialidad que le introdujo el punto de giro al film, después de lo cual el desarrollo dramático llega ser un lugar común, que evita que una buena historia gris, termine siendo buena, sin dejar de ser gris.

El crimen como lugar común, revela en García la falta de trabajo y de talento del guionista. Un crimen estético.