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Alberto Rodríguez

Escupiré sobre vuestra tumba

Escupiré sobre vuestra tumba

A Boris Vian lo recuerdo más que por sus libros, por sus solos de trompeta. Más que por su prosa, porque su mujer se fue con Sartre. En 1946, apenas terminada la guerra, Vian sorprendió a Francia con la novela, que parecía escrita por un autor norteamericano, ambientada en pueblos norteamericanos, con nombres norteamericanos y tragedias muy americanas. En 1948 “Escupiré sobre vuestra tumba”, que apareció firmada con el pseudónimo de Vernon Sullivan, fue prohibida en Francia – la tierra de la libertad –, por “ultraje a la moral y las buenas costumbres”. Es memorable el escándalo que una novela pudo causar en una sociedad mucho más liberal que la norteamericana.

La novela es la historia de una venganza racial. Su escritura tiene la rapidez de Hemingway, la claridad de Capote. Es directa como una trompada. Ambienta como las novelas de McCarthy. Es la anti novela francesa de un francés. De una crudeza limpia, sin exageración. La historia de un librero que transita entre la seducción y el homicidio. Vian no quería ser demasiado escueto en la salpimentación de la venganza, no quería que fuera un plato que necesariamente se comiera frío. Sobre una elaboración dramática de la venganza, construyó toda la trama que contiene un punto de giro, que no solamente modifica el curso de la acción, sino que gira al personaje mismo.

Es curioso que el nombre del protagonista de la novela, coincida con el del cronista del New Yorker, John Lee Anderson. Y todavía más curiosa la metáfora racial de la venganza, alrededor de la movilización de un híbrido. Lee Anderson es hijo de negro norteamericano y de escandinava. Tiene las facciones de un negro en el rostro de un blanco rubio. Su hermano, su único hermano, fue asesinado por una banda de racistas, de la misma estirpe de las que eran capaces de ajusticiar a los soldados negros que habían regresado de la segunda guerra mundial. Un negro blanco que vende libros en un pequeño pueblo del sur.

Boris Vian podría ser un precursor europeo del realismo sucio, ese que hizo carrera, y que llegó hasta nosotros, y que nos gusta por duro, por indolente, por frentero.

Sin duda, se dice Lee, “era un plan estúpido, pero entre más estúpidos mejor salen”.

El guardián del vergel

El  guardián del vergel

De la primera novela de Cormac McCarthy en 1965 la crítica norteamericana dijo que desde su aparición se había convertido “en un clásico de la literatura estadounidense”. Apareció editada por el mismo editor de Faulkner quien había muerto dos años antes. Una extraña forma de configurar lo clásico como una medida del éxito. Pero aun sin debatir el sentido del clásico, que se endilgó a McCarthy en su primeriza novela, debo decir que me costó un trabajo endemoniada terminarla. A pesar de que la leí mientras estaba atrapado en un aeropuerto, sin tener nada más a mano. De no haber sido así, tal vez no la hubiera terminado.

La trama es simple. Marion Sylder  mata al padre de Wesley Rattner. Ninguno de los dos lo sabe. Ambos junto al tío de Rattner se meten en el problema de la distribución clandestina de licor. Los dos primeros capítulos son un desastre de escritura. El original posiblemente está cargado de ruido narrativo y descriptivo. Es un texto sobrecargado que hace difícil seguir la aventura. Hay demasiados silencios, un ritmo demasiado sincopado, es decir, de acentos invertidos. Se describe más de lo que se narra, la narración es oscilante, se difumina hasta perderse y vuelve y saca la cabeza, sin agarrar, sin prender en el suelo del entusiasmo lector, sin acicatear la curiosidad, sin promover el riesgo.

Y la traducción  de Luis Murillo Font, es algo menos que un desastre. Son dos capítulos literalmente mal escritos, mal traducidos, de trama eclipsada, que reduce el interés hasta el fondo. Es una novela retórica, en el sentido de cantidad. Una descripción hiperbólica y una narración encapsulada.

Pese a lo anterior la novela de McCarthy deja ver su capacidad de describir poéticamente el paisaje, es un conocedor de la naturaleza, juega con el color, la vegetación y el cielo, de buena manera. Y su sensibilidad para el manejo de la precisión y economía del diálogo, a cuya maestría llegó en La carretera.

El Guardián del vergel es una novela de aprendizaje, muy ruda en su tonalidad, salpicada de baches narrativos, de huecos de acción, con una redacción ruidosa y víctima de una traducción bizarra.

No pudo haber sido clásico el autor en su primera novela. Los rasgos sobresalientes de su madurez apenas le llegaron después de su trilogía de la frontera.   

11-S

11-S

No sé por qué me parece que el uribismo hace campaña con el caso Plazas Vega. Hoy domingo, 11-S, se publicó en El Tiempo, bajo el rótulo de “información institucional, una “carta abierta” firmada por rancios “personajes”, que se pusieron de acuerdo para descalificar a la Justicia. Se titula: ¿Por qué el Coronel Plazas Vega aún no está libre? Me molesta que sea abusiva y manipuladora, al hablar a nombre de los “colombianos”, al  afirmar que  todo “colombiano medianamente informado” se pregunta lo mismo (¿será que los familiares de las víctimas se lo preguntan?), y sugerir que debería responderse a la manera de los abajo firmantes. Yo me considero “medianamente informado” y me hago otra pregunta: ¿Qué tan político es el concepto de la Procuraduría General dirigido  al Tribunal, que pide la absolución de Plazas Vega, una vez condenado?

Lo que en derecho reclama la Procuraduría es un nuevo proceso. Porque contra el fallo ya proferido, por el Juzgado 51, no obra revocatoria. ¿Por qué en vez de descalificar públicamente a la Justicia, no solicitan otro proceso? Así proceden las reglas del juego, del sistema del que ellos se jactan. Soliciten que la Corte Suprema someta a revisión el proceso, están en su derecho, pero no le pongan una lápida a la Juez, María Cristina Trejos, acusándola de haber fallado en falso. Después de que el seis de septiembre el Tribunal superior rechazó el recurso presentado por el abogado defensor de Plazas, Jaime Granados, el mismo abogado de Monseñor Uribe Vélez.

Todos los firmantes tiene un aroma común a pelos de la misma perra: representantes del uribismo, de los medios, de las sociedades y de los militares: Pacho Santos, Luis Carlos Villegas, Fernando Londoño, Gral Álvaro Valencia, Enrique Gómez Hurtado, Sociedad de Agricultores de Colombia, ACORE (oficiales en retiro), Plinio Apuleyo Mendoza, Alberto Dangond, Diego Palacios, FEDEGAN, INDUPALMA, Gral Rafael Samudio, Pablo Victoria, Fabio Echeverri Correa, Gabriel Arango Bacci, y otros más. Solo faltaron Uribito, Yamure  y José Obdulio. ¿Si ellos fueran los invitados confirmados a una fiesta, qué podría un colombiano medianamente informado, pensar del convite?

La derecha más conspicua, acartonada y oscura, una gleba desplazada del poder, francotiradores a la justicia, cuando los fallos les son adversos – ¿la mafia no hace lo mismo? – hicieron causa común alrededor del proceso Plazas Vega, en el que se lo condenó a treinta años de prisión, por su responsabilidad expuesta en juicio, en la desaparición y muerte de los sobrevivientes del Palacio de Justicia. Están en su derecho de dudar del fallo y a dudar de la legitimidad de los testigos, lo que no les concede el derecho a descalificar a la Justicia. Si la Justicia se equivocó, el fallo es controvertible a través de las vías judiciales, de las apelaciones, de los recursos (de los que ya han hecho uso), no a través de cartas políticas, que más que resarcir un fallo, buscan poner el foco en un río revuelto donde el proyecto de “la seguridad democrática” pueda pescar algo.

No es por la vía de opinión, de la propaganda, como se descalifican los fallos, muy a la manera uribista por cierto, al menos si nos atenemos a la legalidad jurídica, que todos deberían respetar, a pesar del desacuerdo. No es la vía para ventilar legítimos desacuerdos con la cosa juzgada. La exhibición mediática, el “golpe de opinión” publicitario, no ha hecho más que dejar al desnudo el injerto político del panfleto.

Los periodistas, hayan o no firmado como representantes de un medio, incurren en una inocultable parcialidad al tomar partido en contra de un fallo de la justicia, y comprometer su responsabilidad informativa, a favor de una política, que seguramente les da más dividendos que el oficio. Periodistas como Francisco Santos, Plinio Apuleyo, Salud Hernández, William Calderón y Alfredo Rangel, han “fallado”, se han colgado del concepto de Ordoñez, para decirnos que a Plazas, la Justicia le montó un operativo para condenarlo con testigos falsos. Si es cierto o no, será la Justicia, la que decida, no ellos, y mientras no decida acatamos el fallo.

La “carta abierta” es un abierto irrespeto a las reglas del juego jurídico, que ellos conocen, pero prefieren no practicar. Un paso más allá del acatamiento a la Justicia equivale a un paso en la justicia privada. Esa señal, que ha hecho carrera en Colombia, que ha incitado a las peores barbaries contra la sociedad civil, es la misma que envía el panfleto.

Los crímenes probados contra los sobrevivientes del Palacio de Justicia tienen unos responsables. La Justicia es la única instancia a la que podemos tener como referente de verdad procesal, que diga quiénes son, aún si el fallo es equivocado. Intervenir con la opinión a favor de torcer la legalidad del fallo, por “motivos superiores”, es un código oscuro, de una oscura política, que hermana a los militares con los periodistas y a los presidentes de los gremios con los políticos, en un panfleto que promueve una cruzada más justiciera que justa.

 

 

 

 

Los tocables

Los tocables

¿La mafia es derrotable? ¿Ha sido derrotada alguna vez? ¿Es históricamente eliminable? Son las preguntas estratégicas. Es decir, las que no se hacen ni los políticos ni los gobiernos. Porque ante un contundente no, como respuesta, sería necesario redefinir toda la estrategia global de lucha contra el narcotráfico.

Lo de México - hoy - es una reactualización de la Sicilia de fines de siglo, la Chicago de los veinte, la Buenos Aires de los treinta, el New York de los cincuenta, el Hong Kong de los sesenta, la Medellín de los ochenta. La costa mediterránea española de fines de siglo. Y aún así, lo de México está por debajo de la mortalidad asociada a la violencia, en Honduras y El Salvador, en Venezuela, y por debajo de Colombia, con 14 eliminados por cada cien mil habitantes.

Una de las características de la mafia es que necesita Estado. Compra policías, jueces, concejales,  investigadores, ministros, presidentes. Y los compra barato. El Estado en sus diferentes ramas, a través de muchos de sus agentes, ha cooptado con la mafia. De no haber sido así, el combate contra la mafia, se habría hecho con el espíritu indoblegable de Los Intocables. Pero no, en México como en Colombia, hay demasiados “tocables”, suficientes para hacer dudar del éxito de la guerra anti-mafia.

Terminaron de presentar en TV, a trancas y mochas, una serie titulada La reina del sur, basada en la novela de Arturo Pérez Reverte. En una de las líneas de la historia, se trata de la candidatura presidencial de un capo de la mafia, Epifanio Vargas. Lo que en 1994 sucedió en Colombia. No es una ficción. Ha pasado y sigue pasando. Uno de los cómplices de Samper en el 94, es hoy gobernador de Santander y Samper sigue opinando. Y todavía pone ministros, como el último de Justicia, nombrado por Santos.

Lo de México, es tal vez una de las escenificaciones más macabras, con más imagen, más patetismo, más red, de las que conocemos de intriga mafiosa. El mercado es tan bueno que varios carteles se lo disputan. A partir de este año, los muertos se dejaron de incluir en las estadísticas. El Centro de Inteligencia de México, dice que el 50% del territorio y la población está fuera del control. Otros comentaristas, hablan del fracaso total de las iniciativas de Calderón y de la cooperación norteamericana. Aun la Marina y el Ejército apoyando a los Federales, la lucha no se gana. ¿Qué haría pensar que con infantería de marina, se pudiera derrotare la simbiosis criminal entre el Estado y la mafia?

El caso de México representa el fracaso de la política anti mafia de Calderón y de Obama. Una equivocación a tal punto, que contingentes de arma movilizados a México por agentes federales de USA, terminaron en manos de la mafia. Y si ha fallado el sistema de cooperación con la DEA, el control de armas, la reducción del crimen, la operatividad de la mafia, habrá fallado el sistema global.

Vicente Fox le ha pedido al gobierno de Calderón, que consideren la opción de hablar, de negociar con la mafia. La respuesta del estado es rotunda: ¡Negociar jamás! Por encima de la mesa, deberá aclararse.

La guerra con la mafia se está perdiendo en México, como se ha perdido en todos los demás países, en donde la cohabitación llevó a  reducir los niveles de escándalo homicida, que en México son obscenos, y además condujo a una repartición más diplomática del botín. Y la guerra se ha perdido, porque no se quiere ganar. Porque en vez de quebrar el negocio, se ataca el tráfico y el consumo. Tal como están las cosas hoy, no es posible ganar la guerra contra la mafia.

La “oficina” electoral

La “oficina” electoral

El affaire de las firmas del  candidato Guerrero en Cali, vino a dejar al descubierto la punta del iceberg de una oficina de estructura mafiosa que trafica con resultados electorales. ¿Cómo habría de quedarse por fuera de la ola de carruseles nacionales la Registraduría Nacional? Faltaba más.

El Registrador nacional, Carlos Ariel Sánchez, junto con el Magistrado Villarraga, del Consejo de la Judicatura y el Contralor delegado, Portela, tuvieron una oficina: “Procesos electorales”, que hoy todavía existe. Presta servicios a los descabezados electorales de “obtención” de votos, actas y registros, que hagan falta, para que sus clientes puedan quedarse con una curul. Una oficina que escruta y vende los escrutinios. Cuando en el 2007 Sánchez fue nombrado Registrador Nacional, debió abandonar su lucrativa empresa, que dejó en manos del Señor Hollman Ibáñez, que se desempeñaba hasta la semana pasada, como Director del censo electoral, y que renunció a su cargo, como consecuencia del affaire. Villarraga y Portela les cedieron la representación a sus familiares.

Ibáñez es el íntimo de la Secretaria de Gobierno de Cali, Eliana Salamanca, a su vez cuota del Nene Doc, en el gobierno de Ospina. El Senador Martínez pagó para salir de la cárcel de Barranquilla, se vino para el Valle a pasar revista a sus huestes del PIN, estuvo visitando a sus lugar tenientes, a sus amigos, cuadrando en varias ciudades  las cargas para las elecciones de alcaldías y de paso a encontrarse con Ibáñez.

A Guerrero, dos colegas le sirvieron de informantes. Uno lo enteró que en los corrillos se rumoraba una oferta, antes de la descalificación, para ayudarlo a ganar las elecciones. Luego, otro, escogido como intermediario, le informó de una propuesta para ayudarlo con el problema de las firmas.

La oficina mafiosa enquistada en la Registraduría, no parece tener mayor inteligencia, aunque se haya sostenido por mucho tiempo. Creo que escogió mal a sus víctimas. No contaron con que Guerrero es el candidato de Santos, y que una vez conocido el asalto, el mismo Presidente, saldría a denunciar manejos oscuros en la Registraduría. Hoy están contando, uno a uno, los votos de Guerreo. (De paso habrá que promover una modificación a la ley que permite el conteo de firmas por muestra. En el caso de Guerrero, se podrían haber  escogido – por decir algo -  diez muestras de doce mil votos, cada una, y entre ellas seleccionar la peor, para producir la descalificación estadística). Susana Correa se ha retirado anticipadamente, aprovechando el asalto, para adherir, como de todos modos iba a hacerlo, a la candidatura de Guerrero.

Me pregunto, en el actual panorama, que autoriza a pensar todo lo mal que se nos dé la gana, si el asalto a las firmas de Guerrero y Susana, fue para poderles hacer una oferta aplicada a resolver el problema de la descalificación de las firmas, o si fueron acaso terceros, los que le pagaron a la oficina, para sacarlos del camino, lo que objetivamente favorecería a todos los otros diez candidatos, en particular a los que van adelante, Sigifredo López y María Isabel Urrutia.  

Yo esperaría que mañana lunes a primera hora, el Procurador General retirase a Sánchez del cargo, como hizo con Samuel. Y que el conteo de las firmas, con muchos ojos puestos encima, demuestre que Guerrero tiene suficientes para obtener un aval.

 

 

Berlin Alexanderplatz

Berlin Alexanderplatz

Nueve libros, 460 páginas y tardé diez años. Berlin Alexanderplatz (B.A) de Alfred Döblin, me dejó la misma sensación, o parecida, a la que me quedó, tras terminar El Hombre sin atributos. Una extraña y simétrica sensación de que le sobraba la mitad, pero también que le faltaba la mitad.

B.A aparece en 1929 en Alemania, el mismo año en que aparece en Argentina Los siete locos, de Arlt. Son dos novelas completamente contemporáneas entre sí y ambas predicen la crisis y el golpe. La primera, la caída de Irigoyen, y la segunda el derrumbe de la república de Weimar.  Ambas son novelas de rufianes, en ambas los rufianes presumen de socialistas.

B.A es la historia de Franz Biberfkopf, un hombre común, tan común que asesina a su amante. Al comienzo del libro sale de la cárcel de Tegel, tras pagar la condena, y termina en un sanatorio mental, en una marcha final alucinante, una alucinación triunfal, en la que todos los locos marchan cantando:”Hacia la libertad vamos, hacia la libertad, el viejo mundo ha de hundirse, despierta brisa matinal”.

R.W Fassbinder rodó para la TV a B.A en 1980. Fue una adaptación tan libre, rodada en 16 mm y luego pasada a formato de video, que por momentos uno se olvida de Döblin.

La novela es un cambio en el estilo, una alteración de la estructura y una modificación del héroe, respecto a la moderna novela alemana (Hauptmann, Hesse, Mann, Ludwig, Lenz, Walzer). A Döblin se le criticó en Alemania, haber querido hacer una novela como el Ulises de Joyce. Döblin, sin embargo, confesó en 1930, que mientras escribió B.A no conoció el Ulises, que había sido publicada en París en 1922.

¿Qué hizo tan lenta mi lectura? No fue la densidad, no fue una trama endemoniada, no fue un bosque argumental impenetrable, tampoco la historia. Menos los personajes: rufianes, putas, malandrines, ladronzuelos, estafadores, socialistas, moviéndose en la selva de Alexanderplatz. Fue la arrítmica narración que causó en mi la desilusión del lector, la percibí como una novela dodecafónica, cuyas subtonalidades y escalas no me dejan bailar. Jamás pude bailar con B.A, como lo hago con las otras novelas. Una vez el ritmo me agarra me dejó llevar por la melodía, abrazado, hasta los despeñaderos. Con B.A nunca pude coger el ritmo, los cortes cinematográficos, las elipsis entrecortadas, las variaciones en el registro del punto de vista, la focalización desenfocada, me hicieron imposible la fidelidad para con la novela, quiero decir, redujeron la sana obsesión que lo jala a uno hasta el final de una novela, mientras lo excita, lo incita o lo suscita.

Más de una vez estuve tentado a abandonarla, pero sin embargo, algo me lo impedía. No sé aun qué era, ahora que he llegado al final, en que Biberkopk, el homicida, el ex presidiario, el granuja, el manco, el chulo y el estafador, se lanza a buscar su libertad, marchando entre los locos,  que anuncian en 1929, que el viejo mundo ha de hundirse. Sí, el viejo mundo que ha de hundirse y que se está hundiendo desde entonces. Y nosotros con él, porque no somos mejores que el mundo que se hunde.

  

Indignados

Indignados

En Londres se levantan los riots, a los que The Clash cantaron como insurgentes sin causa, muchachos que salen a las calles porque están hartos. No proponen, no tienen programa, nada ideológico, simple violencia contra el comercio. Van uniformados, Adidas, jean y hoogies. Las explicaciones sobre lo que pasó han abundado: la recesión, la baja de poder adquisitivo, la pérdida de salarios, la migración, los recortes del gobierno, la reducción de la  asistencia. Pero la revuelta de Tottemham se enfrenta a un hecho nuevo, la revuelta-saqueo con comunicación en red. Al punto que las autoridades, lo primero que pensaron fue en intervenir Internet, como en Irán o en China. Lo que equivale a vender el sofá, en caso de adulterio.

En Israel la clase media se levanta. Como el 15M, levantó cientos de tiendas en el boulevard de Tel Aviv, y en Beer Sheba, al sur. 300000 personas. La consigna es “¡Basta! ¡El pueblo exige justicas social! El letrero que Stav Shafir puso junto a su tienda en la calle Rotschild, cuando perdió la habitación en que vivía. El 40% de la población laboralmente activa en Israel no está en el mercado formal. El sostenimiento de los estudiosos en las yeshivot (casas de estudios judaicos) cuesta, como cuestan los programas para los asentamientos. A diferencia de los ingleses no explotan aún la violencia.

En España se declararon como los “indignados”. Y desde hace tres meses sostienen campamentos casi permanentes en las plazas de Madrid, desde el 15 de Mayo (15M) que no es el nombre de un purgante. El desempleo ronda el 20% y muchos españoles están teniéndolas tan duras como los inmigrantes. El 15M ha convocado levantamientos en cincuenta ciudades, que acogieron los llamados en red para juntarse y salir. Los señalamientos de las causas que los han hecho levantarse, son claros, van contra políticos y banqueros, responsables de haber llevado a España al desfiladero. Ecos espirituales del anarquismo corren por entre las tiendas del 15M.

En Chile, la protesta es estudiantil. Es la más organizada, la más elaborada, la más ideologizada y programática. Desde hace tres meses estudiantes de la educación superior y media se levantaron a pedir educación pública de calidad. Equidad educativa. Han producido las manifestaciones más grandes desde el retornó a la democracia. Amenazan como un tsu nami. Y también es el levantamiento que más ha marcado el factor de liderazgo personal, encarnado en una chica de 24 años – Camila Vallejo - estudiante de geografía,miembro del Partido Comunista y Presidente de la Federación de Estudiantes. El punto según ella, es que el esquema privado de educación chilena es perverso, porque el Estado permite que se abran instituciones, que se lucran y no aseguran ni pueden asegurar calidad.

La degradación global de las condiciones de vida, del empleo, la crisis encadenada de consumo, la burbuja de la deuda, el efecto activo de crash del 2008, la crisis de las migraciones y la educación, son un buen sancocho nutritivo y espeso para que cuajen los levantamientos de la sociedad civil. La pregunta es: ¿los gobiernos, los partidos, los políticos, todavía pueden hacer algo para satisfacer las demandas?

Es posible que hayamos llegado al punto en que la masa de demanda ya no pueda ser satisfecha, y los puntales del estado benefactor tiemblen, al encuentro de muchos levantamientos civiles pacíficos y violentos, que con el arma de la red, conmuevan la “aldea global”, como ayer conmovieron las aldeas de Túnez y Egipto.

 


A bolillazo limpio

A bolillazo limpio

El Profesor Bolillo, ebrio, celoso, mal humorada, golpea a su acompañante en un lugar público, una mujer desconocida, de la que no hay fotos, ni videos, ni nombre, que ni siquiera ha interpuesto demanda. El Profesor pide disculpas y renuncia a su cargo de seleccionador del equipo de Colombia. Una senadora sale a defenderlo. Las mujeres le piden que renuncie. Un directivo de la federación aporta una tesis nacional, hay quienes merecen ser golpeados. Los hinchas aplauden.

El Profesor Bolillo no cree en aquello de que a una mujer no se la golpea ni con el pétalo de una rosa. El debe preferir un guayo o una llave inglesa. El hecho fue que le cascó. Por supuesto entiendo la indignación de las mujeres. Los hombres deberíamos estar tan indignados o más, sin embargo según la última encuesta medio país – el de los hombres - ya perdonó al Profesor. Generosos que somos los hinchas. ¿Y saben por qué? Porque pensamos en el futbol, en eso que une la patria, en la identidad, en la camiseta nacional, en el pundonor deportivo, en dejar en alto el nombre, en la camiseta tricolor.   

La Senadora antioqueña Liliana Rendón, encontró en el incidente una oportunidad para hacerse un poco de publicidad. Dijo que, las mujeres joden mucho y que si  buscan, encuentran. Se puso del lado del Profesor y de todos los hombres que golpean a las mujeres. Últimamente su tráfico en Google ha aumentado. Que se haya echado a todas las otras mujeres encima, bueno es el costo de su estrategia.

La federación de fútbol está dividida, entre quienes defienden al Profesor en público y entre quienes lo hacen en privado. Han aplazado cualquier decisión respecto a la aceptación de la  renuncia. Quitar al Bolillo ahora es desestabilizar la inversión deportiva en un proceso de formación del equipo que iría al próximo mundial. Eso hay que pensarlo. El dilema es sencillo: el fútbol o las mujeres.

Las mujeres, entre ellas las de las bancadas congresionales, piden que el Profesor se vaya. Hoy en las cámaras le sacaron tarjeta roja.

Yo sí creo que el Profesor Bolillo debe irse, es más, si volvés a pegarle a una mujer “te parto la cara marica”. También se debe ir Víctor González, por bruto. El deslenguado en una emisora dijo que si el Profesor le hubiera roto la cara a Piedad Córdoba, medio país estaría aplaudiendo.

¿No será que la que estaba esa noche con el Profesor en el rumbeadero era Liliana?

 

Media noche en París

Media noche en París

Woody Allen retorna a algo que hace bien, jugar con el tiempo. El mismo truco que hilvana en La rosa púrpura del Cairo. Trama los cambios temporales, de tal suerte, que las paradojas ficticias que conllevan, no le arredran para iluminar y narrar con un descarado encanto escénico, con el que pesca en el rio del tiempo un pedazo de época, los veinte. Más que el humor culto, que no para todos, la ironización de las situaciones, es lo que ampara el sello del film. Paris media noche, en la época en que “París es una fiesta”, es un juego de terrible nostalgia, revestido de un literaturezco aire que da luz a la recreación del juego entre el presente y el pasado. Como Henry Miller, como Hemingway, como Bierce, Allen no le perdona a Norteamérica, esa forma tan antieuropea de comprender y vivir las situaciones. La vulgaridad nacional, la forma tan desapaciblemente práctica como en USA se encarna la cotidianidad.

Gil, un guionista del Hollywood contemporáneo va a París antes de a casarse con Inés, en compañía de sus suegros, un republicano rico y una señora tiesa que durante toda la película repite: “lo barato sale barato”. ¿Cómo se explica uno que un tipo que quiere ser novelista, y aventurarse con su primer libro, sobre un almacén de recuerdos, quiera casarse con la hija de ese par de zombis republicanos de California? La novela, en la fantasía retrospectiva, termina siendo llevada con ayuda de Hemingway, a manos de la mismísima Gertrude Stein.

Allen se da un costoso lujo creativo, el placer de la personificación, reviviendo a los artistas que convivieron en el Paris de los veinte. Así que nos lleva con él a una fiesta que ofrece Jean Cocteau, donde al piano se encuentra Cole Porter, y en la que están Scott Fitzgerald y Zelda, que lo conducen a un café donde bebe Hemingway a los 27. Que conduce a Gil a donde la Stein, donde encuentra a Pablo Picasso que muestra el cuadro de Adriana, su amante y antes de Modigliani. Luego en un café Gil encuentra a Dalí que le habla de lagrimas que contienen rostros y de rinocerontes, y le presenta a Luis Buñuel y a Man Ray, a los que explica que él es de otra época, que del 2010 ha ido a dar a los veinte, lo que a los surrealistas no puede parecerles más que natural. En un paseo por las librerías de viejo a la orilla del Sena, Gil encuentra las memorias de Adriana, en las que lo menciona, según se entera, porque en una banca de boulevard, Carla Bruni, le traduce unas páginas del libro. Va a buscar a Adriana después de su viaje a África con Hemingway y echan a andar hasta que la calesa del tiempo los recoge para llevarlos a la bel epoque, donde encuentran a Gaugin, a Tolousse Lautrec y a Degas, con quienes discuten sobre el tiempo. ¿De qué más? Un París casi artificial, limpio, romántico, clásico, perfecto, un artificio de ciudad también pretérita, una imagen turística, la ciudad luz, mucho más linda, más ordenada, más clara que la misma París.

Allen juega hasta con el tiempo atmosférico, pasando de la resolana a la lluvia y a la noche. Nadie parece estar a gusto con el presente, salvo los wasp republicanos. Adriana quiere quedarse en la bel epoque, Degas y Gaugin en el renacimiento, y Gil que no quiere el presente, tampoco puede quedarse en sus amados veinte, Adriana no quiere retornar. Hasta el detective contratado por el suegro de Gil, termina extraviándose en el tiempo de los salones de Versalles. Paris media noche es un bello juego de tiempos narrativos, ficción epocal, con la luz y el color de un París icono de la nostalgia, donde Hemingway da una lección a Gil: nunca des tu novela a leer a otro novelista, si es mala no la leerá y si es buena se llenará de envidia.

El Concierto

El Concierto

2009; Bélgica, Francia, Italia, Rumanía. Dirección: Radu Mihaileanu. Intérpretes: Aleksei Guskov, Mélanie Laurent, Dmitri Nazarov, Valeriy Barinov, François Berléand, Miou-Miou, Lionel Abelanski, Anna Kamenkova.Argumento: Héctor Cabello Reyes (historia original), Thierry Degrandi.Guión: Radu Mihaileanu, Matthew Robbins, Alain-Michel Blanc.Música: Armand Amar.Fotografía: Laurent Dailland.119 minutos

                                    Tchaikovsky, treinta años después, el concierto para violín, es el motivo de una suplantación musical, que sirve de pretexto para hacer un film trágico, delicadamente nostálgico y al mismo tiempo una comedia. Tiene un sabor doble, a anchoa y a durazno.

El Concierto, del director rumano Radu Mihaileanu, tiene un  aire de tragedia, el del artista purgado, una figura tan odiosa como la historia que rememora: el director sinfónico Andrei Filopov convertido en barrendero del Bolchoi, tras una ira santa de Leonid Brezhnev, treinta años antes. El aire nostálgico de un viejo comunista, que actúa como representante de la orquesta, y que se resume en la escena en la que hace entrega de la bandera soviética a su camarada del partido comunista francés, en el mismo escenario del Théâtre du Châtelet en Paris, donde la orquesta improvisada ha de presentarse.  Y un aire francamente cómico, que resulta de improvisar una orquesta de músicos desempleados, gitanos, callejeros, taxistas, judíos, vendedores callejeros, que sin un solo ensayo del concierto, se largan a París con pasaportes falsificados, que les son entregados en el mismo aeropuerto, en busca de la gloria.

Radu Mihaileanu, el mismo director del Traidor, El tren de la vida y Vete y vive, es un bromista serio, dueño de una capacidad para levantar atmósferas en las que recrea el mundo con el mismo humor satírico, esa nostalgia del este, que se encuentra en las obras de Rabal y de Kundera, y en el humor folclórico del cine de Emir Kusturica. Sabe encontrar el punto, el tono de una historia redonda, gracios a profunda, para darle expresión digna de ridiculización al “comunismo soviético” y el clima también nostálgico de una sub historia, entre la hija del director, que debió haber sido entregada de niña a alguien, para salvarla de la persecución oficial.

Una historia llena de finos contrastes que le dan relieve al film, de perfectas construcciones humanas, personajes variados llenos de sutileza, cargados de representación, metidos en una trama que se tensiona todo el tiempo, con el riesgo de una aventura un poco gargantúelica, una gran broma en París, una suplantación imposible y necesaria, gracias a la cual los músicos le pueden pasar una cuenta de cobro al antiguo régimen y el director puede saldar una deuda del corazón.

 

¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?

El Espectador

Hace algunos años, Nicholas Carr escribió un texto con un título estridente, casi incendiario: “Is google making us stupid?” (¿Nos está haciendo estúpidos Google?). El ensayo, publicado en la revista Athlantic, reflexionaba sobre la manera en que internet ha modificado (y continúa modificando) nuestras mentes: nuestra manera de pensar, nuestra manera de percibir la información, aun nuestra manera de actuar. En aquel entonces, Carr acudía a la experiencia propia para explicarlo: “Durante los últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien, o algo, ha estado trasteando mi cerebro, rediseñando el circuito neuronal, reprogramando mi memoria. Mi mente no se está yendo —al menos que yo sepa—, pero está cambiando”.

Carr amplía y profundiza esas reflexiones en The shallows. What the internet is doing to our brains? (Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?), libro que la editorial Taurus editó en Colombia. El escritor norteamericano, acaso uno de los pensadores más agudos sobre nuevas tecnologías, parte de una premisa fundamental: la disolución de la mente lineal.

Para ello, en un prólogo que tiene mucho de ensayo histórico, Carr desmenuza la idea central de Comprender los medios de comunicación: las extensiones del ser humano, aquel libro-frase de Marshall McLuhan. Un coro, en todo caso: el medio es el mensaje. “Lo que se ha olvidado en nuestra repetición de este aforismo enigmático —escribe— es que McLuhan no sólo estaba reconociendo (y celebrando) el poder transformador de las nuevas tecnologías de la comunicación. También estaba emitiendo un aviso sobre la amenaza que plantea este poder, y el riesgo de no prestar atención a esta amenaza”. Sin embargo, “ni siquiera McLuhan podría haber anticipado el banquete que nos ha proporcionado internet: un plato detrás de otro, cada uno más apetecible que el anterior, sin apenas momentos para recuperar el aliento entre bocado y bocado”.

Desde luego, la disolución de la mente lineal viene precedida de otra realidad: la neuroplasticidad. Es decir, la idea de que el cerebro no es un órgano inmutable, que se cierra definitivamente en la adultez. La afirmación opuesta fue durante mucho tiempo una herejía en el mundo científico: que el tejido nervioso puede cambiar, adaptarse, que —como escribió el psicólogo británico J.Z. Young, citado a su vez por Carr— “parece dotado de un extraordinario grado de plasticidad”.

Fue el médico Michel Merzenich quien, tras varios experimentos, lo confirmó: el cerebro responde, se adapta, se reestructura, está sometido a cambios, todo en función de nuevos estímulos, de nuevas disposiciones, de nuevas máquinas.

Carr cita un ejemplo pertinente: aquejado por problemas visuales, Friedrich Nietzsche decidió hacerse a una máquina de escribir (una Writing Ball Malling-Hansen). En poco tiempo, el filósofo alemán fue capaz de escribir con los ojos cerrados. “Pero el dispositivo —dice Carr— surtió un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los mejores amigos de Nietzsche, el escritor y compositor Heinrich Köselitz, notó un cambio en el estilo de su escritura. La prosa de Nietzsche se había vuelto más estricta, más telegráfica. También poseía una contundencia nueva, como si la potencia de la máquina […] se transmitiera a las palabras impresas en la página”.

Internet, diría Carr, es esa Writing Ball Malling-Hansen: nos modifica, nos cambia el estilo, los hábitos, el sentido; dobla nuestra neuroplasticidad, que a veces “impone su propia forma de determinismo a nuestro comportamiento”. “No pienso de la forma que solía pensar —afirma Carr—. Lo siento con mayor fuerza cuando leo. Solía ser muy fácil que me sumergiera en un libro o en un artículo largo. Mi mente quedaba atrapada en los recursos de la narrativa o los giros del argumento, y pasaba horas surcando vastas extensiones de prosa. Eso ocurre pocas veces hoy. Ahora mi concentración empieza a disiparse después de una página o dos”.

El peligro público

El peligro público

Uribito – sombrero de leñador con pluma - es lo más parecido al anti Robin Hood, que robaba a los ricos para darle a los pobres, por eso es un peligro. Así que si la Fiscal General se pregunta si Uribito es un peligro para la sociedad, yo diría más, cualquier miembro de la banda uribista que todavía ande suelto, es un peligro para la sociedad. El solo hecho, de que en sus cabezas esté enquistado el proyecto de una nueva conjura, para devolver a Monseñor el poder, los hace peligrosísimos. Una especie acorralada de alacranes voladores.
María Isabel Rueda en su columna de hoy en El Tiempo, dice que las Cortes efectivamente están sesgadas en el caso Uribito, las acusa de no obrar en derecho, pero reconoce que es por culpa de Monseñor Uribe, que las mandó a chuzar, a seguir y porque contra algunos de sus miembros conspiró, y hasta dice uno de ellos, lo mandó a matar. Un cuadro constitucional perfecto, para que el proceso de Uribito se presente como una vendeta.
Que Uribito haya repartido la platica de los agricultores pobres a los agricultores ricos, para tenerlos contentos y pagarles favores, no fue una excepción del régimen, todos los uribistas en el poder pagaron favores, tal cual se había convenido. Dividieron el Estado en carruseles, para tener asegurada la lealtad de los inversionistas. Todos lo hicieron, y para completar chuzaron a los opositores y a las Cortes. Todos son un auténtico peligro: Moreno, Sabas, Palacios, José Obdulio, Del Castillo, Restrepo, Hurtado, Narváez. Todos deberían estar tras las rejas, por el delito de conspiración.
Uribito – precedido por Noguera y Aranguren en la cárcel – es el tercer pez gordo en caer (Aunque hoy al abrir el periódico del domingo me entero en primera plana de El País, que anoche cayó Moreno).
Uribito, no obstante, es el más estereotipado engendro uribista, de los que han caído hasta hoy, tiene el mismo talante campechano, la suficiencia amanerada, la misma falsa humildad, la misma ambición, la arrogancia paisa, la ramplonería política de su jefe, el modelo Uribe. Cualquier Corte en cualquier parte del mundo, con las pruebas acopiadas, con los testigos y las declaraciones disponibles, tendría que condenar a Uribito. Debería haber sido aprendido hace más de un año, pero la justicia que es lenta, apenas ahora lo ha sentado en el sitio de los acusados, después de haber encausado a toda la pandilla de chicos malos del Ministerio de Agricultura.
Si el robo que denunciaron en el apartamento de Uribito, y las amenazas que su familia ha recibido, son ciertas - y no una estrategia de victimización con la que se buscaría crear una imagen mediática favorable al uribismo – resultan acciones condenables. Porque no se puede hacer con las familias de los imputados, lo mismo que el uribismo hizo a Hollman Morris, a Daniel Coronel y a Alfredo Molano.

La ladrona de libros

La ladrona de libros

530 páginas. ¿Cómo vivió la segunda guerra una familia alemana en el pueblo de Molching? Un acordeonista y su mujer cascarrabias – Hans y Rosa Hubermann - adoptan una niña sin familia y esconden a un judío en el sótano. La novela está narrada por una primera persona discretísima, que apenas si aparece por momentos, aunque su hacer la relaciona con todo, de comienzo a fin. Durante la mayor parte de la novela, la primera persona se camufla en un narrador sobrio, como en el Quijote. Solo que aquí la primera persona es la muerte.

Es una novela de la Alemania pueblerina, durante la guerra. En español no conocemos muchas novelas sobre la vida familiar alemana durante la guerra, tal vez algo de Grass y Boll. Hans es obligado a afiliarse al Partido, al mismo tiempo que esconde a un judío en su sótano y se hace azotar por los soldados, por ofrecer un poco de pan, a uno de los judíos que sacan a trabajar de los campos de concentración. Markus Zusak, el autor australiano de origen alemán, alimentó la historia con la vida de sus propios padres.

Las palabras están en el primer plano. Los libros son un hilo. La niña – Liesel Meminger – se convierte en una lectora, por lo tanto en una ladrona de libros, a pesar del trabajo que le costó aprender a leer, más allá de la edad en que los niños deben hacerlo. Durante toda la novela va a la biblioteca de la casa del alcalde, que en realidad es de su mujer, Ilsa Hermann. Penetra por una ventana, mira entre los libros, escoge uno y solo uno y lo saca subrepticiamente, y cuando termina de leerlo, vuelve por otro. Ilsa siempre supo que Liesel iba a robar. Se volvió tal la costumbre, que entre las dos terminaron dejándose notitas a propósito de los robos.

Se ha dicho que es una novela para muchachos, pero también que es para adultos. Lo primero, por las titulaciones novedosas, los inter títulos, las recapitulaciones, los sumarios breves, los capítulos cortos, los dibujos, los juegos gráficos, los manuscritos. Los libros sobre libros, a los que se les debieron  pintar las hojas de blanco para que sirvieran para una nueva escritura.

¿Pero cuál sería la diferencia si la novela fuera para unos y otros? La cantidad de emoción, la evocación, la familiaridad trasgredida, la familia rota, la pobreza inmensa, los deportes, la música, la lectura, están todas puestas sin alarde, sin artificio, sin resentimiento histórico, sin falsa compasión, en un universo dramático logrado, aún con una minuciosidad, que sin embargo, no resulta empalagosa.

Liesel lee y lee. Encuentra que en la lectura hay una forma de oponerse a la vida, una forma de reconocer que la vida está en los libros, porque la que les ha tocado vivir, casi que no merece vivirse. Todo un pueblo de gente trabajadora, honrada, disciplinada, sometido a la locura genocida de un bárbaro de bigotito, que lo empujó al sacrificio estúpido de una abominable causa, a una guerra inútil. Y que cuando todo se vino abajo, el cabrón se pegó un tiro.

Entenderán por qué no puede ser otra que la muerte la que narre la historia, en su perentoria y circunstancial voz, cuando se acerca como un gallinazo a husmear los cadáveres, o en el distante tono equisciente en el que cuenta la vida cotidiana de la gente de un pueblo en el infierno alemán.

Es cierto, es una novela larga, pero también lo es Harry Potter y Eclipse. Solo que en la Ladrona de libros, en vez  de magia hay libros, y en vez de vampiros hay nazis.    

Amor enemigo

Amor enemigo

No suelo comentar malos libros, porque primero trato de no leerlos, o al menos, desecharlos a tiempo. Y porque el ejercicio de promoción de lectura que hago desde aquí, apunta a que los lectores acepten las sugerencias de lectura a partir de autores y obras, que considero de calidad. Sin embargo, voy a hacer una honrosa excepción, por tratarse de Patricia Lara y de la Editorial Planeta.

En mayo del 2009 apareció la primera edición de Amor enemigo, con crédito a la “colección laboratorio de Medellín” que no sé qué coños es. Se trata de una novela equívoca desde la pretensión que filtra sin escrúpulo: novelar la tragedia de la violencia colombiana, mostrar la reconciliación de los enemigos, el papel central de la iglesia, y de paso, dejar una lección de moral política, de convivencia, de tolerancia. Una novela que deja ver la mano del periodista, enseñándole a escribir al novelista.

Seguramente habría sido mejor una crónica rasa, o un ensayo punzante, que haber intentado una novela que desacredita a la novela. Quisiera explicar los motivos del descrédito.

Una novela que en vez de construir personajes, adopta estereotipos de cartón piedra, esquemas preconcebidos, con los que no alcanza a proponer un escenario dramático creíble, a pesar de que los hechos novelados tienen su raíz en la cruda realidad nacional. Unos lugares comunes que se mueven a lo largo de 247 interminables páginas. (Para bien de quien se atreva a leerla, se le recomienda la lectura diagonal, con la que se la despacha en 45 minutos).

El escenario es otro lugar común, el “pueblito paisa”, un pueblo de utilería, en el que se busca mostrar la maldad arquetípica de los paramilitares y la guerrilla, la bondad arquetípica del clero, y el valor arquetípico de la mujer. La primera lección de la novela: hay que desertar. El mensaje es valioso, lo deleznable es la forma novelada como se intenta promover.

La novela se alza sobre una única línea de tensión: el riesgo de una mujer tras desertar de las FAP (Fuerzas armadas populares), después de haber perdido al hombre que ama, al hijo que espera y de haberse entrenado para el asesinato. La otra línea, es una línea de conflicto falso, el presunto riesgo de un gigante negro, que deserta de las filas del paramilitarismo, al mando de Don Corcho.

El resto de la novela es un dar vueltas en un pueblo aburrido donde no pasa nada, porque siendo de utilería, no se puede esperar que pase algo, solo un vagar aburrido tras los hilos perdidos de una familia. Carece de cualquier tensión dramática, la mayor parte del tiempo se va en una repetición agresiva de los hechos. Carece de clima, no se siente el calor, el dolor, la balacera, la borrachera. Carece de color, es un relato aguachento, sin contraste. Carece de fuerza, ni el conflicto, ni el amor, ni la familia, son intensos, no revelan profundidad humana, porque la novela prefiere los esquemas.

Los diálogos son deplorables, como se hacían en los seriados de la televisión colombiana en los años setenta, cargados de lugares comunes, de disonancias, de falta de humor, de ritmo, de ironía. Cómo se echa de menos el humor, la gracia.

Para acortar, es una novela plana, falsa, ficticiamente ficticia, sin coraje narrativo, que no arriesga nada, no ofrece nada y que se le puede tragar en cinco horas.

Entre los lectores, que habrá tenido, el lugar común, la facilidad, la simpleza, el esquematismo, habrán surtido efectos seductores. La segunda edición del libro, así haría pensar.

Una novela de amor: para matar el tiempo, para matar al lector y para matar a la autora: Amor enemigo.

Cinco dedos

Cinco dedos

Cinco dedos de Lawrence Malkin, tiene una película  homónima, la de Joseph Mankiewicz, con James Mason, rodada en 1952. Una película de espías, durante la segunda guerra mundial, en Turquía. El título actual es completamente descriptivo de la situación: un joven banquero holandés y músico pertenece a una célula terrorista europea, que comparte el sueño de envenenar la comida, lo que según él,  haría ver el atentado del 11-S, como un juego de niños. Durante el interrogatorio, le van cortando, uno a uno y al mejor estilo terrorista, los dedos de una de sus manos.

Es una película en blanco y negro, una música especialmente compuesta, incidental, profunda. Una fotografía exquisita y una puesta en escena caracterizadamente teatral, con un diálogo que sirve, en cualquier taller de escritura, para mostrar cómo se hace un diálogo.

Es una película de la que no se debe hablar mucho, porque su estructura responde al clásico sentido de la sorpresa. Algo que sorprende por el efecto del truco narrativo, por el sistema de trucaje al contar la historia, por el juego de apariencias que envuelve como en tul, la línea de tensión, y que revelaría que tratándose de trucos, Al Qaeda y la CIA, comparten honores.

Una película de escenario, una puesta en escena convincente, con una tensión sostenida, de una crudeza que da sentido a la acción de los antagónicos, con la fuerza ondulante de un diálogo que sostiene la situación, sin decaer, sin concesiones. Una obra de teatro que sabe mantener la tensión, en virtud de la acción de la palabra, más que una balacera, una persecución o un secuestro.

Se le perdonará, a Cinco dedos, que no tenga consecuencias, para el protagonista, el que cada día le corten un dedo, sin que el desangrado, la infección, la fiebre y mucho menos el dolor, afecten su comportamiento. Los dedos cercenados del pianista, no tienen ningún efecto en su salud, como si apenas le estuvieran curando una uña infectada. Tal vez la pincelada de verosimilitud interna que le falta, no afecte el clima de la tensa crueldad con que el film seduce desde que inicia hasta que se acaba.   

Los motivos de Adonis

Los motivos de Adonis

Yoani Sánchez

Adonis G. B. llegó al mundo cuando empezaba a descomponerse el sistema socialista en Europa del Este. Pasó su infancia en medio de las privaciones de los momentos más críticos de eso que en Cuba hemos llamado el Periodo Especial. Quizás llevó con orgullo su pañoleta de pionero o su voz era la más alta cuando gritaban la consigna de "¡Seremos como el Che!".

Los medios oficiales de las isla no han dicho ni una palabra de su muerte.

Podemos adivinar su adolescencia, estrenando los métodos educativos propios de la enseñanza a través de la televisión. También desde que tuvo la oportunidad de tener algo de dinero lo hizo bajo la confusión que provoca la dualidad monetaria, y un buen día, cuando ya empezaba a afeitarse, descubrió frente al espejo a un hombre sin expectativas.

No se trata ahora de sacarle una tajada política a la decisión tomada por el joven Adonis de emprender un viaje como polizón en el tren de aterrizaje de un avión DC-8 de Iberia, sino de encontrar las causas que lo empujaron a morir así. Lo cierto es que los medios oficiales de la isla no han dicho ni una palabra de su muerte, paralizados tal vez ante el grado de angustia popular que ella muestra. No obstante el secretismo institucional, la noticia circula por todos lados y una pregunta aflora nada más conocerla: ¿acaso era insostenible la situación de este joven en Cuba? ¿Tenía un motivo adicional, como sentirse perseguido con peligro o impulsado a pasar al otro lado del océano para encontrarse con alguien? De momento nadie lo sabe. Lo cierto es que no pudo emprender su plan sin antes haberlo planificado, porque si algo está bien protegido en esta isla son las fronteras aeroportuarias.

Difícil no pensar -una y otra vez- en su sufrimiento dentro del estrecho espacio que compartió con las ruedas del avión. Los dolores de sus huesos fracturados por el implacable mecanismo pocos segundos después del despegue, el pánico del encierro, la rabia al comprender el fracaso de su intento, el inesperado frío que terminó matándolo. Nadie sabrá nunca si tuvo ocasión para el arrepentimiento.

Tampoco conocemos la gravedad de sus problemas, lo que sí podemos intuir es que no encontró a mano solución alguna para ponerles fin. Adonis llegó a la conclusión de que debía abandonar el país. Pero no tenía un abuelo español que le permitiera cambiar de nacionalidad; nadie en el mundo le tramitaría una carta de invitación; ninguna Embajada le otorgaría una visa, porque su condición de posible emigrante seguramente se le salía por los poros. Ni siquiera era un deportista de alto rendimiento o un músico con talento para poder viajar y desertar. Carecía de contacto con los traficantes de personas que frecuentemente atraviesan el estrecho de la Florida y no tenía ni la más mínima idea de que iba a cometer una locura.

No hay termómetro que mida el desespero humano y cada cual tiene su propio umbral de resistencia. Este joven cubano cuyo cuerpo apareció colgando en una extraña posición en el aeropuerto de Barajas, tuvo dos oportunidades de participar en las elecciones, sin saber nunca cómo pensaban los candidatos que elegiría. Asistía todavía a la escuela primaria cuando se realizó el quinto congreso del Partido Comunista y debió esperar 14 años más para que la próxima cita partidista anunciara algunos cambios. Probablemente no tenía una profesión con futuro ni recursos para iniciarse en los vericuetos del trabajo por cuenta propia. Un techo propio sería, además, a sus cortos años, un imposible.

Adonis no pudo esperar. Si se hubiera quedado en su país estaría con vida, pensando en una mejor manera de escapar de aquí.

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Viva Zapata

Viva Zapata

Imaginen una película vieja, en blanco y negro, hecha en 1952, en México, que un día encuentran en el baúl de los videos, y deciden ver después de años de haberla traído a casa.

La pedí por catálogo por la época en que José Saramago visitó al Comandante Marcos del ejército Zapatista de Liberación en el estado de Chiapas. El asunto es evidente, la revolución mexicana. Pero es que tiene tantos recovecos históricos, tantas versiones, tantas historias, unas mal noveladas, otras tan sentimentales, otras tan partidistas, que francamente no termino de situarme frente a ella, aunque creo haber leído 1500 páginas y visto muchas horas de films, sobre lo que sucedió.

Ahora imaginen. Viva Zapata fue Oscar de 1953 y Premio Bafta del mismo año. Cuando abren la película descubren que el film reúne la siguiente nómina. Producida por Darryl Francis Zanuk, el mítico productor de diez films que se llevaron el Oscar entre 1937 y 1962, productor de Chicago, El hampa dorado y El enemigo público. Dirigida por El Griego - Elia Kazan, Oscar honorífico de 1998 -, el poeta del cine, el lírico del celuloide,  que rodó entre 1937 y 1976, 21 películas. El libro fue escrito por E.Pinchon, autor de Viva Villa y Viva Zapata. El guionista adaptador es un premio Nobel de literatura de 1962, John Steinbeck, autor de Al este del paraíso y Las viñas de la ira.  Marlon Brando y Anthony Qüin representan a los hermanos Zapata, de Morelos, Emiliano y Eufemio.  

Del cine hasta los cincuentas, o del modo como los cineastas norteamericanos contaban sus historias, me queda una impresión de ingenuidad narrativa, comparada con la falta de ingenuidad narrativa de los realizadores de hoy. La fotografía es muy “mexicana”. El film se hizo a partir de un estudio de los registros fotográficos de la revolución, al que Kazan y Zanuk, en persona se dedicaron durante la preproducción. La escenificación en exteriores, la fijación de la atmósfera pueblerina, semidesértica, los rostros de las mujeres agazapadas en el rancho donde acribillan a Zapata, dan un clima propio, un color auténtico al film, un cierto aire griego. Y la historia es contada sin ambages, rápida, sostenida, clara, con una administración de tensión perfecta. El film no cae, sabe descender y ascender en la escala de las emociones que produce.

¿Y de el General Zapata – título que le había concedido el buenazo de Francisco Madero – qué queda? Zapata representa la desolación revolucionaria, la soledad del levantamiento, el ideal solitario, la perfecta víctima de la traición de poder, la falsificación de los papeles.

Cuando Zapata se vio haciendo en el Palacio de Gobierno, que le deja Villa, que todo lo que quería era tener un rancho, lo que había visto hacer a Porfirio Díaz, el día que fue con un grupo de campesinos de Morelos, a pedirle que les ayudara con sus tierras, supo que el poder envenena. Entonces tomó su rifle, se puso el sombrero y regresó  a Morelos, a ponerse al frente de la lucha de los campesinos por la tierra.

Iba directo a la muerte. El poder y su revolución no cabían, ni caben en México. 

 

Los libros que no vamos a leer

Los libros que no vamos a leer

Quizá a todos nos pasa. Que hay libros que tenemos en alguna parte de la casa y nunca vamos a leer. Y no digo los libros que nos regalan, que compramos por solidaridad, que nos obsequian en las ferias del libro, o que los jóvenes autores nos hacen llegar. Hablo de los libros que hemos buscado, localizado y comprado, en algún momento y en alguna librería.

Hubo épocas en que después de una feria del libro podía llegar a mi casa con cincuenta títulos comprados. De la última regresé con dos. Me he hecho más realista en cuanto al tiempo, quizá porque soy más consciente de que se acaba. Tengo la impresión de que entre más viejo se es, más rápido pasa el tiempo, como si la vida, como cualquier atleta, acelerara en el tramo final. Lo cual, en términos de lectura, significa que la velocidad nos dejará menos margen. No, no es trágico. Salvo que tuviéramos la pretensión de no morir. Y resulta que toda la inversión de vida tiene un sentido que no está sino en la muerte.

¿Qué deja un lector? Es posible que no deje sino su biblioteca, de la cual la familia tendrá que deshacerse por razones prácticas, más temprano que tarde. Ofrendado el acervo como donación a una biblioteca. O sacando los libros en caja de cartón para que se los lleve el carro de basura. Es una forma póstuma de saber qué clase de lectores fuimos. A mí me gustaría, que después de muerto, mis amigas y mis amigos vinieran a la biblioteca y se los repartieran con alegría.

De los libros que no leeremos, hay unos en especial, los que comenzamos y dejamos en alguna página, con un separador lleno de anotaciones. Hay un libro que llevo leyendo diez años, a razón de 60 páginas por año. Aún no termino, pero sé que terminaré, apenas restan 50. A medida que se acerca el final, el tiempo corre más rápido, y el ritmo de la vida de los personajes me promueve a un final, después de casi una vida, sin poder abandonarlo. El problema con él, es el mismo que con las mujeres con las que sabemos que hay algo, pero no pueden bailar. Con los libros como con las mujeres hay que bailar. Un libro que no baila, es un libro al que no es necesario cogerle el paso. Y con esos libros, se avanza a trancas y mochas, a saltos, sin fluidez. Pero aún así, no nos los podemos quitar de encima.

Los que nunca vamos a leer, y que ni siquiera alguna vez comenzamos, son la especie más extraña. Los compramos, los pusimos en turno, pero siempre hubo otro que les ganó en importancia. Esos serían los que me gustaría que dejaran en una librería de viejo.

 

“Gobernar debería dar cárcel”

“Gobernar debería dar cárcel”

La vieja consigna anarquista, “gobernar debería dar cárcel”, encontraría en Bogotá la ciudad perfecta dónde hacerse efectiva. Tal como se ha hecho con algunos de los lugartenientes, intermediarios, funcionarios, revisores, gerentes, concejales y contratistas, que se enrolaron en el “proyecto de ciudad” que el alcalde Samuel Moreno – alias La Doctora -  y su hermano, Iván, - El Jefe -, idearon para su cuatrienio, y que no fue, ni más ni menos, que una conspiración, completamente orquestada, de corte mafioso, para tomarse la administración del DE de Bogotá desde adentro. Y que hoy tiene al Jefe en la cárcel, y a La Doctora, ad portas.

Los inversionistas de la campaña, Emilio Tapia, Álvaro Dávila y Julio Gómez, hicieron un pacto en Miami con los Moreno para repartirse el DE. En el  que el IDU jugaba el papel de joya de la corona. Planificaron el asalto a los recursos públicos, se dividieron la administración, montaron oficinas paralelas, pusieron un negocio privado de venta de contratos, amparado por un sistema sofisticado de comisiones. Desde luego en la conspiración participaron senadores, representantes y concejales, gente de los Ministerio y de Presidencia, que todavía no han sido desencuevados.

Lo del tramo 4 de la Fase III de Transmilenio, fue que Julio Gómez, les hizo creer a los Nule que iban  ser descalificados en la licitación, y como él era tan cercano al IDU, se ofreció para que se lo asignaran a ellos. Les cobró apenas 1500 millones. Tuvieron que aceptar un sub-contrato que el mismo Gómez les consiguió, para pagarle el favor. Como quien dice, por efecto de la conspiración, defraudaban al Distrito, para asegurarle a los Nule los recursos de pagar el favor.  

Políticamente hablando, los mayores cómplices de la conspiración fueron los uribistas de la U, en el Consejo y la Administración. El Polo Democrático fue el bobo útil, de la operación, un tarado político que sirvió de parapeto. Don Honesto Samper, a través de los buenos oficios de Jaime Dussán – hoy precandidato a la alcaldía de Bogotá –  consiguió que el Polo recibiera a los Moreno, que venían del anapismo – un cadáver insepulto que seguramente muchos jóvenes no han oído nombrar –, gracias a lo cual los Moreno llegaron al Senado y Samuel a la Alcaldía. Una vez suspendido por orden de la Procuraduría, Clarita López lo reemplazó en el cargo. Su antigua Secretaria de Gobierno, que los defendió hasta último momento, en una perversa modalidad del espíritu de cuerpo, por la cual el Polo ni vio, ni sintió, ni quiso ver, la conspiración, la emboscada ciudadana de la que fue víctima Bogotá. Si hay algo que investigar, que sea la justicia la que investigue, dijeron los amarillos, nosotros – aun sin participar de las ventajas de la conspiración – no tenemos autoridad para investigar a los Moreno. Justamente hoy la comisión central del Polo, se reúne para estudiar, entre otras cosas, su expulsión.     

Hoy, a cuatro meses de las elecciones, el uribismo sin candidato propio, ha debido sonsacarse a Peñalosa de los Verdes, que se prestó para la jugada – ¿el fin justifica los medios? – y de paso se “cargó” al Partido, con Garzón y todo. Mockus salió con su trasero por la puerta de atrás con el trasteo, en un camioncito de alquiler. Está inhabilitado para ser candidato. Los liberales tienen dos pimpollos, aprendices de brujo, Galán y Luna. Entre los dos no hacen uno. Doña Gina Parody, después de haber ido a purgar una merecida expiación por su execrable pasado uribista, regresó con cara de independiente, con discurso de independiente y con gestos de independiente, a disputarse la alcaldía. Petro, con un movimiento ciudadano recién creado, gozando de las ventajas de haber separado cama con el Polo, aparece primero en las encuestas. Si alguien vino a sacarle jugo al andurrial en que se convirtió la colcha de retazos del Polo, por cuenta del oportunismo político y la falta de visión, fue él. El Polo está como estaba Uribe, sin candidato. Y los que suenan son un Señor Tarcisio, que no solo tiene nombre de mamerto, sino que viene de allá, y el Señor Dussán, la cuota del samperismo en el Polo.

Cualquiera que sea el alcalde, tiene un primer y definitivo compromiso contra la corrupción, contra un monstruo de siete cabezas que le succiona los recursos de desarrollo urbano a la ciudad, asaltándola concertadamente a través de una mafia. Que de no poder ser identificada, capturada y procesada, haría que la Bogotá de los próximos años, tuviera que ser declarada una ciudad inviable.

No sé si Bogotá se merece a los conspiradores Moreno. Pero de lo que sí estoy seguro es que los Moreno no se merecen a Bogotá. Y dudo, que como todas las estirpes, tengan una segunda oportunidad sobre la tierra.