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Alberto Rodríguez

La sombra del caminante

La sombra del caminante

El hijo de Ciro Guerra dijo que  a su padre le había tocado hacer la película en blanco y negro porque no tenía mucho dinero. El Mono Osorio aceptó producirla a condición de que Guerra cogiera las tijeras y le cortara la mitad al guión. Los críticos dijeron – cuando se estrenó en el 2004 - que no era perfecta, puesto que es una opera prima, y las operas primas deben recordarse por imperfectas, aunque en el caso de la Sombra del caminante, también por fresca, nueva y sin artilugios para el mercado.

El trabajo actoral de Cesar Badillo (Mañe)  e Ignacio Prieto – el silletero – hace de la opera una película de personajes de borde. El uno en la tragedia de ser cojo, desempleado, deber el arriendo y estar solo. La de miles de colombianos. La del silletero - Prieto -  encerrado en un pasado criminal, que busca expiar cargando sobre sus espaldas a los transeúntes del centro de Bogota.

Ambos personajes son de borde, Mañe se está precipitando, el sistema lo está escupiendo. El silletero regresa del infierno. No debería haber salido vivo de él, pero lo ha hecho, no se sabe cómo. Se ha puesto al borde por un extraño sentido de expiación, que hace tránsito al bien moral. Así que si el mérito de Guerra, es haber construido una película de personaje, también su mayor problema es el diseño del personaje.

Tendrá que saberse, por la estereotipada y patética confesión del moribundo, al final, el origen de la expiación, lo que al borde bien hubiera podido sobrar. Tal vez como el último vestigio de humanidad, se habrá dicho el guionista, el mismo Guerra. Se debería haber dejado al silletero víctima de su pasado, sin tener que revelarlo. Entonces el silletero habría cobrado una mayor dimensión, porque no se habría traicionado su hermetismo substancial. Se le hizo un poco  de trampa al personaje, para que lo que Mañe no estaba pidiendo saber, lo termine sabiendo de chanfle el espectador. Un típico problema de la construcción moral del personaje.

El silletero y Mañe se encuentran el borde, pero vienen en sentidos distintos.  Aquel proviene de eso que hay más allá del fondo, del subfondo, es un genocida paramilitar, que termina siendo por esas coincidencias exclusivas  de los guionista, el asesino de los padres de Mañe. La dosis de tragedia colombiana que se filtra en ese pasado que urge revelarse, hubiera sobrado en un atmósfera de ficción más libre. Cuando el sargento retirado, dueño de la casa donde vive el Mañe, aparece en la escena como un fantasma alcoholizado, de una manera gratuita, el Mañe le pide al silletero que lo deje morir, y el silletero le dice ¿cómo se le ocurre?, como si jamás hubiera matado a nadie, y como si por principio no pudiera dejar morir a nadie.

       No pudo Guerra haber dejado a su silletero sin pasado, sin presente, hermético, sin futuro, como una abstracción urbana del subfondo del abismo, bamboleándose en el borde, sin redención, sin recuperación moral posible. Esa necesidad corrompe al personaje a favor de las intenciones del guionista. Siento asaltada la integridad de una ficción original, con la carga de una culpabilidad que bien hubiera podido tener el silletero, pero que no tenía por qué revelar, sobreimponiendo a su carácter auténticamente inmoral, la moralidad del guionista.

Claro que el silletero debería haberse muerto después de que al Mañe se le ocurrió robarle la matera con la planta que le daba valor para soportar su condición, como un artilugio desperado para ganarse su amistad, una vez la devolviera, simulando haberla encontrado.

 

La carretera

La carretera

     ¡Viva! desaparecieron los guiones. No se necesitan. Corman McCarthy hizo desparecer los nombres propios y las ciudades. Hace los diálogos sin atribución, limpios, cortantes. A veces parecería que la novela hubiera salido de un guión. Como los primitivos hombres del comienzo, estos del final, dependen en su nomadismo del fuego.           

                               -  ¿Dónde está? 

                             -   Yo no sé dónde está el fuego.

                             -  Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo.

Para el padre y el hijo, no se trata de salir del Estado, ir al sur, llegar a la costa. No van a ninguna parte, ya han llegado, están en el infierno y lo saben. El mayor peligro entonces será encontrarse con otros seres humanos, que les darán muerte para comerlos.

La diferencia entre los primeros y últimos primitivos, es que ahora llevan un carrito de supermercado. Eso fue lo que quedó. Padre e hijo, sin nombre ya, ni siquiera una letra como en Kafka. La Carretera es el tercer personaje.

Paul Aster imaginó el final en un lapso anterior – El país de las últimas cosas – donde la descomposición que reprimitiviza – factor de prehistoria – las relaciones de posesión del espacio y las relaciones de humanidad corresponde al final de la vida urbana, antes del nomadismo. Con el libro de McCarthy, la historia tiene el oscuro privilegio de mostrar cómo es eso del retorno.

      Comeos los unos a los otros, ya no será una bárbara orden, que se de a pesar del dios bárbaro al que le correspondió tutelarnos,  sino una opción de sobrevivir. Lo último en desparecer será el hombre, ya desapareció la vida vegetal – la tierra es una oscura superficie calcinada, envuelta en bruma tóxica -, y la vida animal. Podrán entonces caminar por lo que antes fue el Estado de Nuevo México, durante días enteros, sin encontrarse con nadie.

La mayor hazaña de la novela es no encontrase con los otros, con los malos dice el chico, y la mayor hazaña individual, es que su padre nade veinte metros, hasta un barco encallado en el oscuro mar, para ir a traer una pistola de bengalas que ilumine el fin del mundo.

 

 

 

El pajazo eterno de Kung Fu

El pajazo eterno de Kung Fu

    No fue muerte natural, no hubo asesinato, no se cometió suicidio. David Carradine tenía 72 años encima. Estaba alojado en la suite 1104 del Nai Lert en el centro de Bankok. El jueves fue hallado muerto. La primera información de los noticieros locales es que Carradine se suicidó,   ahorcándose en el servicio de la habitación. Más tarde la embajada norteamericana confirmó su muerte. Chuck Binder, el representante de Carradine, lo echó de menos el miércoles en la noche, a la hora de cenar. Pero por alguna razón no fue a buscarlo a su habitación. En la madrugada del jueves el Productor encontró el cadáver. Binder declaró que su muerte era estremecedora y natural. Carradine fue encontrado desnudo por la policía, tenía atados sus testículos, el pene, las manos  y el cuello.

     Estaba en Tailandia rodando Stretch, dirigida por Charles de Meaux. Lo recuerdo por Boxcar Bertha de Martin Scorsese en el 72. El Huevo de la serpiente de Bergman y por Kill Bill de Tarantino. Más que por ese amanerado chinesco que representaba a un monje de agresiva humildad llamado Kwai Chang Caine, una especie de bicho (saltamontes)solitario que jamás rió. Era un hippie tántrico entrenado en artes marciales. Encarnaba la versión rosa del idealismo orientalista de la California de los sesenta. Oriente maquillado por Hollywood a finales de la década kunfuciana. 

       El teniente general de Policía Worapong Chewpreecha confirmó que sus manos estaban atadas y su cuello amarrado al pene con un cordón de zapato. Nanthana Sirisap, el forense jefe del hospital Chulalongkorn de Bangkok, donde se le realizó la autopsia, declaró: "no hay señales de lucha o asesinato". Los forenses determinaron que murió por sofocación. Muestras de ADN tomadas del cuerpo de Carradine, serán usadas para saber si hubo alguien con él, y descartar asesinato.

     La muerte de Carradine, dice el forense, fue de carácter accidental, asfixia autoinfligida (hipoxia erótica) durante una masturbación. No tenía razones para suicidarse, declara su esposa, pero se le fue la mano, tratando de provocar una catarata de endorfinas y adrenalina, que hacen del orgasmo, la ceromonia cósmica del Imperio de los Sentidos, aunque en la habitación 1104 del Nai Lert, fue simplemente el último pajazo del anciano Kung Fu. 

 

 

Pistolas humeantes

Pistolas humeantes

        ¿Alguien preguntó quién es el Montesinos del régimen? No tiene mayor importancia, cualquiera de los hombres del Presidente bien podría serlo, o todos. Lo que ahora comienza a cobrar importancia es preguntarse: ¿quién es el Nixon del régimen?

         El ocho de agosto de 1974 Richard Nixon dimitió al cargo de Presidente de Estados Unidos de América. Se cayó por espiar al partido demócrata durante las elecciones en que estaba buscando hacerse reelegir para un segundo mandato. Nixon incurrió en los siguientes cargos, inevitables por demás, cuando se trata de hacerse reelegir:espionaje telefónico, grabaciones ilegales, rastreo de documentos, seguimientos, utilización ilegal de los servicios de seguridad, espionaje político, auditorias falsificadas, fraude de campaña, fondos secretos, fabricación de testigos y obstrucción a la justicia. En vez de haber ido a parar a la cárcel, como lo recomienda la democracia, Nixon se fue a descansar a su rancho en California. Más tarde lo invadió el Alzheimer, y para fortuna suya se olvidó de todo. Gerald Ford, su sucesor le concedió un indulto federal, para cualquiera de los delitos imputados.

Los hombres del Presidente constituían el primer círculo de la conspiración presidencial y coordinaron las acciones desde la secretaría principal, la secretaria jurídica, la secretaria de prensa, y el cuerpo de seguridad presidencial.

El Congreso debería llamar al Presidente Uribe. Tiene los elementos para citarlo. Desde luego no se hará.  Que la Procuraduría haya abierto una investigación preliminar contra sus hombres, salvará las circunstancias, se los investigará, pero con la presunción de que podrían haber estado actuando por su cuenta. La investigación, ya sabemos en lo que va a terminar, en lo que terminó  la de los autores materiales del cohecho que llevó a la primera reelección.  Con las declaraciones del Capitán Lagos, cayó el límite del último círculo de poder, la responsabilidad política es directa. El DAS depende de Presidencia. Pero el Congreso como en épocas de Samper, no será garantía de democracia.

 

El Presidente ha dicho que está en una encrucijada, aunque creo que probablemente es al revés, los que estamos en una encrucijada somos los colombianos: cuatro años más de seguridad democrática.

Los hombres de Nixon y Uribe conspiraron en la misma dirección, con los mismos instrumentos, con iguales intenciones. Los de Nixon terminaron testificando contra él en una sub comisión del Senado. La prueba reina fueron los archivos de grabaciones telefónicas que le obligaron a entregar. El Capitan(r) de la Marina, Alberto Lagos, que fue Jefe de Inteligencia del DAS, comenzó a cumplir el mismo papel que los plomeros de Watergate  cumplieron en el proceso.

 Los archivos de las grabaciones telefónicas se terminaron  conociendo como “the smoking gun” (pistolas humeantes).

 

 

 

La Cosa

La Cosa

              Alejandro Gaviria, Decano de Economía de la Universidad de los Andes, hizo un comentario en su columna del Espectador (3/5/2009) sobre la última novela de Mario Mendoza, Buda Blues. Me quedan dos impresiones. La primera, que Gaviria leyó la novela como se lee una novela de tesis, amparado en que ”Mendoza ha expresado su propósito de hacer crítica social, de darle a su narrativa un contenido político, de combatir, desde la escritura “el centro, la oficialidad y el interior del establecimiento””. ¿Si Mendoza hubiera expresado su deseo  de ir a devolverle un acordeón al diablo, desde Valledupar hasta la Guajira, sus personajes habrían podido leerse como ficción?  La segunda, que Gaviria no aguantó el libro, su comentario no delata por ninguna parte que hubiera sido capaz  de terminarlo.

Gaviria se declara intrigado e instigado por el libro, lo que equivale a decir, por lo que dijo Mendoza del libro en la presentación y las entrevistas. Y con instigación responde, al punto que lo que debería haber sido un ejercicio público de crítica literaria, parece una sindicación a la novela, y por supuesto a Mendoza. La principal sindicación es que no hay separación entre personajes y autor (tan grave como decir que no hay separación entre legislativo y ejecutivo). Así que Gaviria no lee una novela, no acepta el pacto implícito, y por tanto no puede ponerse como lector de  cartas, de dos cómplices entrañables, – Arturo Belano y Ulises Lima, si quieren una comparación – capaces de escribir parrafadas infinitas, como lo hacíamos en los setenta. Y claro, una cosa es leerse una novela de 400 páginas, y otra, aguantarse 400 páginas de opiniones de autor.

Si a Gaviria las opiniones de los personajes de Buda Blues le parecen absurdas, una sindicación más - que traducida quiere decir: las opiniones de Mendoza le parecen absurdas -  ¿qué dirá del Caballero Tristram Shandy, de Don Quijote, de Bartleby, de Gargantua y Pantagruel?

El problema de las sindicaciones contra las novelas es que al no tomárselas en serio, puesto que se las lee como discurso encubierto de autor, y no como ficción,    por falta de ironía, de humor  - lo que Gaviria dice no encontrar en la novela -, se las exime del juicio estético que se sustituye por el juicio moral o civil contra el autor. Flaubert recusado en los juzgados por el adulterio de Emma.

Gaviria no debería tomarse tan en serio a Mendoza, debería eso sí, tomarse completamente en serio la novela y terminar de leerla. Nos importan más los personajes que los autores cuando hablamos de literatura, ellos bien pueden pasar desapercibidos. Para el novelista no es bueno que se lo tomen tan en serio, salvo que sea un vanidoso – y casi todos lo son – o que esté dispuesto a correr los riesgos del éxito. Cuando nos llega el libro a las manos, su suerte depende de nuestras íntimas relaciones con los personajes. Las sindicaciones rompen el límite del juicio estético, y colocan la ficción - como hecho social - en el dominio del alegato civil contra el novelista. El caso Rushdie, o el poder contra el novelista. O el caso Saviano,  el subpoder de la camorra  contra el cronista.

Una madrugada en Calcuta, a la hora en que los camiones de la basura pasan recogiendo los cadáveres en las calles, el aire periférico de las teorías de Theodoro John Kaczynski y John Zerzan, son cosas a las que Gaviria no les encuentra el humor ni la ironía. Si hubiera tenido respeto lector por la novela, al menos habría advertido en las entrelineas de las cartas, que el tránsito entre la Cosa y el budismo, pasa por un profundo escepticismo.

 


              

 

Rebelión en la granja

Rebelión en la granja

George Orwell,in memorian

 El “Gran hermano”, máximo líder de la refundación de la patria al amparo de la seguridad democrática, se habría hecho reelegible, in imputable, inexpugnable en la granja. La ley tendrá que hacer una excepción con él.

1700 casos de “falsos positivos”, ejecuciones extrajudiciales de las fuerzas armadas, asesinatos del ejército. Presión por resultados, negocios mafiosos de recompensas, guerra sucia, inteligencia criminal. Lo que ustedes quieran. La política del caso aislado que Santos utilizó como defensa, sería ridículo sostenerla hoy. La magnitud del engranaje ha quedado en evidencia en los despidos de altos oficiales, y en el número de oficiales y suboficiales investigados. En un muestreo, el caso aislado sería el inocente.

Setenta u ochenta políticos profesionales, con asiento parlamentario, puestos en evidencia por la justicia colombiana, como miembros de una sociedad, un negocio entre candidatos y paramilitares, para repartirse el país. Como señores de la guerra en China, mil años atrás. Una conspiración contra el país, en la cual el Estado aportó un recurso siniestro: el DAS. Se puso a un señor Noguera, intermediario entre los paramilitares y el gobierno, a dirigirlo para tejer la red del Gran hermano. El mismo proyecto que se ensayó en la Fiscalía de Luís Camilo Osorio, hoy gracias a Dios, en México.

Chuzan a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, les hacen inteligencia financiera, seguimiento bancario, la DIAN les mete las narices, y se les rastrea su vida familiar, con un argumento canónico. Es ilegal pero necesario cerciorarse, según el Secretario Jurídico de Presidencia, que los magistrados no estuviesen teniendo tratos con narcotraficantes.

Todas las conductas conspirativas se juntan, se tipifican en una misma dirección, apuntan al corazón mismo del proyecto de poder instalado, que quiere expandirse. Para cada caso siempre hay responsables. Para cada acción criminal de los agentes del estado, hay una dosis de culpables, de investigados, de destituidos y procesados. Con eso se defienden en los foros internacionales y ante  los medios. Pero la suma de todas las responsabilidades no alcanza a tocar la responsabilidad política central del proyecto. Las excepciones a la ley que el poder exige, no alcanzan a tocar a Napoleón que controla la granja.  

 “Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era el uno y quien era el otro”.

Rebelión en la granja

George Orwell.

  

 

Pandemia

Pandemia

Era la época en que los intermediarios de los pintores iban buscando mujeres que quisieran posar. Las invitaban al bistrot, les proponían, hablaban de dinero y luego no sé qué. Ellas terminaban empelotas en los estudios de bohemios, pintores, aprendices, granujas y proxenetas. Se desnudaban a contraluz de la claraboya, mientras el artista pasaba días mirándolas, sin quitarles el ojo, para obtener una reproducción al óleo que pudieran vender.

También se las conseguía para grupos, en las academias de pintura. Se les remuneraba un poco mejor aunque eran objeto de muchos más ojos. Tenían que conservarse, como las estatuas humanas que hoy se levantan en las esquinas de las grandes ciudades de América Latina, para ganarse la vida.

Cuerpos apretados entre sí, contiguos,  como un denso claro dantesco de carnes a mitad del camino de la vida, tal cual si la foto hubiera salido de la lente de un Gustave Doré. Las multitudes me abruman, y más si son de mujeres. Aún así, en lo profundo de mi habitación  puedo exponerme a ellas, sin mayor riesgo, los medios me las vuelven espectáculo. Puedo alarmarme artificialmente, mientras pasan la Peste de Daniel Defoe.

El océano de cuerpos me produce una emoción surrealista, un mar quieto de cuerpos vivos desde donde se ve a Maldoror guiar su barca a través del lago. O, la de un balneario de cuerpos blancos barridos bajo la alfombra, como el que Felisberto Hernández vislumbró durante la desvertebración de los bachilleres belgas. Porque, una es la mirada desde detrás de la cámara, y otra, la que se hace desde el mar de las mujeres. Si yo fuera el hombre que mira detrás de la cámara, como Spencer Tunick, no tendría más opción que sentirme poderoso. A todas las cité, y casi todas vinieron, se desnudaron y posaron para que las viera.

Y si pudiera ser una entre mil, de las que yacen en la superficie del océano, me importaría un culo el fotógrafo.


 

Isabel Moreno

Isabel Moreno

 Unos pocos días atrás, Julio Cesar Londoño publicó en El País de Cali una columna titulada el “Huracán Isabel”, en tono de obituario festivo, a la muerte de Isabel Moreno. Pide disculpas a la familia y al viudo, pero ha preferido que su columna salga limpia, quiero decir, que el reconocimiento a la finada no se confunda con un puré de loas. Londoño la muestra con gracia de retratista, la empelota después de muerta. Hace una caracterización que lleva la contraria al respetuoso adagio de que no hay muerto malo, de alguien a quien recuerdo con más frecuencia tras su muerte, y que fue mi mujer.

Me preguntaba, cómo hizo Londoño, para haberla padecido al punto de mostrar tan preciso conocimiento. Será su sagacidad intuitiva para entrever el carácter, la que le ayuda a escribir novelas aún a su pesar; o que la impertinencia expresiva de Isabel tenía demasiado acento. O una mezcla venturosa de las dos.

De Isabel, además de lo que dijo Julio, no sería mucho lo que habría que agregar respecto a su carácter. A lo sumo dos o tres recuerdos a finales de los años setenta. Verla doblar una esquina a las dos en punto de la tarde, ataviada con su uniforme escocés de secundaria, dirigiéndose a mi casa en donde la espero en la puerta con mi bebé en brazos.

 La familia de Isabel no tenía que comprender cómo siendo ella una niña, y yo un señor con bebé, y con señora, fuera a darse una tan grande gana de ir juntos. Al punto que su padre no tuvo más remedio que confinarla a su habitación.  Tenía que hacerlo todo para salvarla, y lo hizo, pero Corín Tellado había previsto otro designio: “…en el libro de la vida estaba escrito que cruzarían sus destinos”.

        Y claro está, uno de los recuerdos más marcados: Isabel Moreno saltando del segundo piso de su casa a las tres de una madrugada septembrina, lluviosa pero alegre, muy alegre, en Santa Fe de  Bogotá.



 

Ella y Cervantes

Ella y Cervantes

 

          Sólo se enamoró una vez y no de su marido. Cuando se casó fue de negro. El matrimonio duró cuatro años. Decía de sí misma: no soy romántica, ni cursi, ni escritora académica, ni pornógrafa ingenua, ni fabricante  de relatos a lo Dumas. “Alguien tenía que hacer novelas de amor…” y a mí me tocó. Lo hice a gusto, hasta cuando pude. Después seguí dictando. No soy la “re escribidora de Vargas Llosa”, ese peruano vanidoso que vende menos que yo, o la escritora del corazón del tal García Márquez, en quien nunca he creído.    

El secreto del éxito de la obra de María del Socorro Tellado López, universalmente conocida, hoy más que el mismo Quijote, como la Señora Corín Tellado, más leída por mujeres que por hombres, fue haber sido capaz de inventar  5000 hombres en los últimos 50 años. Todos altos, guapos, con las virtudes de la virilidad mejor entendida. A saber: fuerza, determinación, inteligencia, ambición, anchas espaldas, prometedora cuenta corriente y asombrosa facilidad para amar. Su esquema simple: muchas  dificultades desde la segunda página y un final feliz en la última.

  Su última colaboración fue entregada dos días antes de la muerte. A los veinte, en 1946,  publicó su primera novela, Atrevida apuesta, por la que Bruguera pagó tres mil pesetas  Desde entonces no paró de escribir. Publicó 4.000 títulos, algunos reeditados hasta 36 veces, traducidos a 27 idiomas, vendió 400 millones de ejemplares. Escribió fotonovelas y vendió derechos por lo menos para quince películas. Son fuente de la primera generación de culebrones latinoamericanos.

¿Qué vamos a hacer, todos los que en secreto leímos a Corín Tellado, sin saber si lo que buscábamos era parecernos a sus hombres, o encontrar una entre sus mujeres?

 

Perro de tugurio

Perro de tugurio

Tapeshwar Vishwakarma, un representante de los habitantes de Mumbai, la barriada de Bombay donde se rodó  Slumdog Millionaire, interpuso una demanda por difamación contra el compositor A.R. Rahman y el actor Anil Kapoor. Según él, la forma como la película muestra a los habitantes de los tugurios es una violación a sus derechos humanos. En la demanda, Vishwakarma alega que el nombre de la película (Perro de tugurio millonario) es peyorativo. Exigió que la palabra perro fuera retirada del título. Las denuncias se apoyaron con protestas en tugurios en varias ciudades de la India.

Slumdog fue galardonada por la National Board of Review (Asociación de Críticos Norteamericanos) como mejor película del año. En el 2009, fue la más premiada en la 66.ª entrega de los Globos de Oro (conocidos como la mejor antesala de los Premios Óscar), y arrasó en la entrega de los Óscar, consiguió ocho estatuillas de las diez a las que estaba nominada (incluyendo los tres premios más importantes: a mejor guión,  mejor película, y  mejor director.

 Simon Beaufov (el guionista) tras leer la novela de Vikas Swarup hizo tres viajes de investigación a la India. Habló con los muchachos y los niños de las barriadas. Caminó el distrito de Mumbai y escribió un primer guión que le presentó en el verano del 2006 a Celador Films y Film4. El mismo que le llegó a Danny Boyle, quien tras la primera lectura rechazó el proyecto. Que  Beaufoy fuera el guionista hizo que Boyle reconsiderara su impresión, y tras recomendar modificaciones se quedó. The Full Monty es su película británica favorita, escrita por Beaufov.  

 El trabajo de Beaufov consistió en conseguir que el fresco de historias de la novela de Swarup, se contara en una sola, articulada en las escenas del concurso, donde se libra una inmensa, invisible, tormentosa lucha de poderes entre Jamal Malik y el conductor y dueño del programa. La misma batalla que Malik tendrá que librar en la comisaría de policía, contra el Estado. El Estado al servicio del dueño del programa, encarcela a Malik para que confiese cómo hizo la trampa que lo llevó a ganar el concurso. Y para comenzar lo torturan, pero no le sacan nada. Y entonces lo interrogan convencionalmente y le sacan todo.

 La película se hace desde el presente del concurso y desde el presente de la comisaría, que son un mismo presente, desde el que Malik cuenta – como si fueran las Mil y una noches – la historia que explica cómo supo la respuesta a las preguntas. La vida se las había enseñado. Los hechos habían sido sus maestros. No necesitó haber hecho trampa para responder las preguntas, las respuestas se has había dado la misma vida, de perro, de rata, de come mierda de barriada.

 ¿Qué por qué fue al concurso? Ah, simple, porque sabía que ella lo estaría viendo. Detrás de la historia de mierda, del montaje cultural que hizo posible el montaje cinematográfico, detrás del mundo de los perros de tugurio, rabiosos, mafiosos, capciosos, hay una historia de amor. ¿Cómo no?

 

 

“Si Albareto, No Alvarito”

“Si Albareto, No Alvarito”

Monseñor Uribe Vélez nunca habrá disfrutado de un cigarrito de marihuana, mucho menos de un pase en el baño de una discoteca. ¿Qué esperar de un tipo que nunca ha usado jeans, que es Presidente y cree en el Opus Dei? De ahí para abajo, no me atrevería a decir lo mismo de ningún funcionario de Palacio y los Ministerios, de ninguno del Congreso o de las Cortes.

 Al excontralor Ossa Escobar le encontraron durante una requisa en el aeropuerto, un cigarrito en su maletín, la cosa fue un escándalo nacional. Con el tiempo se le perdonó y para que se lo creyera lo nombraron rector de la Universidad Distrital, donde los encapuchados ejerzan la libertad de expresión.

 Antonio Caballero confesó en su columna que había fumado marihuana. Naturalmente, el que es Caballero repite. Pero, como todo, terminó aburriéndole. Es una hierba idealizada. Caballero esperaría mucho más, que la promesa maldita fuera más maldita. Qué aburrimiento fumar esa cosa que nos exagera los defectos.

 Carlos Mayolo que se fumó diez cosechas, terminó diciendo que había dejado la marihuana porque le hacía olvidar dónde dejaba el perico. Si alguien ha sido fiel, riguroso, respetuoso de la adicción, ha sido él. Imaginen la escena: Mayolo siendo interrogado por un psiquiatra militar, en un calabozo de la policía a donde lo han conducido para darle “tratamiento de ley”. (Una terapia paternal de choque; lo que el Gobierno y sus cómplices están proponiendo).

 Fernando Oramas, el pintor, sostenía que la marihuana no crea adicción. “Yo llevo veinte años fumando y no me he enviciado”. Decía que era su control cromático. Se levantaba y antes de desayunar se metía el primer  cigarro. Luego comenzaba a pintar; calentaba el pincel buscando el color.

 Porfirio Barba Jacob se la fumó en todo el Caribe, en los inquilinatos de San José, de Barranquilla, La Habana, México, New York. La “dama de ardientes cabellos” fue la aliada elegida para el vuelo americano de su palabra. Él que la tenía aguda, ligera, profunda, repentista y brutal, la aceitaba con los humos fragantes de la dama, para concederle más rapidez, vistosidad y elocuencia.

 Héctor Abad – ahí donde lo ven – hace un par de domingos se nos vino con una columna dominical que tituló “Columna enmarihuanada”. Está en   presente continuo, para producir la impresión de que habérsela fumado y estar escribiendo son actos contiguos. Santa marta gold, conseguida por un amigo. ¿Y qué?

 Cualquier medida de penalización, constricción al desarrollo de la personalidad, judicialización del consumo, “tratamiento de ley”, frente a cualquier sustancia, no se hace sin arrasar el principio de las libertades individuales, sobre el que se levanta la democracia. Aun con argumentos – como que la dosis mínima es cobertura para la distribución -  la tentativa paternal de Monseñor Uribe Vélez, es una medida fascista, que se parece mucho a las órdenes que los paramilitares imparten en pueblos y barrios: no pelo largo, no a la marihuana, no a la minifalda, no a la rumba hasta la madrugada.

 

 

Benedicto condón XVI

Benedicto condón XVI

No tengo idea si Benedicto usa condón, si los cardenales usan condón, o los curas abusadores de las parroquias en el mundo, usan condón. Deberían, necesitan protegerse. ¿Cómo no cuidar la clerecía? Pero deberían no abusar, no deberían mentir, ni hacer declaraciones irresponsables, pero lo hacen. Lo cual me da el derecho a suponer que también usan condón. Qué tal el Papa con sida. A no ser que Benedicto nos haya resultado casto y entonces se abstenga; en tal caso podemos estar tranquilos con él.

El gobierno francés, los representantes de la ONU, la OMS, se han declarado alarmadas por las declaraciones de Benedicto en su primer viaje a África. Fue a decirles a millones de negros que deben abstenerse. Lo cual de paso vale para todo el mundo católico. Pero África sin sexo sería como Norteamérica sin teléfonos celulares. Su Santidad no sabe lo que ha dicho. Actúa como una especie de inimputable parroquial, que va desvariando en un avión de Alitalia; sus recomendaciones, de aceptarse contribuirían, de muy buen fe, a triplicar  los 22 millones de infectados hoy en el África, en una cuarta parte menos del tiempo de contagio actual. Lo que hoy es un castigo extendido en los países africanos, que padecen los más pobres, se convertiría en una plaga que no conocería límites, una maldición, que haría palidecer cien veces, las que Moisés lanzó contra los faraones.

 Benedicto no aprueba ninguna forma artificial de control de la natalidad. ¿Para qué si todos debemos ser castos? Hasta los curas. Y coincidiendo con Monseñor Uribe Vélez, recomienda abstenerse del gustico, como quien se abstiene de comprar un jabón. El presupuesto doctrinal sobre el que se hace la recomendación es una especie de deber ser paradójico. Si cada quien estuviera con quien corresponde, cada uno con su pareja, estable y definitiva, no habría riesgo de infección, ni siquiera existiría el riesgo de contagio por vía sexual. Como es así que debe ser, la única solución es ser como no somos: castos, monogámicos, abstencionistas.

 ¿A quién le habla Benedicto? ¿Tendría cojones para decirle en la cara a una prostituta en Kinshasa, que no exija condón a sus clientes? ¿Tendría valor para decirle a un soldado del Congo que no use condón en su día libre? Benedicto no sabe a quién está hablando. Perdónalo Señor, porque no sabe lo que dice. Es tan inactual su prédica, que uno dudaría que hubiera muchos africanos, que estuvieran dispuestos a correr altos riesgos sanitarios, por hacerle caso. Aún siendo el África donde todavía crece el catolicismo.

 Por diplomacia nadie le va a decir a Benedicto que se vaya con su prédica a otra parte. No los africanos, bueno, no todavía. Todos los ministerios de salud de los países africanos deberían protestar enérgicamente, y pedirle que no interfiera en las políticas de salud pública contra el sida en África. Pero, bueno, los europeos más diplomáticos, más liberales que los negros, le han hecho saber, en otras palabras, que sus declaraciones son suicidas. Tanto más peligrosas si alguien se las creyera, pero a Dios gracias, a Benedicto no le creen ni en su propia iglesia. ¿Cuántos curas se abstienen?

 Pero aún si la clerigalla católica internacional fuese casta, tal cosa ni siquiera serviría de argumento contra el uso del condón, aunque probablemente, el discurso de Benedicto tendría un aire moral. Es posible que cumpla lo que predica, está en todo su derecho de abstenerse.

 

 

El Personero de Samuel

El Personero de Samuel

El uaunana Rojas Birry está sitiado. Todos los blancos, desde  todos los flancos le disparan. Las fieras en el Consejo de Bogotá lo quieren juzgar para echarlo del cargo. Samuel no lo quiere ni ver, resulta demasiado comprometedor. Maria Eugenia lo odia por haber hecho mal la vuelta con DMG. El Polo lo quiere a metros, porque afecta la imagen del partido. Carlos Gaviria le pidó oficialmente que renunciara al cargo. Cambio y Semana lo hunden cada vez que publican una conversación telefónica. Está en la mira del Contralor General. Y ahora Popeye le ha dado la estocada, él de eso sabe; nos ha dicho que Don Pablo le mandó con él, cien mil dólares para que votara contra al extradición en la Constituyente de 1991. Los procesos por paternidad irresponsable y de hoja de vida dudosa, se han desempolvado. La mujer ya lo había echado. Ahora falta que la novia se le espante.

Popeye se había demorado en recordar, pero ahora que el Polo no está para cucharas, recuerda que su patrón – Don Pablo – le mandó con él una platica, para que votara patrióticamente a favor del derecho de los colombianos a ser juzgados en Colombia. ¿Cómo olvidar?

A Rojas Birry legalmente lo van a masacrar. Ha cometido tantos errores, ha dejado tantos rastros, que ahora por cuenta del periodismo de investigación, se nos convirtió en el malo de la temporada. Necesitamos sacrificar al indio para moralizar la administración pública. No puede ser que un corrupto sea el encargado de vigilar la transparencia administrativa del distrito.

Gracioso, por decir algo, que los concejales de Bogotá citen al Personero para darle un debate moral y ético. Moral y éticamente que alguien lance la primera piedra. El indio no ha hecho nada distinto, ni nada peor, a lo que han hecho los políticos y funcionarios que negocian, que tranzan, no ha hecho nada distinto a los que se vendieron al narcoparamilitarismo, a la guerrilla, a la mafia. Por eso es culpable. Para bien de las instituciones, la corrupción desde la constitución del 91 es multiétnica.

Grotesco, por decir lo menos, el espectáculo que está dando el Polo. ¿Se imaginan a José Obdulio frotándose las manos? Un conflicto sobre la política para manejar a Bogotá, más que el conflicto de estrategia electoral, fue lo que dividió al Polo. Petro señaló a Samuel, como un alcalde clientelista, que asesorado por María Eugenia y Samper terminará ayudando a que dilapiden al indio. 

¿Se imaginan ustedes, que si al indio Piñacué por haber votado por Serpa, el cabildo lo condenó a zambullirse en una gélida laguna y luego a una rejera de utilería, a lo que debería condenar a Rojas Birry?

 


                             

 

La prueba de la existencia de los buses

La prueba de la existencia de los buses

  Qué se iba a imaginar Dios que fuera en los buses urbanos, británicos y españoles, donde se librase a la manera de la guerra de las colas – con presupuesto publicitario imaginativamente invertido –el último debate sobre su existencia. Más allá de los buses, no será necesario que vuelva a librarse, por razones prácticas. Aunque si existe, como si no, parecería que para todos resulta necesario hablar de él. (¡Ah, como Dios pocos!) Esa podría ser la moderna prueba de su existencia para quienes necesitan que exista. Que si se aceptara, nos permitiría salir de una vez para todas, de Santo Tomás, el Gordo, al que Vallejo reconoce como la criatura más dañina que vagina alguna haya arrojado sobre la tierra.

               La Unión española de ateos y librepensadores, sin saber qué hacer con los fondos de su impiedad ha contratado una línea de buses rojos para anunciar que Dios no existe. Los ingleses más empíricos en su publicidad, reconocen el derecho a la duda, no por respeto a los creyentes, sino por falta de argumentos :"Probablemente Dios no existe". Más respetuosos que los españoles pero menos contundentes. Si vamos a  dudar en público, es más digno seguir negándolo en privado. 

                Los creyentes, a su vez, instigados por la curamenta que resiente la campaña, móvil, vistosa, masiva, se vieron forzados a pagar espacios en buses azules, para que donde antes colocaban la publicidad de las películas de James Bond, ahora pongan la suya .Rebuscaron en los fondo del fondo de su piedad, para que los buses creyentes lleven el lema:"Dios existe, confía en él". Es una campaña organizada por Alternativa Española en la línea cinco, que va desde la Puerta del Sol hasta la Plaza de Castilla.

              Para quienes montamos en bus todos los días, el debate publicitario europeo pasa por ser algo superficial, una muestra de falta de imaginación. Montarnos en un bus ateo rojo ruta dos, o en un azul creyente ruta uno, no es un problema de la fe, es algo más práctico. Bien que aceptaría subir por una causa noble, en uno rojo o en uno azul. Dependería de una razón trascendental: cuál de las dos nos pone los pasajes más baratos.A nadie le sobra un poco de justo escepticismo, y pues que vamos, que un poco de confianza tampoco hace mal.  

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Niños del hombre

Niños del hombre

Thou turnes man to destruction; and sayest, Return, ye children of men

                         El planteamiento de Alfonso Cuarón – basado en la novela homónima de P.D. James –es perfecto: el asesinato en Argentina de Diego Ricardo de 18 años, el hombre más joven en la tierra. Nacido en el 2009 (año orwelliano) en que ocurrió el último parto del planeta. Bernard Vandermersch, un antropólogo francés, halló en la primavera de 1979 en inmediaciones de St. Césaire - en Francia - los restos de un muchacho neardenthal de 18 años al que le abrieron la cabeza con un instrumento afilado, hace 36.000 años.

 

Estamos en el 2027 y la crisis de fecundidad  nos ha dejado en un mundo de adultos perversos, que ha ido involucionado hasta situarnos en un neardenthal de emigrantes y tropas británicas. El mundo social se está acabando, el color, la sombra, el tono, la angustia, tienen la gravedad del aire terminal y sombrío del anarcoprimitivismo. Todavía hay carros, armas, motos. Pero lo que se respira es sobrecogedor, el mismo aroma envenenado del El país de las últimas cosas, de Paul Auster.

 

La expresión original hebrea (en inglés isabelino en el epígrafe) conoce al menos seis traducciones. La de Reina Valera, la de Nueva versión internacional y la de Hispanoamericana, son descartables, quisieron utilizar la traducción para sus fines. La de la Biblia de las Américas y la versión de Adrian Monleón coinciden en la traducción de la segunda frase: “Volved hijos de los hombres”. Respecto a la primera, se salva la de Monleón, tal vez por literal: “Conduces al hombre a la destrucción y dices…” Evita el sujeto explícito, con lo que evade el vocativo divino: vos Señor.

La novela hace parte de la saga, amaneradamente llamada de las “fábulas distópicas”, un género muy del siglo XX, cuyo icono es 1984 de Orwell. Nacen del fracaso de las utopías modernas, científicas, desviadas, hegemónicas, cuyo resultado histórico es el miedo.

“Proyecto Humano” es una institución clandestina, a la que Theo conduce a Kee, una negra embarazada, la primera en 18 años. Ella termina pariendo en una pocilga, sobre un colchón en el suelo, mientras afuera tropas británicas y emigrantes nos hacen sentir en Cisjordania.

La película no escapa deliberadamente a la recuperación del mito cristiano. Theo – San José-, Kee, María, y el niño al que ella llamará Theo. La escena final con un tono a lo Turner, ocurre entre brumas opacas sobre el océano, donde el barco de Proyecto Humano terminará recogiendo a Kee, minutos después de la muerte de Theo.

El sabor esperanzador que la película nos arroja a la cara, como si fuera necesario, es un amaneramiento mítico que podría suscitar respeto, pero ante todo una traición de calidad al embeleco de las fábulas distópicas.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las tortugas también vuelan

Las tortugas también vuelan

¿Qué significa para un kurdo ser kurdo? ¿Qué significa para los otros ser kurdo? Ser kurdo no es nada fácil. Los kurdos son doce millones de personas que viven con un país en sus cabezas, que no aparece en los mapas. Es un pueblo sin patria, exiliados y refugiados en el norte de Irán e Irak y el este de Turquía. Ser víctimas de los turcos, del gobierno de Sadam Hussein, del imanato iraní que durante la guerra de los nueve años los trató como a enemigos, no es fácil. Una identidad sin tierra, más dramática que la cosa palestina, que tiene Gasa y Cisjordania. Franjas terribles, pero con un lugar en el mapa.

La película una coproducción franco-irano-iraquí del 2004, ha  obtenido una docena de premios en los cinco continentes. Bahman Ghobadi, el director, fue a Bagdad dos semanas después de la invasión norteamericana. Supo tan pronto llegó, cuál sería el asunto de su tercer largometraje: Las tortugas también vuelan.

¿Cuál es el tema? La guerra, la infancia, la exclusión, el suicidio, la maternidad, las comunicaciones. Entrecruza varios temas, pero todo ligados al hecho criminal de la guerra. No es una película bella, es una película honda, que mete sus dedos en las llagas, que escupe miseria al rostro sacada de la miseria a que hemos llevado a los niños. Explora el drama de la maternidad de una niña que no supera el ataque de las tropas de Sadam, y desde el comienzo traza su suicidio. Si alguien busca una primera escena memorable, sobrecogedora, limpia, efectiva, esa es la primera de las Tortugas.

La película es el drama de los huérfanos mutilados, que sobreviven cazando tortugas (minas), que venden y cambian a los traficantes de armas. La avanzada de las comunicaciones que llega hasta la última aldea, está en manos de los niños. El juego de antenas es una metáfora limpia, del cambio que introduce en las comunidades locales la comunicación masiva.

Agrin abandona el bebé en un campo minado, lo amarra a un árbol, avanza por entre una bruma tóxica, hasta ponerse al filo del abismo y salta. El bebé como puede se desata y camina milagrosamente hasta un lugar donde los otros niños pueden verlo. Alguien tiene que ir a rescatarlo, Kak, el líder, avanza por entre el minado.

Kak satélite es el héroe. Es quien tiene el control y el manejo de las antenas y la televisión, el líder de los niños. Pashow viene de otro pueblo con una profecía: el asalto de las tropas norteamericanas al campo de refugiados. Agrin solo quiere suicidarse.

Entre tres personajes Ghobadi construye la arena del conflicto. Templa los hilos del relato, se desliza entre los vericuetos del campamento: la escuela, el campo minado, las carpas donde están las  habitaciones, para lograr una película dolorosa, reprochante, acusadora, pero sin ningún aire de panfleto.

 

 

 

 

Vicky Cristina Barcelona

Vicky Cristina Barcelona

Para ver lo que vimos en la última película de Woody Allen, nos quedamos con Almodóvar. Es una película que se toma demasiado en serio a sí misma, que no alcanza a ser drama pero tampoco comedia. Un culebrón con promoción turística incluida, que nunca encontró su punto de gracia.

La municipalidad de Barcelona le puso un millón y medio de euros en la bolsa a Woody Allen, para que hiciera su película. Imaginamos que hubo algunas pequeñas contraprestaciones que Allen se vio impelido a aceptar. Por ejemplo, que Barcelona obtuviera un poco de imagen como ciudad, que eventualmente sirviera para que más turistas vinieran a visitarla.

Vicky Cristina es una película, para quienes gustan de las comparaciones, sin la adrenalina de la impunidad criminal, que le inyecta al espectador Match Point. Es una repetición muy poco brillante, del único tema de Allen, las eternas ganas de los hombres y las mujeres entre sí.

El marco de la historia: un matrimonio imperfecto, como todos. Una histérica y un mucho mejor seductor que pintor, ahora separados. Un par de turistas americanas. Un matrimonio que comienza, y un matrimonio aburrido, el de los anfitriones de las turistas. La película es el intento de aparearlos a todos, o a casi todos, sin mayores consecuencias.

Cuando  María Helena entra como una loca con el revolver a casa de Juan Antonio, que finalmente va a llevarse  a la recién casada Vicky a la cama, lo que le hubiera servido al guión, es que efectivamente matara a la gringa. Así la película habría terminado con Maria Helena en la cárcel, y Juan Antonio y Cristina en el entierro de Vicky, en un cementerio barcelonés, que debería haberse incluido en la promoción. Al menos habría ganado tono de drama, un mal drama desde luego, refritado de la mejor tradición de culebrones latinos.

 ¿El comienzo de la decadencia de Woody Allen? Ningún artista está obligado a ser regular en la producción de sus obras. Al fin y al cabo él hace su cine, porque es lo único que lo hace feliz. Y si lo hace feliz rodar culebrones en Barcelona, pues qué se le va a hacer. Los espectadores fieles  sabrán  soportar las infidelidades para con la calidad de las resultados, de quien ha sido capaz de hacer algo como Startdust memories (Recuerdos) o el Testaferro.      

 

La democracia chuzada

La democracia chuzada

El gobierno de Monseñor Uribe Vélez es impune e in imputable. No es sujeto de responsabilidad frente a ninguna de las aberraciones que se han convertido en política, y elude siempre con suerte su responsabilidad frente a los hechos. Desde luego, también es inmarcesible.

Frente a los “falsos positivos” – un aparato organizado para cobrar recompensas desde el interior de las fuerzas armadas – Monseñor no tiene ninguna responsabilidad. Basta echar a cinco generales, unos cuantos oficiales de rango, y ya. Frente al estado de las trochas del  “sistema nacional de vías” – dirigido hasta hace pocos días por un delincuente, destituido por la Procuraduría -  basta levantar la voz en un consejo comunitario contra los contratistas que se roboran los dineros adelantados para arreglar las trochas, y ordenar a su ministro Andrés Uriel – que reza el rosario todas las noches – que tome cartas en el asunto. Frente a la pérdida de un monto considerable de recursos de las reservas internacionales de Colombia, consignadas en los bancos norteamericanos que colapsaron, ni Monseñor, ni su banco central, ni su canciller, responden por nada. Frente al pornográfico acto de la tumbada colectiva que los jóvenes piramidistas inflingieron a una sociedad ambiciosa,  bastó echar al Superintendente Financiero y asunto arreglado. Nadie responde por una estafa colectiva que está expresamente tipificada por el decreto que regula el sistema de captaciones. Y ahora, frente al Dasgate, Monseñor, su Ministro del Interior, y todo los chuzadores del régimen, no saben, no responden. Dicen que su policía política ha sido infiltrada por mafias, que montaron centrales de interceptación, utilizando a miembros activos y retirados de la armada, a técnicos de la institución, oficinas, equipos y vehículos. Valiente declaración, como si no supiéramos que desde épocas de Noguera, el Das le había sido entregado a buena cuenta al paramilitarismo.   

Las chuzadas son vieja maña. Con los recursos de comunicación del Plan Colombia se los ha chuzado a todos, desde el principio. No solo a los que “legalmente merecen ser chuzados” según declaración del Santico, sino a los “que no se lo merecen”, porque una chuzada no se le niega a nadie (aunque valga decir que a precio de mercado una chuzada vale diez millones de pesos). Claro que se ha chuzado a las FARC – entre otras cosas la Operación Jaque se hizo posible gracias a una chuzada -, se ha chuzado a los paramilitares que tenían teléfonos celulares en la prisión, a sus abogados, a los helenos. Pero también a la oposición política, sin distingo de disidencias. A los periodistas  que son intermediarios profesionales de información que tiene valor en el mercado noticioso y que manejan fuentes protegidas por ley. (Qué pena con Julito). A los miembros de las altas cortes, a quienes fueron investigadores de la parapolítica, y a los miembros de la corte suprema no adictos a besarle el anillo en el dedo del corazón a Monseñor. Hasta algunos funcionarios de Palacio se los chuzó para cubrir las apariencias y tener a priori un argumento que los exonera.

Quién quita que hasta Monseñor esté chuzado. Y las mafias interceptadoras del Das ya sepan si se le mide o no a la reelección. Y que hubieran chuzado también a Tola y Maruja, y ya se supiera para quién trabaja ese par de buenas señoras.    

 

 

Los Medios justifican el fin

Los Medios justifican el fin

La ética  periodística y la Gurisatti son un buen tema de sobremesa. Jorge Enrique Botero fue garante de la comisión de “Colombianos por la paz”, es decir autorizado  por Monseñor para recibir a los secuestrados de las FARC. La Gurisatti es una mujercita fina y extraseca como la Club Colombia. Fue una Miss. Ex reinita que pasó a reina de la Noche, en RCN, donde ha ido escalando, como ciclista boyacense en los Pirineos.

 

Botero quiso cumplir su papel de garante, pero sin prescindir de su condición de periodista – especialista en las FARC – al que no podía dejar encerrado en el apartamento en Bogotá, mientras el garante iba a cumplir una función humanitaria. Solicitó permiso para llevar su cámara y se la concedieron. ¿Si la Gurisatti hubiera sido Botero no habría hecho lo mismo?  ¿O será más parecida a Daniel Samper, que tiene que escribir su crónica cuando Monseñor le ha retirado la autorización como garante?  Manes de la lengua escrita que no permite captar en vivo el momento en que los aviones de Monseñor zumban en círculo, como chulos hambreados, sobre el lugar de la entrega.

 

Lo que hizo Botero fue lo que tenía que hacer cualquier periodista, captar un hecho  que puso en peligro la operación humanitaria, para darlo a conocer al mundo. Si se hubiera comunicado con la Gurisatti en RCN, o con Jorge Alfredo Vargas en Caracol, no habría podido informar en directo. Así “que de repente vi un teléfono satelital”, y llamó a Telesur, donde ya no trabaja, aunque sigue sintiendo que es su casa. Informó al mundo que Monseñor Uribe estaba incumpliendo el pacto con el CICR, garante de primera instancia. No me resulta claro, si el teléfono satelital, que se le atravesó a Botero,  era el del CICR o el de los militares brasileños. Hasta donde sé Piedad no llevaba uno.

Botero fue iracundamente calificado por Monseñor como “terrorista” de medios, por el hecho simple y necesario - algún periodista debería hacerlo - de haber denunciado el juego sucio de Monseñor. Que Botero no cumplió el papel de garante es la cabeza de proceso. Pero si miran bien, la transmisión telefónica de Botero fue una garantía informativa para que Monseñor, una vez el representante de la CICR se comunicó con el Santico, se viera obligado a dar la orden de suspender el hostigamiento aéreo. Sin la transmisión de Botero, el rescate se habría empantanado y todo habría terminado en una guerra de versiones, y los soldados amarrados a un árbol.

 

La Gurisatti dijo que Botero no había pensado en los secuestrados a la hora de actuar como periodista. “A la niña arrogante e ignorante que dirige la Noche de RCN, le quiero decir que se oía como el diablo haciendo hostias, cuando me acusó de buscar protagonismo. Ella, quien ha hecho de todo, y subrayo “de todo”, con tal de alcanzar el estrellato” le responde Botero.

 

Así que al final de la sobremesa imaginamos a la Gurisatti haciendo de todo: hostias, sudando durante el ascenso, padeciendo largas temporadas en Nueva York, haciendo de diabla, formulando preguntas más largas que las respuestas, hasta editorializando. ¿Cómo le quedarán las hostias a Claudia? ¿Qué tan buen catre será esa diabla?  

 

 

El país de la canela

El país de la canela

           Confieso que a pesar de la sencilla admiración que tengo por William Ospina y su obra, hice el vano intento de adentrarme un par de veces en su novela Ursúa y no pude. No me consuelo tontamente en la confirmación de otros tantos lectores que conozco, que también desertaron sin pena ni gloria. Sin embargo, en diciembre una niña me regaló El país de la canela y fui capaz de dejarme llevar en tres sentadas, por entre el caudal amazónico de una magnífica novela de aventuras, bien contada, poéticamente broquelada, y cerrada con la confiada madurez de un narrador, al que con seguridad el Gabo quisiera dejar su antorcha.   

 Ursúa salió bajo el sello editorial Alfaguara. Si no estoy mal las ventas han llegado al respetable número de 45.000 ejemplares. El estreno de Ospina como novelista, en épocas en las que “Macondo agoniza”, ha sido un  mérito en ventas que el autor bien se merece; lo que no se merece es que no haya sido un mérito en lectura. Alfaguara invitó a Ospina a España para hablar de futuras ediciones, sin embargo cuando William regresó a Colombia vino con la decisión de sacar la segunda novela del anunciado tríptico con Norma. Si bien no han pasado cuatro meses de haber salido, el libro no se ha vendido tan bien como Ursúa. Como si lo que hubiera fallado hubiera sido la administración editorial de los dos títulos publicados del tríptico.

 Imaginen a muchos posibles lectores que quisieron conocer al Ospina novelista – y que no supieran de la calidad de su obra previa -  y entraron confiados a Ursúa, y que por razones tan necias como las mías, hubieran desertado. ¿Cuántos de ellos van a tener la gana de adentrarse con el gusto suficiente en El País de la Canela?   

 El País de la canela es una larga carta escrita a Ursúa, quien veinte años después de la imprevista e improvisada expedición comandada por Francisco de Orellana – iniciada en el Barco (Ecuador) el 26 de diciembre de 1541 y que vino a terminar el 9 de septiembre de 1542 en la Isla Margarita (Venezuela) – se halla obsesionado en repetirla. Lo que se cuenta aquí pasó veinte años antes. Y a un ritmo distinto al de Ursúa, otro color y con la delicada velocidad narrativa que le confiere el tono de aventura al relato.

 Movido por la novela rebusqué en el fondo de la alacena donde mi mujer guarda las películas, a “Aguirre, la Ira de Dios” - der Zorn Gottes -, el film de Herzog de 1973. Él muestra la expedición de Gonzalo Pizarro en 1561, situada por Ospina en 1541. Por lo que se comprenderá que Aguirre no aparezca en El País de la Canela. Pizarro, una vez perdido en los tremedales húmedos del río Marañón, encomienda a Ursúa (Ruy Guerra en la película), que ha tenido la ocurrencia de traerse a su amante, Inés de Atienza, a seguir río abajo en busca de ayuda. Pero en el tránsito, Aguirre le da el golpe y lo asesina junto con la mujer, el 10 de Enero de 1561, a los 35 años. Acto seguido, Aguirre, sin el menor empacho,  declara “yo soy la ira de Dios” y se rebela contra el rey de España.

 El Amazonas dio buena cuenta de él, como no lo hubiera podido hacer ningún otro rey.