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Alberto Rodríguez

literatura

Delirio

Delirio

“…la sangre como le leche hervida siempre están esperando una oportunidad para derramarse…”

La demencia, el trastorno, la enfermedad, el desconocimiento, la ausencia, la simulación, la puta locura. Es el hilo fuerte de la novela de Laura Restrepo, Delirio, en la que una mujer, Agustina Londoño, se pierde en su cabeza.

El segundo hilo, la familia. La familia en Alemania, la familia alemana en Sasaima y la familia de Agustina y Aguilar. La familia por la que todo resume, por la que todos andamos, por sus trochas oscuras y claras, los pasados compartidos y los ocultos. La propietaria de todos los pasados, la legataria de los secretos y las pestes. El origen de la demencia está en la familia. La misma responsable de la acumulación primitiva del narco-capital que hizo posible abrir el mercado a punta de política y negocios, que se tomaron el país y su economía hasta hoy.

Y el tercer hilo, el dinero. Sin el dinero la novela no tendría el flujo de energía que le inyecta todos los motivos que movilizan a los personajes,  salvo el motivo del delirio autista, de Agustina, que compromete a Aguilar hasta lo último y a la tía Sofi. El dinero mueve familias, mueve ciudades, mueve al mundo. Detrás de cualquier causa, y entre más noble lo sea, más se hallará la mano negra del dinero. Pablo Escobar se inició en el negocio de la cocaína, después de que conoció a Griselda Blanco, y se abrió al mercado, con los dineros que la burguesía bogotana y paisa le prestó para el arranque. El negocio fue sencillo, pagó exorbitantes intereses a los del dinero, para hacerse a un capital de trabajo que se movió a una velocidad de recuperación tal, que en pocos años hizo ver a los más ricos, como simples carrieludos, al lado de Don Pablo.

Delirio muestra el delirio de Colombia en los setenta. Una novela “setentera” que cruza tres historias: la de la familia de Agustina, la de los socios capitalistas de la mafia, con agente de la DEA incluido, y la de Aguilar, un pobre profesor universitario, que intenta saber qué pasó con su mujer mientras estuvo ausente de miércoles a domingo. Cuando se fue, ella se quedó pintando de verde las paredes del apartamento y al regreso la encontró en el hotel Wellington convertida en un ser aterrado y aterrador.

Es una novela de clara sutileza femenina, el bordado de voces, el cambio de focos, el juego de luces, el aire de la escena, y un narrador que alterna con las primeras personas, salvo Agustina, que siempre se narra en voz de otros, todos hacen foco a ella, pero ella no habla. En un estilo indirecto impecable, el narrador, nos dice a los lectores, lo que Aguilar dice. Tiene un ritmo sostenido, no se cae, es de aire largo, respira bien en esas secuencias escénicas prolongadas, como los párrafos decamétricos de Don José Saramago. Hay un sostenido rítmico que pone el cruce de las tres historias en una relación como la de los movimientos en la sinfonía. Movimientos no lineales en secuencias paralelas que se hilvana como una tela de araña. La novela tiene la mano fina para las sutilezas de edición. Utiliza un lenguaje “colombiano”. Muy colombiano, local, que ambienta la historia en la Bogotá que conoce Laura Restrepo.

Saramago dijo que “cuando el nivel de escritura llega hasta donde lo llevó Laura Restrepo, hay que quitarse el sombrero”. Premio Alfaguara 2004 y Premio Grinzana Cavour 2005.

Una novela que respira como una de esas negras campeonas de salto largo, y acompaña a ritmo sostenido la lectura de un lector cualquiera. 

Operación dulce

Operación dulce

Comienza con un epígrafe de Timothy Garton, en el que se queja de no haber encontrado en la investigación a una persona netamente malvada. Desafortunado epígrafe. Ilumina una verdad de Perogrullo en la caracterización. La novela  en sus tres cuartas partes nos muestra a Serena, buscando enamorarse de cuanto hombre conoce, en particular de aquellos con los que trabaja, el pusilánime, el genio y el administrativo. Y más allá de sus amores de oficina, el amor con un escritor.

Es una novela con variación de velocidad en el punto de giro, cuando una operación encubierta del M15 para atraer a un escritor, su obra, a la órbita de los autores financiados por los servicios de inteligencia del estado, fracasa. Escenificada a comienzos de los años setenta en Inglaterra.

La novela dice que George Orwell y Bertrand Russell fueron apoyados desde el anonimato, como muchos escritores de la guerra fría, con difusión, publicidad, premios, becas, visibilidad, por la inteligencia, sin que ellos mismos lo supieran. La CIA en Europa financió actividades culturales, temporadas, publicaciones, películas, periódicos, sin que los beneficiados supieran que estaban siendo manipulados por el poder con fines de propaganda.

El punto es, por qué el poder juzga que un escritor le es útil y otro no. Por qué en vez de becar, apoyar con recursos legales, por encima de la mesa,  como lo tenemos hoy con los programas de estímulos y concertación del MC, apelar a operaciones encubiertas. ¿Por qué tener que operar encubiertamente para apoyar la obra de un escritor? Ablandarle a los editores, moviendo medios, asegurando premios y reconocimientos, para que su obra sirva de propaganda al Estado. Ningún escritor aceptaría voluntariamente ser un escritor oficial, agente publicitario de una política y un orden. Enajenarse a tal punto le haría perder el rango de independencia creativa, sin el cual no es más que un publicista. Que el Estado no dude en cazar escritores no debe sorprender. Siempre tendrá una justificación oficial para hacerlo pasar por algo necesario.

La novela pone en primer plano la “operación Serena”, una pueblerina hija de un obispo anglicano que termina en el M15 con la función de mover y ordenar archivos. Su misión personal es la de ir enamorándose por turnos de los hombres que se le atraviesan. Y en segundo plano, el cómo se inmiscuye Serena en una operación –dulce– para cazar escritores.

Yo hubiera preferido una inversión de los planos narrativos, más inteligencia y menos sentimiento. Pero en fin,  Ian Mc Ewan sabe cómo escribe. Mientras se mantuvieron los planos superpuestos la novela llegó a aburrirme. Pero cuando en el cuarto final, McEwan cruza los planos, y la operación se viene abajo, ya Serena y el escritor se han enamorado, la novela se agita con una tensión casi convulsiva.

El escándalo originado en una filtración del administrativo del M15 a cargo de Serena, más por motivos personales que profesionales, hace que Serena pierda su trabajo, su escritor se vaya con el premio Austen y el romance del piso de Brighton, termine.

Termina con una larga carta, el último capítulo, muy a la manera de las novelas tradicionales inglesas en las que la sorpresa hace que todo cambie, que todo lo que parecía no sea, y todo lo que era no pareciese. Revelaciones terminales que muestran que detrás de lo que se nos vendió existe un tinglado oculto de motivos, movimientos y gestos. La carta equilibra los planos narrativos, el del significado de ese amor que alcanzaron a oler, y los hilos tramposos de la inteligencia que sacrifica a los amantes en un final escandaloso de medios, en el que el M15 traiciona la M15.

La carta resuelve todas las incógnitas, tiene un tono tan rotundamente creíble que hace comprendamos que entre amor e inteligencia se teja un juego necesariamente perverso, que no obstante, nos encanta.  

La sonata a Kreutzer

La sonata a Kreutzer

La pregunta es: ¿Por qué Tolstoi tomó para titular su libro publicado en 1889, la sonata nueve opus catorce en mi mayor de Beethoven, a Kreutzer, estrenada en 1789?

La sonata nueve tiene una doble dedicatoria, por un lado a la baronesa Josefa Von Braun, y por otro, a Rudolphe Kreutzer, con quien Beethoven se conoció en Viena en el mismo año del estreno. Una sonata parida entre las revoluciones francesas. Una sonata alegre, vivace, sin crepúsculos. Aunque con tintes profundos de nostalgia, al final del primer movimiento, en el minuto catorce.

¿Quién era Kreutzer? Nació en Versalles, de padre alemán, primer violinista de la Capilla Real, que le enseñó a tocar el violín. Su maestro fue Anton Stamitz. A los 13 años Kreutzer interpretó su primer concierto. Pierre RodePierre Baillot y él fueron los mejores violinistas franceses de su tiempo. Su violín lo había hecho Stradivarius  en 1727.

¿Quién era Sofia Behrs? Se conoció con Tolstoi, ya famoso por la novela Los cosacos, de 1862, tenía 18 años. Él le llevaba 16 años. El 16 de septiembre de 1862 se comprometieron y una semana más tarde se casaron. La víspera del matrimonio Lev le dio a leer sus diarios íntimos, en donde narraba su sexualidad, y de donde saldrá material para algunas escenas de Anna Karenina. El diario la notificó, de que Lev era padre de un niño, en una sierva de Yásnaya Poliana. Tuvieron ocho hijos y los últimos años del matrimonio fueron tormentosos. A los 81 años, Tolstoi dejó para siempre a Sofia. Era 1910 cuando subió al tren, diez días después murió en la estación de Astápovo.

¿Quién era Serguéi Tanéyev? Comenzó a los cinco años en el Conservatorio de Moscú. Chaikovski le enseñó composición y Rubinstein piano. Fue absolutamente cosmopolita. Conoció a Iván TurguénevGustave FlaubertCésar Franck y Camille Saint-Saëns. En los veranos de 1885 y 1886, Tanéyev se alojó en Yásnaia Poliana. Y Sofía no tuvo más que prendarse de ese hombre. Tolstoi halló en el amorío a ojos de todos, la fuente de uno de sus mayores sufrimientos. Sus últimos años se los ganó el alcohol, murió de neumonía después de asistir borracho al funeral de Skriabin.

La novela de Tolstói se publicó en 1889 y fue censurada al año siguiente por las autoridades rusas. Es una descarada y burda novela de tesis, un impenitente alegato a favor de la abstinencia sexual y en contra de la depravación sexual. Fue prohibida en los Estados Unidos. Cuenta el asesinato a sangre fría de la esposa de un celoso que la ha dejado en manos de un violinista con quien se entiende contrapunteando en el piano. En la novela reverberan los celos de Lev, que sublima con un monólogo inaudito, extenso y agotador.

¿Por qué Tolstoi tomó para titular su libro publicado en 1889, la sonata nueve opus catorce en mi mayor de Beethoven, a Kreutzer, estrenada en 1789?

 

Hambre de realidad

Hambre de realidad

Enrique Vilas Mata

Reality Hunger: A Manifesto es un libro de David Shields, muy comentado hace cinco años en Estados Unidos. Entre nosotros lo ha publicado Círculo de Tiza con traducción de Martin Schifino. Es una antinovela construida con citas literarias que discuten los conceptos de originalidad y autoría, lo que paradójicamente la convierte en una propuesta original, aunque David Markson (La soledad del lector) lo hacía mejor. Es además un libro divertido, aunque plantea la muerte de la novela y este es su lado pueril.

Es que estamos cansados de la muerte de la novela.

Claro que Shields tiene derecho a estar cansado de lo que quiera. En su caso, está harto de artificios fabricados por otros y por él mismo, aburrido de tramas ficticias y personajes inventados. Opina que losreality televisivos, las memorias y otros formatos de tipo documental alimentan el ansia popular de autenticidad, de la que carecen las obras de ficción. Para Shields, la novela, es decir, la construcción imaginativa de una historia, se ha atrofiado; se ha vuelto difícil para los escritores habitar un mundo en el que los formatos de tipo documental alimentan cada día más el afán popular de veracidad.

No está mal su punto de vista, pero por suerte este tipo de teorías sólo son verdaderas en parte, y por tanto los adversarios de las mismas no se equivocan. Por eso voy a equivocarme muy relativamente si digo que la ficción literaria forma parte de la verdad: lo que uno imagina es tan real como la vida, pues forma parte de ella. La vida, además, como la naturaleza misma, es engañosa. Recuerde el alma dormida aquello que decía Nabokov: “Ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y la verdad".

Además, en la ficción literaria embaucar puede ser sólo un camino para llegar a la verdad. Hay escritores que narran “desde afuera” (interponen entre ellos y la realidad el filtro de un personaje) y otros que lo hacen “desde dentro”, como si lo relatado perteneciera a su vida, es más, como si les fuera la vida en ello. Yo creo que tanto unos como otros pueden llegar a aproximarse a la verdad mucho más que aquellos que tratan de mimetizar lo real.

Pero vaya usted a explicarles esto a los lectores de novelas “comprometidas” con las noticias de prensa, o a los aturdidos espectadores de reality televisivos que creen literalmente en lo que ven y con los que uno puede pasarlo mal si les habla de los intrincados laberintos de la realidad.

¿Debemos pasar por alto las propuestas de los cansados de tramas ficticias –en el mundo de la lectura, como se ve, también hay populismos– o bien reaccionar y elevar nuestra capacidad de imaginar y situarnos, de una vez por todas, en la complejidad de la existencia; complejidad que integra –evidentemente- a la imaginación y al arte?

Creo que, superados los posibles daños de este enésimo embate de los voceadores de la muerte de la novela, Hambre de realidad será olvidado. Decía W. H. Auden: hay libros que son injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado.

La repulsión de la atracción

La repulsión de la atracción

 Quiero contar la historia de Mauzinho Vargas, un hombre soltero que vive con su hermana menor, en una casa que le dejaron sus padres en la avenida Dublín de Manaos. Dirige una empresa grande y próspera de comercio amazónico. Apenas tiene cuarenta años.

Boas Ice es un ladyboy mulato, la mujer-macho más linda que se haya dado en el estado del Amazonas. Está prisionera en la casa de un patrón mafioso que la ha comprado.

Mauzinho frecuenta el burdel de Madam Chauchat, una francesa de 65, a la que visitan comerciantes, concejales, diputados, empresarios, periodistas y abogados. Lo que más complace su carnal deseo son las vírgenes. Madam se las consigue en los barrios bajos, en el campo, a la orilla el rio. Es un buen negocio para ella. Algunas las regresa a su casa con una maleta llena de ropa bonita. A otras las inicia en el negocio.

Mauzinho se hastió de las vírgenes, terminó sintiéndose como un violador de muchachitas mudas, que como pajaritos asustados se le entregan. En una conversación con Madam, le revela su hastío. Y ella le propone una variedad de oferta sexual que desborda su limitada imaginación de deflorador. Se alarma, y niega querer algo de esa sublime combinación de recursos con que ella busca complacerlo. Por lo pronto acepta tener encuentros con las mas avezadas del burdel, las que hablan francés y pueden llevarse a la ópera en el Teatro Manaos.

Boas Ice a través de una de las sirvientas de la casa donde permanece en cautiverio, le hace saber a Madam Chauchat su deseo de fugarse. Pide su ayuda para hacerlo y a cambio le ofrece sus servicios. Así que Madam Chauchat contrata a Felipinho para que haga el trabajo.   

Una vez Boas Ice en la Casa, Madam Chauchat le hace saber a Mouzinho que tiene para él un espléndido ejemplar. No le dice de qué se trata y pacta un encuentro especial en la habitación rosa de la Casa.

Cuando Mouzinho se da cuenta que se trata de un ladyboy por poco lo mata, y de paso se pelea con Madam Chauchat y decide no regresar a la Casa.

El patrón de Boas Ice ha descubierto quién le auxilio en la fuga, y se presenta airado al burdel a reclamar lo que le pertenece. Madam Chauchat le dice que la ha vendido. Él le da una semana para que se la recupere, antes de que sus hombres vengan y quemen todo.

Madam Chauchat se comunica con Mouzinho, le implora que le ayude. El regresa a la Casa. Después de considerar la situación, él se ofrece a ayudarle y ella, en privado le dice que la reacción violenta y desmedida, que lo alejó de la Casa,  no es otra cosa que una atracción animal que él se niega. Mouzinho se emborracha y termina en la cama con Boa Ice.

En la madrugada, después de la más memorable noche de amor con Boas Ice, los hombres del patrón entran al burdel, rescatan a Boas Ice y asesinan a Mouzinho.

La historia termina seis meses después de la muerte, cuando Boas Ice toca a la puerta de la casa de la hermana de Mouzinho, llevando unas flores. La hermana virgen, que desde la muerte ha permanecido como una viuda desolada en la casa de la Avenida Dublín.              

 

Los inéditos de Saramago

Los inéditos de Saramago

Ferran Bono

Anotaba cuándo se le ocurría una idea para empezar una novela. Podía ser de madrugada o viajando en tren. Expresaba sus dudas sobre la calidad de lo que llevaba escribiendo o manifestaba su desconfianza sobre el interés de una trama cuando él mismo se había hastiado urdiéndola. José Saramago solía apuntar todo, incluso cuando de repente decidía cambiar el título de una novela hasta que el juicio de su mujer, Pilar del Río, le hacía desistir y volvía a su plan original.

Así pasó con Ensayo sobre la lucidez, del que hoy, justo cuando se cumplen cinco años del fallecimiento del premio Nobel de Literatura de 1998, El País publica una serie de textos inéditos en castellano (en portugués lo hace la revista Blimunda de la Fundación Saramago). Son notas del autor en 2003 durante la redacción del libro publicado un año después que muestran el proceso creativo del autor, la construcción del relato, el cómo se hizo la novela (lo que en el cine se denomina making of).

Saramago (Santarém, Portugal, 1922-Lanzarote, 2010) narra en Ensayo sobre la lucidez (Alfaguara, 2006) la historia de una ciudad cuyos habitantes deciden votar mayoritariamente en blanco, lo que provoca la reacción virulenta del Gobierno. Estos son algunos fragmentos de las notas del autor traducidas al castellano por Roser Vilagrassa.

4 de febrero de 2003

“La noche del 30 al 31 de enero me desperté a las tres de la madrugada con la idea repentina de que, por fin, ya tenía el tema para una nueva novela, que ya andaba buscando de manera más o menos consciente. Se trata de esa “revolución blanca" de la que hablé en Madrid y Barcelona durante la presentación de El hombre duplicado, del voto en blanco como única forma eficaz de protesta contra el loado sistema “democrático” que nos gobierna. Por si fuera poco, también tuve la súbita, la instantánea certeza de que dicho libro, en caso de que llegue a existir, tendría que llevar el título de Ensayo sobre la lucidez, como si el hecho de votar en blanco en la presente situación del mundo fuera un acto exactamente contrario a aquellos, o a la mayoría de aquellos, que se cometían en Ensayo sobre la ceguera. Durante esos días, la convicción de haber acertado de lleno era cada  más fuerte (...)”.

17 de marzo

“(...) He llegado a la conclusión de que el título de la novela determina que los personajes sean los mismos que habitaron el otro Ensayo, el de la ceguera. Probablemente no todos. He pensado que la mujer del primer ciego se habría divorciado del marido y que la madre del niño estrábico aparecería y se ocuparía de él. Los demás, la mujer del médico y el marido, la chica con las gafas de sol y el viejo del parche negro se mantienen. También el perro de las lágrimas, que cerrará el libro con la mujer del médico muerta a su lado, asesinada por aquellos que decidieron que todo debía volver a ser como en los buenos viejos tiempos (...)”.

29 de marzo

“El primer capítulo empezará con la descripción (sumaria, claro está) de la tormenta y el viento que cae sobre el país. La televisión y la radio apelan a la conciencia cívica de los electores para que no se queden en casa pese al mal tiempo. Usar la palabrería insustancial propia de las ocasiones patrióticas. Entrar en casa de los personajes principales: la mujer del médico y el marido (también el perro, que vive con ellos), la mujer divorciada del primer ladrón, la chica de las gafas de sol y el viejo del parche negro, y el niño estrábico (la madre nunca llegó a aparecer, ¿o sí?), el escritor y la familia (¿toda?, recuerdo que estaba casado y creo que tenía hijas). A las cuatro de la tarde salen todos para ir a votar (también saldrán los habitantes que aún no habían votado). Descripción de la caminata bajo la lluvia. Barrios inundados, bomberos, barcos. La radio y la televisión se apresuran a transmitir la noticia del inopinado acontecimiento: los electores de la ciudad X están dando un extraordinario ejemplo de civismo, arrostrando la tormenta para cumplir con su sagrado deber (...)”.

19 de abril

Sobrevolando el Mediterráneo.

“La idea de que los personajes de la Ceguera reaparezcan en Lucidez me parece cada vez mejor. Así como el título del nuevo libro ya sugiere una continuidad, la presencia de los personajes lo confirma definitivamente. En la mente de las autoridades perplejas surgirá la sospecha de que la mujer que no perdió la vista en la Ceguera podría tener algo que ver con el nuevo ‘fenómeno’. Como consecuencia lógica, esta sospecha se extenderá a aquellos a quienes ella había guiado. Así como la novela anterior obedecía escrupulosamente a ‘cierta lógica’, ésta no podrá quedar atrás (...)”.

3 de junio

Día en que Sophia de Mello Breyner gana el Premio Reina Sofía de poesía iberoamericana

“El final no será como se ha descrito más arriba. La mujer del médico será asesinada, pero no en el balcón de la parte de atrás de su casa. La matarán en un jardín donde había llevado a pasear al perro de las lágrimas. El perro empezará a aullar y también lo matarán. Los ciegos se preguntarán: ¿Has oído algo? Dos tiros, Pero también un perro que aullaba, Ya se ha callado, habrá sido el segundo tiro, Menos mal, porque el aullido de los perros me afecta los nervios”.

 

El hombre que amaba a los perros

El hombre que amaba a los perros

El fin de la utopía. La muerte prematura del mejor modelo de sociedad que nos hubiera dejado el siglo XIX. Leonardo Padura en su novela escribe tres tristes biografías. Las más tristes, desesperanzadas y traicionadas, en todos y en cualquier sentido. La de Trotsky el desterrado, la de Ramón Mercader el asesino, y la de Javier Cárdenas Marturel, el escritor.

Un soberbio corpus novelado de una historia que comienza con la revolución rusa de 1905 y va hasta la invasión alemana a Polonia en 1939. Se deja leer como una novela, al llegar a la página 570, uno no quiere que termine. El centro de gravedad está en el momento en que Mercader clava un piolet de alpinista en la frente de Trostky, que alcanzó a lanzar un grito que llegó hasta Moscú, mientras la pica  le horadaba el cerebro.

Trostky desterrado a Kirguistan, expulsado a Turquía en donde estaba el generalato blanco que él había derrotado en la guerra civil, luego a Francia, más tarde a Noruega, y de ahí a México, Veracruz, Coyoacan, Casa Azul. Llega a donde  Diego Rivera y Frieda Kahlo, en donde va a recibir la visita del comunista-surrealista André Bretón. Estaba derrotado desde el momento en que le gritó a Stalin, que él era el sepulturero del socialismo. La venganza de Stalin, el genocida – se cargó veinte millones de seres humanos – le costó quince años. Él, que había firmado un pacto de no agresión con Hitler, para repartirse Polonia, y poder echarle mano a los países bálticos, mientras el austriaco se tomaba la otra parte de Polonia, Checoeslavaquia, Dinamarca, Holanda y Francia. Él el “gran hermano” de todas las bestias absolutistas, heredero mejorado de Iván el terrible, el zar rojo, que detentó diez cargos por los que le pagaban diez sueldos, él, vendió la versión de que el nazismo alemán se proponía utilizar a Trostky contra la madre patria. Cuando murió había perdido a casi toda su familia, a la mayor parte de sus amigos, la Cuarta Internacional era un fracaso, Siqueiros había intentado matarlo, se había peleado con diego Rivera. Su pluma apenas servía para que algunos periódicos norteamericanos le compraran sus artículos. De lo que finalmente terminaron comiendo.

Ramón Mercader, el hombre de los mil nombres. Comunista, soldado de la guerra civil, agente soviético, asesino a sueldo y con ideología, sicario de la inteligencia secreta, recibió entrenamiento militar extremo en Rusia. Se fue acercando lentamente a la víctima, primero en París, luego en Nueva York, y luego en el DF, con salario y gastos de representación a cargo del erario ruso. Tuvo una madre que nadie se merecería, un monstruo sagrado que lo besaba en la comisura de los labios, compartiéndole un seco vaho a ginebra y tabaco. Se enamoró de la única mujer que jamás sería su mujer. Y le tocó posar de amante de la trostkysta más fea de norteamerica. Pagó veinte años de cárcel en México. Luego vivió en Rusia quince años, que fue como vivir en otra cárcel, y los últimos años en Cuba, donde lo recibieron y lo trataron muy bien, hasta su muerte. Lo último que escuchó fue el grito de Trostky. Había perdido todos sus sueños, la URSS, lo había convertido de victimario en víctima.

Javier Cárdenas cubano, un muchacho que quiso ser escritor, pero también fue a la zafra; se hizo joven socialista, y participó de la construcción del país, hasta que la literatura, el derecho a hacerla como debe ser, lo puso en contravía de las autoridades literarias que lo condenaron. Trabajó en una emisora de pueblo. Padeció el aislamiento, la persecución a su hermano homosexual, padeció la muerte de cáncer de la mujer, soportó sin querer irse de la isla, como muchos, el periodo especial. Cuando murió aplastado, junto con su perro, por la caída del techo de la habitación donde dormía, había perdido cualquier sueño.   

Los tres amaban los perros.

El arte de contar

El arte de contar

Si escribir un cuento llegara  ser un arte, sería porque cumple tres puntuales condiciones, que harán de él, el designio cumplido de decir algo a alguien alguna vez. Conmover literalmente al lector, tocarle el corazón, la cabeza o las tripas. En todo caso, hacer que no olvide.

La primera. El arte de saber ocultar. No se puede contar todo, eso sería igual que intentar hacer un mapa 1:1, como acontece en el cuento de Borges. Se cuentan las partes sustantivas.  Así que la mayor parte del material que tenemos para un cuento no se usa, es material de referencia. Lo que no se cuenta, no se ve, como la parte sumergida del iceberg. Es lo implícito, lo escondido, lo que el lector solo encontrará una vez aprenda a leer entre líneas. El asunto es el manejo del límite parpadeante, ambiguo, delicadamente impreciso, entre lo que se debe y no escribir. Con seguridad el autor conocerá los ríos pétreos del cuerpo sumergido del iceberg. El lector también, a través de un esfuerzo de imaginación. Aun así el riesgo de intentar contarlo todo, pone el asunto de la escritura de un cuento, entre la información y la literatura. Esa ruda diferencia entre hacer un informe sobre los acontecimientos, y narrar los acontecimientos. Pulir la punta visible del iceberg, darle luminosidad, eficacia, poesía, fuerza, poder, es lo que queda a quienes se arriesgan a ocultar para develar.

La segunda. El arte de saber saltar. La cotidianidad es continua e irrepetible, a diferencia de los relatos, que son discontinuos y repetibles. Esa discontinuidad particular del relato, entre cuyos intersticios está lo no dicho, se logra dando saltos de tiempo/espacio. El arte de saltar se ejercita con la herramienta de la elipsis narrativa. Un recurso que flexibiliza el tiempo, que permite reversibilidad y proyección, que deja jugar, haciendo espirales, grietas, acelerándolo y desacelerándolo, según convenga. Es un arte similar al salto que da el ojo al leer. Solo lee lo que está donde se posa, lo demás lo infiere el cerebro. Someter un relato a una construcción elíptica supone conocer los recursos de la edición: producir una línea de cicatrizaciones entre los fragmentos del relato. Saltar y pegar, saltar y pegar. De qué magnitud sea el salto, solo lo sabrá el autor. En un cuento en el que el asunto es una “grieta en el tiempo”, nos veremos enfrentados al problema de cómo escenificar la grieta. La única posibilidad de mostrar sus efectos, que también los del espacio, es la del cambio de tiempo, bien hacia adelante o hacia atrás del presente referencial del narrador. Pero, y el pero es significativo, la velocidad en que se viaja en el tiempo es variable. No es una constante para todos los que llegan al pasado, ni tampoco lo es la velocidad de retorno al presente.

Tercero. El arte de crear problemas. Un cuento es un problema, siempre tendrá que serlo para alguien. Sin problema no hay cuento. En todos los cuentos siempre hay alguien que se mete en problemas, igual que en las películas. Meterse en problemas es  propio de los personajes de los cuentos. Si en un cuento no pasara nada, no hubiera choques, desacuerdos, desigualdades, injusticias, el cuento no se parecería a la vida. Y todos los cuentos se comparan con la vida. Por eso les pedimos que sean verosímiles. El cuento tiene que hacer creíble su problema, mostrarlo sólido, vivo, en ebullición, sea cual sea su magnitud. Todo el cuento trabaja en función del problema. ¿Qué pasó antes del problema? ¿Se resolverá o no se resolverá? ¿Y si se resuelve, cómo? Más vale partir de un auténtico problema, que dé lugar a un conflicto de la vida, que ponga a prueba a los personajes y haga correr al lector, los riesgos que lo fascinan. 

El año del verano que nunca llegó

El año del verano que nunca llegó

Acabo de terminar "El año del verano que nunca llegó" de William Ospina. La triple noche del 16 de junio de 1816, - el día del Ulises - la más fría del milenio, en que del encuentro de la élite romántica en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán en Suiza, salieron el Vampiro y Frankenstein. Abismal, poética, maligna, romántica, racional, femenina. Lo mejor que he leído en mucho tiempo.

No es una novela en sentido estricto. Es una crónica de cómo se gestó, se rastreó, se leyó, se visito, se indagó, la huella del alineamiento de astros en la villa, donde se habían encontrado, por el empecinamiento enamorado de Clara Clairmont, Byron – “aquel noble satánico” -, Percival Shelley – el ángel caído -, Mary Wollstonecraft, la mujer de Shelley, y autora de Frankenstein, Matthew Lewis, el autor del Monje, Gaetano Polidori, el autor del Vampiro, y la condesa Potocka, descendiente del Rey de Polonia.

Es una lección de historia, un ensayo de la era romántica, de los románticos, de la exaltación loca del sentimiento, del clima de oscuridad y mito, rebelión y luz, de una época, en donde lo sublime y lo siniestro se disuelven como una mancha de tinta en el agua, donde el amor y la crueldad copulan, en la que el orden y le caos pugnan, y la belleza y el horror confunden sus límites. Una lección de historia que hila el entramado biográfico de un puñado de seres que le pusieron su marca a la época, que encontraron para ella, toda la belleza que su alma reclamaba, pero también todo el horror que se merecía. Una época que no podría haber estado mejor descrita que por Charles Dickens, al comienzo del Cuento de dos ciudades, en 1859: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y, también, de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. 

 Es un desarrollo muy personal del autor, que en una primera persona tranquila, nos cuenta de cuándo y cómo se halló frente a la epifanía, la imagen natal, de donde se desprendió su propia pasión por recorrer los sitios que su crónica le había revelado. Una crónica de la amistad, porque si de algo se ocupa Ospina, es de revelarnos el sentido de esa amistad con aquellos que siempre tendrán un sitio conocido y amistoso a donde llegar, casi en cualquier ciudad. El valor de los amigos, a los que se les reconoce, y se los nombra, y se los menciona, porque en algo el autor se reconoce en deuda. Y sin los cuales todo habría sido más difícil, más largo, menos gustoso.

Es un alto ejercicio de prosa poética, realizado en el acto osado de soltarse de un poeta, de levar el vuelo de lector, y respirar el aire de la poesía y los poetas ingleses, alguien que ha nadado en las aguas profundas del alma romántica. La fuerza y precisión de su prosa, le permiten anudar lo que de biografía, literatura, monstruosidad y razón, hay en esa saga de Villa Diodati, a donde Ospina llegó llevado por la atracción de un cronista y la curiosidad del novelista. Todo en un poco menos de trescientas páginas.

Es un concierto de conocimiento, intuición, coincidencia, visión, el de un autor que con precisión de investigador, dio con el momento, los personajes, el día, la hora, el lugar, la circunstancia, donde concurrieron mito y realidad, ego y genialidad, desdicha y heroísmo, miedo y coraje, sueño y vigilia, de entre todo lo cual, salieron corporizados los monstruos vigentes y trivializados, que se cocinaron en el terrible sueño de la razón, que se gestó en las buhardillas del romanticismo inglés.    

Hermanos de tinta

Hermanos de tinta

Lo que más me gusta de la novela de Nahum Montt es la osadía. El autor no tiene empacho en imaginar un encuentro después de la guerra, no tiene empacho en hacer coincidir en Valladolid, al manco con el maldito inglés, cuando el uno ya ha escrito Hamlet y el otro el Quijote. Pero su osadía argumental lo hacía correr un riesgo rotundo, del cual era consciente, y que lo tuvo casi cinco años escribiendo desde las tres de la madrugada hasta la hora en que las musas naufragan. Fracasar en el encuentro, lo sabía, es lo más fácil, pero también lo más aterrador, para alguien que va para su tercera novela en un mercado tan difícil.

Todo el tinglado de preparación para el encuentro está hecho de  intrigas pueblerinas, maledicencias, estafas, palizas, calabozos, putas, casinos y licor Y no hace falta ser pesimista, para pensar que en uncuentro de los dos duros, muertos el mismo año, la escena pudiera echarse a perder con toda honradez. 

Entré con la maleducada expectativa de asistir al encuentro, pero un maldito anillo, artilugio de hilo, que gusta tanto a los novelistas negros, me aplazó más allá de mi pobre paciencia, el espectáculo. Pero debo decir, que valió la pena.

Nahum Montt - un hombre con nombre de novelista -   descubre en el capítulo XII, el recurso para alejar el encuentro, de los lugares comunes ceremoniales, de los clichés históricos, o de las cultas parodias de actualización. Sin más, lo contó en clave de western.

El capitulo XII comienza con Cervantes montando su caballo para largarse del pueblo tras una paliza que le han dado. Ofrecieron ochenta coronas de recomopensa, por su cabeza y la de Shakespeare. Remonta las colinas de Valladolid y se dirige al Monte de los Susurros. "...un rufían en plena huida". "Pero más que escapar tenía la sensación de estar avanzando hacia una trampa". Vio el sauce de los condenados en la cima. "Lo demás era tierra roja y seca", "tres cuerpos borrascosos colgaban de sus ramas". Sobre la tierra al menos doce cadáveres momificados. "... se encontraban detendios en el corazón mismo de la muerte".

Avazó hasta donde encontró un bosque ralo y "se acostó bajo la sombra de un árbol y apoyó la pistola sobre una de las protuberantes raices. Se cubrío la cabeza con el sombrero y apuntó a la silueta del jinete que se aproximaba a paso lento: un punto negro que poco a poco se agrandó y adquirió la forma de un hombre...".

El hombre de los mil nombres

El hombre de los mil nombres

Una vida de película. Sus dos hermanas esquizofrénicas. Su padre le prestó los 700 dólares con que Walt Disney comenzó todo. Su talento como guionista está reconocido por todos los directores norteamericanos. Dirigió una sola película. Participó de la huelga a las industrias Disney. Fue llamado por la comisión de actividades antinorteamericanas, fue procesado por la derecha evangélica en la cruzada paranoica para eliminar a los enemigos de Norteamérica. Fue encarcelado, en la cárcel conoció al Senador Dexter Jordan, el político más corrupto de la época, de quien se hizo amigo, al punto que le dejó su fortuna. Cuando volvió a Hollywood debió cambiarse el nombre. Estuvo de seudónimo en seudónimo haciendo pequeños trabajos, viviendo clandestino con su madre. Debió haber tenido más de quinientos falsos nombres. El cuerpo de su doble apareció en un auto accidentado cerca a la colina donde estuvo el original Hollywoodland. Se lo dio oficialmente por muerto. Abandonó Hollywood y se fue a viajar, estuvo en México, en Argentina, España, Italia, Francia, siempre produciendo, comprando pequeñas productoras, promoviendo proyectos, buscando directores. Se movió en el cine como productor, la forma más secreta de estar en el negocio. Cuando regresó fundo la Bracket Productions – el nombre de un compañero de escuela - con el nombre de Philip Jacobs. Su nombre puede ponerse al lado de los innovadores, Buster Keaton, D.W Griffith y Charles Chaplin. Regresó, hizo montones de dinero, encumbró su productora y creó una red de pequeñas productoras en el mundo. Pero se hizo viejo. En el entretanto fraguo la venganza contra los que siendo jóvenes fingieron ser sus amigos y a cada una de las queridas porquerías les cobró sin compasión. Empezando por la única mujer a la que amó: Angela Walker. Entre todos los que tanto lo querían, fraguaron su asesinato, a la manera de un suicidio. Su nombre original: Lester Brown.

El trabajo de Ricardo Silva es monumental: el rastreo de las fuentes en USA, el conocimiento histórico, el uso de las fuentes de archivo, la reconstrucción, el relato.

Una vida como la de Lester Brown es la inspiración para una crónica, una novela y un film. Y un autor como Ricardo Silva Romero  se le midió a hacer una crónica biográfica de maravilla, tan buena que se deja leer como novela.

Obligatoria para cronistas y novelistas.

Plegaria por un papa envenenado

Plegaria por un papa envenenado

En la madrugada del 29 de septiembre de 1978, 33 días después de la llegada al papado, apareció en su habitación el cadáver de Albino Luciani, apodado el Sonriente. El Vaticano, sin el beneficio de la necropsia, se apresuró a informarle a la prensa mundial, que la causa del deceso de Juan Pablo I, había sido un infarto de miocardio.

Es el comienzo de una novela. Tiene los ingredientes: un papa, un banco, un encubrimiento, un asesinato. Con un marco excepcional, el corazón del vaticano.

David Yallup, el cronista inglés, se gastó seis años de trabajo para probar que el Sonriente murió envenenado, por una conspiración de banqueros con clerigman, que se arriesgó a matar a un papa, desde adentro, por estrictos y sucios motivos non sanctos. Todo está en su libro, En nombre de dios.   

Yallup, con su primera crónica, Para alentar a los otros, obligó al gobierno inglés a reabrir el caso Craig/Bentley, cerrado veinte años antes. En el animado debate que provocó en la Cámara de los Lores el libro, Lord Arran dijo: “Una de dos: o David Yallup es el peor bribón que ha escapado a la horca en toda la historia británica, o – en relación con el caso – solo ha dicho la verdad y solo la verdad…”.

Evelio José Rosero tenía veinte años cuando todo ocurrió y estaba enamorado, ni se enteró. Reconoce que 34 años después, el tema del papado detonó con el libro de Yallup. Está muy bien que Plegaria por un papa envenenado, una novela que surge de la lectura de una crónica, vaya dedicada a Sonia María Elizabeth y a Fernando Linero. Imperdonable que no se la haya dedicado a Yallup, aunque lo reconoce en un agradecido epilogo.

Rosero introduce dentro del amasijo oscuro de la “trama” en la que se mueven cardenales como sombras, los mafiosos como Pedro por su casa, y los gerentes de diócesis y giros bancarios abultados, tres recursos con los que escribe la novela: el coro de putas veneciano, el descenso al infierno y el laberinto sagrado.

Con las putas ensambla un contrapunto de voces, una alternancia durante toda la novela, corifeos con el que recrea su condición, frente a ellas, que lo conocen y no le mienten, y están dispuestas a la fe.  

En el infierno, el Sonriente habla con los escritores, con quien más. El narrador se pregunta si ¿leyó Luciani a Kafka? “Somos Goethe, Marlow, Dickens, Chesterton, Petrarca, Scott, Twain” le dicen las voces de los escritores en medio de unas tinieblas espesas. ¿Dónde estoy? Pregunta Luciani. Y ellos le responden: “…estamos en el infierno Luciani ¿en dónde más podrían estar los escritores?”.

Y el laberinto le sirve como símbolo, como brújula inhóspita, como perfil siniestro de lo oculto, los pasadizos milenarios que esconden las voces, los secretos, los archivos, y por los cuales termina perdiéndose hasta la muerte. Al comienzo pensó que eran los sueños de un papa recién investido, luego en la más pura vigilia, se incorporó, atravesó la entrada y descendió por los añosos senderos hasta que llegó a lo que yace bajo la gran piedra de Pedro, sobre la que se levantó su iglesia, el infierno, en su más puro y divino estado.

Banco, vaticano, infierno. Las tres moradas bajo las cuales Rosero, con la madurez de una novelista, nos recrea en el efecto que surtió en él la lectura del libro de Yallup. Una experiencia de lectura que desembocó en el mar encrespado de una novela.

¡Que viva la música! en cine: un collage incoherente de sexo, drogas y violencia

¡Que viva la música! en cine: un collage incoherente de sexo, drogas y violencia

                                                  Rosario Caicedo

“Ante la oscuridad de la sala, el espectador
se halla tan indefenso como en la silla del dentista.”
Andrés Caicedo, Ojo al cine.

“El descubrimiento del cine ha sido lo más importante
de esta pobre vida. Eso y el descubrimiento del miedo”.
Andrés Caicedo, Ojo al cine.

“El  crítico es la única fuente independiente
de información. Todo lo demás es propaganda”.
Pauline Kael

 El 26 de Enero de este año asistí al estreno mundial de la película ¡Que viva la música!, dirigida por el director Carlos Moreno e “inspirada”, como los afiches promocionales lo indican, en la clásica novela del escritor Andrés Caicedo.

Como algunos lectores que me conocen se podrán imaginar, Tenía una profunda curiosidad por ver la película. Este interés no se debía solamente al hecho de ser  la hermana del autor del libro. Primordialmente, se debió a mi profunda pasión por la buena literatura y por el buen cine. Y claro está, mi curiosidad se hizo aun mayor al leer y escuchar  las múltiples entrevistas y declaraciones del director Moreno explicando sus puntos de vista con respecto al poder llevar una obra de tal magnitud a la pantalla. Puntos de vista, debo yo afirmar, bastante sorprendentes. Para mencionar unos pocos—son numerosos –, aquí les ofrezco a los lectores los que más hicieron despertar mi curiosidad:

—El director Moreno en una entrevista conducida por el diario El Pais de Cali, el 18 de Junio del 2013, expresó  que su propósito  no era el de adaptar la novela al cine sino el de desadaptarla.  En sus propias palabras: …”más que una adaptación, es una desadaptación de la obra original”. Vaya, me dije yo…claras sus intenciones.

—En otro ejemplo, ahora nos encontramos al director Moreno paseándose por las calles de Nueva York, siendo entrevistado en video por “Cartel Urbano” en Octubre del 2013…allí, hablando también de la adaptación (¿o desadaptación?) de la novela al cine, Moreno informa a la entrevistadora: “nosotros buscamos ser algo irrespetuosos, porque creo que es la mejor forma de honrarla, porque la obra es irrespetuosa en su concepto. “ Vaya, vaya, me dije yo de nuevo, acrecentando mi curiosidad. Interesante  esta manera de honrar: irrespetando… Ya veré con qué nos encontramos, me dije para mis adentros.

Lo que si comprobé después de sentarme por 100 largos minutos a ver la película, fue que el director cumplió sus predicciones al pie de la letra. Porque la película “inspirada” en ¡Que viva la música! es en sí una completa desadaptación de la corta y  brillante novela que Andrés Caicedo escribió. Para muchos lectores apasionados de su obra, me temo, la película será un desencanto, y para los que no han leído la novela o no saben nada de Andrés Caicedo, a lo mejor les guste o a lo mejor no. Como diría mi abuela, entre gustos, no hay disgustos. Pero para mí, amante de su obra y admiradora de su extraordinario conocimiento cinematográfico, fue una gran tristeza ver la combinación de la desadaptación de su novela a la pantalla. AL CINE con letras mayúsculas. EL arte sobre el cual Andrés Caicedo  escribió con una velocidad que rayaba con el delirio. “Lo que su autor más cultivó: la escritura por, para, desde, en y frente al cine.” (Palabras de Sandro Romero Rey y Luis Ospina en el Prólogo del libro Ojo al cine.) Porque no podemos olvidarnos, ni por un instante, que Andrés Caicedo, escribió sobre cine desde los quince años hasta literalmente el día en que se quitó la vida. Bastante frustrante, lo confieso, el ver este malogrado esfuerzo de inspiración.

Debo reconocer que la fotografía de la película está muy bien lograda  y que el actor que protagoniza al Rubén de la novela captó muy bien la naturaleza del personaje. Pero un buen actor y una bella  fotografía no hacen una buena película. Se necesita muchísimo más. Se necesita una narrativa que unifique todos los elementos que constituyen las distintas partes esenciales de un film. Se necesita que la magia visual y la buena actuación nos conquisten completamente hasta el punto de querer adentrarnos en la pantalla.

 

Empecemos pues, por el principio, como en los buenos relatos. Empecemos por la heroína de la novela, la que le concede la voz, la fuerza, la extraordinaria integridad y coherencia desde la primera hasta la última página. ¿Recuerdan ustedes, queridos lectores, a María del Carmen Huerta, esa fuerza de la naturaleza que nos explica su mundo interior con una bella escogencia de palabras y con tal claridad que el lector entiende la razón existencial de su inevitable y escogida destrucción? ¿María del Carmen, la joven que nos da consejos de cómo sobrevivir una cultura conformista y plagada de censura? ¿La heroína que un lector norteamericano me recordaba hace poco cómo, al leer el libro, ella le hacía pensar en los personajes de las tragedias griegas; esos hombres y mujeres que nos capturan totalmente debido a su belleza interior y al total convencimiento de que ellos no pueden hacer otra cosa que ser completamente fieles a su verdad, no importa lo que esta verdad les depare como destino? Sí, esa María del Carmen Huerta, la María del Carmen del libro. Pues siento decirles, que Paulina Dávila, la actriz/modelo que la personifica,  en mi opinión, no pudo en ningún momento captar la energía interna y filosófica de  nuestra heroina. Si, la señorita Dávila es rubia y muy bonita. Ay, pero nada tiene que ver con nuestra “rubia, rubísima.” Y cuando la escogencia del actor central es errada, pues las cosas se ponen bastante difíciles.

Pero ¿por qué la escogencia fue desastrosa? porque Paulina Dávila, en su primer largometraje, simple y llanamente, no sabe actuar. La señorita Dávila, la misma que hace unos pocos años se hizo pasar por la cantante Shakira y vivió para contar su experiencia en la revista Soho, con video incluido, pelos y señales. Sí, la Shakira de mentiras, la actriz de telenovelas y de videos musicales, honestamente no pudo entender a nuestra María del Carmen. Ni poquito. Esta espectadora que ahora escribe, viéndola en la pantalla por casi dos horas, recordó  la famosa frase de la escritora norteamericana Dorothy Parker cuando se refirió a la capacidad de actuación de una popular actriz norteamericana,  “She runs the gamut of human emotions from A to B” (“Ella recorre toda la gama de las emociones humanas de la letra A a la letra B”). Poca distancia a nivel de actuación. Y en la “inspirada” película esto es básicamente lo que le vemos hacer a la señorita Dávila en su papel de María del Carmen Huerta:

  • Paulina, mostrando su hermoso cuerpo y bella cara, se despierta
  • Paulina, mostrando su hermoso cuerpo, se toca continuamente su cabellera, rubia por supuesto
  • -Paulina tiene relaciones sexuales con jóvenes de ambos sexos y distintas razas.
  • Paulina camina y camina y camina.
  • Paulina se sonríe—siempre siempre, no importa cuántos muertos y cuántas drogas y con cuántos se acueste. Siempre la misma calidad de la sonrisa.
  • Paulina usa drogas de todo tipo, sonriéndose.
  • Paulina abre sus hermosos ojos un poquito más, cuando algo intenso va a suceder. Lo intenso puede ser desde asesinatos hasta orgias, pasando por encuentro de cadáveres y otras sorpresitas. (Después de todo, está inspirada en QVLM).
  • Paulina, exhibiendo su bello cuerpo y hermosa cara, trata de bailar.
  • Ah, y la voz de Paulina, la voz con el tono monótono y carente de emoción de niña colegiala declamando párrafos enteros de un libro mandado a memorizar: Nos repiten parte de las palabras escritas por Andrés Caicedo, el  extraordinario manifiesto de vida de María del Carmen Huerta. Poca vida en la lectura de ese manifiesto. Poquísima.

¿Van viendo, estimados lectores, a lo que me refiero cuando hablo del poquísimo rango de emociones? ¿Dónde estás, María del Carmen, cuando más te necesitamos?

Y señores y señoras, jóvenes y jovencitas, esta película que yo vi en Sundance, comandada por la María del Carmen de Mentiras (con la directa responsabilidad creativa de su director) es, en síntesis, un collage fragmentado e incoherente cuya base reúne las fórmulas infalibles: sexo de todo tipo, drogas y violencia. Claro está,  en el sexo deberán aparecer bellísimas mujeres. Y si se le añade un baile frenético, donde los cuerpos semidesnudos saltan, aún mejor. Una fórmula que rara vez falla. Y sobre esos superficiales soportes se sustenta la película. Como si¡Que viva la música! fuese tan solo una historia de erotómanos y bailarines. Así sentí la película: incoherente, con una narrativa sin unidad de ninguna clase. Y ni hablar de los otros personajes. De lo que la película inspirada en QVLM hizo de Ricardito el miserable, de Mariángela, de Leopoldo Brook, sólo por nombrar unos pocos. El lector del libro tendrá dificultades en reconocerlos…ni reconocerá las casas ni de dónde vienen ni para dónde van.  Las secuencias se confunden y la historia se pierde. Pero es que en la ‘inspirada” película la historia no cuenta. ¿Para qué,  cuando todo el mundo está pasando tan sabroso?

 ¿Y en cuanto a la época en la que está “reconstruida” la historia? Queridos lectores: esa es la pregunta del millón. ¿La década del 70? Tal vez ( discos, equipos de sonido de la época, costos monetarios, carros…) Pero ¿qué pasa con la aparición de instrumentos electrónicos del siglo 21, y con la mención del Euro como moneda, y la decoración de las múltiples casas donde la María del Carmen de Mentiras pasa sus días? Todo nos remite, al parecer, al año 2007, por lo menos…¿Y una Cali con la avenida del Rio ya ampliada completamente? ¿Y el vestuario de siglo 21 en su mayoría, o de finales de siglo 20, para confundir más al espectador? ¿La inspirada película nos lleva en una máquina del tiempo veloz! Uno se confunde  UN POCO. Pero el gran problema es que uno SE ABURRE. Eso siempre sucede cuando un libro o una película o una obra de arte no cuentan bien el cuento: EL ESPECTADOR SE ABURRE. Mirada al reloj, deseo de salir a dar una vuelta a la manzana para sentir el aire fresco.

Y ni hablar de la MÚSICA. Las 96 canciones, mencionadas, vividas y bailadas y cantadas de la novela original. La MÚSICA de una novela que por algo se llamó ¡QUE VIVA LA MÚSICA!… Rolling Stones (!) Richie y Bobby (!!) y todos los demás. Las letras incomprensibles por su raíz africana. Las que nuestra heroína se sabía de memoria y que muchos lectores del libro se aprendieron también. Pues poquísima de la música citada en la novela aparece en esta “inspirada” película. (No menciono las canciones originales que la película tiene, para que al menos haya alguna agradable sorpresa entre los curiosos que vayan a verla). Aunque poco fue el deseo de mover aunque fuera los pies en la butaca oyendo las notas celestiales de Bobby y Richie. Porque la música de QVLM, the movie,  no es la música de QVLM la novela. Poco, poquísimo de la película nos muestra el alma de su autor y la perversa energía de  sus personajes. Poquísimo.

¡Ay. Y el final! Sí, queridos lectores, el final. Y estoy hablando aquí de la novela. Que ustedes se sorprendan con el final de QVLM, the movie… Así debe ser con toda película. Pero se recuerdan ustedes, queridos lectores de este texto (los que se han leído la novela) se recuerdan quienes han leído el texto a María del Carmen terminando de escribir su manifiesto filosófico, corriendo hacia su escogida muerte  y diciendo: ”Ahora me voy, dejando un reguero de tinta sobre este manuscrito. Hay fuego en el 23.”  Queridos lectores, una advertencia: No les cuento el final de la inspirada película, pero si se pudieran meter a la pantalla, les digo que ni un fosforito irían ustedes a encontrar. Ni uno. Sólo pregunto: ¿cambiaría usted “En un lugar de La Mancha…” o  “…porque los pueblos condenados a cien años de soledad…”, en aras de una “desadaptación” cinematográfica, de una obra que ya se ha comprobado de sobra que ha sido masivamente aceptada como una obra maestra?

Asi que estando en Sundance, en lo alto de las imponentes montañas rocosas– en un pueblito que antes de convertirse en el centro de reuniones de personas interesadas por el cine, antes de que la gente linda se paseara por la calle principal seguida por fotógrafos y fans– era un simple pueblo minero del lejano oeste, uno de esos pueblitos que salían en los westerns que tanto le gustaban a Andrés. Después de ver QVLM, the movie y hacerle mis preguntas y comentarios al director, salí a la calle y me acordé, claro está, de Andrés, llegando caluroso a la casa después de ver cine. Ésta era siempre mi pregunta: ¿Qué tal la película? ¿Bueno verla? “Rosarito”, contestaba él, “recibí hoy 400 golpes de buen cine” (en homenaje a su amado Truffaut) o, “Rosarito, recibi, 400 golpes de mal cine”…Pues, ese 26 de Enero, en Park City, Utah, en el lejano oeste norteamericano, no solo recibí 400 golpes de mal cine, sino que así, mágicamente, se me apareció la voz sabia de Virginia Woolf repitiendo una de sus hermosas frases sobre los esfuerzos del narrador literario al tratar de crear un personaje:“SON MUY POCOS LOS QUE CAPTURAN AL  FANTASMA”.

Totalmente de acuerdo, bella, trágica Virginia. Entre el libro QVLM y la película inspirada en la novela, me atrevo a decir que yo sé bien dónde vive nuestra María del Carmen, la joven que se dejó capturar sin esfuerzo alguno. Bien sabía que el captor la haría universalmente eterna.

Elegía para un americano

Elegía para un americano

Debo comenzar por confesar que el libro de Siri Hustvesdt me llegó accidentalmente, como una donación. Yo sabía que era la mujer de Paul Auster, lo cual hizo que a mi interés de lector, se agregara una curiosidad de estilo.

La novela comienza con la muerte del padre, que ha dejado un diario, transcrito por trechos en la novela, y en gran parte, literal, del que dejó el padre noruego de Siri, natal de Minnesota. Un comienzo muy a lo Auster: los papeles del difunto padre. Se delata Siri, al improvisar el hilo maestro del argumento en una pista que termina por disolver la tensión. El gran misterio de la novela es una declaración contenida en una nota de 1937, que termina acicateando la morbosa curiosidad de los hijos de Erik Davidsen.Los registros escritos habían puesto en evidencia una conducta oculta del padre de Erik e Inga, que por una curiosidad parental, por husmear el lado oscuro de la historia de su padre, termina revelándolo, no como el villano de la historia, sino como el santo. Vaya historia. Para quienes queremos historias, lo de Siri es un divertimento de circunstancia.

Pequeñas y locales tensiones: la agresión de un fotógrafo, el accidente de Eggy, la llegada a la casa de Lisa, la exhibición de los muñecos de ocasión, la sexualidad desasosegada de Erik, las sesiones con sus pacientes y el embrollo de las cartas a Edie. Pero no hay una tensión fundamental, que conmueva.

Es una novela para la cual Siri se preparó asistiendo a hospitales, clínicas, grupos, aulas, talleres; se documentó en neuropsicoanálisis y utilizó los diarios de su padre. Agradece en el epílogo, al Departamento de Medicina Narrativa de la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia.

Por supuesto, no es que la novela sea un mosaico de introspecciones dirigidas, o especulaciones de conducta, es una secuencia de hechos bien enlazada, pero que llega a ser tan aburrida, repetitiva, anclada, que deforma la vitalidad de los personajes. Ellos no se resuelven narrativamente en la relación posible entre sí, se resuelven más hacia adentro. Hacia afuera son convencionales, tiesos, hipócritas, taimados, sin ánimo, sin humor. Tienen el trascendentalismo de los de Manhattan y el oscurantismo de los campesinos de Minnesota.

Termina la novela, publicada en inglés en el 2008 – The sorrows of an American - con una reunión donde habrá de tramitarse civilizadamente el asunto de las cartas, al punto que Inga ha alquilado la suite de un hotel. Todos van a sentarse a la mesa, alrededor del marido muerto de Inga, el padre de Sonia, un realizador de varias películas que escribió varios libros, y además dejó unas cartas a la actriz de sus películas, Edie Fly, que durante un tiempo fue su amante.

Es una reunión tonta, sin argumentos, con tensiones vulgares, que termina con la entrada de un detective aficionado, disfrazado de mujer, el enamorado de Inga, un sujeto que siempre suda a chorros y que ha estado espiando a Edie, para conocer el rumbo de las cartas de Max.

Elegía, no tiene tono de comedia, como la hubiera podido escribir Woody Allen, tampoco el tono trágico de Tony Morrison. Es una novela límbica, híbrida, quizás desabrida, sin electricidad. Qué falta de humor y que opaca ironía.

Ser la mujer de Paul Auster no le ha quitado nada a Siri Hustvedt, pero tampoco le ha dado todo.

Palabra mayor

Palabra mayor

En un taller de escritura para viejos – mayores de cincuenta – ocurrió que en un momento mientras estaban leyendo públicamente, dos de ellos lloraron. Él no se pudo contener mientras evocaba, hacía poco le habían dado un diagnóstico de cáncer, nadie en el taller lo sabía. Ella, lloró entrecortada antes de leer la primera página de Alexis, la primera novela de Margarite Yourcenar. Nos anticipó la dedicatoria de quien le regaló el libro, y se deshizo en llanto por el dolor de lo perdido.

Ambos son resultados emocionales, directos, contundentes, que causa la relación con un texto. Los textos se han hecho demasiado fríos, o los lectores han perdido calor. Por las temperaturas quizás, los talleres de Palabra Mayor. Para ningún mayor de cincuenta será difícil percibir que el riesgo más serio de la vejez, es la soledad. Esa que Gabo convirtió en el signo de los tiempos en América Latina.

Los talleres son una coartada contra la soledad. Un taller es un lugar en donde nos podemos expresar, en donde hay otros como nosotros, en donde se comparte el mismo riesgo, y la vida nos comienza a ocurrir entre el olvido y las trampas de la biología. Un taller es un lugar de reconocimiento, en donde nos escuchamos, nos leemos, nos escribimos. Hacemos todo lo contrario de lo que haríamos si estuviéramos solos.

Un taller es un lugar de reconocimiento en donde se mezclan intelectos, afectos, afirmaciones, puntos de vista, voces, maneras. Un lugar para el reconocimiento, un lugar de intercambio donde se ensaya la reciprocidad. Un clan de amenazados que se reagrupa para hacer frente al invierno de la vida.

Palabra  Mayor es una invitación permanente al sentido. Y el recurso para hacer efectiva la invitación es la literatura. Ese mundo envolvente, una especie de mundo paralelo al cotidiano, que nos invita a la inmersión, a dejarnos llevar.

La literatura, la “segunda edición de la vida”.    

 

Arte degenerado

Arte degenerado

 ¿Corrompe su condición la obra de arte cuando sobrepone una intención distinta a la intención estética? La pregunta lleva al debate de los propagandistas del “arte por el arte” y “del arte por encargo”. Los primeros decían que el arte es un fin en sí mismo. La obra por la obra, con lo cual bien puede el artista prescindir de la audiencia. Como si el arte fuera una especie de narcisismo solipsista, que no se complace en el intercambio. Paradoja trivial, que le propone un contrasentido al arte. El arte sin el otro no tiene sentido. Un principio de la teoría del valor que rige en economía y en estética.

Los segundos decían que el arte estaba al servicio de la revolución, de la causa, en general. Y por lo tanto, todas las obras deberían estar destinadas a fortalecerla. Las que se negaran a hacerlo eran destruidas, desterradas, condenadas. Un arte con agenda externa. Un arte para el otro, es cierto, pero con un costo que ningún arte es capaz de pagar, tener que convertirse en propaganda. Así sea en propaganda literaria, la más perversa de todas, o en propaganda cinematográfica, tan corrompida como la inmediatez del poder. Las “grandes obras” por encargo conocieron el descrédito por el olvido.

La obra por encargo termina no hablando por sí misma. Termina siendo la voz de otros.

La obra de arte, no es un fin en sí mismo, ni es un medio para conseguir algo distinto a la experiencia en obra. No es un artefacto. Es intercambio, experiencia sostenida, emoción y conocimiento. Un proceso, va a decir Adorno.

Es el mismo Adorno el que se pregunta si la obra de arte no corrompe su nobleza cuando se convierte en ideología. El mismo que habla de “la degeneración del arte”, una expresión de la censura nacional socialista a las obras que no le hacían propaganda al poder. Una expresión utilizada por el stalinismo y el maoísmo.

La obra de arte es como un orgasmo simultaneo en la plaza principal, como el que causó el perfume de Grenouille entre los pobladores de Grasse. 

Isaacs reload

Isaacs reload

De la feliz infancia lectora de William Ospina no deberán quedar dudas. Él mismo descubrió los libros, no fueron tarea, ningún adulto le regaló una adaptación. Nadie insultó su inteligencia queriendo hacerle las cosas fáciles, nadie lo engatusó con versiones para simples, lo cual dejó ileso su orgullo de lector. Una infancia así sería la que todos los niños deberían tener. Sin embargo, el hecho crudo, es que muchos niños colombianos no han tenido infancia lectora.

El sentido de la familiaridad y la extrañeza, no solo ha sido un punto de diferencia en el trabajo de hacer libros para niños, para jóvenes, libros de texto, manuales. Lo es de manera superlativa en el proyecto educativo. Si se entiende que el principio motor de la educación es poner al que aprende al borde de lo desconocido, de lo extraño, de lo que no conoce. De qué otra cosa si no, proviene la dificultad de aprendizaje, de comprensión, de verbalización. ¿Si solo nos enfrentásemos a lo conocido, cómo avanzaría el conocimiento? Cualquier texto, sea o no una adaptación, le va a proponer dificultades al lector: palabras que no conoce, expresiones irónicas que confunden, metáforas incomprensibles, oraciones muy largas y referentes distintos a los conocidos.

Julio Cesar Londoño, cita al alcalde Guerrero, en su columna de El País, la semana pasada, reproduciendo una lista de adaptaciones de obras literarias. Uno quisiera entender que es una forma documental de señalar, que lo que ha hecho Londoño con María, no tiene mérito original alguno, es un recurso viejo para conseguir nuevos lectores, y a fe, que lo consigue. Y si tiene mérito, es por la osadía de escribir para los simples, es decir, los que no tuvieron infancia lectora, las víctimas de las "pedagogías" escolares, los que jamás tuvieron biblioteca en su casa, los que a pesar de tener el derecho a la lectura, no pudieron ingresar a la literatura.

Es una apuesta todavía más osada, pensar desde la administración, que una adaptación, pueda ser un recurso para la defensa del patrimonio literario. Si María, la original, no la leen los maestros, ni los estudiantes, salvo tarea encomendada, será que una adaptación puede conseguir que María, así sea en la reescritura de Londoño, se vuelva a leer. ¿Qué tantos lectores convocaría la adaptación de María?

Es apenas natural, que Ospina exprese su incertidumbre frente a la bondad de los resultados. Es la misma que podría tener el alcalde, y la misma que tiene Londoño. No va  a pasar nada con la adaptación, sino se la toma como el motor de una campaña de lectura. María debe ser un pretexto para agitar el potencial social de lectura. Suficiente extrañeza propone una novela, a un lector en ciernes hoy, que muestra un mundo de esclavos felices y amos generosos, de rosales idílicos y cacerías primorosas, de un amor sin besos y un cuervo mañoso.         

No hará falta que Ospina amenace con adaptar a Londoño, su adaptación, más allá de ser el legítimo ejercicio de reescritura de un escritor en otro, es el mejor pretexto para incitar a su lectura. La adaptación de María, es un acto amoroso, que no se conforma con dejar a María enterrada bajo los rosales del siglo XIX.

Si todos los niños fueran como William Ospina, la adaptación de María sería completamente inútil. 

Con ustedes Howard Pacheco

Con ustedes Howard Pacheco

Ciego por accidente, negro, 47 años. Los últimos doce los ha dedicado a hacer un programa de radio, nocturno, de madrugada, en el que conversa con las personas del común que llamen por teléfono. Hasta los quince fue alquilado por su padre para que acompañara en el tren a un manejador de mendigos.

Es un conversador; sabe oír; pregunta con exactitud; y responde con generosidad y precisión. Ha hecho de su programa un “fenómeno de audiencia”. La gente quiere oír a la gente por la radio. Gente ordinaria, la que se levanta todos los días a trabajar y lava su ropa. El programa se llama “La Voz” y se abre con una cortina de Héctor Lavoe. En cualquier parte donde haya alguien que no duerme, hay un oyente. Es un programa para trabajadores nocturnos, insomnes y hasta sonámbulos.

Howard vive solo, con un gato barsino, en una habitación amplia, bien amoblada, a unas pocas cuadras de donde emite su programa, todos los días al filo de las doce, hasta las cinco de la mañana. Todos los días recorre a pie el trayecto, antes de la media noche y en la madrugada.

Howard no tiene familia. Su único hermano murió en la guerra. Su madre y su padre lo dejaron hace algunos años. De dos de sus antiguos romances no quedaron hijos. Es un hombre solo por excelencia. Aunque es conocido por millones a través de la radio. En cada programa puede hablar con ocho, diez o quince personas.

El accidente, como tal, su origen, hace parte del misterio. Nunca se ha referido a él, y es el único tema que se rehúsa a comentar. Ha permitido que muchos de sus oyentes indaguen por su vida, pero respecto al accidente no ha soltado prenda. Las hipótesis son dos, en ambos casos accidentales. La primera, Howard intentó suicidarse, pero el tiro no alcanzó a matarle, simplemente le cercenó los nervios ópticos. La segunda, es que no fue un intento de suicidio, fue algo peor, en una reyerta durante un  juego de ruleta rusa, alguien le disparó.

 Howard es económico al comer, bebe con moderación, de vez en cuando un poco de marihuana. Llega a las cinco treinta a su habitación, se queda un rato despierto, come algo, alimenta al gato, y luego se echa a dormir hasta las dos. Se levanta, toma un baño, sale a comer a un restaurante cercano, donde suele hacer un poco de tertulia. Regresa a eso de las siete y permanece conectado a un radio. Pasadas las once, se abriga, agarra su bastón y sale a la calle, echa a andar tres cuadras hasta el estudio. A las doce en punto inicia el programa.

En el estudio modesto e improvisado desde donde emite la Voz, en un lugar más o menos indefinido, Howard tiene encuentros con una niña de trece o catorce años, que aparece en el estudio, en algunos momentos, no todos los días. De ella no se sabe el nombre, no se sabe casi nada. Entra en los recesos en los que Howard pasa música, o mientras habla con alguien. Y en ambos casos, pese a ser sigilosa y llegar como un espanto, Howard la siente, sin que ella diga nada. Es curioso que él no se refiera a ella por su nombre; como si no lo supiera. Si no fuera porque ella habla, se diría que es como un fantasma. Howard tiene en ella un contacto humano profundo, un encuentro que lo hace vibrar, que lo intranquiliza, que lo satisface, que necesita.

Howard hace el programa porque no tiene otra cosa que hacer en el mundo, pero también porque hablando con la gente, es como todavía conserva contacto con el mundo. Solo que para él, el mundo son las voces de hombres y mujeres que lo llaman para contarle sus desgracias. Voces que buscan consuelo, aunque no lo digan,  y que nadie puede darles. Howard los escucha y hace que millones lo escuchen. No da soluciones, comparte comentarios.   

 

Réquiem por la novela

Réquiem por la novela

Jorge Volpi

"La literatura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos".Ricardo Piglia

Luego de que cientos de escritores, críticos y académicos profetizaran una y otra vez su inminente extinción, al fin es posible certificar la muerte de la novela. Según todos los cronistas, el último ejemplar de esta especie se produjo hace ya cien años: se trata de un pobre remedo de Las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, perpetrado por un tal Pierre Menard* –a la fecha ha sido imposible identificar al autor oculto tras este burdo seudónimo–, y publicado en la ciudad de México en 2605. Basta echar un vistazo a algunas de sus páginas para comprobar la decadencia del género: sus torpes artificios estructurales, su incapacidad para crear personajes redondos, su miseria estilística y su desfachatada inverosimilitud explican por qué el público dejó de leer –y los editores de editar y los escritores de escribir– esta odiosa variedad de la literatura conocida como ficción (una palabra que por fortuna desapareció hace años de nuestras librerías). Ante obras como esta, uno no debería sorprenderse de que la novela haya desaparecido, sino de que no lo hiciera antes.

Pese a sus mil años de historia, la novela siempre tuvo una vida artificial: concebida como un engaño similar a la magia o la hechicería, su poder solo podía prosperar en sociedades con un desarrollo intelectual muy precario (no es casual que Platón expulsase de su República a toda suerte de ‘poetas’, es decir, de mentirosos). De otro modo, ¿cómo podría entenderse que adultos racionales consagrasen tanta pasión a tramar estos pueriles divertimentos? ¿Que hombres maduros e inteligentes disfrutasen sus estratagemas como los niños de párvulos gozan con sus modelos para armar? ¿Qué personas sensatas y honestas no se ruborizasen al exaltar el valor de tantas invenciones?

Durante siglos, las novelas solo sirvieron para confundir a quienes no disponían de otra forma de entender la realidad: su público mayoritario lo conformaban mujeres crédulas, adolescentes infatuados, viejos prematuros, solteros insatisfechos: en resumen, gente ociosa.

Durante muchos años me estremecí al contemplar alguno de esos gruesos tomos plagados de fantasías: cientos y cientos de páginas que representaban cientos y cientos de horas, días o incluso semanas tiradas a la basura. (Pueden imaginar lo que me ocurría frente a supremas muestras de arrogancia como En busca del tiempo perdido o La comedia humana.)

¿Es posible imaginar cuánto hubiese avanzado la humanidad si en vez de malgastar sus energías en estos delirios las hubiese invertido en tareas más nobles y provechosas? ¿Si, en vez de demorarse con peripecias de espías y detectives, enamorados y facinerosos, nuestros antepasados se hubiesen dedicado a agotar libros de filosofía, de historia, de matemáticas? ¿Cuánto hubiese avanzado la humanidad?

¿De qué manera se hubiese acelerado nuestro desarrollo económico, nuestra madurez política, nuestra andadura tecnológica? Por desgracia, nuestros ancestros padecían una predisposición natural –o más bien genética, como se ha demostrado recientemente– hacia la mentira. Tuvieron que pasar mil años antes de que lográsemos extirpar para siempre esta distracción: demasiado tiempo, si se lo compara con el empleado en erradicar enfermedades y virus menos perniciosos.

¿Dónde radicaba, pues, el poder de las novelas? ¿Por qué un género tan nocivo e inútil fascinó a tantos seres humanos? ¿Cómo logró seducir a naciones y épocas enteras?

Si bien desde mi época de estudiante yo siempre me negué a bucear en las pútridas aguas de la ficción –aunque estudié historia literaria, mi tesis doctoral versa sobre el estilo jurídico de las actas del tribunal de cuentas de Rouen en el siglo xix–, la reciente muerte de mi madre sembró en mí el virus de la curiosidad. Si bien mi difunta madre pertenecía a la primera generación que podía jactarse de nunca haber leído una novela, ahora nos confesaba en su testamento que desde hace años se empolvan en el sótano de nuestra casa las incontables novelas que mi abuelo acumuló a lo largo de su vida. Al parecer, la infeliz nunca tuvo corazón para desembarazarse de ellas y, suponiendo que ninguno de sus hijos sería lo suficientemente morboso, se conformó con emparedar su incómoda herencia, convencida de que las termitas se encargarían de convertir aquellos olvidados volúmenes en su alimento cotidiano. La pobre no podía sospechar que su primogénito –es decir, yo mismo– terminaría por abrir las oscuras cajas de Pandora que ella se había empeñado en sepultar.

Unos días después al fin me decidí a bajar a la cava dispuesto a soportar el tedio de aquellas lecturas con tal de explicarme el entusiasmo que mis antepasados sentían por ellas. A pesar de mi alergia al moho, me apresuré a desembalar los maltrechos envoltorios y a conferirle cierto orden a la desvencijada biblioteca de mi abuelo. A primera vista, el gusto del viejo era bastante ecuménico: de las más de ochocientas obras que acumuló a lo largo de su sigilosa existencia –era notario y rico–, identifiqué ejemplos provenientes de casi todos los países y lenguas, si bien una manía indescifrable parecía dirigir sus preferencias hacia la literatura mexicana de principios del siglo xxi.

Solo para contrariar su memoria, preferí iniciar mis pesquisas con los autores ingleses. Y de pronto allí me encontraba yo, semejante a los miles de lectores que me precedieron, disponiéndome a adentrarme en las páginas de la Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy de Laurence Sterne. En cuanto abrí el apolillado ejemplar fui presa de un espasmo estomacal: si bien aquella tarea no estaba prohibida –solo a un loco se le hubiese ocurrido censurar libros que habían dejado de leerse hacía décadas– mi conducta revelaba cierto ánimo subversivo muy poco frecuente en mí.

Al terminar, mi decepción no pudo ser mayor: tal como preconizan los grandes críticos literarios contemporáneos, aquel libro era un puro y simple disparate. Para decirlo en pocas palabras: no entendí nada. Y no por mi incapacidad de adentrarme en las sutilezas del inglés antiguo o porque no apreciase el enloquecido mundo descrito por Sterne: simplemente no me interesaba nada de lo que éste narraba o, más bien, no me interesaba cómo lo narraba. Sin duda, la época resultaba fascinante pero, entonces, ¿de qué servían aquellas páginas frente a los estudios de tantos eruditos que se ocupaban de los mismos temas?

¿Qué podían aportar a los conocimientos que yo ya poseía en torno al siglo xviiibritánico? ¿De qué me servía leer esa acumulación de dislates y atropellos cuando podía sumergirme con más provecho en un buen libro de historia? La novela estaba plagada de caricaturas, minucias cotidianas, sensaciones subjetivas, experimentos estilísticos y burdas divagaciones sentimentales que chocaban por completo con cualquier noción de objetividad. En resumen, mi experiencia resultó terriblemente frustrante: al concluir el libro seguía tan convencido como siempre de la inutilidad de la novela, incapaz de explicarme cómo esas piruetas verbales fueron alguna vez tomadas en serio y, para colmo, consideradas provechosas.

Tratando de paliar mi ofuscación, me concedí otra oportunidad y me precipité en las obras de Austen, Dickens, las hermanas Brontë, Hardy, Forster y Henry James: por desgracia, cada uno de ellos me pareció a cuál más insoportable. Intuyendo un secreto prejuicio contra los escritores de la pérfida Albión, me dirigí entonces hacia sus enemigos naturales al otro lado de la Mancha: Hugo (un bodrio), Stendhal (un escándalo), Flaubert (mortalmente aburrido), Céline (un asco), Yourcenar (patética). Sin escarmentar, opté por unir exotismos y alterné autores rusos y estadounidenses: Tolstoi y Melville, Bulgákov y Hawthorne, Dostoievski y Faulkner, Nabokov y Bellow, Pasternak y Philip Roth...

Ocurrió lo mismo. Ni siquiera vale la pena mencionar los nombres de los españoles, italianos, brasileños, japoneses, checos o turcos que revisé a continuación: unos y otros parecían obsesionados con perpetrar el mismo e interminable error. Fatigado, me adentré por fin en la extravagante pasión de mi abuelo: la novela mexicana de principios del siglo xxi. Aunque intenté revisar concienzudamente decenas de piezas de esta época, apenas pude comprender el entusiasmo de mi abuelo por unos escritores tan desiguales: en efecto, unos cuantos se esforzaban en prolongar la tradición instaurada por Rulfo, Fuentes, Del Pazo y Elizondo, arriesgándose a experimentar con formas y contenidos inéditos, pero la mayoría no hacía sino repetir hasta el cansancio los recursos de García Márquez o bien se limitaban a calcar sin pudor los estereotipos de la novela anglosajona del momento.

En medio de tanta confusión, uno de los pocos aspectos que llamó mi atención fue precisamente ese aire de familia que unía a novelistas de naciones y tiempos tan lejanos; pese a provenir de ambientes tan distintos, era posible reconocer una especie de corriente secreta en muchos ellos. Sin darse cuenta, los mejores pertenecían a una misma estirpe, lo cual les permitía mentir de maneras cada vez más refinadas, como si la historia de la novela fuese la historia de una artesanía que se torna más sutil y estilizada con el tiempo. Algo –y ese algo indescriptible y huidizo era lo que más me irritaba e intrigaba– enlazaba a todos esos novelistas. Comprendí entonces que, si bien su empresa era demencial e incluso irrelevante, no dejaba de poseer cierta coherencia. Esos hombres y mujeres se habían equivocado al elegir la ficción como una forma válida de explorar la realidad, pero al menos estaban convencidos de que su labor podía ser única y valiosa. A pesar de su ceguera, se hallaban convencidos de que la novela no era una simple acumulación de falsedades, sino una forma legítima de explorar la realidad. Y, sobre todo, una manera de conservar la memoria que escapaba de los rígidos moldes de la historiografía o las ciencias sociales.

Sería estúpido afirmar, por ejemplo, que la lectura de Thomas Mann a Franz Kafka o a Hermann Broch permita comprender mejor los albores del siglo xx, pero sin duda estos autores plantean dudas e intuiciones sobre su tiempo –y sobre las vidas particulares de sus personajes– que a un manual de historia le sería imposible siquiera insinuar.

Por desgracia para ellos, sus continuadores de los siglos xxii y xxiii parecieron olvidar rápidamente esta lección. Apostando por una novela nacida directamente del folletín decimonónico, la mayor parte de los escritores de estos siglos fueron los verdaderos responsables de la extinción de la novela. Obsesionados con repetir modelos probados y con simular los efectos de los medios audiovisuales –especialmente de la televisión y de la música pop–, sus mentiras ya no tenían como objetivo conservar la memoria, la mirada y las dudas de sus contemporáneos, sino ser simples mentiras. Como ya había ocurrido en otros momentos de decadencia, la ficción dejó de acercarse oblicuamente a la realidad, y se limitó a regodearse en sí misma con el único fin de entretener.

La novela no murió, pues, de muerte natural: fue asesinada por sus peores practicantes. A fuerza de repetir hasta el cansancio las mismas estructuras y los mismos vicios, de exacerbar las artimañas perfeccionadas en los cinco siglos anteriores y de machacar siempre los mismos temas y los mismos géneros –especialmente el sentimental y el policíaco–, los propios novelistas destruyeron su forma de vida.

Dejando de lado algunos esfuerzos para escapar de esta muerte anunciada –vagos esfuerzos por hallar una forma novelística que no fuese heredera del folletín y que, sin abjurar de la ficción, lograse revelar la realidad–, la novela se ahogó en sus propias excrecencias.

Para mediados del siglo xxi, la novela se había convertido ya en un género desfalleciente y marginal: aunque sin duda fue la época en que se escribieron, publicaron, compraron y leyeron más títulos que en ningún otro momento de la historia, en verdad casi no se escribieron, publicaron, compraron y leyeron auténticas novelas, sino meros sucedáneos. Si uno realizara el recuento de los incontables volúmenes aparecidos a lo largo de estos dos siglos, resultaría fácil comprobar que en muy pocos casos se trataba de auténticas novelas, al menos en el sentido que esta palabra había tenido para autores como Proust,

Joyce, Vargas Llosa o Coetzee: en su inmensa mayoría no eran sino folletines disfrazados –telenovelas, culebrones, miniseries, sitcoms–, cuyos autores solo se empeñaban en utilizar el cada vez más obsoleto formato del papel impreso como una especie de atavismo del pasado. Encaprichados con divertir y entretener –o, en el otro extremo, con regodearse en el lenguaje–, los escritores de este triste periodo perdieron toda capacidad de perturbar.

El resto de esta historia resulta más conocido: durante los siglos xxii y xxiii esta tendencia no hizo más que acentuarse: los editores continuaron publicando millones de libros en cuyas solapas o guardas aparecía la palabra “novela”, pero poco a poco los lectores dejaron de frecuentarlas –es decir, de comprarlas–, asqueados ante tanta desfachatez. De pronto resultaba mucho más útil, e incluso más divertido y estimulante, leer ensayos, reportajes, entrevistas que empantanarse con tanta bazofia imaginaria.

Tras la gran crisis del 2466, prácticamente todas las grandes editoriales abandonaron sus colecciones de novela para dedicarse por completo a lo que entonces aún se conocía como no-ficción. Desacreditado el poder evocador de las mentiras, a partir de entonces los lectores ya solo se interesaron por la más pura realidad o al menos por lo que se les vendía como tal. Fue entonces, a mediados del siglo xxvii, cuando un grupo de agitadores –o más bien de guerrilleros– acometió el último intento de resucitar el viejo arte de la novela. En vano. Aunque en principio su idea pareció subversiva y potencialmente exitosa –durante meses se dedicaron a copiar palabra por palabra las grandes obras del pasado–, a la postre los lectores no se dejaron engatusar por este guiño. Los últimos esfuerzos de esos outsiders, encabezados por el escurridizo Pierre Menard –responsable de las reescrituras de Don Quijote, la Biblia, la Odisea, el Ulises y los cuentos completos de Borges– se resolvieron en el más doloroso fracaso. Anulada esta última tentativa, la novela desapareció para siempre. ¿Debemos lamentarnos? Pongámoslo de otro modo: ¿en nuestros días alguien echa de menos las églogas o los versos yámbicos, los cantares de gesta o los poemas sinfónicos? Las formas artísticas no son eternas, responden a épocas y mentalidades concretas: de nada sirve llorar su extinción o intentar conferirles una vida artificial.

Han pasado diez años desde que bajé por primera vez al sótano y leí el Tristam Shandy de mi abuelo. No puedo afirmar que mi juicio sobre la novela se haya modificado drásticamente desde entonces –sigue pareciéndome un género muerto y sin perspectivas–, pero, si bien reconozco que se trata de un vicio horrendo, de una debilidad imperdonable, de una adicción malsana, no puedo dejar de recorrer todas las noches esa misma escalera para releer las páginas de esos pervertidos que durante un milenio se empeñaron en fraguar sus ficciones. E incluso admito que, en mis horas de insomnio, se me ha pasado por la cabeza –horror de horrores– la idea de tramar yo mismo otra de esas viejas, poderosas, auténticas mentiras.

Sevilla, febrero 8 de 2704

[*] «Pierre Menard, autor del Quijote», es un relato del argentino Jorge Luis Borges, incluido en su libro Ficciones (1944). El cuento empieza con una protesta de un crítico a causa de la omisión del nombre del poeta simbolista, Pierre Menard, en un catálogo. Y para testimoniar eso, menciona la opinión de una baronesa y de una condesa, y aún enumera toda su producción en orden cronológico. Pierre Menard es un oscuro escritor francés recientemente fallecido, cuyo mayor logro fue escribir, en el siglo xx, los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Quijote, y un fragmento del capítulo veintidós. Los capítulos son iguales, en cada palabra y cada coma, a los escritos originalmente por Cervantes. Sin embargo no son una copia. Pierre Menard inicialmente quería ser Miguel de Cervantes, en los años 30, “saber el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918”. Pero la descartó. Le dejó una carta al crítico, relatando todo lo que pasó para escribir su obra, y por qué la escribió. En opinión del crítico… “a pesar de los obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil e infinitamente más rico que el de Cervantes”.

 

Reporteros ornitorrincos

Reporteros ornitorrincos

Julio Cesar Londoño dedicó su columna del sábado en El Espectador, titulada El arte de sacar cronistas de un sombrero, a Ciudad Crónica, el proyecto de formación de cronistas de la FCL en Cali. En la conversación que tuvimos, él en su condición de amigo de la FCL, le referí mi impresión gruesa sobre la experiencia.

El problema de la crónica, o más precisamente de la enseñanza de la crónica, es un asunto de competencias: conocimiento e información, como lo es todo en la educación. Debo proponerme el asunto como un problema de pedagogía, si se quiere sostener como experiencia educativa. El primer asunto, saber qué es lo que realmente enseñamos. El segundo, lo que sea que se enseñe, cómo se enseña. Una propuesta de enseñanza debe responder exactamente a las dos preguntas. Un mayor grado de sofisticación, supondría disponer de una teoría del aprendizaje que prediga, cómo un estudiante aprende lo que se pretende enseñar. ¿Cómo se aprende a ser cronista?

La pregunta de cómo se aprende a ser cronista, es el punto de partida. De principio hay dos aprendizajes. Hay que aprender a hacer reportería. Y hay que aprender a escribir. No basta saber una sola, no basta ser escritor, no basta ser reportero. La crónica no se satisface con los roles dispersos. Se trata de un solo rol, el del cronista. El que sale a buscar, y lo captura, e intenta acomodar al ornitorrinco para la foto.

Un cronista es un “reportero ornitorrinco” que sale a cazar historias, que no son buenas ni malas, son cosas de la vida que pasan, y que dejan un rastro que un reportero ornitorrinco sabe husmear, para seguirle el rastro. Pero la foto, finalmente, que se hace con palabras, esa si es buena o es mala. ¿Pero quién pone los estándares? Para que como en cualquier proceso educativo, se pueda evaluar el aprendizaje.

El estándar en escritura lo pone la lectura. La calidad de lo que se lee influye en la forma como se escribe. La calidad de un escritor, más que por el proceso de enseñanza formal que se hace en los talleres de escritura creativa, se mide por la capacidad de aprender leyendo. Leer quinientas buenas crónicas, y releerlas, para averiguar cómo se escribe, es el mejor e insustituible programa de formación de cronistas como escritores. Todo lo que tienen que aprender de la escritura – narra, describir, juzgar – está ahí.

A lo que se pretende como una escuela de formación de ornitorrincos, una experiencia piloto no basta. Seguiremos ensayando hasta encontrar solución a las preguntas con las que damos alguna legitimidad a la preocupación educativa, para que no vaya a sonar a entusiasmo “positivista”.

Quiera dios que en el camino nos encontremos con prospectos de reporteros y prospectos de escritores, a los que podamos acompañar a caminar, hasta que lo hagan como “monstruos perfectos”.