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Alberto Rodríguez

literatura

La carretera

La carretera

     ¡Viva! desaparecieron los guiones. No se necesitan. Corman McCarthy hizo desparecer los nombres propios y las ciudades. Hace los diálogos sin atribución, limpios, cortantes. A veces parecería que la novela hubiera salido de un guión. Como los primitivos hombres del comienzo, estos del final, dependen en su nomadismo del fuego.           

                               -  ¿Dónde está? 

                             -   Yo no sé dónde está el fuego.

                             -  Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado ahí. Yo lo veo.

Para el padre y el hijo, no se trata de salir del Estado, ir al sur, llegar a la costa. No van a ninguna parte, ya han llegado, están en el infierno y lo saben. El mayor peligro entonces será encontrarse con otros seres humanos, que les darán muerte para comerlos.

La diferencia entre los primeros y últimos primitivos, es que ahora llevan un carrito de supermercado. Eso fue lo que quedó. Padre e hijo, sin nombre ya, ni siquiera una letra como en Kafka. La Carretera es el tercer personaje.

Paul Aster imaginó el final en un lapso anterior – El país de las últimas cosas – donde la descomposición que reprimitiviza – factor de prehistoria – las relaciones de posesión del espacio y las relaciones de humanidad corresponde al final de la vida urbana, antes del nomadismo. Con el libro de McCarthy, la historia tiene el oscuro privilegio de mostrar cómo es eso del retorno.

      Comeos los unos a los otros, ya no será una bárbara orden, que se de a pesar del dios bárbaro al que le correspondió tutelarnos,  sino una opción de sobrevivir. Lo último en desparecer será el hombre, ya desapareció la vida vegetal – la tierra es una oscura superficie calcinada, envuelta en bruma tóxica -, y la vida animal. Podrán entonces caminar por lo que antes fue el Estado de Nuevo México, durante días enteros, sin encontrarse con nadie.

La mayor hazaña de la novela es no encontrase con los otros, con los malos dice el chico, y la mayor hazaña individual, es que su padre nade veinte metros, hasta un barco encallado en el oscuro mar, para ir a traer una pistola de bengalas que ilumine el fin del mundo.

 

 

 

La Cosa

La Cosa

              Alejandro Gaviria, Decano de Economía de la Universidad de los Andes, hizo un comentario en su columna del Espectador (3/5/2009) sobre la última novela de Mario Mendoza, Buda Blues. Me quedan dos impresiones. La primera, que Gaviria leyó la novela como se lee una novela de tesis, amparado en que ”Mendoza ha expresado su propósito de hacer crítica social, de darle a su narrativa un contenido político, de combatir, desde la escritura “el centro, la oficialidad y el interior del establecimiento””. ¿Si Mendoza hubiera expresado su deseo  de ir a devolverle un acordeón al diablo, desde Valledupar hasta la Guajira, sus personajes habrían podido leerse como ficción?  La segunda, que Gaviria no aguantó el libro, su comentario no delata por ninguna parte que hubiera sido capaz  de terminarlo.

Gaviria se declara intrigado e instigado por el libro, lo que equivale a decir, por lo que dijo Mendoza del libro en la presentación y las entrevistas. Y con instigación responde, al punto que lo que debería haber sido un ejercicio público de crítica literaria, parece una sindicación a la novela, y por supuesto a Mendoza. La principal sindicación es que no hay separación entre personajes y autor (tan grave como decir que no hay separación entre legislativo y ejecutivo). Así que Gaviria no lee una novela, no acepta el pacto implícito, y por tanto no puede ponerse como lector de  cartas, de dos cómplices entrañables, – Arturo Belano y Ulises Lima, si quieren una comparación – capaces de escribir parrafadas infinitas, como lo hacíamos en los setenta. Y claro, una cosa es leerse una novela de 400 páginas, y otra, aguantarse 400 páginas de opiniones de autor.

Si a Gaviria las opiniones de los personajes de Buda Blues le parecen absurdas, una sindicación más - que traducida quiere decir: las opiniones de Mendoza le parecen absurdas -  ¿qué dirá del Caballero Tristram Shandy, de Don Quijote, de Bartleby, de Gargantua y Pantagruel?

El problema de las sindicaciones contra las novelas es que al no tomárselas en serio, puesto que se las lee como discurso encubierto de autor, y no como ficción,    por falta de ironía, de humor  - lo que Gaviria dice no encontrar en la novela -, se las exime del juicio estético que se sustituye por el juicio moral o civil contra el autor. Flaubert recusado en los juzgados por el adulterio de Emma.

Gaviria no debería tomarse tan en serio a Mendoza, debería eso sí, tomarse completamente en serio la novela y terminar de leerla. Nos importan más los personajes que los autores cuando hablamos de literatura, ellos bien pueden pasar desapercibidos. Para el novelista no es bueno que se lo tomen tan en serio, salvo que sea un vanidoso – y casi todos lo son – o que esté dispuesto a correr los riesgos del éxito. Cuando nos llega el libro a las manos, su suerte depende de nuestras íntimas relaciones con los personajes. Las sindicaciones rompen el límite del juicio estético, y colocan la ficción - como hecho social - en el dominio del alegato civil contra el novelista. El caso Rushdie, o el poder contra el novelista. O el caso Saviano,  el subpoder de la camorra  contra el cronista.

Una madrugada en Calcuta, a la hora en que los camiones de la basura pasan recogiendo los cadáveres en las calles, el aire periférico de las teorías de Theodoro John Kaczynski y John Zerzan, son cosas a las que Gaviria no les encuentra el humor ni la ironía. Si hubiera tenido respeto lector por la novela, al menos habría advertido en las entrelineas de las cartas, que el tránsito entre la Cosa y el budismo, pasa por un profundo escepticismo.

 


              

 

El país de la canela

El país de la canela

           Confieso que a pesar de la sencilla admiración que tengo por William Ospina y su obra, hice el vano intento de adentrarme un par de veces en su novela Ursúa y no pude. No me consuelo tontamente en la confirmación de otros tantos lectores que conozco, que también desertaron sin pena ni gloria. Sin embargo, en diciembre una niña me regaló El país de la canela y fui capaz de dejarme llevar en tres sentadas, por entre el caudal amazónico de una magnífica novela de aventuras, bien contada, poéticamente broquelada, y cerrada con la confiada madurez de un narrador, al que con seguridad el Gabo quisiera dejar su antorcha.   

 Ursúa salió bajo el sello editorial Alfaguara. Si no estoy mal las ventas han llegado al respetable número de 45.000 ejemplares. El estreno de Ospina como novelista, en épocas en las que “Macondo agoniza”, ha sido un  mérito en ventas que el autor bien se merece; lo que no se merece es que no haya sido un mérito en lectura. Alfaguara invitó a Ospina a España para hablar de futuras ediciones, sin embargo cuando William regresó a Colombia vino con la decisión de sacar la segunda novela del anunciado tríptico con Norma. Si bien no han pasado cuatro meses de haber salido, el libro no se ha vendido tan bien como Ursúa. Como si lo que hubiera fallado hubiera sido la administración editorial de los dos títulos publicados del tríptico.

 Imaginen a muchos posibles lectores que quisieron conocer al Ospina novelista – y que no supieran de la calidad de su obra previa -  y entraron confiados a Ursúa, y que por razones tan necias como las mías, hubieran desertado. ¿Cuántos de ellos van a tener la gana de adentrarse con el gusto suficiente en El País de la Canela?   

 El País de la canela es una larga carta escrita a Ursúa, quien veinte años después de la imprevista e improvisada expedición comandada por Francisco de Orellana – iniciada en el Barco (Ecuador) el 26 de diciembre de 1541 y que vino a terminar el 9 de septiembre de 1542 en la Isla Margarita (Venezuela) – se halla obsesionado en repetirla. Lo que se cuenta aquí pasó veinte años antes. Y a un ritmo distinto al de Ursúa, otro color y con la delicada velocidad narrativa que le confiere el tono de aventura al relato.

 Movido por la novela rebusqué en el fondo de la alacena donde mi mujer guarda las películas, a “Aguirre, la Ira de Dios” - der Zorn Gottes -, el film de Herzog de 1973. Él muestra la expedición de Gonzalo Pizarro en 1561, situada por Ospina en 1541. Por lo que se comprenderá que Aguirre no aparezca en El País de la Canela. Pizarro, una vez perdido en los tremedales húmedos del río Marañón, encomienda a Ursúa (Ruy Guerra en la película), que ha tenido la ocurrencia de traerse a su amante, Inés de Atienza, a seguir río abajo en busca de ayuda. Pero en el tránsito, Aguirre le da el golpe y lo asesina junto con la mujer, el 10 de Enero de 1561, a los 35 años. Acto seguido, Aguirre, sin el menor empacho,  declara “yo soy la ira de Dios” y se rebela contra el rey de España.

 El Amazonas dio buena cuenta de él, como no lo hubiera podido hacer ningún otro rey.

 

Bukowski y la vida

Bukowski y la vida

Santiago Gamboa

                       Qué extraña es, en ocasiones, la vida de los escritores, y qué extraños los modos en que se manifiesta esa rarísima perla que es el talento literario. Por estos días he recordado a Charles Bukowski, ese hombre marginal y alcohólico que escribió una de las obras más desgarradas de fines del siglo XX. Viendo un documental de John Dullaghan sobre su vida supe que su madre era alemana y que él nació en Alemania, llegando a Los Angeles a los cuatro años. Ahí empieza su curiosa aventura vital, pues a pesar de ser hijo único su padre siempre lo trató como a un animal, cuando uno odia a los animales. Golpes, humillaciones, castigos permanentes, gritos. Su padre descargaba su frustración laboral y sus temores dándole palizas al hijo.

Aparte de una personalidad huidiza e inestable, las consecuencias de este maltrato marcaron al pobre Henry Charles Bukowski, apodado Hank, desde adolescente, pues, según un psicólogo, fue ese sentimiento de inferioridad tan poderoso el que le generó un tremendo acné que, literalmente, destruyó su cara, escondiendo sus rasgos detrás de horribles erupciones, cráteres y gigantescas bubas. El propio Bukowski evoca una imagen de su adolescencia en un sueño recurrente: “Estoy a la entrada de una fiesta universitaria. Los jóvenes de mi edad se divierten, bailan y seducen. Antes de entrar me cubro toda la cara con papel higiénico, pero los granos empiezan a sangrar manchando el papel. Entonces me voy a un rincón oscuro y desde ahí observo la fiesta. Bebo en la oscuridad y soy feliz”. Beber, beber. Bukowski fue un alcohólico bastante atroz pues sus borracheras eran de vino, una bebida que provoca guayabos y malestares físicos terribles.

Beber y beber solo, en la oscuridad. A veces acostado en la cama, en los cuchitriles repletos de polvo en los que vivió la mayor parte de su vida. Y luego la escritura de poemas, algo que le generaba una intensa felicidad, tal vez la idea de que podía inventar un mundo sólo suyo, lejos del asqueroso mundo real que lo había herido. Le gustaba sentarse en el ángulo lejano del bar, en la penumbra, donde, según dijo, “la vida puede ser algo hermoso”, y pasar allí todo el día, bebiendo, antes de ir a su trabajo en el Correo de Estados Unidos.

Un día el editor aficionado, John Martin, publicó un libro suyo de poemas en la ahora mítica Black Sparrow Press, y poco a poco llegó al éxito. Martin le había dicho que si dejaba  su trabajo del correo para dedicarse a escribir le daría 100 dólares mensuales por el resto de la vida. Bukowski aceptó y antes de cumplirse el primer mes de pacto llegó a la casa de  Martin  con el manuscrito de una novela, Post Office. ¿Por qué escribiste esto tan rápido, Hank? preguntó Martin, y Bukowski respondió: por miedo.

Con el éxito tardío (tenía más de 45 años) llegaron las mujeres, centenares de mujeres que se metieron en su cama y le hicieron vivir el sexo en forma desaforada. Bukowski había conocido el sexo a los 24 años con una mujer nada atractiva encontrada en un bar, y ahora venía el desquite. Celebridades como Sean Penn y Madonna, recién casados, iban a su casa a oírle poemas e historias; el cantante Bono le dedicó una canción en un concierto en Los Angeles y escritores de todo el mundo lo halagaron. Él continuó en su ciudad, Los Angeles, escribiendo por las noches, bebiendo y yendo al hipódromo. “¿Quién diablos irá a salvarme?”, se pregunta en uno de sus poemas, y responde: “Tendrás que salvarte tú solo”. Fue lo que hizo Bukowski. Se consideraba un monstruo pero, como dijo su esposa Linda Lee, “lo tranquilizó mucho saber que al ser escritor de él emanaba un bien, algo que era un bien para los demás”.


 

Cómo ser un gran escritor

Cómo ser un gran escritor

Charles Bukowski

Tienes que cojerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible,
aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
Y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
No te exijas.
Duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares (en 1977).
Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
Un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
Quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
Más
exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre,
una amante continua.
Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de eso una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
Si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
Hay tiempo.
y si no hay,
está bien

 

 

El país de las últimas cosas

El país de las últimas cosas

A Paul Auster se le ocurrió, en un ejercicio de ficción apocalíptica, un final, pero no a la manera de la ciencia ficción; ese buen género que tanto gusta a los optimistas. Hizo una escenificación desde el punto de no retorno. El lugar del retroceso que cierra el tiempo social de un organismo vivo, como  el auróboro que se devora por la cola. La sociedad termina comiéndose a sí misma.   

Mi amigo Andor Graut tiene un proyecto de cuento, del que jamás recuerdo su título original, porque tan pronto terminé de leerlo, la primera vez,  debí cambiarle el nombre: El  día antes del fin.

La versión de las últimas cosas, antes del fin, las que al desquiciarse ponen fin a la escena humana. Cuenta entre dos y tres años de la vida de Anna Blume en el país, quien  escribe una carta de 200 páginas, a un corresponsal desconocido fuera del país. Le refiere su viaje en busca de William su hermano, corresponsal de prensa perdido en el país. Pero cuando la carta termina, apenas vamos en el fin de la Residencia Woburn.

La novela es un engendro sobrecogedor aireado por el aroma concreto de la ficción de Kafka. Da cuenta en conjunto de lo que podría ser la última década. La verosimilitud que apuntala el horror, se deriva en gran parte, de la forma como Auster concibe el tiempo, de manera histórica, no a la manera de la ciencia ficción, para la que el tiempo no obedece a leyes humanas.

 

Desde luego no se necesita demasiada imaginación para hacer un cuadro proyectado de la degradación ambiental, económica y humana. Hay mucho de donde agarrar, ejemplos sobran. Lo grandioso de la novela es que sea un infierno a la medida de nuestra propia desgracia agasapada en el presente, sin concesiones, sin atenuantes, sin religión.

 

“La gente  que usa el lenguaje fantástico siempre muere mientras duerme” le dice Anna a su corresponsal. Si la carta se ha publicado es porque la carta salió del país. Un enervante país, que deriva su condición de infierno, del hecho de que no hay salida de él. Cuando Anna pretende regresar, va a los muelles y encuentra que están haciendo una muralla a todo lo largo de la costa para separar el país del mundo. Los aviones ya no existen.

 

Auster, el filigranista de la trama, el más querido de los laberintistas,  encantador en el sentido de las Mil y una noches, en lo que nos refiere, no está inventando – es el mayor horror de la novela - las cosas que le dan el aire al horror, cuenta cosas que ya han ocurrido. ¿No hemos visto acaso la nube de moscas que persigue a las nubes de hambrientos  que huyen de las Eritreas, las Etiopias y los Darfures? Un mundo sin orden, sin ley, sin religión, sin posibilidad, sin esperanza, sin futuro, que va muriendo mientras huye.

El país de las últimas cosas: el que va perdiendo la memoria, donde ya nadie nace (Los niños del hombre, de Cuarón), donde se acabó el combustible,  donde ya no hay aviones, donde las calles son grietas de podredumbre. Un país de riesgo en cada esquina, la ciudad sin certeza, “en donde sólo puedes aprender a sobrevivir si aprendes a prescindir de todo".    

El último diario de Tony Flowers

El último diario de Tony Flowers

No estoy seguro de saber a qué se refieren los escritores y críticos cuando hablan de literatura metaficcional. La primera impresión que me causa el término, es que me van a engañar. Deberán disculpar mi prevención, pero soy viejo. Andor Graut escribe un blog metaficcional: fantasía metaficcional. Pobre Graut, se cree todo lo que afirma.

                         La primera referencia a Tony Flowers la tuve googleando como cualquier desocupado, a propósito de la visita de Octavio Escobar a Cali, a darle una mano a la Fundación Casa de la Lectura y a trabajar con el taller Renata de Julio César Londoño. Di con un par de páginas de un tipo, cuyo nombre solo recuerda Octavio, que desarma “El último diario de Tony Flowers”,  para ver qué tiene adentro. El tipo se le mete debajo al texto de Escobar, como un mecánico de carros, para husmearle el culo metaficcional al libro.

El traductor del diario, trasunto inmediato e irremediable de Escobar, recibe la propuesta - a nombre del editor - de traducir el último diario de Tony Flowers (Nebraska 1946), a quien considera “…apenas merecedor del gusto indulgente de las “amigas” lectoras de Vanidades”. El libro comienza con la nota del traductor, seguida de un In Memorian firmado por el editor Spielmann – que debería haber ido primero - , y que a costa de nosotros los lectores, se nos presenta como un censor moral, de la peor especie, que resuelve eliminar del diario lo mejor: el escándalo. Hubiera censurado el expediente Lovecraft, aún a riesgo de defraudar a los estandartes del horror. Pero hubiera sido preferible, que defraudarnos a todos.

Me inclino a creer que las otras dos libretas marrón en las que Flowers llevaba su diario, eran mejores que la que sobrevivió el incendio, y que terminó siendo traducida por un piadoso detractor de Flowers, y publicada por un mojigato. La gracia del traductor está  en  introducir unos macarrónicos pies de página, que más parecen pie de fuerza. Plagados de erudideces informativas, que le brindan la única oportunidad de cobrarse la traducción, limpia, pero sin brillo.      

Hace años se me ocurrió la idea de una novela epistolar, a la manera de Pamela y Clarisa de Samuel Richardson, con espesor político de fondo. Inventé corresponsales en distintas ciudades del mundo y tracé una línea dramática que no sabía a dónde iría. Comencé  a escribir cartas como un loco. Cuando tuve 85 cuartillas me detuve y leí lo que había hecho. Encontré que a pesar de las diferencias entre personajes, en los hechos objeto de las cartas, había en todas ellas una misma e inconveniente voz: la del autor. Sobre impuse mi voz, a la voz de los corresponsales, lo que arruinó la singularidad de la novela, la mayor gracia en la escenificación narrativa.

 He creído necesario por simple consecuencia, leer el libro de Octavio, como lo que es, como un diario. Tony Flowers es un buen testigo de su época, testigo cotidiano de la USA de los ochenta, con un particular y fino punto de vista, para mostrarnos lo que ve, lo que siente. Refleja la vida de un escritor contemporáneo en New York, uno de los más populares de USA, recuerda el Editor, según las listas de autores del New York Times. Pero su diario –la versión traducida que nos tocó en gracia - no tiene el tono de un diario, como si le hubieran extraído el hálito de privacidad y de secreto que le da el aroma a cualquier diario. La voz no corresponde siempre al tipo que vive en el entramado de hechos que nos refiere. Creo que entre el editor y el traductor lo echaron a perder. (Es como si por momentos se hubiera querido hacer una novela a punta de diarios).  Es un diario demasiado perfecto en su forma, demasiado sintáctico, sin las traviesas libertades de todos los diarios, con los cortes y los tics propios de una escritura para no ser publicada.

 La voz de Tony Flowers ha sido amaneradamente maquillada en la traducción, se le han eliminado los barbarismos privados, los giros espontáneos que seguramente lo definían. Es un diario al que se le ha apagado la oscilación de los estados de ánimo, como si Flowers nunca hubiera escrito desaforado, a veces sin ganas, jodido, encoñado, empericado. Los sobresaltos, las dichas, la tensión a que se ve sometido, no encuentran resonancia en la voz normalizada del diario.

 La traducción logró traicionar el desenfado rotundo de la primera persona, que escribe su diario bajo la certidumbre de que nunca va ser leído por nadie, salvo, desde luego, que se trate del diario de un político o un dictador suramericano.

 

¡Lánzate: el suelo aparecerá!

¡Lánzate: el suelo aparecerá!

Como Ulises Lima – el poeta mexicano de los Detectives salvajes – Mario Mendoza estuvo preso en Israel, en donde agarró un insomnio que todavía lo asara. Es un escritor del realismo degradado. (Auster más sucio). Todo el discurso de Mendoza es vehemente, lo que quiere decir: conmueve. Salpica – en dosis homeopáticas - su conversación con algunas invocaciones budistas, a la manera de Borges, sin poder ser fervoroso, pero con el respeto por el principio a la renunciación. No sé si crea en el alma humana, esa entelequia que el budismo rechaza. Con Buda Blues se aproxima al fin de su primer ciclo del nirvana: no pasado, no presente, no futuro.

Mendoza comenzó estudiando medicina. Desde luego fue un digno fracasado que se había envenenado con literatura. Leyó las biografías de Poe, y fue capaz de anudar anecdóticamente necrofilia y romanticismo, como quien hace bucles. Evoca el amor de Poe por Virginia, con quien se sepultó en vida hasta que de su cuerpo salieron gusanos. Y hace que su mano tiemble con vehemencia al proyectarse, imitando la mano de Poe aproximándose al cuerpo cataléptico de Virginia. El temblor de la mano de Mendoza es el temblor de un maldito. Y aún así, dice que el asunto comienza con el proyecto de los hombres del renacimiento: el programa moderno. Descree del “post modernismo”. Huele en el romanticismo el punto de giro del proyecto. El comienzo de la saturación final del sistema, el signo inicial, la primera convulsión. El mismo se contagió de un cierto malditismo que le enseñó a ver precisamente en la frontera entre el subsuelo y el suelo, entre lo claro y lo oscuro, entre lo callejero y lo subterráneo. La franja de donde saca los personajes que mete a sus novelas. En donde encontró a Campo Elías Delgado, ex boina verde y asesino serial del Pozzetto.

Hizo, con no sé qué paciencia, todo los estudios posibles de literatura, terminó en el Instituto Ortega y Gasset. Y luego incurrió en la docencia, como todos los que necesitamos un salario. Un día el escritor se le encabritó y lo obligó a tirar la academia. Renunció en un rapto casi histérico, al leer una frase encontrado en una gruta navaja: ¡lánzate: el suelo aparecerá!

Mendoza no habla mal de ninguno de los novelistas contemporáneos, ni corta cabezas a la manera de Alvarado, ni es capaz de hacer de la denigración una de las bellas artes, como Vallejo. Para él los escritores de su generación forman un equipo. Todos trabajan por la novela, todos resisten, todos trepan, descienden. ¿Cómo se podría denigrar de un resistente? ¿Cómo se podría juzgar a un coequipero?

Ha tenido el tiempo de leer todas las novelas del mundo y se ha impuesto la tarea de escribir tres páginas al día, que imprime al final de la jornada y lee en voz alta a la manera del Gabo, para escuchar su ritmo. Mendoza solfea con las oraciones, divide el párrafo en compaces. Hace escaletas para las novelas. Y trabaja en overol. Es un trabajador de la escritura, que cumple su tarea diaria, para ganarse la vida. Y se la gana resistiendo. Por que para él, escribir es resistir, el acto por el cual la potencia erótica se contrapone al gran mal. Y si hay un escritor del mal en Colombia, que escribe sabiendo de qué habla, es Mendoza.

Los Detectives salvajes o el arte de personaje

Los Detectives salvajes o el arte de personaje

Los Detectives salvajes: una novela de personaje. Son ellos los que ponen el acento a la circunstancia. Ninguna más fuerte que el carácter de los personajes. Quiero decir, circunstancias dramáticas que le dan a la novela esa intensidad que hace sentir que la realidad no basta, y que por eso existe la literatura.

Una ficción, un embuste de seres desocupados que necesitan de la literatura para vivir. ¿De qué si no vivían los real visceralistas? Solamente cuando Ulises y Belano se van a Europa, y se liberan de la poesía mexicana, y se hacen mendigos, suicidas, prisioneros, asaltadores silenciosos, se le escapan a la literatura. ¿Ulises Lima en compañía de Heimito Künst, no asaltaba transeúntes en Viena para comer y beber? ¿Belano no se fue al África a que lo mataran, como Bierce se fue a México a meterse a la revolución mexicana?

Arturo Belano es un trasunto, como dicen los críticos, de Roberto Bolaño, Ulises Lima, su mejor amigo. Escribían al alimón reportajes de los que sacaban para vivir. Y vivían de la poesía, y un poco del periodismo. Y lo estuvieron haciendo hasta que a Lima le dio por morirse.

La primera y la tercera parte del libro son contadas por un narrador. La segunda – la más larga – es contada por 52 primeras personas que sostienen a Belano y Lima como referencias narrativas. Todos se refieren a ellos, todos están amarrados al camino de los real visceralistas en el exilio, fuera de México, de donde debían salir, pero también de la poesía, de la que también a veces se sale.

Si regresan a México tanto años después y se encuentran con el poeta García Madero es para cumplir la otra parte del exilio, la de la poesía en México. Ir a buscar a Cesárea Tinajero al desierto de Sonora es como Pedro Páramo yendo a Comala a buscar a su padre. Todos están muertos, los estridentistas, los cristeros, los revolucionarios, los real visceralistas, hasta la Tinajero, a la que van a buscar como "detectives salvajes", aunque decir salvajes, quizá no agregue nada al sustantivo. Van a buscar un fantasma, que resulta ser el de una rolliza ex maestra de escuela, de espaldas acorazadas y de casi sin palabras.

Los Detectives salvajes cometen una indelicadeza en el remate, y es hacer que el fantasma de Cesárea Tinajero aparezca de carne y hueso, más real que el fantasma capaz de llegar a la hora del almuerzo. Cesárea Tinajero ya estaba muerta, pero ellos no lo sabían. Y cuando la encontraron, no pudieron más que precipitarla a una última muerte, como si ella hubiera estado esperándolos. ¿Pero quién mató a la autora de un único poema que costó no sé cuántas botellas de tequila, del peor; y de una revista de único número? Ella no tenía que aparecer, salvo que se tratase de un ajuste de cuentas necesario.

Es una novela poblada de humanidad, saturada de carácter, de personajes con alma de personas y dotada de una escritura rítmica, sostenida, que le permite al lector bailar. Hablo de personajes que no se dejan olvidar. La mayor gracia a que una novela de personaje pueda aspirar.

En el 2007 la revista Semana, en lo que llamó un “homenaje al castellano”, le pidió a 81 escritores, editores, críticos literarios, entre otros, de España y Latinoamérica, que hicieran un listado de las cien mejores novelas en castellano de los últimos 25 años. La lista la encabeza el Nobel y lo sigue el flácido Vargas Llosa. Sin embargo Roberto Bolaño recibió más votos que ambos, repartidos entre tres de sus novelas. Las cinco primeras:

El amor en los tiempos del cólera. Gabriel García Márquez

La fiesta del chivo. Mario Vargas Llosa

Los detectives salvajes. Roberto Bolaño

2666. Roberto Bolaño

Noticias del imperio. Fernando del Paso

La foto: corresponde a un grupo de real visceralistas, en donde aparece el mismo Bolaño, en la última fila, tercero de izquierda a derecha.

Carta a los hijos de Roberto Bolaño

Carta a los hijos de Roberto Bolaño

 

Queridos Alexandra y Lautaro Bolaño:


No nos conocemos pero soy el loco que ha perpetrado la dirección teatral de la novela que vuestro padre os dedicó a ambos. En primer lugar, me gustaría agradecer a vuestra madre Carolina el permiso para poder adaptar esta magnífica novela que es 2666. Con Salvador Sunyé fuimos a verla en Blanes hace dos años y todavía recuerdo cómo le brillaban los ojos al hablar de la obra de vuestro padre.

En segundo lugar, debo disculparme por llevar a cabo esta imposible versión teatral de la novela. Cada vez que Pablo Ley o yo cortábamos un nuevo fragmento se nos removía el estómago. Pero hemos intentado traspasar al espectáculo el espíritu de la novela, lo que no es del todo malo porque si luego alguien quiere leerla, verá que la gran cantidad de información e historias que hemos dejado de lado convierten esta empresa en utópica, y que su espíritu reside en el todo, y no en sus partes o fragmentos.

Evidentemente parece imposible resumir en una frase todo lo que abarcan las 1124 páginas de la novela. También encuentro injusto reducirla a un conjunto de palabras e ideas como la maldad, la dignidad, los paralelismos y coincidencias, la impermeabilidad del ser humano ante las desgracias que él mismo provoca, el mundo de la literatura (autores, editores, estudiosos, críticos), la muerte, el amor, lo que sabemos y desconocemos de las personas, el sufrimiento, el retrato de la sociedad que estamos creando... Siempre nos quedaríamos cortos. Quizá lo mejor será recurrir a las palabras de vuestro padre en Amuleto: “la avenida Guerrero, a esa hora, se parece sobre todas las cosas a un cementerio, pero no a un cementerio de 1974, ni a un cementerio de 1968, ni a un cementerio de 1975, sino a un cementerio de 2666, un cementerio olvidado debajo de un párpado muerto o nonato, las acuosidades desapasionadas de un ojo que por querer olvidar algo ha terminado por olvidarlo todo”.

Alguien se preguntará por qué os escribo a vosotros, pero al no estar Roberto no me queda más remedio que escribir a aquellos que él llamaba su única patria. Un abrazo de quien, si no ha conseguido acercarse teatralmente a su obra, al menos lo ha intentado con pasión.


Álex Rigola
Director teatral de 2666











Si lo sueños me llevaran hacia ella

Si lo sueños me llevaran hacia ella

 

Hugo Chaparro Valderrama – el Doctor Frankenstein – terminó de escribir la novela en febrero de 1998. 135 páginas publicadas por Alfaguara un año después. Digamos para comenzar que es de esas novelas que se pueden leer en el supermercado, en la cola del banco, en el consultorio del dentista o en el metro. Es de esas novelas que en las primeras treinta páginas no descubren el juego, lo fatal es que no hay juego, se va en ambiguas insinuaciones, en tránsitos lánguidos, en tristes ensoñaciones románticas de Chapinero.

 

Chaparro no aprendió de Woody Allen. Las más lánguidas fantasías de autor, sobreviven si se colocan sobre un escenario tensionado. Los elementos estaban: mansión victoriana en Ontario, rumana lánguida y evanescente, un japonés que no habla, y un narrador bobo, cuyo discurso en primera persona, a lo largo de toda la novela, escamotea el drama. Es una promesa de affaire con vampiresa rumana, contada por un bobo, y lo peor, sentimental.  

 

El autor quería la delicada gracia de la tibia ambigüedad, el estremecimiento irreal de lo manifiesto, un juego liminal de enamoramiento amanerado, en el que participaran tres personajes. El japonés que ha ido a ver películas y no habla. Louis la vampiresa rumana. Y el bobo que ha ido a ver películas y no hace sino hablar, solo por supuesto. Los diálogos son tan frágiles de sentido, como unos espárragos sobre la bandeja.

 

La novela está contaminada de erudideces, de autores y directores, mete el cuento de John Cheever, también conocido como el “Chejov de los suburbios”. Murió en 1982 y dejó las Historias de John Cheever, las cartas y los diarios.

 

Franky quería hacer la novela que le hubiera gustado leer. Ahora ya sabemos con que se satisface.  Está en todo su derecho, también para eso se escribe. Se vale de una primera persona lánguida, tibia, boba, anodina, sin gracia, sin crueldad, un espantajo narrativo que habla como una francesa madura de la clase media. Pero avasalladora en su trivial reflexión. Uno no sabe cómo hace Chaparro para convivir con semejantes personajes.

 

La promesa de drama llega a su más alta cima con un desdoblamiento de Louis, que evoca el expediente de la ubicuidad, la simultaneidad paranormal de las criaturas. Y se resuelve de manera predecible, tranquila, sin energía, en que el japonés se queda a vivir con Louis en la pensión.

 

De lo que podemos estar seguros después de haber leído la novela del poeta Chaparro, es que su novela no estará en el cine, para bien del cine.  

 

Un autor

Un autor

Andrés Barba llegó en jeans, venía de España, 38 años, pero a lo más muestra 30, cabellera abundante y desordenada, calza unos tenis viejos y sucios. No hubo ninguna presentación, ni una palabra acerca de él, como si todo el auditorio conociera al muchacho, que carga con un título en filosofía y otro en filología hispánica, y que ha publicado siete novelas. Con la primera de 1998 – una novela corta de ochenta páginas – ganó el Premio Sender, con la segunda – La hermana de Katia – fue finalista del Premio Herralde. Con Versiones de Teresa ganó el Premio Torrente Ballester. Con su ensayo, La ceremonia del porno, ganó en el 2007 el Premio Anagrama de ensayo. Su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al alemán, al servio al holandés, al italiano. Creo que en el auditorio nadie lo conocía. Fue mejor así, porque no llegó precedido de nada, simplemente se sentó y comenzó a hablar.

El tema: los talleres literarios. Seis momentos de trabajo que utiliza como pretexto para despacharse a hablar de la novela durante tres horas. Ha leído todas las novelas del mundo y ha digerido aquello de un modo afirmativo y sosegado. La tarea del taller – comienza - es educar para pensar narrativamente. Se necesita ampliar la inteligencia narrativa para que la escritura convoque inteligentemente a los lectores. Y algo de esa inteligencia consiste en la capacidad para escenificar, es decir, para inventar lugares y tiempo donde los personajes interactúan de manera comprometedora para el lector. Barba filosofa en voz alta, porque “el pensamiento se hace en la boca”.

La moral del relato. Un tema que como filósofo no puede eludir y como escritor le resulta perceptivamente contradictorio. De una parte acepta que las novelas cumplen un papel moral frente al lector, puesto que tienen que ver con su vida;pero, de otra,  frente a la “suspensión moral” que Kundera se ve necesitado de introducir para marcar la diferencia – que a la novela conviene - entre la vida y la escena, dice Barba, aún bajo el efecto de la suspensión, la novela resultará moral, anulando así el medio de defensa a favor de Rushdie, que puso en escena un personaje que soñó un guionista que a su vez soñó el guión de una mala película en la que moralmente se ofende a un dios.

“Lo extraño no es que nos odien, lo extraño es que nos quieran”. Teníamos que llegar al mal en la novela, y más precisamente a la trivialización del mal, por el cual se lo despoja, o se lo desvictimiza de los efectos del juicio moral. Habla por Hanna Arendt y vuelve a reconocerse presa de esa ambigüedad en la que siempre terminamos instalados cuando nos movemos en la escena levantada entre los fronterizos dominios, de lo que por necesidad de referencia llamamos la realidad, y la ficción.

Y naturalmente el cine que cambió en la novela el modo de narrar. Pero se encanta recordándole al auditorio que hay escenas de novela que jamás el cine podrá mostrar. La prueba de la insuficiencia audiovisual frente a la novela es la voz en off. Hay un intangible narrativo no escenificable en el cine, y entonces Barba nos lleva a Proust: imágenes poderosas de una intuitiva inteligencia reflexiva que pone a los personajes en un constante ejercicio de imaginación-evocación, por el cual el presente se hace comprensible en la medida de un pensamiento no visualmente escenificable en el dominio de la palabra

Y termina con la “ceremonia del porno”. Un relativo incalificable, una ambigüedad moral y corporal, una trampa para moralistas, una bomba para el inmoralismo. En un artículo de Teresa Tejeda, sobre el ensayo de Barba y Montes, ella recupera el sentido contradictorio del porno y de sus formas de pensarlo. Termina preguntándose si hay algo más porno que el porno, que analizar el porno, puesto que no existe una mirada más perversa y obscena que la del crítico.

¿Qué tan pobre es la literatura del Valle del Cauca?

¿Qué tan pobre es la literatura del Valle del Cauca?

A finales de 2007 un artículo de Julio Cesar Londoño, en la fenecida gaceta de El País de Cali, levantó un alboroto provinciano y divertido alrededor de la literatura regional. Palabras más, palabras menos, Londoño reconoce que el origen es Jorge Isaacs y que el presente es pobre, lánguido y aburrido. No obstante se atrevió a hacer una lista de los que a su juicio representan hoy lo mejor de las letras locales. Naturalmente los excluidos protestaron en la pluma del Licenciado Fabio Martínez, quien a su vez publicó su propia lista. En la pugna entre los autores de la literaria regional terminó interviniendo el ex infante terrible de la poesía vallecaucana, Alvarado Tenorio, quien se apresuró a decir que las dos listas estaban equivocadas. Para Londoño el panorama de las letras es pobre – como lo dijo en la reunión de directores de talleres de Renata en Cartagena en Enero 2008 –, para Martínez el panorama no es desolador, hay producción, autores. Se cuida de mencionar que lo que no hay es lectores. Para Alvarado, ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario. Estuve tentado a enviar una nota al País, para burlarme del alboroto que causó la socarronería provocadora de Londoño, su graciosa maledicencia, aplicada al arte de hacer rabiar a los académicos. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, por los días en que se esperaba la segunda respuesta de Martínez, sorpresivamente la Gaceta cerró. (No sé si se enteraron de lo que les iba). Lo que pensaba decir era que la discusión si tiene sentido, salvo que se elimine el derecho a comparar la producción literaria entre regiones. Sería interesante comparar el número de escritores publicados en promedio en un período de veinte años, el número de títulos año, las páginas de narrativa año, el total de ejemplares, el número de editoriales, de la Costa, Antioquia, Bogotá y Cali (un buen proyecto de tesis en literatura). Si Londoño no hubiera sido tan mamagallista y perezoso, habría publicado las estadísticas, habría comparado y hecho públicas sus conclusiones acerca de la relativa pobreza de las letras regionales en el Valle del Cauca. Aclarando, desde luego, que la calidad de las obras, está por encima de estos indicadores. Una literatura regional puede ser pobre en conjunto y sin embargo tener una obra grande. Me parece que hay un primer tramo en el panorama regional que va de Jorge Isaac a Andrés Caicedo, entre la patria boba y la rumba brava. Hay entre estos dos, por lo menos cincuenta autores citables, en un periodo de un poco más de cien años. El siglo fundacional, en el que sin embargo no aparece en el Valle un Tomás Carrasquilla, un Vargas Vila, un Barba Jacob, un García Márquez, un Germán Espinoza, ni un Rojas Herazo. La literatura regional después de Caicedo, tiene tres hitos locales. Humberto Valverde, un escritor de un solo libro recordable, del que hasta Cabrera Infante habló bien alguna vez. Fernando Cruz, el filósofo de café, el narrador que pudo haber sido y no fue, que no debió haber incursionado en las letras, a pesar del oficio que tiene. Y Álvarez Gardeazabal, que dijo haber interrumpido la escritura de novelas, porque para qué si la gente no las lee. El cuadro pues, se completa - de una parte - con un vaticinio regional que nos pone a la altura de las metrópolis posmodernas, donde hay tiempo para especular, como lo ha hecho hasta George Steiner, sobre la “muerte de la novela”.  Capítulo aparte merece Ángela Becerra, publicada en Colombia por Villegas Editores, la misma editorial que publica a Roberto Rubiano, nuestro director nacional de Talleres. A ella hay que leerla con cariño, que aunque menos ciego que el amor, sabe hacerse el de la vista gorda.

La prueba Elisa de la literatura

La prueba Elisa de la literatura

                 Separar la obra de un autor de su posición política, es deshonesto y sobre todo tonto, dice Margarita Valencia en su columna de Arcadia (#26), amparándose en George Steiner. Me pareció un refrito de grasa saturada, eco de una vieja discusión por allá de finales de los sesenta, que hasta donde creí se había cerrado por motivos literarios. Si se tratara de ser completamente honestos y juzgar la calidad de las obras, por las posiciones (acertadas o equívocas) o la falta de posición política de sus autores, el ejercicio nos llevaría a descalificar toda la literatura.                  

 

                                Russeau, para comenzar, no resistiría la prueba. Gorki, tampoco se salvaría. Cuántas veces le pidió Lenin que mantuviera la boca cerrada. Kipling – a quien Valencia trae a colación – se salvaría si lo juzgan los tenderos ingleses, pero se condena si lo juzgan los sindicalistas hindúes. Ni qué decir de Rushdie. En tierras del Islam estaría perdido. Grass también contaría con el voto encontrado de sus lectores. Balzac resultaría fastidiosamente monárquico. Borges estaría perdido, su transparente reaccionarismo lo condenaría eternamente. El Gaviero tendría que ser juzgado por su inocente monarquismo, por su peor culpa política: la negación aristocrática del presente. Fernando Vallejo resultaría consagrado por los anarquistas y enviado a los más profundos infiernos por las “gentes decentes”. Al mismo García Márquez, se le podría reprochar su liberalismo lopista de otras épocas, o su incondicionalidad con Fidel Castro, según quien lo lea. Pobre Reinaldo Arenas y Barba Jacob ¿Y con eso qué se habría logrado? A lo más, patentar la prueba Elisa para las letras.

 

                            Hacer de la lectura de una obra una lectura entre líneas de las ideas políticas del autor, es perdonable si quien lo hace es un oscuro profesor de literatura contemporánea; no puede hacer otra cosa y la academia se lo patrocina. Pero que un lector común enajene la dicha de un viaje estético, al afán de diseccionar la ideología política del autor (en razón de que son inseparables),    no será deshonesto, pero irremediablemente tonto – con perdón de Steiner, que desde luego decía tonterías -  y peligroso. Qué mal le iría a la literatura en esta dirección políticamente arriesgada. Y si no, recuerden la crítica oficial del stalinismo a la literatura de la época, según cómo hubiese votado el autor en el último Congreso de Escritores, o los juicios de reprobación de las obras durante la revolución cultural china, por razón de las “desviaciones políticas” de los autores.

 

                          Para efectos literarios, es tan tonto insistir en la separación como en la fusión, porque la literatura no es “el espejo del alma política del autor”. ¿Qué coños nos interesa el alma política del autor, si la obra es reveladora, exultante, conducente, intensa, recordable? ¿Qué pasaría con el juicio literario  de la obra de aquellos autores desconocidos, sin antecedentes, de los que apenas conocemos su obra? Qué jartera que para ser honrados tuviéramos que leer la biografía antes de la obra, como si estuviéramos en el noveno grado.                          

                         Me temo, que  la columna de Margarita (que en realidad fue escrita para hablar de sus libros favoritos de Kipling) le podría llegar a gustar a Hugo Chávez. Esperemos que no haya leído Arcadia.