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Alberto Rodríguez

El arte de la decepción

El arte de la decepción

“Mi facultad de decepción sobrepasa el entendimiento. Ella es quien me hace comprender a Buda, pero también es ella quien me impide seguirlo”. Emil Cioran

Una de las desgracias ancestrales de los hombres es quedarse sin esperanza. Como si no se pudiera vivir sin esperanza, digo yo, lo cual me pone en circunstancia desgraciada, repitiendo una vez más, el destino de la especie.

Las mujeres y los hombres fueron expulsados en su origen, del paraíso. Para ellos se inventó el infierno. Se hicieron portadores de la peste. Se los dotó con el instinto fiero de la vida y la muerte, la pulsión tanática y la pulsión erótica. Y la historia se les ha ido ensayando paraísos perdidos. Del paraíso comunista fueron expatriados antes de haber entrado siquiera. Del paraíso capitalista se hicieron prisioneros, como en un gran gulag con todas las comodidades. Se entenderá pues, que la esperanza sea el  balso natural en la desgracia.

La esperanza es lo último que se pierde, se ha dicho siempre en el más común de los sentidos. El último balso antes del finis terra. Como si la condición inmanente de la especie la llevara a querer salvarse. Un instinto de supervivencia, dirán algunos. Todo ser vivo busca salvarse, a costa de otros. Es la simple cadena biológica de actuación entre las especies. Pero por desgracia la única especie dotada de esperanza, somos nosotros. Los gatos no la necesitan, porque no tienen el sentido de la desgracia.    

Shakespeare tenía una máxima: no esperar nada. Aunque pocos, quizás, acepten que sea posible vivir sin esperar algo, sin la más exigua expectativa, como si pudiéramos  dejar de ser animales con futuro. Somos los únicos animales con futuro, nuestro sentido del tiempo nos impone un pasado y nos empuja desde el presente a navegar en un océano sin límite. Además no olvidamos. No olvidamos la desgracia. Un fiel cristiano, un fiel católico, entran a la religión poseídos de la necesidad de salvarse. Redimirse del pecado, para hacerse acreedores a la salvación, a la visión cercana y eterna de Dios. Están condenados, tienen sentido pleno de la desgracia, por eso son unos esperanzados.

No esperar nada. Nada. Llevar el escepticismo de la especie al más alto grado, no es sin embargo, una ofensa a la especie. La fidelidad para con la desgracia, que nos hace profundamente trágicos, nos obliga a renovar las esperanzas, en la calidad de vida, la espiritualidad, la economía, el mundo limpio, la paz entre la especie. Todo lo cual no hace sino trasladar el sentido de la salvación religiosa, a la salvación social. La que han prometido todos los sistemas y modelos de  sociedad que hemos tenido hasta hoy.

Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás, dijo Sylvia Plath, lo mismo que ya había dicho Shakespeare. Tal vez no se logre aplastar a extremos irreductibles la pulsión de vida, siempre quedará “un principio de esperanza”, que Ernst Bloch interpretó como la condición utópica de la especie y con la cual afrontamos intelectualmente la desgracia.

Pero nos hemos quedado sin utopías. El mundo solo quiere lo posible. Así que la desesperanza lejos de hacernos extraños a las circunstancias humanas, a las de los animales con futuro, nos aclimata a una desgracia que cada vez menos necesita utopías. Como si la condena hubiera terminado por ser aceptada. Con lo cual mi decepción, el arte de vivir sin esperanza, no me hace menos extraño.

Menos  extraño es el mundo hoy, si se lo mira sin esperanza, menos doloroso que perder la esperanza a mitad de camino, perder la fe, sacrificar el balso. Además si no espero nada, incito saludablemente a que no se espere de mí.

Pajazos judicializables

Pajazos judicializables

En el día de ayer, en un vagón del sistema de transporte masivo de Bogotá, ocurrió un incidente erótico, más allá de los límites cotidianos de tal tipo de incidentes,  en medio del hacinamiento público, que lo convirtió en noticia de la que  los noticieros de radio y televisión dieron cuenta. Juan Carlos Espitia de 32, 1.80, bien vestido, se hizo detrás de Diana Lizeth, en un trayecto en el que el bus iba atestado. Se frotó contra su trasero, mientras ella iba aferrada a una varilla llevando unos paquetes. Una vez se excitó con el roce, se sacó la verga y comenzó a masturbase; cuando sintió que estaba próximo, le tomó la mano a ella, se la puso en el miembro, y se le corrió en la nalga y la mano. Ella gritó, pidió ayuda. Deténgase en la próxima estación. Pero el conductor no atendió su pedido. Mientras tanto la gente que había estado mirando el evento, permanecía sumida en una muda y sorda indignación. Todos habían permitido que Espitia alcanzara a terminar. Cuando al fin se detuvieron en alguna estación, el esposo de ella apareció - como por arte de magia - y le dio una trompada al agresor, a quien la policía detuvo. La justicia podría darle hasta tres años de cárcel por conducta criminal.

Hay cosas particulares en el incidente “sexual”, según lo calificaron los medios. Primero, que un hombre pueda violentar la privacidad y hacer pública ostentación de su deseo sexual, comprometiendo a alguien a quien ni siquiera conoce. Segundo, que la mujer no haya reaccionado de inmediato, en el momento en que se inició el roce. Pero además, la actitud de la gente, que en el fondo fue de complicidad. Nadie hizo nada, nadie la defendió, el chofer no se quiso detener, ningún hombre enfrentó al agresor.

El de ayer no es un acto aislado, todo el tiempo ocurren incidentes provocados por la cercanía forzada que impone el transporte público. Tal vez no hay otro espacio en donde la gente tenga que ir tan íntimamente aproximada, salvo el baile. Y tal vez no exista un lugar en el que el roce, se provoca de la manera colectiva más espontánea. Todos los días, en todos los transportes públicos del mundo, se presentan incidentes similares, que no pasan más allá del disimulado manoseo, la masturbación encubierta, el toqueteo consentido. El de ayer es uno más, sin embargo, la desfachatez exhibicionista de Espitia, provocó el hecho noticioso. Que un hombre quiera que su víctima colabore públicamente con su pajazo, es una desviación de la costumbre. Por eso es noticia.

El Partido Liberal, tan acucioso, hoy mismo presentó una iniciativa para separar los vagones por género. Unos en donde las mujeres vayan aplastadas  entre sí, y otros, donde los hombres vayan en las mismas condiciones. Y CMI inició una cruzada por la decencia y el respeto, para evitar que los hombres se masturben en el culo de las mujeres, a las horas pico.  

Buggly hacker

Buggly hacker

Cuando se supo que desde un negocio fachada en Bogotá se hacían seguimientos, chuzadas e interceptaciones, muchos pensamos que detrás de todo, bien podría estar Monseñor Uribe, al fin y al cabo, es su estilo. El objetivo aparente, entre otros varios, era rastrear y seguir los mensajes de los negociadores del gobierno en La Habana, y naturalmente, los de su contraparte en la mesa, las Farc. Ellas no vacilaron en inculpar oficialmente a Monseñor, en un comunicado leído por Iván Márquez, en el que lo acusan de torpedear el proceso de paz.

Todo es tan colombiano y tan sucio que da para pensar mal, y mal en distintos sentidos. Unos pocos días después nos enteramos que el negocio fachada, no encubría una agencia de la oposición, de la mafia o de los paramilitares, sino del mismo gobierno. Una agencia periférica de la Dirección de Inteligencia del Ejército, responsable de la operación jaque en 2008, dirigida por el Mayor Alonso Guerrero Heredia.

La primera reacción del Presidente fue de irritación y condena. Al punto que antes de que lo fueran a comprometer, fundió dos fusibles operativos, al brigadier general Mauricio Zúñiga y al general Jorge Zuluaga. Lo que vino a costarle un enfrentamiento subido de tono, en do mayor, con el Ministro Pinzón, ministro uribista de Defensa, que condenó las destituciones que le llegaron de la Presidencia. Pero lo más grave políticamente hablando es que la Presidencia no hubiera estado enterada de la existencia de la agencia de interceptaciones. El Presidente también debió creer que era una agencia del Centro Democrático, pero cuando el Ministro le dice que es su propia inteligencia, se sulfura en privado y mantiene la decisión de destituir a los dos altos oficiales, acusándolos de “falta de criterio”. La verdad fue que los destituyó porque no le contaron que iban a poner el negocio.

Hicieron incurrir al Presidente en el mayor ridículo oficial posible, ser deliberadamente desinformado por parte de sus fuerzas armadas, que rompieron la cadena ejecutiva de mando, por una razón tal, que el Presidente no podía enterarse. Pero entonces ¿para quién trabaja el Ministro Pinzón, el mayor responsable? Nadie estaba más molesto con las destituciones que él, y con toda la razón. A los dos militares los destituyeron por seguir órdenes.

¿La información sobre las comunicaciones entre los miembros de la comisión negociadora en la Habana, y los menajes entre la comisión de las Farc, a quién le sirven? Desde luego que el primer beneficiario siempre será el gobierno mismo, y el segundo, Monseñor Uribe. Con todo lo cual y a la vista de los hechos, la responsabilidad de Uribe en el asunto, si bien se cuestiona al ponerse en evidencia que la agencia es oficial, con licencia para espiar, no deja de hacerlo ver como el otro beneficiario, frente al cual el Ministro Pinzón, muestra una corajuda y afirmativa obsecuencia.

Santos debería destituir a Pinzón, que nunca ha estado de acuerdo con el proceso de paz. Pero si no lo hace, por razones de conveniencia, para no exacerbar a los militares uribistas, y a Uribe mismo, porque estamos en elecciones y una crisis de tal magnitud no ayuda a la campaña, habrá aceptado, con lo que tal cosa significa en términos de gobernabilidad, que al interior del gobierno hay fuerzas armadas opositoras al gobierno mismo, que toma decisiones y las ejecuta, fuera de la agenda oficial de defensa del gobierno Santos.

Un gobierno con unas fuerzas armadas filtradas por un oscuro aire conspirativo de tejido fascista, es un gobierno débil. Y eso lo saben las Farc. El mensaje que ha terminado por darse con el incidente Buggly, es que el gobierno que negocia podría no contar con la solidaridad efectiva de algunos sectores de las fuerza activas, exactamente lo mismo que pasa en las Farc.

A corto plazo la destitución del Ministro Pinzón tiene un alto costo político para Santos, pero a largo plazo, le daría ventajas potentes de situación para llegar a la firma del acuerdo para la terminación del conflicto, y en el manejo del pos-conflicto mismo, que está previendo para el 2015.

En Colombia a nadie se le niega una chuzada. Siguiendo el buen ejemplo de Obama.

La privacidad en la era del gueto virtual

La privacidad en la era del gueto virtual

 Eric Darr - de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Harrisburg -, citó el caso de un estudiante de ingeniería que permanecía en Facebook 21 horas diarias. Mientras dormía dejaba el equipo prendido. Algo más adictivo que el sexo, que la heroína, o que el dinero. Hoy, sin embargo,  está sucediendo algo que podría interpretarse como un alejamiento de la “facebookdicción”. Muchos menores de veinte años ya no se hacen socios, o simplemente se retiran. Comprendieron finalmente que FB es el gran patio donde se vigila y se castiga.

FB es un gueto virtual. Círculos fuertemente cerrados, en medio de la apertura de la red. Aun en las comunidades de una misma lengua, ocurre en FB, lo que ocurre en la cotidianidad, que cada quien tiene su círculo. Pero ese círculo virtual se muestra sin reserva, se exterioriza con los ademanes de una privacidad hostigada. Un círculo que se repite, cada quien con sus bromas eternas, con sus poemas amados, con sus noticias perentorias, con sus citas tiernas y crueles, con sus videos, hasta con sus propios pensamientos. Las comillas en FB se han vuelto más relativas que nunca.

Las galerías de fotos son una reedición del álbum familiar. Como en épocas de los abuelos, se trata de compartir la memoria visual de la familia, con las visitas. La diferencia es que en FB tenemos acceso a los álbumes familiares de quinientas millones de personas en el mundo, que se gastan 700 millones de minutos al mes, subiendo y bajando mensajes. Y los comentarios, las bromas, las comparaciones, que se hacen, son las mismas, cursis, triviales, jocosos, agresivas, agudas. Podemos subir una cita de Virgilio y un selfie cagando. Podemos retransmitirlo todo, copiando y pegando, exonerándonos así de cualquier originalidad, podemos quejarnos, exhibirnos como bromistas, o como pelmazos. Podemos coquetear chateando. Ironizamos y nos cagamos en las figuras de la política y el poder. Al punto que FB no está en China, ni Afganistán, ni Irán.   

Nunca antes la privacidad había sido tan pública, nunca antes nos habíamos sentido tan desvergonzadamente orgullosos de lo que somos, al punto de mostrarnos maniáticamente en la red, pero también nunca antes había sido tan difícil resguardar la privacidad, preservarla de los efectos asquerosos de la manía: información para secuestros expres; ser objeto del seguimiento de madres posesivas, maridos celosos, padres compulsivos; ser víctimas del acoso, del chantaje, del cyberbulling, de la ridiculización y el engaño.

¿Cómo prosperó tanto la manía? De la que ahora solo parecen estar salvándose los desconectados y los menores de veinte.  Todo lo que antes había sido relativamente cerrado, se ha abierto. Sin que en mayor grado, la democratización del medio, la elevación de la participación ciudadana, la interconectividad cultural (como se hizo evidente en la Primavera tunecina, la revolución egipcia, la campaña de Obama y las citaciones a las marchas por la paz en Colombia)   nos haya hecho más maduros, más reflexivos, más críticos, más ponderados. Exhibimos nuestra belleza interior, nuestra fealdad externa, nuestro humor, y nos convertimos en maniáticos seguidores de mitos mediáticos, que hacen negocios a costa de la ingenua adicción.

El ranking de las seis páginas de FB más populares del mundo:

1.  Texas Hold'em Poker 39,922,666 

2.  Facebook 37,121,757 

3.  Eminem 32,693,619

4.  Lady Gaga 31,726,784 

5.  Michael Jackson 30,901,028 

 La primera página es la de los adictos al poker, FB tiene 4660 millones de entradas en Google (Mientras Google solo tiene 2640) Y la quinta es la de un muerto. Una hipótesis seductora: el tiempo en conexión corre más rápido que el tiempo en desconexión. 

 

La fulgurante división azul

La fulgurante división azul

Los hermanos visigodos llevaron a cabo hoy su convención azul, para protocolizar una división que todos se tienen merecida. A cada quien lo suyo y que toquen a rebato las campanas.

La tragedia del partido conservador es que dejó de ser factor activo de poder. Históricamente murió, aunque todavía haya senadores octogenarios, o quizás por eso, y pírricas huestes azules que llenan salones, al mando de comisionistas del poder. En palabras colombianas: se acostumbraron – los conservadores - a comer sobrados de mermelada, de la mano de los gobiernos de turno, que los fletan para que les hagan la segunda en el Congreso y los ministerios, a cambio de puestos. (Cuatro congresistas conservadores radicaron en la semana inmediatamente anterior, casi ciento cincuenta hojas de vida en el Incoder. ¿Cómo votarían hoy en la convención?) Si alguna vez el partido conservador tuvo vocación de poder, hoy no tiene más que vocación de mantenido.

Como en cualquier convención que se respete, se produjo un lamentable episodio convencional, protagonizado por las huestes azules, que llegaron divididas en proporciones que parecían equitativas, entre quienes quieren seguir comiendo mermelada de la mano de su patrón Santos, entre quienes por afinidad histórica, buscan la mano firme y tendida de Monseñor Uribe, y los que buscan emprender una fulgurante e independiente carrera al fracaso, con candidato propio.

El resultado: los visigodos salieron proporcional y equitativamente divididos, aunque la votación haya sido abrumadora para Martha Lucia Ramírez, una señora que fue Ministra de Defensa de Monseñor Uribe, tal vez su mejor crédito. 1074 votos de 2600 convencionistas que votaron en medio de una zambra azul que hostilizó la convención, en particular cuando el senador octogenario, se paró ante la tribuna para pedir que votaran por la mermelada de la paz. Solo faltaron tomates uribistas. Debió abandonar el recinto acompañado por algunos de los más connotados comisionistas.

Así las cosas, los otros 1500 votos parecen haberse repartido entre quienes quieren más mermelada, y entre quienes quieren más tomates. Un lamentable espectáculo de galería, que Don Omar Yepes “moderó”, amenazando con que se suspendería. Habría sido lo más digno y habría permitido que hoy mismo en la noche, se nombrara una comisión de compromisarios para estudiar la situación.

Pastrana, el ensayista fallido de la paz, terminó adherido a la mano firme, del ensayista fallido de la guerra; limpios ambos de mermelada, puestos por el destino en el flanco más hirsuto y fanático contra la paz de Santos. El Senador Gerlein, a salvo, a esa edad no se está para patear la lonchera. Y Doña Martha Lucía Ramírez, encabezando una cruzada por la vigencia y el honor político del partido, que terminará en un lánguido chorro de babas electoral.

Lástima que no se les pueda desear larga vida a los hermanos visigodos.  

Aun no sabemos quién va a quedarse…viendo un chispero

Aun no sabemos quién va a quedarse…viendo un chispero

“Petro, amigo, el ego es el enemigo” dicen Tola y Maruja que leyeron en un grafiti. No está demás que Petro se cuide de los enemigos interiores. De los exteriores ha sabido cuidarse, con una estrategia simple, todas las formas de lucha pacífica. Y no como dice, Felipe Zuleta, todas las formas de lucha. Y nada tiene que ver con que Petro haya o no sido militante del M 19. Es una cuestión de supervivencia política. Lo van a sacar de la política por lo que le queda de vida, la derecha le quiere cortar la cabeza, porque su cabeza, donde está, puede hacer demasiado daño.

Cuando a uno lo van a matar políticamente hay que defenderse con todo, ni más faltaba. Hemos visto a Petro encaramado en el balcón del Palacio Liévano, con aires gaitanistas de caudillo pidiendo silencios prolongados contra el golpe de estado, y lo hemos visto escoltado de una cuadrilla de hábiles abogados, que haciendo uso de todos los instrumentos legales, han retardado la ejecución del fallo administrativo del Procurador Ordoñez. Lo hemos visto haciendo lobby en Washington. Y lo hemos visto declarando ante la prensa. Algo que Samuel Moreno jamás habría podido hacer, de principio resultaba indefendible. La causa de Petro no está perdida aunque se pierda.

Una de las más serías objeciones al fallo del Procurador surge del artículo 23 de la Convención Americana. De la que se desprende, que a pesar de que la Corte Constitucional, reconoce la facultad del Procurador para juzgar y sancionar a funcionarios públicos elegidos por voto popular, explicita que los funcionarios elegidos, si bien están sujetos a sanción de la Procuraduría, no pueden ser destituidos sino por autoridad judicial. (La única que por razones civiles o penales destituye a funcionarios elegidos).

En otras palabras: si bien el fallo administrativo del procurador es legal en términos de constitucionalidad colombiana, no es suficiente para destituir a Petro. Para hacerlo legalmente se necesita el fallo de un juzgado.  Habrá que encausar penalmente a Petro, para que al cabo de un proceso, se lo destituya sin violentar los acuerdos suscritos en la carta de la CIDH.

Santos en Davos, estrenando párpados y con bolsas violáceas bajo los ojos, no da muestras de haberse percatado de la riesgosa seriedad política que tiene entre manos, cuando deba firmar un decreto ratificando el fallo del Procurador y decretar, bajo su responsabilidad, el alcalde interino.

 

Iglesia ministerial de Jesucristo internacional

Iglesia ministerial de Jesucristo internacional

Por el nombre nadie se podrá quejar. Es una corporación de carácter ministerial e internacional, que recauda fondos para fines muy nobles, como por ejemplo, sostener a unos cuantos pastores ovejeros, Morenos y Piraquives, que ganaron desde hace cuarenta años, en tierra del Señor, la franquicia para representarlo. Como tal, son intermediarios sin credibilidad, pero con mucha credulidad. El más infecto, aborrecible, podrido, malsano y contagioso mal.  

Denme un poco de retórica y un puñado de imbéciles y haré una iglesia. Un mercado de la fe con tasa de retorno. Las iglesias en Colombia, que se cuentan por miles, producen en un año, más que lo que vale el presupuesto de salud, 36 billones de pesos. La economía de los pastores se ha ganado un lugar en el PIB.

El negocio de la fe, no obstante, no es difuso, se soporta en una formulación, que llaman “miraísmo®” - marca registrada – que aparece como andamio ideológico de la Iglesia. Se propone algunas cosas modestas: la renovación humana absoluta® - marca registrada -, un modelo de conducta humana y una ideología de valores. Globalización de ideas políticas. Ampliación de la plataforma miraísta a nivel mundial. Y entre algunas que no mencionan, la creación de un banco, de una mutuaria para apoyar pirámides, y una sección casi sagrada, la de lavado de activos. Aleluya.

La señora Piraquive, a decir de sus fieles, es al Mira, lo que Pachito el Che al catolicismo. Ni más ni menos. Si el uno tiene su Vaticano, la otra tendrá el suyo en la Florida. Y eso cuesta. Cuesta mantener a un Obispo en Buenos Aires, varón santo, que al lado de su prédica hace rendir el capital de la fe, en negocios non sanctos con la mafia.

Quizás faltó en la plataforma del miraísmo, un último principio, útil a los políticos, los pastores y los pastores políticos: el fin justifica los medios.     

El fascismo eterno

El fascismo eterno

                                                                 Umberto Eco

El fascismo fue, sin lugar a dudas, una dictadura, pero no era cabalmente totalitaria, no tanto por su tibieza, como por la debilidad filosófica de su  ideología. Al contrario de lo que se puede pensar, el fascismo italiano no  tenía una filosofía propia: tenía sólo una retórica. “El fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia. El fascismo era un totalitarismo difuso. No era una ideología monolítica, sino, más bien, un collage de diferentes ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones”.

 La prioridad histórica no me parece una razón suficiente para explicar por qué la palabra «fascismo» se convirtió en una sinécdoque, en una denominación pars pro toto para movimientos totalitarios diferentes. No vale decir que el fascismo contenía en sí todos los elementos de los totalitarismos sucesivos, digamos que «en estado quintaesencial». Al contrario, el fascismo no poseía ninguna quintaesencia, y ni tan siquiera una sola esencia.

 El término fascismo se adapta a todo porque es posible eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre podremos reconocerlo como fascista. A pesar de esta confusión, considero que es posible indicar una lista de características típicas de lo que me gustaría denominar Ur-Fascismo, o fascismo eterno. Tales características no pueden quedar encuadradas en un sistema; muchas se contradicen mutuamente, y son típicas de otras formas de despotismo o fanatismo, pero basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista.

1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos, de la revelación recibida en el alba de la historia humana encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas.

Cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio Romano. Si curiosean ustedes en los estantes que en las librerías americanas llevan la indicación New Age, encontrarán incluso a San Agustín, el cual, por lo que me parece, no era fascista. Pero el hecho mismo de juntar a San Agustín con Stonehenge, esto es un síntoma de UrFascismo.

2. Rechazo del modernismo. La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como irracionalismo.

3. Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas.

4. Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.

5. Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.

6. Llamamiento a las clases medias frustradas. En nuestra época el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría.

7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.

8. Envidia y miedo al “enemigo”.

9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.

10. Elitismo, desprecio por los débiles.

11. Heroismo, culto a la muerte.

12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas.

13. Populismo cualitativo, oposición a los podridos gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de Ur-Fascismo.

14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality-show.

El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo.

Two Jacks

Two Jacks

El 19 de abril de 1856, Tolstoi de 28 años, dice en una página de sus Diarios (1847-1894) que ha terminado la novela Padre e Hijo, a la que siguiendo el consejo de su amigo y poeta Nekrasov, le cambió el título, por el de Los Dos Húsares”. 

 “Two Jacks”, en el original de la película de Bernard Rose, fue estrenada en 2012, y traducida equívocamente al español como Dos jotas, que afecta el sentido original que pretendió Tolstoi. El film es una adaptación libre de su novela, una historia que da lugar a otra, veinte años después, con el recurso de comparar dos generaciones metidas en el mismo negocio. 

 El legendario director de cine Jack Husar (Danny Huston), bebedor, tahúr, mujeriego, canalla y pletórico de un encanto clásico y de un gusto a toda prueba, regresa a Los Ángeles para conseguir fondos para su próximo largometraje. Un hombre lo reconoce en el aeropuerto, a donde quien dijo ir a recogerlo no apareció, así que acepta que su admirador, una víctima honesta del fracaso, lo lleva a recoger  a su perro. Es un rasgo insalvable de comedia, lo cual no hace al film una comedia. Husar es un canalla bueno que se halla en el límite entre el drama y la comedia. Tanto lo será, que a la salida de una fiesta, se saca a la corista, una eslava que canta en ruso,  la sienta en el espaldar de un convertible prestado, que conduce sin pase. Al frenar bruscamente dispara a la corista hacia atrás, sobre la calle, tal vez de lo borracha que iba no alcanzó a pasar nada, la otra mujer que iba con ellos se baja para auxiliarla, pero Jack continúa feliz por el boulevard, como si lo que se hubiera caído no fuese más que una lata de cerveza.

El regreso de Husar a Hollywood es un recurso narrativo del film para pasarle revista a la galería de personajes de la “meca del cine”: el productor mafioso, el productor fracasado, el productor millonario, la diva, el guionista. De todos se burla, a todos muestra como espantajos más o menos vistosos, más o menos siniestros.

 No es una comedia, eso sería un insulto para el espíritu de la obra de Tolstoi que inspiró la adaptación. Es un drama, salpicado por el humor natural de las circunstancias ordinarias de la vida. Ni más ni menos: la prueba comparativa del encanto entre generaciones, la de Husar padre y la de Husar hijo.

 Veinte años después de muerto Jack Husar padre, regresa Jack Husard hijo (Jack Huston), a la misma ciudad para dirigir una película. Termina llegando – gracias al guionista - a la casa de la exdiva, con la que su padre tuvo una torrencial noche de amor, y que hoy tiene una hija de su misma edad. Aquella teme encontrarse con Husar hijo, cae víctima de cierta ansiedad, se inquieta,  recuerda la noche de amor con el padre, luego de haber bailado en una fiesta - con trompadas celosas incluidas - un tango lento y sincopado.

Jack Husard hijo es una caricatura, de director, de hijo, de canalla, tal vez no reproduce el hijo de Tolstoi. Carece de todos los encantos de su padre, aunque es igual a él en sus bellaquerías, en sus gustos exclusivos, en sus antojos y nimiedades. Pero no conoce la ciudad, y carece de la suerte de su padre. Todo se le viene abajo, a causa del escándalo, lo echan de la producción, lo pescan ebrio, como a su padre, pero la policía veinte años después ya no reconoce  a Husar.

 El final, es la de un pobre guiñapo, sin alma, abandonado, en el mismo lugar del aeropuerto a donde su padre había llegado. Un final a color y sin luz, en el que el fantasma del padre, pretende ayudar a lo que ha quedado del hijo. Muy mal parada sale la nueva generación en el film. Es una película nostálgica, muy evocadora de otro tiempo, y muy devastadora del actual. Bernard Rose, rodó la parte de Husard padre en blanco y negro, a la manera del viejo cine, perdurable y gris. Y la historia de Husard hijo, a color, pero sin la gracia de la luz, con el filtro ámbar del fracaso.

 El guionista y el director de Two Jacks, hicieron una película para dejar bien plantada la generación de los padres, y como una plasta a la de los hijos. Se les agradece el encomio en blanco y negro.  

Bahía de los misterios

Bahía de los misterios

Roberto Ampuero es un buen tipo a pesar de ser Ministro de la Cultura del pelmazo Piñera. Declaró que la novela estaba terminada antes de que lo nombraran en el cargo. Vuelve con el eterno Cayetano Brulé, el detective cubano, cincuentón de mostacho y buen gusto en la mesa. Es su novena novela.

Bahía fue declarada la novela de la FIS, en su edición 2013. El título nos lo va a quedar debiendo. Da la impresión de esos títulos, que se ponen forzados por las circunstancias, una vez se ha terminado el libro. Un título falsamente descriptivo. La palabra bahía no es representativa de la historia. Y los misterios son los lugares comunes de la novela negra. Un derroche de falta de ingenio, que hasta podría dejar satisfecho al editor. Yo habría titulado: El año en que los mayas descubrieron Irlanda.

El detective Brulé. Una cabeza decapitada. El oscuro mundo académico. Los fascistas. Y las hipótesis. Ahí está todo en la licuadora, para que en proporciones tónicas, se ponga en marcha la intriga. Ampuero es un novelista cosmopolita, así que para resolver el crimen, Brulé deberá ir a Chicago, a la academia, al DF, donde la Santa Muerte, a New Orleans, donde están los mejores restaurantes, a Galway en Irlanda, porque ahí, a la costa oeste de Irlanda, llegaron en cayucos más grandes que carabelas, los mayas, mucho antes de que los vikingos llegaran a Terranova en el siglo X, antes de que los chinos llegaran a California en 1422, y naturalmente, con diferencia de siglos, al momento de la llegada de Colón a las Antillas. Y termina en Pyongyang, en donde existe la única prueba testimonial de la llegada de los mayas a Irlanda, llevados por la corriente del Golfo, que nace en Yucatán.

No se podrá negar el ingenio puesto en la trama, la originalidad de las hipótesis. Durante la mitad de la novela Brulé se ocupa de investigar oscuros académicos que albergan una dosis tan alta de soberbia como de envidia. Pero las circunstancias impiden, que el sano debate académico, se hubiera visto reemplazado por la vendetta justiciera de los fascistas. El leit motiv de la novela es la defensa de un punto de vista histórico, que corre paralelo al debate sobre si los europeos descubrieron América, o fueron los mayas los que descubrieron Europa. Porque de haber sido así, el narrador juzga exageradamente, que el mundo actual se transformaría, se conmocionaría, a tal punto, que ya no sería el mismo. Yo digo que de haber sido así, no pasaría nada, porque el hecho histórico definitivo, no fue el descubrimiento, sino la conquista.

La novela es limpia y ágil, pero facilona. Peca por lo que pecan las malas novelas negras, por la facilidad de indicio, por el deux ex machina de las pistas, por la carencia de dificultad dramática, porque todo resulta, porque no hay contratiempos legítimos, porque el antagonismo se manipula a favor del detective. No hay una crisis auténtica en la investigación; la facilidad de la pesquisa hace previsible el accionar de Brulé. Y eso le resta empuje a la trama. La trama, por momentos se trivializa. El viaje a Pyongyang es toda una trivialidad, la visita al museo, el hallazgo de codex maya, con el registro crónico del viaje. Es la apoteosis de la facilidad. Entró y salió a Corea del Norte, como quien va a Panamá. A partir de ahí, la novela se cae. La secuencia en Cádiz, cuando Brulé descubre la sede de los fascistas, es una ridiculez. El detective cincuentón, que se ahoga al correr, semicalvo, pasado de kilos, burla a toda la organización de fascistas que protege el honor de la tradición eurocentrista, hasta convertirse en Jason Statham chileno.       

Lector artificial

Lector artificial

Juan Manuel Acevedo

 Nuestros tiempos son sombríos,

Los hombres parecen necesitar

un aire artificial para poder sobrevivir.

  Ricardo Piglia

Toda lectura permite la respiración. Se respira naturaleza y deidad en los clásicos; se respira trasgresión e ironía en los románticos (sobre todo en los alemanes); se respira objetividad en los realistas; se respira velocidad en los futuristas, caos en los dadaístas y vitalidad en los surrealistas. Ahora bien, en algunas autores la respiración es débil y es necesario  acudir a artificios narrativos para dar vida a la obra. Este es el caso de la primera novela del escritor argentino Ricardo Piglia.

Respiración artificial es lo que necesita, según Piglia, la literatura argentina de la primera mitad del siglo XX, pues tras la muerte de Roberto Arlt y el reconocimiento de que Borges es el mejor escritor argentino del siglo XIX quedan pocas esperanzas en las letras del Rio de la Plata. “Lo exánime en esta novela es tanto la historia como la literatura argentina, que han sido enterradas, plasmadas, petrificadas bajo un molde estéril; ambas son cuerpos momificados, guardando pacientemente el aliento de resurrección que las impulse a ponerse en pie nuevamente”[1]

Respiración artificial encarna así los anuncios de Hegel y Fukuyama sobre la muerte del arte y de la historia, solo que para Piglia todavía hay esperanzas de resurrección de esa parálisis simbólica a la que se ven sometidas. Como aquellos cadáveres a los que les crecen las uñas, la literatura y la historia argentina persisten en el tiempo gracias a escritores anómalos como Arlt, Sábato y Chernov.[2]

La escritura laberíntica y fragmentaria que va y viene entre el pasado y el futuro y los diferentes narradores de las diversas historias, hacen de la novela de Piglia un ovillo oscuro, difícil de digerir de manera natural. Los monólogos, las cartas y los documentos proponen una obra abierta que permite descubrimientos insólitos, como el encuentro de Kafka con Hitler o enfoques críticos que proponen una nueva interpretación del pasado, no en vano Piglia abre su obra con un epígrafe de T.S. Eliot: “Teníamos la experiencia pero nos equivocamos en cuanto al sentido, y el acercamiento al sentido restaura la experiencia.” Esto en palabras de Seymour Menton: “refuerza la imagen negativa de la historia patria y reafirma la obsesión de los intelectuales argentinos con la cultura europea.”[3]

Del mismo modo queda planteada la arrogancia y falsa erudición de los escritores argentinos, pues desde el epígrafe del Facundo de Sarmiento  y a lo largo y ancho de la obra de Borges se presenta una necesidad cosmopolita, que no es mas que el complejo de inferioridad con Europa en donde los epígrafes nunca se escriben en español.

Esos elementos extraños, que no solo aparecen en la literatura sino que también se presentan en la política argentina, transforman la historia y la convierten en una disciplina cifrada por códigos secretos, es por esto que en Respiración Artificial el lector es una especie de historiador de las excepciones o literato patafisico que descubre a los anormales de Boedo y le cae en gracia que escriban como una patada en el culo.

En cierto sentido, se trata de decir la miseria, lo que ella es y lo que significa, a través de una suerte de desmesuras lingüísticas que hacen referencia a los inicios de lo grotesco literario, cuando en la edad media y el renacimiento se utilizaba otro lenguaje (vulgar y grosero) para igualar las jerarquías sociales dentro del carnaval. Aquí, lo que la literatura logra con el exceso de referencia es la ignominia de la pobreza reflejada en un nuevo estilo, que surge de la mezcla del humor y la perversión e involucra un nuevo decir.

Al respecto, Ricardo Piglia, heredero de la tradición Arltiana, afirma: “El estilo de Arlt es una masa en ebullición, una superficie contradictoria, donde no hay copia del habla, trascripción cruda de lo real. Arlt entonces trabaja esa lengua atomizada, percibe que la lengua nacional no es unívoca, que son las clases dominantes las que imponen, desde la escuela, un manejo de la lengua como el manejo correcto; (...) Ese estilo de Arlt, hecho de conglomerados, de restos, ese estilo alquímico, perverso, marginal, no es otra cosa que la transposición verbal, estilística, del tema de sus novelas. El estilo de Arlt es su ficción. Y la ficción de Arlt es su estilo: no hay una cosa sin la otra”[4].

Piglia propone entonces una relectura de lo establecido bajo el antiguo canon, es decir que no solo nos presta el respirador artificial de su novela, sino que además nos da esperanza de vida a los lectores que cansados de la artificialidad de algunos escritores argentinos imploramos por la violencia de un “cross” a la mandíbula.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1] DE LA TORRE, Osvaldo. Hitler precursor de Kafka. Indiana: Universidad de Notre Dame. P.7.

[2] Hay que aclarar que Piglia no hace referencia alguna al autor de Amores Brutales.

[3] MENTON, Seymour. Caminata por la narrativa latinoamericana. Mexico:F.C.E. 2002. P.749.

[4] PIGLIA, Ricardo. Respiración Artificial. Bogotá: Tercer mundo editores, 1993. P. 140-141.

Respiración artificial

Respiración artificial

Es una novela bárbara si es que se le puede llamar novela. Asumamos que lo es para hacer el comentario. Ricardo Piglia, su autor (1940) es conocido por el teorema de la doble historia. Respiración, es el centro de su carrera, antes están La ciudad ausente y Plata quemada. Y después, Formas breves, El último lector, y la que nos acaba de entregar, después de un receso de más de una década, El camino de ida. Respiración es una bisagra personal en el desarrollo de las novelas de tesis. No es que el ensayo esté debajo del relato, está a su lado, van juntos. Es un ensayo pródigo, que se hace con el recurso de las cartas y las exposiciones, a la manera de Mann en la Montaña Mágica.

Piglia es un bárbaro. Para el año ochenta del siglo pasado, cuando se publicó la novela, ya tenía la tesis. Haber hecho una novela de tesis, en ese entonces, fue mucho más bienaventurado que lo que sería escribirla hoy,  cuando las novelas de tesis son seres ignotos de otra época, y cuando las novelas en papel reducen cada vez más su mercado, sus ventas, de manera que haría pensar que las editoriales de papel están tocando a su fin. Autores como Dan Brown, Stephen King, Coelho y Murakami, están bajando en ventas, de manera proporcional a como se agranda el mercado no formal del libro digital.      

Respiración artificial es un texto en el que se siente que el escritor lo dio todo, todas las voces, todas las generaciones, con la singularidad de un relato sencillo, sobrio, pero ante todo en un tono inquebrantable, sostenido, poderoso. Y con el efecto de generalidad de un ensayo, un ejercicio de construcción de pensamiento, con el que busca mostrar dos tesis. (Conocido es el valor de crítica literaria que le concede Piglia a la novela). La primera es que nadie escapa a la línea de la herencia cultural, nadie escapa al ADN de la saga familiar. Y la segunda, que Mi lucha, de Adolfo Hitler, es la cima del desarrollo del pensamiento burgués en occidente, la apoteosis invertida y lógica del Recurso del Método, de Descartes.

El epígrafe de T.S. Eliot: “Teníamos la experiencia pero perdimos su sentido. Acercarse al sentido restaura la experiencia”, es el código de las tesis, para acceder a la estructura narrativa de la novela, y para la búsqueda de sentido con que un lector podría recobrar la experiencia, a través de un cuerpo de pensamiento muy grande y una línea de acción muy pequeña, que Piglia reúne con el más cauto sentido de síntesis que pueda tener un novelista. La novela fue “concebida como un sistema de citas, referencias culturales, alusiones, plagios, parodias y pastiches (...) es la puesta en escena del viejo sueño de Walter Benjamin ("producir una obra que consistiera únicamente en citas")…".

La primera parte de la novela, esencialmente epistolar, desarrolla una trama de cuatro personajes, de distintas generaciones -el tío, Marcelo Maggi, y su sobrino, Emilio Renzi, el suegro del tío y el abuelo del suegro-, que se mueven en la franja de la historia argentina, entre mediados del siglo XIX y  mediados del siglo XX. El hilo que los une son los escritos del bisabuelo, un personaje maravilloso: político, exiliado en Nueva York, sifilítico, buscador de oro, que dejó una fortuna que su familia invirtió comprando tierras en la pampa después de Juan Manuel de Rosas.

En la forma de hablar los personajes de Respiración, en la primera parte, me hicieron recordar los monólogos y los dictados, de Yo el supremo, la novela de Roa Bastos. El tono natural, ponderado, pero al mismo tiempo brutal y taxativo, con que los personajes enhebran una comunicación que los hace posibles. Los personajes de Piglia se revelan en la confesión, ese mostrarse terriblemente abiertos, o terriblemente cerrados, ante lo cual el enigma biográfico, la falsa pista, el entramado de interpretaciones, hacen pesada la respiración.  

La segunda parte, es una larga, larguísima serie de conversaciones en un club, en la calle, en un salón, en la sala de la casa, entre el polaco Tardeski, discípulo de Wittgenstein, que terminó en Entre Ríos, y Emilio Renzi (el segundo nombre y apellido de Piglia), el escritor, el mismo que va a aparecer en Blanco nocturno.

La escena más memorable de la conversación, es el siguiente relato que Tardeski hace a Renzi, mientras esperan al tío Maggi, que entre tanto se está suicidando. Entre 1909 y 1910, Adolfo Hitler, que vivía como insignificante pintorzuelo en Viena, despareció, huyendo del servicio militar obligatoria que habría de reclutarlo en el ejército imperial. Convertido  en desertor  fue a escapar de la persecución a Praga. Allá, siguiendo el curso de su vida bohemia de “fracasado”, (una categoría ontológica en la segunda parte)  se conoce con el joven Kafka. Se sientan a beber cerveza, Hitler siempre habla, Kafka siempre oye (era algo que sabía hacer muy bien). Hitler le expone la más  delirante fantasía de poder, basada en sus lecturas de la teoría mítica de la supremacía racista germana de Adolf Lanz von Liebenfels, quien fundó la Orden de Varones, con el apoyo de los ricos alemanes, a principios de siglo. “Y Kafka hace en su ficción, antes que Hitler, lo que Hitler dijo que iba  a hacer”.

El triste año de 1924, mientras Hitler dicta Mi Lucha a sus escribas en el Castillo de Landsberg, Kafka muere de tuberculosis en el Sanatorio de Kierling.

Alina suplicante

Alina suplicante

Yo hubiera titulado la novela, Alina y Julián. No sé si llamarla una historia de amor o la historia de un incesto. ¿Podría ser lo mismo? No sé, el desenlace podría ser una esquiva y conmovedora respuesta en los dos sentidos. Si fuera solo un incesto, la historia resulta larga, lenta, con rodeos, con demasiados implícitos, con aplazamientos, cambios de carácter, encuentros fugaces y disfrazados, malquerencias, accidentes, pero sobre todo implícitos, que cargan de aliento la ambigüedad delicada tanto del incesto como del amor. Un río con rápidos que pasa por encima de la barrera de piedra de los tabúes.

La novela en la tradición de incestos literarios – sin ir lejos, la trama incestuosa en distintos grados de Cien años de soledad – deja unos indicios y predispone a los personajes en dos direcciones: dejar que el destino haga lo suyo, o tratar de oponérsele. Las dos cosas atormentadoras en sí mismas. Pero bien lo uno o lo otro, es porque el destino se adivina y se convierte en el curso obligatorio que hay que cumplir, que los personajes se ven impelidos, por una fuerza superior a ellos mismos. Alina coadyuvando a que Julián tenga alguna relación con Virginia, la que ha sido la amante de su padre muerto. La diferencia es que del papá nunca se enamoró. Y él, pareciendo acatar el destino de ella en París, al lado de otro hombre.

Juan Gabriel Vásquez comienza la novela con un epígrafe revelador, de Antonio de Villegas, en el Abencerraje. En clave se propone el asunto principalísimo sobre la certeza, o la falta de certeza, del hecho de ser hermanos. La única certeza es que todos nos reconocen. ¿Pero si no lo fuéramos? Si no lo fuéramos, mi padre no nos dejaría andar juntos, dice ella. ¿Y qué pierdes si lo fuéramos? volvió a decir. Y él respondió: te pierdo a ti y me pierdo a mí. La novela es un tránsito fluido entre el hecho posible de perderse entre sí. Si se tratara de amor, el lector tendrá que llegar hasta el final en la incertidumbre reinante acerca de la naturaleza  de los actos de Julián y Alina. ¿Es una forma de asegurarse o una forma de perderse? Una alternativa completamente encantadora, porque no es racional. Se surte espléndidamente de la irracionalidad, que como las plantas carnívoras, devoran la carne y lógica de las criaturas que se mueven a su alrededor.

Un rasgo, que configura el itinerario de los amores en la novela, es el de los afectos  maternos y paternos. La novela hace de la madre de Julián y Alina, un fantasma pálido, una figurilla lejana, distante, disociada, eventual, sin ningún poder sobre la acción dramática del relato. Del padre, sí se ocupa, es un ser menos insignificante que la madre. Lo que se cuenta de él, es que hace a Virginia, una estudiante de derecho, su amante. Un día se muere, lo entierran y después todos se olvidan de él. Es un personaje víctima de la falta de peso en los otros personajes, la víctima perfecta del olvido, el ser al que nadie recuerda, del que no se habla, el que apenas ha dejado silencio.

El final es delicioso. Alina vive en París con un francés, al que nunca llegó a amar del todo, espera un hijo y tiene de amiga a una bruja francesa, de las que adivinan e ironizan mientras toman el café. Julián no soporta más la distancia. Un día toma un avión y se va a París. Le avisa a su hermana. Ella lo recibe y lo introduce a su círculo francés. En la noche después de cenar y beber vino, la bruja les entrega a los hermanos la llave de su apartamento, mientras ella se queda con el marido. Julián y Alina en cambio de irse al apartamento, se buscan un hotel barato, cerca a Montmartre, se desnudan y se echan el polvo de la vida, bajo los chorros vaporosos de agua caliente en el baño de la habitación.

Ella pensó “que la sangre había fraguado desde siempre una intriga en su contra”. Aborta de manera provocada, con una pastilla que él le ha proporcionado – es médico –mientras tiran en la ducha. Luego van a la habitación, él la seca, se acuestan uno muy junto del otro, se miman, se dan calor, y hablan largo mientras miran por una pequeña ventana del cuarto piso, que da al Paris de los tejados, al París de madrugada. Ya todo ha pasado, se burla Alina del incidente. Ya no es problema – dice él – por fin vamos a estar solos. Sí completamente, dice ella, y después de la pastilla, más todavía. ¿Te vestiste así para que yo te viera? pregunta él, y ella responde: ¿para quién más voy a disfrazarme de mujer feliz?   

Primero estaba el mar

Primero estaba el mar

No será fácil encontrar una novela más colombiana que, Primero estaba el mar, de Tomás González. Tiene cuatro ediciones distintas. La primera fue una que hizo El goce pagano en 1983, el rumbeadero de toda una generación en Bogotá, que atendía Cesar Pagano. La segunda, la hizo la gobernación de Antioquia, casi diez años después. Así González, ya desde entonces, era capaz de vender su novela al gobierno regional para que hiciera una publicación subsidiada que le llegara a la gente del departamento. La tercera, la hizo la UNAM en 1997. Y la última, que es la de Norma, 120 páginas, apareció a comienzos del siglo XXI.

Es una novela colombiana, una manera de caracterizarla,  porque los personajes no son y no pueden ser otra cosa que colombianos, una pareja de paisas, que va a jugar a ser finquera, al golfo de Urabá. Su lenguaje, el de todos los personajes, no es más que el colombiano. La lengua de una generación, de una época, que da cuenta de lo que somos. Las costumbres son tan colombianas, que todos los colombianos podemos encontramos en ellas. Como alguien que se encuentra buscando en el álbum de fotos de la mamá. Es colombiana por el acento, el color, el olor, la tragedia, el dinero, la literatura, hasta por el amor.

Primero estaba el mar, es una colombianada total, dicho sin ánimo peyorativo. Muestra el alma de los colombianos, sin apelar al paramilitarismo, a la guerrilla, a los políticos, a los mafiosos. Posiblemente cuando se escribió, a comienzo de los ochenta, todavía era posible hacer novelas sin que tuvieran que pasar, por los que llegaron a ser los grandes meridianos nacionales.

Es una novela de prosa cristalina., de acción directa, contada por un narrador omnisciente respetuoso, a una velocidad sostenida que permite construir personajes creíbles, irrevocables, completamente reales. Es una novela que engatusa con efectividad narrativa, con lenguaje, con atmósfera. Se lee en un día.

El truco narrativo con el que se le da tensión al relato, progresivamente incrementado, es la noticia anticipada de la muerte del protagonista. Se sabe que J va a morir, y eso ya es un anzuelo para que cualquier chismoso caiga. Una muerte muy colombiana, a manos del mayordomo cuando resulta despedido.

Déjese engatusar, es mi recomendación.

La noche del oráculo

La noche del oráculo

 La noche de oráculo, bien podría decirse que es una novela de y para escritores, lo cual ciertamente es una clara desventaja comercial. Nadie disfruta más de una novela en la que el personaje es un escritor joven fracasado, que un escritor exitoso, o fracasado.

Paul Auster, el maestro de la trama. Alguien – un escritor si no recuerdo mal – me decía que Auster es uno de esos autores que se olvidarán pronto. Pero no, o no al menos antes, que muchos de sus contemporáneos. No recibirá el premio Nobel. Pero siempre será recordado por la intensidad irritante de sus tramas, por el maravilloso retorcimiento de sus historias, por el espesor contrastado y colorido de sus personajes. Ah, y por el sello de narrador profesional, que como los periodistas nos pone al tanto de todo, con una efectividad tal, que quien se somete no escapa.

La trama de La noche del oráculo, es una constelación de historias escritas y “no escritas” que se cruzan. El escritor joven ha tenido un accidente que lo ha llevado al borde de la muerte. Tiene un amigo, su único amigo, un escritor famoso y viejo. La esposa del joven es conocida desde la niñez por el escritor viejo. Aparece una novela de una escritora norteamericana, llamada La noche del oráculo. El escritor joven se enfrenta a una jugarreta fetichística que le pone magia al relato. Un día mientras camina por New York, encuentra en una papelería de un chino, cuadernos portugueses de distintos colores. Compra uno azul y regresa a su casa, con el ánimo de comenzar a escribir después de la convalecencia. En el cuaderno comienza una historia apasionante (basada en el episodio de Filtcraft, del Halcón maltés, la novela de Dashiel Hammett, narrado por Sam Spade), que cuando tiene la lector con la lengua afuera, aborta. Escribe  un argumento para un guión (basado en la Máquina del tiempo de G.H.Wells) que finalmente no le compran. Escribe una diatriba contra una noticia espantosa, por la que según el escritor, la humanidad desciende a su punto más bajo. Y describe su fantasía respecto al romance que habrían sostenido su mujer y el escritor viejo. Y cuando ha escrito mucho en el cuaderno, que lo atrae con la fuerza de un talismán, sale a caminar, como siempre, y en una esquina lo hace pedazos y lo arroja a la basura.

A Paul Auster siempre hay que leerlo. Debajo de esas tramas espesas de orfebrería, de los laberintos narrativos tan ingenioso, hay un espesor humano que da el tono conmovedor a sus novelas. Auster respeta la velocidad de la novel para hacer novela. No le fue necesario hacer novelas  a velocidad de cuento  para vender. Aunque sin duda, los que hacen novelas a velocidad de cuento, vendan más.

Una novela de cuatro noches, para paladear palabra a palabra. Una experiencia ordenadamente desordenada, en donde se exploran los momentos en los que la humanidad más bajo cae.

Salsódromo

Salsódromo

Si hubiera sido un turista, de bermudas y cámara fotográfica, seguramente me habría divertido viendo el espectáculo con el que abre la Feria de Cali; 2200 bailarines que se chupan tres horas de la tarde y un kilómetro y medio de autopista, presentando a las “escuelas de salsa”. Ver a los chicos echándoles agua a sus zapatos recalentados, de los que casi sale humo, es un pintoresco recuerdo del paso por la “capital de la salsa”. Lo que para el jazz sería New Orleans, para la samba el festival de Río, y para  Barranquilla el carnaval infinito de comparsas, fandango y marimondas.

Al no ser un turista, no puedo ver el espectáculo con el aire de exotismo que se le puede vender a un  escandinavo o a un gringo. No encontré boleta (setenta mil) y tampoco tenía el ánimo de apostarme sobre uno de los puentes peatonales de la autopista. Así que debí hacer lo que debieron hacer muchos, sentarme frente al televisor a ver la transmisión de Telepacífico, el canal regional, más conocido como “telebuñuelo”.

En la tribuna principal, bajo techo, con whisky y guayaberas, me encontré con Carlos Holguín, que al fin despertó del largo sueño de poder, muy cerca de él, Orlando Riascos, con una camiseta que no se sabe si es de los “verdes” o del Deportivo Cali, Jorge Iván Ospina mandando besitos a granel cada vez que la cámara lo cogía. El alcalde Guerrero, estrenando sombrero, uno fino que le reemplazó el pañuelo de cuatro nudos, que se pone cuando quiere ser popular. A Umberto Valverde, muy cerca del separador, agitando su humanidad al compás de las carrozas. El hijo del Presidente, hablándole al oído al alcalde. Y naturalmente, el Ministro del Interior, el nieto del poeta Valencia, perfectamente rasurado, peinado, rígido, sin expresión. Una cantidad alarmante de escoltas. Y las caleñas de siempre, las divinas del estrato seis, y las bacanas del estrato cuatro.

Cada escuela rindió un homenaje. En la primera carroza Richi Rey y Boby Cruz, tan frescos y vitales, como cuando vinieron por primera vez en el 68, sin una sola cana y con cirugías faciales perfectas. Luego cada escuela, que venía de una maratón, con sacos de paño, disfraces pesados, arandelas y plumas, se detenía y hacía su presentación mirando a la tribuna principal del inmenso salsódromo.

En lo individual los chicos y chicas son bailarines, rítmicos, alegres, cada uno hace lo que tiene que hacer y lo hace bien, pero el conjunto es lamentable. La pobreza coreográfica, la falta de acople, el pobre instinto de espectáculo colectivo, hacen de las escuelas de salsa agrupaciones aprendices de festival, que tendrán que trabajar mucho, antes de poder ofrecer un auténtico espectáculo.

A falta de coreografía, buenos son los atuendos,  coloridos, generosos, brillantes. Se ve un trabajo de taller de costura de carnaval, una línea brillante de creación, a la que todavía se le nota el efecto de moda de los vestuarios de Río y de Barranquilla.  

Pero, al margen mismo del espectáculo, la transmisión: desentonada, sin fuerza, llena de lugares comunes, sosa, convencional, bobalicona, casi triste. Unos locutores encorbatados, unas niñas tiezas, queriendo estar la altura de un espectáculo, al que no se meten. Unos comentaristas de radio, sin picante, sin aire. Nada nos describe mejor en el aire provinciano, que la forma de hacer televisión, la forma de aparecer públicamente en los medios masivos de comunicación.

Algo, como la salsa, el calor de la vida regional, el alma de la identidad, transmitido de una forma tan muerta, tiene el efecto del aguacero sobre el picnic. La transmisión de sonido es deficiente, sin cuidado técnico, con interferencias, sin la definición que merecería el evento.

Cerró el desfile, Herencia de Timbiquí, que con ChociQuibTown y la agrupación de Hugo Candelario, han sido las únicas tres de los departamentos del litoral Pacífico, que han pasado los límites de la frontera entre lo folclórico y la música comercial. Uno negros de pelo trenzado, trepados en un camión, esparciendo chorros de alegría, tal como se agrupaban los músicos negros de New Orleans en las antiguas guerras de bandas, en carretones que se desplazaban por el barrio francés.

1914-2014

1914-2014

Como decir 1984 o 2666.

A cien años de la primera guerra mundial, que más que una guerra fue un suicidio colectivo, ¿en qué va el mundo? Digamos que Dios viene y nos pregunta, al cabo de cien años de haber estado ausente.

Tras 1914 los imperios, prusiano, ruso, austro-húngaro, turco, británico y francés desaparecieron o entraron en franca decadencia. La Europa de 1914 representaba más de un tercio de la economía mundial, umbral que jamás volvieron a conseguir. Fue una guerra de trincheras y negocios, en la cual se renunció a los valores de la Ilustración. Una guerra de negocios, de banqueros rufianes, de prestamistas aristocráticos, de políticos capaces de todo, de militares imperiales, que se coludieron para repartirse el mundo, a sangre y fuego.

Antes de 1914, las guerras habían sido locales y habían esgrimido valores, la historia en algunos casos validó sus razones,  guerras por el control geográfico, por el honor, por tierras, por posición, por la patria, por la independencia, por la liberación, o por los recursos naturales. Siempre a la luz de cualquier guerra se hicieron negocios, hubo mercados blancos y negros que se envolvieron en tristes y machadas banderas. 1914 no tuvo que envolverse en ninguna bandera, bastó que los más malévolos y malignos espíritus de las otras guerras, lo peor de la especie humana, también se coludiera, para hacer emerger un engendro venenoso, devorador, sanguinario, etnocida, bellaco, que se dividió el mundo, como quien reparte las cartas de un naipe.

¿Qué ha pasado en cien años de civilización política en el mundo? Una segunda guerra mundial, para detener a un loco que se creía ario y quería quedarse con el mundo. La guerra de Corea, para separar linderos entre sistemas. La guerra de Vietnam, para separar sistemas. La guerra de Irak, por los recursos energéticos. La guerra de Afganistán, para detener el poder talibán. La guerra contra Al qaeda. Todas las guerras tribales en África. Y las guerras de liberación en América Latina. Sin embargo, el centro de la guerra, por potencia y repercusión, está en Asía, después de 1914.  

¿El Asia del 2014 es como la Europa de 1914? Sí, ante todo, por la existencia de países fuertes, con economías grandes, con peso mundial, como China, Japón, Asia, Corea del Norte, Honk Kong, Singapur y Taiwan. Tres guerras vivas, la de Irak, entre facciones islámicas, la de Afganistán y la de Siria. Un continente inflamado. Pujante y avasallador.

En segundo lugar, un continente de disputas religiosas, políticas, territoriales, rivalidades históricas profundas, insalvables y culturas políticas nacionalistas. El conflicto árabe israelí que lleva 65 años. El poder creciente de Irán que prefigura un reacomodo de fuerzas. La participación definitiva de Paquistán en la guerra de Afganistán  e Irak. La misma combinación letal que en 1914. “En 1914 los flujos de comercio e inversión entre los europeos eran superiores en términos relativos a los de 2000, es decir, la Europa de 1914 estaba más integrada económicamente que la de 2000 y, aun así, fue a la guerra. Y respecto a la democracia, la evidencia empírica nos ofrece una conclusión tranquilizadora y a la vez perturbadora: que las democracias raramente van a la guerra entre ellas, pero son igual de proclives a ir a la guerra contra dictaduras como las dictaduras entre ellas”. Asia, que en 1914 representaba poco menos del 25% del PIB mundial, suma hoy el 60%.

Tan lamentable informe, a Dios no le dará ninguna seguridad, de hecho al saberlo todo, sabrá como el que más, que a cien años de la primera guerra, todavía está esparcido sobre el mundo el aroma de la bestia que nos empuja al suicidio colectivo.

Feliz año nuevo.

Blanco nocturno

Blanco nocturno

Piglia ha pasado a la historia de la literatura, por su “teorema” de la doble historia: toda historia conlleva una historia implícita. Una verdad a medias, con demasiadas excepciones. O al revés, ratificación de un hecho absoluto: detrás de cada historia siempre hay muchas, lo cual haría de su teorema, una banalidad redundante. En el 2011, después de 13 años de no publicar, gana con Blanco Nocturno, el Premio Rómulo Gallegos, a la mejor novela en español.

Una discusión ha sido si la novela es o no del género policial. Y que si lo es, inaugura, otro aporte de Piglia a la literatura, el género de la “ficción paranoica”, en la que todos son sospechosos, el criminal ya no es un individuo aislado, sino una entidad, las pistas y los testimonios son contradictorios y mantienen la sospecha en el aire, puesto que pueden cambiar en cada perspectiva. Al ser contada la novela en distintas voces y distintos puntos de vista, se esperaría que se acentuara su carácter paranoico.

No alcanza a ser así, en la perspectiva de novela criminal, al menos, de una buena novela criminal, porque el interés de Piglia no está en el crimen - primera historia - , ni en el autor intelectual, está en el proyecto paranoico de Luca Belladona, que al final de la novela termina en un “monólogo” paranoico, como los de Reno Erdosain, el personaje de Arlt. El interés es demasiado sociológico: la industria, el capital, la empresa, las herencias, la pampa, la devaluación, el dólar negro, el movimiento de capitales, la tierra, el trabajo y la constante en su obra: el conflicto ente campo y ciudad. Ese es el centro. Lo demás, lo dramático, el crimen, los personajes, todos quedan a medio terminar. Especialmente los personajes. La novela está dotada de una galería formidable: Tony Durán el mulato puertorriqueño que se encama con las dos hermanas Belladona; Ada y Sofía, las hermanas tormentosas de una familia principalísima del pueblo; el comisario Croce que se auto interna en un sanatorio mental; Yoshio Dazai, un conserje nissei, que se enamora de Durán; y el periodista, Emilio Renzi, que viene de Buenos aires a cubrir la noticia y en la noticia el comienzo de su novela (otro prototipo de Piglia).

La novela policial es un pretexto, y lo peor de todo es que se nota. Piglia no explora el arsenal de tensión que le daría una trama auténticamente criminal, porque no le interesa hacer una novela criminal. Pero el lector, en este caso yo, lo que esperamos de tales personajes, del entrecruce de acciones bien propuestas, es una auténtica intriga. Pero lo que Piglia nos hubiera podido entregar, se le ha ido de las manos.

Aparece una evidencia sobre el autor del crimen, un jockey que quería salvar un caballo de carreras. Lo confiesa en una carta. Para el inspector y para el periodista es clara la evidencia. El jockey muere y apenas queda el caballo en la paradera. Pero saber quién es el criminal, en esta ficción paranoica, no sirve de nada. El criminal es el japonés y el motivo es pasional. Es lo que se necesita que sea, para bien del capital, de la industria, de la fiscalía y de los señores que se reúnen en el club del Comercio.

Unos personajes atractivos, contrastados, con espesor, un material apasionante, una historia poderosa, llena de intersticios, que termina desvanecida por esa segunda historia, que en efecto es evidente y palmaria, solo que en Blanco nocturno, echa a perder la primera. Lo cual llevaría a una variante ingenua del teorema: detrás de toda segunda historia siempre hay una primera.

La foto en el balcón del Palacio Líevano

La foto en el balcón del Palacio Líevano

El caso Petro en Colombia, es más que la destitución de un alcalde de Bogotá, es una confrontación auténtica entre dos modelos de país y de gobierno. No creo que valga la pena seguir insistiendo, como lo han hecho todos los editorialistas, en que el alcalde se equivocó en las cuentas. Reafirmemos el hecho de que en lo que sí no se equivocó fue en proponer el cambio de modelo de basuras para la capital. Políticamente pesa más lo último, aunque lo primero tenga consecuencias administrativas funestas. Por un lado, la concentración de poder en manos de un Inquisidor, y de otra, la ruina de la carrera política de Petro.

La confrontación entre la derecha uribista agresiva y terminante, y el modelo de izquierda que encarna Petro es la misma confrontación que se ha dado en Ecuador, Perú, Chile, Argentina y Venezuela. A nadie le debe pasar por alto que en los planes políticos de Petro está llegar a la presidencia. Una confrontación que en Colombia se ha dado en baja escala, sin potenciales efectivos  de poder por parte de la izquierda, contaminada de la agreste tradición de los corpúsculos, sin experiencia gobernando, y con el antecedente del affaire de los Moreno, que gobernaron a Bogotá a nombre del Polo Democrático. Nadie debería votar por el Polo Democrático en una elección para Alcalde. El Polo merece la sanción política, por haber sido alcahueta de dos depredadores, que planearon el desmantelamiento financiero de Bogotá. Así como el abuelo quiso robarse el  país, ellos quisieron robarse la capital. Tan bien que les estaba yendo.

 El modelo de país, el modelo democrático y el proyecto de paz, es lo que está en juego. Un ensayo – el de ahora - más confrontacional, más ideológico, si se quiere. El estado social de derecho y el estado de la seguridad democrática, para ser claros. La punta de lanza de la ofensiva uribista es el procurador Ordoñez, que con armas administrativas, pretende sacar del camino a Petro, quien no dudó un instante en decir, que el Procurador le había dado “un golpe de estado”. De esa magnitud es la interpretación que hace  Petro de la estocada. Y en eso, tampoco se equivoca.

Me parece que frente al caso Petro todos los sectores de la política están obligados a decir algo, a plantearse en el contexto de una confrontación entre dos modelos de país y ciudad. Además porque el caso Petro, está empujando todas las fichas del mapa electoral del 2014. Al debate presidencial del 2014 se le suma ahora el debate por Bogotá. Ahí en la cerca están posados, esperando,  Enrique Peñalosa, Antanas Mockus y Pacho Santos.

La foto ya ha sido tomada. Petro en el balcón sur del palacio Líevano, sobre la Plaza de Bolívar, acompañado por el dirigente de la guardia indígena, con su bastón, por el dirigente campesino, con su ruana, y por la candidata presidencial de la Unión Patriótica, Doña Aida Abello, que regresó del exilio, para continuar ofreciendo resistencia civil, a una arremetida, que a la derecha, utilizando a los paramilitares, le permitió extinguir a toda una organización política, lo cual la obligó a dejar el país durante 17 años.

Como la foto de Klement Gottwald, con el gorro de piel, que Clementis le había cedido, una tarde de febrero de 1948, en el balcón de un palacio barroco en Praga, que da a la Plaza  de la Ciudad Vieja. El momento crucial de la historia de Bohemia.    

Los tres días de basura que cambiaron la historia

Los tres días de basura que cambiaron la historia

El asunto políticamente interesante es que detrás del acto administrativo por el cual el Procurador destituye al Alcalde Petro, hay un acto político. La sanción disciplinaria, por sí misma, responde legalmente a un papayaso ingenuo del alcalde. Pensó que podía eliminar el cartel del aseo, y propuso un cambio de modelo en la administración de basuras. Que los servicios que prestaban operadores privados los prestara el municipio, una forma de devolver el negocio a las arcas del estado local. Los contratistas tenían la fórmula para hacer caer al Alcalde, lo pusieron contra la pared. No le aceptaron una prórroga para recoger las basuras. El alcalde no alcanzó a tener su dispositivo  para hacer el reemplazo con su propia flota de camiones. Y quedó en manos de los que había llamado mafiosos. Su modelo, sin planeación, no fue más que una idea sin administración. Debió acudir a ellos, dándoles una tajada del 35%. Los tres días de basura le dieron al Procurador, para incoar su alegato. Y justo un año después anuncia la destitución del cargo de alcalde, por quince años. La muerte política de quien quiso cambiar el modelo de la basura en Bogotá.

El problema con los políticos es que a veces son muy alegres con sus ideas. Confían demasiado en su talento, no reducen los niveles de riesgo y las dejan para que la burocracia y los políticos las conviertan en proyectos, es decir, en negocios. Petro no se equivocó en la decisión política de cambiar el modelo de recolección de basuras en el Distrito. Se equivocó haciendo las cuentas. Nunca había gobernado, subestimó la capacidad del enemigo,  y actuó demasiado prevalido de su talento político. Acertó en la estrategia, y acertó porque  es lo que más le conviene a Bogotá, pero equivocó la táctica.

Pero qué es lo que está detrás: una arremetida de frente del uribismo contra el proyecto de izquierda en Bogotá. Primero, no se van a dejar quitar el negocio. Los hijos de Uribe están en él. Segundo, la arremetida contra Petro, representa para todos ellos (Uribe, Pacho Santos, Fernando Londoño, Ordoñez, Victoria) la arremetida contra lo que llaman el proyecto castro-chavista en Colombia. Y tercero, porque como lo advirtió el próximo Embajador de USA en Colombia, el Señor Withtaker, el mensaje de la destitución, es perfectamente interpretable como una reducción de los espacios de participación política en Colombia, lo cual equivale a una pésima señal para el futuro de las conversaciones en La Habana.

“O me lleva él o me lo llevo yo, para que se acabe La Habana” dice hoy en El Espectador Ordoñez mientras toca el acordeón, en caricatura de Osuna.

Petro ha hecho lo único que tenía que hacer. Por una parte, dar la pelea legal, en desigualdad de condiciones. Él sabía lo que iba a pasar, así que presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para que le extendieran una caución a favor de sus derechos. Y de otra, ponerse a hacer política. ¿Y con quién la iba a hacer? Pues con los que no están representados por ninguno de los tragaperras partidistas. Los campesinos, los indios, los sobrevivientes, los excluidos. Desde el balcón del Palacio Líevano, y con el canal capital a su servicio, se lanzó como un caudillo, al que le van a cortar la cabeza, a buscar su espacio para no dejarse aplastar, entre los que él llama los “indignados”.

Envueltas en la elocuencia de un hombre que no sabe reír, salieron exhortaciones pacíficas y democráticas, detrás  de las cuales hay fuego. Ni más ni menos, que un llamado a los indignados para que se preparen a luchar contra el fascismo en Colombia.

Así, la plaza de Bolívar fue convertida en la plaza Tahrir. Se decretó, desde el palacio de gobierno, la llegada de la primavera a Bogotá, en medio de multitudes que venidas de todas partes del país, se han convertido en la concentración política de los últimos años, con cierto aire gaitanista. Petro dejó de gobernar en el corto plazo. Pasó a la ofensiva política, lo único que le va a dar aire para sobrevivir a la arremetida. Y aquí, a diferencia de lo que pasó con las basuras, no se puede equivocar.