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Alberto Rodríguez

Nombre de torero

Nombre de torero

Luis Sepúlveda es un chileno de sesenta y dos años, trotamundos, izquierdista, novelista. Más se lo conoce por ser el autor de, Un viejo que leía novelas de amor. Es un tipo de nueve novelas. Google les dirá el resto.

Nombre de torero, porque a Sepúlveda se le ocurrió llamar a su personaje protagónico, Juan Belmonte. La novela se publicó en 1994, en la post guerra fría, y de hecho es una novela de pos guerra. Trabaja con la herencia nazi, con lo que dejó Pinochet, con oficiales del ejército y de los servicios de inteligencia de la antigua Alemania del este, con gatilleros mexicanos y mucha nostalgia chilena. Va con un intermedio. La acción transcurre de Hamburgo a la Patagonia chilena.

Sepúlveda es novelista porque es un hacedor de personajes, los perfila, los rellena, los pone a caminar, los hace nítidos, los marca. A cada uno le da carácter, los distingue y los focaliza adecuadamente.  Una vez los pone en la escena y con la línea que les tira de trama, ellos comienzan a moverse, impulsados por sus propios intereses, sus necesidades, sus respectivas mezquindades. Se encargan de la historia. Con lo que le dan a los hechos la realidad de su movimiento, de su palabra y obra,  en un tono de crónica en primera persona.

Pero lo grande de Sepúlveda es que su historia es tan estrictamente bien templada que desde el inicio es una invitación a meterse, a dejarse llevar, hasta donde cada lector se deje arrastrar por los personajes. Y qué decir, el viaje vale la pena. Meterse en ese rollo transcontinental de la búsqueda de un tesoro, es una manera de compartir riesgos, emociones, resultados. Que es lo que se le debería pedir a una buena novela, que se abra a compartir el riesgo del viaje.

En el Intermedio nos enteramos que Ibn Batuta murió en 1360 en Fez, a los sesenta y cuatro años. El sultán mandó – en homenaje – a hacer cien monedas de oro de diez onzas, que deberían ser enterradas en cien diferentes cruces de caminos. La voluntad del sultán nunca se cumplió. Fue en Berlín que se vieron por última vez, en 1941. Se las conoce como la Colección de la Media Luna Errante.      

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