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Alberto Rodríguez
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El Cuervo Blanco

El Cuervo Blanco

“Bajé en la estación de Pere Lachaise, caminé unas cuadras y entré a la ciudad de los muertos.”

A Fernando Vallejo es mejor leerlo que oírlo. La vocecita de matrona paisa con que escupe diatribas ciertas y energúmenas, no encanta tanto como la voz del biógrafo con que hace sus magníficos retratos: José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob y Don Rufino José Cuervo.

El Cuervo blanco es la biografía de su santo, el hombre que hizo de la vida, obra: Rufino José Cuervo, El diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana.

El Diccionario de Cuervo es un libro que el mismo Vallejo se pregunta si no será una gramática presentada como un diccionario. Alrededor de esto es mejor que reine el misterio. Aún así, el vigor histórico del libro de Vallejo está en que hace la biografía de un libro, que Cuervo no terminó, no podía terminar.

Por lo demás la biografía de Cuervo es la más aburrida de todas las biografías: un señor ultra católico de buena familia bogotana, rentista, que se va a vivir a Europa, con su hermano Ángel –el otro santo de Vallejo–, a París, donde alquila una casa y una sirvienta, va todos los días a misa, come de manera frugal y durante veinte años se sienta, todos los días, a escribir un libro infinito.

El libro de Vallejo es la biografía del Diccionario. Cuervo es al Diccionario, como Descartes al Método. En realidad son dos diccionarios, uno sintáctico de casos, lo que viene a confirmar la excepción gramática, y el otro, de la historia de la lengua. “Pero ni en la gramática, ni en la lexicografía, ni en la filología se agota Cuervo. Su alma solo se puede medir por el delirio”.

La pretensión no manifiesta del segundo diccionario consistía en clasificar el castellano,  parido del latín, mil años antes. “Cuervo es un desmesurado lo quería todo: la basura y las joyas”.

Vallejo concluye: es un error creer que el Diccionario sea un diccionario porque así lo dice el título. Es una gramática genial. La de un genio que quiso revivir con la lengua, el sueño universal de los bibliotecarios de Alejandría y el de los Enciclopedistas. Cuervo dejó dos tomos, el de la monografía A-B (922 páginas)  y el de la C-D (1348 páginas). El Instituto Caro y Cuervo que abrió en 1942, retomó el trabajo de Cuervo en 1951, un equipo disciplinario de gramáticos, lingüistas, lexicógrafos, filólogos, lo terminó en 1994, 122 años después de que Cuervo hubiera iniciado su Diccionario en Bogotá.

En la introducción de 54 páginas al Diccionario, Cuervo no dice qué entiende por “construcción”. En ocho páginas agrupadas bajo el título de Vocabulario, da una idea de régimen. Un límite que de por sí separa la norma de la excepción.

Por libros como el que escribió Vallejo, la biografía de un misterioso libro sobre la lengua, o mejor, varios libros intrincados y laberínticos, como gustaba a Borges,  tiene sentido leerlo. El tono editorial de su biografía, más que el de un hagiógrafo, aunque reconozca que Cuervo es su santo, es el de un viejo que al fin descubrió a alguien bueno, en la sucia historia de Colombia.

Se queja Vallejo del designio omnisciente de Balzac, él por el contrario, se limita a una modesta voz editorial en primera, que sabe más de Cuervo, que lo que Cuervo llegó a saber de sí mismo alguna vez.    

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