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Alberto Rodríguez

Los hombres que no amaban a las mujeres

Los hombres que no amaban a las mujeres

¿Qué se siente matar a una mujer? El motor emocional del asesino de mujeres es selectivo, no es lo mismo matar a un niño, que matar a una mujer, o matar un hombre. Cada uno de ellos carga la marca del  tabú de género y edad, en todas las culturas. Matar una mujer es la negación absoluta de lo sagrado, si por sagrado entendemos la vida.

Lo primero que debería hacerse, es algo que todos saben que hay que hacer - detener la matanza de mujeres, igual que  la de cualquier ser humano. Pero la sociedad, los gobiernos, los científicos, los policias, ignoran cómo parar la violencia que se hizo endémica en países como México, Afganistan, India, Colombia. ¿Cómo se detiene la matanza de mujeres?

Al matar mujeres se mata a quien reproduce la vida. Hace mucho tiempo que lo sagrado no obra, no evita. El fracaso de las religiones. Al  haber sobrepasado el límite de lo sagrado, la violencia contra las mujeres ha destapado lo más siniestro que anida en el corazón podrido de las sociedades, el fascismo de género.

La violencia en los asesinos de mujeres tiene dos caras. El ejercicio previo del dolor, el placer del dolor, el goce estético del sufrimiento, ese lado oscuro que Sade nos legó,  el artífice ritual. No es lo mismo balear desde un auto un grupo de mujeres trabajadoras que espera el bus, que llevar a una mujer a un sótano, amarrarla y ejercer sobre ella la violencia ritual, durante quince horas. La violación, la herida, la laceración, la cercenación demandan su tiempo. Para el asesino, el ritual importa más que la muerte, la muerte de la víctima es solo el orgasmo. 

Una representante de una asociación defensora de mujeres en México, respondía a la pregunta  ¿Por qué matan a las mujeres? que le hacía una reportera.Por ser mujeres, dijo ella. Si es cierto, podría creerse que la selectividad asesina de los asesinos de mujeres ha llegado al extremo fascismo: hombres que matan a las mujeres porque no son hombres. 

Un fascismo de talante homosexual que se expande en todos los países, sin que nadie pueda anticipar, prevenir, y capturar a los responables. Se necesitó que la sociedad civil india se levantara, por el caso de una niña que seis hombres violaron y mataron en un bus hace menos de un mes, para que las autoriades dieran algunos resultados. Que millones de millones de mujeres hindues salieran a la calle a pedir que detengan la matanza contra ellas. En Cali, durante el mes de enero, van cerca de treinta mujeres asesinadas.

Los asesinos, los violadores rituales, los fascistas del dolor, están aquí entre nosotros, manejan buses, están en el ejército, reparten correo, son desempleados, juegan al futbol, tienen mujer, algunos son pobres, otros ricos. Pueden ser nazis, como los que Pasolini pintó en Saló, las 120 jornadas de Sodoma. La película que le costó la vida, porque el fascismo no perdona.

Una horda de asesinos rituales ha emergido de donde la cultura los había metido, el sótano de lo siniestro. Aquello que debiendo permanecer oculto, aparece.

Cada 24 horas una mujer es asesinada.

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