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Alberto Rodríguez

¡¡Animales!!

¡¡Animales!!

Aquello de, que entre más conozco a los hombres, más quiero a mi perro, que siempre sonó tan despectivo para con el género humano, ha adquirido otra connotación a medida que los animales domésticos cobran derecho, como los indios, los negros, los maricas, los distintos. Un derecho, que como todos, se inventa para defenderlos de una infamia.

En el trato continuo entre personas y animales ocurre una dramatización inevitable de la mascota, se la personifica. Se le pone, entre otros, nombre de personas. Por ejemplo mi gato se llama Michi Romero Pulgarín, más conocido como el Doctor Romerito. Se les ponen sacos, chaquetas, capotas, gafas, zapatos. Se los lleva al veterinario y se les entierra en cementerios calcados de los jardines humanos de paz. Se les saca pasaporte, se los lleva de vacaciones. Una industria de comida para mascotas se ha convertido en un próspero negocio de muchos millones. En el cine y la TV se pone a los animales a hablar. Los dibujos animados consagran la personificación de los animales con el imaginario animista de la época, como en la suya, Esopo hizo con sus fábulas.

A la mascota se le habla, con la mascota se duerme, se le da recreación, se la peina, se la cepilla, se la baña. La relación con los animales se ha ido humanizando, en la medida en que los hemos convertido en fetiches personales, un recurso humano, demasiado humano, al que casi siempre estamos obligados a acudir. Y como se sabe, la relación que consagra el uso social de los fetiches, tiene tanto de representación, como de sustitución. El animal ha llegado a representar en un cierto sentido, algo más que lo humano, algo mejor. Y también ha sido puesto para sustituir afectos, para ayudar a los niños a socializar, para guiar a  los ciegos, para rescatar personas en los terremotos, hasta para remplazar a las personas en el oficio de encontrar drogas prohibidas.

El ejemplo más bello que conozco en la literatura, de la humanización de las relaciones de las personas con las mascotas, está en la Insoportable levedad del ser. La relación de Tomás y Teresa, a partir de un cierto momento, está fetichistamente mediada por Karenin, su perro. Al punto de que la muerte del perro, anticipa la de ellos.

Entre más conozco a mi gato, más quiero a mi gato.

 

1 comentario

María Eugenia de Aparicio -

Alberto, nunca he querido tener mascotas en mi casa, nunca cedí ante los ruegos de mi familia pero la mascota(que por cierto tiene una historia muy linda su adquisición)de mi hijo y mi nuera se ha llevado mi corazón, tanto que le permito subirse al sofá y que se duerma en los cojines, hasta juego con ella y como dicen todos: ES QUE LE FALTA HABLAR, efectivamente corroboro eso. ahhhh y soy furibunda defensora de los animales.