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Pajazos judicializables

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En el día de ayer, en un vagón del sistema de transporte masivo de Bogotá, ocurrió un incidente erótico, más allá de los límites cotidianos de tal tipo de incidentes,  en medio del hacinamiento público, que lo convirtió en noticia de la que  los noticieros de radio y televisión dieron cuenta. Juan Carlos Espitia de 32, 1.80, bien vestido, se hizo detrás de Diana Lizeth, en un trayecto en el que el bus iba atestado. Se frotó contra su trasero, mientras ella iba aferrada a una varilla llevando unos paquetes. Una vez se excitó con el roce, se sacó la verga y comenzó a masturbase; cuando sintió que estaba próximo, le tomó la mano a ella, se la puso en el miembro, y se le corrió en la nalga y la mano. Ella gritó, pidió ayuda. Deténgase en la próxima estación. Pero el conductor no atendió su pedido. Mientras tanto la gente que había estado mirando el evento, permanecía sumida en una muda y sorda indignación. Todos habían permitido que Espitia alcanzara a terminar. Cuando al fin se detuvieron en alguna estación, el esposo de ella apareció - como por arte de magia - y le dio una trompada al agresor, a quien la policía detuvo. La justicia podría darle hasta tres años de cárcel por conducta criminal.

Hay cosas particulares en el incidente “sexual”, según lo calificaron los medios. Primero, que un hombre pueda violentar la privacidad y hacer pública ostentación de su deseo sexual, comprometiendo a alguien a quien ni siquiera conoce. Segundo, que la mujer no haya reaccionado de inmediato, en el momento en que se inició el roce. Pero además, la actitud de la gente, que en el fondo fue de complicidad. Nadie hizo nada, nadie la defendió, el chofer no se quiso detener, ningún hombre enfrentó al agresor.

El de ayer no es un acto aislado, todo el tiempo ocurren incidentes provocados por la cercanía forzada que impone el transporte público. Tal vez no hay otro espacio en donde la gente tenga que ir tan íntimamente aproximada, salvo el baile. Y tal vez no exista un lugar en el que el roce, se provoca de la manera colectiva más espontánea. Todos los días, en todos los transportes públicos del mundo, se presentan incidentes similares, que no pasan más allá del disimulado manoseo, la masturbación encubierta, el toqueteo consentido. El de ayer es uno más, sin embargo, la desfachatez exhibicionista de Espitia, provocó el hecho noticioso. Que un hombre quiera que su víctima colabore públicamente con su pajazo, es una desviación de la costumbre. Por eso es noticia.

El Partido Liberal, tan acucioso, hoy mismo presentó una iniciativa para separar los vagones por género. Unos en donde las mujeres vayan aplastadas  entre sí, y otros, donde los hombres vayan en las mismas condiciones. Y CMI inició una cruzada por la decencia y el respeto, para evitar que los hombres se masturben en el culo de las mujeres, a las horas pico.  

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