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El arte de la decepción

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“Mi facultad de decepción sobrepasa el entendimiento. Ella es quien me hace comprender a Buda, pero también es ella quien me impide seguirlo”. Emil Cioran

Una de las desgracias ancestrales de los hombres es quedarse sin esperanza. Como si no se pudiera vivir sin esperanza, digo yo, lo cual me pone en circunstancia desgraciada, repitiendo una vez más, el destino de la especie.

Las mujeres y los hombres fueron expulsados en su origen, del paraíso. Para ellos se inventó el infierno. Se hicieron portadores de la peste. Se los dotó con el instinto fiero de la vida y la muerte, la pulsión tanática y la pulsión erótica. Y la historia se les ha ido ensayando paraísos perdidos. Del paraíso comunista fueron expatriados antes de haber entrado siquiera. Del paraíso capitalista se hicieron prisioneros, como en un gran gulag con todas las comodidades. Se entenderá pues, que la esperanza sea el  balso natural en la desgracia.

La esperanza es lo último que se pierde, se ha dicho siempre en el más común de los sentidos. El último balso antes del finis terra. Como si la condición inmanente de la especie la llevara a querer salvarse. Un instinto de supervivencia, dirán algunos. Todo ser vivo busca salvarse, a costa de otros. Es la simple cadena biológica de actuación entre las especies. Pero por desgracia la única especie dotada de esperanza, somos nosotros. Los gatos no la necesitan, porque no tienen el sentido de la desgracia.    

Shakespeare tenía una máxima: no esperar nada. Aunque pocos, quizás, acepten que sea posible vivir sin esperar algo, sin la más exigua expectativa, como si pudiéramos  dejar de ser animales con futuro. Somos los únicos animales con futuro, nuestro sentido del tiempo nos impone un pasado y nos empuja desde el presente a navegar en un océano sin límite. Además no olvidamos. No olvidamos la desgracia. Un fiel cristiano, un fiel católico, entran a la religión poseídos de la necesidad de salvarse. Redimirse del pecado, para hacerse acreedores a la salvación, a la visión cercana y eterna de Dios. Están condenados, tienen sentido pleno de la desgracia, por eso son unos esperanzados.

No esperar nada. Nada. Llevar el escepticismo de la especie al más alto grado, no es sin embargo, una ofensa a la especie. La fidelidad para con la desgracia, que nos hace profundamente trágicos, nos obliga a renovar las esperanzas, en la calidad de vida, la espiritualidad, la economía, el mundo limpio, la paz entre la especie. Todo lo cual no hace sino trasladar el sentido de la salvación religiosa, a la salvación social. La que han prometido todos los sistemas y modelos de  sociedad que hemos tenido hasta hoy.

Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás, dijo Sylvia Plath, lo mismo que ya había dicho Shakespeare. Tal vez no se logre aplastar a extremos irreductibles la pulsión de vida, siempre quedará “un principio de esperanza”, que Ernst Bloch interpretó como la condición utópica de la especie y con la cual afrontamos intelectualmente la desgracia.

Pero nos hemos quedado sin utopías. El mundo solo quiere lo posible. Así que la desesperanza lejos de hacernos extraños a las circunstancias humanas, a las de los animales con futuro, nos aclimata a una desgracia que cada vez menos necesita utopías. Como si la condena hubiera terminado por ser aceptada. Con lo cual mi decepción, el arte de vivir sin esperanza, no me hace menos extraño.

Menos  extraño es el mundo hoy, si se lo mira sin esperanza, menos doloroso que perder la esperanza a mitad de camino, perder la fe, sacrificar el balso. Además si no espero nada, incito saludablemente a que no se espere de mí.

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