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La noche del oráculo

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 La noche de oráculo, bien podría decirse que es una novela de y para escritores, lo cual ciertamente es una clara desventaja comercial. Nadie disfruta más de una novela en la que el personaje es un escritor joven fracasado, que un escritor exitoso, o fracasado.

Paul Auster, el maestro de la trama. Alguien – un escritor si no recuerdo mal – me decía que Auster es uno de esos autores que se olvidarán pronto. Pero no, o no al menos antes, que muchos de sus contemporáneos. No recibirá el premio Nobel. Pero siempre será recordado por la intensidad irritante de sus tramas, por el maravilloso retorcimiento de sus historias, por el espesor contrastado y colorido de sus personajes. Ah, y por el sello de narrador profesional, que como los periodistas nos pone al tanto de todo, con una efectividad tal, que quien se somete no escapa.

La trama de La noche del oráculo, es una constelación de historias escritas y “no escritas” que se cruzan. El escritor joven ha tenido un accidente que lo ha llevado al borde de la muerte. Tiene un amigo, su único amigo, un escritor famoso y viejo. La esposa del joven es conocida desde la niñez por el escritor viejo. Aparece una novela de una escritora norteamericana, llamada La noche del oráculo. El escritor joven se enfrenta a una jugarreta fetichística que le pone magia al relato. Un día mientras camina por New York, encuentra en una papelería de un chino, cuadernos portugueses de distintos colores. Compra uno azul y regresa a su casa, con el ánimo de comenzar a escribir después de la convalecencia. En el cuaderno comienza una historia apasionante (basada en el episodio de Filtcraft, del Halcón maltés, la novela de Dashiel Hammett, narrado por Sam Spade), que cuando tiene la lector con la lengua afuera, aborta. Escribe  un argumento para un guión (basado en la Máquina del tiempo de G.H.Wells) que finalmente no le compran. Escribe una diatriba contra una noticia espantosa, por la que según el escritor, la humanidad desciende a su punto más bajo. Y describe su fantasía respecto al romance que habrían sostenido su mujer y el escritor viejo. Y cuando ha escrito mucho en el cuaderno, que lo atrae con la fuerza de un talismán, sale a caminar, como siempre, y en una esquina lo hace pedazos y lo arroja a la basura.

A Paul Auster siempre hay que leerlo. Debajo de esas tramas espesas de orfebrería, de los laberintos narrativos tan ingenioso, hay un espesor humano que da el tono conmovedor a sus novelas. Auster respeta la velocidad de la novel para hacer novela. No le fue necesario hacer novelas  a velocidad de cuento  para vender. Aunque sin duda, los que hacen novelas a velocidad de cuento, vendan más.

Una novela de cuatro noches, para paladear palabra a palabra. Una experiencia ordenadamente desordenada, en donde se exploran los momentos en los que la humanidad más bajo cae.

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