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El ars narrandi de William Ospina

20070711024503-william-edited.jpg Juan Moreno Blanco        Las maneras de narrar heredadas de la Edad Media europea, tales como la novela de caballería y las Crónicas de Indias, tenían entre una de sus características principales la centralidad de la conciencia del narrador. El Yo narraba lo que pensaba y se colocaba como ordenador absoluto de la totalidad narrada. Los ideales del caballero, en la novela de caballería, y la sed de aventura y lucro, en las Crónicas de Indias, eran la base de interés desde donde se comprendía y valoraba los acontecimientos que en su encadenamiento constituían la intriga narrativa. Esto hacía que fueran géneros muy compactos culturalmente, la mano que sujetaba la pluma narradora era presa de un ojo que veía la realidad de una sola manera. Luego vendrán, para el caso de nuestra lengua, las narraciones renovadoras de Cervantes y la novela picaresca en donde la realidad es nombrada con ojo crítico y distanciado: la urdimbre de las palabras ya no nos da en la narración una totalidad unida por unos valores centrales y absolutos. La realidad ya no es cosa homogénea, más bien es cosa dividida por la intención de una pluma no afecta a los sentidos acabados y normados culturalmente sino, por el contrario, proclive a dibujar el inacabamiento de eso que llamamos realidad. Ahora la narración es un organismo a la espera de un lector que aportará de sí experiencia, ser/estar en el mundo y mirada crítica-constructora.        La novela de nuestros días es heredera de esa renovación en el arte de narrar pero parece que a William Ospina no le tocó nada de esa herencia.        Su novela “Ursúa” (Alfaguara, 2005), es un ejercicio admirable de mimetismo en que el escritor logra resucitar el ars narrandi de la Crónica de Indias que fue escrita, casi siempre, por españoles en el siglo XVI. Es tan grande ese mimetismo que su novela podría ser vista como una Crónica de Indias escrita y publicada en el siglo XXI. Ella es el retrato de seres humanos que se mueven en América siguiendo los mapas mentales y las instituciones de la España Imperial: las motivaciones de la presencia del protagonista en el Nuevo Mundo son “el mayorazgo” (que lo dejó sin herencia en España), y la ambición de “valer más”; la verdad de “lo que pasó” depende de que ésta sea contada por súbditos de la Corona; el Otro del Nuevo Mundo (“el indio”), no tiene voz, tampoco conciencia.        Pero la principal institución del mapa mental de estos aventureros que dejarán memoria de sus aventuras en la tinta de la lengua escrita es la naturalidad de la violencia: a nombre de la Providencia y del Rey de España acaban “naturalmente” con la vida del Otro. En la novela de William Ospina encontramos otro tanto:“… y cargaron sobre poblaciones incesantes adornadas de oro y de plumas, y saquearon a sus anchas, y rezaron su gratitud a Dios con las espadas goteando rojo por bosques que hervían de venados” “Torturaban a los príncipes indios, exploraban las lagunas buscando el sitio de los rituales del hombre dorado, emprendían viajes absurdos llevados por el viento del peligro…”        En su libro sobre Juan de Castellanos (“Las auroras de sangre”, Norma, 1999), William Ospina nos decía su admiración por el ars narrandi español presente en “Elegías de varones ilustres de indias”:“He visto en sus páginas cómo vuelven a la vida las expediciones, los infinitos plumajes, los diálogos entre jefes de ejércitos; cómo se alzan ante nuestra mirada las selvas de América como fueron hace mucho, antes de que nuestra desdicha las arrasara; cómo arden las poblaciones, cómo cruzan el aire los dardos, cómo entra la punta envenenada en el pecho del guerrero, cómo azotan el agua las zarpas del tigre...”Todo parece indicar que el autor ha pasado de su admiración a un ejercicio de mimetismo atemporal. Lo curioso del ejercicio es que por la vía de esa manera de narrar se renueva el etnocentrismo tan propio de la “cultura colombiana”, heredado por supuesto de España. La Crónica de Indias era etnocéntrica, y eso es normal en la pluma de escritores españoles del siglo XVI; que una novela escrita en el siglo XXI renueve ese etnocentrismo es lo que más sorprende en la escritura de Ospina. Habremos de esperar las dos siguientes novelas que el escritor publicará próximamente para completar su prometida trilogía; esta primera ya nos da una antesala de lo que, por lo pronto, parece ser un ejercicio de estilo en que un americano logra escribir hoy sobre América como lo hicieron los españoles hace cinco siglos. 

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