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Una hermosa venganza

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  Juan Moreno Blanco

  En alguna ocasión Gabriel García Márquez dijo tener la convicción de que las músicas del Caribe, a pesar de su aparente fervor y colorido, llevan consigo una profunda tristeza. Esta afirmación coge de sorpresa a quienes siempre hemos visto en la música que bailamos el mejor transporte hacia la alegría. Es difícil imaginar que esas músicas tengan en sus orígenes condiciones sombrías o historias que conciten apocamiento o melancolía. Empero, si nos sobreponemos al olvido que está detrás de la alegría y miramos con cuidado las historias diversas de esas músicas de nuestro continente (la samba, el son, el jazz, el reggae, el blues, la salsa, la cumbia y absolutamente todas las músicas del Caribe), les encontraremos un punto en común: todas coinciden en tener una fuerte influencia de las culturas provenientes de África, es decir, de la cultura grande de los esclavos, los seres humanos que desde su llegada al continente estuvieron encadenados y reducidos al piso ontológico inferior de la sociedad colonial. ¿Cómo y cuándo pudieron crear y diseminar por la América toda esas músicas que nos parecen tan alegres, ellos que se hallaban humillados y sometidos?        Muy probablemente, éstas fueron forjadas en los poquitísimos momentos y espacios de libertad en que los esclavos eran dueños de sí mismos. Debieron brotar en esos momentos irrepetibles de eternidad en que el furor de los por un momento desencadenados habría de llegar al tope; allí pusieron toda la libertad de la que eran capaces. Tal vez es precisamente eso lo que explica la vitalidad e intensidad de esas músicas que nos parecen simplemente “alegres”. En esos momentos estaban expresando la humanidad que ningún amo podía robarles. Y es eso lo que hoy bailamos; el negro puso ahí, para durar, la marca sonora que ha atravesado los tiempos y se ha impreso en la cultura que llevamos dentro.        Las paradojas de la historia han querido que muchos latinoamericanos que presumimos de no tener sangre negra no teniéndola en las venas sí la tengamos en las palabras y los ritmos que bailamos. A través de la música, lo negro ha participado en nuestra educación sentimental y en la formación de nuestra estructura personal. En contraste, y ahí hay otra paradoja, el amo blanco, el que puso con el hierro al rojo vivo su marca sobre la piel negra, casi se hizo culturalmente transparente. Pareciera que en la perennidad de las músicas que bailamos el negro estuviera cumpliendo una hermosa venganza.        A través de los siglos, la africanidad de las músicas americanas se ha burlado de ese desprecio que fue muy usual escuchar en los estrados de la cultura letrada “nacional” desde donde se escuchaban opiniones como las que profiriera en 1936 Daniel Zamudio, profesor del Conservatorio Nacional, con respecto a la cumbia y otras músicas colombianas con notable influencia negra: “.. es forzoso preguntar si debemos expedirle carta de naturaleza en nuestro folklore (…) esa música, que no debiera llamarse así, es simiesca. La rumba pertenece a la música negra y traduce fielmente el primitivismo sentimental de los negros africanos (…) El aporte de la música negra no es tal vez necesario considerarlo como parte del folclore americano”[1]. Que en éste u otro país se haya querido olvidar la vena cultural procedente de los afroamericanos, muestra bien que el racismo tiene una larga historia. Ahí están, para ejemplo, la milonga y el tango, músicas de las que muchos han olvidado su inicial base musical negra, así como se olvidó que en Argentina también hubo esclavos negros. Y seguirá sin duda, hasta más allá del día de mañana, la larga estela de olvidos de una cultura que no quiere reconocer su herencia africana … y los racistas que manejan nuestras instituciones seguirán, hasta más allá de pasado mañana, bailando, como si nada, músicas de inspiración negra.          


 

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