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Escuelas de novios

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En una academia militar un celador capta en un video el momento en que dos chicos tienen sexo en un aula, no hay nadie más. El celador mira lo que ha grabado varias veces antes de entregarlo a las autoridades de la academia. Los chicos son expulsados, por:

 A.  Hacer el amor.

B.  Hacer el amor en la academia.

C.  Haber afectado la sensibilidad moral del celador.

D. Haber violado el manual de convivencia de la academia.

 A nadie se le puede negar el amor, al menos todavía. A nadie se le había ocurrido prohibir hacer el amor en la Escuela, quizás porque muchas parejas lo hacen. Si entran a Google, por “videos conocidos de estudiantes teniendo sexo en las aulas”, van a encontrar a hoy 1.770.000 resultados (que incluyen videos de profesores y estudiantes). La sensibilidad del celador con seguridad estaba afectada desde antes. De no haberlo estado, interviene para amonestar a los chicos, no los graba de manera clandestina, no se recrea con el material y no lo utiliza para sacar algún partido. Y en el manual de convivencia no existe prohibición alguna de hacer el amor en las aulas.

Los abogados de los chicos demandaron ante la Corte Constitucional y consiguieron que declarase que la sanción fue desproporcionada, porque viola los derechos a la intimidad y no afecta a terceros (digamos, que hubieran hecho el amor en presencia de los niños de preescolar). Además porque la expulsión carece de algún soporte al no estar “hacer el amor” considerado como contravención en el manual de convivencia. Ahora la institución debe reintegrarlos.

¿Qué fue lo que realmente condujo a las directivas de la academia a expulsar a los dos chicos? ¿Una homofobia estructural? ¿Pecado contra natura?  ¿Fascismo sexual? ¿Indignación moral? ¿Escarmentar como una forma de control? ¿Falta de humanidad? En cualquier caso la institución obró de manera anticonstitucional y de manera antipedagógica. Lo cual, en ningún caso, es buena propaganda.

No parece que la medida de expulsión esté animada por ningún espíritu educativo, porque la exclusión, la condena, la proscripción, son la fuente anti educativa que más ha desregularizado la vida escolar, permeada por la influencia activa de las redes y los móviles.

No es posible que las instituciones educativas sigan tratando la vida de las personas que asisten a las aulas como si estuviéramos en una aldea del siglo XIV. Que sigan queriendo educar a la generación Google, con una moral cerrada de vagina y pene, con la mojigatería institucional de los homofóbicos, a pesar de los derechos civiles consagrados.

Lo que habría que proponerse más que un reglamento, una sanción, una prohibición irracional, sería comprender las conductas, condición de la actitud educativa, y acercarse a ellas, intervenirlas, entendiendo que todo lo que se haga necesita ser educativo. Quizás sea pedir demasiado a las instituciones educativas, dirigidas por unos adultos demasiado morales, de una ética demasiado sucia.

La rectora del colegio distrital Jaime Garzón, Mery Jiménez, dice que cuando se presentan asuntos similares lo primero que hacen es no satanizar –¿qué diría Garzón– a ningún estudiante. Han tenido que abrir una “escuela de novios” para atender de la manera más educativa, las situaciones que implican lo público, lo privado, la sexualidad y los medios.

El año pasado en la institución educativa Inem de Cali, se produjo un escándalo similar al de Bogotá, que condujo a una demanda, a partir de un video malísimo, con un audio malísimo y reconocible, hecho por los estudiantes del grupo de teatro del colegio.

¿Si nunca hemos sabido educar en la sexualidad, cómo nos va a alarmar que  los estudiantes estén tan integrados a sus planteles, que puedan utilizar las   aulas para echarse un polvo?

En cincuenta años las instituciones escolares, si es que todavía existen, tendrán espacios de habitación, moteles, para que los chicos reduzcan las tensiones de la vida escolar, amándose mientras dura el recreo.   

 

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