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El jefe

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Luis González me sonó a hijo de vecino. Ha ejercido todos los oficios, desde burócrata liberal hasta guionista, fue drogadicto y amigo de la guerrilla, ganadero, guionista y reconocido realizador cinematográfico. En Colombia, todos los días nace un novelista.

La novela de González nos muestra a Gaitán en el marco de las negociaciones de las cervecerías alemanas a las que Laureano Gómez les había echado el ojo, mientras López gobierna y Alfonsito hace de las suyas.

No es una novela sobre Gaitán, él no es su centro, es una novela de época, con la atmósfera bogotana de los cuarenta, y el juego de poder entre cachacos. Gracias a dios, no se le ocurrió a González volver sobre al asesinato y el bogotazo.

Así que se queda con el Gaitán que llega de Italia. El que se casa con Amparo, la hija de una familia paisa quebrada. En una época en que los alemanes son dueños de las cervecerías, durante la segunda guerra mundial. Cerveza, cuernos, conflicto internacional, todos detrás de una cervecería, el gobierno declara ilegal la chica, competencia cultural de la cerveza, el negocio del futuro. La época en que las aristocracias viven en Teusaquillo y la Soledad. Gaitán de putas en la Perseverancia, a donde va a beber chicha y a encontrarse con Lupe Cascabel, el personaje más entrañable de la novela,  y a trompear con quien quiera cobrarle algo.

La novela se permite, de paso, esclarecer el crimen de Mamatoco. Da el aire viciado y perfecto en el que los partidos liberal y conservador navegan en un mar de corrupción, cerveza y ambiciones, que incluye expropiar a los alemanes, para satisfacer las reclamaciones de lealtad de los Estados Unidos.

González hace una “novela histórica”, con un lenguaje directo y efectivo, tiene el manejo de diálogo propio del buen guionista. Un ritmo sostenido y un humor bogotano con el que salpica todo el universo de los bajos instintos políticos alrededor de un negocio de estado, y de paso desnuda a Gaitán, el caudillo humano. Con arrechera, coraje y ansias de poder, sin engolamientos alrededor de su personalidad.

Consigue que el relato le funcione como una máquina engrasada de ficciones realistas que cobran toda su luz en la remisión a personajes y situaciones que configuran las maneras, el humor y la ironía de las “bestias negras” del poder en la intimidad. La novela hace lo que hacen las buenas novelas, muestran lo que la historia y el periodismo no pueden mostrar, llegan a la entraña de una situación desconocida aunque inevitablemente adherida a la que  conocemos. Las costumbres del poder, la tras escena de los negocios del poder, el corazón del poder, a poco más de setenta años de ser leída por el lector de hoy.

Un ejercicio de lenguaje narrativo rítmico que encuentra los elementos históricos para construir un universo de personajes  oscuros y brillantes, alemanes y locales, de cuernos y demandas, de putas y de chicha.

Tan solo ayer, el pasado liberal y conservador que todavía infesta el presente oligárquico del país, de cuando los dueños del país se pleiteaban por una cervecería a cuando pretenden refundar el país.

Más de una carcajada saltó mientras me dejaba ir en la historia que me parecía conocida, con personajes conocidos, solo que el autor le dio el color y el calor suficientes para mostrármela con vida y para que se dejara leer con ganas.    

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