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Pájaros de verano

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 Cuando salí del teatro con mi mujer de ver Pájaros de verano, tuve una sensación de intachable incertidumbre ante la película. Ella, en cambio, disparó un juicio cortante, se quedó en un limbo raro entre el argumental y el documental, dijo.

Dos días después abrí la Arcadia “No mirar atrás” (155), y encontré a Carolina Sanín, enjuiciando renglón por renglón, a velocidad de crucero, la película de Cristina Gallego y Ciro Guerra. “Es tramposa”, dice para comenzar. No alcancé a ver el regusto alusivo a la trampa, ni la trampa misma, porque es una película “tan inconsciente”, que resulta moralmente ingenua. Es “estrepitosamente mala”. Le “preocupa ver que su asunto compromete el gusto del espectador”. Lo cual hablaría bien de la película. ¿Qué película no quiere comprometer con su asunto al espectador? Se me ocurre que es al revés, la película no es capaz de comprometer estéticamente al espectador, lo que vendría a probar que “las ovaciones parezcan obligatorias”. Hay sinuosidades entre lo que muestra y no debe mostrar y entre lo quiere mostrar y no puede, que pervierten la HD dramática de la historia. Como si en medio de la acción se hicieran pequeñas propagandas étnicas, insertando sentencias, “en formato sapiencial”, o símbolos que convierten el film en “una obsesiva propaganda de sí misma”.

“Pájaros de verano es como el borrador del esquema de una gran película”. Como quien dice, el borrador del borrador, un film todavía en “blanco y negro”, una versión sucia de lo que sería, si se vuelve a escribir y a rodar. Como hizo Sergio Cabrera con Águilas no cazan moscas.

Que sea el borrador de una “gran película”, no es algo que se pueda decir todavía. Siento la afirmación de Sanín como el elogio agazapado y solitario, que le hace a lo que han hecho Gallego y Guerra. Y vale.

 No recibe bien el color a Ciro Guerra. De su blanco y negro sacó una poética visual con la que infestó sus relatos, como si de haber ocurrido algo de lo que contó en sus películas, hubiera tenido que ocurrir en blanco y negro. Una atmósfera que tocó a los personajes y a los largos y cortos silencios con que escribió sus films.

No pudieron hacer una buena película de acción (los norteamericanos como precursores del mercado internacional de marihuana y el efecto que tuvo sobre los clanes guajiros) ni un buen documental. No consiguieron el acento étnico que tan bien funcionó en El abrazo de la serpiente. Un sincretismo narrativo entre la cultura que sirve de matriz a la historia en particular, no logrado, hizo trastabillar el alma de la película, la lengua, la actuación y la magia de los camaleones de la “matriarca absolutamente monolítica y tiesa”, que “ni hace, ni quiere, ni dice”. “Es una “mala escritura dramática”, sigue diciendo Sanín. Lo cual le quita prerrogativa de arquitectura, de unidad de drama, de credibilidad de voz.

Algo cambió en el cine de Guerra. Perdió conciencia con sus Pájaros. “Es tan inconsciente…” sigue  ella, que no se percata de su moralismo. “Que como todo los moralismos estriba en la oposición entre pureza y contaminación…”. Hablo de consciencia cinematográfica, de consciencia de los balances en la historia, en el rodaje, en la edición. La película está desbalanceada, por inconsciente. Por no haber confiado plenamente en la historia, o por no haber encontrado el alma del documental.

Pájaros es una película apta para el mercado del entretenimiento, tiene su lugar en Netflix. Era claro qué quería Guerra, o al menos, qué buscaba en sus películas anteriores. En Pájaros, es como si ya no buscara, porque tal vez encontró. ¿Cuál es la diferencia con su filmografía anterior? Es lo que buscaba responder sin alcanzar una respuesta. Una  amiga venenosa, como si de siempre hubiera sabido la respuesta lo dijo en dos palabras: Cristina Gallego.

Hay una escena que paga la película, los hombres del clan desbaratando una avioneta que dejaron los narcotraficantes gringos, pieza a pieza, para darle cristiana sepultura en la misma playa.  

Quizá en la versión definitiva de la película que tendrá que hacerse -porque según Sanín, lo que vimos fue el borrador de una “gran película”-, ya hayan pasado, el verano de Ciro Guerra y los pájaros de Cristina Gallego.  

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