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La nostalgia del poder divino

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Cómo se puede sentir un argentino de ochenta años, con una investidura simbólica tan aplastante, cuando después de cinco días de espectáculo en Colombia, al fin cierra los ojos a 12000 metros sobre el Atlántico.

Y que nadie vaya a decir que no fue un espectáculo,  viene del latin, spectare, que significa contemplar, y de culum, que significa, medios. La más completa contemplación del “representante de Dios en la tierra”, es la que hacen los medios para su servicio.

Una periodista radial dijo que la visita del papa había sido “espectacular”. Y como ella, muchos. A más de los cientos de miles de personas que Francisco congrega en las homilías, hay cientos de millones que solamente acceden a él, a través de los medios, que se montan en la visita pastoral con un paquete promocional de “turismo de la fe”.

Una vez en el aire, todo está en manos de los medios, de las oficinas logísticas de turismo, cadenas de servicios, transporte, venta de pasajes aéreos, cupos hoteleros,  restaurantes. La mitad de los cupos en el avión papal de Alitalia, trayecto de venida, es para los medios, hasta setenta asientos reservados a los comunicadores acreditados, en la cola del avión. A costos cubiertos por los medios, faltaba más, que sobrepasan los costos ordinarios de la primera clase hasta en cincuenta por ciento. De regreso, la gabela se le entrega a una empresa aérea nacional, para que haga lo propio.

¿Cómo no ver espectáculo cuando desde una ventana de la nunciatura el papa le habla a una plaza colmada de chicos, del Nacional y del América? De camiseta blanca, saludables, vigorosos, felices en su presencia, siendo mostrados al mundo, como la imagen de una juventud congregada alrededor de un papa que viene con el mensaje de una fe alegre, festiva que no se culpa de la alegría, con la que él alienta al “rebaño”.

El doctor Gagat, como Jorge, el bibliotecario ciego de la abadía de Melk, condenan el terrible juego que se desprende de la Poética, y que conlleva en la comedia el pecado de la burla, de la risa, contrarias a la fe. Porque el papa en su discurso no se condenó al pasado de la fe terrorífica, por el contrario, en un lindo espectáculo educativo, invitó a los chicos  a volar, a soñar, a ser libres, a no tragar entero.

Es un espectáculo político, deliberadamente político, que el papa venga a Colombia, con Santos presidente, con un punto central en su agenda, la paz y la reconciliación. Vino a reforzar unos hechos, vino a celebrar la suspensión del tronar de fusiles, vino a reconocer un proceso que recibió el aplauso de la comunidad internacional, porque si el acuerdo con las Farc, no merece una bendición, entonces qué. Mientras no firmen, no voy, le había dicho a Escobar, el embajador colombiano en el Vaticano.

El doctor Ordoñez, que también debe haberse echado sus rosarios por la salvación del papa, está de acuerdo en que él vino por la paz, pero no la paz que se firmó en Colombia con las Farc, sino por la “paz de Cristo”.  Un espectáculo anacrónico de macilenta fe, perdida en el curso de la historia.

A Monseñor Uribe, invitado por el papa al Vaticano, a sentarse con él y Santos a buscar términos de reconciliación, se le reconoció como cabeza de la oposición, un reconocimiento político especial, al que respondió con el orgullo macho de un gamonal herido, cuya bilis es tan eterna como el mismo Dios al que reza. No quiso encontrarse con Francisco en Colombia, no quiso asistir a Palacio. De extraño nada tiene, que él tan devoto, también le pida a Dios, por la salvación del papa y su iglesia. No quiso participar, dice él, porque en el único lugar en que tolera un encuentro con el “traidor castrochavista” de Santos, es en el Vaticano. Todo un espectáculo previo el que ya había dado Uribe en Roma. Aun así salió a verlo pasar en una esquina, y el papa adivinando la presencia del maligno, desvió su mirada a la multitud.

Y para que no queden dudas del espectáculo, el papa no encontró una expresión más feliz, que cizaña, para referirse a la maleza agresiva que muerde y envenena cualquier tentativa de reconciliación. Ni siquiera con el argumento sincero, de que es mejor la guerra que la paz, sino con el “argumento” baboso y filisteo, de que no aceptan la “paz de los vencidos”.

Cómo no va  a ser un espectáculo, un argentino de ochenta años en un trote de cinco días seguidos, sin respiro, que consigue que todos los medios lo cubran hasta alcanzar el rango de noticia única. Cómo no va a ser espectáculo, que en un enorme descampado, reúna más gente que la que convocarían juntos todos los presidentes de América Latina.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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