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El fin de las pandillas

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Corrompidos los ‘partidos políticos” hasta el dobladillo, aliados incondicionales de todas las iniciativas para robarse el país, investidos de una representación falsa, perdieron el juego, están boqueando. El último vestigio del partido conservador como “partido histórico” se deshizo con Pastrana y su proyecto de paz. El partido liberal se dinamitó a sí mismo bajo la ordalía samperista con la mafia para administrar el país. Que de pronto el Senador Hernán Andrade, jefe del “partido conservador”, termine en la cárcel, ya no es más que una pálida consecuencia.

Para las elecciones del 2018 ya no quedan más que pandillas debilitadas, huestes inciertas y babosas, sin programa, sin ideas, mosaicos abarrotados de sujetos ricos en prontuarios e investigaciones. Al punto que es un auténtico desprestigio ser nominado por cualquiera de ellas. Son tan carentes de ideas que la Senadora Vivian Morales todavía puede decirse del partido liberal. Yo la tengo como fórmula de género a la vicepresidencia, de la candidatura de Godofredo Cínico Caspa. El partido de la U, el que le confeccinó Santos a Uribe, ni siquiera va con candidato propio. El “jefe natural” de Cambio radical, Vargas Lleras, no se permite ser nominado por su propia pandilla de bandidos contumaces, asesinos, corruptos e infractores. Clarita López, que se quedó sin partido por estar coqueteando con Santos, a favor de los trabajadores y la paz, está recogiendo firmas. Monseñor Uribe a hoy no ha encontrado un sucesor que le garantice ganar las elecciones. Ninguno de sus prospectos le garantiza el milagro. Y también irán por firmas, Sergio Fajardo, Alejandro Ordoñez, Piedad Córdoba, Gustavo Petro y Juan Carlos Pinzón.

Cualquier ciudadano de bien podría complacerse con la noticia del fin de las pandillas. Pero el hecho no da para tanto. Los políticos de siempre encontraron el recurso de “ir por firmas”, igual tienen el dinero, los electorados cautivos, una parte de los votos de los empleados públicos, cacicazgos regionales, filiaciones familiares hereditarias. Las pandillas salen a recoger firmas. La novedad “democrática” de las próximas elecciones.

Una vez ganen las elecciones tendrán Congreso y Presidencia, y participarán en el "juego de bolsa" de las nominaciones, las ternaciones y las cooptaciones, para enganchar al proyecto de "quedarse con el país" a sus "jueces naturales", tal cual hicieron los hermanos Moreno con los miembros del concejo de Bogotá. Que las pandillas boquean como las muestran los medios, no es la noticia, se sabe de mucho antes, la noticia es que se reciclarán como la basura, se harán llamar de otro modo y seguirán haciendo lo mismo que hasta hoy han hecho.

La autodisolución de las viejas pandillas por la corrupción, que ya no pudieron tapar, crecio tanto que se salió del corral, es un incendio que llegó a las cortes, lleva meses ardiendo, ya nadie lo puede ocultar, es algo invasivo, invisible en tanto puede, que cuando aparece lo hace como una enfermedad social que se define por el deseo de "quedarse con el país". Por desgracia la corrupción se ha hecho más orgánica, con más uñas, con enlaces internacionales (Odebrecht) y entonces vuelve a hacerme pensar en una plaga sin vacuna, una parte sin contraparte, una acción sin reacción, que apunta a la quiebra del Estado. A pesar de las resistencias civiles, mediáticas  y judiciales.

Si suman los costos de lo que se roban los carruseles en cada uno de los sectores de la economía (salud, pañales, cuadernos y frutas, para citar pocos), si se tiene en cuenta el impacto de la corrupción en el PIB y en consecuencia en el crecimiento; el impacto institucional desquiciante; y la reproducción geométrica de asalto a los recursos públicos, todo argumentaría en dirección a una quiebra.

A muchos sonará anarquista, quizá lo sea.     

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