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Una estatua en Charlottesville

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La batalla de Charlottesville del 12 de agosto, había comenzado al menos un par de semanas antes, cuando se iniciaron los acuartelamientos de los ejércitos de activistas. El punto detonante fue la estatua del General Robert Edward Lee en el parque Lee.

Cuando la guerra de secesión estalló en 1861, Lincoln, le ofreció a Lee la dirección de los ejércitos unionistas, y él rechazó la dignidad, su corazón de esclavista lo hizo mirar al sur y marchar al encuentro de los ejércitos confederados que iniciaron la guerra para defender la esclavitud. Sus declaraciones abolicionistas apenas habían sido declaraciones políticas, para sobrevivir al juego que ya se jugaba en Washington.

Desde febrero el consejo de la municipalidad de Charlottesville había aprobado un acuerdo para desmontar la estatua de Lee, en el parque Lee, levantada en 1924, en los albores del fascismo en el mundo.

¿Qué significa la estatua de Lee?

Los clanes supremacistas blancos salieron con la consigna de “unir a la derecha” para evitar que se desmontara la estatua, el símbolo más respetable del esclavismo en USA, el general de los esclavistas, cuya mujer era dueña de cincuenta esclavos.

Lee, el enorme jinete sobre un pedestal de doce metros, es un símbolo contrario para los clanes, la punta del iceberg de una lucha que culturalmente debería haberse superado desde el siglo XIX. En realidad nunca lo fue, lo nuevo es que ha sido reabierta, desde que Trump subió a la presidencia. Como si el alma esclavista de la secesión no hubiera hecho más que hibernar durante un siglo largo de conquistas democráticas y de derechos civiles en USA.

Se juntaron clanes antinegros, antisionistas, xenófobos de Virginia, antilatinos, neonazis con escudos negros marcados con equis blancas y el KKK. ¿Cuánto hacía que en USA no se veían pancartas de KKK? También marcharon los de las suásticas y los que iban con carteles de “Hagamos grande a América, otra vez”.

Y del otro lado, clanes panracistas, libertarios, antifascistas, anarquistas, comunistas, que salieron resueltos a defender el acuerdo para desmontar el símbolo, siglo y medio después de la muerte de Lee. 

El choque fue como de holigans escrupulosos, no se los veía suficientemente resueltos. Se encontraron en los alrededores de la plaza, chocaron de frente en una  primera línea, cuerpo a cuerpo, con bastones, a patadas y a puños. Una mediocre pelea de pandillas de barrio. No había policía, tuvieron el tiempo de concentrar la riña, hicieron círculos, gritaban alrededor como en una gallera, luchaban en medio de una nube de camarógrafos. En vez de policía estaban los medios.

Los supremacistas tenían una carta, James Fields, seguramente un espontáneo valiente, de apenas veinte años, que salió con su camioneta y arrolló a la gente en la calle, al mejor estilo de Isis. Un lobo solitario capaz de matar a una persona y herir a veinte. Entonces llegó la policía.

El “volvamos al pasado” de Trump en la campaña, encontró en Charlottesville una representación en vivo de algo angustiante y lóbrego que es la “enfermedad norteamericana”.

Trump en su primera declaración en la noche del doce, condenó la violencia de ambas partes, cuando todavía había pequeños disturbios en Charlottesville. En un rapto de cuidado político, condenó el fanatismo, el racismo y la violencia, en general, no condenó a nadie en particular. No hizo comentarios ni en favor ni en contra de echar al suelo la estatua de Lee. Una neutralidad cómplice que sirve de gasolina para que los supremasistas blancos sigan haciendo grande a América. 

El miércoles siguiente a los disturbios a los pies de la estatua de Lee, tabajadores municipales la cubrieron con una enorme tela negra, en señal de luto por Heather Heyer.

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