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Un triste adiós a las armas

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El resultado de la entrega de armas de las FARC que condujo a la terminación de una guerra de más de cincuenta años, en Colombia, terminó siendo una noticia aguada que cayó en frío, como si nadie se la pudiera creer. Como si la “paz” -siempre entre comillas- no fuera otra cosa que un gran falso positivo nacional.

Las celebraciones fueron demasiado oficiales, muy localizadas, no fue cosa que el país sintiera suyo, ni siquiera al país que le votó SI al plebiscito, fue algo sencillo, color pastel, entre ellos. El mejor símbolo de la celebración: un par de abuelos, Santico y Timo, sosteniendo una bebé vestidita de rosado.  ¿Dónde estaba Jorge Barón?

Cae una llovizna ácida de escepticismo al final de la guerra. Los signos que la estimulan aparecen en las declaraciones diarias de los actores del posconflicto, en las huelgas de hambre en las cárceles, en las providencias de las Cortes, en los establos donde se preparan las campañas, en las zonas campamentarias, en el Congreso, en el proceso de fin de conflicto con el ELN, en la calle.

Pasa por ser uno de los acuerdos de paz más progresistas en el mundo, en el que se han entregado más armas per cápita que en cualquier otro, modelo integral de negociación, espacio de justicia restaurativa, en el que temas como el género, tuvieron espacio y reconocimiento. Pero aun así, con todas las virtudes arquitectónicas de una paz construida, la falta de interés, de mínimo entusiasmo, de reconocimiento social del “país nacional”, le da un aire discreto, pálido, lánguido, como si la noticia del fin del conflicto más viejo en el hemisferio occidental, tuviera la misma altura de la noticia que hoy conocimos por la prensa italiana: la policía allanó el apartamento de lujo en Roma, de un cardenal que participaba de una orgia gay donde había mucha cocaína.

Las FARC mismas son las primeras en tener que darle un valor muy relativo a los acuerdos con el gobierno Santos, que el año entrante se nos va. Afrontan el riesgo de la destorcida y por tanto no pueden confiarse, habida cuenta de la historia. Desde Galán el de los comuneros, Uribe Uribe tras la guerra de los mil días, Guadalupe Salcedo en el llano, Quintín Lame en el Huila, Jorge Eliecer Gaitán, la Unión Patriótica, el M19, el EPL de Caraballo, a los que entregaron las armas, los que pactaron con los gobiernos, los desmovilizados, una parte del país, en nombre del cual también se pactó, siempre les pasó la cuenta de manera radical y definitiva.

A quienes representa el gobierno Santos les interesa, más que la paz, los negocios que se pueden hacer en paz. Con ese argumento se pusieron de acuerdo con las FARC. De la Calle no pudo ocultar su malestar, el escepticismo, frente a la decisión de la Corte Constitucional, por una sentencia que le quitó facultades rápidas al Congreso en materia de aprobación y reglamentación de la JEP. Él, más que nadie sabe que la paz está amenazada. Hay un reagrupamiento táctico de las fuerzas paramilitares. Hay un clima político preelectoral dificil al acuerdo, el gobierno no tuvo fuerzas para sacar la implementación en la legislatura que termina. En todas las encuestas, Santos, el acuerdo y las FARC, puntuan fatal. No se les cree a ninguno, tienen mala imagen, no se ve con optimismo el futuro, no se ve credibilidad. La ONU se va. Las asociaciones de militares retirados sienten que la patria ha sido deshonrada con el acuerdo. Y si finalmente De la Calle, va  a ser el candidato de Santos, saldrá a la pelea, con una bandera que históricamente debería ser ganadora, pero que en las condiciones de hoy, podría ser una bandera perdedora. El que hubiera podido ser el candidato de Santos, el embajador “uribista” en Washington, no dejó pasar 24 horas tras su retiro, para escupir un twitt torpedeando el acuerdo.

Para el CD oponerse al acuerdo es una bandera, casi que la única. Todo en el acuerdo es arreglado en favor de las FARC, no se sienten representados, no es cierto lo de la entrega de armas, la JEP es algo más que una broma legal, la elegibilidad es un premio a los criminales, y lo más grave, el proyecto del presidente y el jefe de las Farc, para instaurar un régimen “castro-chavista” en Colombia. Y todo eso repetido, demandado, amplificado, promueve un mensaje directo a las fuerzas que de verdad pueden salir a “volver trizas el acuerdo”.

Las fuerzas sacrosantas de la cruz y la motosierra harán su campaña para que el próximo gobierno, a falta de poder revertir acuerdos de estado con peso de tratado, promueva una cruzada sarracena contra los miembros de las FARC, como la única manera de conseguir la paz en Colombia.

La “izquierda democrática” y el centro verde, defienden el proyecto de paz, es progresista, hay que sacarlo adelante, pero no tienen la fuerza política, la popularidad suficiente, para detener la corrupción ni blindar el acuerdo de paz. Es su campaña y hay que hacerla, es lo políticamente correcto, pero a no ser que le apuesten y consigan armar un frente amplio por la paz, no necesariamente para las próximas elecciones, no harán más que pelechar y patalear en medio del fangal.

Y la "otra izquierda", la del PC, la Unión Patriótica, Marcha Patriótica, una parte del Polo que sigue a Clara López y algunos sectores sindicales, tiene todos los motivos de desconfianza, fundados, vividos en carne propia, el peso pendiente de la destorcida, en un país muy católico, liberal, con las tasas más altas de concentración de propiedad de la tierra. Eventualmente el único campo donde las Farc, como organización política, tendría cabida.  

Todos por igual han mentido, toda la vida han defendido de manera legal e ilegal, los medios con que han hecho posible sus fines. Tal el perfil que la historia no desmiente. El lado más flaco del acuerdo es que se ha hecho entre partes con rabo de paja, con un sucio pasado, que los deja sin raigambre nacional, sin convocatorias de verdad, sin necesidad de comprar votos. Una historia negra de corrupción compartida y cooptada. En un país en donde comenzamos a recordar, a hacer que la memoria no sea impune. Por eso "la verdad", luego "la justicia" y si algo queda "la reparación".

No conocimos ese mismo júbilo que invadía a los del exilio latinoamericano en París en la época de las dictaduras militares, cuando alguien desde alguna terraza salía una mañana y gritaba: ¡cayó! Ese júbilo desapareció, y lo que tendría que haber sido un "estalló la paz" de primeras planas, 21 cañonazos al mundo, un día oficial, el doblar de todas las campanas y las sirenas de bomberos, terminó siendo como una discreta celebración cerrada de familia, en la que lo más animado era el representante de la ONU. Qué triste “adiós a las armas”.    

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