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Cusco I

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El 31 de abril de 1530 hubo un gran terremoto en Cusco. El 21 de mayo de 1950 se repitió. Las bases arquitectónicas de la cultura inca permanecieron como si la furia de la madre tierra no fuera con ellas, y solo quisiera ensañarse con la arquitectura de adobe, viga y balconada del imperio español. Los incas levantaron la más perfecta industria de grandes ladrillos de piedra, simétricos, absolutamente pulidos, sólidos, de aristas talladas, como si hubieran sido cortados con máquina.  Monolitos facturados que ajustan como un solo cuerpo, y sobre los cuales el imperio español sobrepuso una arquitectura que no resistió ninguno de los dos grandes terremotos.

En lo que se conoce como el templo de Santo Domingo y que es en realidad el lugar del Coricancha, concurren dos historias,  dos arquitecturas. Era el más importante templo de los incas. El recinto de oro, como también se conocía, era un lugar sagrado consagrado al máximo dios inca: Inti, el sol. Solamente se podía ingresar a él en ayunas, descalzos y trasegando con una carga en señal de humildad. El frontis era un hermoso muro curvo de tres cincuenta de finísima cantería, decorado con patina de oro. Dos salones de observación y un techo de paja fina. Hoy es el anexo más “productivo” de un convento español restaurado, de corredores de madera que dan por dos costados sobre un patio cuadrangular adoquinado. Y un templo que congrega la devoción de los desocupados. Un negocio de curas, que por dejarnos entrar a ver el templo del sol, reciben diariamente una cascada generosa de “soles”.    

       En el segundo bloque de la segunda hilada hay tres orificios de conducción de aguas. En el lado opuesto el muro se hace curvo, gira 90 grados. El muro del Coricancha coronaba un sistema de andenes que bajaban hasta el río. Y en el primer bloque y afuera sobre el corredor exterior, el observatorio inca. Donde los astrónomos de Cusco oteaban los astros, medían la fluctuación de la luz, capoteaban el misterio de las sombras y el cambio de la posición relativa de los astros. Donde se hicieron grandes en el rito de la humildad cósmica. En Coricancha se ideó un dispositivo para el cálculo calendárico. Desde el templo, como centro,  partían una serie de líneas no paralelas, llamadas ceques, orientadas según puntos celestes: el equinoccio y el solsticio, las posiciones constelares; cuatro de ellas representan los cuatro caminos intercardinales que comunican las cuatro partes del Tawantinsuyu.

Una mentalidad como la mía sujeta a modernos historicismos, está tentada a ver en una obra como el Coricancha, la manifestación imperial de un poder constituido. Con un conocimiento acumulado, con un saber, con territorios controlados que iban desde Ipiales hasta el río Maule en Chile. Con una economía diversificada, con un avance tecnológico como nunca lo hubo antes en América, con un grado sofisticado de centralización y fuerza. Había “legiones” completas de soldados profesionales, disciplinados, que tenían la capacidad de moverse a unas velocidades tales, que los hacía tácticamente superiores. Se conocían como los “orejones”, porque era costumbre entre legionarios deformarse las orejas con adornos rituales.

  Me declaro víctima de mi propio historicismo que me afianza en una visión imperial del fenómeno inca, contemporáneo del renacimiento europeo, y víctima fatal de las luchas intestinas por el poder, la viruela y los españoles. Mi amigo Luis Castro de Cusco intentó explicarme que el tawantinsuyu, no puede ser considerado un imperio. No al menos, como el imperio romano, el imperio chino, azteca  o el imperio inglés.     Aun así, el peso de mis propias ideas, afianzadas durante tantos años, no me deja deslindar esa manifestación centralizada de poder que los historiadores en general han llamado el “incanato”, como expresión de fuerza política y militar concentrada, de otra concepción que se me abrió en el Cusco, en la que el sustento de un poder no proviene, como en los otros imperios, de la territorialidad efectiva controlada por una fuerza unificada, sino y además del poder de la conexión de los incas con el cosmos. La fuerza de su visión y de la comprensión última de su posición en el universo, darían una condición extraordinaria y distinta al “incario”, o al “incato”.   

Lo que los astrónomos incas vieron desde el Templo del Sol y que los llevó a considerarlo el centro, mucho antes de que en Europa se generalizaran las ideas heliocéntricas de Kepler y Galileo, los hizo grandes, más allá de la grandeza ordinaria de los imperios que ha habido en el mundo.    

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