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Pasado perfecto

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Mario Conde “es un comemierda” (Leonardo Padura). La policía cubana. El drama interior y el drama exterior cubano. La criminalidad oficial. La novela sin censura. La soledad de un policía. La comida cubana. La familia adoptiva. El escritor fracasado. En todo eso revuelto hay una novela, terminada en Montilla, en enero de 1991. A comienzos del periodo especial.

Mario Conde:un detective cubano del periodo especial. Nunca sabe si lo que quiere es enamorarse o echarse un buen polvo. Desaliñado, informal, heterodoxo, bebedor de ron, un escritor fracasado metido a policía, amigo de sus amigos. Un Marlow venido a menos. Mucho menos enigmático, pero igual de solitario. Solo que Conde es cubano y está en el periodo especial.    

Rafael Morín Rodríguez es un cuadro alto del partido, trabaja en una dependencia de la dirección de Ministerios, que lo ha puesto en situación de hacer negocios grandes con empresarios extranjeros, para Cuba. Un compañero de Conde en la prepa de la Víbora que se había quedado con la chica más linda de todas, de la que Conde siempre estuvo enamorado. El hombre desaparece y el lío le cae a Conde, de manos del mismo jefe Rangel.

La teniente de la división de delito económico, Patricia Wong, viene para ayudarle a Conde a esclarecer la jugada de un cuadro del partido que aprovechándose del cargo, comenzó a hacer negocios para sí, a embolsillarse las comisiones, a recibir sobornos, y que cuando se vio atrapado pretendió desaparecer. En la lógica de la novela, deberá morir, en una reyerta por el dinero, con uno de sus adláteres del ministerio de comercio.

Resuelto el caso, después de que Conde ha intentado echarse un par de polvos con Tamara Valdemira, la chica más linda de la prepa, ahora viuda de Rafael Morín, termina la novela, como termina Viento de Cuaresma. Conde más solo que nunca.

Leonardo Padura ha encontrado una vía de escritura fluida y cálida con la que cuenta con gusto, lo que ningún otro escritor cubano me había contado, la vida, caso por caso, de un policía cubano que siempre quiso ser escritor. Sin embargo, y como suele suceder con los autores de novela criminal, y no cualquiera, Chandler y Hammett por ejemplo, se deslizan por alguna gravedad oculta hacía un esquematización de las acciones, una fórmula demasiado apretada de los acontecimientos. Un lugar común de la composición que termina por quitarle aire criminal a la novela, lo que un enviciado lector de novela negra siempre quisiera encontrarse. 

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