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La eterna parranda

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       El libro recoge una selección de 27 crónicas publicadas por Alberto Salcedo Ramos, entre 1997 y 2011 (Alfaguara, 2011). Una variedad suficiente para ver mover al cronista en distintos nichos, en distintas condiciones, siempre con los ojos de cronista, de quien en la reportería no discrimina. Los ojos del cronista que quiere verlo todo aunque no sea posible verlo todo. El cronista que aprende a “caminar sobre el agua” para ver el milagro.

        La primera lección de las crónicas, en tres secciones, es la del material. En principio digamos que todo hecho puede ser objeto de crónica, algo que de ser cierto, no haría más que acentuar el problema de escoger la historia (viabilidad, costos, tiempo). Ramos sabe escoger el material. Los boxeadores, los cantantes, el futbol travesti, los enanos toreros, las masacres, el palenque, los perdedores, hasta su propio paseo millonario. Pero son tantos los hechos, las personas, las historias con las que un cronista se encuentra, que es necesario escoger. Para mí, el criterio de selección de la historia, es el de aquella que mejor se deje contar como cuento.

       La segunda lección es la reportería. Gastar más de cinco años, sino más, tras la pista de Diomedes. El saberse meter durante el tiempo necesario, exactamente donde las personas de la historia se mueven, saberlas ver en lo que dicen y no dicen, en lo que hacen y no hacen, poder acercarse a ellas en un diálogo sostenido, o en una observación en la que el cronista debería terminar por ser invisible. La inmersión decide la calidad del material. La inmersión se consagra por el ejercicio de los cinco sentidos al servicio de una tarea informativa descomunal: intentar verlo todo. Pero aun así, la cantidad de información (la secuencia de datos) que deberá reunir el cronista como material de escritura, se ordena bajo el designio de la forma de ver. El ojo de cronista es como el ojo de fotógrafo, el ojo de entrenador, o el de “buen cubero”.

       Y una tercera lección, la escritura. Directa, fluida y conducente. Al servicio de narrar, con todo lo que narrar supone (describir, narrar y juzgar). Al servicio de construir escenas que le permitan al lector participar de los entornos vivos, definitivos. Útil al arte de poner atmósfera, esa mezcla de color y calor, que  da la única y precisa tonalidad que durante la inmersión el cronista capta con sus cinco sentidos. Útil para la metacrónica, el hablar del oficio del cronista y la crónica en la crónica. Y muy eficaz para editorializar, para incluir los juicios, las opiniones del cronista sobre hechos, personas, o las consecuencias irremediables que desencadenan.

       No todas las crónicas tienen la misma calidad. Como toda recopilación es desigual. Pero aun así, para efectos de material para talleres de crónica, es de preciosa utilidad.

       Leídas las crónicas desde el ojo lector de quien quiere meterse en el mundo real del que se le participa por acción del cronista, o de quien apenas quiere que le echen el cuento,  siempre sabrán a bueno, siempre querrán volverse a leer.

Alberto Salcedo: un cronista para releer.

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