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El amante japonés

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Hacía años no leía a Isabel Allende, tal vez desde la Casa de los espíritus, porque no había tenido tiempo de volver a ella. Fueron sus cuentos mágicos y una novela policiaca –El juego de Ripper– los que me llevaron otra vez a acercarme. Volví con El amante japonés, por lo que muchos lectores vuelven a un autor, porque otro lector los incita.

¿Y qué encuentro después de tanto tiempo? Una novela que versa sobre la vejez y la familia, de una arquitectura de precisión. Con personajes tallados a mano, relatos repletos de humanidad, de luz humana, tanto en el detalle como en el fondo. Una novela que tiene su escenario en San Francisco, en un hogar geriátrico de “viejitos comunistas y marihuaneros”. Un lugar en donde los viejitos alternativos de los sesenta ingresan para ser atendidos en cuatro niveles.

Una historia grande que viene del Japón, otra historia grande que viene de Moldavia. Un viaje a México. Un campo de concentración para japoneses en Utah. Un viaje a París. Una mujer que viene de Varsovia. Sus padres la enviaron a USA, y a él a Inglaterra, ellos fueron recluidos en el gueto.

Una nítida historia de amor entre la dueña de la casa, Alma Belasco, la cabeza de la dinastía en segunda generación, una polaca que pinta sobre seda, y el hijo de un jardinero japonés, norteamericano, Ichimei, que se cría con ella en la casa del viejo Isaac Belasco.   

Un amor completamente desigualado, entre distintos, con asquerosas barreras de clase, pero que aun así se conserva durante cincuenta años, espaciado en largos intervalos, silencios espesos, pero atravesado por las notas de él, cartas breves y sencillas. Ichimei el del espíritu sereno, un apacible hombrecito oriental que cultiva flores, y a la vez, el amante salvaje en la cama. Las cartas van dando la noticia del clima en que esa relación no declarada, adulterina en sentido legal, consentido por su marido, que es homosexual, va variando a lo largo de los años.

Hay dos momentos en la novela. Alma y el amante de su marido, lo asisten mientras muere como consecuencia del sida, a mediados de los años ochenta. Y la llegada del amante japonés, por última vez al cuarto del hospital donde ella está siendo atendida tras un accidente de auto que la tiene  a punto de morir. La chica moldava, que la acompaña, se retira de la habitación para respetar la intimidad de la agonizante y su amante japonés eterno. Cuando regresa a la habitación encuentra que él se ha ido y ella con él.

Después del funeral de Alma, su nieto le revela a la moldava que el jardinero había muerto tres años antes, de un infarto.

Es una novela devoradora con una nítida vocación de relato. Hace parte de esa épica de novelas familiares de la literatura norteamericana, a la que Isabel Allende le debe tanto. Sencillez, economía y sentido, guían su prosa, que se ha ido purificando con los años. Ya no podría pensar, como cuando la leí por primera vez, que es una novelista chilena. En los dos libros últimos que he leído, entre los casi veinte publicados,  hay suficientes pruebas como para no tener que considerarla una autora chilena. Ella está en esa galería transnacional de la novela en la que también están: Rosa Montero, Ángeles Mastreta, Laura Restrepo, Marcela Serrano, y Nélida Piñón.    

Tres sesiones en la hamaca bajo el mango fueron suficientes para que me hiciera un adicto durante tres tardes a los personajes, que se me mostraron, que me tocaron, me transmitieron su aliento. Hasta el gato Neko, que después de 18 años de vida en común con Alma muere, y ella se niega a reemplazarlo por otro, con el argumento de que no puede adoptar un gato que la va a sobrevivir. ¿Qué sería de él?

De una elegante firmeza en la forma de plantar los personajes, de una ternura insondable en la forma de desenlazar las situaciones.

Hay que leerla.

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