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La juventud

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Ya no recuerdo quién lo dijo, pudo haber sido Russell, la juventud es maravillosa, lástima que esté en manos de los jóvenes. Un par de artistas, el músico y el cineasta, amigos de siempre, pasan una temporada en un hotel de lujo en los Alpes. El músico ha ido con su hija, Lena, que actúa como su representante. El cineasta está terminando su último guión, ambos están en los ochenta.

Es tan elegante el film, que más allá del conflicto de la juventud perdida, de la viudez, el asunto que lo tensiona, es una solicitud de la misma reina, para que el músico acceda a dirigir la orquesta sinfónica, una vez más. Un pobre emisario, es el encargado de transmitir los deseos de la reina, a un viejo cínico, desparpajado, que vive como si ya hubiera vivido todo. Un conflicto comprometedor en segundo plano, la reticencia “definitiva” a dirigir la orquesta, que desenlaza el film, dando a conocer la razón personal, que se ve forzado a compartir con el emisario. El conflicto que tensiona el presente del film. Y que cierra justamente con el músico dirigiendo la orquesta sinfónica.

Se juntaron Paolo Sorrentini, el director italiano, y dos figuras inolvidables, Harvey Keitel y Michael Caine, para hacer un  tributo cínico y desenfadado de la vejez. El hotel me recordó la edificación donde moran los tuberculosos de la Montaña  Mágica.

Tiene cuatro escenas memorables, que ya es mucho decir de un film, ahora que de manera tan fácil pueden prescindir de las escenas memorables. La de la confesión de Lena a su padre, agresiva, adolorida, punzante, sobre su infancia y la vida de su madre al lado de él. La de los dos viejos quietos en la piscina, a la que Miss Universo llega desnuda, entra al agua, avanza, so pone frente a ellos y sigue. La de Maradona dándole con la pata izquierda a una pelota de tenis, que se eleva y cae, con la misma fluidez con que el balón sube y baja, al comienzo de Lola corre Lola. Maradona lleva un tatuaje de espalda entera de Marx. Tiene una barriga pontifical y unos horribles pantalones azules. Y la del masaje, el músico, voluminoso, blanco, boca arriba, es atendido por una chica de 16 años, que en algo recuerda a las orientales, que le da un masaje y una lección de cómo hacerlo.

Los críticos han dichos que es "una película demasiado ensimismada, en la que todo suena petulante y ampuloso”, bah, porquerías de los reseñistas de periódico. (Sergi Sánches, La Razón).

"Casi todo es falso en este filme, que parece hecho de cara a la galería de espectadores sensibles a los hechizos de la pomposidad arty y el vacío ostentoso. ’Youth’ se parece bastante a la película de un farsante." (Carlos Reviriego: Diario El Mundo). Y si todo es falso, y si es hechizo, y si es vacía, una farsa, con mayor razón habrá que verla, solo por esa condición tan íntima, de habitación, de mirada, con que se muestran los personajes, el espectro sensible de la condición humana.  

 Sorrentino no sobrecarga la escena, tiene un diálogo impecable, cada vez que los personajes hablan, dicen algo, el tratamiento de la realización  tiene el ritmo y el tempo propios del drama de la vejez no cerrada, cuando la creación y el arte, todavía los comprometen, a su edad. Además, las reflexiones de Ballinger (Caine) con su música, o Boyle (Keitel), con su película testamento, son recreaciones creíbles de la condición del artista. Sorrentino se para con la minuciosidad británica y el espíritu italiano, para hacer un film de alta ironía, de humor, de drama sin aspaviento, de juegos tan sutiles como los de Tornatore.

Hay que ver Juventud. Para mayores de cincuenta.

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