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De la feliz infancia lectora de William Ospina no deberán quedar dudas. Él mismo descubrió los libros, no fueron tarea, ningún adulto le regaló una adaptación. Nadie insultó su inteligencia queriendo hacerle las cosas fáciles, nadie lo engatusó con versiones para simples, lo cual dejó ileso su orgullo de lector. Una infancia así sería la que todos los niños deberían tener. Sin embargo, el hecho crudo, es que muchos niños colombianos no han tenido infancia lectora.

El sentido de la familiaridad y la extrañeza, no solo ha sido un punto de diferencia en el trabajo de hacer libros para niños, para jóvenes, libros de texto, manuales. Lo es de manera superlativa en el proyecto educativo. Si se entiende que el principio motor de la educación es poner al que aprende al borde de lo desconocido, de lo extraño, de lo que no conoce. De qué otra cosa si no, proviene la dificultad de aprendizaje, de comprensión, de verbalización. ¿Si solo nos enfrentásemos a lo conocido, cómo avanzaría el conocimiento? Cualquier texto, sea o no una adaptación, le va a proponer dificultades al lector: palabras que no conoce, expresiones irónicas que confunden, metáforas incomprensibles, oraciones muy largas y referentes distintos a los conocidos.

Julio Cesar Londoño, cita al alcalde Guerrero, en su columna de El País, la semana pasada, reproduciendo una lista de adaptaciones de obras literarias. Uno quisiera entender que es una forma documental de señalar, que lo que ha hecho Londoño con María, no tiene mérito original alguno, es un recurso viejo para conseguir nuevos lectores, y a fe, que lo consigue. Y si tiene mérito, es por la osadía de escribir para los simples, es decir, los que no tuvieron infancia lectora, las víctimas de las "pedagogías" escolares, los que jamás tuvieron biblioteca en su casa, los que a pesar de tener el derecho a la lectura, no pudieron ingresar a la literatura.

Es una apuesta todavía más osada, pensar desde la administración, que una adaptación, pueda ser un recurso para la defensa del patrimonio literario. Si María, la original, no la leen los maestros, ni los estudiantes, salvo tarea encomendada, será que una adaptación puede conseguir que María, así sea en la reescritura de Londoño, se vuelva a leer. ¿Qué tantos lectores convocaría la adaptación de María?

Es apenas natural, que Ospina exprese su incertidumbre frente a la bondad de los resultados. Es la misma que podría tener el alcalde, y la misma que tiene Londoño. No va  a pasar nada con la adaptación, sino se la toma como el motor de una campaña de lectura. María debe ser un pretexto para agitar el potencial social de lectura. Suficiente extrañeza propone una novela, a un lector en ciernes hoy, que muestra un mundo de esclavos felices y amos generosos, de rosales idílicos y cacerías primorosas, de un amor sin besos y un cuervo mañoso.         

No hará falta que Ospina amenace con adaptar a Londoño, su adaptación, más allá de ser el legítimo ejercicio de reescritura de un escritor en otro, es el mejor pretexto para incitar a su lectura. La adaptación de María, es un acto amoroso, que no se conforma con dejar a María enterrada bajo los rosales del siglo XIX.

Si todos los niños fueran como William Ospina, la adaptación de María sería completamente inútil. 

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gravatar.comAutor: NTC ...

Como aporte al DEBATE, incluimos (eneteceamos) este texto en:
http://literaturaenelvalle.blogspot.com/2014/11/maria-y-el-alferez-real-intervencion-de.html
y en
http://literaturaenelvalle.blogspot.com/2014/11/maria-y-el-alferez-real-intervencion-de_26.html .
Y el texto amplía lo expresado por el autor en la segunda presentación del proyecto y el trabajo: VIDEO: http://youtu.be/S6bsP4e-drg

Fecha: 12/12/2014 23:21.


gravatar.comAutor: Alberto Guzmán

El periodista JC Londoño se siente con el talento, el derecho, la capacidad, la autoridad para “suprimir las repeticiones”, “agilizar el relato”, “reemplazar vocablos oscuros por vocablos vigentes” de las obras de escritores que considera adolecen de un ‘estilo notarial’ o de un ‘tono de melodrama lírico’.
Tanta genialidad le confunde el seso y toma por un aborrecible fetichismo lo que no es más que respeto elemental por las obras de arte, que aunque no estén a la altura creativa de este nuevo César de las letras, son un patrimonio que está ahí… en el mundo de la cultura, para quien lo quiera disfrutar.
Querer una obra como la concibió su autor no es una manifestación de fetichismo por un canon de pureza. Señor Londoño, me gusta leer el Quijote como lo escribió Cervantes. Donde dice: “hacer bien a villanos es echar agua en la mar” no quisiera que un adaptador de periódico me hiciera leer que “buscar inteligencia en un periodista es como gastar pólvora en gallinazos”. Cuál es el “ganchos de tensión”? la inteligencia del periodista o la pólvora para el gallinazo? Qué le vamos a hacer, señor, prefiero la Gioconda de Leonardo a las adaptaciones de Andy Warhol; creo imprescindible el oboe de amor en los Weihnachts Oratorium de Bach y me parecen despreciables los sintetizadores que los Julio César de la música nos ofrecen como adaptación, probablemente con la intención de quitarle el tono melodramático al original de Johann Sebastian. Me gusta la música que destilan los filosofismos de don Leon de Greiff: “Como esto ha de seguir -al decir de las gentes, oh las intonsas gentes dando siempre opiniones!” y no requiero la ayuda de alguien que reemplace el oscuro vocablo ‘intonso’, por el vigente ‘imbécil’.
Se le confunde el seso, señor don Julio, cuando confunde una de sus ‘adaptaciones’ con el proceso de investigación en las ciencias. Como habría dicho don Alonso Quijano, adaptado por el Iulius Caesar del periodismo: “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”. La inviolabilidad de una obra de arte no requiere de la bendición de Borges (eso no es más que una anécdota); pero si usted quiere violar a María, no lo haga en público. Al fin y al cabo en su vida privada no se mete nadie.

Fecha: 14/12/2014 11:48.


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