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Arte degenerado

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 ¿Corrompe su condición la obra de arte cuando sobrepone una intención distinta a la intención estética? La pregunta lleva al debate de los propagandistas del “arte por el arte” y “del arte por encargo”. Los primeros decían que el arte es un fin en sí mismo. La obra por la obra, con lo cual bien puede el artista prescindir de la audiencia. Como si el arte fuera una especie de narcisismo solipsista, que no se complace en el intercambio. Paradoja trivial, que le propone un contrasentido al arte. El arte sin el otro no tiene sentido. Un principio de la teoría del valor que rige en economía y en estética.

Los segundos decían que el arte estaba al servicio de la revolución, de la causa, en general. Y por lo tanto, todas las obras deberían estar destinadas a fortalecerla. Las que se negaran a hacerlo eran destruidas, desterradas, condenadas. Un arte con agenda externa. Un arte para el otro, es cierto, pero con un costo que ningún arte es capaz de pagar, tener que convertirse en propaganda. Así sea en propaganda literaria, la más perversa de todas, o en propaganda cinematográfica, tan corrompida como la inmediatez del poder. Las “grandes obras” por encargo conocieron el descrédito por el olvido.

La obra por encargo termina no hablando por sí misma. Termina siendo la voz de otros.

La obra de arte, no es un fin en sí mismo, ni es un medio para conseguir algo distinto a la experiencia en obra. No es un artefacto. Es intercambio, experiencia sostenida, emoción y conocimiento. Un proceso, va a decir Adorno.

Es el mismo Adorno el que se pregunta si la obra de arte no corrompe su nobleza cuando se convierte en ideología. El mismo que habla de “la degeneración del arte”, una expresión de la censura nacional socialista a las obras que no le hacían propaganda al poder. Una expresión utilizada por el stalinismo y el maoísmo.

La obra de arte es como un orgasmo simultaneo en la plaza principal, como el que causó el perfume de Grenouille entre los pobladores de Grasse. 

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