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A mitad de camino

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A dos años de iniciado un gobierno, normalmente los defectos y desaciertos, hacen más bulto que lo que se ha conseguido. A la hora del balance, en mitad de la vida útil del gobierno Santos, no se  sabría a quién le va peor, si a Santos o a Petro. En ambos casos, por cuenta de sus enemigos, que en ambos casos son denunciados como responsables de la pérdida de popularidad y credibilidad.  

De cada cien colombianos, 56 desaprueban el gobierno de Santos. Pero tal cosa en realidad no tiene mayor importancia. Que nadie se asuste por una cifra, que tomada en serio, sería demasiado grave. Pero tomada políticamente, bien podría subir, llegar al setenta o al ochenta, y no afectaría ni la gobernabilidad ni el proyecto futuro de gobierno. La desaprobación o aprobación son hechos nominales, más estadísticos que reales, que carecen de consecuencias efectivas. Por ejemplo, que si un presidente baja durante dos años consecutivos de la media de aprobación pudiera ser revocado. Los resultados lamentables, comienzan a ser importantes, solo cuando como en el caso Santos, el  actual gobierno es una plataforma para un relanzamiento a un segundo período.

Las dos grandes verrugas del gobierno Santos son los problemas de orden público (desaprobación del 70%) y los de la salud (desaprobación del 67.2), que rajarían definitivamente la gestión presidencial, y que hacen más bulto que los logros, por ejemplo en relaciones exteriores, como lo muestran las encuestas. Pero el orden público y la salud no son los mismos problemas para la gente que para el Presidente. Para él lo son en la medida en que afectan la imagen conque a futuro, le  está apostando a su segundo período. Desde hace un mes se mueve más, es más ubicuo, da más abrazos, que si estuviera en la recta final de la campaña.  

El problema de seguridad, que va por cuenta de las Farc, que con su escalda, sus nuevas tácticas – incluida la de publicar cartas mensuales haciendo ofertas de diálogo -,  grupos élites, marchas indígenas, columnas caucanas, ha hecho todo lo posible, pera que al menos medio país, eche de menos a Uribe.

El problema de la salud consiste en que prácticamente al sistema lo desmantelaron los corruptos, de todos los partidos y de todas las tendencias, y el gobierno no tuvo, no tiene y no tendrá, la capacidad de combatirlos con autentica decisión, por incapaz o por cómplice, o por ambas cosas. A punta de investigaciones que solo se anuncian, paños de aguas tibias, tímidas declaratorias, el sistema va inexorablemente a su quiebra.  Pero el gobierno, hasta ahora, el mensaje que ha enviado, es que es mejor dejar los santos quietos.

Van las cosas tan mal en términos de efectividad de gestión y resultados, para Santos y Petro, que no faltará quien ya haya comenzado a añorara a Monseñor Uribe y a Samuel Moreno.

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