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El discurso del rey

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Todos los reyes son tartamudos o sordos, cualidad que heredaron a los gobernantes que los sucedieron. Gadafy, Chávez, Ahmadinayad, Berlusconi, la Señora K, Putin, Calderón y los demás. Así que un idiota colérico, abusado de niño, ahíto hasta las entrañas de una corrompida nobleza, que lo enferma y no lo deja hablar, el futuro Jorge VI, no es por sí mismo suficiente para una historia original. La originalidad comienza con la terapia, con la magia del doctor Lionel Logue.

La película de Tom Hooper, incluida en la selección oficial del Sundance Festival y con siete nominaciones al globo de oro, lejos de ser una fabricación comercial de una historia sobre la realeza, los herederos de Jorge V, quienes van a tener que vérselas con Hitler, es una magistral demostración de lo que significa construir personajes en el cine.

Para hacer a los dos personajes, a Alberto Federico Jorge Guillermo, Príncipe de York, y al australiano Lionel Logue, Hooper debió considerar a dos superlativos actores ingleses, capaces de dotar de vida propia, de carácter profundo, de fuerza, a los personajes entresacados de la historia inglesa. Colin Firth a cargo del tartamudo venido a rey, el moderno Claudio del imperio británico, y el terapeuta de la palabra, el logómaco, Geoffrey Rush: más que un psicoanalista, más que un terapeuta de lenguaje, más que un asistente del Rey, un actor, un amigo, un bromista.

Es de esas películas que conllevan la tentación inmediata de volverla a ver, una vez se termina. Una película de una nobleza dramática que instiga el gusto. Cuidada en cada uno de sus detalles, en cada diálogo, cada mirada, cada gesto de acercamiento entre un hombre común y corriente con sentido común, y uno que es rey y se lo cree, a costa de sí mismo.

La terapia de Logue, consiste en que siquiera por un momento, Bertie – el rey -  deje de creerse rey y actúe como un simple mortal, para alejarse de la fuente del mal. En eso consiste la terapia. Logue lo obliga a hablar indignándolo, desacralizándolo, poniéndolo a bailar, a respirar, a moverse, a sentirse corporalmente vivo, a indignarse, a cantar, a no fumar.

La escena de la más refinada magia logoterapéutica, es a su vez el punto de giro magistral de la película. Es la primera consulta, aun no siendo rey, a la que lo ha conducido su esposa – interpretada sin ningún hálito especial por  Helena Bonhamcarter – entonces Logue le anuncia que le va a grabar la voz. Le pone unos audífonos, por los que le llega una música atronadora, que le opaca el mundo sonoro, y lo deja a solas, aislado consigo mismo. Luego le entrega el texto de Hamlet y le pide que lo lea en voz alta. El Príncipe de York, a regañadientes acepta, toma el texto y comienza “To be or not to be…” y termina el parlamento con una voz sostenida, tonificada, que modula con gracia el verso. Antes de irse Logue le entrega el acetato en el que ha hecho la grabación.

La magia profesional de Logue, la tecnología y la agresividad contundente de la terapia, obligan al tartamudo real a regresar a la consulta, a regresar a él, del cual ya no va separarse más mientras viva.

Más que lo que hace un escritor fantasma detrás del rey, Logue es el artífice de una logomaquia, que bien llevaría a concluir que no es Dios el que hace hablar a los reyes, sino los hombres del común, un modesto australiano hijo de un fabricante de cerveza.     

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