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“El perro loco del desierto”

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“El perro loco del desierto” lo llamó Ronald Reagan, el mismo vaquero que disparó contra Libia desde sus barcos apostados en el Mediterráneo, a finales de los años ochenta. Si de alguien me gustaría escribir la biografía, sería de Muammar El Gadafi. Porque en él, él límite incierto y nómada que separa la condición de persona y personaje, se rompe, ingresando así  a la galería de personajes literarios.

Nació en el seno de la tribu Kadafa al sur de Bengasi. Militar de carrera, golpista, ambicioso, cruel, sin intestinos, encabezó apoyado por el nasserismo  una revuelta cruenta contra Idris, un reyezuelo puesto por los italianos para que les administrara el petróleo. Escribió un Libro Verde, tal como Mao escribió su Libro Rojo. Se inventó una forma de la revolución árabe, a la que llamó Jamahiriya. Maestro del terrorismo internacional. A él se debe el atentado en la discoteca de Münich en 1986 y la explosión de un avión en pleno vuelo sobre los cielos de Escocia en 1988. Pero ni siquiera el bombardeo de Reagan lo pudo sacar. Fue proveedor de armas del IRA. Nacionalizó el petróleo y se hizo rey revolucionario de todas las tribus del desierto.

 Un atuendo ordinario de Gadafi en público puede costar 70.000 dólares, sin incluir la corona de oro puro, los tres anillos de oro y unas gafas negras de mafioso mexicano que cuestan 25.000 dólares.

Cuando viaja, siempre va en dos aviones, lleva una carpa suficiente para sesenta personas, tres camellas recién paridas para que le den leche en las mañanas. Su anillo íntimo de seguridad lo forma una legión de veinte vírgenes lituanas uniformadas, que se encarga de todo. El anillo externo lo forman 180 vírgenes armadas, que protegen el primer anillo. Así fue cuando estuvo en Roma, en Belgrado, en las  Naciones Unidas. En Nueva York  levantó su carpa, con todo, en el  solar de la casa de Donald Trump.

Físicamente hablando el perro encuadra en el casting de una película de Tarantino, tiene la morbidez displicente de los personajes de los Coen, la palidez cetrina del General  Noriega, incluso hasta las cicatrices, la grasa facial de Ortega, las mechas ralas y grasientas de un matón de Robert Rodríguez, la barbita de chivo libidinoso de Bin Laden y los modales corporales de Machete Cortez.   

A finales de los ochenta sufrió todas las sanciones económicas del mundo y Libia fue víctima del mayor aislamiento al que se hubiera sometido a un país alguna vez hasta entonces, pero sobrevivió. Para el 2007, con la ayuda de unos de sus hijos, Saif a Islam Gadafi, y el petróleo naturalmente, logró el milagro, la redención por Occidente. Se hizo perdonar todo y les siguió vendiendo petróleo, se hizo accionista de la Fiat, con el 15% de las acciones actuales, y fue recibido y abrazado por  Obama, Blair, Sarkozy, Cameron  y su carnal Berlusconi, que siente una profunda envidia por él, y desde luego, por Chávez, ni más faltaba. El 2009 fue el año de la apoteosis, el New York Times le abrió sus páginas. Como si a Tiro Fijo se las hubiera abierto el Washington Post.  

Hoy el perro está dando su última batalla, contra su propio pueblo. Se encontró de frente con unas mayorías iracundas, con la fuerza de una bocanada de dragón de las tribus, que le han pedido que levante, que mueva las camellas y regrese al desierto con sus vírgenes lituanas.

Occidente lo perdonó, su propio pueblo no.

En una declaración de la semana pasada, dijo que el responsable de la revuelta en Libia es Osama bin Laden.

 

 

28/02/2011 23:01 albertobatalla Enlace permanente. sin tema

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