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Donde viven los monstruos

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Si alguien quisiera una historia para un cuento de horror destilado, no tendría que escarbar en los archivos de la imaginación, le bastaría ir a Tame, como fue Truman Capote a Holcomb, en las “elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas”.

La monstruosidad de la ficción - la que a veces nos consterna, no nos deja dormir o nos despabila - sale de la monstruosidad de la ciudad y la región, de las calles, las casas y veredas. La monstruosidad de las novelas es una recreación de la monstruosidad que repta por los suelos  de la “patria”.

Un suboficial del ejército colombiano, miembro de una brigada acantonada en Arauca, llega a la casa de un campesino pobre, padre de tres hijos, dos niñas y un niño, Jenny, Jimmy y Jefferson. Mientras el padre trabaja, los obliga a ir con él a un mangón, los ata, luego a uno por uno los va abusando carnalmente, tras lo cual los degüella, mientras los otros observan antes de que les llegue su turno. Cuando los violó y los asesinó a los tres, los enterró en una fosa improvisada, encontrada cuatro o cinco días después por los campesinos de la región.

Pero la monstruosidad apenas comienza. Podría ser que el crimen quedara impune, como  han quedado muchas de las macabrerías de los paras, los guerrillos, los narcos y los militares. Entre todos han construido un modelo nacional de “horror no convencional”,  que los escritores han visto agitarse en la saga del conflicto, donde los demonios movilizados y desmovilizados de la guerra, que andan sueltos, van cobrándole a la vida lo que la guerra ha hecho de ellos. Los mismos que nos causan vacio en el estómago, miedo en las tripas.

Naturalmente todos los generales, los comandantes y el Ministro de la Defensa han condenado el hecho, como tienen que hacerlo. Pero es que en el caso de los falsos positivos de Soacha, también lo condenaron, destituyeron 17 oficiales, y la cosa sigue impune. De aquí  a mañana saldrán a pedir perdón.

A la familia Clutter la asesinaron en el sótano de su propia casa en Halcomb, “a sangre fría”. Capote se gastó siete años reconstruyendo el crimen y la saga de los criminales. Pero el horror que logra transmitirnos en su crónica abismal, debe haber sido poco, comparado con el que los Clutter  sentieron aquella madrugada en la que Dick y Perry entraron subrepticiamente a su casa, como  demonios perdidos con “aura de animal exiliado”.

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