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“La región más transparente”

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¿Hay alguna literatura que escape al peso de la región o de la ciudad? Y más aún: ¿habrá algún personaje que escape  a su gravedad? La llamada literatura urbana es una excrecencia de ciudad, tanto como la literatura regional lo es de la región. Algo que de por sí no demandaría mayores explicaciones ni rodeos. La pregunta es ¿cómo siente y entienda el escritor la ciudad y región? Las galaxias envolventes de las regiones literarias, de los dominios poéticos, de las alambradas de la prosa. Desde las Mil y una noche, hasta los Detectives Salvajes.

Ciudad y  región son los únicos escenarios dramáticos de que disponemos a la hora de escribir, en los que los personajes encuentran su espacio y su voz. ¿Dónde sino no? Faulkner construye desde su villorrio – Yonkapatawpa – un cosmos densamente poblado de objetos humanos. Onetti construye desde su Santa María, un villorrio universal infestado de tedio. Y García Márquez, desde Macondo, la región Caribe, construye un continente.

Que un escritor muestre la región en lo que escribe, que un novelista refleje la ciudad, o que lo hagan sin que sea su región o su ciudad, no son opciones liberales de trabajo, son pesos que nos caen encima, designios graves. La región y la ciudad nos hacen. Y frente a eso la literatura nada puede, salvo recrearse.

La región como tema, o la región como peso de escritura. La ciudad como historia, o la ciudad como mentalidad. Esas disyunciones, son las que mejor me revelan un sentido necesario, cuando se trata de escribir. Alfred Döblin, construye su Berlín Alexanderoplatz, con Berlín como marco, y con la más pura rudeza del alma urbana. John Dos Passos, construye la trilogía de Nueva York, con la ciudad como escenario, pero envenenado del más crudo espíritu urbano, moderno. Lo mismo que hizo Víctor Hugo en Los Miserables, pone la ciudad como escenario y la ideología burguesa, como guía.

En Colombia, Don Tomás Carrasquilla hizo una literatura de  región, con una mentalidad que le dio a su literatura, ese hálito que le permite dejarse leer hoy. Fernando Vallejo hace de su Medellín, un nido de la perra, pero más allá de la tentación costumbrista, hace un entramado universal del amor y la violencia, de esas dos cosas que siempre atraviesan la ciudad y la región. Héctor Abad, con su Angosta, ofrece el mejor ejemplo de una literatura de ciudad y región, como un solo engendro dividido, marcado, segregado, visto y entrevisto desde la mirada de las víctimas.     

¿Cómo entiende entonces un escritor la región y la ciudad? ¿Cómo explicar esos ámbitos vivos y brutales, cambiantes  y universales, que además de ser habitados por ellos, los habita? De la explicación que se dé, dependerá para bien o para mal, el curso que su obra siga. Hay escritores que hacen obras locales, sin efecto más allá de donde se escribieron, destinadas a ser leídas y olvidadas en el mar olvidadizo de las novelas locales.

Pero hay escritores que escriben cosas que se dejan leer en cualquier región, en cualquier ciudad, porque más allá de recrear una localidad, son capaces de revelar lo universal de lo particular. No importa que el relato no salga de una región, de una ciudad, de una calle o de una habitación, como en el Libro de la Memoria de Paul Auster, en la que el personaje siente nostalgia del presente.

La universalidad de una obra, más que ser el resultado de una dependencia natural entre, el escritor la ciudad y la región,  consiste en que se pueda leer, se quiera leer y sea lea, muchos años después de que a alguien se le antojó escribirla y a alguien publicarla.

Las grandes regiones literarias, jamás terminan de leerse

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