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“Si Albareto, No Alvarito”

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Monseñor Uribe Vélez nunca habrá disfrutado de un cigarrito de marihuana, mucho menos de un pase en el baño de una discoteca. ¿Qué esperar de un tipo que nunca ha usado jeans, que es Presidente y cree en el Opus Dei? De ahí para abajo, no me atrevería a decir lo mismo de ningún funcionario de Palacio y los Ministerios, de ninguno del Congreso o de las Cortes.

 Al excontralor Ossa Escobar le encontraron durante una requisa en el aeropuerto, un cigarrito en su maletín, la cosa fue un escándalo nacional. Con el tiempo se le perdonó y para que se lo creyera lo nombraron rector de la Universidad Distrital, donde los encapuchados ejerzan la libertad de expresión.

 Antonio Caballero confesó en su columna que había fumado marihuana. Naturalmente, el que es Caballero repite. Pero, como todo, terminó aburriéndole. Es una hierba idealizada. Caballero esperaría mucho más, que la promesa maldita fuera más maldita. Qué aburrimiento fumar esa cosa que nos exagera los defectos.

 Carlos Mayolo que se fumó diez cosechas, terminó diciendo que había dejado la marihuana porque le hacía olvidar dónde dejaba el perico. Si alguien ha sido fiel, riguroso, respetuoso de la adicción, ha sido él. Imaginen la escena: Mayolo siendo interrogado por un psiquiatra militar, en un calabozo de la policía a donde lo han conducido para darle “tratamiento de ley”. (Una terapia paternal de choque; lo que el Gobierno y sus cómplices están proponiendo).

 Fernando Oramas, el pintor, sostenía que la marihuana no crea adicción. “Yo llevo veinte años fumando y no me he enviciado”. Decía que era su control cromático. Se levantaba y antes de desayunar se metía el primer  cigarro. Luego comenzaba a pintar; calentaba el pincel buscando el color.

 Porfirio Barba Jacob se la fumó en todo el Caribe, en los inquilinatos de San José, de Barranquilla, La Habana, México, New York. La “dama de ardientes cabellos” fue la aliada elegida para el vuelo americano de su palabra. Él que la tenía aguda, ligera, profunda, repentista y brutal, la aceitaba con los humos fragantes de la dama, para concederle más rapidez, vistosidad y elocuencia.

 Héctor Abad – ahí donde lo ven – hace un par de domingos se nos vino con una columna dominical que tituló “Columna enmarihuanada”. Está en   presente continuo, para producir la impresión de que habérsela fumado y estar escribiendo son actos contiguos. Santa marta gold, conseguida por un amigo. ¿Y qué?

 Cualquier medida de penalización, constricción al desarrollo de la personalidad, judicialización del consumo, “tratamiento de ley”, frente a cualquier sustancia, no se hace sin arrasar el principio de las libertades individuales, sobre el que se levanta la democracia. Aun con argumentos – como que la dosis mínima es cobertura para la distribución -  la tentativa paternal de Monseñor Uribe Vélez, es una medida fascista, que se parece mucho a las órdenes que los paramilitares imparten en pueblos y barrios: no pelo largo, no a la marihuana, no a la minifalda, no a la rumba hasta la madrugada.

 

 

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