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La prueba Elisa de la literatura

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                 Separar la obra de un autor de su posición política, es deshonesto y sobre todo tonto, dice Margarita Valencia en su columna de Arcadia (#26), amparándose en George Steiner. Me pareció un refrito de grasa saturada, eco de una vieja discusión por allá de finales de los sesenta, que hasta donde creí se había cerrado por motivos literarios. Si se tratara de ser completamente honestos y juzgar la calidad de las obras, por las posiciones (acertadas o equívocas) o la falta de posición política de sus autores, el ejercicio nos llevaría a descalificar toda la literatura.                  

 

                                Russeau, para comenzar, no resistiría la prueba. Gorki, tampoco se salvaría. Cuántas veces le pidió Lenin que mantuviera la boca cerrada. Kipling – a quien Valencia trae a colación – se salvaría si lo juzgan los tenderos ingleses, pero se condena si lo juzgan los sindicalistas hindúes. Ni qué decir de Rushdie. En tierras del Islam estaría perdido. Grass también contaría con el voto encontrado de sus lectores. Balzac resultaría fastidiosamente monárquico. Borges estaría perdido, su transparente reaccionarismo lo condenaría eternamente. El Gaviero tendría que ser juzgado por su inocente monarquismo, por su peor culpa política: la negación aristocrática del presente. Fernando Vallejo resultaría consagrado por los anarquistas y enviado a los más profundos infiernos por las “gentes decentes”. Al mismo García Márquez, se le podría reprochar su liberalismo lopista de otras épocas, o su incondicionalidad con Fidel Castro, según quien lo lea. Pobre Reinaldo Arenas y Barba Jacob ¿Y con eso qué se habría logrado? A lo más, patentar la prueba Elisa para las letras.

 

                            Hacer de la lectura de una obra una lectura entre líneas de las ideas políticas del autor, es perdonable si quien lo hace es un oscuro profesor de literatura contemporánea; no puede hacer otra cosa y la academia se lo patrocina. Pero que un lector común enajene la dicha de un viaje estético, al afán de diseccionar la ideología política del autor (en razón de que son inseparables),    no será deshonesto, pero irremediablemente tonto – con perdón de Steiner, que desde luego decía tonterías -  y peligroso. Qué mal le iría a la literatura en esta dirección políticamente arriesgada. Y si no, recuerden la crítica oficial del stalinismo a la literatura de la época, según cómo hubiese votado el autor en el último Congreso de Escritores, o los juicios de reprobación de las obras durante la revolución cultural china, por razón de las “desviaciones políticas” de los autores.

 

                          Para efectos literarios, es tan tonto insistir en la separación como en la fusión, porque la literatura no es “el espejo del alma política del autor”. ¿Qué coños nos interesa el alma política del autor, si la obra es reveladora, exultante, conducente, intensa, recordable? ¿Qué pasaría con el juicio literario  de la obra de aquellos autores desconocidos, sin antecedentes, de los que apenas conocemos su obra? Qué jartera que para ser honrados tuviéramos que leer la biografía antes de la obra, como si estuviéramos en el noveno grado.                          

                         Me temo, que  la columna de Margarita (que en realidad fue escrita para hablar de sus libros favoritos de Kipling) le podría llegar a gustar a Hugo Chávez. Esperemos que no haya leído Arcadia.                              

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