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“Me parecía insoportable vivir sin ella”

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       “Cómo se las arregla uno para  vivir si un ser querido nos ha     

        gritado  en vano:piedad".                            

        Simone de Beauvoir. Una muerte muy dulce  

                               Carlos Framb. Poeta con cara de seminarista casto. Hoy en  la cárcel de Yarumito, acusado por el delito de homicidio agravado contra la persona de su madre. Prefiere que no le digan poeta, aunque tiene dos libros: Antinoo de 1987 y Un día en el paraíso de 1994. “No tengo preferencias para cuando ya no pueda tener preferencias” (Fernando Pessoa) le dice a su hermano, en la carta donde hizo constar que ella quería que la muerte la tomara en la cama y durante el sueño. “Esto fue un acto de amor de dos personas adultas y lúcidas” agrega.                        

                      Su madre le pidió morir. El preparó una pócima mortal, una mezcla de sedantes, morfina e insulina,  que había sacado de un libro. Se la dio a tomar y luego él mismo bebió el resto. La miró por última vez, ella estaba ciega. Se abrazaron mientras se tendían en la cama. El puso en le tocadiscos la cantata de Bach, Jesús sigue siendo mi alegría, y se dispusieron a morir. Cuando Carlos  Framb despertó dos días y medio después  en una cama del Hospital San Vicente de Paul, rodeado de fiscales, abogados, policías y periodistas, pensó al ver toda esa gente: “debí haber llegado al infierno”. Supo entonces que su madre había muerto y que él estaba acusado de homicidio agravado.     

                          El juicio contra Carlos Framb se inicia hoy. De ser culpable el poeta pasaría 30 años en la cárcel. “Morir me resulta fácil (…) no tengo aspiraciones metafísicas, pero sobre todo porque me parecía insoportable vivir sin ella, que se había convertido en toda mi vida”.  El le había dicho de lo bello que sería acompañarla. “Ella no estuvo de acuerdo en que me fuera con ella, pero yo no le prometí nada”. “No hay más vida y más muerte que las propias” grita Fernando Vallejo en El desbarrancadero, en el que el personaje aboga por el derecho a matar a su padre para que no sufra.                       

     

                          El suicido asistido, es un derecho que mientras la iglesia tenga sus agentes en el Congreso, encontrará la férrea “resistencia moral”, con la que se tapa la muy inmoral crueldad católica. Si a Framb lo condenan por homicidio, lo habrán condenado por un acto de amor que no se consumó del todo, porque Iván, su hermano, alcanzó a llegar antes de que él muriera. La vida no quiso que muriera, a pesar de lo hermoso que hubiera resultado. Pero también la vida lo pone ahora la borde de una condena, no por haber cometido un crimen, sino por haber consumado un acto de amor definitivo. Framb no reconoce haber cometido ningún delito, lo hice por amor “sin odio, sin armas, sin violencia” a la manera de cómo Albert Spaggiari, el ex mercenario francés, lo reseñó en un graffiti, tras el robo del Banco de Niza.  

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