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¿A qué renuncia Fernando Vallejo cuando renuncia a ser colombiano?

Si legalmente es posible cambiarse el nombre, también lo es cambiarse la nacionalidad, de hecho una persona deja de ser colombiana cada día. Pero así como no se puede renunciar a ser un Santos o un Araujo, porque no se renuncia a la sangre, tampoco se renuncia a ser colombiano, porque no se renuncia a esa sangre nacional por la que somos en gracia a lo que el país ha hecho de todos nosotros: Vargas Vila, García Márquez, Fernando Vallejo, Laureano Gómez, Alvaro Uribe, Gustavo Petro, Tirofijo, Santodomingo, Mancuso, los Rodríguez, Samper, Botero, Shakira y Juanes. Colombia no podría ser explicada sin ellos, y ellos a su vez, no tendrían explicación sin ella.

Vallejo renuncia oficialmente a ser internacionalmente reconocido como colombiano, ahora es legalmente mexicano. Tiene con ese país, esas indómitas honduras del afecto y la vida que tuvo nuestro Barba Jacob y bien tiene el Gabo y Mutis. Si la renuncia legal constituye una traición, como ya lo han dicho, es una traición de menos rango que la que podría consumarse si se le entrega legalmente el mercado nacional a las compañías transnacionales por gracia de un TLC aprobado. Más grave que lo de Vallejo, si fue que traicionó la patria, es traicionar un amor. Y amores se traicionan todos los días. Vallejo puede renunciar un millón de veces a ser colombiano, pero no por eso dejará de serlo. Desde comienzo de siglo, este es el año en que más “deserciones” nacionales ha habido, 522 hasta hoy, cuando en el 2001 los que renunciaron fueron 523. Vallejo tras casi cuarenta años de haber abandonado el país, seguirá siendo un colombiano y morirá como un colombiano, porque nunca somos capaces de traicionarnos absolutamente. Lo que a muchos colombianos irrita es que uno de los suyos abjure de la familia nacional, reniegue del país, pero más por motivos de orgullo herido que porque les importe un pito la suerte de un “apátrida”.

Cuando Vallejo habla de Colombia, no se refiere a la nación de todos, o a la que debería ser de todos, se refiere a la Colombia de las castas amangualadas, a la de las pandillas que se turnan democráticamente el desafuero, el saqueo, los negocios, los pactos clandestinos, las leyes y las reformas. Pandillas desarmadas y armadas, políticas y castrenses, legales e ilegales, pandillas de la inteligencia y la fuerza. “Colombia no tiene perdón ni tiene redención. Esto es un desastre sin remedio”. Cuando Vallejo así abre el libro sobre José Asunción Silva, que apareció en 1995, se refiere a la Colombia que excluye, que sacrifica, que arroja a sus hijos fuera del país. Como la que arrojó al Gabo, cuando la pandilla turbayista quiso manosearlo con el afair del M-19 y Cuba. Cuando Vallejo habla de Antioquia y Medellín, no habla de la Antioquia y la Medellín que deberían ser de todos, habla de esas que colonizaron a punta de mala política y bala, las pandillas. Vallejo no renuncia a la Colombia que para bien o para mal llevamos puesta, a la que sobrevive no se sabe cómo a la desgracia nacional, no puede. Renuncia a esa Colombia de “la peste por todas partes, el sarampión, la viruela, el liberalismo, el conservatismo, el catolicismo, la fiebre tifoidea”.

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