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El fin de Nicolás

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 Cuando Pérez Jiménez huyó de Venezuela en 1958, a Santo Domingo, al llegar al aeropuerto, con miles los venezolanos pisándole los talones, no encontró escalerilla para trepar al avión. Hubo que izarlo con cordeles como si fuera un fardo, en la maniobra se le cayó un maletín negro de fuelle, que en los afanes se le olvidó. Contenía trece millones de dólares.

 Hoy por primera vez algunos medios especularon acerca del fin de Maduro. Pensar con el deseo, tal vez no sea práctico, pero nos hace sentir tan mágicos, que no vale la pena renunciar. Hay hechos en particular, concatenados,  que pudieran servir de coartada a quienes así piensan, una deserción progresiva, desde el 2018, de ocho mil hombres de las fuerzas armadas bolivarianas, 189 procesos militares disciplinarios contra incómodos miembros activos. Entrega de todas las industrias y negocios del estado a los militares. Reubicación de los militares críticos a guarniciones de frontera. Las fuerzas armadas por ser el único cuerpo constitucional de fuerza en cualquier país, está en disposición de alterar el curso nacional, el curso del poder.   

 La evolución de las relaciones internas del "triunvirato venezolano", que medios norteamericanos han calificado como la cabeza de una “industria criminal” implantada en el aparato de estado, definirá los acontecimientos, a partir de un punto de quiebre en la crisis venezolana. De una parte, el gobierno de Trump puso todo su aparato para axfisiar económica y diplomáticamente a Maduro, valiendose del muy eficiente papel del Grupo de Lima. Y de otra, la jugada de elegir presidente interino que le devolvió a la oposición, en la Asamblea Nacional, presencia, fuerza, iniciativa que les da oxígeno interno, suficiente para que la oposición, afuera y adentro de Venezuela, cerrara filas, alrededor del gobierno de transición de Juan Guaidó. Algo del coraje mestizo de Chávez veo en él.

  En el momento en que Nicolás pierda el apoyo de lo que hasta ahora ha sido su aparato de bolsillo, por diferencias con Diosdado Cabello, el fiel de la balanza tendrá que inclinarse, y si no lo hace, se tendría que autoproclamar. Me refiero a Vladimiro Patrón, el Patrón bolivariano. Si se tratara de fidelidad al chavismo, como proyecto, como ideología, el primero en la sucesión sería él. Nicolás es una bestia probada de carga del chavismo al que cayó en desgracia y para desgracia de Venezuela, reemplazar al Comandante. Chávez comparado con él, es un pensador. Diosdado, apenas está por el billete. Es el mafioso del triunvirato y al mismo tiempo el eslabón más débil, porque está pillado por la justicia internacional, porque han rastreado sus cuentas, los movimientos, sus negocios, porque está vinculado a procesos que lo implican en conciertos para delinquir. Un concertista maestro, que no podría salir de Venezuela, porque a donde vaya lo van a ir a buscar. Porque al cambiar el régimen le echarán mano en Venezuela. 

 Un salida, que ya se propuso hoy, que la OEA, de donde todavía Nicolás no se ha hecho expulsar, o una comisión de la ONU, le propongan al Patrón que convoque a elecciones, para lo cual sería necesario, para que fuera diplomáticamente viable, que el Patrón le diera un golpe de estado a Nicolás. Pensar con el deseo.

 El final de Nicolasito: con el bloque comercial más completo, con las empresas rusas en retirada, con una baja explotación petrolera, con la inflación caminando a millón, con fisuras en las fuerzas armadas, con el grupo de Lima moviéndose con saña, con la oposición venezolana organizada como gobierno en el exilio, sin medios, sin twitter, sin FB, sin gobernabilidad, Nicolás huye un con un “puñado de leales” a lo más profundo de las selvas venezolanas para “organizar la resistencia contra la invasión imperialista”, recibirá el apoyo del ELN y se dejará crecer la barba.   

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