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La Olympia de Julián Marías

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  Hace muchos años leí a Julián Marías, el hijo de Don Javier, en una extraña y caprichosa novela sobre el tiempo. Pensada, bien escrita, profunda, pero desoladoramente aburrida. Me sentí frente a un buen ensayista que pretexta con una novela.

 Marías, de 67 años, no escribe en un ordenador, utiliza una Olympia Carrera de Luxe, de la que ya no se consiguen repuestos. Toda su obra ha salido de la máquina de escribir. Tiene un asistente que recibe todas las hojas mecanografiadas, las  escanea y las envía como adjuntos en PDF. Recibir sus comunicaciones es como recibir noticias de un escritor de otro tiempo, su marca tipográfica, es como la de Ezra Pound, o la de Dashell Hamet.

Después de haber presentado su novela más reciente, Berta Isla (cuya edición inglesa será lanzada esta semana en Estados Unidos), dijo refiriéndose al hecho de que cada vez es más difícil reparar su máquina, como si le estuviera llegando el fin de su historia, lo que no dejaría a Marías otra opción que parar de escribir por completo.

En los últimos años su nombre se ha deslizado varias veces a los comités de la Academia, que concede el Premio Nobel.

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