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Buenos Aires dos: el misterioso hilo profano que se extiende entre el Dante y la logia

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 Luis Barolo fue un empresario textil de principios del siglo XX que hizo fortuna en Argentina. Es a él a quien se le ocurre pensar que los restos mortales del Dante, depositados originalmente en Rávena, donde murió, se alberguen en el palacio Barolo que él se ha empeñado en hacer en el centro de Buenos Aires.

Barolo contrata a Mario Palanti, por entonces reconocido arquitecto en Europa y en Italia, para que ejecute el proyecto. Palanti se había alucinado con el diseño de esperpentos colosales, había fantaseado con las arquitecturas del superhombre, con formas utópicas, que retaban la gravedad y el diseño. Por alguna razón no se sentía obligado con lo posible. Así que con su proyecto se fue a donde Mussolini y trató de vendérselo. Pero el Duce ya tenía su proyecto imperial de arquitectura, al fin y al cabo, venía de los romanos.     

Barolo estaba obsesionado con rescatar los restos del Dante y remitirlos clandestinamente a un puerto europeo en el estuario de la Plata, de nombre Buenos Aires. Desde septiembre de 1321, los restos han tenido una historia loca, han pasado de mano en mano durante seis cientos años, hasta hoy. Como telón de fondo está la gran guerra y en lo inmediato, el fascismo a punto de tomarse el poder en Italia.

La entrega del palacio Barolo terminado estaba para hacerse en septiembre de 1921, como hecho celebratorio de los 600 años de la muerte del poeta. Naturales retrasos hicieron que su entrega se postergara hasta 1923. Barolo jamás lo vio, murió en 1922, en lo que parecería un suicidio. Su muerte jamás se esclareció.

Barolo y Palanti se habían conocido en la logia de Buenos Aires. En la transición del siglo trece al catorce, los templarios habían sido declarados objetivos militares definitivos, así que migraron a otras órdenes, a una de las cuales, Dante llegó antes que a la Comedia.  Y de alguna manera, Barolo había entrado en contacto con Agusto Rodin, quien pertenecía a la logia de París, para pedirle que hiciera una versión del Pensador para Buenos Aires.

Hasta los años treinta, el Barolo,  fue el edificio más alto de Suramérica, apenas igualado por su gemelo en Montevideo, el Palacio Salvo, de José y Lorenzo Salvo, construido por Palanti. Tampoco Lorenzo Salvo vio su propio palacio, inaugurado en octubre de 1928, fue asesinado.

El Barolo por fuera es un adefesio, un híbrido hierático, una mezcla de hormigón armado en estilo romántico, una degeneración del neogótico ecléctico, con manchas de arte islámico  de la India. Con cenefas art nouveau y art decó y voladuras y arabescos a lo Gaudí. Es un adefesio fálico que se extiende cien metros hacia arriba, el mismo número de cantos de la obra y 22 pisos, tantos como estrofas los versos de la Comedia.

Por dentro es desapacible, su gigantismo sobrecoge. Se entra a él, como en la Divina Comedia, por el infierno. Un infierno en el que fulgura una luz amarilla y quemada bajo un orden cupular, sostenido por columnas clásicas imperiales. Un infierno imperial con diez flores en el piso, de 16 pétalos transparentes, debajo de los cuales se proyecta una luz roja que da la sensación del rojo infernal de la versión judeo cristiano del lugar. 

Distribuidos de manera muy discreta en el infierno se encuentran los signos masones. Compaces, escuadras, cuadrículas, ojos en el triángulo. En un tablero con el listado de oficinas, 520, de las cuales hoy apenas funcionan un poco más de 200, se anuncia en el piso quinto: una esteticista, un psicoanalista y un encuadernador de libros.

El edificio tiene tres secciones, como la Comedia, infierno, purgatorio y paraíso. Y arriba un faro de 300000 bujías de sistema Salmoiraghi, que representa el Empíreo.

Los textos impresos en las paredes están en latín. ¿Por qué si la Comedia se escribió en italiano? Pero todavía más extraño que Barolo actuase, dada la magnitud del proyecto, como si tuviera los restos del Dante, o al menos, supiera en qué manos habían terminado después de 600 años.

Debajo del infierno en Buenos Aires, en el primer piso del Barolo, hay agua. A través de un orificio en el último sótano se llega a un arroyo subterráneo, que en otras épocas atravesó Buenos Aires. Y mi imaginación que me llevó a presentir lo dantesco, ahora me persuade, que el acceso acuático, es también una de las bocas que tenía Buenos Aires, por las que se llega al mundo subterráneo de los ciegos, que Sábato urdió en Sobre héroes y tumbas, donde reside el corazón del poder entre tinieblas.

Mis conjeturas han partido de algunas preguntas:

¿Es posible que Barolo para traer los restos de Dante los hubiera ocultado en el interior de una de las esculturas que Rodin donó a Buenos Aires?

¿Por qué los mensajes inscritos en las paredes y frisos del infierno romano, imperial y devastador, no se hicieron en italiano, como en la Comedia?

¿Cómo es posible que desde el Empíreo, una vez al año, se produzca un triángulo como el de los masones, que alinea el Barolo, el Pensador de Rodin, puesto en el centro de un jardín cercano, y la cruz del sur?

¿Cómo hizo Dante para anticipar en la Comedia un punto en el hemisferio austral que jamás vio?

 


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