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Buenos Aires tres: un café con Borges y Bioy

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Fue en La Biela, un restorán europeo en la Recoleta. Con una vista verde que se prolonga hasta lejos en la Plaza Intendente Torcuato Alvear. Solían ir a almorzar allí en los buenos tiempos. Un par de hombres de maneras europeas, de vestir europeo, de conversación sosegada e inteligente.

 Me levanté de la mesa donde estaba, al fondo, sobre la que caía insistente una gota de agua del sistema de refrigeración. Era un día de treinta grados en Buenos Aires. Y me les presenté, aclaré que era colombiano. Me pidieron que me sentara con ellos. Entonces Borges habló sin detenerse durante catorce minutos de María y luego Bioy, habló siete minutos de Carrasquilla. Hablaron de las obras como si las hubieran escrito. Borges hablaba sin referirse a nadie en particular, para todos, como un ente oracular. Bioy discurría de otro modo, muy centrado en él pero  más susceptible de ser interpelado. Borges solo admitía una pregunta.

 La pregunta que Borges respondería como si hubiera sido solo para él, era sobre algo que siempre le interesó, el tiempo. Cabía esperar que la respuesta fuera eterna, aun así, le pregunté por el tiempo ficticio. Dijo que respondería con una historia. Se recordará que Chuang Tzu se debatía en un terrible dilema, no saber si era una mariposa que soñaba ser un hombre, o un hombre que soñaba ser una mariposa. O de manera perentoria, no saber si es un hombre o una mariposa. Aun así Chuang Tzu pudo preguntárselo.

Bioy era un cartesiano porteño, un señor lógico y lento, que parecía tener un tono más cercano a la conversación. Borges no veía al interlocutor, escuchaba sus palabras, que eran el pie de las suyas. Aun así, o por eso mismo, las palabras de Borges no se dirigen a nadie en particular.

 Borges dijo muchas cosas. Recuerdo una: el tiempo es el último diferencial de la condición de hombre y de mariposa. Solo uno de los dos lo percibe y la vida promedio de las mariposas es de un mes. Bastará un mes para que si algo queda sea un hombre. Sea Chuang Tzu.

 Bioy habló del tiempo escénico. Probablemente no hay una dimensión más sensible al relato que la del tiempo en función de la velocidad. La distancia entre los hechos es un asunto de tiempo escénico; la mayor velocidad conque suceden reduce el tiempo de la ocurrencia. El escritor, tanto como el músico, encuentran en el tiempo su material.

 Salí, me detuve en la puerta, observé el parque y mientras me decidía sentí la voz de una mujer que me hablaba en inglés a través de una ventana a ras de suelo, insistió para que me acercara, me agaché para escucharla, dijo que era inglesa y que estaba en su temporada en Buenos Aires. Me preguntó de dónde venía, dónde me alojaba, con quién venía.  Y me dio un dato, la noche de los museos gratis, vaya al Palacio de las Bellas Artes, dijo. En el segundo piso del ala derecha están las acuarelas de Turner.   

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