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Historias de mujeres

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Rosa Montero, faltaba más. Quince biografías de mujeres que muestran lo que la autora llama la “vida invisible”. Veamos.

“Sir” Agatha Christie. En los libros que escribió bajo el seudónimo de Mary Westmacott, hay una idea definitiva, que además está instalada en su vida: la realidad es discontinua. La idea de que de pronto y por alguna razón alguna vez nos encontramos con las fisuras del mundo. Se pasó la “vida inventando maneras de asesinar al prójimo”.

Para Mary Wollstonecraft, la pionera de los derechos civiles de las mujeres, solamente hay dos cosas irreversibles: la muerte y el conocimiento.

Zenobia Campubrí, era una de esas mujeres que llaman amor a cualquier cosa. Fue la víctima propiciatoria de ese engendro español de Juan Ramón Jiménez.

Simone de Beauvoir. Nathalie, una de sus amantes, dijo  que era como un reloj en una nevera. Su padre le había enseñado el “patético desdén por la humanidad”.

Lady Ottoline Morrell. Su lado visible es de un patético excentricismo, estrafalaria, feísima, marchita, con el pelo teñido de rojo y el rostro empañetado. Sin embargo, fue una mujer que se convirtió en personaje en las obras de Aldous Huxley, D.H Lawrence y Graham Green.

Alma Mahler, la más vienesa de todas las vienesas. Coqueta, culta, inteligente y original. Pieza decisiva en la vida de Mahler, Kokoschka, Gropius. Detrás de ella también estuvieron Klimt y Hauptmann. Cuando se enamoraba inventaba en el otro la perfección.

María Lejárrga fue la mujer de Gregorio Martínez, uno de los dramaturgos más importantes de la España de principios del siglo XX. Sintió su derecho como un pecado.

Laura Riding. La locura negra. La típica autora maldita. Bruja moralista. La maldad esencial. El alma más oscura.

George Sand. La mujer que para pasar tuvo que disfrazarse de hombre, ser hombre. Y aunque todos sabían que era una mujer la que escribía sus libros firmados con seudónimo, ella tenía que seguir escribiendo en masculino.

Isabelle Eberhardt. Escribo como amo, porque probablemente es mi destino. Lucidez y alucinación se tocan. Anoréxica convertida al Islam. Víctima de otra orden islámica.  Una mujer vacía que podía llenarse alternativamente con occidente, oriente, razón, alucinación, ciencia y magia. Cuanto más se esforzaba por ser, más se destruía.

Frida Kahlo. Debió hacerse artista para reconstruirse. Si hay alguien que sea la prueba de que todos llevamos la muerte consigo, es ella. La víctima de Diego Rivera.

Aurora y Hildegart Rodríguez. Madre e hija. La novela de mi vida. Una historia secreta y asquerosamente sórdida. Aurora llegó a creerse dios y designo a Hildegart como su hija encarnada que vendría a ser la redentora de la humanidad. Y a la que asesinó en 1933.

Margaret Mead. Revolucionó la antropología. Hizo preguntas que nadie antes había hecho. Fue la que puso al descubierto que las diferencias relativas al sexo no son naturales e inmutables sino que son elaboración cultural. Los últimos veinte años los compartió con Rohda Metraux. Terminó sorda y logorréica.  

Las hermanas Brontë. Naturales de Harworth, al norte de Inglaterra. Eran miopes, cultas, poco agraciadas y pobres. Escribieron con mucho más éxito que el que hubiera tenido cualquier autor en un mundo en el que la escritura es de los hombres. Triunfar en el anonimato y morir pronto.

Y naturalmente Rosa Montero, que al escribir las biografías literarias ha dado una lección de comprensión profunda del ser femenino y con un estilo poderoso e iluminador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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