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El bolsillo de Dios

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El bolsillo de dios es un pequeño suburbio blanco de Nueva York, donde se juntan todos: los alcohólicos que viven en el bar de la esquina; los trabajadores de la construcción; el sepulturero; los ladrones de carne; los compradores de autos; los carniceros y el apartamento de la señora Scarpato. Todos se conocen.

Mickey Scarpato vino de otro lado, pero hace mucho tiempo vive ahí con su mujer y su hijo, León. León es un ser salido de alguno de los cantos de Maldoror. El instinto de agresión lo tiene tan vivo, tan activo, que parece un perro amarrado de pelea. Bien que vería en él la caricatura siniestra de un exitoso presidente blanco elegido por los fracasados.

Leon Hubbard: es el escritor alcoholizado que toda la vida ha querido escribir la novela de Nueva York y no lo ha hecho. Sobrevive de vender mediocres columnas a un editor, que más por amistad que por profesionalismo, no lo ha echado. Al conocerse la muerte de León Scarpato, el editor le da la última oportunidad para quedarse en el periódico, le pide que vaya y traiga la historia. Pero Hubbard está muerto, arrastra su cadáver de judío newyorkino entre los sopores de alcohol con que le da combustible al acto de respirar. Es un escritor fracasado y se sabe fracasado. Y por un incidente del pasado y un adecuado estímulo de su editor, acepta ir al “bolsillo de dios”. Y se encuentra con la señora Scarpato, que hace que el cadáver reviva, resuelle y pierda el aliento, desde el momento en que la ve entre las sábanas recién lavadas que penden de las cuerdas. Ha ido por la historia, pero ya no le importa la historia. Desde el momento en que renace, solo ella lo moverá, hasta la muerte.

León muerto, y Hubbard es capaz de llevarse a Jeannine a un paraje de verde estival, bajo sombreados robles, bajo los que tiende una cobija en la que se estiran para asistir a una tarde de paraíso en el infierno.

La película es una joya de la escenificación. Cada escena es un cuadro narrativo de imaginación y cuidado, en términos de puesta en acción, diálogo, intención, sentido. Se muestra el alma de los personajes en cada una de las cosas que hacen. Nos entregan lo que son.

Todos los personajes son recreaciones elaboradas, pulidas y precisas de la paleta social, que se encuentran enredadas en una trama viva y muy dolorosa, así sea en el último pliegue del bolsillo de atrás de mi dios.

Desde luego que no es una comedia. Los críticos bobos insinuaron que lo era. Por escenas como las de la madre italiana de “Bird” Capezio, deshaciéndose con la naturalidad de quien barre bajo la alfombra, de dos rufianes que el acreedor irlandés mandó para que le recordaran la deuda a su hijo.

Es el maldito drama del hombre integralmente fracasado: A Scarpato le matan el hijo, pierde el dinero de la colecta pública para enterrarlo, en las carreras, no tiene con qué pagar al sepulturero, se roba una carne y no puede porcionarla, el sepulturero le tira el cadáver maquillado de León a la calle, Mickey no tiene más que meterlo en el camión refrigerado junto con la carne que intenta vender desesperadamente, nadie se la recibe, así que debe ir a vender el camión. El comprador le pide a su asistente que pruebe le vehículo que está negociando, y cuando Mickey se da cuenta el camión se ha ido, así que sale desbocado y corre por cuadras detrás del camión. Y cuando lo alcanza se produce un estrellón y toda la carne y el cadáver de León quedan tirados en la calle.

Hubbard tras publicar una columna apresurada sobre el caso, que no gustó para nada en la comunidad, se atreve a ir a tomarse una cerveza  al bar, donde estuvo la primera vez que fue al barrio; entonces todos lo saludaron con admiración. Los blancos desocupados, radicales, xenófobos y racistas lo sacan a calle, y delante de todo el mundo, hasta Jeannine, lo matan a patadas.

De haber podido, Mickey Scarpato habría votado por Donald Trump como lo hicieron muchos otros fracasados.  

 

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